sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO SEIS

SEIS




Ahora le entrego la palabra al actor principal. Y yo me quedo agazapado; simplemente a la escucha, cual el apuntador de un sainete macabro.
_________________________________________________________________________________________________



Don Melitón me condujo sin detenerse desde que bajamos del coche de línea hasta la misma puerta. Me llevó en andas y en volandas. Con su manaza gruesa cogiéndome del cuello. Lo recuerdo como si fuera ahora. Aún me parece que noto el calor de aceite sudoroso de aquellos dedos suyos, que parecían hechos únicamente para consagrar y hacer cruces escuetas y rechonchas, signando con sigilo en la frente del aire. Era el suyo un ceremonial simulacro, cuando absolvía y daba bendiciones a diestra y a siniestra. Y es que despachaba los signos cual si quisiera santificarlo todo; igual que hiciera un macho que anhelara rociar sus dominios con orines de gracia. Soporté, incómodo, aquellos dedos que iban hurgando entre mi cuello y el de mi camisa, como si, nerviosos, buscaran esconderse. Y mientras tanto, el cura, lo mismo que si continuara metido aún en el cajón de su confesionario, me hablaba y me hablaba como lo había hecho desde mi tierna infancia. Lo hacía a media voz, entre el ruido de aquellos transeúntes que nunca había visto yo reunidos en semejante número. Buscaba una confidencialidad a todas luces impropia e imposible en medio del tránsito de gentes y vehículos. Lo hacía para convencerme, sin que yo supiera muy bien de qué debía hacerlo. “El Colegio es enorme. Tu madre, que es una mujer santa allá donde las haya, se sentirá orgullosa de que tú estés aquí lo mismo que un sultán.” “Orgullosa” (me remarcaba) ¡Si lo sabría él! En el pueblo, todos los otros muchachos de la escuela me iban a envidiar. “Seguro.” (Aseguraba). Y yo no comprendía cómo, de pronto, era virtud provocarles envidia, si él siempre nos había contado que envidia era lo mismo que pecado. Pero bueno. Dentro de un año tendría yo tanto saber como don Emiliano, que era el maestro. Con quien él no lidiaba demasiado a sus anchas. Aunque solamente exteriorizaran su rivalidad cuando echaban un mus e iban de contrarios. Lo aborrecía porque se había atrevido a enseñar en la escuela cosas concernientes al sexo y a los temas de higiene. E, incluso algunos días, impartía él mismo el propio catecismo, y no esperaba al jueves, que era el día reglado en el que don Melitón venía a darnos la doctrina y a confesarnos a todos sin que escapara uno. “Qué sabrá él de catecismo y sexo, si es un libertino, un perdulario, y un facineroso soviético, ateo y depravado, que nunca se confiesa y viene sólo a misa los domingos y fiestas que le son de precepto. Y eso, no por cumplir con Dios y con la Iglesia, sino sólo por contemporizar con ese burro del alcalde que es un tragón, un falso requeté, y un lerdo falangista. A saber, Dios, qué no se guardará en la troje oscura de esa conciencia suya, cínica, hereje, comunista y revolucionaria,” decía el grueso cura cada vez que se le terciaba, torciendo el morro para imponer un minúsculo punto de cautela y confidencia a tan acerba crítica. Pues como se verá, él, ensartaba adjetivos sin son y sin concierto, y eso era grave en  aquellos momentos de convulsiones patrias. “Pues eso, Manolito: que, a la vuelta de no más de dos años.” (Él me pronosticaba, sin jurármelo, claro. Ya que eso lo prohibía la Santa Madre Iglesia,) Pues eso, que me pronosticaba que yo podría darle sopas con ondas a aquel desasnador; jumento y mamarracho, que así aparecía a sus cristianos ojos. Y lo que era mucho más importante. Si yo hacía caso y me lo proponía, llegaría a ser obispo o cardenal, y hasta, incluso, santo. Y eso sí que era la bendición mayor que podía otorgar Dios a un hombre hecho de carne, y el orgullo más grande para el pueblo del que se fuera hijo. Que vaya si estaba necesitada España de gentes de provecho y convicciones pías, en días en que los coimes rojos y las tías marimacho campaban a sus anchas esparciendo blasfemias y proclamando amor libre y otras muchas guarradas. Yo le escuchaba sin entenderlo mucho, y no miraba más que, aturdido, hacia el humilde suelo que me daba su amparo. ¿Qué iba a hacer si no? Así que únicamente veía mis propias piernas desnudas, mis calcetines caídos sobre mis tobillos escuálidos y mis enormes zapatos recién lañados por el señor José, el remendón del pueblo. Bueno, también veía el bajo desgastado de la sotana parda de aquél mi protector, y cómo, al otro lado del cura, mi maleta, arrastrada por él, iba y venía bamboleándose como una caja loca, pues que traía tres cosas y no la rellenaban. Unas veces enseñando su hocico y, otras, escondiéndolo, según se lo fuera imponiendo el paso desacorde del enorme prelado. De vez en cuando, el sofocado cura, me salpicaba de su propio sudor, lo mismo que lo hacía cuando aspergeaba en misas de difuntos y yo era su monago. Y allá, en las alturas, por donde iba marchando su cara y su bonete, yo barruntaba la fumarola gruesa de su halitoso aliento a punto de ahogarlo. Pero ante todo ello, yo ni siquiera osaba a moverme; tal era el pánico que yo iba arrastrando por semejante páramo, ciudadano y violento. 

            Cuando llegamos a la puerta del magno seminario, don Melitón se quedó cuadrado como un quinto a quien sorprende un toque de retreta en plena vía pública. Sacó su pañuelón negruzco y arrugado y, resollando, se secó la frente sudorosa de extremo a extremo como quien pule un friso de plata ahumada por el pasar del tiempo. Lo hizo sin retirar un ápice la vista de la soberbia entrada, semejante a un panteón de reyes. Lo hizo como quien hubiera sido sorprendido por el fulgor insigne y cegador de un milagro mariano. Acto seguido, me hizo levantar la cabeza, mientras me sujetaba la frente con su palma empapada, asegurándose de que yo no evadiera mi vista del portento. “Mira, Manolo. ¿No me dirás que no es todo un prodigio en medio de la tierra? ¡Dios mío! Si es lo mismo lo mismo que un palacio del siglo XVIII, de esos que pintan y describen en historias y cuentos.” Y yo lo vi, ciertamente, muy grande y elegante. Muy grande, eso sí. Pero en lugar de entusiasmarme me remarcó los miedos, y el temblar de las piernas me riló hasta el alma. Aquel gran mausoleo venía a devorarme. 

            Entramos en la hura. Entramos y esperamos en un recibidor cuya imagen nunca se me ha borrado. Era egregio pero lúgubre. Tras una cancelilla apareció enseguida una nueva sotana y su inquietante sombra alargada en el suelo. Yo tenía la cabeza agachada y la vi sólo de cintura hacia abajo. Ésta sí era de un negror impoluto, recta y sin ninguna arruga. La mano sonrosada y gorda del cura mío se apresuró a saludar a una mano seca y liliácea más propia de un difunto, que, inmediatamente, se retiró de ella para reunirse con su pulcra gemela en una actitud medida y beatífica. Sin duda, aquel saludo le resultaba incómodo. “De modo y de manera que éste es Manuel Gálvez,” dijo una voz de timbre agudo y muy reverberante. Yo había alzado un poco la cabeza, más por miedo que por curiosidad. Había partido aquella voz de un gesto nervudo y anguloso. Para mí, difícilmente atribuible a un ser humano que alentase y viviese como lo hacen otros. A la vez, como un eco torpe e indefinible, los mofletes de mi cura rural contestaron con mucho más que un sí de anuencia y de pláceme. “Sí, sí, padre Rector, este es Manolito, el postulante del que le he hablado.”  

            Poco después no hubo ante mi vista más que un corredor larguísimo, nimbado de tinieblas, y con el suelo bien frotado de cera y purgatorio. Un pasillo infinito por el que caminar ebrio de soledad y duro desamparo, dejando a aquel don Melitón (último resorte que me era propicio) como se deja un barco que fuera a la deriva. Atrás. Atrás. Luego yo caminé tras la espalda del mudo y solemne maestro de novicios. Caminé por primera vez detrás del verdadero espectro de ese miedo seco que esconde el poder cuando se apoya únicamente en sí y en su santa soberbia. Hablo del poder colosal y sin recato, impositivo y frío. Caminé escuchando a lo lejos la voz de don Melitón que no cesaba de repetir: “Señor Maestro, señor Maestro, no deje de decirle a nuestro buen obispo que fui yo quien se lo trajo. No deje de decírselo; no deje de decírselo.”   

            Había empezado mi primer día en aquella ciudadela enorme y custodiada. La ciudad vigilada en medio del desierto. Había empezado esta vida que ahora, tras el tiempo, parece que se me muestra como un cadáver que alguien momificó y, por eso, no se me pudre nunca.



No hay comentarios:

Publicar un comentario