sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO TRES

 TRES



Proseguiré disipando brumas y neblinas, aliviando humos y encendiendo candelas, para mostraros cómo es este salón de corte abigarrada donde reinan los próceres que avivan los espíritus, inventando y alimentando leyendas y ficciones que nutran y sostengan su codicioso estatus, su casta prepotente. 
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Cuando se alzó un poco la sotana para no tropezar, se dio cuenta de que Emilia, a lo furtivo, le había lustrado los zapatos realmente a porfía. Entonces sintió una rencorosa vergüenza que le hizo maldecirla entre dientes. Lo hizo entre murmullos, pues que así no parecía pecado eso de detractar. Luego se santiguó, todo  en un acto único y urgente, para que no lo vieran. Le molestaba que alguien le sirviera de forma tan sumisa. Sobre todo en cosas que pertenecían a su intimidad; ámbito en el que él solía exigirse, para tener el cuerpo y sus concupiscencias bien metido en vereda. Pero aquel demonio de mujer estaba siempre en todo. Bien se veía que había sido enseñada para servir al hombre, y, eso, aunque éste fuera clérigo y no ejerciera privilegios de macho.

            Con diligencia, metió el pie para salvar airoso el travesaño recubierto de hierro que enmarcaba por abajo la puerta, y extremó la cautela al realizar el tránsito. Entrar allí siempre le producía inquietud y zozobra, aun a pesar de que pasara el tiempo. Era una sensación de puro riesgo físico. No lo había hecho en muchas ocasiones. “Del diablo cuanto más lejos mejor”, se decía en lo íntimo. Y, sin duda, el peor de los diablos era el que habitaba, furtivo como un topo, dentro de la familia. Tal vez por eso, había visitado el Palacio Episcopal en raras ocasiones. Pero habían sido éstas las suficientes para aborrecerlo de modo instintivo; de ese modo como aborrecen los riesgos todos los animales.

            Él siempre había huido de esplendores grotescos y relumbronas curias. No se engañaba en eso; se reconocía inmensamente incómodo fuera de su terreno. El suyo era otro mundo, lejos de vicariatos, diócesis y magras canonjías. Boatos que a otros, por lo visto, parecían tentar y enloquecer hasta la plena fruición y la locura lúbrica. Él era un disidente.

            El zaguán del palacio tenía un elegante aspecto de lugar importante, con su bargueño añejo incrustado de escamas diminutas de carey y filetes de cobre, y sus dos escabeles, el uno frente al otro, como dos cancerberos, y el espejo vigía, enorme y enmarcado entre volutas y conchas barrocas de caoba.

             Subió con lasitud y recelo infinito los cinco anchos peldaños de granito que, flanqueados por una doble balaustrada, también de cantería, con dos leones rampantes hacia el frente, separaban el portal del patio porticado. El recinto estaba fresco y solitario como una plaza al alba tras noche de llovizna. Sintió entonces, igual que sentía siempre al llegar hasta allí, aquella imprecisa sorpresa de viso ultramarino que daba un respiro a su quebrado ánimo. Tenía aquello aromas contenidos de jardín tropical; de selva exuberante. Era como si aquél pequeño espacio, raptado del conjunto, sí fuera, excepcionalmente, un ámbito proclive a acogerlo amoroso. Olió a fronda fresca. Bajo las arcadas diáfanas, enormes ficus, aráceas, calas y monsteras, tendían sus generosas hojas hacia el rectángulo azul en el que el cielo era acotado por un firme trenzado de rizadas cornisas, canalones y tejas colgadas al vacío. Reparó un instante en las gárgolas lóbregas y, ya, muy oxidadas, por las que se aliviaba el recio canalón. Y, sin saber por qué, esbozó una sonrisa, como si con aquellos engendros tenebrosos tuviera él concertado un acuerdo malévolo y secreto. Aquellas tarascas de latón o de cobre debían haber vomitado lluvias en cantidad y a gusto, y, sobre todo, conocer muchas cosas de entre el cielo y la tierra. No en vano habían vigilado cuantas tejas de vestir, bonetes o tonsuras habían cruzado aquel iluso ágora a través de los tiempos. Siempre le había atraído la sugerente y enigmática rareza de los enormes caños. Luego volvió la vista al suelo, siempre, acogedor. Todas aquellas frondas estaban bien alimentadas de humus negro y abono generoso. Enormes eran los macetones de porcelana verde traídos desde Andujar. Las monjas eran, sin lugar a las dudas, jardineras selectas y aplicadas floristas. La fe en Dios incentivaba en todo, y atizaba hasta la inspiración a quienes carecían de ella para otras cuestiones.

            Se apoyó un instante en la pared encalada para asegurar de nuevo su equilibrio maltrecho, alterado en exceso  por el ir y venir de tanta auscultación a diestra y a siniestra. En verdad, sus cervicales ya no le toleraban tanto vaivén curioso hacia arriba y abajo. Ahora, se sintió respirando con hondura de sima, y tiró de la cadena que, a lo lejos, hizo sonar con limpia nitidez a una campanillita más propia de un cuento infantil constelado de hadas. Urgido de repente, sacudió su sotana mientras carraspeaba para aclarar su voz y disponer como se debe el habla en el saludo. Siempre sentía la maldita vejez en aquellos momentos que eran más delicados. Tal vez, porque eran aquellos actos los únicos que agotaban sus fuerzas o traían a colación sus ruines impotencias producto de los años.

            Un hombre joven acudió de inmediato. Exhibía una ensayada y aséptica sonrisa y un impecable traje gris de auténtico y puro funcionario. Únicamente su alzacuello podía hacer saber que era sacerdote aquel guapo alevín. Aquella exquisitez estética siempre le apabullaba. A él no le gustaba ni una pizca la moda clergyman. “¡Habráse visto! ¿De dónde habrá salido semejante nombrajo?”, reflexionaba siempre sin controlar un gesto de asco más propio de quien sufriera un ictus de barriga. También detestaba él aquella amabilidad y conmiseración que algunos miembros eclesiales, de un modo tan prolijo y sin venir a cuento, solían regalar, unida a esa elegancia absurda de salón de embajada. Tal actitud le daba a entender que quien exhalaba semejante finura comprendía y exculpaba, desde el ejercicio de la virtud cristiana del perdón más espléndido, a aquellos otros pobres patanes, de verbo tosco y tropezón seguro, que no la presentaban por falta de finura.

            “Usted es don Manuel, el párroco de El Canchal.” El muchacho lo dijo en ese justo filo entre lo que se afirma y lo que se pregunta, pero con una sonoridad seductora y armónica como un toque de órgano dado para su afine. Aquel jovencito dominaba de manera exquisita el verbo retorcido (pensó él de inmediato). Era seguro que haría suculenta carrera. Lo había dicho con un tono de afecto innecesario que a él le puso más en vigilancia que si le hubiera lanzado un exabrupto un guardia, o una frase prudente en un dictamen médico. Tanto el afecto fatuo como el desprecio agrio, cuando eran gratuitos y aplicados sin causa, le daban qué pensar y le instaban la bilis.

            -¿Me conoce usted, joven?
            -Personalmente, no. Pero sí sé de usted, igual que todo el mundo.
            -¿El mundo? -preguntó él de manera espontánea. Pero no halló respuesta; como si su voz no hubiera sonado para nadie, perdida en el abismo de las frases inútiles. Aunque, inmediatamente, se percató de que aquel cauto silencio, tal vez, era, a su vez, un elaborado modo de responderle.

            -Y, además, sé que su Ilustrísima lo está esperando con impaciencia desde hace unos días. -La voz venía ahora como columpiada en guirnaldas de flores, meciéndose, dulzona, de un lado para otro.

            -¡Ah!, claro -dijo él, azorado, como si anduviera jugando con la Emilia al julepe o la brisca y, ésta, lo hubiera pillado en un  renuncio o en mitad de una trampa.

            Luego fue conducido a la antesala regia. El joven anfitrión se deslizaba igual que patinando; con levedad de arcángel. Allí se sentó él, obedeciendo dócilmente una señal que el liviano muchacho le hizo con una de sus manos que parecía autónoma, mientras el  resto de su cuerpo se perdía, nuevamente veloz o diluyéndose, tras una puerta doble, en la que un picaporte refulgente y enorme parecía clausurar la entrada al mismísimo cielo donde gozan los santos.
            Olía a rancio dulce aquel lugar sin tiempo; a alcanfor revenido y a moho de legajos, aunque todo mezclado con un suave perfume de violetas tempranas. Un perfume de los que se ponían las mozas en cuaresma para hacer que los novios no se les despistasen en días tan aciagos. (Reclamos populares y pícaros, por eso de tener que andar en abstinencia de arrullos y de carnes en fechas penitentes). La gran sala estaba recubierta con un papel con ampulosas grecas y cenefas muy clásicas más propio de mansión modernista. Adornada también con lacios cortinones de encaje apolillado, de un color cercano al del agua de té o al de los lienzos viejos. El suelo lo cubría una alfombra tejida en arabescos rojos; tan grande, que hasta se enmascaraba por bajo de los muebles en todas direcciones. Era una alfombra tan rotunda y tan autoritaria que, cuanto se entraba en aquella antesala, arrinconaba a cualquier visitante y lo hacía sentarse y no moverse, y lo obligaba a no levantar la vista de aquel su mapa caprichoso de bucles imposibles y circunvoluciones propias de despilfarro.

            Aguardó, pues, el cura aposentado en un diván de época. Lo hizo sin disfrutar siquiera de una postura cómoda, no fuera a resultar dificultoso el trance posterior al ir a levantarse, cuando fuera llamado a pasar a la audiencia. Aguantó, pues, en una postura tan torcida e hiriente de su nalga derecha, que le llegó hasta amenazar con entumecerle la pierna para el resto del día, o llamarle a colación a esa desalmada ciática que tanto lo amolaba. Aunque ello le evitó (pendiente como estaba del temido calambre) pensar en otra cosa. Bien lo sabía él: el cuerpo flagelado era un buen liberador de runrunes mentales y de cábalas locas. Por eso, zurrarlo y mortificarlo con puntual crudeza era como mano de santo. Era así, y no de otra manera, como había llegado a repletarse el Cielo de mártires y santos.

            Sin previo aviso, las dos puertas se abrieron con un sonido de bisagras rotundas, dejando al descubierto, con la avidez impúdica de un hambriento insaciable, un despacho sereno, sumido entre dos luces sesgadas, que aportaban, descendiendo en oblicuo, a todo el escenario aspecto de santo tabernáculo. Aquella era la escenografía impecable de un tragaluz barroco. Por eso, y a pesar de estarlo aguardando con  fruición de avaro, y de llevar muchas horas imaginando el trance, él se sobresaltó. Notó entonces, don Manuel, que le pesaba el cuerpo como un fardo de grano humedecido por chaparrón de junio. Era un peso inerte, inmanejable; un peso traicionero, semejante a como pesa el cuerpo, al pretender correr, en mitad de un mal sueño. Pero, con todo y eso, logró alzarse sin demora ni fallo. No sabía cuánto tiempo había estado allí, pues a él la penitencia lo dejaba embaído cuando la practicaba, y le paraba el tiempo como dicen que pasa fuera, en el espacio; en medio de esos abismos que  llaman siderales. Siguió a rajatabla la indicación armoniosa del joven eclesiástico, y se encontró de bruces con las dos manos blancas del ilustre prelado, abrigando con morbidez la suya, que era algo más negra, temblorosa y escueta. “¡Hombre, hombre, hombre! Eh aquí al bueno de don Manuel, de quien todo el mundo me habla bien y mucho.” De nuevo el “mundo” puñetero (pensó, él, escamado). “Ya tenía yo ganas de echármelo a la cara y dedicarle un ratito a mi gusto y sin que medie prisa.”

            El Obispo era un hombre sagaz y trascendente. Enseguida se notaba que sabía administrar la ternura y el verbo con ciencia y con acierto. Él sólo lo había visto una vez, junto a la curia en pleno, el día que se había presentado ante toda la Diócesis reunida al completo. Frisaba los cuarenta. Expandía saber e inteligencia como dicen que se expande el aroma en los mercados persas; tal que si ambas cosas fueran en él atributos traídos de cuna o de genética. Las palabras le fluían con riqueza y versatilidad, dispensadas por el fino juego de sus labios estrechos y mojados, con brillo de saliva, de modo permanente. Y enseguida supo el cura que, en aquel frente a frente, él era ya, sin remedio, un “hombre acachinado.” ¡A qué ton podía imaginarse nadie que alguien como él, rudo y sin verbo, oxidado por los modos y la erosión rural, pudiera refutar algo que quisiera sugerirle, mandarle o imponerle aquella su Ilustrísima! Él podía impresionar a los del pueblo con gritos y sermones, usando para ello su seca autoridad y los textos sagrados, pero aquello... Era verdad que todavía no sabía él cuál era la razón de la convocatoria, pero de cualquier modo: “alea jacta est.” El latín le seguía pareciendo una lengua dogmática e ilustre, ajustada a sentencias; la mejor, sin duda, para hacer profecías o rematar discursos.





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