Proseguiré disipando brumas y
neblinas, aliviando humos y encendiendo candelas, para mostraros cómo es este
salón de corte abigarrada donde reinan los próceres que avivan los espíritus,
inventando y alimentando leyendas y ficciones que nutran y sostengan su
codicioso estatus, su casta prepotente.
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Cuando se alzó un poco la sotana para no tropezar, se
dio cuenta de que Emilia, a lo furtivo, le había lustrado los zapatos realmente
a porfía. Entonces sintió una rencorosa vergüenza que le hizo maldecirla entre
dientes. Lo hizo entre murmullos, pues que así no parecía pecado eso de
detractar. Luego se santiguó, todo en un
acto único y urgente, para que no lo vieran. Le molestaba que alguien le
sirviera de forma tan sumisa. Sobre todo en cosas que pertenecían a su
intimidad; ámbito en el que él solía exigirse, para tener el cuerpo y sus
concupiscencias bien metido en vereda. Pero aquel demonio de mujer estaba siempre
en todo. Bien se veía que había sido enseñada para servir al hombre, y, eso,
aunque éste fuera clérigo y no ejerciera privilegios de macho.
Con diligencia, metió el pie para
salvar airoso el travesaño recubierto de hierro que enmarcaba por abajo la puerta,
y extremó la cautela al realizar el tránsito. Entrar allí siempre le producía
inquietud y zozobra, aun a pesar de que pasara el tiempo. Era una sensación de
puro riesgo físico. No lo había hecho en muchas ocasiones. “Del diablo cuanto
más lejos mejor”, se decía en lo íntimo. Y, sin duda, el peor de los diablos
era el que habitaba, furtivo como un topo, dentro de la familia. Tal vez por
eso, había visitado el Palacio Episcopal en raras ocasiones. Pero habían sido
éstas las suficientes para aborrecerlo de modo instintivo; de ese modo como
aborrecen los riesgos todos los animales.
Él siempre había huido
de esplendores grotescos y relumbronas curias. No se engañaba en eso; se
reconocía inmensamente incómodo fuera de su terreno. El suyo era otro mundo, lejos
de vicariatos, diócesis y magras canonjías. Boatos que a otros, por lo visto,
parecían tentar y enloquecer hasta la plena fruición y la locura lúbrica. Él
era un disidente.
El zaguán del palacio
tenía un elegante aspecto de lugar importante, con su bargueño añejo incrustado
de escamas diminutas de carey y filetes de cobre, y sus dos escabeles, el uno
frente al otro, como dos cancerberos, y el espejo vigía, enorme y enmarcado
entre volutas y conchas barrocas de caoba.
Subió con lasitud y recelo infinito los cinco
anchos peldaños de granito que, flanqueados por una doble balaustrada, también
de cantería, con dos leones rampantes hacia el frente, separaban el portal del
patio porticado. El recinto estaba fresco y solitario como una plaza al alba
tras noche de llovizna. Sintió entonces, igual que sentía siempre al llegar
hasta allí, aquella imprecisa sorpresa de viso ultramarino que daba un respiro
a su quebrado ánimo. Tenía aquello aromas contenidos de jardín tropical; de
selva exuberante. Era como si aquél pequeño espacio, raptado del conjunto, sí
fuera, excepcionalmente, un ámbito proclive a acogerlo amoroso. Olió a fronda
fresca. Bajo las arcadas diáfanas, enormes ficus, aráceas, calas y monsteras,
tendían sus generosas hojas hacia el rectángulo azul en el que el cielo era
acotado por un firme trenzado de rizadas cornisas, canalones y tejas colgadas
al vacío. Reparó un instante en las gárgolas lóbregas y, ya, muy oxidadas, por
las que se aliviaba el recio canalón. Y, sin saber por qué, esbozó una sonrisa,
como si con aquellos engendros tenebrosos tuviera él concertado un acuerdo
malévolo y secreto. Aquellas tarascas de latón o de cobre debían haber vomitado
lluvias en cantidad y a gusto, y, sobre todo, conocer muchas cosas de entre el
cielo y la tierra. No en vano habían vigilado cuantas tejas de vestir, bonetes
o tonsuras habían cruzado aquel iluso ágora a través de los tiempos. Siempre le
había atraído la sugerente y enigmática rareza de los enormes caños. Luego
volvió la vista al suelo, siempre, acogedor. Todas aquellas frondas estaban
bien alimentadas de humus negro y abono generoso. Enormes eran los macetones de
porcelana verde traídos desde Andujar. Las monjas eran, sin lugar a las dudas,
jardineras selectas y aplicadas floristas. La fe en Dios incentivaba en todo, y
atizaba hasta la inspiración a quienes carecían de ella para otras cuestiones.
Se apoyó un instante
en la pared encalada para asegurar de nuevo su equilibrio maltrecho, alterado
en exceso por el ir y venir de tanta
auscultación a diestra y a siniestra. En verdad, sus cervicales ya no le
toleraban tanto vaivén curioso hacia arriba y abajo. Ahora, se sintió
respirando con hondura de sima, y tiró de la cadena que, a lo lejos, hizo sonar
con limpia nitidez a una campanillita más propia de un cuento infantil
constelado de hadas. Urgido de repente, sacudió su sotana mientras carraspeaba
para aclarar su voz y disponer como se debe el habla en el saludo. Siempre
sentía la maldita vejez en aquellos momentos que eran más delicados. Tal vez,
porque eran aquellos actos los únicos que agotaban sus fuerzas o traían a
colación sus ruines impotencias producto de los años.
Un hombre joven acudió
de inmediato. Exhibía una ensayada y aséptica sonrisa y un impecable traje gris
de auténtico y puro funcionario. Únicamente su alzacuello podía hacer saber que
era sacerdote aquel guapo alevín. Aquella exquisitez estética siempre le
apabullaba. A él no le gustaba ni una pizca la moda clergyman. “¡Habráse visto!
¿De dónde habrá salido semejante nombrajo?”, reflexionaba siempre sin controlar
un gesto de asco más propio de quien sufriera un ictus de barriga. También
detestaba él aquella amabilidad y conmiseración que algunos miembros
eclesiales, de un modo tan prolijo y sin venir a cuento, solían regalar, unida
a esa elegancia absurda de salón de embajada. Tal actitud le daba a entender
que quien exhalaba semejante finura comprendía y exculpaba, desde el ejercicio
de la virtud cristiana del perdón más espléndido, a aquellos otros pobres
patanes, de verbo tosco y tropezón seguro, que no la presentaban por falta de
finura.
“Usted es don Manuel,
el párroco de El Canchal.” El muchacho lo dijo en ese justo filo entre lo que
se afirma y lo que se pregunta, pero con una sonoridad seductora y armónica
como un toque de órgano dado para su afine. Aquel jovencito dominaba de manera
exquisita el verbo retorcido (pensó él de inmediato). Era seguro que haría
suculenta carrera. Lo había dicho con un tono de afecto innecesario que a él le
puso más en vigilancia que si le hubiera lanzado un exabrupto un guardia, o una
frase prudente en un dictamen médico. Tanto el afecto fatuo como el desprecio
agrio, cuando eran gratuitos y aplicados sin causa, le daban qué pensar y le
instaban la bilis.
-¿Me conoce usted, joven?
-Personalmente, no. Pero
sí sé de usted, igual que todo el mundo.
-¿El mundo? -preguntó
él de manera espontánea. Pero no halló respuesta; como si su voz no hubiera
sonado para nadie, perdida en el abismo de las frases inútiles. Aunque,
inmediatamente, se percató de que aquel cauto silencio, tal vez, era, a su vez,
un elaborado modo de responderle.
-Y, además, sé que su
Ilustrísima lo está esperando con impaciencia desde hace unos días. -La voz
venía ahora como columpiada en guirnaldas de flores, meciéndose, dulzona, de un
lado para otro.
-¡Ah!, claro -dijo él, azorado, como
si anduviera jugando con la Emilia al julepe o la brisca y, ésta, lo hubiera
pillado en un renuncio o en mitad de una
trampa.
Luego fue conducido a
la antesala regia. El joven anfitrión se deslizaba igual que patinando; con
levedad de arcángel. Allí se sentó él, obedeciendo dócilmente una señal que el
liviano muchacho le hizo con una de sus manos que parecía autónoma, mientras
el resto de su cuerpo se perdía, nuevamente
veloz o diluyéndose, tras una puerta doble, en la que un picaporte refulgente y
enorme parecía clausurar la entrada al mismísimo cielo donde gozan los santos.
Olía a rancio dulce
aquel lugar sin tiempo; a alcanfor revenido y a moho de legajos, aunque todo
mezclado con un suave perfume de violetas tempranas. Un perfume de los que se
ponían las mozas en cuaresma para hacer que los novios no se les despistasen en
días tan aciagos. (Reclamos populares y pícaros, por eso de tener que andar en
abstinencia de arrullos y de carnes en fechas penitentes). La gran sala estaba
recubierta con un papel con ampulosas grecas y cenefas muy clásicas más propio
de mansión modernista. Adornada también con lacios cortinones de encaje
apolillado, de un color cercano al del agua de té o al de los lienzos viejos.
El suelo lo cubría una alfombra tejida en arabescos rojos; tan grande, que
hasta se enmascaraba por bajo de los muebles en todas direcciones. Era una
alfombra tan rotunda y tan autoritaria que, cuanto se entraba en aquella
antesala, arrinconaba a cualquier visitante y lo hacía sentarse y no moverse, y
lo obligaba a no levantar la vista de aquel su mapa caprichoso de bucles
imposibles y circunvoluciones propias de despilfarro.
Aguardó, pues, el cura
aposentado en un diván de época. Lo hizo sin disfrutar siquiera de una postura
cómoda, no fuera a resultar dificultoso el trance posterior al ir a levantarse,
cuando fuera llamado a pasar a la audiencia. Aguantó, pues, en una postura tan
torcida e hiriente de su nalga derecha, que le llegó hasta amenazar con entumecerle
la pierna para el resto del día, o llamarle a colación a esa desalmada ciática
que tanto lo amolaba. Aunque ello le evitó (pendiente como estaba del temido
calambre) pensar en otra cosa. Bien lo sabía él: el cuerpo flagelado era un
buen liberador de runrunes mentales y de cábalas locas. Por eso, zurrarlo y
mortificarlo con puntual crudeza era como mano de santo. Era así, y no de otra
manera, como había llegado a repletarse el Cielo de mártires y santos.
Sin previo aviso, las
dos puertas se abrieron con un sonido de bisagras rotundas, dejando al
descubierto, con la avidez impúdica de un hambriento insaciable, un despacho
sereno, sumido entre dos luces sesgadas, que aportaban, descendiendo en
oblicuo, a todo el escenario aspecto de santo tabernáculo. Aquella era la
escenografía impecable de un tragaluz barroco. Por eso, y a pesar de estarlo
aguardando con fruición de avaro, y de
llevar muchas horas imaginando el trance, él se sobresaltó. Notó entonces, don
Manuel, que le pesaba el cuerpo como un fardo de grano humedecido por chaparrón
de junio. Era un peso inerte, inmanejable; un peso traicionero, semejante a
como pesa el cuerpo, al pretender correr, en mitad de un mal sueño. Pero, con
todo y eso, logró alzarse sin demora ni fallo. No sabía cuánto tiempo había
estado allí, pues a él la penitencia lo dejaba embaído cuando la practicaba, y
le paraba el tiempo como dicen que pasa fuera, en el espacio; en medio de esos
abismos que llaman siderales. Siguió a
rajatabla la indicación armoniosa del joven eclesiástico, y se encontró de
bruces con las dos manos blancas del ilustre prelado, abrigando con morbidez la
suya, que era algo más negra, temblorosa y escueta. “¡Hombre, hombre, hombre!
Eh aquí al bueno de don Manuel, de quien todo el mundo me habla bien y mucho.”
De nuevo el “mundo” puñetero (pensó, él, escamado). “Ya tenía yo ganas de
echármelo a la cara y dedicarle un ratito a mi gusto y sin que medie prisa.”
El Obispo era un
hombre sagaz y trascendente. Enseguida se notaba que sabía administrar la ternura
y el verbo con ciencia y con acierto. Él sólo lo había visto una vez, junto a
la curia en pleno, el día que se había presentado ante toda la Diócesis reunida
al completo. Frisaba los cuarenta. Expandía saber e inteligencia como dicen que
se expande el aroma en los mercados persas; tal que si ambas cosas fueran en él
atributos traídos de cuna o de genética. Las palabras le fluían con riqueza y
versatilidad, dispensadas por el fino juego de sus labios estrechos y mojados,
con brillo de saliva, de modo permanente. Y enseguida supo el cura que, en
aquel frente a frente, él era ya, sin remedio, un “hombre acachinado.” ¡A qué
ton podía imaginarse nadie que alguien como él, rudo y sin verbo, oxidado por
los modos y la erosión rural, pudiera refutar algo que quisiera sugerirle,
mandarle o imponerle aquella su Ilustrísima! Él podía impresionar a los del
pueblo con gritos y sermones, usando para ello su seca autoridad y los textos
sagrados, pero aquello... Era verdad que todavía no sabía él cuál era la razón
de la convocatoria, pero de cualquier modo: “alea jacta est.” El latín le
seguía pareciendo una lengua dogmática e ilustre, ajustada a sentencias; la
mejor, sin duda, para hacer profecías o rematar discursos.
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