Bueno,
dejémoslo y volvamos al retablo presente.
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Debo reconocer que me tiembla la mano, y que el corazón
me golpea con el pateo inquietante de un potro desbocado, cada vez que la veo o
me acuerdo de ella. Guardo esa llave en una caja pequeña de madera, junto con
mis cosas de aseo, de tal modo, que únicamente la rozo con mi vista una vez
cada día a lo sumo. Suele ser por la mañana, cuando me dispongo a afeitarme.
Pero el día entero tengo la mente puesta en ese temerario cofre de mi secreto.
Cualquiera podría descubrirla. Y cuando la inquietud me hace consciente del
peligro que corro, un rubor interior y una zozobra me convencen de que mi
miserable enigma es, sin duda, claramente visible para cualquiera de quienes en
ese momento me rodean o miran desde fuera. Una y otra vez, sopeso mi pecado. Y,
una y otra vez, me niego tercamente a renunciar a ello. Voy y vengo, así, por
los ámbitos quebrados de mi terca conciencia, y defiendo mi atrevimiento y mi
osadía con la lucidez o el cinismo de quien se considera pecador sin remedio y,
además, no está dispuesto hacia la contrición, si ello le priva del goce
inherente que tienen siempre el desacato y la obstinación más pérfida.
Creo que no te está entendiendo quien te lee. Así
pues, déjame que esto lo cuente yo. Así tú respiras un poco, y yo, a la vez,
dejo patente que todo asunto tuyo es también siempre nuestro.
Cenó como lo hacia cada noche, de una forma frugal y
calculada. Entre cucharada y cucharada, fue examinando con suma minuciosidad cada una de las bocas del resto
de los curas, que sorbían la sopa ensimismados en aquella abstinente y cándida
pitanza imbuidas de mesura y ascético ocaso. La mayoría de los belfos eran
viejos, deformes, desdentados. Menuda diferencia con los labios y gargueros
esbeltos y estirados de los seminaristas. Las arrugas se concitaban en ellos
como codiciosas grietas de una orografía reseca y esquilmada, que en otros
tiempos pudiera haber sido vegetal y frondosa. Es posible que, hasta incluso.
exhibiendo una luminosa sonrisa confiada y abierta, pero que ahora ya nada
recordaba de glorias tan pretéritas. Por entre aquellos labios, hoy grises y torturados por gestos
anodinos, había salido tantas veces la palabra de Dios, que seguramente los
había erosionado como magma candente. Y es que hay quien afirma que esa palabra
es fuego. En la boca de los seres humanos estaba
la síntesis precisa
de su ser y
su esencia (pensaba él ahora). Sobre todo si se les contemplaba cuando
estaban comiendo o abrevando tranquilos. El morro, y no los ojos, era el espejo
fidedigno del alma. Y, en el modo en cómo engullía cada cual, se podía
escribir, con letra justa y sin temor a pifias ni equívocos de bulto, sus más
claros instintos. “Mira comer a alguien, y sabrás cómo es su interior de la
cabeza al rabo”, repetía Manuel muy a menudo; aunque lo hiciera para sus
adentros y a modo de íntimo y reflexivo principio psicológico.
Casi todos los residentes eran
sacerdotes ancianos, salvo tres jóvenes que estaban haciendo sus primeros
tanteos de pastoral de cuño transoceánico, y que por ello también se asilaban
en la Sacerdotal. Y es que, además, la autoridad había decidido que no tuvieran
trato con juventud autóctona, por aquello de la contaminación, pues que ya se
sabía que Europa estaba siendo asediada por una plaga o peste de incredulidad y
arrebato laicista. Eran de Sudamérica, y los tres parecían como pájaros nuevos
sacados a empujones de un nido reocupado. El color cetrino de su piel bruñida
de, aún, adolescentes, sus rasgos a lo indígena, y su talla menguada, junto con
la impecable traza de sus trajes de clériman recién acomodados, les convertían
en una curiosidad un poquito hilarante. Hilaridad que no llegaba nunca a
explicitarse. Y es que en las mentes, ya espesas y sin bríos catequísticos, de
todos aquellos ancianos compañeros, se veía su presencia como una luminosa
garantía de futuro para la madre Iglesia, que, en aquende los mares, estaba
últimamente tan raquítica y seca en cuanto a repuntes de fe y enardecida
entrega. De sobra era sabido que la mayoría de aquellas viejas glorias, ahora
en dique seco, consideraba al seminario de aquende los mares un nido
desahuciado de disolución y de libertinaje.
Don Senén comía como comen los
pollos. Lo hacía con esmero angustioso; sorbiendo con sonoridad en cada
cucharada y, luego, escarbando en el plato en busca de no se sabía qué brizna
de manjar escondido, cuando las monjas le dispensaban la carne o el pescado
según rigiera el menú aquella particular liturgia que ellas aplicaban incluso a
sus perolas. Aquellos dedos suyos, escuálidos y rígidos como palos tallados,
garabateaban en el ruedo del plato como si fueran uñas de patas de rapaces.
Pero al igual que hacía en el Archivo, sólo su cuerpo estaba entre los hombres
que poblaban el sacro refectorio, porque su mente y su interés, o estaban en un
lugar lejano de este mundo o es que, definitivamente, viajaban por angostos
lugares de ultratumba. No obstante, sólo el hecho de saberlo presente y sentado
ante él, inquietaba a Manuel hasta hacerle temblar, y casi añusgarse con cada
cucharada. Era claro, que en aquel cráneo esculpido en cera transparente se
guarecía un cerebro meándrico y retuerto, dispuesto a la
vigilia sin descanso ni pausa, para así preservar aquel submundo suyo, bodega
protectora de legajos, protocolos y pliegos insondables.
Cuando
hubieron consumido los postres, que hoy eran castañas cocidas en agua con
anises, (Así se las gastaban las monjas cocineras a la hora de atalantar
brebajes gástricos y económicos), cada cual se retiró al sopor mustio y
alcanforado de su cuarto en la casa. Él se marchó a su nuevo aposento en el piso
más alto del otro edificio. Era la hora de entonar las “completas” en íntimo
aislamiento. Don Manuel lo hizo con el temor anclado en su garganta como una
púa hincada de asesino chicharro. A él la cosa de la pesca siempre le daba
grima. Ya metido en su cuarto, y atrancada la puerta, recitó cada prez
saboreando entre sus sílabas la acre sensación de un aliento corrupto, más
propio de mal de tubo digestivo o de bilis revuelta. Desde hacía unos días, a
él, los nervios innatos a la culpa le tenían candada las entradas del buche y
el fuelle del respiro. No obstante, resistió como liebre abichada en la hura
hasta que fue la hora. Era este el espacio de tiempo necesario para que en el
recinto todo se fuera sosegando, y reinara la quietud más propicia y acorde para
su peripecia. Poco antes de dar remate a sus últimos rezos, a los que aquella
noche les presto atención propia de papagayo en período de celo, un pensamiento
espurio desarboló su espíritu indeleble de cruzado ferviente. Por un instante,
sintió como si el suelo titubeara bajo de sus zapatos, y cómo la voluntad se le
quebraba lo mismo que una juncia. A punto estuvo de rechazar su plan y entonar
el gorigori de su arrepentimiento por tan ruin y liberal propósito. Pero de
pronto vino a su cabeza una frase remota
pero muy lapidaria, seguramente traída a colación por el mismito diablo,
que se sirve de cosas semejantes para tentar a débiles e incautos, o a
doncellas rijosas: “fas est ab hoste doceri”. ¡Pues claro!; era, precisamente,
del enemigo de quien correspondía aprender. La fe no se ratificaba
protegiéndola o aliviándola de riesgos o avatares. La fe se petrificaba y
robustecía cada vez que era expuesta por su poseedor a cuantos vendavales,
tumultos o desórdenes era, valientemente, confrontada. ¿Qué podía, pues, temer
un espíritu sincero y sano como el suyo de cuanto se encerrara en aquellos
volúmenes que apodaban inicuos? Y en cuanto al acto: ¿Acaso no había sido él
nombrado por el señor Obispo con plena autoridad para obrar y actuar con
libertad en el mentado Archivo? ¿Por qué entonces aquel temor a la furia
desproporcionada y espectacular de aquel don Senén paranoico y decrépito?
Cerró
el breviario como quien cierra un ataúd maléfico. Apagó la luz. Con sumo sigilo
abrió, salió y cerró su puerta en un acto brevísimo de ladrón avezado. El
aceite aplicado con un casero hisopo en las bisagras, la tarde anterior, dotó a
la tarea de un mutismo sin falla. Por el pasillo, a oscuras, caminó lo mismo
que lo hiciera un extraño o un trampero ilegítimo a la caza de liebres. Pasó
bajo el letrero “Dormitorio de padres” como bajo un dosel que amenazara ruina.
El silencio era opaco. Luego bajó las escaleras apretando en el cuenco de su
mano derecha la llave clandestina, sintiendo un cierto gusto o descargo por la
laceración que ella tatuaba en su palma opresora. Era evidente que el martirio
siempre exculpaba, aunque fuera en dosis tan exiguas como era ahora el caso. La
vetusta escalera chirrió cuanto quiso, pero no la oyó nadie. Cuando Manuel se
liberó de ella, la miró de soslayo, y a modo de descarga de nervios y
tensiones, entre dientes le dijo: “fastídiate quejumbrosa, que nadie te hace
caso”. El gran portón le obedeció como un amigo probo; para algo tenía que
notarse que él fuera el portero.
Cuando
salió a la calle se sorprendió; el aire era amablemente fresco. Era verano. Sin
duda, hacía poco tiempo que había lloviznado; seguramente un chaparrón absurdo,
de esos en los que se resumen algunas tormentas que no cuajan ni truenan. El
suelo estaba brillante, y el silencio, en la placita, era íntimo, cercano y
entrañable, cual si ella fuera, meramente, un cuarto subalterno de la casa
nodriza. Cruzó ligero como hacen las sombras de todos los fantasmas. Cuando
llegó a la puerta del Archivo, la llave resbaló de su palma a sus dedos, y de
éstos hasta la cerradura, cual si él poseyera maña propia de prestidigitador. Y
es que fue como si, en realidad, girara por sí sola. Encendió la linterna. El
círculo de luz correteó por el suelo y seccionó, sin violencia ni ruido,
muebles y estanterías, en un ir y venir, sin orden ni destino; vamos: a su
libre albedrío. A diferencia de aquélla linterna niquelada de antaño, ésta, que
era enorme, tubular y de plástico, carecía de encanto y semejaba un arma de
efecto impredecible. Tras entrar, cerró la puerta apoyando la espalda, sin
mirar hacia atrás, sujetando el pomo interior con su mano derecha para no hacer
escándalo. Por vez primera estaba completamente solo, y, ante él, el Archivo
respiraba a sus anchas. Inmediatamente se sintió fascinado. Visto en la
oscuridad, el lugar se ofrecía como abismal y tétrico. Una caverna hercúlea, un
antro peligroso; una hura ancestral y terrible cual averno fatídico, pero a la
vez dotada de un aliento entrañable, cálido y sostenido. Por eso, a él no le
engendraba ni una brizna de miedo. Pasados los primeros momentos de tibieza o
de duda, su firme decisión lo había ido sosegando cual efecto narcótico. Hasta
podría decirse que todo su cuerpo y hasta su misma mente habían sido alcanzados
por un empujón de arrojo. Era una ingravidez únicamente comparable a ese
cansancio, de aspecto gaseoso, que se experimenta tras alcanzar una cima
costosa, o entregar, en un rebufo de pánico infinito, un plus de adrenalina.
De nuevo te dejo la palabra. Que bien está que estos
avatares los refiramos juntos, pero dándonos pausas.
Apagué la linterna y me senté. Puedo afirmar que, tras
años penosos, nuevamente no sentía el lastre de mi cuerpo de clérigo gastado y
peso fardelario. Insuflado de vigor inaudito, volví a sentirme como cuando era joven;
como aquel muchacho rural y primitivo que creía en la vida y se ensimismaba
viendo saltar el agua de un regato, cual si viera un grandioso prodigio
selvático o marino. Estaba pleno y satisfecho y no sabía bien por qué, pero lo
estaba. Aquel era mi ámbito perdido y recobrado. En medio de la oscuridad y el
silencio más limpio de valle de la Antártica, aquel espacio se me mostraba como
algo privado y conocido por mí desde tiempos remotos. No, ya no era el
territorio inviolable en el que don Senén reinaba prepotente “de jure et per
saecula saeculorum” ¡Qué bah! Aquel lugar me pertenecía a mí en exclusiva; me
reclamaba; era yo mismo convertido en espacio o en ágora pública. No sabía muy
bien de qué modo lo hacía. Pero allí estaba una fuerza primaria que me
emplazaba a gritos, igual que se requiere algo que se está anhelando con un
vigor geológico. Tal vez, la síntesis y esencia de algo que yo, a mi vez,
demandaba a la vida, y que ella, al fin, estaba dispuesta a concederme en pacto
de justicia. Debía ser algo de eso que siempre se nos da con rémora o retraso.
Desde la calle, únicamente un vivo
resplandor entraba por un ventano estrecho. Era una lumbrera mínima que
resultaba casi inservible a plena luz del día, pero que ahora derramaba una
cuña, como de plata fría, que alargaba las sombras y aguzaba perfiles con un
brillar metálico de azules sinuosos. A tales horas, el Archivo presentaba la
apacibilidad arcana de las criptas selladas; el silencio acogedor de un templo
desolado exhalando a sahumerio, de una plaza de pueblo desierta en plena
madrugada. Parecía uno de esos reductos que, contra los
pronósticos, irradian paz y liban confianza en medio de la sombra. Un lugar
prehistórico en el que el hombre hubiera habitado desde que, fortuito,
sintetizó una idea, profirió un berrido con visos de vocablo, y, luego, irguió
su espalda y dio el primer paso. Un primer paso, tal vez tambaleante, quizás
como un borracho; pero un primer paso crucial e irretornable. Un lugar de esos
donde la compilación de gozos engastados y el cúmulo asfixiante de penas y más
penas, han dotado al recinto de un potencial humano espeso aunque impalpable.
Aquella noche no hice otra cosa que estar allí. Sentado. Inmóvil.
Enseñoreándome en el hallazgo, cual un explorador que descubre un lugar que
jamás pisó nadie, y al que le pone nombre, que es el signo innegable de que le
pertenece. Estuve dejando que el recinto penetrara en mi ser, y sintiendo cómo
yo mismo me expandía y diluía en él y su regazo afable. Los libros, los
legajos, las carpetas, los mil trastos
que allí se acumulaban habían tomado ante mí otra esencia de talante
propicio. Un mercado en jornada de feria abigarrada, en el que los trazos,
sombras o miembros amputados de estatuas, cuadros y demás cachivaches hacían
verdad aquello de la resurrección postrera de la carne, y vivían de nuevo en un
jardín edénico. Y es que, de pronto, creí sentir la indescriptible emoción del
arqueólogo que al fin penetra, por un vano impreciso en la ruda ladera, por un
farallón adventicio de la corteza del árido desierto, en la fastuosidad
desbordante de una cámara funeraria del
Egipto amonita. Así pasé la noche en mi recién descubierto reinado.
Observando y gozando aquel imperio más propio del famoso rey Midas.
Vamos al día
siguiente.
A la mañana siguiente comparecí en el Archivo como era
mi hábito. Di los buenos días a don Senén sin esperar respuesta; ni falta que
me hacía. Y observé su indiferencia, no con la gratitud de un culpable
embustero que siente su secreto un día más a salvo, sino con la confianza de
quien sabe que su misterio jamás le será descifrado, por que está protegido por
los esotéricos signos caligráficos de una lengua que no conoce nadie y
preservan los siglos. Y es que para aquel, mi demencial, jeroglífico no existía
la piedra de “Rosetta” que fuera a descifrarlo.
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