sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO TRECE

TRECE




Bueno, dejémoslo y volvamos al retablo presente.
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Debo reconocer que me tiembla la mano, y que el corazón me golpea con el pateo inquietante de un potro desbocado, cada vez que la veo o me acuerdo de ella. Guardo esa llave en una caja pequeña de madera, junto con mis cosas de aseo, de tal modo, que únicamente la rozo con mi vista una vez cada día a lo sumo. Suele ser por la mañana, cuando me dispongo a afeitarme. Pero el día entero tengo la mente puesta en ese temerario cofre de mi secreto. Cualquiera podría descubrirla. Y cuando la inquietud me hace consciente del peligro que corro, un rubor interior y una zozobra me convencen de que mi miserable enigma es, sin duda, claramente visible para cualquiera de quienes en ese momento me rodean o miran desde fuera. Una y otra vez, sopeso mi pecado. Y, una y otra vez, me niego tercamente a renunciar a ello. Voy y vengo, así, por los ámbitos quebrados de mi terca conciencia, y defiendo mi atrevimiento y mi osadía con la lucidez o el cinismo de quien se considera pecador sin remedio y, además, no está dispuesto hacia la contrición, si ello le priva del goce inherente que tienen siempre el desacato y la obstinación más pérfida.


Creo que no te está entendiendo quien te lee. Así pues, déjame que esto lo cuente yo. Así tú respiras un poco, y yo, a la vez, dejo patente que todo asunto tuyo es también siempre nuestro.

Cenó como lo hacia cada noche, de una forma frugal y calculada. Entre cucharada y cucharada, fue examinando con suma  minuciosidad cada una de las bocas del resto de los curas, que sorbían la sopa ensimismados en aquella abstinente y cándida pitanza imbuidas de mesura y ascético ocaso. La mayoría de los belfos eran viejos, deformes, desdentados. Menuda diferencia con los labios y gargueros esbeltos y estirados de los seminaristas. Las arrugas se concitaban en ellos como codiciosas grietas de una orografía reseca y esquilmada, que en otros tiempos pudiera haber sido vegetal y frondosa. Es posible que, hasta incluso. exhibiendo una luminosa sonrisa confiada y abierta, pero que ahora ya nada recordaba de glorias tan pretéritas. Por entre aquellos  labios, hoy grises y torturados por gestos anodinos, había salido tantas veces la palabra de Dios, que seguramente los había erosionado como magma candente. Y es que hay quien afirma que esa palabra es fuego. En la boca de los seres humanos  estaba  la  síntesis  precisa  de  su  ser y  su esencia (pensaba él ahora). Sobre todo si se les contemplaba cuando estaban comiendo o abrevando tranquilos. El morro, y no los ojos, era el espejo fidedigno del alma. Y, en el modo en cómo engullía cada cual, se podía escribir, con letra justa y sin temor a pifias ni equívocos de bulto, sus más claros instintos. “Mira comer a alguien, y sabrás cómo es su interior de la cabeza al rabo”, repetía Manuel muy a menudo; aunque lo hiciera para sus adentros y a modo de íntimo y reflexivo principio psicológico.  

            Casi todos los residentes eran sacerdotes ancianos, salvo tres jóvenes que estaban haciendo sus primeros tanteos de pastoral de cuño transoceánico, y que por ello también se asilaban en la Sacerdotal. Y es que, además, la autoridad había decidido que no tuvieran trato con juventud autóctona, por aquello de la contaminación, pues que ya se sabía que Europa estaba siendo asediada por una plaga o peste de incredulidad y arrebato laicista. Eran de Sudamérica, y los tres parecían como pájaros nuevos sacados a empujones de un nido reocupado. El color cetrino de su piel bruñida de, aún, adolescentes, sus rasgos a lo indígena, y su talla menguada, junto con la impecable traza de sus trajes de clériman recién acomodados, les convertían en una curiosidad un poquito hilarante. Hilaridad que no llegaba nunca a explicitarse. Y es que en las mentes, ya espesas y sin bríos catequísticos, de todos aquellos ancianos compañeros, se veía su presencia como una luminosa garantía de futuro para la madre Iglesia, que, en aquende los mares, estaba últimamente tan raquítica y seca en cuanto a repuntes de fe y enardecida entrega. De sobra era sabido que la mayoría de aquellas viejas glorias, ahora en dique seco, consideraba al seminario de aquende los mares un nido desahuciado de disolución y de libertinaje.     

            Don Senén comía como comen los pollos. Lo hacía con esmero angustioso; sorbiendo con sonoridad en cada cucharada y, luego, escarbando en el plato en busca de no se sabía qué brizna de manjar escondido, cuando las monjas le dispensaban la carne o el pescado según rigiera el menú aquella particular liturgia que ellas aplicaban incluso a sus perolas. Aquellos dedos suyos, escuálidos y rígidos como palos tallados, garabateaban en el ruedo del plato como si fueran uñas de patas de rapaces. Pero al igual que hacía en el Archivo, sólo su cuerpo estaba entre los hombres que poblaban el sacro refectorio, porque su mente y su interés, o estaban en un lugar lejano de este mundo o es que, definitivamente, viajaban por angostos lugares de ultratumba. No obstante, sólo el hecho de saberlo presente y sentado ante él, inquietaba a Manuel hasta hacerle temblar, y casi añusgarse con cada cucharada. Era claro, que en aquel cráneo esculpido en cera transparente se guarecía un cerebro meándrico  y  retuerto,  dispuesto  a  la vigilia sin descanso ni pausa, para así preservar aquel submundo suyo, bodega protectora de  legajos,  protocolos y pliegos insondables.

            Cuando hubieron consumido los postres, que hoy eran castañas cocidas en agua con anises, (Así se las gastaban las monjas cocineras a la hora de atalantar brebajes gástricos y económicos), cada cual se retiró al sopor mustio y alcanforado de su cuarto en la casa. Él se marchó a su nuevo aposento en el piso más alto del otro edificio. Era la hora de entonar las “completas” en íntimo aislamiento. Don Manuel lo hizo con el temor anclado en su garganta como una púa hincada de asesino chicharro. A él la cosa de la pesca siempre le daba grima. Ya metido en su cuarto, y atrancada la puerta, recitó cada prez saboreando entre sus sílabas la acre sensación de un aliento corrupto, más propio de mal de tubo digestivo o de bilis revuelta. Desde hacía unos días, a él, los nervios innatos a la culpa le tenían candada las entradas del buche y el fuelle del respiro. No obstante, resistió como liebre abichada en la hura hasta que fue la hora. Era este el espacio de tiempo necesario para que en el recinto todo se fuera sosegando, y reinara la quietud más propicia y acorde para su peripecia. Poco antes de dar remate a sus últimos rezos, a los que aquella noche les presto atención propia de papagayo en período de celo, un pensamiento espurio desarboló su espíritu indeleble de cruzado ferviente. Por un instante, sintió como si el suelo titubeara bajo de sus zapatos, y cómo la voluntad se le quebraba lo mismo que una juncia. A punto estuvo de rechazar su plan y entonar el gorigori de su arrepentimiento por tan ruin y liberal propósito. Pero de pronto vino a su cabeza una frase remota  pero muy lapidaria, seguramente traída a colación por el mismito diablo, que se sirve de cosas semejantes para tentar a débiles e incautos, o a doncellas rijosas: “fas est ab hoste doceri”. ¡Pues claro!; era, precisamente, del enemigo de quien correspondía aprender. La fe no se ratificaba protegiéndola o aliviándola de riesgos o avatares. La fe se petrificaba y robustecía cada vez que era expuesta por su poseedor a cuantos vendavales, tumultos o desórdenes era, valientemente, confrontada. ¿Qué podía, pues, temer un espíritu sincero y sano como el suyo de cuanto se encerrara en aquellos volúmenes que apodaban inicuos? Y en cuanto al acto: ¿Acaso no había sido él nombrado por el señor Obispo con plena autoridad para obrar y actuar con libertad en el mentado Archivo? ¿Por qué entonces aquel temor a la furia desproporcionada y espectacular de aquel don Senén paranoico y decrépito?  

            Cerró el breviario como quien cierra un ataúd maléfico. Apagó la luz. Con sumo sigilo abrió, salió y cerró su puerta en un acto brevísimo de ladrón avezado. El aceite aplicado con un casero hisopo en las bisagras, la tarde anterior, dotó a la tarea de un mutismo sin falla. Por el pasillo, a oscuras, caminó lo mismo que lo hiciera un extraño o un trampero ilegítimo a la caza de liebres. Pasó bajo el letrero “Dormitorio de padres” como bajo un dosel que amenazara ruina. El silencio era opaco. Luego bajó las escaleras apretando en el cuenco de su mano derecha la llave clandestina, sintiendo un cierto gusto o descargo por la laceración que ella tatuaba en su palma opresora. Era evidente que el martirio siempre exculpaba, aunque fuera en dosis tan exiguas como era ahora el caso. La vetusta escalera chirrió cuanto quiso, pero no la oyó nadie. Cuando Manuel se liberó de ella, la miró de soslayo, y a modo de descarga de nervios y tensiones, entre dientes le dijo: “fastídiate quejumbrosa, que nadie te hace caso”. El gran portón le obedeció como un amigo probo; para algo tenía que notarse que él fuera el portero.  

            Cuando salió a la calle se sorprendió; el aire era amablemente fresco. Era verano. Sin duda, hacía poco tiempo que había lloviznado; seguramente un chaparrón absurdo, de esos en los que se resumen algunas tormentas que no cuajan ni truenan. El suelo estaba brillante, y el silencio, en la placita, era íntimo, cercano y entrañable, cual si ella fuera, meramente, un cuarto subalterno de la casa nodriza. Cruzó ligero como hacen las sombras de todos los fantasmas. Cuando llegó a la puerta del Archivo, la llave resbaló de su palma a sus dedos, y de éstos hasta la cerradura, cual si él poseyera maña propia de prestidigitador. Y es que fue como si, en realidad, girara por sí sola. Encendió la linterna. El círculo de luz correteó por el suelo y seccionó, sin violencia ni ruido, muebles y estanterías, en un ir y venir, sin orden ni destino; vamos: a su libre albedrío. A diferencia de aquélla linterna niquelada de antaño, ésta, que era enorme, tubular y de plástico, carecía de encanto y semejaba un arma de efecto impredecible. Tras entrar, cerró la puerta apoyando la espalda, sin mirar hacia atrás, sujetando el pomo interior con su mano derecha para no hacer escándalo. Por vez primera estaba completamente solo, y, ante él, el Archivo respiraba a sus anchas. Inmediatamente se sintió fascinado. Visto en la oscuridad, el lugar se ofrecía como abismal y tétrico. Una caverna hercúlea, un antro peligroso; una hura ancestral y terrible cual averno fatídico, pero a la vez dotada de un aliento entrañable, cálido y sostenido. Por eso, a él no le engendraba ni una brizna de miedo. Pasados los primeros momentos de tibieza o de duda, su firme decisión lo había ido sosegando cual efecto narcótico. Hasta podría decirse que todo su cuerpo y hasta su misma mente habían sido alcanzados por un empujón de arrojo. Era una ingravidez únicamente comparable a ese cansancio, de aspecto gaseoso, que se experimenta tras alcanzar una cima costosa, o entregar, en un rebufo de pánico infinito, un plus de adrenalina.


De nuevo te dejo la palabra. Que bien está que estos avatares los refiramos juntos, pero dándonos pausas.

Apagué la linterna y me senté. Puedo afirmar que, tras años penosos, nuevamente no sentía el lastre de mi cuerpo de clérigo gastado y peso fardelario. Insuflado de vigor inaudito, volví a sentirme como cuando era joven; como aquel muchacho rural y primitivo que creía en la vida y se ensimismaba viendo saltar el agua de un regato, cual si viera un grandioso prodigio selvático o marino. Estaba pleno y satisfecho y no sabía bien por qué, pero lo estaba. Aquel era mi ámbito perdido y recobrado. En medio de la oscuridad y el silencio más limpio de valle de la Antártica, aquel espacio se me mostraba como algo privado y conocido por mí desde tiempos remotos. No, ya no era el territorio inviolable en el que don Senén reinaba prepotente “de jure et per saecula saeculorum” ¡Qué bah! Aquel lugar me pertenecía a mí en exclusiva; me reclamaba; era yo mismo convertido en espacio o en ágora pública. No sabía muy bien de qué modo lo hacía. Pero allí estaba una fuerza primaria que me emplazaba a gritos, igual que se requiere algo que se está anhelando con un vigor geológico. Tal vez, la síntesis y esencia de algo que yo, a mi vez, demandaba a la vida, y que ella, al fin, estaba dispuesta a concederme en pacto de justicia. Debía ser algo de eso que siempre se nos da con rémora o retraso.   

            Desde la calle, únicamente un vivo resplandor entraba por un ventano estrecho. Era una lumbrera mínima que resultaba casi inservible a plena luz del día, pero que ahora derramaba una cuña, como de plata fría, que alargaba las sombras y aguzaba perfiles con un brillar metálico de azules sinuosos. A tales horas, el Archivo presentaba la apacibilidad arcana de las criptas selladas; el silencio acogedor de un templo desolado exhalando a sahumerio, de una plaza de pueblo desierta en plena madrugada.  Parecía  uno de esos reductos que, contra los pronósticos, irradian paz y liban confianza en medio de la sombra. Un lugar prehistórico en el que el hombre hubiera habitado desde que, fortuito, sintetizó una idea, profirió un berrido con visos de vocablo, y, luego, irguió su espalda y dio el primer paso. Un primer paso, tal vez tambaleante, quizás como un borracho; pero un primer paso crucial e irretornable. Un lugar de esos donde la compilación de gozos engastados y el cúmulo asfixiante de penas y más penas, han dotado al recinto de un potencial humano espeso aunque impalpable. Aquella noche no hice otra cosa que estar allí. Sentado. Inmóvil. Enseñoreándome en el hallazgo, cual un explorador que descubre un lugar que jamás pisó nadie, y al que le pone nombre, que es el signo innegable de que le pertenece. Estuve dejando que el recinto penetrara en mi ser, y sintiendo cómo yo mismo me expandía y diluía en él y su regazo afable. Los libros, los legajos, las carpetas,  los mil  trastos  que allí se acumulaban habían tomado ante mí otra esencia de talante propicio. Un mercado en jornada de feria abigarrada, en el que los trazos, sombras o miembros amputados de estatuas, cuadros y demás cachivaches hacían verdad aquello de la resurrección postrera de la carne, y vivían de nuevo en un jardín edénico. Y es que, de pronto, creí sentir la indescriptible emoción del arqueólogo que al fin penetra, por un vano impreciso en la ruda ladera, por un farallón adventicio de la corteza del árido desierto, en la fastuosidad desbordante de una cámara funeraria del  Egipto amonita. Así pasé la noche en mi recién descubierto reinado. Observando y gozando aquel imperio más propio del famoso rey Midas.


Vamos al día siguiente.

A la mañana siguiente comparecí en el Archivo como era mi hábito. Di los buenos días a don Senén sin esperar respuesta; ni falta que me hacía. Y observé su indiferencia, no con la gratitud de un culpable embustero que siente su secreto un día más a salvo, sino con la confianza de quien sabe que su misterio jamás le será descifrado, por que está protegido por los esotéricos signos caligráficos de una lengua que no conoce nadie y preservan los siglos. Y es que para aquel, mi demencial, jeroglífico no existía la piedra de “Rosetta” que fuera a descifrarlo.




























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