sábado, 1 de marzo de 2014

La heredad de los sueños



LA HEREDAD DE LOS SUEÑOS


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Comienzo a escribir hoy, séptimo día del áspero mes de Famenot. Escribo desde la gran desolación que supone para todos nosotros la noticia llegada de la muerte de nuestro faraón Seti I, hijo del gran Ramsés, señor de las Dos Tierras, Horus viviente, sacerdote de Set, conquistador de Asia, Palestina, Siria y Fenicia, señor de Biblos, Gaza, Canaán. Seti I, aquél de quien he recibido enseñanza y desprecio, y a cuya ira y desacuerdo jamás pensé sobrevivir.
            Mi nombre es Oneh, con él he envejecido, y a él me dirijo cuando quiero encontrarme y conversar conmigo. He ejercido los oficios de escriba, sacerdote, oteador y estudioso del cielo y sus misterios, médico y rastreador de la muerte y sus parajes herméticos, y labrador de piedras y arquitecto. Durante mi existencia he visto morir a cinco faraones y he temblado ante el caos que siempre acompaña al tiempo de su tránsito. Aunque también deba aclarar que de igual modo, o más si cabe, me han inquietado los tiempos convulsos de sus vidas. Creo que son cincuenta y una las veces que el gran río se ha desbordado desde mi nacimiento, que tampoco podría precisar cuándo ocurrió. Y puedo aseverar que no siempre las inundaciones nos han sido propicias y pletóricas, pues he anotado y he sido espectador de hambrunas, derrotas en batallas e injusticias, así como toda clase de sufrimientos, males y desventuras.
            Reúno desde hoy estos papiros pues que presiento, que, aunque mi salud es aún vigorosa, y en mi ánimo está la persecución esforzada de la longevidad, es para mí deber ineludible dejar testimonio escrito de cuanto he presenciado, descubierto y creído. Pero además quiero y debo aportar claridad para aquéllos que un día confiaron en mí y ahora creen que fueron defraudados. Seguramente ellos no me leerán. En el mejor de los casos seré comprendido y absuelto por quienes les sucedan. Deberé, de todos modos, soportar la soledad de la desavenencia durante el resto de mis postreros días, así como la he sufrido hasta el día de hoy en no pocos periodos de mi vida. Espero que estas palabras y el poder inmaterial del verbo, sean capaces de trascender al tiempo. Y, más allá de  la burda realidad de nuestras vidas, consigan darles a ellos una satisfacción que se merecen allí donde se encuentren, a la vez que procurarme a mí un sosiego allí donde estuviere. Hay veces que hemos de fiar en que sea el discurrir de lo que es venidero quien comparezca para otorgarnos la oportuna justicia que hoy no puede donársenos. Y es que yo, Oneh, anuncio un tiempo que aún está por venir. Un tiempo en el que los hombres mirarán cara a cara a  su destino, cobijados únicamente por la humildad solemne de su naturaleza. Un tiempo en el que los dioses se retirarán, y nosotros aceptaremos ser parte baladí de este orbe cuyo devenir común nadie conoce ni nunca nos será concedido comprender plenamente. Un tiempo en el que dejemos que Dios se retire a ser Dios, y no haya ningún hombre que se sienta predestinado a ocupar su lugar.

Comenzó el cura a leer aquella nueva historia, y trató de comprender en qué modo se iban sucediendo aquellos párrafos o estaba enjaretada aquella rara obra. Tal vez fueran trozos de pergaminos salvados así por aquel amanuense taimado y misterioso. No obstante, en un principio, le fastidió pensar que ya no volviera a aparecer el artesano Senmut que tanto le había impresionado con su modo de amar y de entender la vida de aquella forma sencilla y esencial. Por un instante voló su imaginación hacia las tierras remotas del Egipto, que él no conocía, y que por eso se imaginaba tan vívidamente, sin reparar en realidad alguna que la desluciese. Pensó en el ardiente clima, en el Nilo magnífico, en el sencillo taller del artesano. Pensó en Gemeni, en Nectánico, en Riojtaf, en Jirá, en Tutmés; seres ya familiares. Pensó e imaginó, y sintió una oleada de envidia entrañable.  
            La sesión de portería, aunque monótona, había tenido un punto intrigante. Daniel, el muchacho de la llamada telefónica, había salido de la casa. Había pasado ante él con paso decidido, mirando de soslayo, y dándole las buenas tardes. Él le había respondido afablemente, tratando de quitar cualquier resquicio incómodo que pudiera denotar que aún recordaba el asunto pasado. Pero había notado un cierto grado de franca gratitud. Había sido tan sólo un instante; el tiempo escueto durante el que alguien transita ante alguien sin pararse siquiera. Pero lo suficiente para, sin palabras ni gestos usuales, establecer un nexo más allá de lo obligatorio y lo habitual. Enseguida comenzó el viejo cura a tejer sus cavilares. Aquel muchacho lo necesitaba. Claro está; no había nada más que mirarlo. Por un instante se sintió elegido, importante; nuevamente servible. No era muy normal que alguien joven considerara así a un pobre vejestorio echado ya a atender a añejas religiosas, a ordenar fardeles de legajos, o a hacer funciones de fámulo portero.
            Quizás, también por eso, leyó aquella noche con afán renovado. Era un hombre con turbadora suerte. La vida, su precaria vida desahuciada, parecía de pronto llenarse de intrigas y matices. Tal vez también él estuviera mostrando, aunque de un modo llano e inicial, ese atractivo que aflora y acompaña a todos los rebeldes, a todos los valientes, canallas y seres transgresores. De cualquier modo, el nuevo reto lo azuzaba con los colores llamativos de la ilusión.
            Releyó la última frase:”Un tiempo en el que dejemos que Dios se retire a ser Dios, y no haya ningún hombre que se sienta predestinado a ocupar su lugar”.   
                                                                                 
Regalé el hermoso collar y los zarcillos a Ineferti el mismo día que me donó su amor, y jamás me he arrepentido de ello. Y cada vez que he visto refulgir el pectoral sobre sus brunos y temblorosos pechos he confirmado que ése es el único lugar en el que la magnífica joya ha vuelto a encontrar la dignidad que ostentara un día sobre el cuello de su primera dueña; la que fuera Gran Esposa Real, Meritatón, mi insigne protectora. Es ése el único legado material que yo conservaba de la que ha sido la más digna mujer que yo haya conocido. A ella, mi agradecida y ecuánime memoria han destinado el más prestigioso lugar entre todos aquellos tesoros que llamo mis recuerdos. Y para ella suplico a Isis, maestra indiscutible del mundo, su intercesión ante Osiris, calibrador del alma. ¡Que Horus la estime justamente en sus valores y la colme de gracias!
            En cuanto tuve edad para entenderlo, ella me confesó abiertamente que no era mi madre. Tratar de explicar ahora la congoja que sentí ante tal confidencia es algo que aún hoy me oprime la garganta y me encharca el pecho hasta volverlo una ciénaga. Una ciénaga repleta de un limo sucio, cuya putrefacción jamás será ni nutricia ni fértil. No he conocido a mi madre ni tampoco al que yació con ella y, así, se convirtió en mi padre biológico. Aunque sepa de él a través del suspiro inflamado de Atón y de lo que algunos han venido a contarme con el paso del tiempo. Y desde ese conocer misterioso  he amado a mi progenitor cuanto el más ferviente de los hijos pudiera amar al suyo. Supe también, desde muy temprana edad, que nuestro faraón Horemheb, cuando aún no era más que el general de las tropas del rey Tutankhatón, se estableció ya como mi valedor. Y que de él, aun siempre desde el anonimato y la arisca distancia, recibí puntuales muestras de desigual y extraña esplendidez. Más tarde conocí cómo él había sido la persona que un día designara el rey predecesor como albacea para garantizar mi defensa y tutela. Luego, cuando Horemheb se convirtió en divinidad y señor de todo Kemit, y yo hube llegado a juventud, tuve la oportunidad de conocer algunos detalles más de ese período de mi vida que mi memoria, por ser  demasiado tierna aún, no había sido capaz de fijar y revelarme como correspondiera. Pero, a pesar de todo, mi existencia ha estado siempre marcada por el desconocimiento de mi estirpe, por una nebulosa que me envuelve y preside, y un insólito vínculo con un saber remoto; con un tiempo que aún está por venir y descifrarse. Puede que quien en el futuro pase sus ojos por estos escritos, que mi cálamo dibuja con afán, sea capaz de penetrar en mi enigma y completarlo. Si fuera así, Atón le premiará, y yo volveré nuevamente a la vida. Pues que sólo revive quien es entendido y pensado por los días futuros y los hombres que le son venideros.
            Pues, bien. He de decir que hubo un tiempo en el que mi curiosidad intentó ahondar cuanto le fue posible en el mapa gris de mis orígenes. De un lado, la intriga lógica me aguijoneaba sin permitirme descanso ni equilibrio. Pero, de otro, un gran temor a descubrir que en realidad fuera algo delictivo o impío lo que hubiera cooperado en mi génesis o conducido a aquella situación atípica, me mantenía en ese espacio incierto que a veces lleva a fabular motivos y argumentos locos y deleznables. Por todo ello, debo afirmar que el sobrevivir, algunas veces, ha sido para mí algo carente de apego y de sentido, pues la desconexión con los propios orígenes deja al hombre suspendido en un vacío que puede revelársele cual algo insoportable. Pero también es cierto que el hombre debe roturar su vida sin mirar hacia atrás, pues que el pasado puede ser únicamente un lastre. Es ésa una postura de  notable aplomo y de acusado riesgo que no siempre es posible mantener y asumir, y, mucho menos, hacer que nos conduzca hacia puerto seguro.
            Por eso, cada hallazgo que he hecho sobre mi pasado lo he saboreado como un suculento manjar proveniente de parajes exóticos. Un manjar que jamás harta por completo, pues que se nos concede en porciones que siempre son frugales. Un objeto frágil y valioso que se conserva con la veneración de aquello que ha sido recibido de las mismas manos etéreas de los dioses. Sólo quien tiene, palmo a palmo, que rescatar su historia de la nebulosa del tiempo ya pasado, es capaz de valorar lo que al hombre sirve ese asidero al que llamamos su familia, su casta o su linaje.
            Sé, pues,  que la  dama Meritatón me recibió en su casa cuando mis ojos apenas se habían abierto a la luz y mis labios sólo buscaban el gusto de un pezón henchido de leche saciadora. Ella me dio su amor materno durante el período de tiempo en que consideró que me era imprescindible. Fue algo así como hacen los animales con sus crías; la misma protección; el mismo desapego. Sé que me amamantó la venerable Tyi, nodriza real y mujer sumamente munífica. Pero también sé que la gran Meritatón nunca apoyó su vida en mi afecto, ni fui para ella el hijo que le negara la divina Thoeris. Ella, junto con el insigne Horemheb, cada cual desde su posición, me hicieron llegar el apoyo y los beneficios de su gran influencia. El resto es algo que debo considerar como el legado directo y gratuito de los dioses o las fuerzas ocultas que hacen girar al mundo. Tal vez del dios Atón, el desentrañador, para quien he tenido un dilatado y recóndito sentimiento de fervor y respeto, que en un principio ignoré a qué obedecía, y que hoy, ya en mi madurez, es guía y motor de toda mi existencia.

También él hubiera necesitado conocer con detalles su historia. Los entresijos de aquella negrura familiar, que había sido consustancial a su tiempo y su vida. Los tonos y aromas de un tiempo que le había hecho crecer como a un proscrito, separado de todo. La guerra engendraba miseria, y la miseria también tenía sus víctimas. La muerte de su padre de tuberculosis, que tiñó la viudedad de su madre y su orfandad de un silencio y una lejanía que congeló el afecto, borró las alegrías, y les condenó a todas las penurias. Jamás había visto ya a su madre sonreír. Tampoco había existido más, entre ellos, un punto de ternura abierta o espontánea. Desde entonces, el afecto había sido, en su casa, algo desarraigado, prohibido o desacreditado; una demostración banal y vergonzosa que, tal vez, los pobres no debían permitirse jamás. Recordaba su infancia, cuando su padre aún vivía, como algo cálido cargado de ilusiones y excitantes travesuras vividas. Conducir las vacas hasta el prado, ir a buscar nidos, bajar hasta el regato para chapuzarse con los demás muchachos, robar fruta en el melonar del tío Boliche, o esconder tesoros entre las tejas de una tenada baja. Pero aquella muerte y el curso de la guerra cayó sobre su madre y él como un velo de plomo. El miedo lo embadurnó todo, y el recelo les cerró las bocas, detuvo los afectos y empañó las miradas e hizo huir a muchos como a su propio tío. Tal vez por todo eso, aquella desvalida mujer creyó que el cielo se le abría cuando don Melitón le propuso llevárselo a él para que fuera cura. Aquella decisión había tronchado sus dos vidas. Estaba él tristemente seguro. Comer no era lo más necesario. Incluso, vivir no era lo más importante, si había que renunciar a quien se era y a lo que se quería, añoraba o creía. Aquellos años en el seminario habían sido un periodo amargo, que sólo el fervor impuesto por la necesidad de subsistir, le había hecho soportable.   


Yo, Oneh, tenía siete años. Recuerdo con toda claridad el día, semejante al de hoy, en el que por el país entero voló, cual el planeo rasante de un negro cuervo, la terrible noticia de la inesperada y prematura muerte de Horus Tutankhamón; el dios viviente bajo cuyo corto reinado comenzó mi pecho a respirar. Aunque de igual tristeza para Kemit como ahora, para mí no cursó del mismo modo. Recuerdo la precipitación con la que fui arrebatado del harén de Mer‑Ur, donde me hallaba desde hacía tres ciclos, en tierras de El Fayum. Y cómo fui llevado sigilosamente a presencia de mi benefactora Meritatón, a la ciudad de Menfis, que ante mis ojos se abrió como el mágico emporio de toda maravilla. Y es que para mí siempre era un regalo poder ver de nuevo el rostro sereno y de marfil de aquella gran mujer, a quien anhelaba y amaba sobre todas las cosas con la ansiosa codicia de lo perennemente deseado y nunca, a placer, logrado o satisfecho.
            Pero apenas si nos detuvimos en la ciudad del delta. De inmediato fui embarcado para realizar un viaje largo por el río hasta la bella Tebas. Un viaje que resultó tan enigmático como duro y furtivo, pues nada se me explicó de a qué correspondía. Y es que durante el tiempo que duró el fatigoso tránsito, ni ella ni yo vimos con libertad ni la tierra firme ni la luz esplendorosa que alumbraba a los días, ajena totalmente al luto cortesano. Ambos permanecimos confinados, casi durante todo el tiempo, dentro de la cabina; ella entre su servidumbre, y yo obligado a practicar sin descanso mis ejercicios de memorización de trazos para los jeroglíficos, como si en realidad permaneciera aún en la real escuela. Nada hacía suponer  que  en  aquel camuflado  navío viajara tan preeminente dama; la sobriedad del barco lo hacía parecer de comercio usual. Tampoco se detuvo la nave en ningún puerto o ensenada. Ni siquiera para tomar viandas o provisiones, o aliviar su carga de basura o desechos. Una falúa que nos acompañaba hacía furtivamente las labores de vertido y avituallamiento, y siempre aprovechando para ello la noche más cerrada. Toda la navegación se hizo por el centro del río, evitando  así la indiscreción de cualquier ribereño. Al parecer, nadie debía identificarnos ni saber de nosotros. Meritatón era una mujer temida e influyente, pero también denostada y odiada.
            Llegamos al destino, tras algún día menos de los que eran preceptivos en semejante viaje. Durante algún tiempo después, pensé que los remeros y las velas se habían confabulado con el viento en los últimos tramos para hacer coincidir nuestra llegada con el momento más oscuro de cuantos anidan en las sórdidas noches. No había resplandor de luna. Y la esquilmada orilla occidental en la que amarramos estaba tan desierta como si se tratara de un campo chamuscado, soñoliento o arrasado de vida hasta la misma hez. Quizás aquella era la antesala de un ámbito entregado solamente al trajinar de muertos y sarcófagos. Luego supe que, efectivamente, esa tierra era así. Se trataba, en efecto, de la antesala del desierto rojo de Amenti, morada de Amón; reino de Osiris.
            Cuando desembarcamos, un esclavo kitonio nos proveyó, aún a pesar del calor asfixiante, tanto a Meritatón como a mí, de ambas cobijas negras que ocultaron nuestros cuerpos en su totalidad. Y enfundados en esos deshonrosos disfraces nos condujo, tras un trecho de ciénagas y de cañaverales muy poco transitados, a un lugar más poblado. Luego, por entre callejuelas repletas de alboroto e infectas tabernuchas, fuimos hasta una pequeña casa muy cercana al gran puerto. En el corral de la vivienda nos esperaba  un auriga de Yeb. Un hombre alto, que según me contó en el tiempo que duró nuestra espera, había estado empleado en el Abatón, sirviendo como carretero aguador en el templo de Jnum, dios de los alfareros, que allí es muy venerado. Sus manos, entre la oscuridad, eran del color bruno de las arcillas. Él nos transportó, unas horas más tarde, cuando ya el silencio había acampado sobre todas las calles, y las lámparas de petróleo en todas las cantinas estaban consumiéndose, hasta un paraje inhóspito y secreto en medio del desierto. Para ello subimos a un carro ligero que en medio de las sombras tiraba un caballo extrañamente inquieto y sobrado de rebufos y bríos. También él era negro. Recuerdo haber notado su aliento mezclado con el bochorno asfixiante de la tórrida noche, y haber visto sus babas como hilas de plata refulgiendo en su belfo al negro contraluz.
            Apenas nos pusimos en marcha, un terreno rojizo y polvoriento nos fue engullendo con avidez avara. En medio de mi contenido temor y enorme desconcierto, pues nada comprendía, buscaba yo inútilmente puntos de referencia que calmaran mi mente desbocada en delirio execrable. Y es que, la tortuosa sinuosidad de aquella ruta, borraba de inmediato cualquier señal o punto de partida a nuestra espalda, a la vez que nada se ofrecía identificable en nuestro incierto frente. Pronto me sentí perdido en medio de las sombras, sin otro apoyo que el de afirmarme a mí mismo, con ahínco, que al lado de Meritatón nada terrible podía sucederme.
            El aire era espeso. Y su sabor terroso ahogaba mi garganta con agreste codicia. Meritatón cubrió mi boca con su manto. Y el perfume de la tela, que olía igual que ella, convirtió en soportable para mí aquel traslado cargado de intriga y pesadumbre. Nada se me había explicado. Era como si se pretendiera que en mi cabeza de muchacho se fijaran unos recuerdos con apariencia de irreales pasajes. Retazos tal vez confusos, o, simplemente, imágenes ambiguamente abstractas.
            El tramo último lo hicimos por un desfiladero que para mi terror pareció estar cargado de inmateriales y velados ataques de perros o bandidos. Sólo el cielo plúmbeo se sustentaba sobre nuestra carrera. El frenazo final fue de tanta violencia como violenta había sido toda aquella espantada. También aquel auriga, de apariencia serena, tenía en tensión todos los brillos metálicos de sus brazos y rostro. Descendimos apresuradamente del hiriente transporte. Y, con apuro, comenzamos a caminar por un terreno desigual, cuyo desorden de piedras arcillosas tronchaba mis sandalias, y amenazaban con arañar mis plantas y lacerar mis dedos. Recuerdo haber parado un instante para respirar. Y, mirando en mi entorno, recuerdo sentirme sumido sin remedio en un grandioso pozo repleto de amenazas como inquietos reptiles. Cuanto me rodeaba era un círculo deforme de escarpas colosales y enormes terraplenes. Pensé que aquél era, inequívocamente, un lugar maldito del que el hombre debía haber huido por exhortación de su instinto primario. Un silencio inviolado llenaba la lúgubre oquedad de aquel siniestro espacio en el que ningún animal emitía su pálpito. Aquel era con seguridad el valle de la muerte.
            Ascendimos trabajosamente hasta media ladera. Más arriba, frente a nosotros, un muro imponente de rocas, cortadas a zarpazos verticales, mostraba su indolente apariencia de enorme muralla natural que nos impidiera el paso y la mirada. En su parte más alta, la línea quebrada de las cumbres, propicias al anidar de buitres y rapaces, recortaba un cielo ceniciento abandonado de lumbreras y astros. Nos detuvimos de nuevo para tomar aliento. Meritatón respiraba muy trabajosamente. Era evidente que aquella precipitación y aquel esfuerzo ahogaban su garganta y cerraban su pecho. Una vez más, la intriga atoraba mi mente de muchacho utópico. Todo aquello ¿por qué? Un sudor grueso hacía brillar la frente y la cara de la digna mujer, y ponía una pátina de cobre a su semblante iluminado por aquella luz broncínea e intrigante. De nuevo la miré. Tal vez lo hiciera formulando con mis ojos la pregunta que mis labios jamás se hubieran atrevido a formular en voz alta. Los ojos de Meritatón, a quien yo amaba más que a nadie en el mundo, me parecieron de pronto como cosidos de arrugas y sombras de terror. Entonces supe con certeza que aquello era para ella de un importante riesgo, y me puse a temblar abiertamente. Lo que hasta entonces había sido para mí un periplo de temerosas intrigas y confusos misterios, ahora se convertía en algo repleto de claras amenazas; también ella estaba en flagrante peligro.
            Descendimos por los escalones de una boca inclinada, abierta en una zanja descarnada en el talud del suelo. Cuando estuvimos dentro, los tres nos detuvimos. El auriga frotó dos palos con ahínco y, con un poco de estopa, despabiló una lámpara que hasta entonces había traído oculta entre su ropa. Sonó el rozar de los palos y crepitó la yesca. Cuando la luz creció, de nuevo, respiramos. La claridad lamió tímidamente los muros del pasillo excavado. Luego recorrimos aquel inquietante trecho angosto y descendente. Olía de un modo acre e impreciso que ya nunca se ha ido de mi olfato. Entonces Meritatón me tapó los ojos con su manto y yo caminé pegado a su regazo esforzándome para que mi paso no fuera torpe y vacilante. Jamás olvidaré mi mano retraída y sudorosa aprisionada por la mano firme y olorosa de aquella mujer fuerte, cuyo roce yo tanto codiciaba.

            Cuando nos detuvimos, ella me retiró su velo de los ojos. Habíamos llegado a una cámara de pocas dimensiones. Olía allí a sudores humanos mezclados con perfumes y aromas vegetales de pintura y barnices, que denunciaban la presencia reciente de obreros y artesanos. Los paños de pared estaban totalmente vacíos. Era rectangular. A nuestra derecha se abría una puerta que debía dar entrada a otra sala en la que se adivinaban figuras de hermosos colores pintadas en sus muros. Al frente y en la parte izquierda también había otra nueva abertura. Todo aquel laberinto, iluminado por el incierto y caprichoso resplandor de la candela, incitaba al grito y la locura, aun a pesar de su noble belleza. Olía a sequedad y asfixiaban las sombras. El calor era, además, insoportable. Pensé que aquél lugar estaba próximo al horno subterráneo que anida bajo el mundo. En mi mente de niño comprendí de inmediato que estaba dentro de una tumba real. Tutankhamón había muerto; aquel era el lugar en el que iba a ser sepultado en los siguientes días. Nadie debería haber pisado nunca aquel sitio terrible.
            “Abre los ojos y guarda en tu memoria lo que voy a mostrarte. Luego cierra tu boca sobre ello para siempre. Y jamás cuentes a nadie lo yo te he enseñado esta noche, ni en qué lugar se halla”.
            Ésas fueron las palabras que la cuñada y hermanastra del rey difunto me dijo aquella noche, y bajo cuyo sonido opaco y reverberante al mismo tiempo yo contemplé absorto “el trono de la luz”. Luego me invitó a que me sentara en el suelo. Ella lo hizo sobre una silla pequeña  decorada con íbices y plantas del desierto e incrustada de piezas de brillante marfil. Pidió al auriga que dejara la lámpara a mi lado y saliera a vigilar la entrada de la lúgubre cueva. Entonces me habló de nuevo:
            “Esa obra magnífica salió de las manos del que fuera tu padre. Ella te trajo a mí, y ella te ha valido la situación de privilegio que siempre has gozado en la corte real. Durante toda su vida el rey la ha estimado más que a ninguna otra pieza de su augusto equipaje. Pero sus audaces emblemas y sus simbologías han obligado a que haya permanecido oculta desde siempre a los ojos del mundo. En ella está escrito el misterio de Atón. Ahora ya podrá ser el trono del faraón para la eternidad. Honra a tu progenitor porque fue humilde y grande a un mismo tiempo, y a él le fue revelada la esencia de la sabiduría. Y nunca olvides que esta maravilla es la inspiración y el legado de un hombre a quien el dios Atón amó, e hizo su leal confidente. Él la concibió mientras soñaba en cómo hacer que su hijo fuera grande y supiera de él, a la vez que le dejaba señal de su fidelidad a un dios único y universal, esencial y magnífico. Esto es algo que el reino de Amenti le debía a él y te debía a ti. A él, por haber sido el único defensor valiente de su dios y mi padre. A ti, por el afecto que me has permitido entregarte durante estos últimos años. Quizás no hayas entendido mi forma de cariño, tan áspera y desprendida, a veces. La vida, con el paso del tiempo, te lo desvelará. Nadie puede interponerse con ternuras y obsequios al plan que han trazado para él los néteres divinos. Y no olvides jamás que de ti se espera que seas el guía y el caudillo de una idea magnífica. Tal vez ese reino no sea de este mundo. Una idea que nadie puede cederte o trasmitirte; únicamente tú puedes desentrañarla y entregarla al futuro. Sé la saga de Atón, y que el insustancial te guíe y te proteja hasta el fin de tus días”.
            Confieso que no entendí apenas nada de cuanto se me estaba legando. Tal vez por eso mi mente guardó cada palabra como si un hierro candente me hubiera tatuado en el alma sus grafismos y términos.
            Tomé la leve lámpara. Miré de nuevo el trono completamente atónito. En verdad eran soñadas las palabras que Meritatón decía a mis oídos, y soñados también los destellos que el fanal, inquieto entre mis manos, arañaba y hacía surgir de aquel asiento dorado y esplendente. Entonces me ocurrió algo nuevamente insólito. De pronto, noté cómo, en una contención de gran tensión, mis mandíbulas estaban apretando a mis dientes mientras mi cabeza temblaba, no pudiendo contener en sí tanta emoción traducida a nerviosos espasmos. Sé que le pedí entonces a la gran Meritatón, con palabras cortadas y balbucientes que me sujetara para no derrumbarme. Y que ella me apretó con fuerza contra su costado protector y oloroso. Recuerdo el tacto de su ropa y mis lágrimas mojando su brazo y sus bellas ajorcas. Y cómo el terror que solamente un instante antes me infundía aquel antro, al momento, se trocó para mí en espléndido solaz y en suma confianza.

            Hubiera deseado quedarme allí. Haber levantado tres tiendas para nosotros tres. Incluso ser allí sepultado para la eternidad. Porque la vida deja de ser importante cuando uno ha descubierto la razón personal que justifica la existencia propia, y yo la había hallado.
            No recuerdo cuánto tiempo permanecí ante la obra excelsa que tallara mi padre. Quería, con la avidez de un hombre extraviado en el ancho desierto, beber el agua vivificadora que allí se me brindaba a manos llenas. No sé cuánto tiempo permanecí ante ella. Ni siquiera sé cómo empleé los instantes sublimes que se me concedieron. Únicamente sé que, ni en una existencia completa al lado de mi progenitor, podría éste haberme transmitido tanto amor, tanta sabiduría y tanta fuerza para acometer el futuro curso de mi acerba existencia. En un instante mi padre había sido el padre de mi vida. Y, como si milagrosamente mi memoria se hubiera acopiado de dotes infinitas, supe guardar también todos y cada uno de los detalles de aquel trono en mi mente. Y los guardé de tal forma que, aún hoy, podría describirlo con toda minuciosidad y sin olvidar ni formas ni materiales ni figuras, ni ninguno de cuantos rutilantes detalles vestían la magnífica silla, trono secreto de Horus Tutankhatón; sede en la que se resume la esencia del dios único. Pero también me acerqué a lo que es mucho más importante, al estado interior en el que se había gestado aquella obra, y al lugar preciso del alma donde había sido concebida pieza tan singular.

En un principio pensó el cura hablar con el muchacho, aproximarse a él para verificar si era verdad que entre ellos se había establecido aquella relación especial que él sospechaba, pero luego decidió actuar con mayores cautelas. Una bocanada de áspera razón le hizo recapacitar ¿Qué motivo había para que alguien joven pudiera necesitarlo a él? ¿Acaso no era su imaginación y su propia y desesperada carestía de atención lo que le hacía suponer tal concordancia?
            La lectura de aquel libro le estaba despertando sensaciones y esencias propias, que desde hacía muchos años tenía adormecidas. Incluso se trataba de aspectos de su personalidad que casi había olvidado. Un nuevo Manuel brotaba, párrafo a párrafo, azuzado por unas descripciones, en apariencia, inocuas, espurias y lejanas, que sin embargo venían a zarandear su profunda estructura. Los años pasados en El Canchal habían supuesto para él la administración de una adormidera; la renuncia total de sí en favor de una misión que él mismo se había impuesto como imperativo de responsabilidad. Durante los años anteriores había hecho aquello que debía. Ahora estaba haciendo lo que deseaba.     
            También ante sus ojos, no ya de muchacho, sino de viejo contumaz y achacoso, alguien estaba presentando “el trono de la luz”. Aquella pieza única que encierra y concita todas las claves y esencias que tiene, para cada cual, su propia existencia. Aquellas páginas venidas desde no se sabía dónde, transmitían ese soplo que todo ser humano ha de rastrear en los parajes de lo etéreo y lo inmaterial, y que nos habla y nos instruye de cómo seguir el rastro de la Esencia Infinita.
            De algún extraño modo, también había sido llevado a una tumba real, y, allí, iniciado en los misterios de la génesis y el devenir eterno.    
            En los días siguientes, Manuel, comenzó a entrar más a menudo en las estancias de aquel seminario, en el que hasta entonces no frecuentaba más que su portería. Así pues pudo tener mayor contacto con la vida de los seminaristas. De inmediato, el rector, sabiendo que ya no iba al archivo diocesano, comenzó a encomendarle livianas tareas, que él no dudó en aceptar.


Salimos de la tumba cuando una luz ínfima y lechosa aclaraba las crestas de los riscos. Meritatón vendó enseguida mis ojos para que en modo alguno pudiera recordar la ruta que separaba aquel lugar inhóspito del resto de la tierra. Mucho más tarde supe que así me protegía, pues, no sabiendo el enclave, jamás podría revelarlo o ser reo por su ocultación. Las lías me hirieron con codicia. Sus marcas permanecieron rayando mi frente y mis ojos durante tres jornadas.
            El regreso al nomo de Mennof‑Ra se hizo bajo el mismo velo de cauta clandestinidad con que se había efectuado la presurosa ida. Un día más permanecí en Menfis junto a Meritatón. Luego fui conducido nuevamente al harén de Mer‑Ur, advertido una vez más de la importancia de mi discreción y silencio. Pero mi vida ya nunca volvió a ser la misma que hasta entonces. Jamás, hasta hoy, he revelado a nadie nada sobre aquel viaje.

            Unos meses después murió la mujer a quien tanto quería. Su expreso legado fue un collar magnífico en el que se encierra toda la belleza y el amor de una auténtica madre. En mi memoria siempre perdurará su imagen y su aroma, su afecto y aquella sensibilidad que la llevó a explicarme, del modo más sintético y auténtico que pueda concebirse, todo lo que un humano debe saber de su origen e historia. Tal vez el resto de la existencia de un hombre deba ser, tras algo así, solamente  invención de sí mismo; sólo eso. Invención gestada en soledad, mientras esculpe en el duro peñasco de la vida la huella irrenunciable de su propia andadura.
            Estoy seguro de que cuando Meritatón dio su corazón a Osiris y éste lo colocó en la balanza, en cuyo otro platillo está la pluma de Maat, los dioses Thot y Anubis comprobaron, alegres, que el equilibrio era perfecto, y que por eso la “Devoradora” no tendría comida aquella noche, pues el cuerpo de la gran señora estaba constelado de brillo y perfección sin mácula ni esquirla.
            Tras la muerte de la que fuera la hija preferida de Akhenatón y Gran Esposa Divina, tras la desaparición pública de su madre, la insigne Nefertiti, mi vida en el harén de El Fayum cambió muy ostensiblemente. Pasó de ser la de un niño protegido, desatento y perezoso, a la de un muchacho desamparado, pero ávido de saber y ansioso de justicia. Como pupilo real que era, por lo que asistía a la escuela del Kap, muy pronto fui llamado por los maestros reales reunidos. Habían recibido órdenes directas de Horemheb con relación a mí. Además, la sorpresa ante mi gran cambio de actitud, que ellos también habían percibido claramente, les animaba a hablarme de un modo diferente a como lo habían hecho hasta aquel momento. Si mi tesón persistía, sería recomendado para efectuar estudios superiores en una Casa de Vida del máximo prestigio. Sería sometido a una prueba de observación que duraría el periodo de un año. Y, tras ella, yo conocería su decisión, que en cualquier caso sería inapelable.
            El general también me convocó un día que hizo una visita al harén. Sus palabras fueron escuetas, frías y contundentes. Muerto Tutankhamón, su compromiso de tutor conmigo se había debilitado, pues en la corte se trataba de olvidar cuanto antes todo lo referente al fútil y anodino monarca. Desde mi nacimiento Tutankhatón le había encargado mi custodia, reforzada con el acogimiento que había hecho de mí la noble señora, también, extinta desde hacía tiempo. Pero, tras la muerte del soberano, únicamente el afecto y la acogida que me había regalado Meritatón en vida harían que mi situación de privilegio se alargara por espacio de un año. Y todo ello por su personal respeto a la insigne hija de Akhenatón. Los maestros reales le habían hecho saber mi cambio de actitud, que él achacaba obviamente a mi conciencia actual de desvalido. También él había estado de acuerdo en que se me diera esa oportunidad; si bien, únicamente una.
            Por mi parte, debo confesar, que a pesar de estar desde siempre acostumbrado a una vida colmada de todas aquellas gracias que con tanta generosidad se me prodigaban, primero en casa de Meritatón y luego en el harén, no fue el miedo a perder tales privilegios lo que me hizo cambiar de actitud. Entro en mi conciencia y trato de hacer un esfuerzo de sinceridad y, sin embargo, no logro establecer con límites precisos y argumentos reales y convincentes qué fue lo que obró aquella mutación en mi carácter. Y es precisamente apelando al mundo misterioso de la sabiduría cómo consigo un poco aproximarme a tal hondo misterio. Pues que no fueron razones, ni temor, ni ardua reflexión lo que me avasalló y me abrió el sentido y la mente. El escaso tiempo que permanecí en la tumba que Eye cedió a Tutankhamón para su enterramiento (pues la inesperada muerte del faraón sorprendió a los constructores sin terminar la que se estaba excavando para él) fue suficiente para que en mí entrara el rayo misterioso de la luz. Desde entonces comprendí que mi destino estaba llamado a una causa recóndita y arcana. Y así como los hombres excavan y decoran con desvelo una tumba para entregar a ella el despojo que resta tras la muerte, yo comprendí que debía arañar, en mí mismo y en mi tiempo, un espacio propicio para entregar mi vida y consumirla antes que mi cuerpo fuera entregado al frío hacer de los embalsamadores.
            Me apliqué, pues, con obsesión al estudio de los grabados y a cuanto se me había transmitido sobre lo que había descubierto el gran Ahmes en torno a la construcción de los triángulos rectángulos. Muy pronto fui capaz de trazar mis primeros jeroglíficos con habilidad, y de hacer cálculos sobre las tres grandes pirámides que desafían al paso del tiempo en la meseta arrogante de  Guiza, desde que los faraones de nuestra VI dinastía las levantaran para ser sorpresa de las gentes y su morada para su eternidad. Estudié también con sumo afán geografía, y comencé a sentir curiosidad por las lenguas libia, siria e hitita, que, de pronto, entendí que me revelaban los más sorprendentes aspectos del sentir y del conocimiento humano. El recuerdo de los días de las batallas náuticas, sobre haces de juncos y tallos de papiro enlazados, con los demás muchachos en las pozas del lago del harén, la persecución y caza de las garzas por las sabanas e isletas y entre los búfalos de agua, el juego con las pelotas trenzadas al caer de la tarde o con los dados en las veladas nocturnas, me resultaban ya vacíos de gracia y un derroche de tiempo y energías. Sólo  procuraba la amistad de Huni y de Seschi. Y eso porque su sentido del deber y la responsabilidad respetaban mi lejanía y mi mutismo. Y hasta me sentía incómodo con mi rizo de infancia que aún debía sujetar con una cinta a mi oreja, hasta que mi mayoría de edad me permitiera poder rapármelo definitivamente.

            Fue un tiempo de soledad intensa que ha marcado mi vida y se ha quedado en mí alojado para siempre. Vivía en el harén de El Fayum y asistía al Kap. Pero mi existencia se había quedado totalmente desnuda de afectos y regazos. En un abrir y cerrar de los ojos, todo había cambiado. Pero a pesar de aquella impuesta y brusca soledad, no puedo decir que fueran días lúgubres y tenebrosos para mí. La imagen reencarnada de Meritatón llenaba mi recuerdo con la firmeza esculpida de quien ya está fuera del caprichoso dictamen con que se ensamblan los trechos de una vida. De otro lado, la intuición de mis progenitores y de mis velados orígenes se me mostraba como un inmenso fuego sensual y terrible al mismo tiempo. Un fuego que me llamara a sí y me abrasara; que me sedujera entre sus lenguas lascivas y doradas, sus chispas diminutas y sus pavesas capaces de elevarse y configurar un futuro de sueños y doradas quimeras.
            Recuerdo también que durante algunos meses me interesé por  el universo de las fragancias y de los perfumes, por el mundo de los ungüentos y venenos, por el mágico espacio de la danza y la música. Todo ante mí, de pronto, estaba cargado de interés y me llamaba con poder la atención. El manjar del saber llenaba mi vacío y su manto me albergaba en su inmenso  espacio seductor y magnífico. Cualquier camino me parecía el más prometedor para ir a la búsqueda de aquella identidad con la que se me había retado desde el fondo oscuro de la tumba real. No sabía hacia dónde, pero en mí estaba sembrado el germen de la vida. Y era un reclamo, una llamada distante e infinita, una comezón que me abrasaba sin dejarme sosiego ni al cerebro ni al alma.

Así le había sucedido a él. Ante aquella adversidad se había encerrado en el aséptico mundo de los conocimientos. No, él no era un ser inteligente. Cada esquirla de saber había tenido que procurársela a costa de un esfuerzo ímprobo y denodado, para, al fin, no resultar nunca demasiado brillante. Pero el reducto amparador del estudio lo había confortado como ninguno otro. Estudió con suma aplicación el bachiller y, cuando tuvo que enfrentarse a la teología y a la filosofía, siguió un sendero de esfuerzo, docilidad y acatamiento que ya le era asiduo. Luego vinieron las órdenes menores. Los votos. Y después el canto de la primera misa. Al poco tiempo se murió su madre, cual si viéndolo convertido en cura y colocado, tuviera ella ya licencia para descansar definitivamente en paz. Acto seguido la asistencia en algunas parroquias, y después El Canchal. El resto era esto. En suma, una vida plana y vulgar. Una existencia vivida como si hubiera otras en las que mejorar o esperar más jolgorios.   
            Le entusiasmaba aquella lectura repleta de sueños y de intrigas, de escenarios magníficos y matices que movían su alma a base de despertar recuerdos que estaban casi muertos.












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