LA HEREDAD DE LOS SUEÑOS
***
Comienzo a escribir hoy, séptimo día del áspero
mes de Famenot. Escribo desde la gran
desolación que supone para todos nosotros la noticia llegada de la muerte de
nuestro faraón Seti I, hijo del gran Ramsés, señor de las Dos Tierras, Horus
viviente, sacerdote de Set, conquistador de Asia, Palestina, Siria y Fenicia,
señor de Biblos, Gaza, Canaán. Seti I, aquél de quien he recibido enseñanza y
desprecio, y a cuya ira y desacuerdo jamás pensé sobrevivir.
Mi nombre es Oneh, con él he
envejecido, y a él me dirijo cuando quiero encontrarme y conversar conmigo. He
ejercido los oficios de escriba, sacerdote, oteador y estudioso del cielo y sus
misterios, médico y rastreador de la muerte y sus parajes herméticos, y
labrador de piedras y arquitecto. Durante mi existencia he visto morir a cinco
faraones y he temblado ante el caos que siempre acompaña al tiempo de su
tránsito. Aunque también deba aclarar que de igual modo, o más si cabe, me han
inquietado los tiempos convulsos de sus vidas. Creo que son cincuenta y una las
veces que el gran río se ha desbordado desde mi nacimiento, que tampoco podría
precisar cuándo ocurrió. Y puedo aseverar que no siempre las inundaciones nos
han sido propicias y pletóricas, pues he anotado y he sido espectador de
hambrunas, derrotas en batallas e injusticias, así como toda clase de
sufrimientos, males y desventuras.
Reúno desde hoy estos papiros pues
que presiento, que, aunque mi salud es aún vigorosa, y en mi ánimo está la
persecución esforzada de la longevidad, es para mí deber ineludible dejar
testimonio escrito de cuanto he presenciado, descubierto y creído. Pero además
quiero y debo aportar claridad para aquéllos que un día confiaron en mí y ahora
creen que fueron defraudados. Seguramente ellos no me leerán. En el mejor de
los casos seré comprendido y absuelto por quienes les sucedan. Deberé, de todos
modos, soportar la soledad de la desavenencia durante el resto de mis postreros
días, así como la he sufrido hasta el día de hoy en no pocos periodos de mi
vida. Espero que estas palabras y el poder inmaterial del verbo, sean capaces
de trascender al tiempo. Y, más allá de
la burda realidad de nuestras vidas, consigan darles a ellos una
satisfacción que se merecen allí donde se encuentren, a la vez que procurarme a
mí un sosiego allí donde estuviere. Hay veces que hemos de fiar en que sea el
discurrir de lo que es venidero quien comparezca para otorgarnos la oportuna
justicia que hoy no puede donársenos. Y es que yo, Oneh, anuncio un tiempo que
aún está por venir. Un tiempo en el que los hombres mirarán cara a cara a su destino, cobijados únicamente por la
humildad solemne de su naturaleza. Un tiempo en el que los dioses se retirarán,
y nosotros aceptaremos ser parte baladí de este orbe cuyo devenir común nadie
conoce ni nunca nos será concedido comprender plenamente. Un tiempo en el que
dejemos que Dios se retire a ser Dios, y no haya ningún hombre que se sienta
predestinado a ocupar su lugar.
Comenzó
el cura a leer aquella nueva historia, y trató de
comprender en qué modo se iban sucediendo aquellos párrafos o estaba enjaretada
aquella rara obra. Tal vez fueran trozos de pergaminos salvados así por aquel
amanuense taimado y misterioso. No obstante, en un principio, le fastidió
pensar que ya no volviera a aparecer el artesano Senmut que tanto le había
impresionado con su modo de amar y de entender la vida de aquella forma
sencilla y esencial. Por un instante voló su imaginación hacia las tierras
remotas del Egipto, que él no conocía, y que por eso se imaginaba tan
vívidamente, sin reparar en realidad alguna que la desluciese. Pensó en el
ardiente clima, en el Nilo magnífico, en el sencillo taller del artesano. Pensó
en Gemeni, en Nectánico, en Riojtaf, en Jirá, en Tutmés; seres ya familiares.
Pensó e imaginó, y sintió una oleada de envidia entrañable.
La
sesión de portería, aunque monótona, había tenido un punto intrigante. Daniel,
el muchacho de la llamada telefónica, había salido de la casa. Había pasado
ante él con paso decidido, mirando de soslayo, y dándole las buenas tardes. Él
le había respondido afablemente, tratando de quitar cualquier resquicio incómodo
que pudiera denotar que aún recordaba el asunto pasado. Pero había notado un
cierto grado de franca gratitud. Había sido tan sólo un instante; el tiempo
escueto durante el que alguien transita ante alguien sin pararse siquiera. Pero
lo suficiente para, sin palabras ni gestos usuales, establecer un nexo más allá
de lo obligatorio y lo habitual. Enseguida
comenzó el viejo cura a tejer sus cavilares. Aquel muchacho lo necesitaba.
Claro está; no había nada más que mirarlo. Por un instante se sintió elegido,
importante; nuevamente servible. No era muy normal que alguien joven
considerara así a un pobre vejestorio echado ya a atender a añejas religiosas,
a ordenar fardeles de legajos, o a hacer funciones de fámulo portero.
Quizás,
también por eso, leyó aquella noche con afán renovado. Era un hombre con
turbadora suerte. La vida, su precaria vida desahuciada, parecía de pronto
llenarse de intrigas y matices. Tal vez también él estuviera mostrando, aunque
de un modo llano e inicial, ese atractivo que aflora y acompaña a todos los
rebeldes, a todos los valientes, canallas y seres transgresores. De cualquier
modo, el nuevo reto lo azuzaba con los colores llamativos de la ilusión.
Releyó
la última frase:”Un tiempo en el que dejemos que Dios se retire a ser
Dios, y no haya ningún hombre que se sienta predestinado a ocupar su lugar”.
Regalé el
hermoso collar y los zarcillos a Ineferti el mismo día que me donó su amor, y
jamás me he arrepentido de ello. Y cada vez que he visto refulgir el pectoral
sobre sus brunos y temblorosos pechos he confirmado que ése es el único lugar
en el que la magnífica joya ha vuelto a encontrar la dignidad que ostentara un
día sobre el cuello de su primera dueña; la que fuera Gran Esposa Real,
Meritatón, mi insigne protectora. Es ése el único legado material que yo
conservaba de la que ha sido la más digna mujer que yo haya conocido. A ella,
mi agradecida y ecuánime memoria han destinado el más prestigioso lugar entre
todos aquellos tesoros que llamo mis recuerdos. Y para ella suplico a Isis,
maestra indiscutible del mundo, su intercesión ante Osiris, calibrador del
alma. ¡Que Horus la estime justamente en sus valores y la colme de gracias!
En cuanto tuve edad para entenderlo,
ella me confesó abiertamente que no era mi madre. Tratar de explicar ahora la
congoja que sentí ante tal confidencia es algo que aún hoy me oprime la
garganta y me encharca el pecho hasta volverlo una ciénaga. Una ciénaga repleta
de un limo sucio, cuya putrefacción jamás será ni nutricia ni fértil. No he
conocido a mi madre ni tampoco al que yació con ella y, así, se convirtió en mi
padre biológico. Aunque sepa de él a través del suspiro inflamado de Atón y de
lo que algunos han venido a contarme con el paso del tiempo. Y desde ese
conocer misterioso he amado a mi
progenitor cuanto el más ferviente de los hijos pudiera amar al suyo. Supe
también, desde muy temprana edad, que nuestro faraón Horemheb, cuando aún no
era más que el general de las tropas del rey Tutankhatón, se estableció ya como
mi valedor. Y que de él, aun siempre desde el anonimato y la arisca distancia,
recibí puntuales muestras de desigual y extraña esplendidez. Más tarde conocí
cómo él había sido la persona que un día designara el rey predecesor como
albacea para garantizar mi defensa y tutela. Luego, cuando Horemheb se
convirtió en divinidad y señor de todo Kemit, y yo hube llegado a juventud,
tuve la oportunidad de conocer algunos detalles más de ese período de mi vida
que mi memoria, por ser demasiado tierna
aún, no había sido capaz de fijar y revelarme como correspondiera. Pero, a
pesar de todo, mi existencia ha estado siempre marcada por el desconocimiento
de mi estirpe, por una nebulosa que me envuelve y preside, y un insólito
vínculo con un saber remoto; con un tiempo que aún está por venir y
descifrarse. Puede que quien en el futuro pase sus ojos por estos escritos, que
mi cálamo dibuja con afán, sea capaz de penetrar en mi enigma y completarlo. Si
fuera así, Atón le premiará, y yo volveré nuevamente a la vida. Pues que sólo
revive quien es entendido y pensado por los días futuros y los hombres que le
son venideros.
Pues, bien. He de decir que hubo un
tiempo en el que mi curiosidad intentó ahondar cuanto le fue posible en el mapa
gris de mis orígenes. De un lado, la intriga lógica me aguijoneaba sin
permitirme descanso ni equilibrio. Pero, de otro, un gran temor a descubrir que
en realidad fuera algo delictivo o impío lo que hubiera cooperado en mi génesis
o conducido a aquella situación atípica, me mantenía en ese espacio incierto
que a veces lleva a fabular motivos y argumentos locos y deleznables. Por todo
ello, debo afirmar que el sobrevivir, algunas veces, ha sido para mí algo
carente de apego y de sentido, pues la desconexión con los propios orígenes
deja al hombre suspendido en un vacío que puede revelársele cual algo
insoportable. Pero también es cierto que el hombre debe roturar su vida sin
mirar hacia atrás, pues que el pasado puede ser únicamente un lastre. Es ésa
una postura de notable aplomo y de
acusado riesgo que no siempre es posible mantener y asumir, y, mucho menos,
hacer que nos conduzca hacia puerto seguro.
Por eso, cada hallazgo que he hecho
sobre mi pasado lo he saboreado como un suculento manjar proveniente de parajes
exóticos. Un manjar que jamás harta por completo, pues que se nos concede en
porciones que siempre son frugales. Un objeto frágil y valioso que se conserva
con la veneración de aquello que ha sido recibido de las mismas manos etéreas
de los dioses. Sólo quien tiene, palmo a palmo, que rescatar su historia de la
nebulosa del tiempo ya pasado, es capaz de valorar lo que al hombre sirve ese
asidero al que llamamos su familia, su casta o su linaje.
Sé, pues, que la
dama Meritatón me recibió en su casa cuando mis ojos apenas se habían
abierto a la luz y mis labios sólo buscaban el gusto de un pezón henchido de
leche saciadora. Ella me dio su amor materno durante el período de tiempo en
que consideró que me era imprescindible. Fue algo así como hacen los animales
con sus crías; la misma protección; el mismo desapego. Sé que me amamantó la
venerable Tyi, nodriza real y mujer sumamente munífica. Pero también sé que la
gran Meritatón nunca apoyó su vida en mi afecto, ni fui para ella el hijo que
le negara la divina Thoeris. Ella, junto con el insigne Horemheb, cada cual
desde su posición, me hicieron llegar el apoyo y los beneficios de su gran
influencia. El resto es algo que debo considerar como el legado directo y
gratuito de los dioses o las fuerzas ocultas que hacen girar al mundo. Tal vez
del dios Atón, el desentrañador, para quien he tenido un dilatado y recóndito
sentimiento de fervor y respeto, que en un principio ignoré a qué obedecía, y
que hoy, ya en mi madurez, es guía y motor de toda mi existencia.
También él hubiera necesitado conocer con detalles
su historia. Los entresijos de aquella negrura familiar, que había sido
consustancial a su tiempo y su vida. Los tonos y aromas de un tiempo que le
había hecho crecer como a un proscrito, separado de todo. La guerra engendraba
miseria, y la miseria también tenía sus víctimas. La muerte de su padre de
tuberculosis, que tiñó la viudedad de su madre y su orfandad de un silencio y
una lejanía que congeló el afecto, borró las alegrías, y les condenó a todas
las penurias. Jamás había visto ya a su madre sonreír. Tampoco había existido
más, entre ellos, un punto de ternura abierta o espontánea. Desde entonces, el
afecto había sido, en su casa, algo desarraigado, prohibido o desacreditado;
una demostración banal y vergonzosa que, tal vez, los pobres no debían permitirse
jamás. Recordaba su infancia, cuando su padre aún vivía, como algo cálido
cargado de ilusiones y excitantes travesuras vividas. Conducir las vacas hasta
el prado, ir a buscar nidos, bajar hasta el regato para chapuzarse con los
demás muchachos, robar fruta en el melonar del tío Boliche, o esconder tesoros
entre las tejas de una tenada baja. Pero aquella muerte y el curso de la guerra
cayó sobre su madre y él como un velo de plomo. El miedo lo embadurnó todo, y
el recelo les cerró las bocas, detuvo los afectos y empañó las miradas e hizo
huir a muchos como a su propio tío. Tal vez por todo eso, aquella desvalida
mujer creyó que el cielo se le abría cuando don Melitón le propuso llevárselo a
él para que fuera cura. Aquella decisión había tronchado sus dos vidas. Estaba
él tristemente seguro. Comer no era lo más necesario. Incluso, vivir no era lo
más importante, si había que renunciar a quien se era y a lo que se quería,
añoraba o creía. Aquellos años en el seminario habían sido un periodo amargo,
que sólo el fervor impuesto por la necesidad de subsistir, le había hecho
soportable.
Yo, Oneh,
tenía siete años. Recuerdo con toda
claridad el día, semejante al de hoy, en el que por el país entero voló, cual
el planeo rasante de un negro cuervo, la terrible noticia de la inesperada y
prematura muerte de Horus Tutankhamón; el dios viviente bajo cuyo corto reinado
comenzó mi pecho a respirar. Aunque de igual tristeza para Kemit como ahora,
para mí no cursó del mismo modo. Recuerdo la precipitación con la que fui arrebatado
del harén de Mer‑Ur, donde me hallaba desde hacía tres ciclos, en tierras de El
Fayum. Y cómo fui llevado sigilosamente a presencia de mi benefactora
Meritatón, a la ciudad de Menfis, que ante mis ojos se abrió como el mágico
emporio de toda maravilla. Y es que para mí siempre era un regalo poder ver de
nuevo el rostro sereno y de marfil de aquella gran mujer, a quien anhelaba y
amaba sobre todas las cosas con la ansiosa codicia de lo perennemente deseado y
nunca, a placer, logrado o satisfecho.
Pero apenas si nos detuvimos en la
ciudad del delta. De inmediato fui embarcado para realizar un viaje largo por
el río hasta la bella Tebas. Un viaje que resultó tan enigmático como duro y
furtivo, pues nada se me explicó de a qué correspondía. Y es que durante el
tiempo que duró el fatigoso tránsito, ni ella ni yo vimos con libertad ni la
tierra firme ni la luz esplendorosa que alumbraba a los días, ajena totalmente
al luto cortesano. Ambos permanecimos confinados, casi durante todo el tiempo,
dentro de la cabina; ella entre su servidumbre, y yo obligado a practicar sin
descanso mis ejercicios de memorización de trazos para los jeroglíficos, como
si en realidad permaneciera aún en la real escuela. Nada hacía suponer que
en aquel camuflado navío viajara tan preeminente dama; la
sobriedad del barco lo hacía parecer de comercio usual. Tampoco se detuvo la
nave en ningún puerto o ensenada. Ni siquiera para tomar viandas o provisiones,
o aliviar su carga de basura o desechos. Una falúa que nos acompañaba hacía
furtivamente las labores de vertido y avituallamiento, y siempre aprovechando
para ello la noche más cerrada. Toda la navegación se hizo por el centro del
río, evitando así la indiscreción de
cualquier ribereño. Al parecer, nadie debía identificarnos ni saber de
nosotros. Meritatón era una mujer temida e influyente, pero también denostada y
odiada.
Llegamos al destino, tras algún día
menos de los que eran preceptivos en semejante viaje. Durante algún tiempo
después, pensé que los remeros y las velas se habían confabulado con el viento
en los últimos tramos para hacer coincidir nuestra llegada con el momento más
oscuro de cuantos anidan en las sórdidas noches. No había resplandor de luna. Y
la esquilmada orilla occidental en la que amarramos estaba tan desierta como si
se tratara de un campo chamuscado, soñoliento o arrasado de vida hasta la misma
hez. Quizás aquella era la antesala de un ámbito entregado solamente al
trajinar de muertos y sarcófagos. Luego supe que, efectivamente, esa tierra era
así. Se trataba, en efecto, de la antesala del desierto rojo de Amenti, morada
de Amón; reino de Osiris.
Cuando desembarcamos, un esclavo
kitonio nos proveyó, aún a pesar del calor asfixiante, tanto a Meritatón como a
mí, de ambas cobijas negras que ocultaron nuestros cuerpos en su totalidad. Y
enfundados en esos deshonrosos disfraces nos condujo, tras un trecho de
ciénagas y de cañaverales muy poco transitados, a un lugar más poblado. Luego,
por entre callejuelas repletas de alboroto e infectas tabernuchas, fuimos hasta
una pequeña casa muy cercana al gran puerto. En el corral de la vivienda nos
esperaba un auriga de Yeb. Un hombre
alto, que según me contó en el tiempo que duró nuestra espera, había estado
empleado en el Abatón, sirviendo como carretero aguador en el templo de Jnum,
dios de los alfareros, que allí es muy venerado. Sus manos, entre la oscuridad,
eran del color bruno de las arcillas. Él nos transportó, unas horas más tarde,
cuando ya el silencio había acampado sobre todas las calles, y las lámparas de
petróleo en todas las cantinas estaban consumiéndose, hasta un paraje inhóspito
y secreto en medio del desierto. Para ello subimos a un carro ligero que en
medio de las sombras tiraba un caballo extrañamente inquieto y sobrado de
rebufos y bríos. También él era negro. Recuerdo haber notado su aliento
mezclado con el bochorno asfixiante de la tórrida noche, y haber visto sus
babas como hilas de plata refulgiendo en su belfo al negro contraluz.
Apenas nos pusimos en marcha, un terreno rojizo y
polvoriento nos fue engullendo con avidez avara. En medio de mi contenido temor
y enorme desconcierto, pues nada comprendía, buscaba yo inútilmente puntos de
referencia que calmaran mi mente desbocada en delirio execrable. Y es que, la
tortuosa sinuosidad de aquella ruta, borraba de inmediato cualquier señal o
punto de partida a nuestra espalda, a la vez que nada se ofrecía identificable
en nuestro incierto frente. Pronto me sentí perdido en medio de las sombras,
sin otro apoyo que el de afirmarme a mí mismo, con ahínco, que al lado de
Meritatón nada terrible podía sucederme.
El aire era espeso. Y su sabor
terroso ahogaba mi garganta con agreste codicia. Meritatón cubrió mi boca con
su manto. Y el perfume de la tela, que olía igual que ella, convirtió en
soportable para mí aquel traslado cargado de intriga y pesadumbre. Nada se me
había explicado. Era como si se pretendiera que en mi cabeza de muchacho se
fijaran unos recuerdos con apariencia de irreales pasajes. Retazos tal vez
confusos, o, simplemente, imágenes ambiguamente abstractas.
El tramo último lo hicimos por un
desfiladero que para mi terror pareció estar cargado de inmateriales y velados
ataques de perros o bandidos. Sólo el cielo plúmbeo se sustentaba sobre nuestra
carrera. El frenazo final fue de tanta violencia como violenta había sido toda
aquella espantada. También aquel auriga, de apariencia serena, tenía en tensión
todos los brillos metálicos de sus brazos y rostro. Descendimos apresuradamente
del hiriente transporte. Y, con apuro, comenzamos a caminar por un terreno
desigual, cuyo desorden de piedras arcillosas tronchaba mis sandalias, y
amenazaban con arañar mis plantas y lacerar mis dedos. Recuerdo haber parado un
instante para respirar. Y, mirando en mi entorno, recuerdo sentirme sumido sin
remedio en un grandioso pozo repleto de amenazas como inquietos reptiles.
Cuanto me rodeaba era un círculo deforme de escarpas colosales y enormes
terraplenes. Pensé que aquél era, inequívocamente, un lugar maldito del que el
hombre debía haber huido por exhortación de su instinto primario. Un silencio
inviolado llenaba la lúgubre oquedad de aquel siniestro espacio en el que
ningún animal emitía su pálpito. Aquel era con seguridad el valle de la muerte.
Ascendimos trabajosamente hasta
media ladera. Más arriba, frente a nosotros, un muro imponente de rocas,
cortadas a zarpazos verticales, mostraba su indolente apariencia de enorme
muralla natural que nos impidiera el paso y la mirada. En su parte más alta, la
línea quebrada de las cumbres, propicias al anidar de buitres y rapaces,
recortaba un cielo ceniciento abandonado de lumbreras y astros. Nos detuvimos
de nuevo para tomar aliento. Meritatón respiraba muy trabajosamente. Era
evidente que aquella precipitación y aquel esfuerzo ahogaban su garganta y
cerraban su pecho. Una vez más, la intriga atoraba mi mente de muchacho
utópico. Todo aquello ¿por qué? Un sudor grueso hacía brillar la frente y la
cara de la digna mujer, y ponía una pátina de cobre a su semblante iluminado
por aquella luz broncínea e intrigante. De nuevo la miré. Tal vez lo hiciera
formulando con mis ojos la pregunta que mis labios jamás se hubieran atrevido a
formular en voz alta. Los ojos de Meritatón, a quien yo amaba más que a nadie
en el mundo, me parecieron de pronto como cosidos de arrugas y sombras de
terror. Entonces supe con certeza que aquello era para ella de un importante
riesgo, y me puse a temblar abiertamente. Lo que hasta entonces había sido para
mí un periplo de temerosas intrigas y confusos misterios, ahora se convertía en
algo repleto de claras amenazas; también ella estaba en flagrante peligro.
Descendimos por los escalones de una
boca inclinada, abierta en una zanja descarnada en el talud del suelo. Cuando
estuvimos dentro, los tres nos detuvimos. El auriga frotó dos palos con ahínco
y, con un poco de estopa, despabiló una lámpara que hasta entonces había traído
oculta entre su ropa. Sonó el rozar de los palos y crepitó la yesca. Cuando la
luz creció, de nuevo, respiramos. La claridad lamió tímidamente los muros del
pasillo excavado. Luego recorrimos aquel inquietante trecho angosto y
descendente. Olía de un modo acre e impreciso que ya nunca se ha ido de mi
olfato. Entonces Meritatón me tapó los ojos con su manto y yo caminé pegado a
su regazo esforzándome para que mi paso no fuera torpe y vacilante. Jamás
olvidaré mi mano retraída y sudorosa aprisionada por la mano firme y olorosa de
aquella mujer fuerte, cuyo roce yo tanto codiciaba.
Cuando nos detuvimos, ella me retiró
su velo de los ojos. Habíamos llegado a una cámara de pocas dimensiones. Olía
allí a sudores humanos mezclados con perfumes y aromas vegetales de pintura y
barnices, que denunciaban la presencia reciente de obreros y artesanos. Los
paños de pared estaban totalmente vacíos. Era rectangular. A nuestra derecha se
abría una puerta que debía dar entrada a otra sala en la que se adivinaban
figuras de hermosos colores pintadas en sus muros. Al frente y en la parte
izquierda también había otra nueva abertura. Todo aquel laberinto, iluminado
por el incierto y caprichoso resplandor de la candela, incitaba al grito y la
locura, aun a pesar de su noble belleza. Olía a sequedad y asfixiaban las
sombras. El calor era, además, insoportable. Pensé que aquél lugar estaba
próximo al horno subterráneo que anida bajo el mundo. En mi mente de niño
comprendí de inmediato que estaba dentro de una tumba real. Tutankhamón había
muerto; aquel era el lugar en el que iba a ser sepultado en los siguientes
días. Nadie debería haber pisado nunca aquel sitio terrible.
“Abre los ojos y guarda en tu
memoria lo que voy a mostrarte. Luego cierra tu boca sobre ello para siempre. Y
jamás cuentes a nadie lo yo te he enseñado esta noche, ni en qué lugar se
halla”.
Ésas fueron las palabras que la
cuñada y hermanastra del rey difunto me dijo aquella noche, y bajo cuyo sonido
opaco y reverberante al mismo tiempo yo contemplé absorto “el trono de la luz”.
Luego me invitó a que me sentara en el suelo. Ella lo hizo sobre una silla
pequeña decorada con íbices y plantas del
desierto e incrustada de piezas de brillante marfil. Pidió al auriga que dejara
la lámpara a mi lado y saliera a vigilar la entrada de la lúgubre cueva.
Entonces me habló de nuevo:
“Esa obra magnífica salió de las
manos del que fuera tu padre. Ella te trajo a mí, y ella te ha valido la situación
de privilegio que siempre has gozado en la corte real. Durante toda su vida el
rey la ha estimado más que a ninguna otra pieza de su augusto equipaje. Pero
sus audaces emblemas y sus simbologías han obligado a que haya permanecido
oculta desde siempre a los ojos del mundo. En ella está escrito el misterio de
Atón. Ahora ya podrá ser el trono del faraón para la eternidad. Honra a tu
progenitor porque fue humilde y grande a un mismo tiempo, y a él le fue
revelada la esencia de la sabiduría. Y nunca olvides que esta maravilla es la
inspiración y el legado de un hombre a quien el dios Atón amó, e hizo su leal
confidente. Él la concibió mientras soñaba en cómo hacer que su hijo fuera
grande y supiera de él, a la vez que le dejaba señal de su fidelidad a un dios
único y universal, esencial y magnífico. Esto es algo que el reino de Amenti le
debía a él y te debía a ti. A él, por haber sido el único defensor valiente de
su dios y mi padre. A ti, por el afecto que me has permitido entregarte durante
estos últimos años. Quizás no hayas entendido mi forma de cariño, tan áspera y
desprendida, a veces. La vida, con el paso del tiempo, te lo desvelará. Nadie
puede interponerse con ternuras y obsequios al plan que han trazado para él los
néteres divinos. Y no
olvides jamás que de ti se espera que seas el guía y el caudillo de una idea
magnífica. Tal vez ese reino no sea de este mundo. Una idea que nadie puede
cederte o trasmitirte; únicamente tú puedes desentrañarla y entregarla al
futuro. Sé la saga de Atón, y que el insustancial te guíe y te proteja hasta el
fin de tus días”.
Confieso que no entendí apenas nada
de cuanto se me estaba legando. Tal vez por eso mi mente guardó cada palabra
como si un hierro candente me hubiera tatuado en el alma sus grafismos y
términos.
Tomé la leve lámpara. Miré de nuevo
el trono completamente atónito. En verdad eran soñadas las palabras que
Meritatón decía a mis oídos, y soñados también los destellos que el fanal,
inquieto entre mis manos, arañaba y hacía surgir de aquel asiento dorado y
esplendente. Entonces me ocurrió algo nuevamente insólito. De pronto, noté
cómo, en una contención de gran tensión, mis mandíbulas estaban apretando a mis
dientes mientras mi cabeza temblaba, no pudiendo contener en sí tanta emoción
traducida a nerviosos espasmos. Sé que le pedí entonces a la gran Meritatón,
con palabras cortadas y balbucientes que me sujetara para no derrumbarme. Y que
ella me apretó con fuerza contra su costado protector y oloroso. Recuerdo el
tacto de su ropa y mis lágrimas mojando su brazo y sus bellas ajorcas. Y cómo
el terror que solamente un instante antes me infundía aquel antro, al momento,
se trocó para mí en espléndido solaz y en suma confianza.
Hubiera deseado quedarme allí. Haber
levantado tres tiendas para nosotros tres. Incluso ser allí sepultado para la
eternidad. Porque la vida deja de ser importante cuando uno ha descubierto la
razón personal que justifica la existencia propia, y yo la había hallado.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí
ante la obra excelsa que tallara mi padre. Quería, con la avidez de un hombre
extraviado en el ancho desierto, beber el agua vivificadora que allí se me
brindaba a manos llenas. No sé cuánto tiempo permanecí ante ella. Ni siquiera
sé cómo empleé los instantes sublimes que se me concedieron. Únicamente sé que,
ni en una existencia completa al lado de mi progenitor, podría éste haberme
transmitido tanto amor, tanta sabiduría y tanta fuerza para acometer el futuro
curso de mi acerba existencia. En un instante mi padre había sido el padre de mi
vida. Y, como si milagrosamente mi memoria se hubiera acopiado de dotes
infinitas, supe guardar también todos y cada uno de los detalles de aquel trono
en mi mente. Y los guardé de tal forma que, aún hoy, podría describirlo con
toda minuciosidad y sin olvidar ni formas ni materiales ni figuras, ni ninguno
de cuantos rutilantes detalles vestían la magnífica silla, trono secreto de
Horus Tutankhatón; sede en la que se resume la esencia del dios único. Pero
también me acerqué a lo que es mucho más importante, al estado interior en el
que se había gestado aquella obra, y al lugar preciso del alma donde había sido
concebida pieza tan singular.
En un principio pensó el cura hablar con el
muchacho, aproximarse a él para verificar si era verdad que entre ellos se
había establecido aquella relación especial que él sospechaba, pero luego
decidió actuar con mayores cautelas. Una bocanada de áspera razón le hizo
recapacitar ¿Qué motivo había para que alguien joven pudiera necesitarlo a él?
¿Acaso no era su imaginación y su propia y desesperada carestía de atención lo
que le hacía suponer tal concordancia?
La
lectura de aquel libro le estaba despertando sensaciones y esencias propias,
que desde hacía muchos años tenía adormecidas. Incluso se trataba de aspectos
de su personalidad que casi había olvidado. Un nuevo Manuel brotaba, párrafo a
párrafo, azuzado por unas descripciones, en apariencia, inocuas, espurias y
lejanas, que sin embargo venían a zarandear su profunda estructura. Los años
pasados en El Canchal habían supuesto para él la administración de una
adormidera; la renuncia total de sí en favor de una misión que él mismo se
había impuesto como imperativo de responsabilidad. Durante los años anteriores
había hecho aquello que debía. Ahora estaba haciendo lo que deseaba.
También
ante sus ojos, no ya de muchacho, sino de viejo contumaz y achacoso, alguien
estaba presentando “el trono de la luz”. Aquella pieza única que encierra y
concita todas las claves y esencias que tiene, para cada cual, su propia
existencia. Aquellas páginas venidas desde no se sabía dónde, transmitían ese
soplo que todo ser humano ha de rastrear en los parajes de lo etéreo y lo
inmaterial, y que nos habla y nos instruye de cómo seguir el rastro de la
Esencia Infinita.
De
algún extraño modo, también había sido llevado a una tumba real, y, allí,
iniciado en los misterios de la génesis y el devenir eterno.
En
los días siguientes, Manuel, comenzó a entrar más a menudo en las estancias de
aquel seminario, en el que hasta entonces no frecuentaba más que su portería.
Así pues pudo tener mayor contacto con la vida de los seminaristas. De
inmediato, el rector, sabiendo que ya no iba al archivo diocesano, comenzó a
encomendarle livianas tareas, que él no dudó en aceptar.
Salimos de
la tumba cuando una luz ínfima y lechosa aclaraba las crestas de los riscos.
Meritatón vendó enseguida mis ojos para que en modo alguno pudiera recordar la
ruta que separaba aquel lugar inhóspito del resto de la tierra. Mucho más tarde
supe que así me protegía, pues, no sabiendo el enclave, jamás podría revelarlo
o ser reo por su ocultación. Las lías me hirieron con codicia. Sus marcas
permanecieron rayando mi frente y mis ojos durante tres jornadas.
El regreso al nomo de Mennof‑Ra se
hizo bajo el mismo velo de cauta clandestinidad con que se había efectuado la
presurosa ida. Un día más permanecí en Menfis junto a Meritatón. Luego fui
conducido nuevamente al harén de Mer‑Ur, advertido una vez más de la
importancia de mi discreción y silencio. Pero mi vida ya nunca volvió a ser la
misma que hasta entonces. Jamás, hasta hoy, he revelado a nadie nada sobre
aquel viaje.
Unos meses después murió la mujer a
quien tanto quería. Su expreso legado fue un collar magnífico en el que se
encierra toda la belleza y el amor de una auténtica madre. En mi memoria
siempre perdurará su imagen y su aroma, su afecto y aquella sensibilidad que la
llevó a explicarme, del modo más sintético y auténtico que pueda concebirse,
todo lo que un humano debe saber de su origen e historia. Tal vez el resto de
la existencia de un hombre deba ser, tras algo así, solamente invención de sí mismo; sólo eso. Invención
gestada en soledad, mientras esculpe en el duro peñasco de la vida la huella
irrenunciable de su propia andadura.
Estoy seguro de que cuando Meritatón
dio su corazón a Osiris y éste lo colocó en la balanza, en cuyo otro platillo
está la pluma de Maat, los dioses Thot y Anubis comprobaron, alegres, que el
equilibrio era perfecto, y que por eso la “Devoradora” no tendría comida
aquella noche, pues el cuerpo de la gran señora estaba constelado de brillo y
perfección sin mácula ni esquirla.
Tras la muerte de la que fuera la
hija preferida de Akhenatón y Gran Esposa Divina, tras la desaparición pública
de su madre, la insigne Nefertiti, mi vida en el harén de El Fayum cambió muy
ostensiblemente. Pasó de ser la de un niño protegido, desatento y perezoso, a
la de un muchacho desamparado, pero ávido de saber y ansioso de justicia. Como
pupilo real que era, por lo que asistía a la escuela del Kap, muy pronto fui
llamado por los maestros reales reunidos. Habían recibido órdenes directas de
Horemheb con relación a mí. Además, la sorpresa ante mi gran cambio de actitud,
que ellos también habían percibido claramente, les animaba a hablarme de un
modo diferente a como lo habían hecho hasta aquel momento. Si mi tesón
persistía, sería recomendado para efectuar estudios superiores en una Casa de
Vida del máximo prestigio. Sería sometido a una prueba de observación que
duraría el periodo de un año. Y, tras ella, yo conocería su decisión, que en
cualquier caso sería inapelable.
El general también me convocó un día
que hizo una visita al harén. Sus palabras fueron escuetas, frías y
contundentes. Muerto Tutankhamón, su compromiso de tutor conmigo se había
debilitado, pues en la corte se trataba de olvidar cuanto antes todo lo
referente al fútil y anodino monarca. Desde mi nacimiento Tutankhatón le había
encargado mi custodia, reforzada con el acogimiento que había hecho de mí la
noble señora, también, extinta desde hacía tiempo. Pero, tras la muerte del
soberano, únicamente el afecto y la acogida que me había regalado Meritatón en
vida harían que mi situación de privilegio se alargara por espacio de un año. Y
todo ello por su personal respeto a la insigne hija de Akhenatón. Los maestros
reales le habían hecho saber mi cambio de actitud, que él achacaba obviamente a
mi conciencia actual de desvalido. También él había estado de acuerdo en que se
me diera esa oportunidad; si bien, únicamente una.
Por mi parte, debo confesar, que a
pesar de estar desde siempre acostumbrado a una vida colmada de todas aquellas
gracias que con tanta generosidad se me prodigaban, primero en casa de
Meritatón y luego en el harén, no fue el miedo a perder tales privilegios lo
que me hizo cambiar de actitud. Entro en mi conciencia y trato de hacer un
esfuerzo de sinceridad y, sin embargo, no logro establecer con límites precisos
y argumentos reales y convincentes qué fue lo que obró aquella mutación en mi
carácter. Y es precisamente apelando al mundo misterioso de la sabiduría cómo
consigo un poco aproximarme a tal hondo misterio. Pues que no fueron razones,
ni temor, ni ardua reflexión lo que me avasalló y me abrió el sentido y la
mente. El escaso tiempo que permanecí en la tumba que Eye cedió a Tutankhamón
para su enterramiento (pues la inesperada muerte del faraón sorprendió a los
constructores sin terminar la que se estaba excavando para él) fue suficiente
para que en mí entrara el rayo misterioso de la luz. Desde entonces comprendí
que mi destino estaba llamado a una causa recóndita y arcana. Y así como los
hombres excavan y decoran con desvelo una tumba para entregar a ella el despojo
que resta tras la muerte, yo comprendí que debía arañar, en mí mismo y en mi
tiempo, un espacio propicio para entregar mi vida y consumirla antes que mi
cuerpo fuera entregado al frío hacer de los embalsamadores.
Me apliqué, pues, con obsesión al
estudio de los grabados y a cuanto se me había transmitido sobre lo que había
descubierto el gran Ahmes en torno a la construcción de los triángulos
rectángulos. Muy pronto fui capaz de trazar mis primeros jeroglíficos con
habilidad, y de hacer cálculos sobre las tres grandes pirámides que desafían al
paso del tiempo en la meseta arrogante de
Guiza, desde que los faraones de nuestra VI dinastía las levantaran para
ser sorpresa de las gentes y su morada para su eternidad. Estudié también con
sumo afán geografía, y comencé a sentir curiosidad por las lenguas libia, siria
e hitita, que, de pronto, entendí que me revelaban los más sorprendentes
aspectos del sentir y del conocimiento humano. El recuerdo de los días de las
batallas náuticas, sobre haces de juncos y tallos de papiro enlazados, con los
demás muchachos en las pozas del lago del harén, la persecución y caza de las
garzas por las sabanas e isletas y entre los búfalos de agua, el juego con las
pelotas trenzadas al caer de la tarde o con los dados en las veladas nocturnas,
me resultaban ya vacíos de gracia y un derroche de tiempo y energías. Sólo procuraba la amistad de Huni y de Seschi. Y
eso porque su sentido del deber y la responsabilidad respetaban mi lejanía y mi
mutismo. Y hasta me sentía incómodo con mi rizo de infancia que aún debía
sujetar con una cinta a mi oreja, hasta que mi mayoría de edad me permitiera
poder rapármelo definitivamente.
Fue un tiempo de soledad intensa que
ha marcado mi vida y se ha quedado en mí alojado para siempre. Vivía en el
harén de El Fayum y asistía al Kap.
Pero mi existencia se había quedado totalmente desnuda de afectos y regazos. En
un abrir y cerrar de los ojos, todo había cambiado. Pero a pesar de aquella
impuesta y brusca soledad, no puedo decir que fueran días lúgubres y tenebrosos
para mí. La imagen reencarnada de Meritatón llenaba mi recuerdo con la firmeza
esculpida de quien ya está fuera del caprichoso dictamen con que se ensamblan
los trechos de una vida. De otro lado, la intuición de mis progenitores y de
mis velados orígenes se me mostraba como un inmenso fuego sensual y terrible al
mismo tiempo. Un fuego que me llamara a sí y me abrasara; que me sedujera entre
sus lenguas lascivas y doradas, sus chispas diminutas y sus pavesas capaces de
elevarse y configurar un futuro de sueños y doradas quimeras.
Recuerdo también que durante algunos
meses me interesé por el universo de las
fragancias y de los perfumes, por el mundo de los ungüentos y venenos, por el
mágico espacio de la danza y la música. Todo ante mí, de pronto, estaba cargado
de interés y me llamaba con poder la atención. El manjar del saber llenaba mi
vacío y su manto me albergaba en su inmenso
espacio seductor y magnífico. Cualquier camino me parecía el más
prometedor para ir a la búsqueda de aquella identidad con la que se me había
retado desde el fondo oscuro de la tumba real. No sabía hacia dónde, pero en mí
estaba sembrado el germen de la vida. Y era un reclamo, una llamada distante e
infinita, una comezón que me abrasaba sin dejarme sosiego ni al cerebro ni al
alma.
Así le había sucedido a él. Ante aquella adversidad
se había encerrado en el aséptico mundo de los conocimientos. No, él no era un
ser inteligente. Cada esquirla de saber había tenido que procurársela a costa
de un esfuerzo ímprobo y denodado, para, al fin, no resultar nunca demasiado
brillante. Pero el reducto amparador del estudio lo había confortado como
ninguno otro. Estudió con suma aplicación el bachiller y, cuando tuvo que
enfrentarse a la teología y a la filosofía, siguió un sendero de esfuerzo,
docilidad y acatamiento que ya le era asiduo. Luego vinieron las órdenes
menores. Los votos. Y después el canto de la primera misa. Al poco tiempo se
murió su madre, cual si viéndolo convertido en cura y colocado, tuviera ella ya
licencia para descansar definitivamente en paz. Acto seguido la asistencia en
algunas parroquias, y después El Canchal. El resto era esto. En suma, una vida
plana y vulgar. Una existencia vivida como si hubiera otras en las que mejorar
o esperar más jolgorios.
Le
entusiasmaba aquella lectura repleta de sueños y de intrigas, de escenarios
magníficos y matices que movían su alma a base de despertar recuerdos que
estaban casi muertos.
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