sábado, 1 de marzo de 2014

La ciénaga irisada



LA CIENAGA IRISADA


***

Viví durante muchos años en tierras de Levante. El viaje que comenzó con el encargo insólito del Visir, para que informara sobre las posibilidades que ofrecían las minas de cobre de Timna y de turquesa de Serabit, y los demás enclaves y asuntos estratégicos, no hubiera requerido de mí la permanencia allí durante mucho más tiempo del que en un principio se había estimado. Pero debo explicar que mi dedicación a cuestiones notablemente diferentes de las que se me habían encomendado en los comienzos hizo que mi estancia fuera mucho más prolongada.
            Tras un trayecto que resultó ser una nueva prueba de supervivencia, atravesando la árida península de El Sinaí,  reanudamos el viaje hacia el norte, llegando hasta la ciudad de Gaza. Y luego, desde ésta, a la de Urusalima, capital del reino de Yebús; el asentamiento ancestral de los jebusitas. Su situación en lo más alto de la cordillera palestina, al borde septentrional del Mar Muerto, la convertían en un lugar muy oportuno para la defensa de los intereses de Kemit frente a la latente provocación de los pueblos de Oriente. Allí fue donde Radamante me puso por primera vez en contacto con miembros de la orden clandestina de Atón. Al fin, todo iba encajando en aquella charada.
            La familia de Resaí era la única que, en secreto, no adoraba al dios Salim, deidad mayoritariamente venerada en aquella región. Su discreción y pleitesía a los intereses ocultos del faraón de Egipto les habían otorgado el control del manantial de Gihon, único abastecedor del agua que podía beberse en toda la ciudad. Su acogida hacia mí estuvo llena de afecto y, al parecer, de marcada expectación, pues se me estaba esperando con verdadero anhelo. Ante las gentes del lugar, se me presentó como un experto en obras de abastecimiento e irrigación que venía a mejorar el aprovechamiento del manantial y la conducción de sus aguas hasta la ciudad. Pero en secreto, y entre ellos, por primera vez fui tratado como el mesías; “aquel a quien se espera”: “El salvador”. Y, desde el primer día, conté con el cariño y la confianza de todos sus componentes, y una marcada veneración que no dejó de sorprenderme por desproporcio-nada, gratuita y, en suma, inmerecida. Es así que una especie de fanatismo comenzó a cercarme. Un fanatismo espeso y pegajoso, que, a la vez que me llenaba de vergüenza y confusión, alimentaba en mi interior un germen de vanidad malsana.
            Poco tiempo después, quienes habían sido mis compañeros de viaje partieron, y yo sentí hondamente tener que separarme de ellos. Radamante había supuesto un nuevo eslabón precioso en el collar que iba ornando mi formación y mi existencia. Pero, una vez más, se me exigía desprenderme de alguien en quien había depositado mi respeto y mi afecto. Ciertamente, mi vida estaba jalonada de renuncias y extrañas decisiones que alguien parecía tomar siempre en mi nombre y sin contar conmigo, y que me llevaban del afecto a la soledad, del hallazgo a la pérdida, y todo ello como ejercicio de perfeccionamiento.
            Inmediatamente me apareció cierto interés por todo lo que rodeaba a aquel culto secreto, del que se me había hecho miembro y líder sin apenas saberlo. “La orden luminosa de Atón”, “El Círculo”, “La suprema Verdad”. Radamante informó a Resaí, y fue a éste a quien correspondió ir poniendo claror a todas las tinieblas que aún acompañaban a aquel largo proceso de mi designación.
            Al parecer, mi progenitor había sido un fiel seguidor del dios prohibido; el dios al que Akhenatón había puesto sede en la ciudad sepultada de Amarna, y al que había querido implantar como divinidad eterna y absoluta. Y tal había sido, según ellos, la entrega de mi padre y su celo en favor de la deidad vedada, que él mismo había renunciado a su hijo para entregarme en beneficio del dios en quien creía de forma medular. Sin haberlo sabido hasta entonces, era, pues, yo, un paladín de Atón; un emisario del monoteísmo; la gran esperanza que había permanecido oculta, aunque latente, durante algunos años. El tiempo de separar definitivamente la religión de la política estaba ya llegando.

Separar a la iglesia del poder ¡Qué absurda pretensión! Si en la base de toda religión no hay otro afán que el de imponer criterios, directrices y dogmas.
            Le gustaban al cura aquellos párrafos que le hacían viajar por tiempos tan remotos, por tierras tan lejanas y por vidas pujantes y magníficas. Permanecía, las horas muertas, enfrascado en su libro, sin poder olvidar a su amigo Daniel, e imaginando el escenario sobre el que también viviera Cristo su historia de incomprensión, descrédito y escarnio infinitos.  


Según Resaí, toda mi formación había sido muy minuciosa-mente proyectada por Horemheb y Meritatón, en un principio, y por él, Maya y Merit, cuando, mi madre adoptiva, la hija de Akhenatón y Nefertiti, desapareció. El actual faraón, quien en el pasado había mantenido una muy íntima relación con el extinto faraón hereje, hasta el punto de haber aceptado su amor y su concubinato, había sido el mejor depositario y valedor del secreto mandato de Akhenatón; su cómplice, amante y correligionario. Su también prevista programada ascensión al trono había supuesto un primer paso, pero se consideraba que aún no se había dado el ambiente propicio para que se produjera el cambio fundamental y deseado. Por todo ello, de mí se pretendía, en su momento, el liderazgo de una ofensiva  religiosa sin precedentes que sedujera al pueblo y debilitara definitivamente al clero amoniano, que de modo tan fiero se había vuelto a entregar a la defensa a ultranza del repudiable Amón y de toda la vasta teogonía imperante, entre la que el poder del faraón quedaba a veces tan mediatizado y preso. Se trataba, en fin, de dominar definitivamente al gran marasmo de los dioses. Para ello se establecería una única deidad que fuera insigne pero manejable, y que, convenientemente separada del ámbito político, sin embargo estuviera subterráneamente supeditada a él.

Inventarse un Dios: diseñarlo, vestirlo, coronarlo, amordazarlo y enjaularlo. Esa había sido la insana y mil veces repetida pretensión de los hombres de iglesia; esa seguía siendo su actual pretensión.


Lenta pero firmemente se debía roturar este segundo intento. A los asesinatos de Akhenatón y Semenkharé, había sucedido la caída en desgracia de la reina Tiyi, la nigromante y manipuladora. Y tras ésta, el nuevo asesinato del cándido rey Tutankhamón, al que se le habían permitido unos años de ejercicio, dado que en un principio su juventud no entrañaba peligros, y siempre se disponía de él para culparle de cualquier incidente que hubiera podido dejar al descubierto el complejo complot. Por otra parte, aquellos diez años de reinado habían servido para diluir en el tiempo una cadena de muertes que a todas luces se hacían altamente sospechosas para el pueblo. Pero llegado su momento, no había habido problema alguno en simular el trágico accidente que había provocado su “lamentable” muerte. Una caída de su carro había producido una herida que sabiamente tratada lo había llevado limpiamente a la tumba. Luego todo había venido rodado; una causa así justificaba cualquier imperativo. Tan sólo, los fanáticos seguidores de Atón, habían detenido sus crímenes en la persona del actual monarca. Y ello, porque él había sido capaz de convencerlos de su inquebrantable fidelidad al insigne proyecto, a la vez que urdir una tan compleja y hábil trama de pactados exilios, concesiones y ligas, que si bien no convencían por completo a la sagrada casta de los nuevos y secretos ungidos, por lo menos les había debilitado en sus contactos directos y alianzas internas, dejando a su merced la toma de todas las decisiones inherentes al plan.
            Al mismo tiempo, y bajo el más absoluto de los hermetismos, Horemheb, junto a la desaparecida Merit y a su esposo Maya, había seguido trazando con arriesgada firmeza la vuelta del dios único, ése que, definitivamente, les permitiera gobernar a sus anchas y aliviar poco a poco la mente de los hombres de tanta fantasía y mentira teológica. Por todo ello, habían enviado a todos los seguidores del proyecto a puntos estratégicos en los que pudieran, con apacibilidad y de modo seguro, ir constituyendo los pequeños núcleos de leales prosélitos sobre los que se asentaría el envite final. En el día señalado, desde aquellos múltiples confines, la nueva fe avanzaría hacía el centro del país como manchas de aceite dispuestas a entintarlo todo. Y en aquella osada y peligrosa empresa yo era, pues, la piedra angular. Mi destino final era el de llegar a regentar el reino espiritual de Kemit. En definitiva, se trataba de inventar una nueva deidad, y yo había sido el elegido para encarnarlo; para ser su hijo predilecto. La nueva religión sería tan espectacular y sorprendente que provocaría una conmoción colosal de efecto incalculable.
            En un principio, yo sería nombrado uno de los cinco grandes sacerdotes de Amón, basándose para ello en los supuestos y sólidos conocimientos que yo habría adquirido en las tierras lejanas. Tras ello, y valiéndose de cuanto fuera preciso, yo sería elevado al más alto estamento. “Aquel que ve al Grande”. Ese sería el título que yo debía ostentar antes de producirse el divino relevo. Se contaba con la colaboración de algunos infiltrados notables entre el clero actual del templo de Karnak, que, tras propiciar mi sacro nombramiento, sabrían renegar a su deidad y ponerse al frente del nuevo culto que habría de instaurarse. En el fondo, se confiaba en que un único dios supusiera, sobre todo, un ahorro de prebendas y concesiones y una concentración de poder religioso más fácil de controlar y  utilizar en propio beneficio, así como la maduración del pueblo aliviado de tanta zarandaja teológica dispersa. De ese modo, yo sería venerado en la tierra, como deidad viviente, el profeta de Atón, el portador del cambio, el nuevo salvador, pues que, por último, se proclamaría mi directa e indiscutible filiación divina, ya que sabido era que el pueblo necesitaba alguien real hacia el que dirigirse. Todos los faraones anteriores serían considerados mis predecesores, y todos los venideros mis aliados y discípulos máximos. Dando cabida así en este nuevo estatus a sus errores, deslices y trivialidades acordes con su nuevo carácter estrictamente humano.
            El proceso no sería inmediato. Yo debía residir durante algunos años completando mi formación muy lejos de la corte. Ya estaban designados quiénes debían ser mis preceptores y aquellos lugares en los que debería vivir a cobijo de cualquier amenaza. Pronto pude comprobar por mí mismo cómo los más ínclitos seguidores de Atón, que habían permanecido fieles a las nuevas creencias, ostentaban cargos de preeminencia en algunas de las más importantes ciudades de Levante, si bien ninguno hacía ostentación de su importancia. En aquellas lejanas latitudes, todos se encontraban a salvo de intrigas, investigaciones e insidias peligrosas. Todos sus diferentes cargos y destinos actuales eran consecuencia de otros tantos destierros hábilmente dotados y muy bien calculados. Destierros que, de ese modo, les aseguraban su integridad personal y garantizaban la pervivencia de aquel credo llamado a ser la salvación del mundo y su renovación. Y todo ello mediante la ya descrita implantación definitiva de un único dios abstracto y enigmático pero bien orquestado en su parafernalia. Y yo, su hijo en la tierra, su vástago viviente. La colosal mentira estaba bien urdida, y toda su maquinaria, a sazón, engrasada y puesta a funcionar.
            No puedo decir que aquella revelación resultara para mi motivo de alegría, pero sí de perplejidad e interior controversia. A todas mis dudas sobre la divinidad se sumaba ahora algo repudiable, pero extraño y fascinante que me convertía en alguien singular. Mi vanidad estaba siendo tentada en su centro más íntimo. Se me ofrecía ser dios. Ser dios como lo habían sido todos los conocidos: por el decreto de los seres humanos. El resplandor divino avanzaba hacia mí y, si bien cercenaba a su paso a todos los demás, a mí se me imponía como algo en lo que debería creer, si no quería ser infiel a mi progenitor y a las confianzas que en mí se habían concitado. Una gran losa había caído sobre mis exánimes espaldas, pero, al mismo tiempo, la aureola dorada del máximo poder estaba a punto de encajar en torno a mi ofuscada cabeza como diadema de brillos seductores. 
            Tras el periodo más confuso de mi vida, durante el que requerí muchas explicaciones y un esfuerzo profundo de reflexión para poder restituir a su lugar las múltiples teselas descolocadas del mosaico de mi pasada vida, entré en un estado de caos interior. Mis débiles creencias me hicieron presa de un largo desvarío que hizo temer a quienes debían instruirme que su plan no tendría futuro, pues yo no era aquella persona capaz y deseada. Para aquella misión era precisa una fortaleza mental de la cual, a todas luces, yo adolecía casi completamente.
            Tal vez lo más significativo, tras mi perplejidad inicial, fue el profundo miedo que me atenazó. Mi contacto permanente con un entorno más o menos cercano al clero y a la corte me había hecho saber demasiado de astucias, maldades y acechanzas. De un día al siguiente, mi vida había pasado de la apacibilidad y la desprevención a la cautela máxima, la responsabilidad más absoluta, y la exigencia más imperativa. Aquel era un mal sueño que, sin embargo, pervivía y se hacía imperiosa realidad cuando me despertaba.
            A partir de entonces, mi aprendizaje se hizo obsesivo. Sabía que todo cuanto conociera sería insuficiente para el nuevo estado que debía asumir. Debía dominar muchas más cosas. Pero, sobre todo, debía ser capaz de dar respuesta a cuanto pudiera interpelárseme. Siempre había visto el poder como algo remoto e intangible, y ahora parecía ir aproximándose a mí para mancharme y rebosarme las manos. Lo presentía ya por aquella actitud sumisa y reverente que no dudaban, de forma para mí irracional, dedicarme cuantos me rodeaban. Ante ellos yo ya era la suma autoridad; el intocable. Pronto entendí que todo aquello no era el exponente de una pleitesía amorfa y gratuita, sino la manifestación que daba sentido y sustentaba sus propias posiciones. Entendí cómo las mentiras no se tejen nunca con hilos solitarios sino con enmarañadas urdimbres que se hacen sumamente resistentes a través de sus cruces, nudos y, hasta, buscados o fortuitos enredos. También por cómo, a partir de entonces, se cuidaba de mi salud y mi seguridad. Mi nuevo maestro jamás se permitía no estar en mi presencia. Hasta mi descanso diario tenía lugar en un aposento a cuya puerta él tendía su lecho en cada anochecer. Y, ni siquiera, mi higiene diaria cursaba sin vigía.
            Pero, ante todas mis dudas y preguntas, las más intrincadas y áridas de comprender fueron aquellas que tenían raíz y referente con mi íntima relación con Merit. También aquello había sido medido y calculado. A ella  le había correspondido mi adiestramiento en el terreno movedizo del sexo y el afecto. En un principio, creí que no podría soportar tan inhumana afrenta y tan brutal y cruda humillación. Siempre había sabido del extraño modo en que la cantora del templo se había comportado conmigo en los momentos íntimos. Nunca había dudado yo de que su afecto había sido dubio y abismal, aunque, de otro modo, exquisito y pletórico. Pero llegar a saber que todo aquello se había reducido a un mero ejercicio de adiestramiento, a una lección dictada y recibida, me llenaba de congoja y de ira. Y juro que tardé mucho tiempo en recomponer y situar el mapa precioso de su afecto.

Escuchó Manuel con sequedad la advertencia que le estaba trasmitiendo el reseco rector. De pronto, aquel ser erecto y riguroso le pareció a él hecho de puro cartón-piedra. Bajo ningún concepto se permitiría que dentro de la casa volvieran a verse el muchacho y aquella catequista. Aquello  debería quedar rigurosamente descartado; bastante escandaloso había sido ya todo lo sucedido.
            El cura lo escuchó firme como un soldado, sin hacer un mal gesto, pero sin prestarle ni puñetero caso. Ni siquiera asintió con la voz o la testa. Se dio la vuelta y se puso a sus cosas dentro de la garita. Así es que el otro se marchó contrariado y confuso, sin saber si se había enterado aquel vejestorio tozudo que, últimamente, se mostraba tan raro.
            Sentado ya en su jaula, dio el cura en pensar. Y pensó que una sociedad que en cualquier circunstancia despreciaba a sus hijos, o estaba enferma o era deleznable. Ninguna razón podía avalar el repudio de un hijo. Porque la vida cuando emergía era esplendente y pura en todos los supuestos.
            Jamás había entendido y aceptado lo de la culpa original y el bautismo inherente, que afirmaba la iglesia que purificaba. Desde sus cortas luces, no podía admitir que un ser humano viniera a este mundo con una sombra o mácula. Una vez más, “la avarienta opresora” quería afianzar su brutal autocracia desde el mismo umbral de la existencia humana. Hacer sentir impuro y miserable al nato para, acto seguido, ofrecer una mediación y un perdón, solamente en sus manos, era una ignominia. Era así como se dejaba vinculado al indigente, absuelto por una deuda de gratitud inmensa que lo fidelizaba preso de los temores. Y luego todo lo subsiguiente del limbo de los justos y demás zarandajas. ¡Protervos embusteros! Él no era de ésos; ya no era de ésos. Y sin saber por qué, se santiguó y en un íntimo acto, espontáneo y sencillo, solicitó clemencia y rezó un padrenuestro, que era la única oración que seguía entonando. 


Mis años de aprendizaje me llevaron a recorrer los enclaves de Jericó, Megiddo, Tiro, Sidón, Biblos y, hasta, Ras Shamra‑Ugarit, al sur del Sapanu; el monte dedicado a Baal, y cerca del cauce del Orontes.
            Aquellas zonas de bosques muy extensos, de maderas preciosas, eran punto de encuentro de las caravanas. Allí confluían los saberes, las noticias, y cuanto el mundo del comercio podía traer desde Nubia hasta Mesopotamia; desde Palestina a los confines del mundo situado más allá de las tierras hititas. El rey Niqmadu II se resistía a un protectorado por parte del vecino y rival reino de Amurru, en el que el arrogante Shubiluiliuma amenazaba de forma permanente con imponerle tributo e inicuo vasallaje. No obstante, y pese a la complejidad política, el reinado de Niqmadu II, hijo de Ammishtamru I, era muy admirable desde el punto de vista cultural. Las múltiples obras arquitectónicas, como las que se llevaban a cabo en su real palacio, y la intensa vida literaria, recopilando grandes textos mitológicos, la situaban al frente de los emporios más nobles junto al mar que llamamos Gran Verde.
            Jericó es como una isla verde en medio del desierto. Se halla enclavada en la parte sur del valle del Jordán. Sé que es la ciudad más antigua del mundo. Su muralla de tierra lisa revocada de fango ciñe celosamente todo su contorno como una corona vetusta que ennoblece su frente. En ella conocí cuanto el saber remoto puede aportar a un hombre que se acerca a él con el deseo intenso de acariciarlo todo.
            “La orden luminosa de Atón” estaba implantada por aquellas tierras con una sólida y definida estructura, secreta y militante. Como suele ocurrir, junto a los acéfalos líderes que gestan y paren las ideas a sabiendas de su amañada raíz, se arremolinaban humildes y fieles seguidores que basaban su creencia en sencillos retazos de razón, en cálidas y auténticas bondades, y, sobre todo, en un deseo ciego y muy sincero de que aquello en lo que fiaban fuera en todo verdad, y les salvase. Por eso allí, entre los seguidores, la nueva religión tenía esa inquebrantable fortaleza que amalgama a quienes se sienten minoría en posesión absoluta de la verdad eterna. El silencio y la clandestinidad habían hecho que la lealtad entre todos sus miembros fuera probada y valorada. La estructura jerárquica era minuciosa y nadie osaba discrepar lo más mínimo del criterio o la magistratura de quienes habían sido establecidos como próceres de la nueva creencia. Atón, en todas  sus  advocaciones,  refulgía  sobre  sus  cabezas  y   sus corazones, y ni una sola fisura resquebrajaba el monolítico pedernal de su convencimiento.
            Me acerqué a todo aquello como se acerca un hombre sano al lecho de un ser mordido por la peste. Mi corazón clamaba abominaciones contra toda deidad, fuera cual fuera su aspecto o la base teológica que la sustentara. Mi encuentro cara a cara con la muerte y la putrefacción de la materia, me habían situado abiertamente en la incredulidad más firme y absoluta. Pero el deseo de no defraudar a quienes con tanta honestidad habían puesto su fe en mí y en su teísmo, y la memoria de mi desconocido progenitor, me condujeron a dar los primeros pasos entre aquel velo de impostadas creencias. ¿Cómo podía yo defraudar a aquéllos que vivían suspendidos de aquella confianza? Y, sobre todo ¿qué podía yo ofrecer que calmara su espíritu y donara razón al curso de sus días y al sueño tras su muerte? La imposibilidad de poder responderme ante estas preguntas me hizo seguir caminando por un sendero que yo no sabía a dónde podría conducirnos a todos.

Llegado hasta allí, a Manuel comenzó a faltarle el respiro. Era una sensación completamente física, pero que también se hundía en su alma a la vez que en su estructura humana. Aquel singular libro había convertido su existencia en todo un despropósito patético y absurdo. Tras toda una vida de mordaza y creencia, a él ya no le vinculaba nada a aquella denigrada estructura. Pero ¿qué hacer a su longeva edad? Un sudor frío le acarició la frente. ¿Podía un viejo hacerse un temerario, desafiar al orden al que pertenecía?   


Un día me escapé del cuidado de mis protectores. Sin manta ni equipaje emprendí mi camino. Y sin ningún tipo de reserva me empeñé en el estudio y el conocimiento de cuanto me llamaba hacia sí. Como un errabundo recorrí los pueblos y regiones que se tendieron ante mis inseguras pisadas. Comí de la caridad y visite cuantos cenáculos se abrían ante mí, y en los que los prosélitos de algún dios, impartían sus tenaces lecciones, a veces llenas de miedos y rencor. Me impuse ayunos y trayectos por senderos polvorientos y tórridos. Ahora sé que un oculto instinto de autodestrucción se obstinaba y guarecía en mí como una forma digna de desaparecer. Me trasladé hasta aquellos lugares subrepticios en los que ignotos eremitas vivían su creencia en la compañía de la miseria material y el rigor solitario de cuevas escarbadas. Me sumergí en la hambrienta intriga de misterios recónditos, bajo la impía disciplina de rectos hierofantes. Dormí a la intemperie y conversé con las dunas, las estrellas errantes, o los escarabajos, en un delirante arrebato de avarienta locura. Rastreé entre el celaje blanco del amanecer, bramando ante aquel punto luminoso al que llamamos Sirio, y que cuando se nos oculta nos lleva al extravío. Necesitaba una respuesta clara para las perennes preguntas, una solución a los turbios enigmas; una claridad definitiva ante todas mis dudas, que además ahora se habían agrandado con suma desmesura, pues que se habían convertido en todas las dudas de la humanidad. Dejé que golpearan una y otra vez sobre mi mente las palabras que prestaban su voz a los misterios incógnitos de Osiris. Escarbé en los ínferos del ser, y hollé en su pus, y acaricié su oro y sus diamantes. Dormí junto al Orontes, en las orillas del lago Tiberíades, en las ciénagas ingrávidas del mar al que llamamos Muerto. Busqué la compañía y la confidencialidad de aquellos mercaderes que venían de las lejanas tierras; de naciones cuyos nombres sonaban a irreales, y que comerciaban con la sal, el betún y el azufre. Bebí los vinos negros y espesos, que hacen arder la garganta y gritar al estómago. Y lo hice en compañía de putas, reos y proscritos. Me alojé como hace un mendigo en las míseras chozas de los indigentes. Pernocté junto a los enfermos que viven confinados en subterráneas cámaras; en ollas de terrenos malditos e innombrables. Olí el hedor de sus pústulas, y soporte el agraz tufo de sus orines, sus bilis y sus vómitos. Comí el pan que arrojan al paso de los invidentes, y ramoneé para mi subsistencia, como hacen las bestias, los brotes tiernos de los sicomoros. Me disputé el sustento con perros y alimañas. Mamé la leche que supuran las higueras y cactus. Tuve costras y sarnas, y mis ojos se cubrieron de humores ponzoñosos y amarillas legañas. Toqué la carne flácida y lechosa de las prostitutas a quienes ya nadie paga, apurando en sus labios ajados y torcidos una hez despreciable que mitigara mi sed cobarde y póstuma, mi soledad parásita, y aquel desamparo con el que la vida me había zaherido con ahínco y con saña. Y lloré entre sus pechos sin que ni ellas mismas oyeran mis sollozos. Despellejé lagartos, y comí sapos y saltamontes. Sentí el frío hasta que creí que mis extremidades no me pertenecían. Robé en las viñas y comí carne cruda, pues la hambruna no me concedía el ínfimo favor de chamuscarla. Y sometí a mi cuerpo y a mi mente al máximo rigor que mi propio desprecio fue capaz de inferirles. Y, cuando me sentí ajeno a mi mismo, volví al lugar donde mi huída había sembrado la tristeza y la desolación en aquellos que tanto habían anhelado en mí y que ya se cubrían el pelo de cenizas y aullaban por mi muerte y la de sus espíritus.
            Y cuando regresé de aquel viaje perturbador que me había conducido hasta la misma boca venenosa de Apofis, me instalé en la ciudad de Tiro. Al parecer de mis dolidos y aspavientosos protectores, aquél era el lugar más seguro para mi permanencia. Les prometí disciplina y acato. Las excelentes relaciones políticas y comerciales iniciadas por su rey Abi Milki con Akhenatón, seguían hermanando fuerte-mente a Tiro con Egipto, en detrimento con los demás “pueblos del litoral”. Era, además, aquél, el lugar más idóneo para completar mi proceso de iluminación; mi acercamiento al Maat.
            Dispuse entonces de todo el sosiego necesario para mi purificación, ése que nos aportan el silencio y la templanza sostenida del cuerpo y sus instintos. Supe entonces que sólo la soledad es cónyuge del pensamiento indagador, y que lo difícil no era vivir, sino sobrevivir a lo vivido. Conté con la ayuda inestimable de un hombre venido de las tierra remotas en las que fluye el Indo. Un hombre sabio que había atravesado los montes Zagros, y viajado por Susa, Uruk, Nippur, Babilonia, y la ciudad de Nínive. Conocía, pues, sobradamente a los casitas, los hurritas, los elamitas, y a aquellos que llamamos babilonios. Nunca me dijo cómo se llamaba. Prefería que cuantos se dirigían a él le dijeran simplemente “tú”. Hasta tal grado había decidido desvincularse de todos y de todo. No tenía país, ni oficio, ni religión, ni familia, ni lugar concreto de reposo. Iba por el mundo al encuentro de su último día.

De nuevo detuvo la lectura. ¿Huir? ¿Purificarse? ¿Regresar? Oneh tenía tiempo, pero ¿y él? Recordó lo leído. El hombre que sólo respondía si le llamaban “tú”... Siguió leyendo.


Absorbí de sus conocimientos cuanto  un estratega puede ambicionar para establecer sus planes sobre las pretensiones de los pueblos que componen su entorno; cuanto un lactante puede succionar del pecho de su madre. Pero además fue capaz de trasmitirme una apacibilidad más allá de los días y las horas, más allá de las cosas concretas, más allá de la razón y la palabra. Por primera vez en mi existencia vislumbré el camino que podía llevarme hasta mi centro. Fue él, que había viajado durante tantos años y por tantos países,  quien definitivamente me enseñó a viajar hacia mí mismo. Sólo había una razón para vivir: sembrar esperanza en los demás, y eso aun a costa de nuestra propia controversia y frustración. ¿Entonces la mentira estaba justificada? ¿Era, pues, algo digno mentir a los congéneres si eso nutría sus cautas esperanzas? La mentira existía, existiría siempre. Sólo en ella estaba la posibilidad de su auto-destrucción. Nosotros no éramos más que pobres seres presos a su merced.
            El encuentro inesperado con mi antiguo amigo Ramose, supuso también para mí un trago de esperanza. Corrí a su encuentro en cuanto un mensajero me trajo noticias de su residencia. Había tomado mujer y, ésta, le había dado dos hijos en los que se exhibía con frondosa arrogancia la joven hermosura de su padre que yo preservaba intacta en mi memoria. Pero su semblante me arrojó de inmediato el aspecto del mío y el justo transcurrir del tiempo en nuestras vidas. Cuánto habíamos envejecido ambos... Miré su cara y contemplé sus manos largamente, tratando de encontrar en su piel el surco dejado por aquellos días que habíamos vivido juntos. Y, a mi cabeza, vinieron miles de recuerdos, a la vez que en mi corazón se posaban, cual pavesas serosas, hermosas sensaciones de un pasado que ahora me parecía ingrávido y precioso. En verdad, mi corazón sabía guardar con extraña cautela los afectos dormidos, y servírmelos de una forma sorprendente cuando era llegado el momento oportuno. 
            Hable con él durante muchas tardes y le confié mis íntimos secretos. Juntos vimos ponerse el sol y clarear el alba. Fue, precisamente él, mi conciencia y mi juez, pues supo hacer suya mi responsabilidad, y ofrecerme un juicio valiente y sin escrúpulos. Bebimos vino tirio y comimos dátiles amargos, y nos abrimos el corazón el uno al otro con la esplendidez con que se entrega el jugo de una fruta madura a una boca que la muerde con delicia y deleite.
            A lo largo de los catorce años que duró el periodo de mi aprendizaje no hice sino ejercitarme en la sencilla tarea de la meditación, y tener largas reflexiones con Ramose. Todo lo demás sobre el conocimiento religioso, en cuya trasmisión se afanaban mis instructores, resultaba, para mí, inerte y secundario. ¿Qué importancia podían tener los dioses? ¿Qué más daba el destino final de nuestro cuerpo? Lo fundamental no era más que vivir intensamente cada instante; soportar el pálpito diario bajo la íntima sensación del propio encuentro; de la propia mirada. Sólo había un Dios, y ese hundía sus caminos en mi alma. Ésa era la única realidad eterna y valiosa.





















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