LA CIENAGA IRISADA
***
Viví durante
muchos años en tierras de Levante. El viaje que comenzó con el encargo insólito
del Visir, para que informara sobre las posibilidades que ofrecían las minas de
cobre de Timna y de turquesa de Serabit, y los demás enclaves y asuntos
estratégicos, no hubiera requerido de mí la permanencia allí durante mucho más
tiempo del que en un principio se había estimado. Pero debo explicar que mi
dedicación a cuestiones notablemente diferentes de las que se me habían
encomendado en los comienzos hizo que mi estancia fuera mucho más prolongada.
Tras un trayecto que resultó ser una
nueva prueba de supervivencia, atravesando la árida península de El Sinaí, reanudamos el viaje hacia el norte, llegando
hasta la ciudad de Gaza. Y luego, desde ésta, a la de Urusalima, capital del
reino de Yebús; el asentamiento ancestral de los jebusitas. Su situación en lo
más alto de la cordillera palestina, al borde septentrional del Mar Muerto, la
convertían en un lugar muy oportuno para la defensa de los intereses de Kemit
frente a la latente provocación de los pueblos de Oriente. Allí fue donde
Radamante me puso por primera vez en contacto con miembros de la orden
clandestina de Atón. Al fin, todo iba encajando en aquella charada.
La familia de Resaí era la única
que, en secreto, no adoraba al dios Salim, deidad mayoritariamente venerada en
aquella región. Su discreción y pleitesía a los intereses ocultos del faraón de
Egipto les habían otorgado el control del manantial de Gihon, único abastecedor
del agua que podía beberse en toda la ciudad. Su acogida hacia mí estuvo llena
de afecto y, al parecer, de marcada expectación, pues se me estaba esperando
con verdadero anhelo. Ante las gentes del lugar, se me presentó como un experto
en obras de abastecimiento e irrigación que venía a mejorar el aprovechamiento
del manantial y la conducción de sus aguas hasta la ciudad. Pero en secreto, y
entre ellos, por primera vez fui tratado como el mesías; “aquel a quien se
espera”: “El salvador”. Y, desde el primer día, conté con el cariño y la
confianza de todos sus componentes, y una marcada veneración que no dejó de
sorprenderme por desproporcio-nada, gratuita y, en suma, inmerecida. Es así que
una especie de fanatismo comenzó a cercarme. Un fanatismo espeso y pegajoso,
que, a la vez que me llenaba de vergüenza y confusión, alimentaba en mi
interior un germen de vanidad malsana.
Poco tiempo después, quienes habían
sido mis compañeros de viaje partieron, y yo sentí hondamente tener que
separarme de ellos. Radamante había supuesto un nuevo eslabón precioso en el
collar que iba ornando mi formación y mi existencia. Pero, una vez más, se me
exigía desprenderme de alguien en quien había depositado mi respeto y mi
afecto. Ciertamente, mi vida estaba jalonada de renuncias y extrañas decisiones
que alguien parecía tomar siempre en mi nombre y sin contar conmigo, y que me
llevaban del afecto a la soledad, del hallazgo a la pérdida, y todo ello como
ejercicio de perfeccionamiento.
Inmediatamente me apareció cierto
interés por todo lo que rodeaba a aquel culto secreto, del que se me había
hecho miembro y líder sin apenas saberlo. “La orden luminosa de Atón”, “El
Círculo”, “La suprema Verdad”. Radamante informó a Resaí, y fue a éste a quien
correspondió ir poniendo claror a todas las tinieblas que aún acompañaban a
aquel largo proceso de mi designación.
Al parecer, mi progenitor había sido
un fiel seguidor del dios prohibido; el dios al que Akhenatón había puesto sede
en la ciudad sepultada de Amarna, y al que había querido implantar como
divinidad eterna y absoluta. Y tal había sido, según ellos, la entrega de mi
padre y su celo en favor de la deidad vedada, que él mismo había renunciado a
su hijo para entregarme en beneficio del dios en quien creía de forma medular.
Sin haberlo sabido hasta entonces, era, pues, yo, un paladín de Atón; un
emisario del monoteísmo; la gran esperanza que había permanecido oculta, aunque
latente, durante algunos años. El tiempo de separar definitivamente la religión
de la política estaba ya llegando.
Separar
a la iglesia del poder ¡Qué absurda pretensión! Si en la base de toda religión
no hay otro afán que el de imponer criterios, directrices y dogmas.
Le
gustaban al cura aquellos párrafos que le hacían viajar por tiempos tan
remotos, por tierras tan lejanas y por vidas pujantes y magníficas. Permanecía,
las horas muertas, enfrascado en su libro, sin poder olvidar a su amigo Daniel,
e imaginando el escenario sobre el que también viviera Cristo su historia de
incomprensión, descrédito y escarnio infinitos.
Según Resaí,
toda mi formación había sido muy minuciosa-mente proyectada por Horemheb y
Meritatón, en un principio, y por él, Maya y Merit, cuando, mi madre adoptiva,
la hija de Akhenatón y Nefertiti, desapareció. El actual faraón, quien en el
pasado había mantenido una muy íntima relación con el extinto faraón hereje,
hasta el punto de haber aceptado su amor y su concubinato, había sido el mejor
depositario y valedor del secreto mandato de Akhenatón; su cómplice, amante y
correligionario. Su también prevista programada ascensión al trono había
supuesto un primer paso, pero se consideraba que aún no se había dado el
ambiente propicio para que se produjera el cambio fundamental y deseado. Por
todo ello, de mí se pretendía, en su momento, el liderazgo de una ofensiva religiosa sin precedentes que sedujera al
pueblo y debilitara definitivamente al clero amoniano, que de modo tan fiero se
había vuelto a entregar a la defensa a ultranza del repudiable Amón y de toda
la vasta teogonía imperante, entre la que el poder del faraón quedaba a veces
tan mediatizado y preso. Se trataba, en fin, de dominar definitivamente al gran
marasmo de los dioses. Para ello se establecería una única deidad que fuera
insigne pero manejable, y que, convenientemente separada del ámbito político,
sin embargo estuviera subterráneamente supeditada a él.
Inventarse
un Dios: diseñarlo, vestirlo, coronarlo, amordazarlo y enjaularlo. Esa había
sido la insana y mil veces repetida pretensión de los hombres de iglesia; esa
seguía siendo su actual pretensión.
Lenta pero
firmemente se debía roturar este segundo intento. A los asesinatos de Akhenatón
y Semenkharé,
había sucedido la caída en desgracia de la reina Tiyi, la nigromante y
manipuladora. Y tras ésta, el nuevo asesinato del cándido rey Tutankhamón, al
que se le habían permitido unos años de ejercicio, dado que en un principio su
juventud no entrañaba peligros, y siempre se disponía de él para culparle de cualquier
incidente que hubiera podido dejar al descubierto el complejo complot. Por otra
parte, aquellos diez años de reinado habían servido para diluir en el tiempo
una cadena de muertes que a todas luces se hacían altamente sospechosas para el
pueblo. Pero llegado su momento, no había habido problema alguno en simular el
trágico accidente que había provocado su “lamentable” muerte. Una caída de su
carro había producido una herida que sabiamente tratada lo había llevado
limpiamente a la tumba. Luego todo había venido rodado; una causa así
justificaba cualquier imperativo. Tan sólo, los fanáticos seguidores de Atón,
habían detenido sus crímenes en la persona del actual monarca. Y ello, porque
él había sido capaz de convencerlos de su inquebrantable fidelidad al insigne
proyecto, a la vez que urdir una tan compleja y hábil trama de pactados
exilios, concesiones y ligas, que si bien no convencían por completo a la
sagrada casta de los nuevos y secretos ungidos, por lo menos les había
debilitado en sus contactos directos y alianzas internas, dejando a su merced
la toma de todas las decisiones inherentes al plan.
Al
mismo tiempo, y bajo el más absoluto de los hermetismos, Horemheb, junto a la
desaparecida Merit y a su esposo Maya, había seguido trazando con arriesgada
firmeza la vuelta del dios único, ése que, definitivamente, les permitiera
gobernar a sus anchas y aliviar poco a poco la mente de los hombres de tanta
fantasía y mentira teológica. Por todo ello, habían enviado a todos los
seguidores del proyecto a puntos estratégicos en los que pudieran, con
apacibilidad y de modo seguro, ir constituyendo los pequeños núcleos de leales
prosélitos sobre los que se asentaría el envite final. En el día señalado,
desde aquellos múltiples confines, la nueva fe avanzaría hacía el centro del
país como manchas de aceite dispuestas a entintarlo todo. Y en aquella osada y
peligrosa empresa yo era, pues, la piedra angular. Mi destino final era el de
llegar a regentar el reino espiritual de Kemit. En definitiva, se trataba de inventar
una nueva deidad, y yo había sido el elegido para encarnarlo; para ser su hijo
predilecto. La nueva religión sería tan espectacular y sorprendente que
provocaría una conmoción colosal de efecto incalculable.
En
un principio, yo sería nombrado uno de los cinco grandes sacerdotes de Amón,
basándose para ello en los supuestos y sólidos conocimientos que yo habría
adquirido en las tierras lejanas. Tras ello, y valiéndose de cuanto fuera
preciso, yo sería elevado al más alto estamento. “Aquel que ve al Grande”. Ese
sería el título que yo debía ostentar antes de producirse el divino relevo. Se
contaba con la colaboración de algunos infiltrados notables entre el clero
actual del templo de Karnak, que, tras propiciar mi sacro nombramiento, sabrían
renegar a su deidad y ponerse al frente del nuevo culto que habría de
instaurarse. En el fondo, se confiaba en que un único dios supusiera, sobre
todo, un ahorro de prebendas y concesiones y una concentración de poder
religioso más fácil de controlar y
utilizar en propio beneficio, así como la maduración del pueblo aliviado
de tanta zarandaja teológica dispersa. De ese modo, yo sería venerado en la
tierra, como deidad viviente, el profeta de Atón, el portador del cambio, el
nuevo salvador, pues que, por último, se proclamaría mi directa e indiscutible
filiación divina, ya que sabido era que el pueblo necesitaba alguien real hacia
el que dirigirse. Todos los faraones anteriores serían considerados mis
predecesores, y todos los venideros mis aliados y discípulos máximos. Dando
cabida así en este nuevo estatus a sus errores, deslices y trivialidades
acordes con su nuevo carácter estrictamente humano.
El proceso no sería inmediato. Yo
debía residir durante algunos años completando mi formación muy lejos de la
corte. Ya estaban designados quiénes debían ser mis preceptores y aquellos
lugares en los que debería vivir a cobijo de cualquier amenaza. Pronto pude
comprobar por mí mismo cómo los más ínclitos seguidores de Atón, que habían
permanecido fieles a las nuevas creencias, ostentaban cargos de preeminencia en
algunas de las más importantes ciudades de Levante, si bien ninguno hacía
ostentación de su importancia. En aquellas lejanas latitudes, todos se
encontraban a salvo de intrigas, investigaciones e insidias peligrosas. Todos
sus diferentes cargos y destinos actuales eran consecuencia de otros tantos
destierros hábilmente dotados y muy bien calculados. Destierros que, de ese
modo, les aseguraban su integridad personal y garantizaban la pervivencia de
aquel credo llamado a ser la salvación del mundo y su renovación. Y todo ello
mediante la ya descrita implantación definitiva de un único dios abstracto y
enigmático pero bien orquestado en su parafernalia. Y yo, su hijo en la tierra,
su vástago viviente. La colosal mentira estaba bien urdida, y toda su
maquinaria, a sazón, engrasada y puesta a funcionar.
No puedo decir que aquella
revelación resultara para mi motivo de alegría, pero sí de perplejidad e
interior controversia. A todas mis dudas sobre la divinidad se sumaba ahora
algo repudiable, pero extraño y fascinante que me convertía en alguien
singular. Mi vanidad estaba siendo tentada en su centro más íntimo. Se me
ofrecía ser dios. Ser dios como lo habían sido todos los conocidos: por el
decreto de los seres humanos. El resplandor divino avanzaba hacia mí y, si bien
cercenaba a su paso a todos los demás, a mí se me imponía como algo en lo que
debería creer, si no quería ser infiel a mi progenitor y a las confianzas que
en mí se habían concitado. Una gran losa había caído sobre mis exánimes
espaldas, pero, al mismo tiempo, la aureola dorada del máximo poder estaba a
punto de encajar en torno a mi ofuscada cabeza como diadema de brillos
seductores.
Tras el periodo más confuso de mi
vida, durante el que requerí muchas explicaciones y un esfuerzo profundo de
reflexión para poder restituir a su lugar las múltiples teselas descolocadas
del mosaico de mi pasada vida, entré en un estado de caos interior. Mis débiles
creencias me hicieron presa de un largo desvarío que hizo temer a quienes
debían instruirme que su plan no
tendría futuro, pues yo no era aquella persona capaz y deseada. Para aquella
misión era precisa una fortaleza mental de la cual, a todas luces, yo adolecía
casi completamente.
Tal vez lo más
significativo, tras mi perplejidad inicial, fue el profundo miedo que me
atenazó. Mi contacto permanente con un entorno más o menos cercano al clero y a
la corte me había hecho saber demasiado de astucias, maldades y acechanzas. De
un día al siguiente, mi vida había pasado de la apacibilidad y la desprevención
a la cautela máxima, la responsabilidad más absoluta, y la exigencia más
imperativa. Aquel era un mal sueño que, sin embargo, pervivía y se hacía
imperiosa realidad cuando me despertaba.
A partir de entonces,
mi aprendizaje se hizo obsesivo. Sabía que todo cuanto conociera sería
insuficiente para el nuevo estado que debía asumir. Debía dominar muchas más
cosas. Pero, sobre todo, debía ser capaz de dar respuesta a cuanto pudiera
interpelárseme. Siempre había visto el poder como algo remoto e intangible, y
ahora parecía ir aproximándose a mí para mancharme y rebosarme las manos. Lo
presentía ya por aquella actitud sumisa y reverente que no dudaban, de forma
para mí irracional, dedicarme cuantos me rodeaban. Ante ellos yo ya era la suma
autoridad; el intocable. Pronto entendí que todo aquello no era el exponente de
una pleitesía amorfa y gratuita, sino la manifestación que daba sentido y
sustentaba sus propias posiciones. Entendí cómo las mentiras no se tejen nunca
con hilos solitarios sino con enmarañadas urdimbres que se hacen sumamente
resistentes a través de sus cruces, nudos y, hasta, buscados o fortuitos
enredos. También por cómo, a partir de entonces, se cuidaba de mi salud y mi
seguridad. Mi nuevo maestro jamás se permitía no estar en mi presencia. Hasta
mi descanso diario tenía lugar en un aposento a cuya puerta él tendía su lecho
en cada anochecer. Y, ni siquiera, mi higiene diaria cursaba sin vigía.
Pero, ante todas mis
dudas y preguntas, las más intrincadas y áridas de comprender fueron aquellas
que tenían raíz y referente con mi íntima relación con Merit. También aquello
había sido medido y calculado. A ella le
había correspondido mi adiestramiento en el terreno movedizo del sexo y el
afecto. En un principio, creí que no podría soportar tan inhumana afrenta y tan
brutal y cruda humillación. Siempre había sabido del extraño modo en que la
cantora del templo se había comportado conmigo en los momentos íntimos. Nunca
había dudado yo de que su afecto había sido dubio y abismal, aunque, de otro
modo, exquisito y pletórico. Pero llegar a saber que todo aquello se había
reducido a un mero ejercicio de adiestramiento, a una lección dictada y
recibida, me llenaba de congoja y de ira. Y juro que tardé mucho tiempo en recomponer
y situar el mapa precioso de su afecto.
Escuchó
Manuel con sequedad la advertencia que le estaba trasmitiendo el reseco rector.
De pronto, aquel ser erecto y riguroso le pareció a él hecho de puro
cartón-piedra. Bajo ningún concepto se permitiría que dentro de la casa
volvieran a verse el muchacho y aquella catequista. Aquello debería quedar rigurosamente descartado;
bastante escandaloso había sido ya todo lo sucedido.
El cura lo escuchó firme como un soldado, sin hacer un
mal gesto, pero sin prestarle ni puñetero caso. Ni siquiera asintió con la voz
o la testa. Se dio la vuelta y se puso a sus cosas dentro de la garita. Así es
que el otro se marchó contrariado y confuso, sin saber si se había enterado
aquel vejestorio tozudo que, últimamente, se mostraba tan raro.
Sentado ya en su jaula, dio el cura en pensar. Y pensó
que una sociedad que en cualquier circunstancia despreciaba a sus hijos, o
estaba enferma o era deleznable. Ninguna razón podía avalar el repudio de un
hijo. Porque la vida cuando emergía era esplendente y pura en todos los
supuestos.
Jamás había entendido y aceptado lo de la culpa original
y el bautismo inherente, que afirmaba la iglesia que purificaba. Desde sus
cortas luces, no podía admitir que un ser humano viniera a este mundo con una
sombra o mácula. Una vez más, “la avarienta opresora” quería afianzar su brutal
autocracia desde el mismo umbral de la existencia humana. Hacer sentir impuro y
miserable al nato para, acto seguido, ofrecer una mediación y un perdón,
solamente en sus manos, era una ignominia. Era así como se dejaba vinculado al
indigente, absuelto por una deuda de gratitud inmensa que lo fidelizaba preso
de los temores. Y luego todo lo subsiguiente del limbo de los justos y demás
zarandajas. ¡Protervos embusteros! Él no era de ésos; ya no era de ésos. Y sin
saber por qué, se santiguó y en un íntimo acto, espontáneo y sencillo, solicitó
clemencia y rezó un padrenuestro, que era la única oración que seguía
entonando.
Mis años de aprendizaje me
llevaron a recorrer los enclaves de Jericó, Megiddo, Tiro, Sidón, Biblos y,
hasta, Ras Shamra‑Ugarit, al sur del Sapanu; el monte dedicado a Baal, y cerca
del cauce del Orontes.
Aquellas zonas de bosques muy extensos, de maderas
preciosas, eran punto de encuentro de las caravanas. Allí confluían los
saberes, las noticias, y cuanto el mundo del comercio podía traer desde Nubia
hasta Mesopotamia; desde Palestina a los confines del mundo situado más allá de
las tierras hititas. El rey Niqmadu II se resistía a un protectorado por parte
del vecino y rival reino de Amurru, en el que el arrogante Shubiluiliuma
amenazaba de forma permanente con imponerle tributo e inicuo vasallaje. No
obstante, y pese a la complejidad política, el reinado de Niqmadu II, hijo de
Ammishtamru I, era muy admirable desde el punto de vista cultural. Las
múltiples obras arquitectónicas, como las que se llevaban a cabo en su real
palacio, y la intensa vida literaria, recopilando grandes textos mitológicos,
la situaban al frente de los emporios más nobles junto al mar que llamamos Gran
Verde.
Jericó es como una
isla verde en medio del desierto. Se halla enclavada en la parte sur del valle
del Jordán. Sé que es la ciudad más antigua del mundo. Su muralla de tierra
lisa revocada de fango ciñe celosamente todo su contorno como una corona
vetusta que ennoblece su frente. En ella conocí cuanto el saber remoto puede
aportar a un hombre que se acerca a él con el deseo intenso de acariciarlo
todo.
“La orden luminosa de
Atón” estaba implantada por aquellas tierras con una sólida y definida
estructura, secreta y militante. Como suele ocurrir, junto a los acéfalos
líderes que gestan y paren las ideas a sabiendas de su amañada raíz, se
arremolinaban humildes y fieles seguidores que basaban su creencia en sencillos
retazos de razón, en cálidas y auténticas bondades, y, sobre todo, en un deseo
ciego y muy sincero de que aquello en lo que fiaban fuera en todo verdad, y les
salvase. Por eso allí, entre los seguidores, la nueva religión tenía esa
inquebrantable fortaleza que amalgama a quienes se sienten minoría en posesión
absoluta de la verdad eterna. El silencio y la clandestinidad habían hecho que
la lealtad entre todos sus miembros fuera probada y valorada. La estructura
jerárquica era minuciosa y nadie osaba discrepar lo más mínimo del criterio o
la magistratura de quienes habían sido establecidos como próceres de la nueva
creencia. Atón, en todas sus advocaciones, refulgía sobre sus cabezas y sus corazones, y ni una sola fisura resquebrajaba el monolítico pedernal de
su convencimiento.
Me acerqué a todo
aquello como se acerca un hombre sano al lecho de un ser mordido por la peste.
Mi corazón clamaba abominaciones contra toda deidad, fuera cual fuera su
aspecto o la base teológica que la sustentara. Mi encuentro cara a cara con la
muerte y la putrefacción de la materia, me habían situado abiertamente en la
incredulidad más firme y absoluta. Pero el deseo de no defraudar a quienes con
tanta honestidad habían puesto su fe en mí y en su teísmo, y la memoria de mi
desconocido progenitor, me condujeron a dar los primeros pasos entre aquel velo
de impostadas creencias. ¿Cómo podía yo defraudar a aquéllos que vivían
suspendidos de aquella confianza? Y, sobre todo ¿qué podía yo ofrecer que
calmara su espíritu y donara razón al curso de sus días y al sueño tras su
muerte? La imposibilidad de poder responderme ante estas preguntas me hizo
seguir caminando por un sendero que yo no sabía a dónde podría conducirnos a
todos.
Llegado
hasta allí, a Manuel comenzó a faltarle el respiro. Era una sensación
completamente física, pero que también se hundía en su alma a la vez que en su
estructura humana. Aquel singular libro había convertido su existencia en todo
un despropósito patético y absurdo. Tras toda una vida de mordaza y creencia, a
él ya no le vinculaba nada a aquella denigrada estructura. Pero ¿qué hacer a su
longeva edad? Un sudor frío le acarició la frente. ¿Podía un viejo hacerse un
temerario, desafiar al orden al que pertenecía?
Un día me escapé del cuidado
de mis protectores. Sin manta ni equipaje emprendí mi camino. Y sin ningún tipo
de reserva me empeñé en el estudio y el conocimiento de cuanto me llamaba hacia
sí. Como un errabundo recorrí los pueblos y regiones que se tendieron ante mis
inseguras pisadas. Comí de la caridad y visite cuantos cenáculos se abrían ante
mí, y en los que los prosélitos de algún dios, impartían sus tenaces lecciones,
a veces llenas de miedos y rencor. Me impuse ayunos y trayectos por senderos
polvorientos y tórridos. Ahora sé que un oculto instinto de autodestrucción se
obstinaba y guarecía en mí como una forma digna de desaparecer. Me trasladé
hasta aquellos lugares subrepticios en los que ignotos eremitas vivían su
creencia en la compañía de la miseria material y el rigor solitario de cuevas
escarbadas. Me sumergí en la hambrienta intriga de misterios recónditos, bajo
la impía disciplina de rectos hierofantes. Dormí a la intemperie y conversé con
las dunas, las estrellas errantes, o los escarabajos, en un delirante arrebato
de avarienta locura. Rastreé entre el celaje blanco del amanecer, bramando ante
aquel punto luminoso al que llamamos Sirio, y que cuando se nos oculta nos
lleva al extravío. Necesitaba una respuesta clara para las perennes preguntas,
una solución a los turbios enigmas; una claridad definitiva ante todas mis
dudas, que además ahora se habían agrandado con suma desmesura, pues que se
habían convertido en todas las dudas de la humanidad. Dejé que golpearan una y
otra vez sobre mi mente las palabras que prestaban su voz a los misterios
incógnitos de Osiris. Escarbé en los ínferos del ser, y hollé en su pus, y
acaricié su oro y sus diamantes. Dormí junto al Orontes, en las orillas del
lago Tiberíades, en las ciénagas ingrávidas del mar al que llamamos Muerto.
Busqué la compañía y la confidencialidad de aquellos mercaderes que venían de
las lejanas tierras; de naciones cuyos nombres sonaban a irreales, y que
comerciaban con la sal, el betún y el azufre. Bebí los vinos negros y espesos,
que hacen arder la garganta y gritar al estómago. Y lo hice en compañía de
putas, reos y proscritos. Me alojé como hace un mendigo en las míseras chozas
de los indigentes. Pernocté junto a los enfermos que viven confinados en
subterráneas cámaras; en ollas de terrenos malditos e innombrables. Olí el hedor
de sus pústulas, y soporte el agraz tufo de sus orines, sus bilis y sus
vómitos. Comí el pan que arrojan al paso de los invidentes, y ramoneé para mi
subsistencia, como hacen las bestias, los brotes tiernos de los sicomoros. Me
disputé el sustento con perros y alimañas. Mamé la leche que supuran las
higueras y cactus. Tuve costras y sarnas, y mis ojos se cubrieron de humores
ponzoñosos y amarillas legañas. Toqué la carne flácida y lechosa de las
prostitutas a quienes ya nadie paga, apurando en sus labios ajados y torcidos
una hez despreciable que mitigara mi sed cobarde y póstuma, mi soledad
parásita, y aquel desamparo con el que la vida me había zaherido con ahínco y
con saña. Y lloré entre sus pechos sin que ni ellas mismas oyeran mis sollozos.
Despellejé lagartos, y comí sapos y saltamontes. Sentí el frío hasta que creí
que mis extremidades no me pertenecían. Robé en las viñas y comí carne cruda,
pues la hambruna no me concedía el ínfimo favor de chamuscarla. Y sometí a mi
cuerpo y a mi mente al máximo rigor que mi propio desprecio fue capaz de
inferirles. Y, cuando me sentí ajeno a mi mismo, volví al lugar donde mi huída
había sembrado la tristeza y la desolación en aquellos que tanto habían
anhelado en mí y que ya se cubrían el pelo de cenizas y aullaban por mi muerte
y la de sus espíritus.
Y cuando regresé de aquel viaje perturbador que me había conducido
hasta la misma boca venenosa de Apofis, me instalé en la ciudad de Tiro. Al
parecer de mis dolidos y aspavientosos protectores, aquél era el lugar más
seguro para mi permanencia. Les prometí disciplina y acato. Las excelentes
relaciones políticas y comerciales iniciadas por su rey Abi Milki con
Akhenatón, seguían hermanando fuerte-mente a Tiro con Egipto, en detrimento con
los demás “pueblos del litoral”. Era, además, aquél, el lugar más idóneo para
completar mi proceso de iluminación; mi acercamiento al Maat.
Dispuse entonces de
todo el sosiego necesario para mi purificación, ése que nos aportan el silencio
y la templanza sostenida del cuerpo y sus instintos. Supe entonces que sólo la
soledad es cónyuge del pensamiento indagador, y que lo difícil no era vivir,
sino sobrevivir a lo vivido. Conté con la ayuda inestimable de un hombre venido
de las tierra remotas en las que fluye el Indo. Un hombre sabio que había
atravesado los montes Zagros, y viajado por Susa, Uruk, Nippur, Babilonia, y la
ciudad de Nínive. Conocía, pues, sobradamente a los casitas, los hurritas, los
elamitas, y a aquellos que llamamos babilonios. Nunca me dijo cómo se llamaba.
Prefería que cuantos se dirigían a él le dijeran simplemente “tú”. Hasta tal
grado había decidido desvincularse de todos y de todo. No tenía país, ni
oficio, ni religión, ni familia, ni lugar concreto de reposo. Iba por el mundo
al encuentro de su último día.
De
nuevo detuvo la lectura. ¿Huir? ¿Purificarse? ¿Regresar? Oneh tenía tiempo,
pero ¿y él? Recordó lo leído. El hombre que sólo respondía si le llamaban
“tú”... Siguió leyendo.
Absorbí de sus conocimientos
cuanto un estratega puede ambicionar
para establecer sus planes sobre las pretensiones de los pueblos que componen
su entorno; cuanto un lactante puede succionar del pecho de su madre. Pero
además fue capaz de trasmitirme una apacibilidad más allá de los días y las
horas, más allá de las cosas concretas, más allá de la razón y la palabra. Por
primera vez en mi existencia vislumbré el camino que podía llevarme hasta mi
centro. Fue él, que había viajado durante tantos años y por tantos países, quien definitivamente me enseñó a viajar
hacia mí mismo. Sólo había una razón para vivir: sembrar esperanza en los
demás, y eso aun a costa de nuestra propia controversia y frustración.
¿Entonces la mentira estaba justificada? ¿Era, pues, algo digno mentir a los
congéneres si eso nutría sus cautas esperanzas? La mentira existía, existiría
siempre. Sólo en ella estaba la posibilidad de su auto-destrucción. Nosotros no
éramos más que pobres seres presos a su merced.
El encuentro
inesperado con mi antiguo amigo Ramose, supuso también para mí un trago de
esperanza. Corrí a su encuentro en cuanto un mensajero me trajo noticias de su
residencia. Había tomado mujer y, ésta, le había dado dos hijos en los que se
exhibía con frondosa arrogancia la joven hermosura de su padre que yo
preservaba intacta en mi memoria. Pero su semblante me arrojó de inmediato el
aspecto del mío y el justo transcurrir del tiempo en nuestras vidas. Cuánto
habíamos envejecido ambos... Miré su cara y contemplé sus manos largamente,
tratando de encontrar en su piel el surco dejado por aquellos días que habíamos
vivido juntos. Y, a mi cabeza, vinieron miles de recuerdos, a la vez que en mi
corazón se posaban, cual pavesas serosas, hermosas sensaciones de un pasado que
ahora me parecía ingrávido y precioso. En verdad, mi corazón sabía guardar con
extraña cautela los afectos dormidos, y servírmelos de una forma sorprendente
cuando era llegado el momento oportuno.
Hable con él durante
muchas tardes y le confié mis íntimos secretos. Juntos vimos ponerse el sol y
clarear el alba. Fue, precisamente él, mi conciencia y mi juez, pues supo hacer
suya mi responsabilidad, y ofrecerme un juicio valiente y sin escrúpulos.
Bebimos vino tirio y comimos dátiles amargos, y nos abrimos el corazón el uno
al otro con la esplendidez con que se entrega el jugo de una fruta madura a una
boca que la muerde con delicia y deleite.
A lo largo de los
catorce años que duró el periodo de mi aprendizaje no hice sino ejercitarme en
la sencilla tarea de la meditación, y tener largas reflexiones con Ramose. Todo
lo demás sobre el conocimiento religioso, en cuya trasmisión se afanaban mis
instructores, resultaba, para mí, inerte y secundario. ¿Qué importancia podían
tener los dioses? ¿Qué más daba el destino final de nuestro cuerpo? Lo
fundamental no era más que vivir intensamente cada instante; soportar el
pálpito diario bajo la íntima sensación del propio encuentro; de la propia
mirada. Sólo había un Dios, y ese hundía sus caminos en mi alma. Ésa era la
única realidad eterna y valiosa.
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