SIETE
Pero volvamos a decorados de tiempos más cercanos, de jirones más
próximos, de desgarros más tiernos. Volvamos y observemos.
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Una vez más, como otras muchas veces, le pareció que el
cielo se aliaba con él y se predisponía en su favor para hacer fidelidad y
amparo a su quebrado ánimo. Llovió. Llovió. Llovió de día y noche. Llovió con
desconsuelo, con desgana, con tristeza y sosiego; con hastío y con furia. Lo
hizo mansamente, pero sin concesión de tregua ni desánimo. A ratos una lluvia
filtrada, como polvo muy fino, casi invisible, pero en otras ocasiones tenaz,
feroz e incontinente.
El invierno ya había
sido especialmente húmedo. Y la primavera pareció, en un principio, que quería
arrancar anticipadamente con lumbrosa vehemencia, por lo que hacía acopio de
las aguas vivíficas. Así pues, sin previo aviso, la luz se presentó exultante y
brutal. Pero, extrañamente, apenas llegó el miércoles que llaman de Ceniza,
todo se tornó grisáceo y cavernoso, acorde a los días de turbación y culpa que
tal fecha proclama. Y los tempranos aleteos de aquella claridad, que tan
brillante y prematuramente habían exhibido sus
lustres y renuevos, fueron, vorazmente, tragados por los cuarenta y seis
días de la más tenebrosa cuaresma que en El Canchal recuerden. Sólo el domingo
de Resurrección volvió a comparecer el sol, aunque lo hiciera muy tímidamente,
como si él tampoco creyera plenamente en el insigne milagro que proclama el
retorno de Xto. a la vida tangible en que bregan los hombres.
Para aquellas calendas
ya tenía don Manuel hecho el baúl y amarrada la soga para que no se abriera, y
ya estaba acomodada la Emilia en un destino digno, aunque todo se le volviera a
ella llorar y sollozar, ahogada en hipo incontinente e inmortal desconsuelo.
El cura soltó a la
feligresía la noticia como quien pega un escopetazo de posta y a traición; a
puro bocajarro. Lo hizo a dolor vivo, sin andarse con dimes ni rebuscar
diretes. Lo hizo aquella misma tarde que volvió de la audiencia. Se la espetó
al final del rosario, mientras estaban aún las letanías calientes. Lo dijo
cuando daban las nueve puntuales en aquel reloj con sones caldereros que
miraba, infinito, con su ojo redondo de juez o magistrado, desde el lugar más
señero de la alta espadaña. Aquel reloj caduco que aspergeaba tonos desabridos
y apáticos sobre aquel entorno misérrimo y recóndito de rural serranía. Primero
les fue pasando lista mentalmente, entre avemaría y avemaría, para inventariar
la asistencia de todos. Y como el resultado de la cuenta le arrojó veintitrés,
que era justo el número de los que proclamaba el censo de su feligresía, no lo
dudó un instante. Y se lo dijo muy alto y muy claro para que lo escuchara
incluso la señora Ramona, que era la más remisa de oído de la aldea. Lo hizo
tras consumir con regla todos los Kyrie eleison, los Christe eleison, los ora
pro nobis y los Agnus Dei, qui tollis percata mundi, más los rezos por todos
los santos, por todos los difuntos, y por las intenciones del Sagrado
Pontífice. Él, de Su Santidad, jamás se olvidaba, porque eso al pueblo le deleitaba mucho y aportaba prestancia. Y no
porque él le tuviera un afecto especial, sino por el cabal voto de obediencia
con el que se sentía vinculado a la jerarquía, incluso a la romana.
Había notado que
aquella tarde todos contestaban al rezo con la misma querencia monótona de
siempre, pero con un añadido matiz inquisitivo. Sabía distinguir bien ese
clandestino tufillo de ansia mezucona, con ese mismo fino olfato con el que el
galgo de tío Restituto pillaba los vientos a la caza, incluso a la de pluma.
Así pues, terminado el rezo en todas sus costuras, direcciones y orillas, y
como viera que nadie se movía de su banco o su reclinatorio, se volvió
nuevamente al sitial. Una sillona tuerta y desfondada que, sin embargo, tenía
un aire regio en dimensión y facha, y que por eso él la había puesto en el
presbiterio, para aquellos momentos que clamaran acordes un poco más solemnes.
Lo hizo con suma parsimonia, como lo hacía los días de servicio mayor o de
magra efemérides. Como se lo había visto hacer a los obispos cuando presidían en las
confirmaciones. Sí. Se sentó con boato y se arrellanó como si quisiera
aplastar, aposta, los cojines que la tía Saturia había rellenado con lanilla de
oveja esponjada a mano. Luego los miró fijamente con ojos llameantes de
centellas divinas. “¿Qué? ¿Esperando?” Y dejó que el silencio fuera llenando
todo el espacio abovedado del templo como una nube hinchada y cenicienta de
ésas que abundan en veranos traidores.
Ahora
le cedo el verbo al actor principal, para que él os lo cuente con énfasis
propicio y al modo que él estime. De justicia es dejar que cada uno grite su
propia peripecia.
Sí.
En un instante, fue como si se me recompusiera de repente el ánimo. Había estado
yo la tarde entera dando tumbos de lerdo por las alcobas de mi propia cabeza.
Porque hay veces que uno es para uno un total extranjero, y en propia casa se
anda lo mismo que si se fuera un huésped o se estuviera manco o con las ancas
tronchas. Pero fue como si el rezo de los misterios del rosario (que aquel día
terciaron dolorosos: La Providencia es sabia) me limpiara de herrumbres y
espesuras, y me rectificara y reparara, de súbito, el arrojo. Recuerdo que me
arrellané en aquel estrado que pronto ya no sería ni tan siquiera mío. En la
penumbra, la gran nave del templo se perdía, haciéndose a la vez infinita y
minúscula; desconocida e íntima. La piedra y los espacios son lo que uno quiere
y necesita para cada momento; más tarde lo he sabido. Para rezar el rosario
sólo se encendían las luces de adelante, y allí se agazapaba la feligresía como
una mancha oscura de escaso movimiento; un puñado de moscas libando aplicadas
en un charco de almíbar tembloroso y escaso. Un poco más atrás, entre el
claroscuro, se iban engullendo el vía crucis, el confesionario, los bancos
posteriores y los reclinatorios. Ésos que algunas recelosas tenían atados con
candado y cadena a la reja del fondo. De la pila de cristianar ya sólo se
adivinaba la enorme panza de granito sesteando detrás de los forjados hierros.
Y es que, una reja, siempre ha sido una reja; una separación; un detente: un
oculto.
Miré el lugar y sentí
en mí, vano e irreverente, igual desolación que la que se le sabe a Cristo en
su Getsemaní en aquella noche (que creen o se inventan) de lágrimas y sudores
de sangre. Pues, en aquel proceso en el que estaba preso, yo carecía de jueces,
de culpas, de acusadores e, incluso, de testigos; y de toda esa parafernalia
que anima y enjaeza los procesos penales y los alivia un poco. Lo mío no era
nada. Sólo una decisión que debía acatar y poner punto en boca. Y es que cuando
el dolor no cuenta ni siquiera con los trapajos y jaeces que urden los
disfraces de la culpa y la pena, resulta que el dolor se anda en coripatos, y
entonces es más desnudo y más frío; más rudo, y también un poco más canalla.
Así
pues, me hice el valeroso. Eso no hay quien me lo ponga en duda. Tomé esa
actitud que soy capaz de adoptar sólo cuando estoy aterrado y perdido; pura
actitud de fiera acorralada. Y en lugar de confesarles una contrariedad, fui y
les desafié con ella; todo un cinismo del que soy muy consciente, y del que
espero que el Señor, o quien sea, al final
me perdone. “Nada; que me marcho de aquí. ¿No queríais saber lo que me
ha dicho nuestro señor Obispo? Pues eso: que me vaya. Y no me andéis con gaitas
ni quejumbres, y menos con zalamas, que ya nos conocemos. Pan al pan, y al
vino: vino. He estado aquí lo que era menester que yo estuviera. Ahora ya no lo
es. Al menos eso opinan los que saben y mandan. Y vosotros y yo hemos de
obedecer, que para eso no somos ni ilustrísimas, ni eminencias, ni majestades
ni plenipotenciarios. Así que, ya sabéis, me queda entre vosotros lo que dura
la cuaresma y la Semana Santa. El lunes, después de la gloriosa Resurrección de
Cristo (Aquí me santigüé; un poco por respeto y un poco para darme un respiro,
y arremeter de nuevo), vendrá otro para ver de atenderos. No vivirá aquí, pero
enterrará, dirá las misas y hará lo que es de menester y cabal cumplimiento.
Vamos; que estaréis atendidos como es de recibo. Ahora los coches traen y
llevan sin que lo impida nadie. Así que dicho esto, no me andéis con pamplinas
ni lloros subsidiarios. Unos se van y otros les sustituyen. El mundo es así;
bien lo sabéis. Y no vais a armar, a vuestros años, ninguna escandalera, como
soléis hacer cuando alguien se muere o se desgracia un mulo o nos cae un
pedrisco. En tales casos, valga. Ya sabéis que, aunque no me complace, eso os
lo tolero. Pero esto es distinto y aquí no caven dengues ni se tercian
blanduras ni otras memeces cómplices. Y ahora, cada uno a su casa y a afecharse
la boca, que ya sabéis que son poco buenas las murmuraciones, que oscurecen el
alma y dan dureza a esas venas que llaman coronarias.”
De nuevo hablo yo y me voy al relato. A éste pobre incauto le damos un
respiro, pues que no ha sido simple lo que os ha contado. Eso os lo aseguro.
Por
raro que parezca, no hubo ni cloqueos ni murmullos, ni huecos aspavientos. Los
bancos sí se estremecieron como era su vicio en días de humedad o sermón
cataclísmico. Aquellas tablas se habían hecho a quejarse como almas en pena.
Sería la vejez, la carcoma o que, con el paso del tiempo y el manto del
silencio imperante en el templo, ellas también habían logrado aprender a
expresar sentimientos. Y, a ellas, seres inanimados, no les imponía ni tasa ni
silencio el mal humor del cura, o la oportuna necesidad de callarse en los
actos que fraguaban torcidos.
Tras el amén todos se
levantaron. Los pasos de la gente arrastraron su sonido de siempre por las
tablas del suelo, blancas y desgastadas a fuerza de lejía, asperón y amoniaco.
Aquellas otras pobres tablas a las que la Consola, la Benita y la Emilia solían
torturar armadas con sus cepillones de raíz justiciera. Después, cada cual se recogió
en sí mismo, como si el comentario que se imponía en cada uno sólo fuera un
runrún interior y privado, o, a lo sumo, de coro familiar.
Era curioso. Con los
años, había aprendido don Manuel a usar la mala leche como un eficaz mecanismo
de fortalecimiento. Él ocultaba su debilidad entre las entibas de aquel notorio
y conocido agrio carácter suyo, que en realidad no era más que una mera
impostura; casi una pantomima que ninguno creía pero disimulaban. Ese era el
papel que él había adoptado para sí en la representación de aquella comedieta
campestre y bufa, de rito compartido, en que se habían convertido sus
cotidianas vidas. Sólo la Emilia se lo tenía calado y destripado por detrás y
delante, y sabía buscarle con precisión los meandros y vueltas. Y es que, a
diferencia de los demás vecinos, ella lo había visto muchas veces apesadumbrado
e indeciso como una criatura mordida por la incuria. Pero fingía que también a
ella le daba cierto pasmo el ímpetu y el verbo desabrido de aquel cura taimado,
vehemente e inflamable más que la gasolina. Incluso, algunas veces, solía
replicarle: “¡Caray! Es que tiene usted un pronto que para qué las prisas; la
deja a una tiesa y como tiritando.” Ella lo hacía, mayormente, para que el cura
siguiera creyendo a salvo su ruin superchería. Pero en realidad lo tenía calado
y bien calado. ¡Pues faltaría más! “¿Don Manuel?: un cuitado y una ánima
cándida; vamos: un blando,” decíase a sí
misma, cuando reflexionaba.
La Emilia lo trataba
de usted, aun después de haber convivido con él durante los treinta y tres
años, que iban a cumplirse cuando entrara el sofoco del próximo verano. Pero
aquel tratamiento no era sino un puro requilorio; asunto de las formas. Ella
era viuda. Del finado marido, que el cielo le llevó de unas fiebres tercianas
pilladas en la siega, sólo gozó durante siete meses. Pero como, según decía
ella, de joven había sido enseñada a ser mujer exclusiva de uno. Muerto el que
la desvirgó, ya dio por hecho que no le correspondía gozar de ningún otro, y se
encaminó para ser viuda en estado perpetuo. Vamos, que fue como si recobrara la
gracia y la virginidad casi al extraviarla. Al principio se había dedicado al
servicio doméstico: ve ahí, haciendo las limpiezas de año para unas y otras,
jalbegando fachadas por San Pedro, o yendo al río a lavar la ropa de quien se
lo pagaba. Pero eso no le era porvenir ni futuro. Así que vio el cielo abierto
y el maná diluviando cuando, la señora Tarsicia, que atendía al cura a modo de
asistenta, pasó a mejor vida, y, éste, demandó una nueva patrona para que lo
asistiera en casa y de continuo. Enseguida advirtió que don Manuel era un
hombre de ley. Ella era lista, respetuosa y, aunque creía escasamente y a su
modo en santos, milagros y demás zarandajas, no tardó en hacerse con el
gobierno de la casa del párroco, y en tener a su cura más atendido y limpio que
un “sanluisgonzaga”, como decía ella. Y para que no hubiera duda alguna de su
moral, pues que ambos eran casi de una quinta, a él lo situó en la primera
planta, y ella se acomodó en una de las habitaciones que estaba en la parte de
abajo, cuya configuración la completaban el portalón, la gran cocina, la
despensa y la salida al huerto. Jamás hubo ni un solo comentario en el pueblo
sobre el comportar de la Emilia y su cura, ni cuando eran mozos, ni, mucho
menos, ahora que ya se consideraba ella una mujer sin tiempo, sin edad, y sin
merecimientos. A todo había contribuido también el buen tino de llevar siempre
un moño con dos peinas de hueso nacarado, que “el suyo” le regaló en la boda,
de vestir a perpetuo hábito riguroso sin mandil ni pañuelo que lo aliviara con
un toque de gracia. Y, sobre todo, el cuidar de que, en cuanto se oscurecía el
día, hubiera siempre luz en la planta de abajo. Así, cualquiera podía, a través
del ventanal que daba a la calle empedrada, verla en sus trajines de lavadero,
zurcidos, de fogones u ollas, expuesta, igual que en un escaparate, a la mirada
pública. ¡Ah!, y que la casa del cura siempre estaba, de par en par abierta, y
en disposición de que cualquiera entrase lo mismo que se entra a una fonda o se
salta a un prado. Incluso por la noche, sólo se entornaba la puerta. Y eso por
si alguien venía y reclamaba a deshoras un viático urgente.
Aquella cuaresma fue
especialmente dura. A pesar del mandato imperioso del clérigo y del respeto
mudo de la feligresía en la primera noche, el pueblo se rebulló al día
siguiente igual que un basilisco. Se rebulló de modo íntimo, pero se rebulló en
todas direcciones. Lo hizo con sigilo, igual que una culebra que dejara el
letargo o zigzagueara por renovar camisa. Y resultó
imposible que todo lo demás, a su vez, no se conmocionara. Y eso, aunque lo hiciera al ritmo propio de un
lugar de pulso octogenario.
Para don Manuel fueron
cuarenta y seis jornadas de auténtico suplicio. En ellas se acercó más que
nunca a la desazón intuida del Cristo en días de pasión. Nadie se atrevía a
preguntarle ni a hablarle a las claras. Él se había erigido un muro de
refuerzo, y en eso era férreo e inquebrantable como un retén prusiano. Lo hacía
simulando un matiz de franco desamor y agria mala leche; de falta rotunda de
apego y sentimientos. Hasta tal punto era así, que cualquier observador que
hubiera tenido encomendada la labor fría de relatar los hechos, habría
asegurado con rotundidad que aquel hombre estaba deseando abandonar cuanto
antes el pueblo. Y nada más lejos de la realidad.
“¡Pero caray, Emilia! es que no vas
a dejarme de llorar de día ni de noche.” Pero la Emilia no era capaz de
articular palabra, y salía escapando a esconder sus sollozos a otra
dependencia. “A ti lo que te pasa es que crees que se te acaba el momio. Claro,
como te habías hecho a la idea de que yo te enterrara y que hasta aquel día te
tuviera a mi costa... Pues ya lo ves; no te salió la cuenta por el carril
trazado. Para que tú veas que a Dios nadie le escribe la plana de antemano, y
que Él hace y deshace todo lo que le peta y se le viene en gana. No obstante,
yo ya te buscaré en donde acomodarte y dejarte entregada, si es eso lo que te
sobresalta. Y puedes estar segura de que será en sitio acorde y conveniente, si
es eso lo que tanto te asusta y te congoja. Esas son cosas de justicia y de
orden ¿y qué cura iba a ser yo si cumpliera con menos? ” Hasta esos parámetros
de dureza y ruda crueldad podía él llevar su carácter forzado para no perder el
hilo en la comedia. Y todo ello, para que el sentimiento no lo descabalgara y
se rompiera el orden.
La Emilia estuvo lo
menos quince días sin poder enjaretar reflexión o palabra que pudiera
aliviarla. Lloró y relloró hasta quedarse seca. Adelgazó. Por una parte, por la
inapetencia. Por otra, por tantos líquidos como desperdició en llantos,
soponcios y sudores. Era verdad que ella siempre había estado flaca como una
lezna o huso, pero es que ahora llamaba la atención por tanta palidez y famelia
sumadas. Ni por las noches encontraba el sosiego capaz de restaurarla. Se
rebullía en el jergón igual que una sarnosa hasta que se cansaba, y luego
andaba la noche entera de levante, trasteando en la casa, poniendo lamparillas
a los santos (en los que no creía) o, simplemente, daba en dejar libre a su
loca cabeza para que cavilara yendo y viniendo por idos suponeres. Lloraba, se
sonaba cual quien sopla trompetas, rezaba, abría y cerraba alacenas y arcones,
subía a la troje o se bajaba al huerto. “¿A dónde irá ahora esta mujer de Dios?
Mira que encender el farol para ir a estas horas a arrancar una berza,” decía
para sí don Manuel, que, a oscuras, veía el resplandor desde la misma cama, y
oía el arrastrar del cuarterón que daba paso al huerto. Y es que ella
deambulaba lo mismo que si fuera un ánima irredenta que retornara al mundo a
recaudar un débito. “Ésta nos acaba mochales.” Pero tampoco se atrevía a poner
tasa y orden a aquel errabundeo, porque sabía que a la Emilia le daban su
respiro aquellos desarreglos. Ella se hacía a tutiplén tilas y cocciones de
hierbaluisa, tilo y hojas de amapola. Y tan retintas y cargadas hacía las
tisanas, pues recocía los posos para no abundar en gastos excesivos, que venía
a terminar borracha y modorrona, allá por cuando el alba iba ya clareando. Le
fastidiaba que, además, el cura no anduviera a las claras y desplegara con ella
aquella inventada maldad de comedieta, que ella bien sabía que no era más que
mera bufonada y afán de felonía.
Ahora,
démosle la palabra también a los peones, aunque ellos no ladren y sólo
regurgiten. De estos secundarios se nutre también la representación. La Comedia
del Mundo está repleta de ellos.
“Habráse visto, este sujeto
absurdo y mamarracho, No, si cuando yo digo que no hay más que tíos majaretas
perdidos por el mundo, aunque tengan estudios y lleven pelada la sagrada
tonsura -mascullaba-, Se creerá que a mí me asusta el ganarme mi pan con mis
propios reaños, Como si una hubiera
andado la vida entera recibiendo regalos o engolfada en arrimos como las
prostitutas, ¡Ah! ¿Que yo no se lo espeto? Pues como me harte un poco más, voy
y le canto las cuarenta y lo dejo temblando como un pabilo, Éste no me ha visto
todavía a mí con los brazos en jarras, Respeto sí, porque es un hombre y además
es un cura, Pero tonta y que la pisen y pateen a una..., De eso nada, Hasta ahí
podía llegar la broma, Y ya lo he dicho, Como me ponga a hervir las sangres o
me agrie los cuajos, éste se marcha de aquí sabiendo quien es la simple de la
Emilia “la revuelta” (Que era el mote que a ella le decían. Sin saber bien por
qué la habían bautizado con semejante apodo), Y eso para que él lo sepa, Pues
no me trata ahora como si yo fuera un mero animal al que hay que procurar un
cubil donde tenga pitanza y paja nueva, y buscarle un establo en el que
guarecerlo, ¿Eso es lo que le han enseñado cuando estudió para meterse cura? ¿Y
eso es, acaso, lo que manda el catecismo y las leyes de Cristo? ¿¡Qué dices!?
¿Que no me atrevo yo? -se azuzaba a sí misma para darse arrestos-, ¡Estás tú
fresca, Emilia! Pues espera y verás, Una, si es preciso, tiene peor la leche
que las mismitas hienas, Pues digo yo: como no me han servido para amamantar a
criatura alguna, pues las tendré ya amargas y podridas como cuajo de víbora,
Además, a mí qué carajo me importa, como después va a ser con otro con quien yo
me confiese..., Pues eso, No, si hombre tenía que ser él, Y es que son todos
igual de moros, mulos y puñeteros, Aunque en lo íntimo yo sólo haya catado a
uno, y fuera una aún demasiado muchacha para guardar memoria, me basta y sobra
para saber de todos, Menudos días me está dando este cura zopenco, No, si a la
postre, me va a resultar como si tuviera yo hombre y me fuera de ley el
soportarlo a ultranza, Y de eso nada, Que si una no lo ha tenido para asuntos
del gozo y para el cachipego, tampoco va a tenerlo para aguantar y transigir
desdoros.”
Por eso,
un día, cuando ya había llorado todo lo que debía, y cuando don Manuel sacó
nuevamente su artillería de hiriente y destemplado, ella se cuadró ante él y le
sacó las uñas. Y, en incontinente retahíla, le espetó cuantas cosas se le
vinieron, confusas y en tropel, hasta la misma boca. Discutieron ellos como lo
hace cualquier matrimonio en día de ventisca. Eso sí, sin perder las maneras.
La Emilia lo trató en todo momento de usted y con respeto, como era su
costumbre. Y él la siguió aplicando el tú, como era su hábito. Tras la trifulca
todo vino a su ser, y el cura supo que también aquella mujer lo había
descubierto, desarmado y vencido. El cariño y el apego, al igual que la
pegajosa e insistente esperanza, eran siempre un lastre imposible de ser
abandonado. Así que, el cura, agachó la cabeza y aceptó, además del dolor que
ya lo carcomía, también su apariencia y su derrota pública. Y don Manuel ya no fue
más aquél que simulaba. Y, aunque siguió manteniendo el tipo los días
subsiguientes, supo que al menos aquella mujer lo había visto el alma al
descubierto. Y temió que, tal vez, todo el resto del pueblo también lo hubiera
visto en cueros y de frente. Le carcomió el pudor, pues su educación de
seminarista casto no le permitía ni siquiera la desnudez del alma; sin duda
alguna la más indigna de las desnudeces que puedan concebirse.
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