sábado, 1 de marzo de 2014

La visita de Horus




LA VISITA DEL HORUS


***

Tutankhamón vino hasta el taller de Senmut, una vez que la guardia real tomó el trayecto y desalojó de las calles a cuantos animales y tenderetes de los mercaderes las poblaban con su griterío y sus olores acres y sofocantes. No era ni frecuente ni propio que el Horus visitara talleres o viviendas. Ni siquiera de los acaudalados. El gran Visir desaconsejó la iniciativa. Pero el joven rey, caprichoso y nuevamente animado, insistió en su deseo. El Visir transigió con desgana, si bien dio las órdenes oportunas para que la gira se efectuara en el menor tiempo posible, y se hiciera coincidir con una inspección del monarca a los astilleros donde se estaba construyendo una nueva y suntuosa embarcación real. Asunto éste en el que la esposa del rey estaba muy interesada.  

            Tronaron los heraldos a través de sus trompas. Y se advirtió a toda la ciudadanía del tránsito del rey en su litera. Sabido era que, de nuevo, nadie podía mirar al faraón abiertamente.”La hermosa luz de Egipto” no podía ser contemplada cuando se desplazaba a ras de tierra. Y en aquella ocasión no había un podio o un balcón que lo elevase suficientemente para no ser, de ese modo, mancillado. En tales casos, todos estaban obligados a hincarse de hinojos y besar aquel suelo sagrado que hollaban los pies de los diez portadores del real palanquín.  

            La visita fue breve. El visir Eye y Horemheb le acompañaban. La comitiva llegó a la hora Ra. El taller del artesano estaba limpio y ordenado. Nectánico había pasado toda la noche en vela colocando herramientas, regando y barriendo aquel espacio, y tensando la lona listada y el enrejado de caña que servía de cubierta al patio y a las dependencias anejas. Olía a húmedo frescor. Y el aspecto de orden y armonía invitaban al sosiego y a la concentración. Era éste el ambiente en el que se trabajaba siempre en aquel obrador, que parecía estar separado del mundo y sus bullicios por un muro de armonía, invisible pero firme.  

            Apenas entró en él, el dios viviente de Egipto quedó fascinado por un busto magnífico de la reina Nefertiti que estaba sobre un anaquel. Aquella pieza recogía toda la belleza de la que fuera Gran Esposa Real de Akhenatón y madre de su esposa. La perfección magnífica de su óvalo, el dibujo perfilado de sus labios, la mirada misteriosa de la reina... Todo parecía haber sido hurtado a la efímera realidad y reunido allí para perpetuarse eternamente. Tutankhamón avanzó deslumbrado hacia la imagen misma de la majestad; subyugado, una vez más, por el secreto poder de seducción que siempre había ejercido sobre él la preferida de las esposas de su finado padre. Admiró sin ni siquiera parpadear la enorme toca rematada por la diadema y aquel uraeus que prolongaba su frente, dándole a la vez una altivez realmente exquisita. Reparó de inmediato en el magnífico collar de flores que circundaba su cuello, pues era en verdad un alarde único de equilibrado y centelleante colorido. Aquel cuello elegante y esbelto que nunca olvidaría.
            -Quiero que sea para mí. Llevármela ahora mismo a palacio -dijo, sin separar ni un momento la vista de la obra.
            -Señor -se apresuró a decir Senmut sin levantar la vista-, si así lo deseáis, deberíamos finalizarlo antes. Como bien veis, hemos de incrustar aún un cristal de roca, pues le falta uno de sus hermosos iris. Tutmés, mi cuñado, que es su autor, lo hará para vos de inmediato.  

            -No, dejarla así. No quiero que nadie altere esa belleza. Qué importa que su ojo esté vano. La belleza no reside en un ojo, ni en una nariz, ni en la concha perfecta de una oreja. La auténtica belleza es un ave, y los hombres solamente podemos aspirar a que, al sobrevolarnos, nos alcance su sombra. Por eso no quiero que nadie espante ese pájaro que ahora se cierne sobre ella. Cuando algo es tan bello que me impresiona, es que en ello no hay imperfección alguna, aunque a los humanos les parezca que algo aún no está correcto o terminado.  

            Senmut se quedó perplejo al escuchar aquellas palabras salidas de la boca del joven Señor de las Dos Tierras.
            Más tarde, cuando Tutankhamón logró retirar su atención del busto de la reina Nefertiti, reiteró al artesano su deseo de que comenzara enseguida a trabajar para él. A pesar de su corta edad, el muchacho sabía del gran valor de las cosas hermosas. Y desde ahora en adelante él iba a necesitar muchos objetos bellos. Seguramente había que comprar con ellos muchas voluntades enconadas y adversas, y doblegar y hacer dóciles posicionamientos, que él sabía que, aún, le eran abiertamente hostiles. Nada como los regalos y los halagos podían granjear amistades y adeptos. Quería hacerle, pues, numerosos encargos, y necesitaba tenerlo cerca de los talleres reales. Ya era inminente el traslado de la corte a la ciudad de Tebas, y quería probar y determinar personalmente quiénes integrarían el grupo de artesanos que iban a completar su personal cortejo. Por eso, si el trabajo de Senmut era acreedor a sus favores, él sería uno de los seleccionados. Y dirigiéndose a Eye le dio las oportunas órdenes para que le proveyera de cuantos materiales le fueran necesarios para su obra inicial.  

            “Lo primero que deseo es que hagas una silla de trono. Nada hay para un faraón más importante que aquel estrado desde el que ha de dirigir su reino y dictar sus sentencias. Un sitial desde donde la firmeza, la cordura y la habilidad comiencen su camino. Pero quiero que sea tu imaginación y tu habilidad quien la diseñe y ejecute al completo. Ningún aprendiz debe tocarla. Y cuando esté terminada ven a mí y, si el trabajo logra impresionarme, te prometo que te recompensaré como merezcas. Pero has de saber que no me interesan ni las cosas vulgares ni las que pudiera hacerme cualquier otro. Persigue, pues, esa belleza escurridiza que solamente tu puedes apresar. Persíguela y captúrala para mí.”  

            Apenas el faraón se hubo marchado, el barrio entero bulló en torno al taller de Senmut. El dios viviente había estado allí. Todos buscaban saber en qué lugar exacto había posado sus plantas el gran Horus. Y Nectánico, a espaldas de Senmut, ofrecía con gestos revelar las huellas del gran dios a cambio de algún regalo o moneda de cobre. Aquella visita era algo tan extraordinario que todo el mundo quería saber a qué podía deberse y qué le reportaría a aquel hombre hasta ahora anónimo y sencillo. En verdad, aquél era un día afortunado para él, su casa y su familia. Senmut fue tan prudente como solía y no otorgó explicaciones al respecto más allá de aquéllas que sirvieron para mitigar las curiosidades y restablecer el orden alterado.

Todo hombre recibía un encargo en su vida. Tal vez vivir no fuera otra cosa que una misión que el concierto universal encomendaba a cada uno. Quizás, por eso, él había vivido sus años de El Canchal interpretando lo más sinceramente que había podido aquel papel que se le había entregado en el desconcertante reparto. Creía él, por tanto, que la vida de cada ser tenía una parte de ficción y de impostura que había que asumir para no agredir al precario concierto que sustentaba el orden imperante. Pero también sabía que ese papel de actor, que ese rol de escenario, no eximía de la búsqueda sincera y afanosa de la esencia propia. Y en la combinación deleble y exigente a un tiempo, miedosa y atrevida, razonable e incierta, estaba la propia armonía. 
            Con los codos a uno y otro lado del libro, unió sus manos y dejó, sobre ellas, descansar su barbilla. Uno de sus dedos sintió la amable calidez de sus labios húmedos y gastados. Aquella pobre boca que tanto había hablado. Tal vez hubiera llegado el tiempo de callar. Así, perdida la mirada en lo infinito, siguió ensimismado durante un largo rato. 


El trono estuvo hecho a finales del mes de Choyak, casi un año después, cuando ya la estación de Peret, en la que las aguas ya se habían retirado y se efectuaba la siembra, estaba acercándose. Aquel año el período de Ajet había sido esplendoroso. El gran río se había desbordado con tanta generosidad que todos los pronósticos de fertilidad eran esperanzadores. El país entero festejaba ya la abundancia segura, y el optimismo y el ánimo estaban generalizados y en sus más altas cotas. Los nilómetros lucían la rebaba ya seca del agua muy cerca de sus bocas. Y no eran pocos los que iban a asomarse a sus brocales para comprobar emocionados la generosidad de Hapi, el dios proveedor de las crecidas, lo que siempre era una garantía de que el ansiado Maat volvía a presidir sus arduas existencias.  

            El trono real estuvo terminado en un espacio de tiempo que a cualquiera podría resultar imposible creer. Sobre todo dada su laboriosidad y el esmero que obra tan singular debía reclamar. Únicamente el celoso entusiasmo que irradia una obra hecha en plenitud total de inspiración puede dotar al artesano de tal capacidad y grado de enfebrecimiento para que pueda fructificar en un trabajo así.  

            Sin embargo, todo aquello que pudiera parecer un proceso repleto de gozo y satisfacción creadora no comenzó siendo de tal forma. La tarde de aquel día en que Tutankhamón visitó el taller de Senmut fue para el artesano una de las más abrumadoras de su longeva vida. Tras las múltiples visitas de amigos y compañeros, para indagar y felicitarlo por lo que de inconmensurable tenía aquel magno advenimiento, llegó el silencio de la noche y el reencuentro del hombre consigo mismo y su realidad. Tras la azarosa jornada, allí no quedaba ya más que él y su vacío infinito, y la reverberación insistente de las palabras de aquel muchacho rey: “No me interesan ni las cosas vulgares ni las que pudiera hacerme cualquier otro. Persigue la belleza y captúrala para mí.”   

            Gemeni Herimentet supo de inmediato que su marido estaba penando en su intimidad y se limitó a estar en vela a su lado sin proferir palabra. Solamente, después que el gran Atón abandonara el cielo, se separó un momento de él para acarrearle un recipiente con agua fresca para que se lavara, y una escudilla con leche e higos, y un pedazo de pan hecho de la mejor espelta, por si acaso tenía sed o hambre. Luego vino la noche. A lo lejos, un viento suave entregaba su lamento a las dunas. Era como el quejido de un niño asustado. El cielo se tiñó de un azul frío y limpio, como si el celaje también quisiera magnificar con su misterio tanta desolación. La mujer se colgó entonces un collar hecho con cascos de cebolla, oportuno para amansar la ira de  Sokar, el dios funerario que habitaba en la linde del inmenso desierto.  

            Ninguno de los dos hizo ademán de irse a reposar. Entre el sueño y la vigilia que propiciaba la luz mortecina de la lámpara, Gemeni vio cómo un sudor aceitoso bañaba la frente del anciano y cómo cada uno de sus músculos clamaba preso de tensión. ¿Qué le podía propiciar tanta congoja? A su comprensión de mujer ignorante se escapaban aquellas tribulaciones de artista y hombre de creencias que ella no calibraba. Más de una vez se había quedado muda y paralizada ante aquellos trastornos que parecían llevar a su marido a visitar los mundos infernales. Mundos que ella no podía sino imaginar situándose en el umbral descorazonador de la perplejidad. Sin embargo, sabía que el hombre con quien estaba desposada era un ser honorable e íntegro, y un artista legítimo. Un hombre religioso en quien habían calado profundamente los principios de igualdad, libertad y paz que pretendiera el faraón Akhenatón y que el dios Atón simbolizaba.  

            Lentamente llegó Senmut a adoptar aquella decisión. Como una mancha de oscura tinta se va diluyendo con la avenida de un raudal de agua clara, así se fue disolviendo la negrura de su indecisión. A lo largo de las profundas horas de la noche, sentado sobre su estera de papiro, dejó que el viento cálido del desierto escribiera en su desnuda piel el enigmático mensaje que la arena hacía silbar en sus lamentos. Necesitaba que el dios se le manifestase, pues que tenía miedo a asumir lo que debía hacerse. Por fin el tiempo del rigor había recalado. Él sabía lo que debía hacer. Sabía que su propósito era muy arriesgado, pero su espíritu y su corazón le pedían, con esos gritos sordos que solamente cada cual puede oír dentro de sí, que hiciera aquel trono de aquella forma que su alma valientemente le dictaba. Era la primera oportunidad que tenía de trabajar directamente para el gran faraón. La primera vez que se le presentaba la ocasión para que una obra hecha por sus manos traspasara el ciclo terreno de una vida y se convirtiera en mobiliario eterno, en símbolo perenne, en mensaje enclaustrado. Si a Tutankhamón le satisfacía aquel trabajo suyo, además de cumplir su petición, incorporaría el mueble a su ajuar funerario, aquel cuya colección de piezas viajaría con él hasta el más allá, cual tesoro depositado en la antecámara de su tumba sellada por los siglos. Por eso, era preciso acometer la empresa con toda lealtad. Hasta un simple artesano podía y debía gritar a través de su arte toda aquella verdad que habitaba en su alma. Su experiencia en la vida le había enseñado que un hombre puede morir por cualquier causa. La vida era un bien en continuo peligro, sobre todo si se era un esclavo o un ser de la plebe. Por eso, tal vez fuera una dicha morir por expresar libre y abiertamente lo que dicta un corazón inflamado en verdad. Crear era siempre arañar en la mente secreta que sustenta a los dioses.  

            Llegó a una conclusión. Trabajaría en el más absoluto anonimato. Nadie debía ver qué estaba haciendo. Ni siquiera los próximos al rey lo fiscalizarían. Hablaría con el director de investigaciones reales y con el tesorero, y arrancaría de ellos la condición de trabajar de este modo y en su propio taller. Aunque para ello tuvieran que asignarle una escolta que amparara su obra. Para tal empresa él confiaba en la divina protección de Atón,  pues el dios conocía su piedad sin fisuras.  

            Cuando la decisión estuvo al fin tomada se izó sobre sus piernas. En su enjutez cetrina y sarmentosa había ahora algo joven reencarnado. Los huesos de su cuerpo parecieron haberse despertado del sueño amparador de las necrópolis. Una tumefacción extraña les hacía crujir y resentirse, como si sobre ellos hubiera pasado el peso de otra vida completa, adversa y rigurosa. Entonces se dirigió a ella. Abrazó a su mujer en señal de plenitud y sosiego. Y ésta lo recibió con el regocijo de quien recibiera a un viajero amado que viene de muy lejos con todo el sol y el polvo del camino posado entre sus párpados; como a un resucitado que rompiera los sellos y volviera al claror de lo diáfano. Y puede asegurarse, que a partir de aquel día, Senmut entró en un estado de apacibilidad que le acompañó hasta el tiempo remoto del día de su muerte.
           
Una obra arriesgada que tome sus materiales del mundo inescrutable. Un bagaje etéreo para la eternidad. Arañar y arañar en la mente secreta que sustenta a los dioses. Y todo fabricado en el anonimato. En la recámara oculta del silencio interior. Escribir en la lengua personal e inviolable; ésa que sólo puede alguien entender si, a su vez, logra traducirla a su propio lenguaje. El mensaje del alma.
            Siguió pensando...


La silla real hizo palidecer a quienes se habían reunido junto al faraón para juzgarla. Una unánime exclamación invadió la gran sala y abrazó con ademán de ampulosa asfixia las enormes columnas decoradas, cuyos capiteles de lotos y papiros uncidos se perdían allá en lo más alto. Fue como un humo que cerrara las bocas tras infectar el último aire fresco del recinto. Eye miró al rey y vio la incógnita asolando sus ojos y la perplejidad taponando su boca fina y tierna de muchacho aún imberbe. El general Horemheb torció el gesto en una reacción impulsiva y cargada de aquel celo restaurador que ahora parecía embargarlo siempre tan impulsivamente. Únicamente al anciano Meriré, sacerdote depuesto, se le encendió el rostro con un atisbo pérfido de callada venganza. Mientras a la firme y clarividente Ankhesenamón se le vino de inmediato a presente la imagen de su padre, y un punto de felicidad maligna se diluyó en sus ojos como un centelleo de infinita revancha.  Pero al mismo tiempo algo por dentro le horadó un enorme hueco en el estómago que la denunció ante sí misma como culpable de la flagrante injusticia cometida contra la fe de su progenitor. Únicamente Senmut parecía totalmente tranquilo ante aquel desconcierto generalizado que causaba su obra.  

            Había llevado el trono envuelto en una manta. Lo había colocado en medio del gran salón. Y cuando procedió a mostrarlo, inclinó la cabeza como si aquello que allí comparecía no fuera algo salido de sus manos ni concebido por su espíritu y su imaginación, sino obrado por un ser superior ajeno a su persona del que él sólo fuera el mensajero probo; el vil porteador.  

            La hermosa silla resplandecía cual si estuviera dotada de luz propia. Hubo un instante de silencio; el silencio temible que sustenta la densidad del grito contenido. Después el aullido del faraón sonó como si la zarpa de un felino invisible le hubiera desgarrado el pecho, y su dolor trascendiera lo humano y lo divino. Su voz hubiera resultado incomprensible de no ser porque en el ánimo y la mente de todos los presentes se hacía clara e incuestionable aquella reacción. “¡Confinarlo en la cárcel! ¡Llevároslo de aquí! ¡Hacerlo de inmediato! ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡Marcharos también todos! ¡Todos!”  

            Un revuelo de confusión y desorden ocupó al instante la sala, y varios brazos firmes cual tenazas de cobre asieron los brazos relajados y dóciles del artesano, que no opuso la menor resistencia, como si ya esperara el feroz prendimiento. Luego fue una anarquía de pasos y tropiezos, de forcejeos, tirones y violencia, la que se encargó de devolver al lugar una calma sucia y desaliñada, cuando las dos enormes puertas de cobre parecieron obstruir el ultraje. Una calma ahogada y silenciosa, pero a la vez carente de silencio, se apodero de toda la gran sala. La desbordante hermosura del lugar, esplendente y cuajada en brillos y colores, pareció irrespirable. El rey muchacho quedó desconcertado. Únicamente la Esposa real, el faraón y aquel hiriente mueble quedaron en la sala como navíos echados a su suerte en aguas extranjeras. Una acerada ira de animal combativo se concentró en sus ojos de vidrio u obsidiana y arrugó su entrecejo perennemente terso y despejado. Su cuerpo tiritaba. Su respiración era la de quien acabara de hacer un esfuerzo tremendo que le hurtara de equilibrio y cordura. Un terror infinito lo estaba poseyendo.  

            “Es sólo una insolencia, faraón”, se apresuró a decirle Eye, que apareció de nuevo sin hacer ningún ruido como un felino hábil. “No hay que dotar al hecho de mayor trascendencia, mi señor. Destruiremos inmediatamente la deplorable obra. Y, puesto que sabemos que ha sido tallada en la más absoluta reserva, nadie conocerá nunca de su existencia; los sacerdotes jamás se enterarán. El autor y su mujer serán ajusticiados, su taller arrasado. Y todo quedará así sellado y mudo para siempre. ¿A qué, pues, podéis darle importancia?”  

            Pero Tutankhamón no profirió palabra. Su mirada se perdió en el vacío cual si mirara a alguien invisible para el resto del mundo. Alguien que le estuviera hablando clara y directamente. Ankhesenamón hizo un gesto al visir para que se marchara. Luego se aproximó al sitial en el que su esposo se encontraba hundido como si un rayo de hielo le hubiera cercenado, y un frío infinito lo poseyera entero. La reina posó su mano firme y suave sobre el hombro rígido del muchacho asustado. Un rumor de ajorcas de metal dejó en el aire un sonido encantado, y sus perfumes de azafrán y jazmín traspasaron el ámbito. El faraón puso su mejilla sobre la mano de ella buscando el contacto cálido y amable de aquella piel leal y conocida. Como un perrillo que busca una caricia, demandó en silencio una palabra firme. Ankhesenamón habló: “No, mi señor, la muerte no puede ser el pago que vuestra justicia ofrezca a cambio de una obra de arte tan singular.” Tutankhamón detuvo al instante el vagar errabundo de su propia mirada y se puso a escuchar a la mujer que había detenido el trasiego enloquecido de sus razonamientos. Ella siguió hablando: “Mirad la silla. En verdad, jamás he visto algo, a la vez, tan misteriosamente bello y elocuente. Pensad. Solamente un dios puede haberla inspirado. En ella se funde y se concita todo lo que nuestro padre creía y anhelaba; todo lo que un hombre honrado puede querer y anhelar. Es su reencarnación quien nos la envía. Ya habrá modo de ocultarla ante el clero; ante los ojos de los confundidos”.  

            Efectivamente, por sí solo aquel trono dorado había tomado el centro de la sala con tal autoridad que parecía no ser un mueble inanimado. Su brillo refulgía de un modo tan intenso que casi resultaba cegador contemplarlo. Inmóvil y arrogante, perfecto en sus tres dimensiones, y exquisito en su forma, parecía concitar en sí cuanto poder trasmitían aquellas manos radiadas de Atón a su hijo en la tierra. Cuatro patas de felino lo sujetaban firmemente al suelo, y dos cabezas de león, serenas, pero encaradas y dotadas de misteriosos ojos, presidían su frente, paralizando con sus iris a quien las contemplaba. Para ambos brazos, el artista había tallado hermosas serpientes aladas tocadas con las coronas de las Dos Tierras del vasto territorio entregado a su amparo. El fino enrejado entre las patas simbolizaba de forma muy inteligente la unificación de Kemit. Los reales nombres de Horus Tutankhatón y Ankhesenatón habían sido inscritos en los laterales y en el dorso del respaldo, protegidos por altivas serpientes. Era verdad que aquello resultaba un imperdonable desafío al nuevo orden, no ya sólo por la osadía que era devolver al rey y a la reina aquellas denominaciones que habían repudiado, sino porque la forma hermosa en que estaban talladas las convertían en más provocativas e injuriantes aún. Pero además, el mayor pecado estaba en el bello respaldo. El rey aparecía sentado mientras su esposa le untaba con un ungüento perfumado. Y sobre ellos, en toda su grandeza sin rival ni fisuras, Atón les seguía irradiando con todo su nutricio fulgor. La escena estaba flanqueada por dos columnas recubiertas de flores y una banda de uraeus en forma de cornisa. Los collares, las coronas y los reales vestidos no tenían igual. Oro y hedj laminados, cristal opaco de diversos colores, selectas piedras preciosas, cornalina, cerámica esmaltada y calcita translúcida fijada con pasta roja. El artífice había entregado a la pieza todo su saber y su arte; la obra era fastuosa y magnífica. Aquel trabajo irradiaba mesura, sensibilidad y sobre todo inteligencia magna. ¿Pero por qué entonces aquel atrevimiento imprudente que con seguridad iba a serle furiosamente castigado? ¿Acaso aquel súbdito quería desafiar abiertamente y declarar cobardes a todos cuantos habían abandonado al repudiado rey y a su señor Atón?  

            Tras la última comida del día, el rey se fue a su cámara. Caminó hacia ella como camina un animal que hubiera sido apaleado. El extremo agotamiento, después de un día especialmente agónico, le hizo conciliar el sueño de inmediato sin necesidad de que el arpista pudiera prodigarse en sus sonoras artes. Primeramente fue un sueño profundo, cargado de una densidad macilenta y viscosa. Pero a las pocas horas, la vigilia visitó de nuevo al faraón, y sus ojos y su mente se negaron a seguir en la placidez amorfa que otorgaba el descanso. La frente le ardía. Y al pasar el envés de su mano por sus labios, sintió el tacto áspero y reseco de la madera vieja. Se izó Tutankhamón y buscó alivio en un poco de agua, que ingirió con verdadero ansia sin reclamar que el catador real probara su pureza. El servicio de noche, tallado en alabastro, rodó de las manos del rey, ajenas a todo lo que no fuera aquel hiriente y terco pensamiento, y los gatos reales huyeron con pavor, en la certeza de que algo anormal estaba aconteciendo. En efecto, en su cabeza seguía la imagen serena de Senmut y el fulgor de aquel trono dorado, hermoso y terrible al mismo tiempo, que lo desafiaban. Tut se incorporó. En un impulso cargado de intriga y sobresalto se dirigió de nuevo hacia el salón del trono sin reparar en que sus pies descalzos y su cuerpo casi desnudo y aterido transitaban haciendo alarde del sigilo propio de un trasgresor. Sus mismas manos empujaron las pesadas puertas del enorme salón y arrimaron temblorosas una antorcha para poder contemplar nuevamente aquel mueble enigmático. La sede lo miró desde el centro del ágora. Y él percibió que algo en ella musitaba una sonrisa leve de ironía. Era en verdad una obra de arte incomparable y única; exactamente lo que él había encargado. ¿Por qué entonces le producía semejante congoja? Nadie se había atrevido a retirarla de allí. Aquella pieza exhalaba una autoridad latente, cual si un sublime hálito la estuviera ocupando. A su alrededor, a pesar de la marcada belleza de frisos y columnas, todo era desolación miserable y caótica. La cobija en que había estado oculta aquella silla yacía a su lado como un sirviente fiel; como un manto real tirado a la inmundicia. La contempló en silencio sin percibir siquiera que el tiempo transcurría creando entre él y aquel objeto un vínculo de complicidad hermética y profunda. Allí estaba el emblema de un orden nuevo y revolucionario, que, sin embargo, el miedo y la codicia de los hombres había sido incapaz de aceptar y asumir. Luego pareció despertar.  

            No notó cómo ella se situó a su espalda. Sólo se apercibió cuando la reina cobijaba su cuerpo tembloroso con una de sus túnicas púrpuras de lana bien cardada y lo reconducía nuevamente a su lecho como se lleva a un ciego que se ha extraviado.

Tras oficiar la misa para las religiosas, se quitó los ornamentos y decidió quedarse en la capilla. La hermana sacristana le preguntó si deseaba algo. Él sonrió y negó con un gesto. Cuando ella salió, todo se hizo silencio y suavidad. Una luz ámbar entraba por los vitrales altos y bañaba el recinto con calidez armónica. Sentado en un banco, y encogido en sí mismo, volvió a dejar que la mente siguiera su camino:
              “El trono de la verdad” ¿Qué era la verdad? ¿Un mueble delicado que había que presentar bajo el amparo de una manta para que no irritara, y que, una vez expuesto, inevitablemente, provocaba la aversión y la ira? ¿Qué era la verdad? ¿Una bandera incuestionable que alguien enarbolaba, y bajo la cual, aquel que la portaba, se sentía con autoridad suficiente para hacer cuanto se le ocurriera? ¿Existía acaso la universal verdad? ¿Y quién la custodiaba?
            En la oquedad de aquel recinto santo los pensamientos se hacían casi audibles. Trascendían al ámbito interior y, como volutas de un humo irrefrenable subían a lo alto invadiendo nervaduras y bóvedas, aportando, a las figuras presas en las vidrieras, una atmósfera realmente celeste.
            La verdad era un mueble personal sobre el que reposar; una vasija frágil que alguien nos ponía entre las manos. Una pieza de vidrio que había que construir, con la sílice de las arenas propias, a lo largo de una vida afanosa de artesano sumiso. Una obra gestada en el silencio y la armonía del mísero taller del interior de cada uno. La verdad no era nunca una proclama, ni una losa que aplasta a los otros, ni un berrido injurioso, ni mucho menos un cuchillo que siega el cuello de quien no la acepta. La verdad, si es algo más que humo perdido entre las bóvedas del genero humano, es confluencia y encuentro de las muchas verdades que se gestan en la trastienda de cada ser que, con sinceridad, la anhela y la persigue.  


Nunca llegó a preguntar cuántos días permaneció postrado en su cámara, ahogándose en el temblor de una fiebre conminatoria y delirante que lo zarandeaba y absorbía hacia el mundo de Osiris. Pero, cuando se hubo restablecido de aquella enfermedad, supo que una paz infinita descansaba en su alma como un lago escondido entre cañaverales, y que su cuerpo y su mente habían transitado de la niñez a la hombría en aquel denso tiempo.  

            Permaneció Tutankhamón sumido en el silencio durante algunos días más. Se le administró miel y leche espesa de camella. Luego, cuando su ánimo se sintió mesurado, y se restableció en sus funciones, batió las palmas y pidió que trajeran de nuevo a Senmut ante su presencia real.  

            Compareció el hombre con el aspecto de aquél por quien hubieran transcurrido varios años en campo de batalla o en las minas más ruines del duro Sinaí. Ahora parecía alguien que hubiera sido desgajado del profundo lecho de las atroces sombras, en el que ya se hubiera resignado a habitar para siempre, haciendo de la oscuridad su cubil y su lecho. Incluso parecía como si los carceleros hubieran querido arrancar del reo precipitadamente su aceptación de culpa y la atrición consecuente. Era indudable que aquellos zelotes se habían entregado con sanguinaria saña a su brutal tarea.  

            A pesar de las dificultades que el anciano presentaba para enderezarse o poder caminar, el hombre conservaba un porte sereno y apacible. Los golpes en su cara y su escaso pelo alborotado y sucio en nada deslucían su mirada de fuego.  

            Pidió el faraón que los dejaran solos, y luego le ordenó que alzara la vista hasta la suya. El hombre miró al faraón como un hombre mira a otro hombre; sin rubor y sin ira. Efectivamente: en sus ojos anidaba el brillo fulgurante de Maat. Aquella mirada rebosaba orden y equilibrio. Y los valores éticos, la justicia, la cultura y la fuerza creadora eran su resplandor y su claro sustento.   

            Tutankhamón quedó petrificado. Tal vez por eso su voz fue, durante unos segundos, la de un niño que balbuce sus primeras preguntas; una mezcla de curiosidad incitante y terror absoluto ante algo del todo insospechado: “¿Por qué?”  

            Senmut escuchó en silencio y dejó que el silencio envolviera aquella pregunta lanzada al infinito, pues que en ella se compendiaba todo su humilde ser y su existencia, la razón de su vida y la fuerza interior por la cual alentaba su alma cada día. Luego retiró su mirada de la cara del rey. Necesitaba mirar al absoluto interior de su conciencia. Sin reparar en su torpeza, su cuerpo descendió hasta el suelo y se sentó en él como hiciera un perro maltratado, irrespetuoso y ajeno a cuanto lo rodea. Necesitaba sentir el tacto de las losas, el frío acogedor de la materia, la dureza de aquella piedra tan entrañablemente suya. Luego comenzó a hablar. Lo hizo muy lentamente y empleando ese lenguaje íntimo con el que los seres humanos dialogan con la duda cuando su alma se desdobla y les acusa y les defiende en un único ejercicio que pretende separar, infructuosamente, la luz de las tinieblas. Lo hizo como si no fuera al Horus a quien hablara sino directamente a los dulces ojos de su amada Gemeni Herimentet. Su voz fue firme y elocuente.


            “¡Mi dios Atón! Tú has creado la tierra conforme a tu deseo, cuando te encontrabas solo. Tú eres hermoso, grande, resplandeciendo por encima de la tierra. ¡Oh gran disco de vida! Eres tú quien alimenta al niño en el vientre de su madre, que lo tranquilizas para que no llore más, que das el aire para animar todo lo que creas; das el aliento de vida al pollito en el huevo. En cuanto apareces en el horizonte oriental, las tinieblas se disipan, las Dos Tierras están de fiesta; los hombres se despiertan, saltan sobre sus pies... y toda la tierra se pone a trabajar; los árboles y las plantas crecen, los pájaros vuelan, aclamándote con sus alas extendidas; los peces del río saltan hacia ti. Todo aquello que anda, todo aquello que vuela, todo aquello que trepa, todo aquello que nada vive por ti... Tú colocas a cada hombre en su lugar, creando lo que necesita, a todos ellos con sus bienes; sus lenguas hablan de diferentes maneras como diferentes son su aspecto y su piel, ya que tú has diferenciado a los pueblos... y a cada cual das su propia vida.”

            Tutankhamón se levantó de su asiento y se dirigió hacia una ventana. La primera luz ponía una incierta línea de plata a lo lejos, que la arena del desierto tintaba de un rojo suavemente encendido. En verdad el suspiro de Atón unificaba el orbe; clamaba por un monoteísmo y por la abolición de absurdas y farragosas creencias basadas en el terror, el fanatismo y la superstición. Luego se volvió hacia el artesano que seguía humillado en el suelo, ahora ya sumido en el silencio.  

            -Entonces ¿ha sido tu fe quien te ha llevado a efectuar esa obra en la que Atón sigue presidiendo con su luz nuestras vidas?  

            -Sí, mi señor. Un hombre no puede arrancar de su pecho sus creencias ni desconchar con su cincel lo que ha estado tallando durante años en los muros de las capillas funerarias que ahora cobijan los cuerpos de aquellos que fueron sus amigos. Señor, yo no creo que nadie sobreviva a la muerte. Creo sólo en Atón como principio y fin de la existencia; como Señor en cuyas manos está el universo del que nada sabemos y al que pertenecemos como pertenece al desierto cada grano minúsculo de arena. Creo que todo lo demás es invención pretenciosa y mezquina, cuyo último fin es aprisionar la voluntad de los hombres y acaparar poderes.  

            -Pero tú sabes que mi decreto ha sido el de restaurar el culto a Amón y al Panteón Celeste, y que mi decisión es la de que esta ciudad sea abandonada para que la arena del desierto la sepulte para la eternidad.  

            -Se puede vivir aquí o allá; unas ciudades se fundan y otras se abandonan. Construir y destruir es algo que los dioses dejan en manos de los hombres para que se entretengan. Pero la ciudad que se lleva en el corazón es la de cada cual y se debe a su dios interior. Los viajes solamente los efectúan los pies, el alma siempre permanece en el mismo lugar, porque el ámbito profundo no sabe ni entiende de enclaves distintos ni mudanzas. De niño trabajé  como aprendiz de qenu a las órdenes de los arquitectos Suti y Hor en la ciudad de Amón en la construcción del Ipet-Resit, el Harén Meridional, donde se celebra cada año la crecida del río. Fui copero de la mesa de Beki, el jefe del granero real. Y mientras servía su vino mis oídos se iban embriagando del néctar de su fe y su sabiduría. Fue él quien instruyó mi corazón en la moral y en el respeto a Atón. Por su afecto entré luego como servidor en el palacio real de Malqata cuando vos aún no habías descendido de Horus. Conocí la hermosura y el refinamiento de la reina Tiyi, quien por su gran benevolencia, algún tiempo más tarde, me propició un viaje a tierras del Kush. Mi pecho se ha endurecido con el paso del tiempo y el trabajo. Esculpir es orar para la eternidad. Es tarde para ordenarme que talle en mi interior unas nuevas creencias. No creo en otros dioses ni espero en otra vida.  

            La confusión o el temor del joven faraón se habían ido sosegando. Las palabras de aquel anciano le recordaban las de Akhenatón, su padre, y sintió la congoja que le producía saberse reo de aquello a lo que unos y otros le habían obligado. En realidad su voluntad no tenía valor alguno. Un faraón no era sino el resultado de cuanto su tiempo y su deber le iban imponiendo. El clero y su propio provecho, la corte y la defensa de todos sus poderes... De otro lado estaban los enemigos de la patria y su amenaza. Las fuerzas destructoras siempre acechaban desde el exterior.

Y así, todo hombre era un preso en medio de este mundo. Cada cual sólo era una pieza minúscula en el mosaico infinito de la humanidad. Por eso, el lugar a ocupar estaba, indefectiblemente, condicionado por cuantos lo rodeaban y le hacían sitio. Un número sin final de teselas singulares dispuestas a encajar en su lugar preciso. Abandonados y, a la vez, acosados; confinados los unos por los otros. Engarzados y solos. La doble realidad de toda reja: proteger a los de dentro, aislar a los de fuera.
              Manuel apagó la luz y se dispuso al sueño; estaba muy cansado. Recitó el magníficat:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor mi Dios y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava...”

              Un instante después ya estaba dormido.





















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