LA VISITA DEL HORUS
***
Tutankhamón vino
hasta el taller de Senmut, una vez que la guardia real tomó el trayecto y desalojó
de las calles a cuantos animales y tenderetes de los mercaderes las poblaban
con su griterío y sus olores acres y sofocantes. No era ni frecuente ni propio
que el Horus visitara talleres o viviendas. Ni siquiera de los acaudalados. El
gran Visir desaconsejó la iniciativa. Pero el joven rey, caprichoso y
nuevamente animado, insistió en su deseo. El Visir transigió con desgana, si
bien dio las órdenes oportunas para que la gira se efectuara en el menor tiempo
posible, y se hiciera coincidir con una inspección del monarca a los astilleros
donde se estaba construyendo una nueva y suntuosa embarcación real. Asunto éste
en el que la esposa del rey estaba muy interesada.
Tronaron
los heraldos a través de sus trompas. Y se advirtió a toda la ciudadanía del
tránsito del rey en su litera. Sabido era que, de nuevo, nadie podía mirar al
faraón abiertamente.”La hermosa luz de Egipto” no podía ser contemplada cuando
se desplazaba a ras de tierra. Y en aquella ocasión no había un podio o un
balcón que lo elevase suficientemente para no ser, de ese modo, mancillado. En
tales casos, todos estaban obligados a hincarse de hinojos y besar aquel suelo
sagrado que hollaban los pies de los diez portadores del real palanquín.
La visita fue breve. El visir Eye y
Horemheb le acompañaban. La comitiva llegó a la hora Ra. El taller del artesano
estaba limpio y ordenado. Nectánico había pasado toda la noche en vela
colocando herramientas, regando y barriendo aquel espacio, y tensando la lona
listada y el enrejado de caña que servía de cubierta al patio y a las
dependencias anejas. Olía a húmedo frescor. Y el aspecto de orden y armonía
invitaban al sosiego y a la concentración. Era éste el ambiente en el que se
trabajaba siempre en aquel obrador, que parecía estar separado del mundo y sus
bullicios por un muro de armonía, invisible pero firme.
Apenas entró en él,
el dios viviente de Egipto quedó fascinado por un busto magnífico de la reina
Nefertiti que estaba sobre un anaquel. Aquella pieza recogía toda la belleza de
la que fuera Gran Esposa Real de Akhenatón y madre de su esposa. La perfección
magnífica de su óvalo, el dibujo perfilado de sus labios, la mirada misteriosa
de la reina... Todo parecía haber sido hurtado a la efímera realidad y reunido
allí para perpetuarse eternamente. Tutankhamón avanzó
deslumbrado hacia la imagen misma de la majestad; subyugado, una vez más, por
el secreto poder de seducción que siempre había ejercido sobre él la preferida
de las esposas de su finado padre. Admiró sin ni siquiera parpadear la enorme
toca rematada por la diadema y aquel uraeus que prolongaba su frente, dándole a
la vez una altivez realmente exquisita. Reparó de inmediato en el magnífico
collar de flores que circundaba su cuello, pues era en verdad un alarde único
de equilibrado y centelleante colorido. Aquel cuello elegante y esbelto que
nunca olvidaría.
-Quiero
que sea para mí. Llevármela ahora mismo a palacio -dijo, sin separar ni un
momento la vista de la obra.
-Señor
-se apresuró a decir Senmut sin levantar la vista-, si
así lo deseáis, deberíamos finalizarlo antes. Como bien veis, hemos de incrustar
aún un cristal de roca, pues le falta uno de sus hermosos iris. Tutmés, mi
cuñado, que es su autor, lo hará para vos de inmediato.
-No,
dejarla así. No quiero que nadie altere esa belleza. Qué importa que su ojo
esté vano. La belleza no reside en un ojo, ni en una nariz, ni en la concha
perfecta de una oreja. La auténtica belleza es un ave, y los hombres solamente
podemos aspirar a que, al sobrevolarnos, nos alcance su sombra. Por eso no
quiero que nadie espante ese pájaro que ahora se cierne sobre ella. Cuando algo
es tan bello que me impresiona, es que en ello no hay imperfección alguna,
aunque a los humanos les parezca que algo aún no está correcto o terminado.
Senmut
se quedó perplejo al escuchar aquellas palabras salidas de la boca del joven
Señor de las Dos Tierras.
Más tarde, cuando Tutankhamón logró retirar su atención del busto de la
reina Nefertiti, reiteró al artesano su deseo de que comenzara enseguida a
trabajar para él. A pesar de su corta edad, el muchacho sabía del gran valor de
las cosas hermosas. Y desde ahora en adelante él iba a necesitar muchos objetos
bellos. Seguramente había que comprar con ellos muchas voluntades enconadas y
adversas, y doblegar y hacer dóciles posicionamientos, que él sabía que, aún,
le eran abiertamente hostiles. Nada como los regalos y los halagos podían
granjear amistades y adeptos. Quería hacerle, pues, numerosos encargos, y
necesitaba tenerlo cerca de los talleres reales. Ya era inminente el traslado
de la corte a la ciudad de Tebas, y quería probar y determinar personalmente
quiénes integrarían el grupo de artesanos que iban a completar su personal
cortejo. Por eso, si el trabajo de Senmut era acreedor a sus favores, él sería
uno de los seleccionados. Y dirigiéndose a Eye le dio las oportunas órdenes
para que le proveyera de cuantos materiales le fueran necesarios para su obra
inicial.
“Lo
primero que deseo es que hagas una silla de trono. Nada hay para un faraón más
importante que aquel estrado desde el que ha de dirigir su reino y dictar sus
sentencias. Un sitial desde donde la firmeza, la cordura y la habilidad
comiencen su camino. Pero quiero que sea tu imaginación y tu habilidad quien la
diseñe y ejecute al completo. Ningún aprendiz debe tocarla. Y cuando esté
terminada ven a mí y, si el trabajo logra impresionarme, te prometo que te
recompensaré como merezcas. Pero has de saber que no me interesan ni las cosas
vulgares ni las que pudiera hacerme cualquier otro. Persigue, pues, esa belleza
escurridiza que solamente tu puedes apresar. Persíguela y captúrala para mí.”
Apenas
el faraón se hubo marchado, el barrio entero bulló en torno al taller de Senmut. El dios
viviente había estado allí. Todos buscaban saber en qué lugar exacto había
posado sus plantas el gran Horus. Y Nectánico, a espaldas de Senmut, ofrecía
con gestos revelar las huellas del gran dios a cambio de algún regalo o moneda
de cobre. Aquella visita era algo tan extraordinario que todo el mundo quería
saber a qué podía deberse y qué le reportaría a aquel hombre hasta ahora
anónimo y sencillo. En verdad, aquél era un día afortunado para él, su casa y
su familia. Senmut fue tan prudente como solía y no otorgó explicaciones al
respecto más allá de aquéllas que sirvieron para mitigar las curiosidades y
restablecer el orden alterado.
Todo hombre recibía un encargo en su vida. Tal vez vivir no fuera otra
cosa que una misión que el concierto universal encomendaba a cada uno. Quizás,
por eso, él había vivido sus años de El Canchal interpretando lo más
sinceramente que había podido aquel papel que se le había entregado en el
desconcertante reparto. Creía él, por tanto, que la vida de cada ser tenía una
parte de ficción y de impostura que había que asumir para no agredir al
precario concierto que sustentaba el orden imperante. Pero también sabía que ese
papel de actor, que ese rol de escenario, no eximía de la búsqueda sincera y
afanosa de la esencia propia. Y en la combinación deleble y exigente a un
tiempo, miedosa y atrevida, razonable e incierta, estaba la propia armonía.
Con los codos a uno y otro lado del
libro, unió sus manos y dejó, sobre ellas, descansar su barbilla. Uno de sus
dedos sintió la amable calidez de sus labios húmedos y gastados. Aquella pobre
boca que tanto había hablado. Tal vez hubiera llegado el tiempo de callar. Así,
perdida la mirada en lo infinito, siguió ensimismado durante un largo
rato.
El trono
estuvo hecho a finales del mes de Choyak, casi un año después, cuando ya la
estación de Peret, en la que las aguas ya se habían retirado y se efectuaba la
siembra, estaba acercándose. Aquel año el período de Ajet había sido
esplendoroso. El gran río se había desbordado con tanta generosidad que todos
los pronósticos de fertilidad eran esperanzadores. El país entero festejaba ya
la abundancia segura, y el optimismo y el ánimo estaban generalizados y en sus
más altas cotas. Los nilómetros lucían la rebaba ya seca del agua muy cerca de
sus bocas. Y no eran pocos los que iban a asomarse a sus brocales para
comprobar emocionados la generosidad de Hapi, el dios proveedor de las crecidas,
lo que siempre era una garantía de que el ansiado Maat volvía a presidir sus
arduas existencias.
El
trono real estuvo terminado en un espacio de tiempo que a cualquiera podría
resultar imposible creer. Sobre todo dada su laboriosidad y el esmero que obra
tan singular debía reclamar. Únicamente el celoso entusiasmo que irradia una
obra hecha en plenitud total de inspiración puede dotar al artesano de tal
capacidad y grado de enfebrecimiento para que pueda fructificar en un trabajo
así.
Sin
embargo, todo aquello que pudiera parecer un proceso repleto de gozo y
satisfacción creadora no comenzó siendo de tal forma. La tarde de aquel día en
que Tutankhamón visitó el taller de Senmut fue para el artesano una de las más
abrumadoras de su longeva vida. Tras las múltiples visitas de amigos y
compañeros, para indagar y felicitarlo por lo que de inconmensurable tenía
aquel magno advenimiento, llegó el silencio de la noche y el reencuentro del
hombre consigo mismo y su realidad. Tras la azarosa jornada, allí no quedaba ya
más que él y su vacío infinito, y la reverberación insistente de las palabras
de aquel muchacho rey: “No me interesan ni las cosas vulgares ni las que
pudiera hacerme cualquier otro. Persigue la belleza y captúrala para mí.”
Gemeni
Herimentet supo de inmediato que su marido estaba penando en su intimidad y se
limitó a estar en vela a su lado sin proferir palabra. Solamente, después que
el gran Atón abandonara el cielo, se separó un momento de él para acarrearle un
recipiente con agua fresca para que se lavara, y una escudilla con leche e
higos, y un pedazo de pan hecho de la mejor espelta, por si acaso tenía sed o
hambre. Luego vino la noche. A lo lejos, un viento suave entregaba su lamento a
las dunas. Era como el quejido de un niño asustado. El cielo se tiñó de un azul
frío y limpio, como si el celaje también quisiera magnificar con su misterio
tanta desolación. La mujer se colgó entonces un collar hecho con cascos de
cebolla, oportuno para amansar la ira de
Sokar, el dios funerario que habitaba en la linde del inmenso desierto.
Ninguno
de los dos hizo ademán de irse a reposar. Entre el sueño y la vigilia que
propiciaba la luz mortecina de la lámpara, Gemeni vio cómo un sudor aceitoso
bañaba la frente del anciano y cómo cada uno de sus músculos clamaba preso de
tensión. ¿Qué le podía propiciar tanta congoja? A su comprensión de mujer
ignorante se escapaban aquellas tribulaciones de artista y hombre de creencias
que ella no calibraba. Más de una vez se había quedado muda y paralizada ante
aquellos trastornos que parecían llevar a su marido a visitar los mundos
infernales. Mundos que ella no podía sino imaginar situándose en el umbral
descorazonador de la perplejidad. Sin embargo, sabía que el hombre con quien
estaba desposada era un ser honorable e íntegro, y un artista legítimo. Un hombre
religioso en quien habían calado profundamente los principios de igualdad,
libertad y paz que pretendiera el faraón Akhenatón y que el dios Atón
simbolizaba.
Lentamente
llegó Senmut a adoptar aquella decisión. Como una mancha de oscura tinta se va diluyendo
con la avenida de un raudal de agua clara, así se fue disolviendo la negrura de
su indecisión. A lo largo de las profundas horas de la noche, sentado sobre su
estera de papiro, dejó que el viento cálido del desierto escribiera en su
desnuda piel el enigmático mensaje que la arena hacía silbar en sus lamentos.
Necesitaba que el dios se le manifestase, pues que tenía miedo a asumir lo que
debía hacerse. Por fin el tiempo del rigor había recalado. Él sabía lo que
debía hacer. Sabía que su propósito era muy arriesgado, pero su espíritu y su
corazón le pedían, con esos gritos sordos que solamente cada cual puede oír
dentro de sí, que hiciera aquel trono de aquella forma que su alma
valientemente le dictaba. Era la primera oportunidad que tenía de trabajar
directamente para el gran faraón. La primera vez que se le presentaba la
ocasión para que una obra hecha por sus manos traspasara el ciclo terreno de
una vida y se convirtiera en mobiliario eterno, en símbolo perenne, en mensaje
enclaustrado. Si a Tutankhamón le satisfacía aquel trabajo suyo, además de
cumplir su petición, incorporaría el mueble a su ajuar funerario, aquel cuya
colección de piezas viajaría con él hasta el más allá, cual tesoro depositado
en la antecámara de su tumba sellada por los siglos. Por eso, era preciso
acometer la empresa con toda lealtad. Hasta un simple artesano podía y debía
gritar a través de su arte toda aquella verdad que habitaba en su alma. Su
experiencia en la vida le había enseñado que un hombre puede morir por cualquier
causa. La vida era un bien en continuo peligro, sobre todo si se era un esclavo
o un ser de la plebe. Por eso, tal vez fuera una dicha morir por expresar libre
y abiertamente lo que dicta un corazón inflamado en verdad. Crear era siempre
arañar en la mente secreta que sustenta a los dioses.
Llegó
a una conclusión. Trabajaría en el más absoluto anonimato. Nadie debía ver qué
estaba haciendo. Ni siquiera los próximos al rey lo fiscalizarían. Hablaría con
el director de investigaciones reales y con el tesorero, y arrancaría de ellos
la condición de trabajar de este modo y en su propio taller. Aunque para ello
tuvieran que asignarle una escolta que amparara su obra. Para tal empresa él
confiaba en la divina protección de Atón,
pues el dios conocía su piedad sin fisuras.
Cuando
la decisión estuvo al fin tomada se izó sobre sus piernas. En su enjutez
cetrina y sarmentosa había ahora algo joven reencarnado. Los huesos de su
cuerpo parecieron haberse despertado del sueño amparador de las necrópolis. Una
tumefacción extraña les hacía crujir y resentirse, como si sobre ellos hubiera
pasado el peso de otra vida completa, adversa y rigurosa. Entonces se dirigió a
ella. Abrazó a su mujer en señal de plenitud y sosiego. Y ésta lo recibió con
el regocijo de quien recibiera a un viajero amado que viene de muy lejos con
todo el sol y el polvo del camino posado entre sus párpados; como a un
resucitado que rompiera los sellos y volviera al claror de lo diáfano. Y puede
asegurarse, que a partir de aquel día, Senmut entró en un estado de
apacibilidad que le acompañó hasta el tiempo remoto del día de su muerte.
Una obra
arriesgada que tome sus materiales del mundo inescrutable. Un bagaje etéreo
para la eternidad. Arañar y arañar en la mente secreta que sustenta a los
dioses. Y todo fabricado en el anonimato. En la recámara oculta del silencio
interior. Escribir en la lengua personal e inviolable; ésa que sólo puede
alguien entender si, a su vez, logra traducirla a su propio lenguaje. El
mensaje del alma.
Siguió pensando...
La silla real hizo palidecer a quienes se
habían reunido junto al faraón para juzgarla. Una unánime exclamación invadió
la gran sala y abrazó con ademán de ampulosa asfixia las enormes columnas
decoradas, cuyos capiteles de lotos y papiros uncidos se perdían allá en lo más
alto. Fue como un humo que cerrara las bocas tras infectar el último aire
fresco del recinto. Eye miró al rey y vio la incógnita asolando sus ojos y la
perplejidad taponando su boca fina y tierna de muchacho aún imberbe. El general
Horemheb torció el gesto en una reacción impulsiva y cargada de aquel celo
restaurador que ahora parecía embargarlo siempre tan impulsivamente. Únicamente
al anciano Meriré, sacerdote depuesto, se le encendió el rostro con un atisbo
pérfido de callada venganza. Mientras a la firme y clarividente Ankhesenamón se
le vino de inmediato a presente la imagen de su padre, y un punto de felicidad
maligna se diluyó en sus ojos como un centelleo de infinita revancha. Pero al mismo tiempo algo por dentro le
horadó un enorme hueco en el estómago que la denunció ante sí misma como
culpable de la flagrante injusticia cometida contra la fe de su progenitor.
Únicamente Senmut parecía totalmente tranquilo ante aquel desconcierto
generalizado que causaba su obra.
Había
llevado el trono envuelto en una manta. Lo había colocado en medio del gran
salón. Y cuando procedió a mostrarlo, inclinó la cabeza como si aquello que
allí comparecía no fuera algo salido de sus manos ni concebido por su espíritu
y su imaginación, sino obrado por un ser superior ajeno a su persona del que él
sólo fuera el mensajero probo; el vil porteador.
La
hermosa silla resplandecía cual si estuviera dotada de luz propia. Hubo un
instante de silencio; el silencio temible que sustenta la densidad del grito
contenido. Después el aullido del faraón sonó como si la zarpa de un felino
invisible le hubiera desgarrado el pecho, y su dolor trascendiera lo humano y
lo divino. Su voz hubiera resultado incomprensible de no ser porque en el ánimo
y la mente de todos los presentes se hacía clara e incuestionable aquella
reacción. “¡Confinarlo en la cárcel! ¡Llevároslo de aquí! ¡Hacerlo de
inmediato! ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡Marcharos también todos! ¡Todos!”
Un
revuelo de confusión y desorden ocupó al instante la sala, y varios brazos
firmes cual tenazas de cobre asieron los brazos relajados y dóciles del
artesano, que no opuso la menor resistencia, como si ya esperara el feroz
prendimiento. Luego fue una anarquía de pasos y tropiezos, de forcejeos,
tirones y violencia, la que se encargó de devolver al lugar una calma sucia y
desaliñada, cuando las dos enormes puertas de cobre parecieron obstruir el
ultraje. Una calma ahogada y silenciosa, pero a la vez carente de silencio, se
apodero de toda la gran sala.
La desbordante hermosura del lugar, esplendente y cuajada en brillos y colores,
pareció irrespirable. El rey muchacho quedó desconcertado. Únicamente la Esposa
real, el faraón y aquel hiriente mueble quedaron en la sala como navíos echados
a su suerte en aguas extranjeras. Una acerada ira de animal combativo se
concentró en sus ojos de vidrio u obsidiana y arrugó su entrecejo perennemente
terso y despejado. Su cuerpo tiritaba. Su respiración era la de quien acabara
de hacer un esfuerzo tremendo que le hurtara de equilibrio y cordura. Un terror
infinito lo estaba poseyendo.
“Es
sólo una insolencia, faraón”, se apresuró a decirle Eye, que apareció de nuevo
sin hacer ningún ruido como un felino hábil. “No hay que dotar al hecho de
mayor trascendencia, mi señor. Destruiremos inmediatamente la deplorable obra.
Y, puesto que sabemos que ha sido tallada en la más absoluta reserva, nadie
conocerá nunca de su existencia; los sacerdotes jamás se enterarán. El autor y
su mujer serán ajusticiados, su taller arrasado. Y todo quedará así sellado y
mudo para siempre. ¿A qué, pues, podéis darle importancia?”
Pero
Tutankhamón no profirió palabra. Su mirada se perdió en el vacío cual si mirara
a alguien invisible para el resto del mundo. Alguien que le estuviera hablando
clara y directamente. Ankhesenamón hizo un gesto al visir para que se marchara.
Luego se aproximó al sitial en el que su esposo se encontraba hundido como si
un rayo de hielo le hubiera cercenado, y un frío infinito lo poseyera entero.
La reina posó su mano firme y suave sobre el hombro rígido del muchacho
asustado. Un rumor de ajorcas de metal dejó en el aire un sonido encantado, y
sus perfumes de azafrán y jazmín traspasaron el ámbito. El faraón puso su
mejilla sobre la mano de ella buscando el contacto cálido y amable de aquella
piel leal y conocida. Como un perrillo que busca una caricia, demandó en
silencio una palabra firme. Ankhesenamón habló: “No, mi señor, la muerte no
puede ser el pago que vuestra justicia ofrezca a cambio de una obra de arte tan
singular.” Tutankhamón detuvo al instante el vagar errabundo de su propia
mirada y se puso a escuchar a la mujer que había detenido el trasiego
enloquecido de sus razonamientos. Ella siguió hablando: “Mirad la silla. En
verdad, jamás he visto algo, a la vez, tan misteriosamente bello y elocuente.
Pensad. Solamente un dios puede haberla inspirado. En ella se funde y se
concita todo lo que nuestro padre creía y anhelaba; todo lo que un hombre
honrado puede querer y anhelar. Es su reencarnación quien nos la envía. Ya
habrá modo de ocultarla ante el clero; ante los ojos de los confundidos”.
Efectivamente,
por sí solo aquel trono dorado había tomado el centro de la sala con tal
autoridad que parecía no ser un mueble inanimado. Su brillo refulgía de un modo
tan intenso que casi resultaba cegador contemplarlo. Inmóvil y arrogante,
perfecto en sus tres dimensiones, y exquisito en su forma, parecía concitar en
sí cuanto poder trasmitían aquellas manos radiadas de Atón a su hijo en la
tierra. Cuatro patas de felino lo sujetaban firmemente al suelo, y dos cabezas
de león, serenas, pero encaradas y dotadas de misteriosos ojos, presidían su
frente, paralizando con sus iris a quien las contemplaba. Para ambos brazos, el
artista había tallado hermosas serpientes aladas tocadas con las coronas de las
Dos Tierras del vasto territorio entregado a su amparo. El fino enrejado entre
las patas simbolizaba de forma muy inteligente la unificación de Kemit. Los
reales nombres de Horus Tutankhatón y Ankhesenatón habían sido inscritos en los
laterales y en el dorso del respaldo, protegidos por altivas serpientes. Era
verdad que aquello resultaba un imperdonable desafío al nuevo orden, no ya sólo
por la osadía que era devolver al rey y a la reina aquellas denominaciones que
habían repudiado, sino porque la forma hermosa en que estaban talladas las
convertían en más provocativas e injuriantes aún. Pero además, el mayor pecado
estaba en el bello respaldo. El rey aparecía sentado mientras su esposa le
untaba con un ungüento perfumado. Y sobre ellos, en toda su grandeza sin rival
ni fisuras, Atón les seguía irradiando con todo su nutricio fulgor. La escena
estaba flanqueada por dos columnas recubiertas de flores y una banda de uraeus en forma de cornisa. Los
collares, las coronas y los reales vestidos no tenían igual. Oro y hedj laminados, cristal opaco de
diversos colores, selectas piedras preciosas, cornalina, cerámica esmaltada y
calcita translúcida fijada con pasta roja. El artífice había entregado a la
pieza todo su saber y su arte; la obra era fastuosa y magnífica. Aquel trabajo
irradiaba mesura, sensibilidad y sobre todo inteligencia magna. ¿Pero por qué
entonces aquel atrevimiento imprudente que con seguridad iba a serle
furiosamente castigado? ¿Acaso aquel súbdito quería desafiar abiertamente y
declarar cobardes a todos cuantos habían abandonado al repudiado rey y a su
señor Atón?
Tras la última comida del día, el rey se
fue a su cámara. Caminó hacia ella como camina un animal que hubiera sido
apaleado. El extremo agotamiento, después de un día especialmente agónico, le
hizo conciliar el sueño de inmediato sin necesidad de que el arpista pudiera
prodigarse en sus sonoras artes. Primeramente fue un sueño profundo, cargado de
una densidad macilenta y viscosa. Pero a las pocas horas, la vigilia visitó de
nuevo al faraón, y sus ojos y su mente se negaron a seguir en la placidez
amorfa que otorgaba el descanso. La frente le ardía. Y al pasar el envés de su
mano por sus labios, sintió el tacto áspero y reseco de la madera vieja. Se izó
Tutankhamón y buscó alivio en un poco de agua, que ingirió con verdadero ansia
sin reclamar que el catador real probara su pureza. El servicio de noche,
tallado en alabastro, rodó de las manos del rey, ajenas a todo lo que no fuera
aquel hiriente y terco pensamiento, y los gatos reales huyeron con pavor, en la
certeza de que algo anormal estaba aconteciendo. En efecto, en su cabeza seguía
la imagen serena de Senmut y el fulgor de aquel trono dorado, hermoso y
terrible al mismo tiempo, que lo desafiaban. Tut se incorporó. En un impulso
cargado de intriga y sobresalto se dirigió de nuevo hacia el salón del trono
sin reparar en que sus pies descalzos y su cuerpo casi desnudo y aterido
transitaban haciendo alarde del sigilo propio de un trasgresor. Sus mismas
manos empujaron las pesadas puertas del enorme salón y arrimaron temblorosas
una antorcha para poder contemplar nuevamente aquel mueble enigmático. La sede
lo miró desde el centro del ágora. Y él percibió que algo en ella musitaba una
sonrisa leve de ironía. Era en verdad una obra de arte incomparable y única;
exactamente lo que él había encargado. ¿Por qué entonces le producía semejante
congoja? Nadie se había atrevido a retirarla de allí. Aquella pieza exhalaba
una autoridad latente, cual si un sublime hálito la estuviera ocupando. A su
alrededor, a pesar de la marcada belleza de frisos y columnas, todo era desolación
miserable y caótica. La cobija en que había estado oculta aquella silla yacía a
su lado como un sirviente fiel; como un manto real tirado a la inmundicia. La
contempló en silencio sin percibir siquiera que el tiempo transcurría creando
entre él y aquel objeto un vínculo de complicidad hermética y profunda. Allí
estaba el emblema de un orden nuevo y revolucionario, que, sin embargo, el
miedo y la codicia de los hombres había sido incapaz de aceptar y asumir. Luego
pareció despertar.
No
notó cómo ella se situó a su espalda. Sólo se apercibió cuando la reina
cobijaba su cuerpo tembloroso con una de sus túnicas púrpuras de lana bien
cardada y lo reconducía nuevamente a su lecho como se lleva a un ciego que se
ha extraviado.
Tras oficiar
la misa para las religiosas, se quitó los ornamentos y decidió quedarse en la
capilla. La hermana sacristana le preguntó si deseaba algo. Él sonrió y negó
con un gesto. Cuando ella salió, todo se hizo silencio y suavidad. Una luz
ámbar entraba por los vitrales altos y bañaba el recinto con calidez armónica.
Sentado en un banco, y encogido en sí mismo, volvió a dejar que la mente
siguiera su camino:
“El trono de la verdad” ¿Qué era la verdad? ¿Un mueble delicado que
había que presentar bajo el amparo de una manta para que no irritara, y que,
una vez expuesto, inevitablemente, provocaba la aversión y la ira? ¿Qué era la
verdad? ¿Una bandera incuestionable que alguien enarbolaba, y bajo la cual,
aquel que la portaba, se sentía con autoridad suficiente para hacer cuanto se
le ocurriera? ¿Existía acaso la universal verdad? ¿Y quién la custodiaba?
En la oquedad de aquel recinto santo
los pensamientos se hacían casi audibles. Trascendían al ámbito interior y,
como volutas de un humo irrefrenable subían a lo alto invadiendo nervaduras y
bóvedas, aportando, a las figuras presas en las vidrieras, una atmósfera
realmente celeste.
La verdad era un mueble personal
sobre el que reposar; una vasija frágil que alguien nos ponía entre las manos.
Una pieza de vidrio que había que construir, con la sílice de las arenas
propias, a lo largo de una vida afanosa de artesano sumiso. Una obra gestada en
el silencio y la armonía del mísero taller del interior de cada uno. La verdad
no era nunca una proclama, ni una losa que aplasta a los otros, ni un berrido
injurioso, ni mucho menos un cuchillo que siega el cuello de quien no la
acepta. La verdad, si es algo más que humo perdido entre las bóvedas del genero
humano, es confluencia y encuentro de las muchas verdades que se gestan en la
trastienda de cada ser que, con sinceridad, la anhela y la persigue.
Nunca
llegó a preguntar cuántos días permaneció postrado en su cámara, ahogándose en
el temblor de una fiebre conminatoria y delirante que lo zarandeaba y absorbía
hacia el mundo de Osiris. Pero, cuando se hubo restablecido de aquella
enfermedad, supo que una paz infinita descansaba en su alma como un lago
escondido entre cañaverales, y que su cuerpo y su mente habían transitado de la
niñez a la hombría en aquel denso tiempo.
Permaneció
Tutankhamón sumido en el silencio durante algunos días más. Se le administró
miel y leche espesa de camella. Luego, cuando su ánimo se sintió mesurado, y se
restableció en sus funciones, batió las palmas y pidió que trajeran de nuevo a
Senmut ante su presencia real.
Compareció
el hombre con el aspecto de aquél por quien hubieran transcurrido varios años
en campo de batalla o en las minas más ruines del duro Sinaí. Ahora parecía
alguien que hubiera sido desgajado del profundo lecho de las atroces sombras,
en el que ya se hubiera resignado a habitar para siempre, haciendo de la
oscuridad su cubil y su lecho. Incluso parecía como si los carceleros hubieran
querido arrancar del reo precipitadamente su aceptación de culpa y la atrición
consecuente. Era indudable que aquellos zelotes se habían entregado con
sanguinaria saña a su brutal tarea.
A
pesar de las dificultades que el anciano presentaba para enderezarse o poder
caminar, el hombre conservaba un porte sereno y apacible. Los golpes en su cara
y su escaso pelo alborotado y sucio en nada deslucían su mirada de fuego.
Pidió
el faraón que los dejaran solos, y luego le ordenó que alzara la vista hasta la
suya. El hombre miró al faraón como un hombre mira a otro hombre; sin rubor y
sin ira. Efectivamente: en sus ojos anidaba el brillo fulgurante de Maat.
Aquella mirada rebosaba orden y
equilibrio. Y los valores éticos, la justicia, la cultura y la fuerza creadora
eran su resplandor y su claro sustento.
Tutankhamón
quedó petrificado. Tal vez por eso su voz fue, durante unos segundos, la de un
niño que balbuce sus primeras preguntas; una mezcla de curiosidad incitante y
terror absoluto ante algo del todo insospechado: “¿Por qué?”
Senmut
escuchó en silencio y dejó que el silencio envolviera aquella pregunta lanzada
al infinito, pues que en ella se compendiaba todo su humilde ser y su existencia,
la razón de su vida y la fuerza interior por la cual alentaba su alma cada día.
Luego retiró su mirada de la cara del rey. Necesitaba mirar al absoluto
interior de su conciencia. Sin reparar en su torpeza, su cuerpo descendió hasta
el suelo y se sentó en él como hiciera un perro maltratado, irrespetuoso y
ajeno a cuanto lo rodea. Necesitaba sentir el tacto de las losas, el frío
acogedor de la materia, la dureza de aquella piedra tan entrañablemente suya.
Luego comenzó a hablar. Lo hizo muy lentamente y empleando ese lenguaje íntimo
con el que los seres humanos dialogan con la duda cuando su alma se desdobla y
les acusa y les defiende en un único ejercicio que pretende separar,
infructuosamente, la luz de las tinieblas. Lo hizo como si no fuera al Horus a
quien hablara sino directamente a los dulces ojos de su amada Gemeni
Herimentet. Su voz fue firme y elocuente.
“¡Mi dios Atón! Tú has creado la tierra
conforme a tu deseo, cuando te encontrabas solo. Tú eres hermoso, grande,
resplandeciendo por encima de la tierra. ¡Oh gran disco de vida! Eres tú quien
alimenta al niño en el vientre de su madre, que lo tranquilizas para que no
llore más, que das el aire para animar todo lo que creas; das el aliento de
vida al pollito en el huevo. En cuanto apareces en el horizonte oriental, las
tinieblas se disipan, las Dos Tierras están de fiesta; los hombres se
despiertan, saltan sobre sus pies... y toda la tierra se pone a trabajar; los
árboles y las plantas crecen, los pájaros vuelan, aclamándote con sus alas
extendidas; los peces del río saltan hacia ti. Todo aquello que anda, todo
aquello que vuela, todo aquello que trepa, todo aquello que nada vive por ti...
Tú colocas a cada hombre en su lugar, creando lo que necesita, a todos ellos
con sus bienes; sus lenguas hablan de diferentes maneras como diferentes son su
aspecto y su piel, ya que tú has diferenciado a los pueblos... y a cada cual
das su propia vida.”
Tutankhamón
se levantó de su asiento y se dirigió hacia una ventana. La primera luz ponía
una incierta línea de plata a lo lejos, que la arena del desierto tintaba de un
rojo suavemente encendido. En verdad el suspiro de Atón unificaba el orbe;
clamaba por un monoteísmo y por la abolición de absurdas y farragosas creencias
basadas en el terror, el fanatismo y la superstición. Luego se volvió hacia el
artesano que seguía humillado en el suelo, ahora ya sumido en el silencio.
-Entonces
¿ha sido tu fe quien te ha llevado a efectuar esa obra en la que Atón sigue
presidiendo con su luz nuestras vidas?
-Sí,
mi señor. Un hombre no puede arrancar de su pecho sus creencias ni desconchar
con su cincel lo que ha estado tallando durante años en los muros de las
capillas funerarias que ahora cobijan los cuerpos de aquellos que fueron sus
amigos. Señor, yo no creo que nadie sobreviva a la muerte. Creo sólo en Atón
como principio y fin de la existencia; como Señor en cuyas manos está el
universo del que nada sabemos y al que pertenecemos como pertenece al desierto
cada grano minúsculo de arena. Creo que todo lo demás es invención pretenciosa
y mezquina, cuyo último fin es aprisionar la voluntad de los hombres y acaparar
poderes.
-Pero
tú sabes que mi decreto ha sido el de restaurar el culto a Amón y al Panteón
Celeste, y que mi decisión es la de que esta ciudad sea abandonada para que la
arena del desierto la sepulte para la eternidad.
-Se
puede vivir aquí o allá; unas ciudades se fundan y otras se abandonan.
Construir y destruir es algo que los dioses dejan en manos de los hombres para
que se entretengan. Pero la ciudad que se lleva en el corazón es la de cada
cual y se debe a su dios interior. Los viajes solamente los efectúan los pies,
el alma siempre permanece en el mismo lugar, porque el ámbito profundo no sabe
ni entiende de enclaves distintos ni mudanzas. De niño trabajé como aprendiz de qenu a las órdenes de los arquitectos Suti y Hor en la ciudad de
Amón en la construcción del Ipet-Resit, el Harén Meridional, donde se celebra
cada año la crecida del río. Fui copero de la mesa de Beki, el jefe del granero
real. Y mientras servía su vino mis oídos se iban embriagando del néctar de su
fe y su sabiduría. Fue él quien instruyó mi corazón en la moral y en el respeto
a Atón. Por su afecto entré luego como servidor en el palacio real de Malqata
cuando vos aún no habías descendido de Horus. Conocí la hermosura y el
refinamiento de la reina Tiyi, quien por su gran benevolencia, algún tiempo más
tarde, me propició un viaje a tierras del Kush. Mi pecho se ha endurecido con
el paso del tiempo y el trabajo. Esculpir es orar para la eternidad. Es tarde
para ordenarme que talle en mi interior unas nuevas creencias. No creo en otros
dioses ni espero en otra vida.
La
confusión o el temor del joven faraón se habían ido sosegando. Las palabras de
aquel anciano le recordaban las de Akhenatón, su padre, y sintió la congoja que
le producía saberse reo de aquello a lo que unos y otros le habían obligado. En
realidad su voluntad no tenía valor alguno. Un faraón no era sino el resultado
de cuanto su tiempo y su deber le iban imponiendo. El clero y su propio
provecho, la corte y la defensa de todos sus poderes... De otro lado estaban
los enemigos de la patria y su amenaza. Las fuerzas destructoras siempre
acechaban desde el exterior.
Y
así, todo hombre era un preso en medio de este mundo. Cada cual sólo era una
pieza minúscula en el mosaico infinito de la humanidad. Por eso, el lugar a
ocupar estaba, indefectiblemente, condicionado por cuantos lo rodeaban y le
hacían sitio. Un número sin final de teselas singulares dispuestas a encajar en
su lugar preciso. Abandonados y, a la vez, acosados; confinados los unos por
los otros. Engarzados y solos. La doble realidad de toda reja: proteger a los
de dentro, aislar a los de fuera.
Manuel apagó la luz y se dispuso al sueño; estaba muy cansado. Recitó
el magníficat:
“Proclama
mi alma la grandeza del Señor mi Dios y se alegra mi espíritu en Dios mi
Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava...”
Un
instante después ya estaba dormido.
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