Contemos lo que ocurre, y gocemos ensartando adjetivos cual cuentas de
colores en un collar magnífico de sueños beréberes.
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Estuvo puntual como un cadete en su primera cita.
Entrar allí era como entrar en una catacumba; el mismo olor a humedad
irredenta, el mismo silencio ampuloso de bóveda, el mismo raquitismo miserable
de luz entumecida. Únicamente un flexo altanero dibujaba su luna llena de
blancor impoluto sobre la destartalada mesa de clasificaciones. Aquella mesa,
que sin incertidumbre, había amparado sobre su tablero, cutre y roñoso, cien
oficios distintos, a juzgar por aquel mapamundi de arañazos y tajos con los que
la vetusta madera estaba señalada. Dos sillones antiguos con brazos renegridos
y sus asientos de terciopelo verde, abollados y fofos, flanqueaban la mesa a
uno y otro lado como dos vigilantes, firmes pero ridículos.
El archivero es un
hombre con armazón de tísico y semblante famélico, de manos transparentes y
huesudas, y ojos sumergidos allá, en un pozo de gafas con fondos sucesivos de
círculos concéntricos. No se sabe si se olvidó de hablar un día ya pretérito o
es que es mudo de cuna o por promesa. El caso es que no articula ni verbo ni
sujeto y menos complementos, o si lo hace es mediante exabruptos fortuitos y
bruscos. En ruin compensación a su terco mutismo, su respiración es sonora y
bastante inquietante, igual que la de un fuelle a punto de quebrarse.
“Ya verá que bien está usted con don
Senén”, le había dicho el obispo en un despliegue generoso de parabienes,
afectos y señales de aliento incontinente.
Él, claro está, nada
se había creído. No porque el obispo le estuviera mintiendo, que sí que era un
trolero, sino porque el obispo nada sabía de qué necesitaba él para estar bien
o mal; ni falta que le hacía.
Ante tal situación, le dije. Y él me
dijo a mí.
“Calma Manuel, que esto pasa
siempre en los primeros días, Ahora todo te es distinto, y el cambio es tan
rotundo, que no es extraño que todo te asuste y te maree, Sí, sí; el primer
día, Sí, Ya verás cómo a la semana que viene lo miras de otro modo, No me andes
con fábulas, Que ya entre nosotros eso no es necesario ¡Caray! qué terco y
cabezorro eres, Pues como para no andar siéndolo entre tanta mudanza ¿Pero tú
te das cuenta de en dónde me han metido? Yo, que estaba acostumbrado al sol y
al aire libre y a andarme todo el día como perro de nadie, Y, además, aquí,
pareja indisoluble con un muerto, que, para más carajo, encima, va y respira,
(Él, a los tacos, siempre les echa mano en los trances difíciles) Pues menuda
alegría que trasmite esta momia taimada y resurrecta, Porque de este señor se
sabe que está vivo porque mueve los labios aunque no se le oiga ni palabra ni
amago”.
Describamos el sitio:
El Archivo episcopal es un lugar funesto con penumbra
de sima, situado en el sótano del mismo palacio donde vive el Obispo. Aquí
están enterrados o puestos a morir en un sahumerio infecto o pudridero regio
(según quiera mirarse) miles y miles de legajos, cartas y documentos; todos
ellos rancios y desahuciados, que el tiempo pulveriza. Son cientos y cientos de
libros parroquiales, venidos de todos los rincones de la diócesis desde el
nacer del tiempo. Aquí conviven volúmenes de cuentas, con los libros de actas,
y con los de registros, que guardan ingentes inscripciones de actos,
donaciones, bodas, nacimientos, confirmaciones y óbitos; truculentos o no: de
cristianos o “moros”. Libros y libros mohosos, manchados por el orín de la
humedad y el tiempo sin fronteras. Compendios recamados con las sales infectas
del sarro y el olvido. También se apilan aquí tomos antiguos de contenido
extraño, cuyas cubiertas, marcadas con un aspa de color encarnado, anuncian
inquietud, o reclaman precaución y reserva. Algunos, de modo más explícito,
están signados por el acusador precinto del “prohibido”, o el lacre cárdeno de
un sello que hace las veces de un candado protervo e intocable. Otros volúmenes
presentan en sus lomos el brochazo morado de la tinta indeleble que puso un censor
que aún parece presente como custodio eterno. Muchos están, incluso, mordidos
en sus páginas con descuido o con ira. La mayoría son ejemplares procedentes de
donados anónimos o sórdidos orígenes. Tal vez provenientes de iglesias ya
olvidadas o de arcanas bibliotecas de cenobio o convento que ya sólo levantan,
ante el sol o ante el viento, sus rotas espadañas. Libros llegados de oscuras
sacristías, de ermitas derruidas, de olvidadas capillas u oratorios secretos,
de los que ya no se guarda ni inscripción ni data que memorie su origen.
Libros, seguramente, entregados por familias de estirpe fastuosa, ahora ya sin
relumbre y con sus apellidos, al fin, vulgarizados. Libros arrebatados a locos
o a íncubos visionarios y tercos, que en sus afanes ciegos de visos quijotescos
quisieron poner en práctica sus lecciones o ideas, nuevas y peligrosas. Tal vez
pertenecientes a cristianos cándidos o menguados de luces, mordidos por las
fauces brutales de la inicua herejía. Todos se apilan por rincones ignotos,
bajo un manto azulado de polvo y arenisca, o entre la gasa inquietante de
densas telarañas. Pues, hasta muchos de ellos, ni siquiera llega un atisbo de
luz, y jamás un hilillo de aire refrescante o benéfico. Pero en este bazar de
Babilonia tétrica existen más tesoros. En algunos lugares también se amontonan
cuadros oscuros con sagrados motivos e imponentes formatos, cuyas figuras
parecen diluirse entre el incienso gris de un tiempo de credos y pavores. Son
como espectros que no se sabe bien si se
van o regresan de entre los pliegues tenebrosos del precario submundo. Hay
relicarios retorcidos entre sus filigranas de brillos casi opacos, tallas de
madera maltrechas, hornacinas doradas con lepras y rozones, varales troceados o
tronchos que antes sujetaron elegantes pendones, esbeltos y dignísimos. Hay
lígnum crucis abangados o mancos, en los que los cristos, foráneos o titulares,
se exhiben mutilados, o fueron arrancados por manos piadosísimas para seguir
honrándolos de manera más íntima como reliquias santas. Hay trozos imprecisos
de retablos barrocos, columnas con racimos de uvas renegridas, capiteles con
sus voluptuosidades de acanto deshojado, angelotes toscos de encarnación
tiznada aunque de perenne sonrisa congelada y estúpida. Santos afeminados de
injuriante escayola. Vírgenes guarecidas con ropajes de saldo y apolilladas
blondas de negror ceniciento. Exvotos de cera u hojalata, trenzas de pelo,
viejos escapularios, restos informes de ajuares de altar o sacristía. Roquetes,
manípulos, albas roídas, capas pluviales bordadas con obstinación y poca
habilidad por monjas fervorosas. Y hasta un túmulo falso para
exhibir tribulación dramática en los días más álgidos de la Semana Santa.
Como bien se verá, más
que un archivo, esto es un almacén hundido en la entraña del mundo; un recinto
ignorado que parece guardar secretos repugnantes o pruebas delatoras de sucesos
terribles. Don Senén lo regenta, lo atiende y lo amamanta desde hace algo más
de dieciocho años. Lo hace igual que si fuera uno de los guerreros inhiestos
del Sián legendario. El mes pasado él cumplió ochenta y siete inviernos, pues
que invernal parece que ha debido ser su existencia completa. Y son, su talante
y su misma figura de hidalgo trasnochado, quienes han logrado que aquí no pulse
el tiempo y todo parezca inquietante, sepulcral o malévolo. Pues, puede
asegurarse que el palpitar del mundo,
hasta aquí, ni cuenta ni penetra. Este archivo ‑su archivo‑ es igual que un
sarcófago de momia sepultada en la arena más tórrida del más seco desierto; un
tasajo de carne incorrupta con apariencia de leño acecinado.
De ese modo, bien
podrá comprenderse que nada ni nadie que pudiera entrar, bajo la bóveda
descrita tan detalladamente, se atreva a alterar el estado del lúgubre recinto.
Tampoco nada, de lo que tiene que salir de aquí, sale, si eso supone remover o
importunar ese sosiego de hipogeo inviolado. El cansancio vital de este don
Senén, su desinterés por el mundo exterior y su terca ceguera, hacen que su
jornada laboral se compendie y resuma en aletargarse sin tiempo establecido y
sin codicia alguna sobre un documento anónimo escogido al albur del azar. Un
documento cualquiera sacado del olvido. Y ello, sin que ni siquiera le azucen
ni un veleidoso interés ni un mórbido capricho. Pero al igual que hacen las hábiles
cigüeñas, que son capaces de inmovilizarse sobre una pata sola sin que ni el
viento ni el azote de lluvia las haga perder el precario equilibrio, él también
es capaz de dormitar sobre un escrito sin relajar el cuello o humillar la
cabeza. Él duerme con los ojos abiertos igual que una lechuza. Da así la
impecable impresión de que lo está leyendo henchido de celo ilustrador o de
interés científico. Y es que poner al día y adecentar esta infinita cripta
sería labor de una pléyade de obreros faraónicos fieles a su señor y azuzados
por el pellizco abrasador del látigo incitante.
Y es, precisamente, aquí donde ha
sido asignado don Manuel por el señor obispo. Ni a él ni a nadie escapa que con
la simple misión de tolerar pacientemente las muy gerontológicas excentricidades
de este cura decrépito, e ir, al mismo tiempo, encauzando las suyas, seguras y
emergentes.
De momento, este
trabajo no lo es para él a jornada completa. Se le ha dicho que venga algún
ratito durante las mañanas. Para las tardes, se le ha sugerido que podría
ocuparse de atender la portería en el Seminario. Después del mediodía, ese
trabajo también suele ser mucho más relajado que lo es a otras horas, lo que lo
hace muy sencillo y cómodo de llevar adelante. Ocupaciones, como se verá, que
pueden propiciar el sosiego de alguien a quien ya se ha situado en zona de
clara intendencia y franca retaguardia. No habrá que explicar que, junto a eso,
también se le han asignado ciertas horas semanales de confesionario, y se le ha
indicado que podría oficiar a diario la misa a la que asisten todas las religiosas que cuidan de la casa. También
esas son misas bajas en cafeína; achicoria tostada que en nada compromete. Y es
que, hablándoles del cielo, las monjas son felices, aunque en la tierra
llueva y caigan chuzos de verdadera punta.
Descansemos un poco. Dejemos que se
exprese, Manuel, en primera persona.
Quizás sea torpe por mi parte tratar de analizar lo que
me ocurre ahora. Uno de mis más acusados defectos siempre fue éste de la
ansiedad; querer ver de inmediato el final de las cosas. Ni siquiera con el
paso del tiempo y el ejercicio en la mortificación y en la penitencia he
avanzado en la virtud que coronó a Job, y lo hizo pináculo cristiano de
imitación fecunda. Desde que llegué aquí, el tiempo se me hace largo y vacío,
cual si las horas no tuvieran consistencia real; como si fueran la entraña de
un dolor o de una ambición que nunca remitiera. Así, los días me parecen
carentes de todo interés, y solamente deseo que venga cuanto antes la noche y
los sepulte. He recordado que esta
amarga sensación la soporté ya cuando era muy niño. Fue durante mis días
de seminarista. Es notable constatar cómo hay actos, sonidos, sensaciones o
aromas que una vez que han sido registrados por nosotros permanecen latentes
para siempre como una cicatriz agarrada a los cueros. Con El Canchal me ocurre
también como me sucedía entonces con mi pueblo y mi madre: no puedo pensar en
él ni recordarlo sin que la congoja me deje desvalido. Si lo hago, me
sobreviene el mismo ahogo y la misma ansiedad que me acometían cuando me
disponía entonces a escribir aquella carta obligatoria, de quince en quince
días. En mi guerra constante contra mis recuerdos y mis amarguras, me paraliza
el hecho de admitir que, pese al paso riguroso del tiempo y a eso que debería
ser mi madurez en él y el dominio de mí, nada he avanzado. En lo íntimo y lo
esencial, aquél que era: ése soy, y, seguro, que ése seguiré siendo. Más vale,
pues, que me acepte y, por tanto, vaya haciéndome a la idea de que he de soportarme
como Dios me ha hecho. Difícil no es vivir sino poder soportar lo ya vivido.
Los mismos miedos, las mismas contenciones; los mismos sentimientos que en mis
primeros años. Hoy he pensado que tal vez, pasados los tiempos de la infancia,
que son los que configuran y dotan una vida, los demás son como un mero paseo
ciego e ilusorio por el mercado seductor de las ofertas y los espejismos; sólo
eso. En ese viaje engañoso de la madurez uno cree comprar, adquirir, aprender,
vestirse de otro modo; modificar su mente, su entraña o, incluso, su figura;
cambiar o perfeccionar sus virtudes y hábitos. Al final, todo ese oropel no es
más que un humo o un tinte que no soportan el desgaste demoledor del tiempo y
su furia inclemente. Un mero cosmético que se borra y se aja con la lluvia y el
viento que azotan a los días. En lo interior, se es el que se es. Y más nos
valiera haber dedicado el tiempo a aceptarnos y a aprender a vivir en paz con
el que somos. Únicamente la imaginación, conocida, alimentada y permitida en sus
justos parámetros, conforta e ilumina una existencia con posibilidades de sumar
esplendores magníficos y mundos ensoñados. Aceptarse y soñar. Pisar el suelo
firme y trascender a la propia estrechez y a la vulgaridad. Sin vanidades, sin
desprecios ni infravaloraciones sobre nada ni nadie. Sin creer, sobre
todo, que se es poseedor de la verdad ni
que se está en un lugar más elevado o claro que quienes nos rodean. Con
humildad, diría, si este término no estuviera ya tan manoseado y tan
desprestigiado por el lerdo abuso de, nosotros, los curas redentores de “todo”.
Y mientras tanto, ir soportando el paso ayermador del tiempo al que nadie
contiene y nadie ralentiza.
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