Retiremos el velo que oculta el horizonte y dejemos
que el nómada sueñe con su partida entre gasas de arena. Es esta una licencia
literaria que se irá comprendiendo cuando avance el relato.
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Entonces ¿tú qué crees? Pues nada; que todo el arsenal
era propiedad de una sola persona, Basarme, no me baso más que en una intuición
y en el hecho de que pensarlo así me aligera y alivia de dudas y de intrigas,
Porque..., vamos a ver: ¿de dónde ha podido venir esa serie de libros? ¿Unos de
aquí y otros de otro sitio...? ¡Qué bah! Estos, todos, pertenecen a un
propietario único, Demasiada unanimidad y demasiada coincidencia en el gusto y
talante, Pero hay allí libros de muy distintas cataduras y de autores dispares,
incluso, de diferentes épocas, Sí, pero hay algo que los unifica; que los pone
a todos en una misma fila, Y además están otros indicios, ¿Cuáles? Verás: Casi
todos tienen un grado similar de envejecimiento, casi todos un trato semejante
por la mano del uso, Y las notas y apuntes que aparecen en ellos, en mayor o
menor profusión, están hechos con la misma plumilla y la misma sustancia que
sustituye a tinta ¡Ah! y el mismo rasgueo caligráfico; lo que es definitivo
¿Estás seguro que en todos existe esa suerte de opiniones, reflexiones y
glosas? En una buena parte, Pero aunque sea así ¿qué misterio o novedad hay en
que alguien tenga sus libros, los lea y marque aquello que le guste o llegue a
interesarle? No, no, nada, Visto de ese modo... y olvidando la historia, Pero
si todo es así de sencillo ¿por qué el propietario no puso en ninguno de ellos
ni su nombre ni su “ex libris”? Verás: Yo creo que se trata de alguien a quien
se vigilaba, ¡Vaya imaginación! Una mente inquieta, que diríamos ahora; la de
un rebelde, un proscrito o un iluminado dado al coleccionismo de libros
peculiares, No olvides que la censura vivió hasta hace poco, Alguien dispuesto
hacia el saber, que sin embargo se encontraba dentro de una comunidad estrecha
y timorata; bajo algún tipo de reprensión intransigente y terca, ¿En un
convento?, Podría ser, O en un grupo social retrogrado y fanático, Valdría,
Vamos, como tú mismo si nadie te hubiera descubierto e impedido tu afición de
inocente lector, cuando estabas en aquel seminario, Hombre, no así,
pero... Bueno, sí, por ejemplo, salvando
las distancias que no valores pocas.
Déjame a mí que siga con la intrigante historia.
Descubrió don Manuel que todas aquellas anotaciones
estaban hechas usando jugo de limón en unos casos y leche de bovino en otros,
como sustitutivo elemental de la tinta. Sabía él que existían muchos modos de
hacer tinta invisible usando como componentes limón, mercurio, e, incluso, un
molido de azufre en la mezcla adecuada. Métodos muy usados allá en la Edad
Media y en tiempos posteriores; siempre cuando la discreción o el peligro
imponían encriptar documentos. Había otros sistemas que consistían en cifrar
los mensajes, en arbitrar seriaciones numeradas y fórmulas que convertían en un
galimatías, informes importantes, cartas comprometidas e, incluso, órdenes
capitales o acuerdos de guerra. Eran, en todo caso, recetas simples de
elaborar, pero difíciles para ser descubiertas. Técnicas útiles en tiempos
arriesgados de intrigas, confabulaciones, complots y amenazas. Sin embargo,
este método era muy cauteloso por su misma simpleza. Nadie buscaba lo que no se
veía, y menos sobre unas páginas que ya tenían texto. Después, la acotación
oculta de ese modo, se hacía evidente con sólo aproximar una fuente de calor o
leer al trasluz. Por eso, su briosa linterna había obrado, de modo fortuito, la
gran revelación.
Así pues, durante infinidad de
noches se dedicó Manuel íntegramente a calentar, centímetro a centímetro y
página por página, cada uno de aquellos cincuenta y tres volúmenes que
constituían aquel retén apasionador y subyugante. En un principio dudó ante tal
decisión. Aquello suponía dejar al descubierto, y a merced de quien tomara
cualquiera de aquellos libros, el secreto que tan celosamente había permanecido
sellado durante tantos años por decisión firme de su incógnito dueño.
Previamente, se planteó la medida en plano de conciencia, y barajó aspectos
tales como el pudor, la fidelidad al secreto y la lealtad a una causa común y
honorabilísima de rango acreditado. Sin duda alguna, aquel anónimo soldado
pertenecía a su misma centuria de credo y militancia. Aquellos apuntes y citas
eran como palabras de un diario dilecto, y merecían un rotundo respeto y un
amparo exhaustivo. Pensando y repensando, llegó a la conclusión de que quien
guarda un secreto de tal envergadura era, sin paliativos, su dueño y su señor.
Y quien lo desvelaba con rufián desbarato se convertía de pronto, como un
violador o un súcubo maldito, en su deudo y su esclavo, y en hombre mal nacido.
Pero, por otra parte ¿qué sentido tenía dejar oculto aquello que tan
providencialmente había aparecido al pie de su camino llamándolo a la intriga?
Todo lo que se escribía estaba destinado a que alguien, tarde o temprano, se
hiciera su lector y lo saboreara. Es más, todo lo que se escribía estaba
destinado a transmitir un mensaje, por arcano, abstracto o cifrado que éste
resultara al ser elaborado. La decisión, pues, estaba así clarísima. Había que
atreverse ¡Ah! eso sí: ideó un modo rudimentario y simple de retornar al
anaquel, tras cada extracción, ese velo de polvo que lo cubría todo, y que don
Senén le había prohibido que fuera alterado. Lo hizo con un bote de talco que
él abanicaba con un mero cartón. Así todo parecía volver a reposar en ese lecho
de tiempo inmemorial que restauraba su burdo camuflaje.
Resuelto tal extremo, calentó página
a página con tacto de encajera. Se sirvió para ello de un infiernillo
eléctrico, pues el tratamiento de tanta y tanta línea, y la demanda de un más
vigoroso venero de calor así se lo impusieron. Enseguida comprobó que no todos
los libros tenían el deseado regalo de las notas. Únicamente en diecisiete de
ellos aparecieron, al fin, aquellas sugerentes e intrigantes señales. Lo que
certificó haciendo escrutinio profundo y a conciencia de todo el escuadrón. Era
en aquellos volúmenes en los que se hablaba de
culturas antiguas y ciencias primitivas, siendo mucho más profusas las
anotaciones en los que se referían a la Mesopotamia y al Egipto lejano, y a
cuestiones del concierto de astros y del orden del cosmos. El diluvio
universal, el paso del mar Rojo, El sepulcro de Cristo. El Arca de la Alianza,
los Evangelios apócrifos, los textos del Mar Muerto, los genios del
Renacimiento, eran citados casi constantemente desde la reflexión, la duda y el
interés más vívido. Aunque también aparecían las perseguidas marcas en
cualquier párrafo de cualquiera de los otros volúmenes que tuviera que ver algo
con las postrimerías, la muerte o la vida llamada “de después”, del “más allá” o
de ultratumba. Quien había hecho tales anotaciones había estado rumiando o
investigando sobre la muerte y el futuro de todo el universo, pero convirtiendo
a la vez todo el misterioso hallazgo en un juego arriesgado de creencias,
opiniones y máximas.
El trabajo
le resultó, en suma, extenuante. Sólo un afán desmedido por averiguar a qué
podía conducirlo todo aquello mantuvo a don Manuel, noche tras noche, dedicado
a tan ardua labor próxima al celo y a la psicopatía de corte obsesivo. Una
compleja y quisquillosa labor de escrutinio más propia del arqueólogo pertinaz
en su causa. No puede negarse que sintió también algún vientecillo de desazón y
de decaimiento ante trabajo tan sumamente penoso e inseguro, que podía resultar
ser simplemente un juego veleidoso; un sainete sin gracia; una broma macabra.
Pero todo se vio recompensado cuando, ante los ojos cansados y perplejos de don
Manuel, apareció una noche a eso de las cinco, orlado y remarcado, lo que
parecía ser una invitación a un festín de manjares aún más raros y nutricios; a
una fiesta de máscaras más suntuosa y placeres más crípticos. Era el nombre de
“Oneh”. Estaba el pictograma enmarcado por toda una suerte de cenefas y
circunvoluciones, de tejidos encajes de grafismos, que, cuando fueron
apareciendo por arte y magia del calor salutífero, vio que atropellaban sin
pudor ni respeto al texto impreso colindante. Y así como en los cuadros arrolla
el resplandor de Dios con su luz cegadora a la corte celeste que lo ensalza y
corola, así aquel nombre nimbado apareció flotando sobre el documento sin
recato o cuidado con porte y poderío de rango apabullantes. Pero, además, es
que aquel nombre no venía a cuento que
pudiera entenderse. Estaba allí anclado como un tesoro extraño y fascinante en
medio de un desierto. Era como si aquel excelso nombre y toda aquella gallarda
y desmesurada labor de pendolista abstruso y barroquísimo, que así lo
engalanaba, pusieran un hito y una marca definitiva en todo aquel misterioso
marasmo de citas, llamadas, reflexiones y máximas. La piedra angular, el ónfalo
o el crucero que signa y garantiza la clave de una ruta; el lugar preciso
dentro del antro venerable en el que tronará la voz del Todopoderoso que todo
nos lo traba y nos lo aclara todo. Además, para más evidencia, junto a ello, una
anotación decía: “He aquí el hombre que regirá en la ruta. Búscalo si quieres
emprenderla. Que la abrasiva inquietud te guíe por tan rudo camino de esperanza
y quimera. Escribiré su historia en el estrecho libro de las páginas ciegas. Y
si tú resultaras mi lector y mi deudo, no dejes de indagar lo que pongo en tus
manos”.
Aquel
hallazgo suspendió la respiración de don Manuel casi hasta el umbral del pasmo.
Siguió durante días aliviando del velo de la invisibilidad al resto de márgenes
y líneas de los ya pocos volúmenes que le quedaban por pasar revisión y
arrimarles candela. Y cuando hubo concluido su labor al completo, entró en una
larga e indescifrable duda. “El libro estrecho de las páginas ciegas” ¿Cuál era
el libro ciego? Esa pregunta se estableció en él como un parásito que lo
llenara e imposibilitara para cualquier trabajo al margen, e, incluso, para
cualquier otro pensamiento en el que demorarse o rebuscar sosiego. El
interrogante estaba en su cabeza de tal modo aferrado que era como si todo su ser
no tuviera otra misión que darle alojamiento y cobijarlo, y hasta cebarlo para
hacerlo más grande. ¿¡El libro estrecho y ciego!? Y tal interpelación rompió,
paralizó y vació de contenido a todos sus otros deseos, afanes y proyectos.
Así pues, como una arraigada
adicción, su mente no pensaba o reparaba ya en otra causa o tema. Y sintió, con
todo el peso ofensivo y humillante del vicio o del absurdo, que su existencia
no podría seguir adelante si no llegaba a descubrir aquel libro enigmático. “El
libro estrecho y ciego.”
Limpió
y recorrió todo el archivo. Al principio, sintió sobre él la silenciosa pero
irónica censura del fiero don Senén, para quien, aquel sujeto que le habían
mandado para acompañar su vejez, no era más que un singracia empeñado en dar la
vuelta a miles de papeles tiñosos, desteñidos, y pútridos en suma. Y, en
efecto, había que reconocer que entrar en profundidad en aquel submundo de
reseñas, fechas, crónicas y nombres de gentes ya difuntas, era como descender a
una fosa infinita en la que solamente residieran cadáveres y sombras rancias y
corrompidas.
Durante mucho tiempo, revisó don
Manuel todo cuanto cayó en sus rugosas manos. Y él se encargó de que, papel por
papel, registro tras registro, acta tras acta, todo fuera pasando ante su auscultante
mirada avariciosa, so pretexto de empeñarse en su orden. Aquel trajín le llevó
muchos meses y amenazó con convertirse en su afán de por vida. Tanto, que llegó
a olvidarse completamente de que también allí estaba don Senén, situado de
espaldas a su loca demencia. Los dos viejos prelados eran como dos sombras
autómatas y mudas a las que les hubiera alcanzado una misma locura, aunque con
diferentes rutas.
Dejó de acudir al archivo por las
noches y de forma secreta. Pues además de resultarle imposible seguir
interesado por ninguna lectura furtiva o clandestina, el día entero dedicado
febrilmente a su labor incesante de inspección y limpieza, lo dejaba tronchado
y como para el mismísimo arrastre, que dicen los taurinos. Movió montones y
montones de viejos papelajos, y revolvió crónicas, sucesos, memorias,
sentencias, pastorales, documentos y autos. La búsqueda obsesiva de aquel libro
en cuestión, lo tenía trepanados sesos y voluntades. Incluso, el tiempo que
cada día debía dedicar a su labor de ujier o de portero, allá en el seminario,
le parecía a él toda una eternidad y un injustificable derroche de su vida. Así
pues, el día venturoso que dio con él, aún pareciéndole un acto veleidoso y
mundano, ante aquel Archivo Diocesano, que ya se ha dicho que para él había
adquirido ciertos atributos de carácter humano, él le dijo de una manera
prácticamente audible: “¡Ah, pedazo de libracho cabrón. Al final has venido a
mis manos”. Y tras esgrimir un pretexto absurdo y poco convincente, ante aquel
don Senén, que tampoco le hizo ningún caso, se fue con su hallazgo, oculto bajo
el brazo, derecho a la capilla. Y allí, arrasados sus ojos de anciano cabezota
en lágrimas y dichas de emoción retozona y un poquito profana, dio las gracias
a Dios por tan enorme concesión y merced alcanzada. Como si realmente el
Eterno, después de tanto celo mártir y penitente, hubiera obrado con él un
grandioso milagro o una dádiva espléndida.
El
libro, aparentemente, era un ejemplar antiguo; un salterio editado en Venecia
en el 1860. Un ejemplar en latín, con marca de impresor, colofón, y hasta su fe
de erratas. Era un libro auténticamente hermoso y escasamente usado, o al menos
no muy deteriorado, aunque sus páginas estaban un tanto amarillas y en exceso
abangadas. Tenía como peculiaridad un cuerpo de texto estrecho en demasía, como
cuello de dama cuajado en pedrerías. Y, por contraste, unos márgenes
extrañamente amplios, como páramos blancos, yermos y desolados. Parecía como si
el editor hubiera querido dejar entronizada, por la amplitud y la soledad del
vacío imperante, la verdad irrefutable que se encerraba en cada hoja de aquel
texto de salmos. Era un libro de tanta hermosura que a nadie se le hubiera
ocurrido que guardara ningún otro tesoro.
A Manuel, no le cupo ni la mínima
duda. Aquel era su libro. Presentaba una vejez similar a todos los que
pertenecían al grupo de malditos, aunque no parecía haber estado entre su
compañía desde hacía tiempo. Era un verdadero milagro que siguiera existiendo,
pues su naturaleza bien podía haber sugerido su uso y su disfrute a cualquier
alma pía o ser enamorado de la pura belleza. Enseguida notó cómo las páginas
estaban un poco dilatadas, lo que confería al volumen un raro abultamiento y
cierta deformidad. Cualquiera hubiera achacado tal apariencia a la humedad
reinante. Pero él bien sabía que aquel desarreglo o tara en las páginas
obedecía únicamente al persistente garabateado de la tinta invisible que así lo
esponjaba.
Calentó
el libro con delicado tacto; como una nodriza que templa entre sus pechos a su
amamantado. Recuérdese que él era ya todo un experto en tales ministerios. Y
cuando vio surgir los primeros caracteres caligrafiados, mostrando una magia
semejante a la del papel fotográfico cuando se baña en los reveladores, un
estremecimiento de dicha y entusiasmo le agarrotó los dedos, que, perplejos,
apenas si ya le obedecieron.
En un primer momento tuvo la
tentación de comenzar la lectura de aquello que iba apareciendo con tempo de
milagro. Pero aquella rigurosa actitud suya de asceta y de soldado, alcanzada a
través de los años de ayuno y austero purgar ante el vicio y la carne, le
impuso (no se sabe bien por qué recónditos y abstrusos vericuetos) una
abstinencia firme de rudo y leal flagelante. “Calma, Manuel, que ni la virtud
ni los asuntos científicos fueron nunca compañeros de precipitación o husmeo
inmoderado. Retiremos primero el velo que nos ciega este insigne legado, y
luego ya habrá tiempo de saborear todas sus calidades”. Hasta tal punto estaba
don Manuel seguro de que aquello que le había sido entregado, por no se sabía
qué providencia o suerte de virtud, encerraba en sí un caro e importante
mensaje trascendente, al menos para él. Y no había duda que ante tal promesa
redentora era, pues, necesario disponerse con cuidada minuciosidad de entomólogo
y exquisita prudencia de pulso y tacto propio de cirujano.
A
partir de aquel día, clausuró definitivamente el encajonamiento en aquel
restaurado confesionario; cabina iniciática de su celo lector, si bien lo
tenía, desde tiempo, un tanto en desuso. Cesó, como fulminado por un rayo
celeste, el afán por las otras lecturas. Y las rondas e incursiones nocturnas
al archivo ya no le produjeron, nunca más, ni hormiguillo ni gracia. Toda
aquella aventura había terminado de golpe e ipso
facto. Estaba claro que ahora comenzaba otra mucho más excitante y más
subyugadora. Aquella parafernalia previa había sido la simple antesala, el
augurio dorado. ¿Por qué, si no, iba a haberse concitado toda aquella
misteriosa serie de coincidencias y acontecimientos ante él, un cura simple y
echado ya al desguace? El libro ciego que exhibía ya su fascinación desde el
umbral de sus primeras páginas, estaba ante él. Pero eso no lo era todo. Un
prólogo trazado con manuscrita minuciosidad revelaba algo mucho más intrigante.
Pues que rezaba así:
Leyó:
“Oculto mi nombre, pues los tiempos que corren y surcamos
no admiten posicionamientos discordantes, ni investiga-ciones, ni arrebatos de
sinceridad, como los que ahora me impulsan y acontecen. Sé que esto no es
nuevo; la historia está plagada de períodos de ocultismo y persecución. Y que,
a pesar de que existan momentos de apertura, la tiranía y la dominación
volverán, una y otra vez, porque esa ignominia está impresa en la frente y el
corazón de los hombres malvados. Horadaré en mi interior y expondré mis
entrañas, eso sí. Y garabatearé todo aquello que no sé por qué raudal noto que
ha venido a mi mente y está, a la vez, carcomiendo mi ser. Nunca investigué más
allá de sencillas lecturas, ni pretendí búsqueda o erudición fuera de un
territorio puramente doméstico y de lego sin ciencias, cual es mi condición.
Cuanto configurará esta historia manuscrita que ahora me propongo iniciar, no
es sino un texto que sé que me ha sido dictado por los misterios de la
sabiduría y la imaginación, ajena en cualquier modo a mi condición y a mi
particular intelecto de vulgar y pedestre amanuense a órdenes de “Quien lo
dicta todo”. Así como se enlazan los días y los días, y fluye entre ellos la
plural fortuna del vivir y la muerte, cual la cosa más simple. Así sé que se
encadenará párrafo a párrafo en esta narración que ya comienzo. Nadie reconozca
en ella mérito alguno mío, salvo el de ser rústico y dócil, y dejar que a mi
través se vaya obrando lo que tenga que obrarse. Soy, pues, el escriba que enjareta
retazos llegados hasta mí entre el soplar del viento; del viento del soñar y el
vivir a través de los tiempos sin límites. Escondo mi escritura entre las
nieblas de esta tinta invisible puesto que quiero someter a mi inspiración a la
prueba concluyente del destino infinito, a la vez que fuerzo a los residuos de
mi vanidad a que se sometan al candente hierro del rudo anonimato. Si “Quien
modera, rige y magisteria la existencia humana y el cosmos circundante”, existe
de verdad y considera oportuno obrar en mi favor y evidenciar y exponer esta
obra a quien presto mis trazos, pues que lo haga en la fecha y momento que
considere útiles. Si, de otro lado, es únicamente la ambigua fortuna la magna
encargada de mecer o exilar de sus etéreos brazos a las criaturas que pacemos
en este erial al que llamamos, desde antiguo, mundo, pues que sea ella quien
saboree o vomite este bocado que yo guiso ahora con la indignidad de un fámulo
sencillo de cocina de monjes. Sea, pues, como fuere. Descúbralo o no un día un
congénere, yo me dispongo a hacer lo que tengo que hacer. Rescribiré la
historia de Oneh, tal y como la recuerdo, tras haberla leído antes de que el
depredador la echara a la hoguera por
corrupta y satánica, según su ruin fundamento y dictamen. Y no me ceñiré a nada,
salvo a lo que me ha sido inspirado por el vapor de sueños y memoria, y adobado
por añoranzas impresas e indelebles, que no sé, tampoco, quién le sopló a
mi ánima o puso ante mi razón y mis ojos.
Descubra quien lo quiera el cómo y el porqué de tanta ciencia infusa o tanta y
simple memoria ilusionada”.
Manuel quedó petrificado. Abrió unos cuantos botones
de su sotana, a la altura del pecho, y cobijó el libro junto a su corazón.
Después se dirigió a su cuarto situado en el piso más alto del enorme edificio.
Cerró tras sí la puerta y suspiró agotado. Y no supo por qué, pero sintió que
aquel libro era remotamente suyo; que le pertenecía.
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