sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO QUINCE

QUINCE





Retiremos el velo que oculta el horizonte y dejemos que el nómada sueñe con su partida entre gasas de arena. Es esta una licencia literaria que se irá comprendiendo cuando avance el relato.
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Entonces ¿tú qué crees? Pues nada; que todo el arsenal era propiedad de una sola persona, Basarme, no me baso más que en una intuición y en el hecho de que pensarlo así me aligera y alivia de dudas y de intrigas, Porque..., vamos a ver: ¿de dónde ha podido venir esa serie de libros? ¿Unos de aquí y otros de otro sitio...? ¡Qué bah! Estos, todos, pertenecen a un propietario único, Demasiada unanimidad y demasiada coincidencia en el gusto y talante, Pero hay allí libros de muy distintas cataduras y de autores dispares, incluso, de diferentes épocas, Sí, pero hay algo que los unifica; que los pone a todos en una misma fila, Y además están otros indicios, ¿Cuáles? Verás: Casi todos tienen un grado similar de envejecimiento, casi todos un trato semejante por la mano del uso, Y las notas y apuntes que aparecen en ellos, en mayor o menor profusión, están hechos con la misma plumilla y la misma sustancia que sustituye a tinta ¡Ah! y el mismo rasgueo caligráfico; lo que es definitivo ¿Estás seguro que en todos existe esa suerte de opiniones, reflexiones y glosas? En una buena parte, Pero aunque sea así ¿qué misterio o novedad hay en que alguien tenga sus libros, los lea y marque aquello que le guste o llegue a interesarle? No, no, nada, Visto de ese modo... y olvidando la historia, Pero si todo es así de sencillo ¿por qué el propietario no puso en ninguno de ellos ni su nombre ni su “ex libris”? Verás: Yo creo que se trata de alguien a quien se vigilaba, ¡Vaya imaginación! Una mente inquieta, que diríamos ahora; la de un rebelde, un proscrito o un iluminado dado al coleccionismo de libros peculiares, No olvides que la censura vivió hasta hace poco, Alguien dispuesto hacia el saber, que sin embargo se encontraba dentro de una comunidad estrecha y timorata; bajo algún tipo de reprensión intransigente y terca, ¿En un convento?, Podría ser, O en un grupo social retrogrado y fanático, Valdría, Vamos, como tú mismo si nadie te hubiera descubierto e impedido tu afición de inocente lector, cuando estabas en aquel seminario, Hombre, no así, pero...  Bueno, sí, por ejemplo, salvando las distancias que no valores pocas.


Déjame a mí que siga con la intrigante historia.

Descubrió don Manuel que todas aquellas anotaciones estaban hechas usando jugo de limón en unos casos y leche de bovino en otros, como sustitutivo elemental de la tinta. Sabía él que existían muchos modos de hacer tinta invisible usando como componentes limón, mercurio, e, incluso, un molido de azufre en la mezcla adecuada. Métodos muy usados allá en la Edad Media y en tiempos posteriores; siempre cuando la discreción o el peligro imponían encriptar documentos. Había otros sistemas que consistían en cifrar los mensajes, en arbitrar seriaciones numeradas y fórmulas que convertían en un galimatías, informes importantes, cartas comprometidas e, incluso, órdenes capitales o acuerdos de guerra. Eran, en todo caso, recetas simples de elaborar, pero difíciles para ser descubiertas. Técnicas útiles en tiempos arriesgados de intrigas, confabulaciones, complots y amenazas. Sin embargo, este método era muy cauteloso por su misma simpleza. Nadie buscaba lo que no se veía, y menos sobre unas páginas que ya tenían texto. Después, la acotación oculta de ese modo, se hacía evidente con sólo aproximar una fuente de calor o leer al trasluz. Por eso, su briosa linterna había obrado, de modo fortuito, la gran revelación.

            Así pues, durante infinidad de noches se dedicó Manuel íntegramente a calentar, centímetro a centímetro y página por página, cada uno de aquellos cincuenta y tres volúmenes que constituían aquel retén apasionador y subyugante. En un principio dudó ante tal decisión. Aquello suponía dejar al descubierto, y a merced de quien tomara cualquiera de aquellos libros, el secreto que tan celosamente había permanecido sellado durante tantos años por decisión firme de su incógnito dueño. Previamente, se planteó la medida en plano de conciencia, y barajó aspectos tales como el pudor, la fidelidad al secreto y la lealtad a una causa común y honorabilísima de rango acreditado. Sin duda alguna, aquel anónimo soldado pertenecía a su misma centuria de credo y militancia. Aquellos apuntes y citas eran como palabras de un diario dilecto, y merecían un rotundo respeto y un amparo exhaustivo. Pensando y repensando, llegó a la conclusión de que quien guarda un secreto de tal envergadura era, sin paliativos, su dueño y su señor. Y quien lo desvelaba con rufián desbarato se convertía de pronto, como un violador o un súcubo maldito, en su deudo y su esclavo, y en hombre mal nacido. Pero, por otra parte ¿qué sentido tenía dejar oculto aquello que tan providencialmente había aparecido al pie de su camino llamándolo a la intriga? Todo lo que se escribía estaba destinado a que alguien, tarde o temprano, se hiciera su lector y lo saboreara. Es más, todo lo que se escribía estaba destinado a transmitir un mensaje, por arcano, abstracto o cifrado que éste resultara al ser elaborado. La decisión, pues, estaba así clarísima. Había que atreverse ¡Ah! eso sí: ideó un modo rudimentario y simple de retornar al anaquel, tras cada extracción, ese velo de polvo que lo cubría todo, y que don Senén le había prohibido que fuera alterado. Lo hizo con un bote de talco que él abanicaba con un mero cartón. Así todo parecía volver a reposar en ese lecho de tiempo inmemorial que restauraba su burdo camuflaje.  

            Resuelto tal extremo, calentó página a página con tacto de encajera. Se sirvió para ello de un infiernillo eléctrico, pues el tratamiento de tanta y tanta línea, y la demanda de un más vigoroso venero de calor así se lo impusieron. Enseguida comprobó que no todos los libros tenían el deseado regalo de las notas. Únicamente en diecisiete de ellos aparecieron, al fin, aquellas sugerentes e intrigantes señales. Lo que certificó haciendo escrutinio profundo y a conciencia de todo el escuadrón. Era en aquellos volúmenes en los que se hablaba de  culturas antiguas y ciencias primitivas, siendo mucho más profusas las anotaciones en los que se referían a la Mesopotamia y al Egipto lejano, y a cuestiones del concierto de astros y del orden del cosmos. El diluvio universal, el paso del mar Rojo, El sepulcro de Cristo. El Arca de la Alianza, los Evangelios apócrifos, los textos del Mar Muerto, los genios del Renacimiento, eran citados casi constantemente desde la reflexión, la duda y el interés más vívido. Aunque también aparecían las perseguidas marcas en cualquier párrafo de cualquiera de los otros volúmenes que tuviera que ver algo con las postrimerías, la muerte o la vida llamada “de después”, del “más allá” o de ultratumba. Quien había hecho tales anotaciones había estado rumiando o investigando sobre la muerte y el futuro de todo el universo, pero convirtiendo a la vez todo el misterioso hallazgo en un juego arriesgado de creencias, opiniones y máximas.
            El trabajo le resultó, en suma, extenuante. Sólo un afán desmedido por averiguar a qué podía conducirlo todo aquello mantuvo a don Manuel, noche tras noche, dedicado a tan ardua labor próxima al celo y a la psicopatía de corte obsesivo. Una compleja y quisquillosa labor de escrutinio más propia del arqueólogo pertinaz en su causa. No puede negarse que sintió también algún vientecillo de desazón y de decaimiento ante trabajo tan sumamente penoso e inseguro, que podía resultar ser simplemente un juego veleidoso; un sainete sin gracia; una broma macabra. Pero todo se vio recompensado cuando, ante los ojos cansados y perplejos de don Manuel, apareció una noche a eso de las cinco, orlado y remarcado, lo que parecía ser una invitación a un festín de manjares aún más raros y nutricios; a una fiesta de máscaras más suntuosa y placeres más crípticos. Era el nombre de “Oneh”. Estaba el pictograma enmarcado por toda una suerte de cenefas y circunvoluciones, de tejidos encajes de grafismos, que, cuando fueron apareciendo por arte y magia del calor salutífero, vio que atropellaban sin pudor ni respeto al texto impreso colindante. Y así como en los cuadros arrolla el resplandor de Dios con su luz cegadora a la corte celeste que lo ensalza y corola, así aquel nombre nimbado apareció flotando sobre el documento sin recato o cuidado con porte y poderío de rango apabullantes. Pero, además, es que aquel nombre no venía a cuento  que pudiera entenderse. Estaba allí anclado como un tesoro extraño y fascinante en medio de un desierto. Era como si aquel excelso nombre y toda aquella gallarda y desmesurada labor de pendolista abstruso y barroquísimo, que así lo engalanaba, pusieran un hito y una marca definitiva en todo aquel misterioso marasmo de citas, llamadas, reflexiones y máximas. La piedra angular, el ónfalo o el crucero que signa y garantiza la clave de una ruta; el lugar preciso dentro del antro venerable en el que tronará la voz del Todopoderoso que todo nos lo traba y nos lo aclara todo. Además, para más evidencia, junto a ello, una anotación decía: “He aquí el hombre que regirá en la ruta. Búscalo si quieres emprenderla. Que la abrasiva inquietud te guíe por tan rudo camino de esperanza y quimera. Escribiré su historia en el estrecho libro de las páginas ciegas. Y si tú resultaras mi lector y mi deudo, no dejes de indagar lo que pongo en tus manos”.  

            Aquel hallazgo suspendió la respiración de don Manuel casi hasta el umbral del pasmo. Siguió durante días aliviando del velo de la invisibilidad al resto de márgenes y líneas de los ya pocos volúmenes que le quedaban por pasar revisión y arrimarles candela. Y cuando hubo concluido su labor al completo, entró en una larga e indescifrable duda. “El libro estrecho de las páginas ciegas” ¿Cuál era el libro ciego? Esa pregunta se estableció en él como un parásito que lo llenara e imposibilitara para cualquier trabajo al margen, e, incluso, para cualquier otro pensamiento en el que demorarse o rebuscar sosiego. El interrogante estaba en su cabeza de tal modo aferrado que era como si todo su ser no tuviera otra misión que darle alojamiento y cobijarlo, y hasta cebarlo para hacerlo más grande. ¿¡El libro estrecho y ciego!? Y tal interpelación rompió, paralizó y vació de contenido a todos sus otros deseos, afanes y proyectos.  

            Así pues, como una arraigada adicción, su mente no pensaba o reparaba ya en otra causa o tema. Y sintió, con todo el peso ofensivo y humillante del vicio o del absurdo, que su existencia no podría seguir adelante si no llegaba a descubrir aquel libro enigmático. “El libro estrecho y ciego.”  

            Limpió y recorrió todo el archivo. Al principio, sintió sobre él la silenciosa pero irónica censura del fiero don Senén, para quien, aquel sujeto que le habían mandado para acompañar su vejez, no era más que un singracia empeñado en dar la vuelta a miles de papeles tiñosos, desteñidos, y pútridos en suma. Y, en efecto, había que reconocer que entrar en profundidad en aquel submundo de reseñas, fechas, crónicas y nombres de gentes ya difuntas, era como descender a una fosa infinita en la que solamente residieran cadáveres y sombras rancias y corrompidas.  

            Durante mucho tiempo, revisó don Manuel todo cuanto cayó en sus rugosas manos. Y él se encargó de que, papel por papel, registro tras registro, acta tras acta, todo fuera pasando ante su auscultante mirada avariciosa, so pretexto de empeñarse en su orden. Aquel trajín le llevó muchos meses y amenazó con convertirse en su afán de por vida. Tanto, que llegó a olvidarse completamente de que también allí estaba don Senén, situado de espaldas a su loca demencia. Los dos viejos prelados eran como dos sombras autómatas y mudas a las que les hubiera alcanzado una misma locura, aunque con diferentes rutas.  

            Dejó de acudir al archivo por las noches y de forma secreta. Pues además de resultarle imposible seguir interesado por ninguna lectura furtiva o clandestina, el día entero dedicado febrilmente a su labor incesante de inspección y limpieza, lo dejaba tronchado y como para el mismísimo arrastre, que dicen los taurinos. Movió montones y montones de viejos papelajos, y revolvió crónicas, sucesos, memorias, sentencias, pastorales, documentos y autos. La búsqueda obsesiva de aquel libro en cuestión, lo tenía trepanados sesos y voluntades. Incluso, el tiempo que cada día debía dedicar a su labor de ujier o de portero, allá en el seminario, le parecía a él toda una eternidad y un injustificable derroche de su vida. Así pues, el día venturoso que dio con él, aún pareciéndole un acto veleidoso y mundano, ante aquel Archivo Diocesano, que ya se ha dicho que para él había adquirido ciertos atributos de carácter humano, él le dijo de una manera prácticamente audible: “¡Ah, pedazo de libracho cabrón. Al final has venido a mis manos”. Y tras esgrimir un pretexto absurdo y poco convincente, ante aquel don Senén, que tampoco le hizo ningún caso, se fue con su hallazgo, oculto bajo el brazo, derecho a la capilla. Y allí, arrasados sus ojos de anciano cabezota en lágrimas y dichas de emoción retozona y un poquito profana, dio las gracias a Dios por tan enorme concesión y merced alcanzada. Como si realmente el Eterno, después de tanto celo mártir y penitente, hubiera obrado con él un grandioso milagro o una dádiva espléndida.  

            El libro, aparentemente, era un ejemplar antiguo; un salterio editado en Venecia en el 1860. Un ejemplar en latín, con marca de impresor, colofón, y hasta su fe de erratas. Era un libro auténticamente hermoso y escasamente usado, o al menos no muy deteriorado, aunque sus páginas estaban un tanto amarillas y en exceso abangadas. Tenía como peculiaridad un cuerpo de texto estrecho en demasía, como cuello de dama cuajado en pedrerías. Y, por contraste, unos márgenes extrañamente amplios, como páramos blancos, yermos y desolados. Parecía como si el editor hubiera querido dejar entronizada, por la amplitud y la soledad del vacío imperante, la verdad irrefutable que se encerraba en cada hoja de aquel texto de salmos. Era un libro de tanta hermosura que a nadie se le hubiera ocurrido que guardara ningún otro tesoro.  

            A Manuel, no le cupo ni la mínima duda. Aquel era su libro. Presentaba una vejez similar a todos los que pertenecían al grupo de malditos, aunque no parecía haber estado entre su compañía desde hacía tiempo. Era un verdadero milagro que siguiera existiendo, pues su naturaleza bien podía haber sugerido su uso y su disfrute a cualquier alma pía o ser enamorado de la pura belleza. Enseguida notó cómo las páginas estaban un poco dilatadas, lo que confería al volumen un raro abultamiento y cierta deformidad. Cualquiera hubiera achacado tal apariencia a la humedad reinante. Pero él bien sabía que aquel desarreglo o tara en las páginas obedecía únicamente al persistente garabateado de la tinta invisible que así lo esponjaba.  

            Calentó el libro con delicado tacto; como una nodriza que templa entre sus pechos a su amamantado. Recuérdese que él era ya todo un experto en tales ministerios. Y cuando vio surgir los primeros caracteres caligrafiados, mostrando una magia semejante a la del papel fotográfico cuando se baña en los reveladores, un estremecimiento de dicha y entusiasmo le agarrotó los dedos, que, perplejos, apenas si ya le obedecieron.  

            En un primer momento tuvo la tentación de comenzar la lectura de aquello que iba apareciendo con tempo de milagro. Pero aquella rigurosa actitud suya de asceta y de soldado, alcanzada a través de los años de ayuno y austero purgar ante el vicio y la carne, le impuso (no se sabe bien por qué recónditos y abstrusos vericuetos) una abstinencia firme de rudo y leal flagelante. “Calma, Manuel, que ni la virtud ni los asuntos científicos fueron nunca compañeros de precipitación o husmeo inmoderado. Retiremos primero el velo que nos ciega este insigne legado, y luego ya habrá tiempo de saborear todas sus calidades”. Hasta tal punto estaba don Manuel seguro de que aquello que le había sido entregado, por no se sabía qué providencia o suerte de virtud, encerraba en sí un caro e importante mensaje trascendente, al menos para él. Y no había duda que ante tal promesa redentora era, pues, necesario disponerse con cuidada minuciosidad de entomólogo y exquisita prudencia de pulso y tacto propio de cirujano.  

            A partir de aquel día, clausuró definitivamente el encajonamiento en aquel restaurado confesionario; cabina iniciática de su celo lector, si bien lo tenía, desde tiempo, un tanto en desuso. Cesó, como fulminado por un rayo celeste, el afán por las otras lecturas. Y las rondas e incursiones nocturnas al archivo ya no le produjeron, nunca más, ni hormiguillo ni gracia. Toda aquella aventura había terminado de golpe e ipso facto. Estaba claro que ahora comenzaba otra mucho más excitante y más subyugadora. Aquella parafernalia previa había sido la simple antesala, el augurio dorado. ¿Por qué, si no, iba a haberse concitado toda aquella misteriosa serie de coincidencias y acontecimientos ante él, un cura simple y echado ya al desguace? El libro ciego que exhibía ya su fascinación desde el umbral de sus primeras páginas, estaba ante él. Pero eso no lo era todo. Un prólogo trazado con manuscrita minuciosidad revelaba algo mucho más intrigante. Pues que rezaba así:

Leyó:


“Oculto mi nombre, pues los tiempos que corren y surcamos no admiten posicionamientos discordantes, ni investiga-ciones, ni arrebatos de sinceridad, como los que ahora me impulsan y acontecen. Sé que esto no es nuevo; la historia está plagada de períodos de ocultismo y persecución. Y que, a pesar de que existan momentos de apertura, la tiranía y la dominación volverán, una y otra vez, porque esa ignominia está impresa en la frente y el corazón de los hombres malvados. Horadaré en mi interior y expondré mis entrañas, eso sí. Y garabatearé todo aquello que no sé por qué raudal noto que ha venido a mi mente y está, a la vez, carcomiendo mi ser. Nunca investigué más allá de sencillas lecturas, ni pretendí búsqueda o erudición fuera de un territorio puramente doméstico y de lego sin ciencias, cual es mi condición. Cuanto configurará esta historia manuscrita que ahora me propongo iniciar, no es sino un texto que sé que me ha sido dictado por los misterios de la sabiduría y la imaginación, ajena en cualquier modo a mi condición y a mi particular intelecto de vulgar y pedestre amanuense a órdenes de “Quien lo dicta todo”. Así como se enlazan los días y los días, y fluye entre ellos la plural fortuna del vivir y la muerte, cual la cosa más simple. Así sé que se encadenará párrafo a párrafo en esta narración que ya comienzo. Nadie reconozca en ella mérito alguno mío, salvo el de ser rústico y dócil, y dejar que a mi través se vaya obrando lo que tenga que obrarse. Soy, pues, el escriba que enjareta retazos llegados hasta mí entre el soplar del viento; del viento del soñar y el vivir a través de los tiempos sin límites. Escondo mi escritura entre las nieblas de esta tinta invisible puesto que quiero someter a mi inspiración a la prueba concluyente del destino infinito, a la vez que fuerzo a los residuos de mi vanidad a que se sometan al candente hierro del rudo anonimato. Si “Quien modera, rige y magisteria la existencia humana y el cosmos circundante”, existe de verdad y considera oportuno obrar en mi favor y evidenciar y exponer esta obra a quien presto mis trazos, pues que lo haga en la fecha y momento que considere útiles. Si, de otro lado, es únicamente la ambigua fortuna la magna encargada de mecer o exilar de sus etéreos brazos a las criaturas que pacemos en este erial al que llamamos, desde antiguo, mundo, pues que sea ella quien saboree o vomite este bocado que yo guiso ahora con la indignidad de un fámulo sencillo de cocina de monjes. Sea, pues, como fuere. Descúbralo o no un día un congénere, yo me dispongo a hacer lo que tengo que hacer. Rescribiré la historia de Oneh, tal y como la recuerdo, tras haberla leído antes de que el depredador la  echara a la hoguera por corrupta y satánica, según su ruin fundamento y dictamen. Y no me ceñiré a nada, salvo a lo que me ha sido inspirado por el vapor de sueños y memoria, y adobado por añoranzas impresas e indelebles, que no sé, tampoco, quién le sopló a mi  ánima o puso ante mi razón y mis ojos. Descubra quien lo quiera el cómo y el porqué de tanta ciencia infusa o tanta y simple memoria ilusionada”.


Manuel quedó petrificado. Abrió unos cuantos botones de su sotana, a la altura del pecho, y cobijó el libro junto a su corazón. Después se dirigió a su cuarto situado en el piso más alto del enorme edificio. Cerró tras sí la puerta y suspiró agotado. Y no supo por qué, pero sintió que aquel libro era remotamente suyo; que le pertenecía.


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