sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO CATORCE




De cómo tu vida ha cambiado, desde que te hiciste señor de este Archivo, sólo yo puedo dar fe y más explicaciones. 
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Como todo auténtico “converso”, es en el más estricto silencio en el que se resume y manifiesta esta gran mutación que sólo a ti interesa. Ningún signo exterior, ningún estigma o tatuaje impreso, ningún cambio de costumbres o hábitos a las claras, salvo éste de invadir cada noche, sigiloso e invisible como espíritu puro, este sacrosanto recinto de tu amada caverna. Unas cuantas horas robadas a tu sueño, nada más. A cierta edad no es tan necesario el descanso, y sí las horas de vigilia entregadas a componer y remendar los jirones y agujeros del alma. La vida es un tesoro que se extingue; una hoguera que se va consumiendo al ritmo de su antojo; sin agua que la apague, o cierzo convocado que la aliente, avive o mantenga ni un instante más de lo marcado. Y ese anuncio del cielo prometido, supongo yo que es una merced concebida por la mente de Dios, pero nunca jamás por la raquítica ensoñación de un hombre apremiado por el miedo y la duda. A saber, pues, cómo será eso del magro paraíso que los  prestes truhanes de tus jefes, haciéndose interpretes y depositarios de la Omnisciencia, os tienen  prometido a todos los creyentes cual ganga o recompensa por la docilidad, el acatamiento y las preñadas limosnas que deis para reflotar sus retuertas finanzas. Pues que sabido es que esta Iglesia se nutre de creyentes devotos, generosos y crédulos; tres virtudes que los curas propugnan y preconizan como santo viático.




Pero vayamos un poco más al frente, y hablemos sobre ello.

Durante varios días únicamente venías a sentarte entre las hilas maternales de esta oscuridad. Simplemente parecía que te reconfortara este espacio, cual teatro de ópera dispuesto ante un estreno, ¿Qué había aquí que así te embelesara? ¿De qué era el Archivo Diocesano reflejo o exponente para tu aquiescencia o tu vicio solaz? Entrabas cada noche con precisión de cronómetro fabricado en Suiza, Venías ya, incluso, sin traer tu linterna, Habías aprendido a moverte usando sólo el tacto como hacen los ciegos; acariciando la piel de cuanto te rodeaba cual cuerpo fascinante que mostrara su seda de visos lujuriosos, Sí, claro, Desde el primer momento supe que en el cuidado extremo de todos los detalles residía mi éxito material o mi supervivencia, El uso de la luz en el trayecto, por poca intensidad que ésta tuviera, además de poder delatarme, me invitaba sobre todo a caer en descuidos, La oscuridad es siempre un seguro acicate para la observación, y eso vale para todas las orografías en que cursa la vida, Por eso, cuando uno tiene perennemente la férrea imposición de la ceguera, todos los sentidos se uncen y se muestran más agudos y alerta. La vista solamente, con su esplendorosa ampulosidad y omnipotencia gráfica, atrofia y eclipsa a los demás sentidos, Desde el primer día te tomaste la empresa como algo en lo que te fuera realmente la vida, Como algo en lo que me fuera no; como algo en lo que me iba la vida de verdad, ¿Tan importante era? Sí; tan importante, A ver; explícate, y que todos te entiendan.


Verás; veréis.

Después de algunas noches, y cuando ya dominaba a ciegas el espacio, decidí volver a usar mi linterna para poder examinar con mayor precisión el anaquel de los libros prohibidos. No me tembló la mano, ni ya me golpeó el corazón en el pecho con suma desmesura. Aparte de la agitación emotiva de todo acto extravagante o lúdico, únicamente sentí, de inmediato, la aguda decepción de quien ha sido objeto de la estafa o la burla solemne durante muchos años y ahora se resarce. Y es que, de aquellos libros garabateados con trazos y tachones violentos de censor, sólo unos pocos pertenecían al conocido “Index Librorum Prohibitorum.” ¿Quién, pues, había hecho aquel macabro escarnio con los demás convictos? Estaba claro que el celo incontinente de alguna irascible abadesa mitrada o el furor iracundo de algún santo deán, que Dios tenga en su gloria. ¿O tal vez había sido la rígida autoridad de un vulgar arcediano, designado al efecto en tiempos lúgubres de los llamados de entredicho y de riesgo para la fe cristiana? Aunque había que reconocer que, si bien los otros libros no eran ni heréticos ni específicamente contrarios a la fe y a las buenas costumbres, sí que algunos de ellos se referían a dioses considerados falsos, impíos e insidiosos, así como a modos de entender de forma estrafalaria el tiempo escatológico, ése que sigue a la putrefacción corpórea de los hombres, cuando éstos trasponen el umbral de la muerte y surcan el misterio telúrico del “siempre”. Ningún libro del resto estaba en la lista, de casi cuatro mil que la Congregación del Santo Oficio tenía decretada como su “expurgatorio”. Pero, entonces ¿de qué trataban todos aquellos volúmenes malditos y enjaulados como reos medievos?


De nuevo sigo yo, y así te doy alivio.

Las primeras noches de vigilia las dedicó don Manuel, sin agobios ni prisas, a tomar posesión del lugar, como ya hemos dicho. Debía ser así, pues por cualquier falta o tropiezo sería descubierto por el gran cancerbero que, simulando estar perennemente muerto, seguro que vigilaba aquel maldito tártaro con su ojo afilado de lechuza nocturna. Cuando hubo dominado el espació y conocido rincones y secretos, meditó sobre dónde establecer su lugar de trabajo. Un viejo confesionario, roto y destartalado, le ofertó el cubículo idóneo para ello. Era un magnífico cajón de madera de roble, cubierto de labrados y formas retorcidas de demonios y sátiros, que, en un festón, cruelmente engarzados por su parte más alta, animaban al probo penitente a su arrepentimiento, o, si no, ya sabía...a lidiar con Botero por un tiempo sin término. En un principio, rechazó el lugar por darle grima y cierta claustrofobia. Mira que meterse a estudiar en un confesionario... Luego lo sopesó nuevamente y no lo vio tan malo. Ya se ve cómo es de mudable el juicio de los hombres insulsos. Pues bien, aquel cajón de penitencia echado ya en desuso parecía en verdad proverbial para el caso. Hacer lecturas de los textos prohibidos en aquel receptáculo era como purgar a priori y sin perder el tiempo todos los posibles delitos desde el mismo  momento de cometer el yerro. Por otra parte, (meditó) libros retirados del cauce, cajón penitencial fuera de utilidad, y él mismo, asignado a labores de pura reserva, intendencia o trastero...: combinación perfecta. ¿No parecía todo compaginar a las mil maravillas? “Al final y a la postre todos somos meros productos de rastro y de desecho; bandujo y casquería; pifia y detritus”. Reflexionó irónico. “Pues bien está que hagamos gremio y cuerpo solidario los que somos, por decreto y situación, proscritos y olvidados.”  

            Lo siguiente fue reparar el testigo de luz que el receptáculo poseía por dentro, y que era misérrimo como bien corresponde a trance penitente. Así pues, alargó el cable de conexión para que pudiera llegar fluido eléctrico con propicia abundancia. Usó un cordón viejo más acorde con aquel deterioro, pues uno limpio y nuevo hubiera exhibido su blancor y tersura cual corresponde a todo lo que es joven y, en suma, escandaloso. Era una lámpara pequeña, pero lo suficiente para hacer sus lecturas sin fatigar demasiado sus ojos ya de présbita. Después sustituyó la vieja y raída cortinilla por otro paño negro más cumplido, viejo también, pero decente y sin caspa ni polvo, que sujetó a la boca del mueble exculpador, así como a los cuadrados de las celosías de ambos laterales. Lo fijó mediante firmes hileras de chinchetas broncíneas que quitó a un tapiz de butaca quebrada. Hecho aquel camuflaje, se salió del cubil, tendió el trapo del frontal, cerró la doble puerta y se retiró hasta el lugar donde estaba anclado el enchufe nodriza. Midió catorce pasos. Siempre era bueno conocer las distancias. Inquieto, pero pletórico de pícara esperanza, introdujo, valiente, la clavija; el macho en la hembra. Saltó el destello y chisporreteó al contacto, pero todo pareció quedarse como estaba. Un rictus de desánimo le trepanó las sienes. Tal vez hubiera propiciado algún cortocircuito. Y es que dudó de que aquello en verdad hubiera funcionado enviando el fluido al lugar que debía. Por eso tuvo que acercarse y abrir un poquito la puerta camuflada. Pero... ¡Ah, qué grata maravilla! Una gran bocanada de luz lo confirmó en su dicha: la luz eléctrica bañaba el recinto por dentro con audaz insolencia. Y, en un golpe repentino de lógica, entendió por qué algunas mentes consideraban siempre impúdica a la luz. Todo estaba perfecto, pues, sin embargo, desde fuera no se veía nada. Nada absolutamente. Cualquiera habría podido estar allí, en medio de la oscuridad más densa y no descubrir que él estaba en su reducto bañado en claridad igual que dicen que refulgen los santos en su nimbo de gloria y de ventura. Pero es que, además, ya había ideado un sistema de alertas, que delatarían al intruso bastante antes de que se le acercara. Era un simple caldero apostado cual trampa en medio del pasillo que terminaba en la escalera descendente que daba entrada al sótano. Ahora no iban a pillarlo. Muchos años separaban este hoy del traumático ayer del seminario. Y es que además, había logrado aligerar de trastos una puerta interior que daba a una tronera que, a su vez, conducía a un patio muerto que parecía que jamás hubiera transitado alguien. Una salida perfecta en caso de emergencia, de la que solamente él poseía la llave; pues la había encontrado puesta por dentro y ya la había confiscado sin pérdida de tiempo. Tras lo que, incluso, efectuó una prueba arriesgada y de fuego veraz ante el guardián acérrimo.  

            -Don Senén, de esa puerta de atrás ¿dónde anda la llave?
            -Ni lo sé ni se me importa. ¿Está cerrada, verdad? Pues eso es lo que cuenta. Yo no he tenido nunca aprecio de ese asunto. Eso considérelo usted como si fuera el muro de lamentos que hay en Jerusalén o el tapión de Berlín que divide a las dos Alemanias. Además, eso da a espacios cegados de dentro del Palacio y por ahí no entran ni luz, ni corriente ni bicho. Hasta a mí se me había olvidado de que tales vericuetos siguieran existiendo.  

            -No, si yo lo digo por decir.
          -Pues no diga usted tanto y dedíquese a entretener el tiempo sin andar con pesquisas ni con interrogantes propios de mezucones o de espías ilusos.  

            -No, si sólo era un decir, por eso de decir.
            Las noches que siguieron, las dedicó don Manuel a perfeccionar su modo de llegada a la hura, así como a su táctica de huir ante una fortuita emergencia. Se dio cuenta de que, tras la cena y el ratito de asueto que cada noche congregaba a todo residente en tertulia monótona de viejos pasmarotes, a él le era más conveniente que subirse a la celda en el otro edificio, entrar en la capilla, y allí rezar “completas”. La capilla era el único lugar en el que nadie sospechaba que se tramara algo. De ese modo se ahorraba después el trayecto que, si no era así, tenía que hacer cada noche a escondidas y a oscuras por el  pasillo y la vieja escalera reseca y quejumbrosa, de la que no era amigo. Por eso, cuidados y repasados todos los diferentes puntos de su complejo plan (pues la complejidad es cosa subjetiva), todo estuvo dispuesto. Entonces se preparó en firme a comenzar con aquella lectura que concitaba su pasión y su ánimo como una travesura de edad adolescente, o como un manjar sustancial para el alma sedienta y ambiciosa. Todo su ser rebosaba pujanza y entusiasmo animal como un mancebo en vena. Era una inquietud semejante a la que le proporcionaban los viajes o las aventuras cuando era muchacho y los imaginaba. Porque viajar, lo que se dice viajar, él no había viajado más que hasta el seminario y luego hasta El Canchal. Aquellos libros no debían salir nunca de allí, por eso él iría a buscarlos. Incluso, observó con minuciosidad, más propia de aplicado entomólogo que de osado viajero, su lugar y su orden; su entorno, el polvillo blancuzco que los acorralaba cual delicado encaje que hubiera bolilleado el tiempo con su primor de sosiego o de claustro. Y es que ¿quién le decía a él que aquel don Senén del diablo o de sus fieles huestes no los tenía colocados con señales o marcas para averiguar si los tocaba alguien? Hasta hizo otro de sus intentos para saber si el cura quisquilloso los tenía o no signados con huellas o con trampas.  

           -Don Senén, digo yo, que voy a limpiar el polvo y ordenar un poco aquellos anaqueles.
          -Haga lo que le pete -le dijo el cascarrabias sin levantar la vista y con una desatención acorde a su costumbre.
           -Empezaré por allí y llegaré hasta el otro lado sin descuidar ninguno. -Y remarcó el “ninguno”.
           -Limpie lo que le plazca, que ya se cansará. Limpie legajos, atadijos, fardos, carpetas o las resmas uncidas. Desvele la cara de los santos del polvo secular que los ampara y hace más respetables. Y dé “Sidol” si quiere a todo el utillaje, a ver si le saca pulimentos y brillos a todo este desastre y a esta quincallería. ¡Jesús, María y José, cuidado que hay ganas de hacer baldíos y tontunas entre el género humano! -refunfuñó, don Senén, espléndido en su verbo, y  más fundado que nunca entre sus argumentos. Luego agregó-: Pues digo yo: el polvo aquí es igual que los vicios y que las manías en los seres humanos, nunca se quitan, sólo se aventan o se mudan de sitio o de postura. Pero allá usted. ¡Ah! ¡Pero eso sí!: a esos malditos y execrables de allí -y bufó el adjetivo con furor y vehemencia, cual si estuviera rabiado y espumara berrón por entre los colmillos-, usted, ni se me les acerque. A ésos -y volvió a rugir desaforado y fiero tomando más oxígeno- ¡A ésos, que se los lleve el diablo a los mismos infiernos!; que se ahoguen entre las telarañas, la mugre y el olvido. Que lo que no es de Dios, no lo amparen los hombres, y, menos, lo adecenten. Si me hubieran dejado ya los hubiera chamuscado a todos. Pero como dicen que algunos son antiguos. Como si por antiguos no fueran depravados.  

            Estaba visto que don Senén sólo encontraba gusto y tono a la palabra cuando se trataba de defender su feudo fervoroso del maligno enemigo. 

            Tras estas prospecciones y precavidas tomas de postura, consideró Manuel que todo estaba listo para iniciar aquella su cruzada que designó como de autoculturización redentora y profana. Toda su vida había tenido sobre sí el cepo y el detente de la prohibición obtusa y sin razones. Aquel castigo ejemplar que le fue impuesto en el seminario, la noche que lo habían descubierto leyendo aquel libro inocente, había supuesto para él mucho más que una culpa que se expía y queda saldada tras decretar su pena. Durante todo el resto de su insidiosa vida, como si de un residuo físico de poliomielitis hubiera resultado, había quedado impedido para leer con libertad per saecula. Era ahora cuando se daba cuenta de la mordaza soportada, cual sayón penitente, durante tantos años. Y así, como se habitúa un tullido a su defecto físico hasta llegar al punto de olvidarse de ello o creerlo común a todos sus congéneres, él también había asumido, de modo inconsciente, aquella imposición como carga inherente y de ínfimo agobio. Así pues, nunca más se había atrevido a considerar otras lecturas más allá de las de sus libros de preces o de rezos dictados; repasando una y otra vez textos, salmos u oraciones hasta memorizarlas sin entrar en juicios ni discernimientos sobre sus contenidos. Y con tal memorial había confeccionado, él, su entramado de ética y moral  a salvo de toda contaminación espuria o peligrosa. Tal vez era aquello lo único que había necesitado para atender su fe, apacentar su espíritu y guiar a su rural parroquia. Al, fin y al cabo, él había entendido su misión de un modo muy llano y muy primario. La había asumido como la del servicio a los demás sin dar nunca ni pábulo o cabida a cismas de creencias o mayores intríngulis de carácter teológico. La doctrina y el dogma, así como las cartas pastorales, las nutricias encíclicas venidas desde Roma y los pronunciamientos que se dicen ex cáthedra, siempre le habían parecido a él asuntos destinados a no ahondar en ellos ni a aclararlos siquiera, sino a acatarlos y poner punto en boca. Sin embargo, ahora era algo muy diferente lo que él necesitaba. Desprovisto de su ocupación y responsabilidad de siempre, ahora podía ponerse en peligro y corromperse; a él sólo atañía tal riesgo temerario. Además, despojado de las razones que habían alimentado y sostenido su vida. Ahora la soledad y el abandono se lo inundaban todo, y le abrían la espita del capricho imprudente. Y, ve ahí, le había dado a él por pensar en los grandes enigmas de la vida y la muerte, del ser y el existir, de la materia y la esencia, del mundo y las esferas. Ante tal sequía del presente, necesitaba, pues, concitar recursos y respuestas de bruces y a raudales. ¡Ya ves tú!; respuestas él, que siempre había propiciado que entre su fiel feligresía no se formularan ni siquiera preguntas sobre esas cuestiones de rango superior, sobre las que bien podía entenderse que no había alegato que valiera para colmar las mentes. Entendiendo que ésa era la mejor manera de llevar su rebaño por prados de fraternal concordia y de paz interior, que, al fin y al cabo, era lo que demandaba la grey en su trashumante trasiego en la vida. “De lo que se trata es de ir pasando los días y enlazar el nacer y la muerte de la mejor manera. De lo demás; de creencias, dogmas, santos, iluminados, quimeras y milagros; los necesarios para pasar el trance ¿Y preguntas?, las menos que se pueda. ¡Qué caray! Que responder es siempre un engorro, una solemne petulancia y un burdo atrevimiento, pues que nadie sabe en verdad nada de esas cosas. Y anda que no son cínicos y engreídos ésos que se ponen a hablar y a definir a Dios. Como si Dios fuera un artículo puesto en la vitrina de una expendeduría, y pudiera abrirse a la canal o hacérsele una autopsia, o mostrar su entretela.”  

            Eso es lo que había pensado él durante todos los años que había vivido y ejercido el ministerio allá en su parroquia del remoto Canchal. Su trabajo había sido, pues, como de patriarca. Y como padre del clan había obrado con aquéllos, sus hijos, el amor, la justicia, el consejo, el consuelo y la misericordia. También la severidad, la disciplina y el trato espartano,  cuando  era menester.  “Que  de  todo  ingrediente debe constar el buen caldero, aunque sea cocción para cebar marranos”, decía él a modo de remate.  

            Su ministerio, pues, había sido esencialmente humano. Lo demás no era más que el ensamblaje o enjaretamiento de las artes necesarias para que, quienes lo rodeaban, sintieran el consuelo de soñar y creerse que, al final de todo este trajín absurdo y petulante que es en verdad la vida, serían inmortales. ¿Una mentira? ¡Ni hablar! Un acto infinito de amor. Pues que hacer creer a otros lo que uno recela y supone que es falso no dejaba de ser una patata ardiendo.


-Ahora déjame a mí.
-Pero si has sido tú quien se ha puesto a hablar.
-Tu o yo, qué más nos da.

Seiscientos noventa y tres días estuve leyendo sin darme un resuello. Más que leer era devorar las palabras. Las ideas se me agolpaban en la frente como seres atónitos que quisieran huir de un cataclismo y refugiarse en mí, y quedarse al abrigo. Tanta necesidad tenían todas aquellas ideas de salir de las mohosas páginas y hacer repoblación en tierra acogedora. Fue entonces cuando entendí que todo libro está siempre muerto hasta que lo resucita alguien con su lectura, y que vuelve a morirse, o hibernar, que para el caso es lo mismo, tan pronto se le cierra. Pero, como ante cualquier alarma considerada bélica, en el refugio de mi mente no había espacio para tanta espléndida metralla. En aquella trinchera cabía poca cosa. Máxime, acostumbrado como estaba el cuchitril de mi pobre cabeza a no albergar desde hacía muchos años más que ciega obediencia, incienso, avemarías y preces y responsos de estilo soporífero.
           
            Voltaire, Rouseau, Goethe, Hölderlin, Proust, Unamuno, Nietzsche, Huxley, Brecht, Camus, Sartre, Blasco Ibáñez, Miller, Papini, Ovidio, Plutarco, Maquiavelo, Virgilio, Tíbulo, Plauto, Petrarca, Platón. Esos eran nombres un tanto conocidos, si alguna vez uno había leído un periódico o se había dedicado a pequeños estudios. Pero y el resto... ¿Quiénes eran los autores de los otros volúmenes que convivían con ellos en una balda más abajo que yo no había visto en mi inspección primera? Aquella tabla sí que era un panteón ilustre. De allí yo sólo conocía a Aristóteles, padre de la filosofía y la física griegas de los movimientos celestes y terrestres. De él había un ejemplar de su famosa “Opera”, en cuyo apartado denominado el “Cielo” pude yo discernir y maravillarme de cómo Dante había enjaretado la concepción cosmológica de su Divina Comedia. Pero junto a él estaba un libro de Ptolomeo de Alejandría titulado “Almagesto”, nombre que averigüé que venía del árabe -de al-Magesti: el más Grande. Y en él se compendiaba el saber sobre astros de más de cinco siglos. Pero también había libros del pitagórico Filolao de Crotona, de Heráclides del Ponto, de Aristarco de Samos. Tratados de Newton y de Arquímedes. Un ejemplar de un matemático, astrónomo y astrólogo toledano de nombre Abraham Ben Ezra. Un volumen titulado “Tractado de la sphera”, de Johannes Sacrobosco, que viviera en la primera mitad del siglo XIII, y que fue muy apreciado entre la cristiandad. Además de obras del austriaco Peurbach, de Copérnico, del gran astrónomo andalusí Azarquiel, que vivió hacia el remate del milenio primero, de Johannes de Müler, conocido como “Regiomontano”, de Christoforo Clavius, el jesuita que llevó a cabo la reforma del calendario por mandato del Gran Gregorio XIII. Libros sobre Galileo, Calvino, Lutero, Giordano Bruno. Libros sobre Tycho Brahe de Dinamarca, Johannes  Kepler, de Tubinga. Sobre los científicos ingleses Hooke, Halley y Wren. ¿De quién era aquel fabuloso arsenal? ¿A quién interesaba tan apasionadamente el mundo de los astros, de la física, de las matemáticas; del antes y el después de todo tiempo? El alma me hervía y el corazón me palpitaba entre los  mismos labios con los que, a veces, pronunciaba palabras en una lectura turbadora y ardiente. Una vida entera se necesitaba para indagar aquello.  

            Más que entender y asimilar, mi mente hervía durante toda la noche como una gran marmita puesta sobre una hoguera y destinada a cocinar un informe potaje. Cuando, extenuado, intuía la proximidad de la luz nueva de otra amanecida, cerraba el ejemplar que estaba devorando y me dirigía, embriagado e ingrávido, a mi cuarto como un morfinómano que fuera levitando  entre alucinaciones. Grabados enigmáticos, esquemas sugerentes, frases confusas, conceptos intrincados, letras capitulares cargadas de misterio, “calderones” con alargados picos repletos de ocultas intenciones y claves tentadoras. Alguien que me hubiera observado, podría haber asegurado, que cada amanecer yo regresaba, de aquel mi contubernio, hipnotizado o drogado por el aliento del mismísimo diablo.  

            Me aseaba a trancas y barrancas como lo hace un crápula para borrar los rastros de una noche de insomnio y  voraz devaneo.  Luego me iba a recibir el desayuno, cual el santo viático, pues que en verdad era la vida lo que yo necesitaba reponer con sustancial urgencia. El aroma y el negror de aquel café ardiendo me quemaban las fauces como afable cauterio. Aquel era el acto que me reinsertaba, al menos aparentemente, en la normalidad del mundo y mis otros congéneres. Tras ello, volvía a mi aposento y, derrumbándome literalmente sobre la intacta cama, dormía durante dos o tres horas, procurando que nadie me echara de menos en la casa. Con eso y una cabezada después de la comida,  mi  cansancio  físico  que daba  restañado.  Repetiré: “A cierta edad, el sueño no es algo tan necesario”, como puede entenderse. No ocurría lo mismo con mi mente, que seguía cociendo y recociendo durante la jornada e, incluso, durante aquel escueto tiempo dedicado a mi sueño. Eran miles de palabras nuevas, de ideas, de maneras de concebir el cosmos, de conceptos y formas de entender la existencia, y de explicarla de modos muy distintos. Eran millares de razones, de sentimientos, de argumentos; incluso de principios, de dioses y valores, diferentes y opuestos. De dudas; sobre todo de dudas. Aquello era un caos. El mundo literario y del saber era una ingente y abigarrada alhóndiga en la que cada cual se afanaba por exhibir y vender su peculiar producto, quizás con el deseo único de recibir como pago o vital almoneda la compañía que supone el ser aceptado por los otros y no sentirnos solos. Tal vez el deseo de alguien, urgido por la necesidad imperiosa, de comprender esta vida efímera que apenas entregada se nos va de las manos sin saber hacia dónde. ¡Aquello era un caos! ¡Un fascinante caos! Un caos multicolor y necesario donde había de todo como en un bazar de especias situado en el lejano Oriente. Sin embargo, aquello era la vida, el pálpito del ser. Aquello era la libertad, la valentía; el riesgo hecho armonía y discrepancia a un tiempo, pero que en cualquier caso supone, ineludiblemente, la aventura humana de sentir y creer, de buscar y perderse.  

            Pero además estaban aquellos tomos que se  adentraban en el mundo escatológico y se ocupaban de los dioses abstractos. Había varios sobre cultura egipcia que a mí, no sé por qué, tanto me fascinaba desde la edad temprana, cuando mi tío Anselmo me entregara aquél que sería la cruz de mi desgracia y el factor de mis sueños, y que nunca volví a ver más desde mi brutal prendimiento. “Los ensueños del Nilo.” Algo volvía a hacerme recordar aquel perdido libro. Algo sutil, íntimo e inexplicable volvía a tender sus hilos entre mi ayer vetusto y mi ahora olvidado. Ése era un sentimiento confuso y entrañable que suscitaba en mí un cálido reencuentro. Y ante esta situación la gran pregunta, como emblema y estandarte de mi nueva cruzada. ¿Pero, a quién había pertenecido tan eximio y proverbial archivo que llegaba hasta mí y hacía explosionar de modo tan violento mi mente anquilosada? Nada tenía que ver este raudal recibido ahora, sin la mediación de píos consejeros ni trabas moralistas, a aquella tímida y tasada aproximación al saber y a la filosofía, permitida durante el ya tan remoto período de mi formación religiosa. Aquello era un arroyo, esto una torrentera. ¿Qué digo?: un magno océano. Tal era la avasalladora y apasionante sensación que yo experimentaba. Tal vez el mismo diablo me había dado a probar las mieles del ácido saber, y yo me había enviciado con ese néctar acre que unos llaman icor y otros aseguran que es la sangre más pura que brota del alma de los dioses, que, no se sabe por qué, para mí, siempre habían escondido sus mieles y exhibido sus llagas más sangrantes.


Descansa y déjame.

Leyó Manuel de aquel modo poseso e inhumano durante casi dos años. Y no podría preverse ni afirmarse en qué hubiera parado todo aquel desvarío si no hubiera sucedido lo que le sucedió. Aquel garito suyo se había convertido en una cueva hermética, en un antro iniciático; en un cubil de logia. No, allí no se celebraban ceremonias de magia ni ritos truculentos o viles misas negras, ni juntas hechiceras. Pero sí que, de algún modo, él podía afirmar que en su interior se estaba realizando su viaje sin retorno; su particular descenso a los infiernos. Eneas había bajado al averno, y también lo había hecho el Dante en compañía del eximio Virgilio. Hasta el mismo Cristo, al parecer, había descendido al érebo, según contaba uno de aquellos libros en el que figuraba un Evangelio escrito por un tal Bartolomé, que él descubría ahora, pues que nunca antes supo de su tal existencia.


Pero vayamos al asunto. Pues que seguramente el que nos lee está ya con el magín en ascuas comido de impaciencia, y tampoco es muy bueno marear o azuzar con la intriga.
           
La pista del suceso la descubrió Manuel sin mediar previo aviso, y por casualidad, como suele ocurrir siempre con los grandes hallazgos; como le sucediera a Fleming con la penicilina. Hay que decir que entre aquellos volúmenes algunos eran hermosos manuscritos de edad incalculable. En un primer momento no reparó en la huella. Era como un garabato situado en uno de los márgenes de uno de aquellos libros; en la página cuarenta y tres, para ser más exacto, de “El sepulcro de arena”, que era de un autor anónimo, y, por extraño que pueda resultar no tenía ni fecha de edición ni datos de impresores, pues que exhibía la marca de páginas rasgadas. Era un garabato informe hecho como utilizando una plumilla fina, y usando para ello una tinta serosa; amarillenta y enormemente rara. Un minúsculo trazo que, aparentemente, el paso de los años se había encargado de deslucir hasta convertirlo en una leve mancha de suave tono ámbar, apenas perceptible, semejante a un rastro de polilla o de larva. Además, era como algo que se iba perdiendo; como parte del cuerpo de una frase inconclusa, sin sentido aparente. Podría decirse que era un vestigio minúsculo que a nada incitaba, a no ser porque, tras tanto atracón de lectura, su mente extravagante estaba bien dispuesta a perseguir pesquisas y a trenzar conjeturas propias de un detective absurdo o un grafólogo ido o estrafalario. Aquella señal le hubiera pasado inadvertida a no ser porque le recordó otra traza de semejante cuño que había encontrado junto a un párrafo copiado al parecer del “Libro de los Muertos”, en el que se transcribía una oración que coronaba con este titular pomposo y aplastante: “Para no morir por segunda vez dentro del más allá.”  

            Tal vez por todo ello, y por la densa atmósfera repleta de locura, de pronto, don Manuel percibió por vez primera algo así como un suspiro humano que alentara cercano a su cogote. Eran las tres de la mañana. En medio de aquella profunda soledad de su simático archivo, envuelto entre la imprecisa penumbra abigarrada, un estremecimiento le recorrió entero. Le recorrió, completa, la tronchada osamenta de su caduco cuerpo. Y le hizo, incluso, detener, tembloroso, su lectura presente como si presintiera, cercano, el hálito de un espíritu asiduo y penitente. Miró en su derredor buscando una figura que  hubiera franqueado su celosa reserva. Un sudor frío le moteó la frente como escarcha de plata, y un cosquilleo le acarició como una oruga el cuello provocándole un tenue espeluzno. En verdad, era como si alguien estuviera respirando a su lado, muy cerca de su oído; como si un pálpito ajeno retumbara en su pecho. Pero no; allí no había nadie, al menos que se viera o pudiera palparse. Sólo el reloj insolente pellizcaba a la noche segundo a segundo para ir consumiéndola tenaz e inquebrantable. Sin embargo, a partir de aquel mismo momento comenzó a considerar a aquellos libros de un modo diferente. De pronto dejaron de ser simples compendios de erudición o de sabias entrañas. Dejaron de ser únicamente libros escritos por hombres de mentes prodigiosas para pasar a ser, además,  libros leídos por almas inciertas y titubeantes como era la suya,  que habían hecho persistir el eco de su alarma de modo reflectante. Y una dimensión insospechada y nueva vino a revelársele como infinitamente más importante y primordial que todo. Desde aquel momento comenzó a intrigarle, más que el texto que estaba ante sus ojos, el descubrimiento de aquél ser a quien habían pertenecido los mencionados libros. Pasó algunas páginas en busca de nuevos signos y notas del lector propietario, pero no halló nada más que nutriera su afán disparatado. El rastro del autor de las citas se perdía así en dos sencillas marcas, para él, simples e indescifrables. Se quedó pensativo y absorto como un explorador ante una nueva pista selvática e incierta. En el ambiente, algo, sin embargo, flotaba y persistía cual una niebla densa que se le fuera posando sobre cabeza y hombros con un peso infinito. Dejó la linterna sobre el libro y se entregó a aquel desconcierto inquietante y extraño que lo inmovilizaba como un suave narcótico. Era invierno cerrado y el frío arreciaba, sobre todo cuando el amanecer se iba acercando con su filo injuriante de grados bajo cero. Pidiéndole un esfuerzo a sus cansados brazos, ajustó a su cintura el paño negro y grueso que se ponía cada noche sobre las piernas para darse templanza y guarecer su próstata. No se puede decir cuanto tiempo estuvo achicando los ojos y arrugando su frente, sumido literalmente en la persecución de aquella huella vaga que la loca intuición ponía ante su instinto de viejo perdiguero. Algo le imposibilitaba para hacer otra cosa. De pronto, no supo qué le devolvió a su ser y, tras ello, a mirar nuevamente a la página en curso en que estaba la mácula. O tal vez fue el tufillo a chamusco que la linterna olvidada producía sobre el papel añoso. De cualquier modo, fue como salir de un sueño tras la explosión de una cascada de fuegos de artificio. Múltiples notas, cual procesión de hormigas, habían aparecido sobre la página como si de algo germinal se tratara. Su respiración se le candó y el corazón comenzó a golpearle, ahora sí, como un patear de jaco encabritado. Aquello era realmente increíble y diabólico. Un sarpullido de minúsculas frases cubría cuantos márgenes circundaban aquel cuerpo de texto. Volvió la página y arrimó la linterna. La nueva hoja le miró, desde su serena humildad, límpida e impoluta, de doncella inocente. Arrimó la linterna y acució en torno de una letra capitular que mostraba su rango de barroquismo ilustre, llevado por un entusiástico impulso de arqueólogo. Insistió en la candela arrimando la lámpara de forma acosadora, y se paró, obstinado, en el trance. Enseguida, como emergiendo del fondo de un lago misterioso, cientos de trazos comenzaron a mostrar el sinuoso mensaje en todo su entorno. La excitación y el pánico pavor esposaron su pulso, y don Manuel, febril y extenuado, como un arqueólogo que encontrara una tumba, se puso a pasar y a pasar páginas y más páginas en busca del reguero infinito del mensaje escondido. Era el calor de su linterna quien hacía aflorar el misterio de aquella escritura hecha con tinta ciega.  

            Aquella noche la vivió don Manuel perdido en una nueva dimensión mitad embriagadora mitad alucinógena. Tanto le sobrecogió su hallazgo, que, acontecido éste, ya no fue capaz de leer ni un renglón más del libro que tenía entre ojos y manos.  

            Lo mismo que si hubiera sido alcanzado por un vapor enajenante, quedó, él, de nuevo ahíto y paralítico sentado en su pupitre; el libro abandonado en su regazo, las manos como muertas a su lado, y la vista perdida en no se sabe qué zonas etéreas o formas incorpóreas. Dicen que es así como quedan los santos presos en los milagros. Más de tres horas estuvo, otra vez, inmerso en tales abstracciones, sin percatarse ni del paso del tiempo, ni de su inactividad, ni siquiera del lento y sutil regreso de la claridad de aquel amanecer. Únicamente, cuando volvió en sí, acometido de repente por un acceso de incredulidad, volvió a abrir su libro y buscó con acucia las marcas rescatadas. Luego las confirmó en las siguientes páginas, y después en las otras, y las otras; y todas las demás. Allí estaban todas las anotaciones hechas por un lector pretérito salido de los tiempos. Junto a algunos tachones hirientes y arrogantes, sin duda, marcados por el censor en las líneas del texto tipográfico, estaban ahora las anotaciones tímidas y sutiles del reo propietario o lector aplicado. Junto a la ruda prohibición, había brotado la astucia y valentía del hombre reflexivo que lee y vive a un tiempo, y no puede callar cuanto en él regurgita. Tembló Manuel como debió hacerlo el autor al garabatear sus comentarios y reflexiones heréticas e impías.  

            No fue a desayunar a la hora de regla. El cansancio lo tenía baldado y, la gran impresión, el cerebro ocupado. Su régimen de horarios se había trastocado. Al entrar al edificio de la Sacerdotal, alguien lo saludó, y él devolvió el saludo de un modo distraído y mecánico. Era demasiado temprano para venir ya de la calle. Y, quien le deseó una buena jornada, hizo una amable alusión al hecho, inusual, de que don Manuel regresara a esa hora. Él aceptó la observación como algo evidente.

             -Es usted todo un madrugador y un tenaz deportista, don Manuel.
             -Ya ves, la cama que es mala compañera para quienes tenemos un padecer de vértebras.
             -Ya no llega usted al refectorio -le dijo el que salía.
            -Malo será que no quede un cacillo de café en la cocina y alguna magdalena. Además, como ando en dos casas, en alguna de ellas encontraré pitanza.
             -Pues tenga usted cuidado, que la hermana Teresa esta hoy con cara de tiempo de cuaresma.
       -Conmigo no se atreve, porque sabe que luego me vengo echando penitencias -le respondió, astuto, envolviendo la gracia en verbo de ironía.
            Don Manuel salió del paso con su airosa locuacidad y su sereno temple. El ya lo sabía desde sus días de párroco allá en El Canchal: En momentos difíciles o muy comprometidos, no había que callarse ni debajo del agua. El titubeo o el silencio eran el primer paso hacia la aceptación del pecado y la culpa. Y en la vida, además de no ser condenado o convicto, había también que no dar pié ni a ser un sospechoso.






























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