De cómo tu
vida ha cambiado, desde que te hiciste señor de este Archivo, sólo yo puedo dar
fe y más explicaciones.
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Como todo
auténtico “converso”, es en el más estricto silencio en el que se resume y
manifiesta esta gran mutación que sólo a ti interesa. Ningún signo exterior,
ningún estigma o tatuaje impreso, ningún cambio de costumbres o hábitos a las
claras, salvo éste de invadir cada noche, sigiloso e invisible como espíritu
puro, este sacrosanto recinto de tu amada caverna. Unas cuantas horas robadas a
tu sueño, nada más. A cierta edad no es tan necesario el descanso, y sí las
horas de vigilia entregadas a componer y remendar los jirones y agujeros del
alma. La vida es un tesoro que se extingue; una hoguera que se va consumiendo
al ritmo de su antojo; sin agua que la apague, o cierzo convocado que la
aliente, avive o mantenga ni un instante más de lo marcado. Y ese anuncio del
cielo prometido, supongo yo que es una merced concebida por la mente de Dios,
pero nunca jamás por la raquítica ensoñación de un hombre apremiado por el
miedo y la duda. A saber, pues, cómo será eso del magro paraíso que los prestes truhanes de tus jefes, haciéndose
interpretes y depositarios de la Omnisciencia, os tienen prometido a todos los creyentes cual ganga o
recompensa por la docilidad, el acatamiento y las preñadas limosnas que deis
para reflotar sus retuertas finanzas. Pues que sabido es que esta Iglesia se
nutre de creyentes devotos, generosos y crédulos; tres virtudes que los curas
propugnan y preconizan como santo viático.
Pero vayamos un
poco más al frente, y hablemos sobre ello.
Durante varios días únicamente venías a sentarte entre
las hilas maternales de esta oscuridad. Simplemente parecía que te reconfortara
este espacio, cual teatro de ópera dispuesto ante un estreno, ¿Qué había aquí
que así te embelesara? ¿De qué era el Archivo Diocesano reflejo o exponente
para tu aquiescencia o tu vicio solaz? Entrabas cada noche con precisión de
cronómetro fabricado en Suiza, Venías ya, incluso, sin traer tu linterna,
Habías aprendido a moverte usando sólo el tacto como hacen los ciegos;
acariciando la piel de cuanto te rodeaba cual cuerpo fascinante que mostrara su
seda de visos lujuriosos, Sí, claro, Desde el primer momento supe que en el
cuidado extremo de todos los detalles residía mi éxito material o mi
supervivencia, El uso de la luz en el trayecto, por poca intensidad que ésta
tuviera, además de poder delatarme, me invitaba sobre todo a caer en descuidos,
La oscuridad es siempre un seguro acicate para la observación, y eso vale para
todas las orografías en que cursa la vida, Por eso, cuando uno tiene
perennemente la férrea imposición de la ceguera, todos los sentidos se uncen y
se muestran más agudos y alerta. La vista solamente, con su esplendorosa
ampulosidad y omnipotencia gráfica, atrofia y eclipsa a los demás sentidos,
Desde el primer día te tomaste la empresa como algo en lo que te fuera
realmente la vida, Como algo en lo que me fuera no; como algo en lo que me iba
la vida de verdad, ¿Tan importante era? Sí; tan importante, A ver; explícate, y
que todos te entiendan.
Verás; veréis.
Después de algunas noches, y cuando ya dominaba a
ciegas el espacio, decidí volver a usar mi linterna para poder examinar con
mayor precisión el anaquel de los libros prohibidos. No me tembló la mano, ni
ya me golpeó el corazón en el pecho con suma desmesura. Aparte de la agitación
emotiva de todo acto extravagante o lúdico, únicamente sentí, de inmediato, la
aguda decepción de quien ha sido objeto de la estafa o la burla solemne durante
muchos años y ahora se resarce. Y es que, de aquellos libros garabateados con
trazos y tachones violentos de censor, sólo unos pocos pertenecían al conocido
“Index Librorum Prohibitorum.” ¿Quién, pues, había hecho aquel macabro escarnio
con los demás convictos? Estaba claro que el celo incontinente de alguna
irascible abadesa mitrada o el furor iracundo de algún santo deán, que Dios
tenga en su gloria. ¿O tal vez había sido la rígida autoridad de un vulgar
arcediano, designado al efecto en tiempos lúgubres de los llamados de
entredicho y de riesgo para la fe cristiana? Aunque había que reconocer que, si
bien los otros libros no eran ni heréticos ni específicamente contrarios a la
fe y a las buenas costumbres, sí que algunos de ellos se referían a dioses
considerados falsos, impíos e insidiosos, así como a modos de entender de forma
estrafalaria el tiempo escatológico, ése que sigue a la putrefacción corpórea
de los hombres, cuando éstos trasponen el umbral de la muerte y surcan el
misterio telúrico del “siempre”. Ningún libro del resto estaba en la lista, de
casi cuatro mil que la Congregación del Santo Oficio tenía decretada como su
“expurgatorio”. Pero, entonces ¿de qué trataban todos aquellos volúmenes
malditos y enjaulados como reos medievos?
De nuevo sigo yo, y así te doy alivio.
Las primeras noches de vigilia las dedicó don Manuel,
sin agobios ni prisas, a tomar posesión del lugar, como ya hemos dicho. Debía
ser así, pues por cualquier falta o tropiezo sería descubierto por el gran
cancerbero que, simulando estar perennemente muerto, seguro que vigilaba aquel
maldito tártaro con su ojo afilado de lechuza nocturna. Cuando hubo dominado el
espació y conocido rincones y secretos, meditó sobre dónde establecer su lugar
de trabajo. Un viejo confesionario, roto y destartalado, le ofertó el cubículo
idóneo para ello. Era un magnífico cajón de madera de roble, cubierto de
labrados y formas retorcidas de demonios y sátiros, que, en un festón, cruelmente
engarzados por su parte más alta, animaban al probo penitente a su
arrepentimiento, o, si no, ya sabía...a lidiar con Botero por un tiempo sin
término. En un principio, rechazó el lugar por darle grima y cierta
claustrofobia. Mira que meterse a estudiar en un confesionario... Luego lo
sopesó nuevamente y no lo vio tan malo. Ya se ve cómo es de mudable el juicio
de los hombres insulsos. Pues bien, aquel cajón de penitencia echado ya en
desuso parecía en verdad proverbial para el caso. Hacer lecturas de los textos
prohibidos en aquel receptáculo era como purgar a priori y sin perder el tiempo
todos los posibles delitos desde el mismo
momento de cometer el yerro. Por otra parte, (meditó) libros retirados
del cauce, cajón penitencial fuera de utilidad, y él mismo, asignado a labores
de pura reserva, intendencia o trastero...: combinación perfecta. ¿No parecía
todo compaginar a las mil maravillas? “Al final y a la postre todos somos meros
productos de rastro y de desecho; bandujo y casquería; pifia y detritus”.
Reflexionó irónico. “Pues bien está que hagamos gremio y cuerpo solidario los
que somos, por decreto y situación, proscritos y olvidados.”
Lo
siguiente fue reparar el testigo de luz que el receptáculo poseía por dentro, y
que era misérrimo como bien corresponde a trance penitente. Así pues, alargó el
cable de conexión para que pudiera llegar fluido eléctrico con propicia
abundancia. Usó un cordón viejo más acorde con aquel deterioro, pues uno limpio
y nuevo hubiera exhibido su blancor y tersura cual corresponde a todo lo que es
joven y, en suma, escandaloso. Era una lámpara pequeña, pero lo suficiente para
hacer sus lecturas sin fatigar demasiado sus ojos ya de présbita. Después
sustituyó la vieja y raída cortinilla por otro paño negro más cumplido, viejo
también, pero decente y sin caspa ni polvo, que sujetó a la boca del mueble
exculpador, así como a los cuadrados de las celosías de ambos laterales. Lo
fijó mediante firmes hileras de chinchetas broncíneas que quitó a un tapiz de
butaca quebrada. Hecho aquel camuflaje, se salió del cubil, tendió el trapo del
frontal, cerró la doble puerta y se retiró hasta el lugar donde estaba anclado
el enchufe nodriza. Midió catorce pasos. Siempre era bueno conocer las
distancias. Inquieto, pero pletórico de pícara esperanza, introdujo, valiente,
la clavija; el macho en la hembra. Saltó el destello y chisporreteó al
contacto, pero todo pareció quedarse como estaba. Un rictus de desánimo le
trepanó las sienes. Tal vez hubiera propiciado algún cortocircuito. Y es que
dudó de que aquello en verdad hubiera funcionado enviando el fluido al lugar
que debía. Por eso tuvo que acercarse y abrir un poquito la puerta camuflada.
Pero... ¡Ah, qué grata maravilla! Una gran bocanada de luz lo confirmó en su
dicha: la luz eléctrica bañaba el recinto por dentro con audaz insolencia. Y,
en un golpe repentino de lógica, entendió por qué algunas mentes consideraban
siempre impúdica a la luz. Todo estaba perfecto, pues, sin embargo, desde fuera
no se veía nada. Nada absolutamente. Cualquiera habría podido estar allí, en
medio de la oscuridad más densa y no descubrir que él estaba en su reducto
bañado en claridad igual que dicen que refulgen los santos en su nimbo de
gloria y de ventura. Pero es que, además, ya había ideado un sistema de alertas,
que delatarían al intruso bastante antes de que se le acercara. Era un simple
caldero apostado cual trampa en medio del pasillo que terminaba en la escalera
descendente que daba entrada al sótano. Ahora no iban a pillarlo. Muchos años
separaban este hoy del traumático ayer del seminario. Y es que además, había
logrado aligerar de trastos una puerta interior que daba a una tronera que, a
su vez, conducía a un patio muerto que parecía que jamás hubiera transitado
alguien. Una salida perfecta en caso de emergencia, de la que solamente él
poseía la llave; pues la había encontrado puesta por dentro y ya la había
confiscado sin pérdida de tiempo. Tras lo que, incluso, efectuó una prueba
arriesgada y de fuego veraz ante el guardián acérrimo.
-Don
Senén, de esa puerta de atrás ¿dónde anda la llave?
-Ni
lo sé ni se me importa. ¿Está cerrada, verdad? Pues eso es lo que cuenta. Yo no
he tenido nunca aprecio de ese asunto. Eso considérelo usted como si fuera el
muro de lamentos que hay en Jerusalén o el tapión de Berlín que divide a las
dos Alemanias. Además, eso da a espacios cegados de dentro del Palacio y por
ahí no entran ni luz, ni corriente ni bicho. Hasta a mí se me había olvidado de
que tales vericuetos siguieran existiendo.
-No,
si yo lo digo por decir.
-Pues
no diga usted tanto y dedíquese a entretener el tiempo sin andar con pesquisas
ni con interrogantes propios de mezucones o de espías ilusos.
-No,
si sólo era un decir, por eso de decir.
Las
noches que siguieron, las dedicó don Manuel a perfeccionar su modo de llegada a
la hura, así como a su táctica de huir ante una fortuita emergencia. Se dio
cuenta de que, tras la cena y el ratito de asueto que cada noche congregaba a
todo residente en tertulia monótona de viejos pasmarotes, a él le era más conveniente
que subirse a la celda en el otro edificio, entrar en la capilla, y allí rezar
“completas”. La capilla era el único lugar en el que nadie sospechaba que se
tramara algo. De ese modo se ahorraba después el trayecto que, si no era así,
tenía que hacer cada noche a escondidas y a oscuras por el pasillo y la vieja escalera reseca y
quejumbrosa, de la que no era amigo. Por eso, cuidados y repasados todos los
diferentes puntos de su complejo plan (pues la complejidad es cosa subjetiva),
todo estuvo dispuesto. Entonces se preparó en firme a comenzar con aquella
lectura que concitaba su pasión y su ánimo como una travesura de edad
adolescente, o como un manjar sustancial para el alma sedienta y ambiciosa.
Todo su ser rebosaba pujanza y entusiasmo animal como un mancebo en vena. Era
una inquietud semejante a la que le proporcionaban los viajes o las aventuras
cuando era muchacho y los imaginaba. Porque viajar, lo que se dice viajar, él
no había viajado más que hasta el seminario y luego hasta El Canchal. Aquellos
libros no debían salir nunca de allí, por eso él iría a buscarlos. Incluso,
observó con minuciosidad, más propia de aplicado entomólogo que de osado
viajero, su lugar y su orden; su entorno, el polvillo blancuzco que los
acorralaba cual delicado encaje que hubiera bolilleado
el tiempo con su primor de sosiego o de claustro. Y es que ¿quién le decía a él
que aquel don Senén del diablo o de sus fieles huestes no los tenía colocados
con señales o marcas para averiguar si los tocaba alguien? Hasta hizo otro de
sus intentos para saber si el cura quisquilloso los tenía o no signados con
huellas o con trampas.
-Don
Senén, digo yo, que voy a limpiar el polvo y ordenar un poco aquellos
anaqueles.
-Haga
lo que le pete -le dijo el cascarrabias sin levantar la vista y con una
desatención acorde a su costumbre.
-Empezaré
por allí y llegaré hasta el otro lado sin descuidar ninguno. -Y remarcó el
“ninguno”.
-Limpie
lo que le plazca, que ya se cansará. Limpie legajos, atadijos, fardos, carpetas
o las resmas uncidas. Desvele la cara de los santos del polvo secular que los
ampara y hace más respetables. Y dé “Sidol” si quiere a todo el utillaje, a ver
si le saca pulimentos y brillos a todo este desastre y a esta quincallería.
¡Jesús, María y José, cuidado que hay ganas de hacer baldíos y tontunas entre
el género humano! -refunfuñó, don Senén, espléndido en su verbo, y más fundado que nunca entre sus argumentos.
Luego agregó-: Pues digo yo: el polvo aquí es igual que los vicios y que las
manías en los seres humanos, nunca se quitan, sólo se aventan o se mudan de
sitio o de postura. Pero allá usted. ¡Ah! ¡Pero eso sí!: a esos malditos y
execrables de allí -y bufó el adjetivo con furor y vehemencia, cual si
estuviera rabiado y espumara berrón
por entre los colmillos-, usted, ni se me les acerque. A ésos -y volvió a rugir
desaforado y fiero tomando más oxígeno- ¡A ésos, que se los lleve el diablo a
los mismos infiernos!; que se ahoguen entre las telarañas, la mugre y el
olvido. Que lo que no es de Dios, no lo amparen los hombres, y, menos, lo
adecenten. Si me hubieran dejado ya los hubiera chamuscado a todos. Pero como
dicen que algunos son antiguos. Como si por antiguos no fueran depravados.
Estaba
visto que don Senén sólo encontraba gusto y tono a la palabra cuando se trataba
de defender su feudo fervoroso del maligno enemigo.
Tras
estas prospecciones y precavidas tomas de postura, consideró Manuel que todo
estaba listo para iniciar aquella su cruzada que designó como de
autoculturización redentora y profana. Toda su vida había tenido sobre sí el
cepo y el detente de la prohibición obtusa y sin razones. Aquel castigo
ejemplar que le fue impuesto en el seminario, la noche que lo habían
descubierto leyendo aquel libro inocente, había supuesto para él mucho más que
una culpa que se expía y queda saldada tras decretar su pena. Durante todo el
resto de su insidiosa vida, como si de un residuo físico de poliomielitis
hubiera resultado, había quedado impedido para leer con libertad per saecula.
Era ahora cuando se daba cuenta de la mordaza soportada, cual sayón penitente,
durante tantos años. Y así, como se habitúa un tullido a su defecto físico
hasta llegar al punto de olvidarse de ello o creerlo común a todos sus
congéneres, él también había asumido, de modo inconsciente, aquella imposición
como carga inherente y de ínfimo agobio. Así pues, nunca más se había atrevido
a considerar otras lecturas más allá de las de sus libros de preces o de rezos
dictados; repasando una y otra vez textos, salmos u oraciones hasta
memorizarlas sin entrar en juicios ni discernimientos sobre sus contenidos. Y
con tal memorial había confeccionado, él, su entramado de ética y moral a salvo de toda contaminación espuria o
peligrosa. Tal vez era aquello lo único que había necesitado para atender su
fe, apacentar su espíritu y guiar a su rural parroquia. Al, fin y al cabo, él
había entendido su misión de un modo muy llano y muy primario. La había asumido
como la del servicio a los demás sin dar nunca ni pábulo o cabida a cismas de
creencias o mayores intríngulis de carácter teológico. La doctrina y el dogma,
así como las cartas pastorales, las nutricias encíclicas venidas desde Roma y
los pronunciamientos que se dicen ex cáthedra, siempre le habían parecido a él
asuntos destinados a no ahondar en ellos ni a aclararlos siquiera, sino a
acatarlos y poner punto en boca. Sin embargo, ahora era algo muy diferente lo
que él necesitaba. Desprovisto de su ocupación y responsabilidad de siempre,
ahora podía ponerse en peligro y corromperse; a él sólo atañía tal riesgo
temerario. Además, despojado de las razones que habían alimentado y sostenido
su vida. Ahora la soledad y el abandono se lo inundaban todo, y le abrían la
espita del capricho imprudente. Y, ve ahí, le había dado a él por pensar en los
grandes enigmas de la vida y la muerte, del ser y el existir, de la materia y
la esencia, del mundo y las esferas. Ante tal sequía del presente, necesitaba,
pues, concitar recursos y respuestas de bruces y a raudales. ¡Ya ves tú!;
respuestas él, que siempre había propiciado que entre su fiel feligresía no se
formularan ni siquiera preguntas sobre esas cuestiones de rango superior, sobre
las que bien podía entenderse que no había alegato que valiera para colmar las
mentes. Entendiendo que ésa era la mejor manera de llevar su rebaño por prados
de fraternal concordia y de paz interior, que, al fin y al cabo, era lo que
demandaba la grey en su trashumante trasiego en la vida. “De lo que se trata es
de ir pasando los días y enlazar el nacer y la muerte de la mejor manera. De lo
demás; de creencias, dogmas, santos, iluminados, quimeras y milagros; los
necesarios para pasar el trance ¿Y preguntas?, las menos que se pueda. ¡Qué
caray! Que responder es siempre un engorro, una solemne petulancia y un burdo
atrevimiento, pues que nadie sabe en verdad nada de esas cosas. Y anda que no
son cínicos y engreídos ésos que se ponen a hablar y a definir a Dios. Como si
Dios fuera un artículo puesto en la vitrina de una expendeduría, y pudiera
abrirse a la canal o hacérsele una autopsia, o mostrar su entretela.”
Eso es lo que había pensado él
durante todos los años que había vivido y ejercido el ministerio allá en su
parroquia del remoto Canchal. Su trabajo había sido, pues, como de patriarca. Y
como padre del clan había obrado con aquéllos, sus hijos, el amor, la justicia,
el consejo, el consuelo y la misericordia. También la severidad, la disciplina
y el trato espartano, cuando era menester. “Que de
todo ingrediente debe constar el buen caldero,
aunque sea cocción para cebar marranos”, decía él a modo de remate.
Su ministerio, pues, había sido
esencialmente humano. Lo demás no era más que el ensamblaje o enjaretamiento de
las artes necesarias para que, quienes lo rodeaban, sintieran el consuelo de
soñar y creerse que, al final de todo este trajín absurdo y petulante que es en
verdad la vida, serían inmortales. ¿Una mentira? ¡Ni hablar! Un acto infinito
de amor. Pues que hacer creer a otros lo que uno recela y supone que es falso
no dejaba de ser una patata ardiendo.
-Ahora déjame
a mí.
-Pero si has sido tú quien se ha puesto a hablar.
-Tu o yo, qué más nos da.
Seiscientos
noventa y tres días estuve leyendo sin darme un resuello. Más que leer era
devorar las palabras. Las ideas se me agolpaban en la frente como seres
atónitos que quisieran huir de un cataclismo y refugiarse en mí, y quedarse al
abrigo. Tanta necesidad tenían todas aquellas ideas de salir de las mohosas
páginas y hacer repoblación en tierra acogedora. Fue entonces cuando entendí
que todo libro está siempre muerto hasta que lo resucita alguien con su
lectura, y que vuelve a morirse, o hibernar, que para el caso es lo mismo, tan
pronto se le cierra. Pero, como ante cualquier alarma considerada bélica, en el
refugio de mi mente no había espacio para tanta espléndida metralla. En aquella
trinchera cabía poca cosa. Máxime, acostumbrado como estaba el cuchitril de mi
pobre cabeza a no albergar desde hacía muchos años más que ciega obediencia,
incienso, avemarías y preces y responsos de estilo soporífero.
Voltaire, Rouseau, Goethe,
Hölderlin, Proust, Unamuno, Nietzsche, Huxley, Brecht, Camus, Sartre, Blasco
Ibáñez, Miller, Papini, Ovidio, Plutarco, Maquiavelo, Virgilio, Tíbulo, Plauto,
Petrarca, Platón. Esos eran nombres un tanto conocidos, si alguna vez uno había
leído un periódico o se había dedicado a pequeños estudios. Pero y el resto...
¿Quiénes eran los autores de los otros volúmenes que convivían con ellos en una
balda más abajo que yo no había visto en mi inspección primera? Aquella tabla
sí que era un panteón ilustre. De allí yo sólo conocía a Aristóteles, padre de
la filosofía y la física griegas de los movimientos celestes y terrestres. De
él había un ejemplar de su famosa “Opera”, en cuyo apartado denominado el
“Cielo” pude yo discernir y maravillarme de cómo Dante había enjaretado la
concepción cosmológica de su Divina Comedia. Pero junto a él estaba un libro de
Ptolomeo de Alejandría titulado “Almagesto”, nombre que averigüé que venía del
árabe -de al-Magesti: el más Grande. Y en él se compendiaba el saber sobre
astros de más de cinco siglos. Pero también había libros del pitagórico Filolao
de Crotona, de Heráclides del Ponto, de Aristarco de Samos. Tratados de Newton
y de Arquímedes. Un ejemplar de un matemático, astrónomo y astrólogo toledano
de nombre Abraham Ben Ezra. Un volumen titulado “Tractado de la sphera”, de
Johannes Sacrobosco, que viviera en la primera mitad del siglo XIII, y que fue
muy apreciado entre la cristiandad. Además de obras del austriaco Peurbach, de
Copérnico, del gran astrónomo andalusí Azarquiel, que vivió hacia el remate del
milenio primero, de Johannes de Müler, conocido como “Regiomontano”, de
Christoforo Clavius, el jesuita que llevó a cabo la reforma del calendario por
mandato del Gran Gregorio XIII. Libros sobre Galileo, Calvino, Lutero, Giordano
Bruno. Libros sobre Tycho Brahe de Dinamarca, Johannes Kepler, de Tubinga. Sobre los científicos
ingleses Hooke, Halley y Wren. ¿De quién era aquel fabuloso arsenal? ¿A quién
interesaba tan apasionadamente el mundo de los astros, de la física, de las
matemáticas; del antes y el después de todo tiempo? El alma me hervía y el
corazón me palpitaba entre los mismos
labios con los que, a veces, pronunciaba palabras en una lectura turbadora y
ardiente. Una vida entera se necesitaba para indagar aquello.
Más
que entender y asimilar, mi mente hervía durante toda la noche como una gran
marmita puesta sobre una hoguera y destinada a cocinar un informe potaje.
Cuando, extenuado, intuía la proximidad de la luz nueva de otra amanecida,
cerraba el ejemplar que estaba devorando y me dirigía, embriagado e ingrávido,
a mi cuarto como un morfinómano que fuera levitando entre alucinaciones. Grabados enigmáticos,
esquemas sugerentes, frases confusas, conceptos intrincados, letras capitulares
cargadas de misterio, “calderones” con alargados picos repletos de ocultas
intenciones y claves tentadoras. Alguien que me hubiera observado, podría haber
asegurado, que cada amanecer yo regresaba, de aquel mi contubernio, hipnotizado
o drogado por el aliento del mismísimo diablo.
Me aseaba a trancas y barrancas como
lo hace un crápula para borrar los rastros de una noche de insomnio y voraz devaneo. Luego me iba a recibir el desayuno, cual el
santo viático, pues que en verdad era la vida lo que yo necesitaba reponer con
sustancial urgencia. El aroma y el negror de aquel café ardiendo me quemaban
las fauces como afable cauterio. Aquel era el acto que me reinsertaba, al menos
aparentemente, en la normalidad del mundo y mis otros congéneres. Tras ello,
volvía a mi aposento y, derrumbándome literalmente sobre la intacta cama,
dormía durante dos o tres horas, procurando que nadie me echara de menos en la
casa. Con eso y una cabezada después de la comida, mi cansancio físico que daba restañado. Repetiré: “A cierta edad, el sueño no es algo
tan necesario”, como puede entenderse. No ocurría lo mismo con mi mente, que
seguía cociendo y recociendo durante la jornada e, incluso, durante aquel
escueto tiempo dedicado a mi sueño. Eran miles de palabras nuevas, de ideas, de
maneras de concebir el cosmos, de conceptos y formas de entender la existencia,
y de explicarla de modos muy distintos. Eran millares de razones, de
sentimientos, de argumentos; incluso de principios, de dioses y valores,
diferentes y opuestos. De dudas; sobre todo de dudas. Aquello era un caos. El
mundo literario y del saber era una ingente y abigarrada alhóndiga en la que
cada cual se afanaba por exhibir y vender su peculiar producto, quizás con el
deseo único de recibir como pago o vital almoneda la compañía que supone el ser
aceptado por los otros y no sentirnos solos. Tal vez el deseo de alguien,
urgido por la necesidad imperiosa, de comprender esta vida efímera que apenas
entregada se nos va de las manos sin saber hacia dónde. ¡Aquello era un caos!
¡Un fascinante caos! Un caos multicolor y necesario donde había de todo como en
un bazar de especias situado en el lejano Oriente. Sin embargo, aquello era la
vida, el pálpito del ser. Aquello era la libertad, la valentía; el riesgo hecho
armonía y discrepancia a un tiempo, pero que en cualquier caso supone,
ineludiblemente, la aventura humana de sentir y creer, de buscar y perderse.
Pero
además estaban aquellos tomos que se
adentraban en el mundo escatológico y se ocupaban de los dioses
abstractos. Había varios sobre cultura egipcia que a mí, no sé por qué, tanto
me fascinaba desde la edad temprana, cuando mi tío Anselmo me entregara aquél
que sería la cruz de mi desgracia y el factor de mis sueños, y que nunca volví
a ver más desde mi brutal prendimiento. “Los ensueños del Nilo.” Algo volvía a
hacerme recordar aquel perdido libro. Algo sutil, íntimo e inexplicable volvía
a tender sus hilos entre mi ayer vetusto y mi ahora olvidado. Ése era un
sentimiento confuso y entrañable que suscitaba en mí un cálido reencuentro. Y
ante esta situación la gran pregunta, como emblema y estandarte de mi nueva
cruzada. ¿Pero, a quién había pertenecido tan eximio y proverbial archivo que
llegaba hasta mí y hacía explosionar de modo tan violento mi mente anquilosada?
Nada tenía que ver este raudal recibido ahora, sin la mediación de píos
consejeros ni trabas moralistas, a aquella tímida y tasada aproximación al
saber y a la filosofía, permitida durante el ya tan remoto período de mi
formación religiosa. Aquello era un arroyo, esto una torrentera. ¿Qué digo?: un
magno océano. Tal era la avasalladora y apasionante sensación que yo
experimentaba. Tal vez el mismo diablo me había dado a probar las mieles del
ácido saber, y yo me había enviciado con ese néctar acre que unos llaman icor y
otros aseguran que es la sangre más pura que brota del alma de los dioses, que,
no se sabe por qué, para mí, siempre habían escondido sus mieles y exhibido sus
llagas más sangrantes.
Descansa y déjame.
Leyó Manuel de aquel modo poseso e inhumano durante
casi dos años. Y no podría preverse ni afirmarse en qué hubiera parado todo
aquel desvarío si no hubiera sucedido lo que le sucedió. Aquel garito suyo se
había convertido en una cueva hermética, en un antro iniciático; en un cubil de
logia. No, allí no se celebraban ceremonias de magia ni ritos truculentos o
viles misas negras, ni juntas hechiceras. Pero sí que, de algún modo, él podía
afirmar que en su interior se estaba realizando su viaje sin retorno; su
particular descenso a los infiernos. Eneas había bajado al averno, y también lo
había hecho el Dante en compañía del eximio Virgilio. Hasta el mismo Cristo, al
parecer, había descendido al érebo, según contaba uno de aquellos libros en el
que figuraba un Evangelio escrito por un tal Bartolomé, que él descubría ahora,
pues que nunca antes supo de su tal existencia.
Pero vayamos al asunto. Pues que seguramente el que
nos lee está ya con el magín en ascuas comido de impaciencia, y tampoco es muy
bueno marear o azuzar con la intriga.
La pista del
suceso la descubrió Manuel sin mediar previo aviso, y por casualidad, como
suele ocurrir siempre con los grandes hallazgos; como le sucediera a Fleming
con la penicilina. Hay que decir que entre aquellos volúmenes algunos eran
hermosos manuscritos de edad incalculable. En un primer momento no reparó en la
huella. Era como un garabato situado en uno de los márgenes de uno de aquellos
libros; en la página cuarenta y tres, para ser más exacto, de “El sepulcro de
arena”, que era de un autor anónimo, y, por extraño que pueda resultar no tenía
ni fecha de edición ni datos de impresores, pues que exhibía la marca de
páginas rasgadas. Era un garabato informe hecho como utilizando una plumilla
fina, y usando para ello una tinta serosa; amarillenta y enormemente rara. Un
minúsculo trazo que, aparentemente, el paso de los años se había encargado de
deslucir hasta convertirlo en una leve mancha de suave tono ámbar, apenas
perceptible, semejante a un rastro de polilla o de larva. Además, era como algo
que se iba perdiendo; como parte del cuerpo de una frase inconclusa, sin
sentido aparente. Podría decirse que era un vestigio minúsculo que a nada
incitaba, a no ser porque, tras tanto atracón de lectura, su mente extravagante
estaba bien dispuesta a perseguir pesquisas y a trenzar conjeturas propias de
un detective absurdo o un grafólogo ido o estrafalario. Aquella señal le
hubiera pasado inadvertida a no ser porque le recordó otra traza de semejante
cuño que había encontrado junto a un párrafo copiado al parecer del “Libro de
los Muertos”, en el que se transcribía una oración que coronaba con este
titular pomposo y aplastante: “Para no morir por segunda vez dentro del más
allá.”
Tal vez por todo ello, y por la
densa atmósfera repleta de locura, de pronto, don Manuel percibió por vez
primera algo así como un suspiro humano que alentara cercano a su cogote. Eran
las tres de la mañana. En medio de aquella profunda soledad de su simático
archivo, envuelto entre la imprecisa penumbra abigarrada, un estremecimiento le
recorrió entero. Le recorrió, completa, la tronchada osamenta de su caduco
cuerpo. Y le hizo, incluso, detener, tembloroso, su lectura presente como si
presintiera, cercano, el hálito de un espíritu asiduo y penitente. Miró en su
derredor buscando una figura que hubiera
franqueado su celosa reserva. Un sudor frío le moteó la frente como escarcha de
plata, y un cosquilleo le acarició como una oruga el cuello provocándole un
tenue espeluzno. En verdad, era como si alguien estuviera respirando a su lado,
muy cerca de su oído; como si un pálpito ajeno retumbara en su pecho. Pero no;
allí no había nadie, al menos que se viera o pudiera palparse. Sólo el reloj
insolente pellizcaba a la noche segundo a segundo para ir consumiéndola tenaz e
inquebrantable. Sin embargo, a partir de aquel mismo momento comenzó a
considerar a aquellos libros de un modo diferente. De pronto dejaron de ser
simples compendios de erudición o de sabias entrañas. Dejaron de ser únicamente
libros escritos por hombres de mentes prodigiosas para pasar a ser, además, libros leídos por almas inciertas y
titubeantes como era la suya, que habían
hecho persistir el eco de su alarma de modo reflectante. Y una dimensión
insospechada y nueva vino a revelársele como infinitamente más importante y
primordial que todo. Desde aquel momento comenzó a intrigarle, más que el texto
que estaba ante sus ojos, el descubrimiento de aquél ser a quien habían
pertenecido los mencionados libros. Pasó algunas páginas en busca de nuevos
signos y notas del lector propietario, pero no halló nada más que nutriera su
afán disparatado. El rastro del autor de las citas se perdía así en dos
sencillas marcas, para él, simples e indescifrables. Se quedó pensativo y
absorto como un explorador ante una nueva pista selvática e incierta. En el
ambiente, algo, sin embargo, flotaba y persistía cual una niebla densa que se
le fuera posando sobre cabeza y hombros con un peso infinito. Dejó la linterna
sobre el libro y se entregó a aquel desconcierto inquietante y extraño que lo
inmovilizaba como un suave narcótico. Era invierno cerrado y el frío arreciaba,
sobre todo cuando el amanecer se iba acercando con su filo injuriante de grados
bajo cero. Pidiéndole un esfuerzo a sus cansados brazos, ajustó a su cintura el
paño negro y grueso que se ponía cada noche sobre las piernas para darse
templanza y guarecer su próstata. No se puede decir cuanto tiempo estuvo
achicando los ojos y arrugando su frente, sumido literalmente en la persecución
de aquella huella vaga que la loca intuición ponía ante su instinto de viejo
perdiguero. Algo le imposibilitaba para hacer otra cosa. De pronto, no supo qué
le devolvió a su ser y, tras ello, a mirar nuevamente a la página en curso en
que estaba la mácula. O tal vez fue el tufillo a chamusco que la linterna
olvidada producía sobre el papel añoso. De cualquier modo, fue como salir de un
sueño tras la explosión de una cascada de fuegos de artificio. Múltiples notas,
cual procesión de hormigas, habían aparecido sobre la página como si de algo
germinal se tratara. Su respiración se le candó y el corazón comenzó a
golpearle, ahora sí, como un patear de jaco encabritado. Aquello era realmente
increíble y diabólico. Un sarpullido de minúsculas frases cubría cuantos
márgenes circundaban aquel cuerpo de texto. Volvió la página y arrimó la
linterna. La nueva hoja le miró, desde su serena humildad, límpida e impoluta,
de doncella inocente. Arrimó la linterna y acució en torno de una letra
capitular que mostraba su rango de barroquismo ilustre, llevado por un
entusiástico impulso de arqueólogo. Insistió en la candela arrimando la lámpara
de forma acosadora, y se paró, obstinado, en el trance. Enseguida, como
emergiendo del fondo de un lago misterioso, cientos de trazos comenzaron a
mostrar el sinuoso mensaje en todo su entorno. La excitación y el pánico pavor
esposaron su pulso, y don Manuel, febril y extenuado, como un arqueólogo que
encontrara una tumba, se puso a pasar y a pasar páginas y más páginas en busca
del reguero infinito del mensaje escondido. Era el calor de su linterna quien
hacía aflorar el misterio de aquella escritura hecha con tinta ciega.
Aquella
noche la vivió don Manuel perdido en una nueva dimensión mitad embriagadora
mitad alucinógena. Tanto le sobrecogió su hallazgo, que, acontecido éste, ya no
fue capaz de leer ni un renglón más del libro que tenía entre ojos y manos.
Lo mismo que si hubiera sido
alcanzado por un vapor enajenante, quedó, él, de nuevo ahíto y paralítico
sentado en su pupitre; el libro abandonado en su regazo, las manos como muertas
a su lado, y la vista perdida en no se sabe qué zonas etéreas o formas
incorpóreas. Dicen que es así como quedan los santos presos en los milagros.
Más de tres horas estuvo, otra vez, inmerso en tales abstracciones, sin
percatarse ni del paso del tiempo, ni de su inactividad, ni siquiera del lento
y sutil regreso de la claridad de aquel amanecer. Únicamente, cuando volvió en
sí, acometido de repente por un acceso de incredulidad, volvió a abrir su libro
y buscó con acucia las marcas rescatadas. Luego las confirmó en las siguientes
páginas, y después en las otras, y las otras; y todas las demás. Allí estaban
todas las anotaciones hechas por un lector pretérito salido de los tiempos.
Junto a algunos tachones hirientes y arrogantes, sin duda, marcados por el
censor en las líneas del texto tipográfico, estaban ahora las anotaciones
tímidas y sutiles del reo propietario o lector aplicado. Junto a la ruda
prohibición, había brotado la astucia y valentía del hombre reflexivo que lee y
vive a un tiempo, y no puede callar cuanto en él regurgita. Tembló Manuel como
debió hacerlo el autor al garabatear sus comentarios y reflexiones heréticas e
impías.
No
fue a desayunar a la hora de regla. El cansancio lo tenía baldado y, la gran
impresión, el cerebro ocupado. Su régimen de horarios se había trastocado. Al
entrar al edificio de la Sacerdotal, alguien lo saludó, y él devolvió el saludo
de un modo distraído y mecánico. Era demasiado temprano para venir ya de la
calle. Y, quien le deseó una buena jornada, hizo una amable alusión al hecho,
inusual, de que don Manuel regresara a esa hora. Él aceptó la observación como
algo evidente.
-Es
usted todo un madrugador y un tenaz deportista, don Manuel.
-Ya
ves, la cama que es mala compañera para quienes tenemos un padecer de
vértebras.
-Ya
no llega usted al refectorio -le dijo el que salía.
-Malo
será que no quede un cacillo de café en la cocina y alguna magdalena. Además,
como ando en dos casas, en alguna de ellas encontraré pitanza.
-Pues
tenga usted cuidado, que la hermana Teresa esta hoy con cara de tiempo de
cuaresma.
-Conmigo
no se atreve, porque sabe que luego me vengo echando penitencias -le respondió,
astuto, envolviendo la gracia en verbo de ironía.
Don
Manuel salió del paso con su airosa locuacidad y su sereno temple. El ya lo
sabía desde sus días de párroco allá en El Canchal: En momentos difíciles o muy
comprometidos, no había que callarse ni debajo del agua. El titubeo o el
silencio eran el primer paso hacia la aceptación del pecado y la culpa. Y en la
vida, además de no ser condenado o convicto, había también que no dar pié ni a
ser un sospechoso.
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