sábado, 1 de marzo de 2014

Los fámulos de Osiris



LOS FÁMULOS DE OSIRIS


***

No puedo decir que el anuncio de la muerte de Merit llegara a sorprenderme. Hacía algunos meses que no la había vuelto a ver, pues mi ubicación y vida dentro del recinto sagrado y el precepto de mutismo así me lo imponían. Recibí la noticia con el sosiego de aquello que se sabe lógico e irrefutable aunque tremendo. Y hasta no comprendí por qué otros, incluido el real tesorero, fueron tan rebeldes a aceptar un hecho que, conociendo la sutileza de aquella mujer, ella nos había preconizado tan claramente a todos. Merit murió exhibiendo toda la elegancia y astucia que su saber había acumulado durante toda su vida. Entonces entendí cómo el proceso de una muerte es siempre el resumen de cómo se ha vivido y la muestra patente de quién se ha conseguido ser en lo que es esencial y, en suma, trascendente.
            Sin embargo, y pese a todo, en mi interior, mi dolor no tuvo ni mesura ni límites, aunque no derramé ni una lágrima ni hice ostentación alguna más allá de la que le correspondía a la gratitud y al afecto de un digno prohijado. La pené en silencio. Y en silencio me rebelé una vez más con aquello que no descifraba y que, cada vez que sucedía en mi entorno, hacía tambalear los precarios cimientos de mis ralas creencias. ¿Existían en verdad los dioses que permitían las muertes onerosas? ¿Era cierta la existencia de la vida tras la vida? A pesar de haber conocido ya veinticuatro crecidas, la confusión en mi interior era cada vez más pasmosa.
             Yo había terminado ya el nuevo trabajo que el faraón me había encomendado. Y tras ser llamado a su presencia y recibir sus felicitaciones, se me había comunicado el deseo del rey de que comenzara mi formación para acceder al tercer grado entre los sacerdotes. Al parecer, alguien tenía diseñado de antemano mi destino, y según yo iba respondiendo a las expectativas secretas que ese alguien tenía trazadas para mí, se me iba ordenando mi siguiente tarea. Tras una fuerte lucha contra mi rebeldía, que clamaba airadamente por dejar de forma categórica de ser el juguete de otros, aún a pesar de perder todos los privilegios y tener que enfrentarme a una vida en la que buscarme el sustento diario, acepté el nuevo desafío porque, pese a mi indocilidad, un gusano interior horadaba el pan de mis creencias. Necesitaba enfrentarme al mundo lóbrego de los dioses y desentrañar qué era lo que mi espíritu y mi razón podían aceptar y qué no de todo aquel embrollo. Su presencia en nuestras vidas era demasiado aplastante para vivir bajo ella sólo porque la rutina así lo aconsejara o al estamento oficial así le interesaba.
             El cuerpo de Merit fue entregado en la Casa de Muerte. Allí se confió al mejor embalsamador que existía en la ciudad de Tebas, y sus exequias fueron largas y suntuosas como correspondía a alguien tan clave e influyente en todo Kemit. Era lo menos que el país podía hacer por quien, a la luz o en la sombra, siempre había tejido tan afanosamente para confeccionar el sutil y quebradizo velo que protegía el espacio de la estatal intriga.
            Ya he dicho que por aquellos días yo había entregado mi último trabajo a Horus Horemheb y su beneplácito me hacía gozar de notorio prestigio. A través de Bakenkhons, que ahora me trataba con lejanía, pero con mayor cordialidad, solicité sin vacilar que se me permitiera asistir a las labores del proceso de momificación de la gran dama. La excepcional autorización me fue comunicada por boca del mismo Paramessu. Al parecer, era ahora él quien, desde su rutilante cargo de visir, debía refrendar todo lo concerniente a mí. La extraordinaria condescendencia real venía a acreditar su beneplácito hacia mi último trabajo y confirmaba mis sospechas de un plan trazado para mí, pero, a la vez, encerraba una nueva gabela. Tan pronto como hubieran concluido los setenta días preceptivos para aquel ritual, yo viajaría a Menfis acompañando el cuerpo exánime de Merit y, tras su inhumación, además de comenzar mi instrucción en los saberes teológicos, me integraría en el equipo que mandaba aquél a quien se signaba ya con el egregio título de “boca principal del país”. En adelante, el visir Paramessu regiría mi vida abiertamente. ¿Estudiar las ciencias de los dioses lejos del gran templo de Karnak? No podía entenderlo. ¿Qué era aquel desatino? ¿O, acaso, querían alejarme de allí? ¿Y eso, con qué fin?
           
Nunca le gustaba a él recordar aquel luctuoso suceso. Lo tenía arrinconado en el fondo del alma como un trasto de infancia que se ha subido a la buhardilla para que ya no estorbe. Pero cíclicamente volvía a posarse entre sus cejas como un negro murciélago a quien nadie llamaba. Lo hacía cada vez que tenía que despedir a un muerto o decir una misa de difuntos, aunque él había aprendido a sacudírselo como a un tabarro incómodo. En su día, aquel suceso le había cambiado la existencia y vuelto a remover la apaciguada bilis de su vocación y su fe. Ahora, de nuevo, parecía que alguien había tocado a zafarrancho, y su olvidado desván se ponía con las patas por alto. 
            El chico tenía nueve años y era su monaguillo. Eran los días de sus primeros tiempos de párroco neófito, cuando la emigración en El Canchal aún no había rebanado la población más joven, y había un grupo de chiquillos que corrían por las calles y daban a los días colores de futuro y gritos de alegría.
            Jesús iba a su casa cada tarde para sacar unos cubos de agua de la alberca y ayudar a la Emilia a echárselos al huerto. 
            La cosa había sido en extremo sencilla. Con la simpleza con la que se enjaretan y hacen verdad los peores sucesos. Domingo de verano. Tarde de bautizo en el pueblo. Ceremonia en la iglesia. Y el padrino que tira a la “repañina” manises y confites y alguna perra gorda entreverada, y que luego invita a la chiquillería a un vaso de chocolate espeso con derecho a reenganche. Y ellos que se ponen las botas, pues que no cualquier día es un día de fiesta ni se cristiana a un crío.
            Luego los chicos se fueron sin decírselo a nadie a bañarse a la charca.
            Cuando el tío Casiano vino a tocar a rebato ya era noche cerrada y el pueblo entero corría y gritaba igual que poseído. Todos bajaron en tropel a la ciénaga y encendieron hogueras para poderse ver los unos a los otros porque no había luna. Dos mozos se anudaron sendas sogas al pecho para poder meterse, pues el lodo les impedía el paso y los amenazaba con dejarlos adentro.  
            Aquella había sido la noche más cruel de toda su existencia. Un dolor gigantesco. La locura de un grito lanzado hacia el abismo, y el abismo permaneciendo mudo cual si no le importara el aullido de aquella pobre madre. Los mozos tiritando, metidos en el agua, tentando y rastreando aquel lodo asesino y viscoso como piel de batracio. Y las horas pasando como pasan las horas sin detenerse nunca, mientras tronchaban a aquella mujer que rebuscaba en sí algo más que entregar al bestial sufrimiento hasta quedarse exhausta y así morirse junto a la muerte injusta que arrebata a un hijo.   
            Y luego el cadáver hinchado y desnudo del impúber muchacho, acotado por el blancor hiriente que deja la ropa íntima retirada en contraste con el resto de la piel que exhibe un moreno bravío y montaraz. El cuerpo despojado, tendido sobre el ara de la capilla mínima contigua al cementerio, rala de luz y llena de telarañas manoteadas con urgencia. Y el pueblo entero arremolinado hasta la madrugada, a la espera de que un forense amargo, enjuto y perezoso, venga dando bostezos, haga sus cortes, y certifique lo que todos sabían.
              Y el cura con cara de payaso. A punto de huir de aquella macabrada, para la que no encontraba palabra alguna que llevarse a la boca. Aquel momento horrible que pone en entredicho cuanto cuente quien quiera. Porque el misterio se tiende mudo sobre la piel horrible de la infame catástrofe, y no hay explicación alguna para una madre que tiene entre sus brazos el cuerpo muerto de aquel a quien dio vida y le entregó su alma.


Mi aproximación al negro mundo que preside Anubis, el ínclito chacal, constituyó una durísima prueba para mi mente, para mi corazón, y para mis creencias.
            “El que ha venido a la existencia por sí mismo”. Recordé mi experiencia entre las dunas de Saqqara, frente a las grandes pirámides. Desde entonces siempre había ido al encuentro frontal de la vida. Y ahora también debía hacerlo, aunque fuera encarando la vía aterradora de la muerte. Asistir al proceso de momificación de quien había sido para mí la sombra de una madre y a la vez mi estupridora y mi amante, era algo difícil de asumir. Sin embargo, en mi interior algo clamaba para que yo me impusiera a mí mismo tan cruel experiencia. Necesitaba recibir también de Merit, quien me había transmitido con tanto ardor la fuerza más imperiosa y ciega de la vida, aquella negra y amarga lección que me enseñaba cómo habían de ser los primeros pasos por el tenebroso Duat; el submundo en el que se decía que habitaban los horribles monstruos, ésos que se ocultaban, acechantes, bajo aguas de fuego que congelan.
            Chereb sería el artesano encargado de hacer aquel trabajo en la Per‑Nefer donde él era el primer capataz. Aquella Casa de la Muerte era la más reputada de todo el entorno. En ella solamente trabajaban hombres a sueldo, de quienes se aseguraba que habían recibido su saber directamente del sacrosanto Anubis. Y, aunque también contaba con fámulos infames y ramplones, a ellos no se les permitía tocar los cuerpos, y sólo se encargaban de asuntos de intendencia o acarreo doméstico. Aquel depósito no era como otros que había en la región, y que se abastecían de operarios reos de la justicia y condenados por la ley a tales cometidos y  trabajos protervos, y de los que todo el mundo huía sin darles ni cobijo, ni pan, y mucho menos caridades o apego. De tales seres se decía que, el repudio que recibían del pueblo, ellos lo compensaban con prácticas infames consumadas sobre los mismos muertos. Sabido era que la llegada a aquel mortuorio del cadáver de una mujer, aunque fuera contrahecha o añosa, o el desenlace le hubiera sobrevenido acompañado de úlceras o pústulas, ellos la celebraban con alto regocijo. Y es que se aseguraba, que los cuerpos recientes de las mujeres, siempre les propiciaban goces y complacencias innombrables, ante los que apostaban, hacían tratos y ensartaban peleas y rivalidades que no pocas veces terminaban en reyertas y sangre. Las gentes preferían no creer aquellas insidias. Pues dar pábulo a tales perversiones les producía horrores y rechazos. Pero el enfrentamiento entre los miembros del gremio de los taxidermistas de ínfima calaña era muy enconado, conocido por todos, y comúnmente temido. Mas a ellos habían de entregar los humildes sus muertos si querían que éstos fueran a la otra vida y allí los esperaran. 
            Chereb atendería personalmente a la cantora en los primeros trámites, y lo haría bajo la estricta supervisión de Moshem, que era el sacerdote que las autoridades del templo habían designado para efectuar los conjuros y ritos que asegurarían el tránsito feliz del cuerpo yerto de la eminente señora a través del mundo subterráneo. Moshem era sacerdote de segundo nivel en el templo de Amón y una de las máximas autoridades en la ciencia que corteja a la muerte. Había sido nombrado recientemente trepanador real y a él estaba encomendada la salud del faraón y de su segunda esposa Mutnodjmet. El rey le había colocado en tal función, apenas accediera al trono, en gratitud por los cuidados que había prodigado a su primera esposa Amenia, y eso aún a pesar de que, al final, estos hubieran resultado inoperantes, y la esposa hubiera fallecido.
            La Casa de la Muerte que regentaba Chereb estaba situada en un paraje extramuros, a la orilla del río. Una alta tapia de adobes ocultaba de todas las miradas aquel meandro cuyo frente también se escondía al tránsito fluvial tras un cañaveral espeso y cenagoso. Una robusta noria y una profunda acequia lo abastecían de abundante agua para los lavatorios. Y los montones de sales de natrón hablaban sin recato de lo que allí se hacía. Ningún ser vivo se acercaba por aquellos parajes; ni siquiera los perros. La muerte, con su denso olor ácido y salobre, ahuyentaba tanto a los hombres como a los animales. El carro para hacer los traslados lo conducía uno de los hijos de Chereb, cuyo mutismo y discreción daban la sensación de que el inescrutable muchacho transitaba otros mundos o, mejor dicho, nunca había pertenecido a éste. Y pese a todo, había que reconocer que poseía una belleza cruel y enigmática, que le hacía parecer situado, irrefutablemente, y aun a pesar de su intacta juventud, del lado de los muertos. La enjutez de su rostro, y la parquedad en gestos y palabras estaban bien acordes con el peculiar trabajo que ocupaba a su padre, y junto al que él había ido creciendo desde siempre. Todo ello  lo convertía en firme candidato a heredar su oficio y también su sapiencia. Era elegante en sus movimientos. Sus ojos grises poseían una fría mirada que, de algún modo, enjugaba el gesto suave de su boca tenuemente encarnada.  Era de piel broncínea y olivácea, y tenía unas manos largas y bien formadas que en nada delataban que habitualmente tuvieran que acarrear cadáveres.
            Una vivienda adosada al recinto servía de cobijo al grupo de los trabajadores, que sólo se juntaban con sus propias familias tres veces cada año. Una muchacha zángana y cojitranca, probadamente estéril, atendía los servicios caseros, y jamás osaba entrar al cercado parámetro en el que se desgajaban los cuerpos. También era ella quien se ocupaba de las tareas agrícolas de un huerto que daba atención y completaba el resto de las necesidades de subsistencia de aquel proscrito círculo. Un hombre del poblado les servía de nexo con los de la ciudad. Él era quien corría los recados, ajustaba los precios y avalaba el final aceptable de los negros servicios. Así se aseguraba que nadie tenía directamente relación alguna con los hombres cuyas manos acariciaban a diario cadáveres.
            Se había acordado que, para esta ocasión, en su taller, Chereb, efectuara junto a Moshem, únicamente, las labores propias del vaciado de entrañas y lo concerniente al proceso total de desecado. Este período duraría las cuarenta jornadas que eran de inflexible precepto. Luego, las vísceras en los vasos canopes y el cuerpo, quedarían únicamente en manos de Moshem, quien llevaría a cabo la parte más sagrada de la momificación. Tras treinta días más, el cuerpo ya dispuesto volvería al recinto del templo. Desde allí, y tras ser realizadas las últimas exequias, el cortejo, sobre la barca funeraria, se trasladaría a Menfis, donde una magnifica tumba, propia de soberanos, esperaba ya totalmente dispuesta para ser morada eterna del cuerpo de la más insigne cantante y abnegada servidora de Amón y de su pueblo.
 
            Tras los actos de duelo que duraron dos días con sus noches, y entre la discreción que aún aportaba la penumbra del amanecer, los plañideros, con sus caras cubiertas de arcilla y desarrapados en su vestuario, acompañaron al cortejo en el traslado del cuerpo desde la heredad del tesorero hasta aquel lugar apartado donde se llevaría a cabo su preparación. Moshem y yo fuimos caminando descalzos tras de ellos, dejándonos envolver sin reparos por el polvo y la desolación que deja siempre tras de sí el carro que transporta despojos. Inteb, el hijo de Chereb, miraba desde su pedestal de conductor a aquel macabro séquito con la superioridad que otorga el estar instalado en un plano más alto y haber repetido múltiples veces el descarnado trance. Su serena arrogancia me sobrecogió más allá de los actos. El asno que tiraba del carro lo hacía con una desgana y un cansancio casi ceremoniales; con esa vulgaridad ofensiva que aporta el saberse el camino.
            Aquel día se dedicó a disponer todos los utensilios que se precisarían. Se dejaron abiertos los vasos canopes, y se puso a fundir y macerar la mezcla de resinas, ceras y hierbas olorosas que servirían para inundar el cráneo. También  se hizo la selección cuidada de las lías de lino, del aserrín y del cáñamo que rellenarían el tórax y el abdomen, y  se eligió la artesa en la que reposaría el cuerpo sumido en el natrón que lo desecaría, puesto que en este caso no se echaría al aljibe común. Se había despejado el recinto y se había acelerado el reparto de aquellas otras momias que estaban en proceso. El Tesorero real había impuesto como crucial condición que, junto al cuerpo de su esposa, no morara ningún extinto más. Un lacayo del templo velaría el cadáver durante todas las noches que allí permaneciera. A la jornada próxima empezaría el ritual que definitivamente encaminaría a Merit hacía el “cañaveral” que regenta Osiris.

            No quise regresar aquella noche a mi hospedaje del templo. Deseaba encontrarme cuanto antes de bruces con la muerte, y solicité que se me permitiera quedarme velando el cadáver de quien había sido mi sueño y mi desvelo durante tanto tiempo. Moshem me miró calibrando mi ruego, y asintió sin palabras aún pese a su opinión. Cuando las sombras hubieron avanzando, exhorté al sirviente para que se marchara a descansar también, asegurándole que yo asumiría aquella penosa labor que consistía en ser vigía y compañero de aquella frialdad exánime y yerta.
            Pronto estuve solo en medio de la estancia. Me resultaba extraño estar junto a aquel cuerpo inmóvil que sólo algunos meses antes había poseído de modo tan intenso. Me atemorizaba la muda proximidad de aquella mujer cuyas palabras y cuyos silencios tanto me habían perturbado en los tiempos pasados, y, a la vez,  habían sido para mí tan ricos y elocuentes. Aquella imperiosa realidad me acongojaba. Creo que era el terror infinito quien me impedía el llanto y quien me convocaba a un desafío tan feroz y encarnizado para conmigo mismo.
            En aquella época del año, el clima aconsejaba que el difunto quedara casi a la intemperie, aunque con vigilancia para protegerlo del acoso de los posibles depredadores o de las alimañas. Durante mucho rato miré sin pestañear aquella rigidez serena que yacía ante mí como yace una estatua de diorita impávida. Después comencé a hablarle. Imaginaria-mente, ahora se establecía entre nosotros un flujo de conversación libre del lastre con el que nos penalizan siempre las infieles palabras. Sobre la bella mesa de alabastro, que las tenues llamas de las lámparas hacían parecer casi de cera transparente, el sueño del cadáver simulaba derramarse ante mí como un hálito sosegado y liviano que quisiera inundar el desolado entorno. Todo era quietud. Y entre el trenzado de cañas de aquella techumbre,  un cielo opaco y estrellado exhibía la palidez ofensiva de una luna itinerante y límpida. De forma intermitente, unas hilas de brisa venían desde el río para recordarme que, un poco más allá, persistía la vida en su doble expresión de latencia y sonidos. Pero aquí todo había callado. Busqué entre mis añoranzas aquella desazón que tanto me acuciara en los pasados tiempos. Busqué los restos de una pasión que en otros días me había parecido brutal e intolerable. ¿Qué había hecho que yo aceptara aquel trato oneroso tan obedientemente? Todo lo mudaba la muerte a su capricho, y era estéril indagar motivos ni razones, ni hacer gesto alguno de rebelión absurda. Recordé la muerte de Meritatón. Quise hacer un esfuerzo, y pensé en los tres elementos que, según nuestros prelados, integran la materia del hombre. El khet, el ren y el shut (el cuerpo, el nombre y la sombra). Y todo me pareció vacío y sin sentido. ¿Qué había sido en realidad de ellos? ¿Quién podía asegurar su persistencia? Recurrí a aquellos otros tres arcanos que juran que sustentan nuestro espíritu. Ni el ka, ni el ba, ni el aj me confortaban. Antes bien, todo me parecía una farsa dispuesta a perpetuar una enorme mentira que sucumbía ante esta nuda realidad que tenía delante.
            El cansancio y la desolación me entregaron al sueño o al mareo o al vértigo. Soñé, inventé o fabulé lo que acontecía en la inmensa Sala de la Doble Verdad, en la que el aliento del tribunal de los sagrados dioses pesaba sobre quien comparece, pétreo y contundente, como una enorme laja de oscura obsidiana. Osiris estaba erguido en su trono de excelsa majestad acompañado por su amante Neftis y su esposa Isis. Anubis conducía de la mano a Merit, quien avanzaba flotando sobre un suelo cuajado de rocío hiriente. El monstruo Ammit olfateaba ávido el pavimento que se extendía bajo la dorada balanza justiciera. La blanca pluma de la verdad parecía estar engastada de luces y de espumas. A una señal del Juez, el corazón de Merit se salió de su pecho y se depositó sobre el fúlgido plato dispuesto para el cálculo. La pluma vino a ocupar el contrapunto que aún estaba vacío. Por un instante, el fiel se estremeció en una vacilación apenas perceptible. Pero luego la alineación se mostró claramente alterada y confusa. Ammit se perturbó excitado y avieso ante el desequilibrio que, tal vez, le fuera favorable. Tan pronto se acercaban las pestañas del peso hasta casi fundirse, como se separaban en una huida de flagrante rechazo. Estaba claro que las obras de aquella mujer no eran fácilmente tasables. Un sudor frío ahogaba mi congoja. Ni una eternidad, ni la inmensa sabiduría de los dioses serían suficientes para otorgar valor, en su justa medida, al corazón cambiante de un ser tan probo y, al tiempo, tan libre y enigmático. En verdad, era difícil poner precio o calidad a los impenetrables sucesos de los hombres. Ante mi ambición de verdad todo razonamiento se circundaba de un halo de vil desconfianza. ¿Acaso todo se sustentaba sobre una gran mentira? ¿Tal vez nadie tasara nunca las obras de los hombres y estas quedaran siempre a su deriva como un barco sin rumbo que no anhela puerto?

Los meses que siguieron a la muerte del niño fueron de extrema crueldad para el recién ordenado. Una crisis profunda hizo tambalear su fe hasta el punto de limitar sus oficios religiosos a los indispensables. Ni siquiera cumplió con el rezo personal de las horas. Y únicamente la demanda de la feligresía fue quien le hizo caer en la cuenta de que, aunque todo aquello fuera una gran mentira y él un repugnante cínico, aquellos seres humanos necesitaban que alguien siguiera sujetando aquel entarimado sobre el que se asentaba toda su ancestral subsistencia. Una mentira tan colosal no podía desmontarse de una sola patada. Una vez más, la vida lo colocaba en una encrucijada ante la que volvía a sentirse inoperante y preso. Ante tal impotencia volvió a doblegarse.


La primera incisión la hizo Moshem, en su condición de parasquita. Fue sobre el lado izquierdo. Descubrió el abdomen. Para ello utilizó un cuchillo de sílex purificado al fuego, que hundió en el lugar exacto que su pincel entintado había marcado previamente. Un hilo de humor sanguinolento tiñó el corte y se extendió a lo largo de la blanda abertura. El cuerpo de Merit, totalmente desnudo y en toda su ampulosi-dad, estaba nuevamente ante mí, como si un vaho capaz de limpiar toda la insidiosa lujuria se hubiera tendido entre nosotros. Su vientre ya sin pálpito, su pubis rasurado, sus piernas levemente azuladas tendidas al desmayo, y sus pechos presos del abandono. Toda ella ante mí, entregada en un sueño como nunca antes se me había entregado. Pero ahora una enorme distancia, carente de toda lógica y justicia, se establecía entre nosotros dos. Yo estaba vivo, ella no respiraba; la barrera entre la vida y la muerte se alzaba para separarnos de nuevo, y esta vez de modo radical e imperioso. De pronto, era como si alguien me hubiera vaciado de todo sentimiento y mi corazón solamente atendiera a la fría constatación que ejercían mis ojos de escriba impasible. Para dar motivo a mi presencia, se me había encargado de tomar anotación de cuanto acontecía, y así lo estaba haciendo. Ya se había introducido por su nariz el arpón que debía aliviar su cráneo de esa masa informe que llamamos cerebro. Moshem y Chereb se afanaban en aquella tarea como si, sobre quien hacían las macabras funciones, nunca hubiera sido un ser que hubiera respirado o alzado su palabra. Aquellos despojos malolientes y blandos habían inquietado a mi estómago, pues que yo era incapaz de comprender cómo era posible que todo aquello hubiera sido parte de cuanto me había ofrecido tanta dicha y locura en los tiempos pasados. Un sudor frío trepò de mi nuca a mi frente, y mi estómago definitivamente se frunció en un espasmo horrible que me subió a la boca en una arcada enorme. Dejé apresuradamente mi tablilla y mi cálamo y hube de ir tambaleándome hasta la misma acequia a refrescar mi cara y a hundir mis  muñecas. Y pensé que no podría continuar presenciando aquel terrible trance.
            Sin dejar su salmodia, Moshem se detuvo y vino a confortarme. Entonces vi como sus ojos me miraban de frente y su sabiduría de hombre trascendente entraba en mi interior y descubría sin esfuerzo mi afán y todo mi secreto. “No debiste quedarte en la pasada noche”, se limitó a decirme.
            Sobre la bien pulida mesa de alabastro fueron apareciendo el hígado, el estómago y los intestinos, los pulmones, y los demás órganos menores de aquella a quien tanto yo había deseado. Era difícil ahora evocar el placer. Un súbito enfebrecimiento me hacía temblar y me torcía el gesto. Los vasos para vísceras eran hermosos en extremo; dignos de contener las alhajas y gemas más ricas de un monarca. Los cuatro hijos de Horus: Amset, Duamutef, Hapi y Kebehsenuf, en sus respectivas apariencias de hombre, perro,  mono y halcón coronaban aquellos frascos y les servían de tapas bellamente talladas. Tras el lavado copioso hecho con agua y jugo fermentado de palma, se la ungió con mirra, canela y bálsamo de aloe. En esta ocasión el sacerdote ejerció su título y su saber de taricota. Durante todo el día la boca del prelado no permaneció callada ni un momento. Las preces del Amduat o Libro de los muertos fluían de sus labios como un manantial que fuera inagotable. Después, el cuerpo fue depositado en una artesa de estuco profusamente decorada con textos del Libro de ambas sendas. Al anochecer se cubrió de natrón y se dejó alojado en una pequeña cámara, que fue sellada con una mezcla negra y muy espesa de pez y de cera selecta.
            Durante los días que siguieron a la esvisceración del cuerpo de la dama, yo permanecí sumido en un estado de ánimo que únicamente Moshem conocía. Regresamos al recinto del Templo y yo permanecí en ayuno durante nueve jornadas. No fue algo que yo afrontara desde la voluntad. El estómago se me negó a recibir comida, y el ánimo me fatigaba hasta tal punto que apenas si acopiaba fuerza o razón para alimentarme.
             Durante algunos días Moshem perseveró a prudente distancia; tal vez me vigilaba en silencio. Pero el celoso cuidado de su autoridad impedía mayor acercamiento. Sin embargo, Bakenkhons tenía ya por entonces alguna consideración conmigo, pues mi ingreso en el estamento de los sacerdotes y el éxito en los trabajos que él me tutelaba habían establecido entre nosotros dos, si no un incipiente grado de camaradería, sí un cierto trato de condescendencia. Por otra parte, él ya sabía que una vez transcurrido el tiempo anunciado, yo viajaría a la ciudad de Mennof‑Ra, y a mi regreso me incorporaría definitivamente al equipo que mandaba el Visir. Ésa era la razón por la que su rigurosidad había descendido, y se me permitía emplear el poco tiempo que restaba a mi estudio a mi entero capricho. Eché de menos la ayuda de mi amigo Ramose a quien, durante el tiempo que yo había permanecido en la cantera de Hat‑Nub, se le había designado para una importante misión diplomática en la lejana tierra de los amorritas.
            Creo que fueron mis jóvenes criados quienes alertaron una noche a Moshem, ya que mi estado de salud amenazaba con no permitirme la supervivencia ni durante los pocos días que restaban hasta mi inminente partida con el excelso féretro. Recuerdo, entre los ardores de la fiebre y el cansancio ímprobo de la debilidad, las manos fuertes de Moshem sujetando, durante, tal vez, la noche entera, un vaso de arcilla desde el que, con un hisopo de algodón, fue alimentando mi boca reseca y cuarteada por las llagadas úlceras. Y fue un caldo salutífero de hierbas que su sabiduría había preparado, quien, gota a gota, me rescató de un final sin remedio al que yo me entregaba sin oponer la menor resistencia. Nada hablamos al respecto durante el tiempo que duró mi  restablecimiento. La intuición que él tuviera sobre la razón de mi pena la guardó en sus entrañas. Cada día me visitaba en cuatro ocasiones. Y en las cuatro me sacaba de mi postración sin permiso ni réplicas. Él trajo siempre el alimento que me restituyó de nuevo a la odiosa vida. El día que se cumplió la cuarentena, sin establecer en apariencia relación alguna entre el motivo y los efectos, me anunció de un modo imperioso: “Mañana iremos a recoger el cuerpo de nuestra cantora. Debes estar preparado al filo del amanecer”. Por un instante, algo avieso se removió en mi adentro. Aquella noche tardé mucho en conciliar el sueño. Mi miedo había utilizado a mi memoria en su amparo y había dilatado en la distancia afectos y recuerdos. La imagen de Merit parecía pertenecer a un tiempo ya confuso y muy lejano. Supe entonces de qué modo indigno nuestro corazón se apresura a olvidar a los muertos, cual si el estado de éstos pudiera contagiársenos. Tal vez se garantice así nuestra ruin subsistencia.
            Los actos finales del embalsamamiento se llevaron a cabo en una dependencia del templo próxima al Sagrado estanque de Amón. Se quemó abundancia de sándalo e incienso, y las llamas alumbraron desde las lámparas rituales con sus mechas nuevas pertenecientes al abastecimiento del almacén real. También el lino que se utilizó en el vendaje era nuevo y de extraordinaria calidad, y exhibía en su borde el cuño inconfundible de la casa del rey. Moshem adquirió un aspecto egregio y elegante cuando apareció ante mí calzado con la máscara sagrada de Anubis. Ahora ejercía en su función de “señor de los secretos”, y su figura resultaba imponente.
            La contemplación de nuevo del cuerpo desnudo de la cantora volvió a producirme un íntimo quebranto. Si bien, las sales habían obrado ya su efecto, no obstante, volví a temer que mis fuerzas no me acompañaran. Pero, de inmediato, sentí sobre mi hombro la mano poderosa de Moshem. La apariencia de Merit había variado, y ya no parecía un ser vivo que estuviera sumido en un sueño apacible. Su carne estaba rígida, y las facciones de su cara habían adoptado la tersura de distinción lejana y enigmática propia de las estatuas talladas en madera. Ciertamente aquel rostro ya no pertenecía al mundo de los vivos. Un aura infranqueable separaba la vida de la muerte, y el cuerpo, en su apariencia, también debía asumir aquel extremo. La carne no era carne sino algo más cercano al barro seco o la madera vieja. Al mismo tiempo, el olor salobre y fuertemente acre del natrón había desaparecido. Ahora, en su lugar, el amable perfume que ella siempre había utilizado servía de nexo entre la realidad y la ficción, el respiro y la calma, el aliento y la muerte.
            Tras rellenar el tórax con el aserrín y los paños de lino impregnados en brea, se procedió al sellado de la abertura con un cuño de plata en el que se había grabado el udjat, el gran ojo protector de Horus. Antes se había depositado sobre el corazón un escarabeo de turquesas y oro con una bella anotación moral, en la que se instaba a éste a que no hiciera declaraciones en contra de su portadora ante el juicio en el que habría de comparecer en la sala de Osiris. El escarabajo había estado depositado durante una noche completa sobre el altar que, en honor de Khepre, Amenofis III había mandado erigir junto al Lago Sagrado. No fue necesario rellenarle los pómulos. Sobre las cuencas de los ojos se depositaron dos perlas nacaradas de un tenue color grisáceo que dieron a su mirar un matiz de apacible abandono. El virtuosismo del sacerdote los perfiló profusa-mente con galena y puso una nube de malaquita verde sobre todo su entorno. Merit nos miraba de nuevo desde la otra orilla con una belleza serena y rediviva.
            Las vendas fueron ocultando aquel cuerpo conocido y lascivo, y entregándolo a otra morfología anónima y común. La muerte, pese a cualquier esfuerzo de los hombres, se llevaba consigo identidad y formas. Cada vuelta alrededor de sus brazos o sus piernas era como un paso que la fuera alejando de la realidad definitivamente. Los rezos y conjuros que sin descanso Moshem recitó en su favor dieron lugar a que los amuletos santos se depositaran entre las lías del modo conveniente que estaba establecido por los ritos sagrados. Figurillas de loza azul vidriada representando a Isis, Neftis, Neith y Selket, así como de los cuatro hijos de Horus, del escarabajo alado y de Anubis, se dejaron insertas entre el nuevo ropaje. Tampoco faltó el pilar dyed, símbolo de la perduración. Después un amplio pectoral de oro, plata, turquesa y lapislázuli, asumiendo la simbología del día, la noche, el cielo diurno y el nocturno, reposó sobre su pecho en el instante mismo en el que el sol se ocultó en el ocaso. La ceremonia había comenzado en el preciso momento del amanecer, cuando el aire sereno e intangible empezaba a volverse rosáceo y transparente. De este modo, el rito quedaba sellado convenientemente; el proceso había durado una unidad de luz. Ya sólo restaba depositar el cuerpo sobre el sarcófago que habría de servir para el traslado, dedicar los días próximos a las restantes preces y conjuros, e iniciar el viaje hacia Menfis, donde, en la meseta de Saqqara, le aguardaba un sepulcro propio de soberanos.
            Si siempre el Nilo ha estado presente en la vida de todos los egipcios, ahora otra vez volvía a estarlo en la mía de un modo relevante. Aquel viaje nuevamente iniciático iba a representar algo muy importante en mi existencia. Tras mi aproximación brutal ante la muerte, mi ánimo había comenzado una nueva andadura. Nada parecía importarle ya a mi desalentado espíritu. Tan pobre era mi apego a la existencia que, hasta creo, que si en aquella travesía nuestro barco hubiera naufragado, ninguno de mis brazos se habría movido para evitar que los ágiles hijos de Sobek hubieran dado sus fieras dentelladas en mi despreciable osamenta. Y creo que tampoco lo hubiera hecho para preservar aquel cuerpo amado que con tanta deferencia había sido entregado, al fin, a mi custodia. “Ahora te la entrego. Ahora sí es de verdad tuya como tú le perteneciste”, me dijo su marido en el último instante. “No, mi señor. Ahora ya no pertenece a nadie; ahora tampoco yo puedo pertenecerle”, le respondí ausente.
            El día entero permanecía yo sobre la cubierta soportando, tanto el hierro fúlgido del sol como el frío hiriente con el que las noches solían acompañar a sus estrellas en las horas del amanecer. Bebía mucha agua y comía muy poco, pues solamente me alimentaba de dátiles maduros. Y casi inmóvil, y apoyando mi rostro sobre la reseca madera del pretil, dejaba que durante horas y horas mis ojos miraran con amarga desolación aquella interminable tira de afanes humanos y colores que la poblada ribera hacía discurrir interminablemente ante mi vista. Nada, sin embargo, parecía importarme lo más mínimo. Qué diferente había sido cada vez que, a lo largo de mi vida, yo había transitado por el omnipresente y  sacrosanto Nilo.
            Nuestra embarcación era respetada por todos los navíos con los que nos cruzábamos con la temerosa condescendencia que su carga inspiraba. No obstante, las orillas bullían. Sobre las aguas, el sonoro tránsito comercial no cedía ni un solo momento. La vida a mi alrededor parecía exhibir con más estrépito que nunca su pulsión excitante de proyectos, intenciones y sueños bien nutridos. Pero mi desprecio tendía su sopor para con toda aquella vorágine absurda e inútil a mi juicio. A pesar de la deferente misión que se me había encomendado y de los acontecimientos que se suponían que me estaban reservados y esperando, aquel macabro viaje parecía no conducirme hacia ninguna parte. Tal era el grado de desesperanza que se había metido y quedado en mi ánima. Ni siquiera nuestro paso a la altura de Abidos, lugar santo donde reside Osiris, ablandó mi desprecio. Toda la existencia humana se sustentaba sobre una gran ficción. El corazón de Merit, que yo había tenido entre mis manos, jamás volvería a latir. Aquello era un embuste; la escenificación de un deseo demente. La colosal y abigarrada instauración de una quimera irreal e imposible a la que todos cooperábamos desde el mudo cinismo que imponía el terror y la ignorancia. La vida no perduraba en ultratumba; no, al menos, de la forma que un hombre pueda imaginarse. En los sarcófagos sólo habitaba la putrefacción, que día a día se iba envolviendo y ahogando en el olvido. ¿De qué servían las preces, los ungüentos, los amuletos y los aderezos? Únicamente el tiempo; el tiempo insustancial, con su inexorable rigor de deterioro, se erigía como suprema autoridad de la existencia. Era cierto que todo volvía a nacer entre sus manos en cada estación de Peret. Era cierto que cada vientre preñado era el preludio de una nueva existencia; tal vez de una resurrección.  ¿Pero de qué modo sucedía todo aquello? Yo no sabía responder. Pero no, desde luego, de aquél que el corazón de los hombres comprendía, pedía, y anhelaba.






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