LOS FÁMULOS DE OSIRIS
***
No puedo decir que el
anuncio de la muerte de Merit llegara a sorprenderme. Hacía algunos meses que
no la había vuelto a ver, pues mi ubicación y vida dentro del recinto sagrado y
el precepto de mutismo así me lo imponían. Recibí la noticia con el sosiego de
aquello que se sabe lógico e irrefutable aunque tremendo. Y hasta no comprendí
por qué otros, incluido el real tesorero, fueron tan rebeldes a aceptar un
hecho que, conociendo la sutileza de aquella mujer, ella nos había preconizado
tan claramente a todos. Merit murió exhibiendo toda la elegancia y astucia que
su saber había acumulado durante toda su vida. Entonces entendí cómo el proceso
de una muerte es siempre el resumen de cómo se ha vivido y la muestra patente
de quién se ha conseguido ser en lo que es esencial y, en suma, trascendente.
Sin embargo, y pese a todo, en mi
interior, mi dolor no tuvo ni mesura ni límites, aunque no derramé ni una
lágrima ni hice ostentación alguna más allá de la que le correspondía a la
gratitud y al afecto de un digno prohijado. La pené en silencio. Y en silencio
me rebelé una vez más con aquello que no descifraba y que, cada vez que sucedía
en mi entorno, hacía tambalear los precarios cimientos de mis ralas creencias.
¿Existían en verdad los dioses que permitían las muertes onerosas? ¿Era cierta
la existencia de la vida tras la vida? A pesar de haber conocido ya
veinticuatro crecidas, la confusión en mi interior era cada vez más pasmosa.
Yo había terminado ya el nuevo trabajo que el
faraón me había encomendado. Y tras ser llamado a su presencia y recibir sus
felicitaciones, se me había comunicado el deseo del rey de que comenzara mi
formación para acceder al tercer grado entre los sacerdotes. Al parecer,
alguien tenía diseñado de antemano mi destino, y según yo iba respondiendo a
las expectativas secretas que ese alguien tenía trazadas para mí, se me iba
ordenando mi siguiente tarea. Tras una fuerte lucha contra mi rebeldía, que
clamaba airadamente por dejar de forma categórica de ser el juguete de otros,
aún a pesar de perder todos los privilegios y tener que enfrentarme a una vida
en la que buscarme el sustento diario, acepté el nuevo desafío porque, pese a
mi indocilidad, un gusano interior horadaba el pan de mis creencias. Necesitaba
enfrentarme al mundo lóbrego de los dioses y desentrañar qué era lo que mi
espíritu y mi razón podían aceptar y qué no de todo aquel embrollo. Su
presencia en nuestras vidas era demasiado aplastante para vivir bajo ella sólo
porque la rutina así lo aconsejara o al estamento oficial así le interesaba.
El cuerpo de Merit fue entregado en la Casa de
Muerte. Allí se confió al mejor embalsamador que existía en la ciudad de Tebas,
y sus exequias fueron largas y suntuosas como correspondía a alguien tan clave
e influyente en todo Kemit. Era lo menos que el país podía hacer por quien, a
la luz o en la sombra, siempre había tejido tan afanosamente para confeccionar
el sutil y quebradizo velo que protegía el espacio de la estatal intriga.
Ya he dicho que por aquellos días yo
había entregado mi último trabajo a Horus Horemheb y su beneplácito me hacía
gozar de notorio prestigio. A través de Bakenkhons, que ahora me trataba con
lejanía, pero con mayor cordialidad, solicité sin vacilar que se me permitiera
asistir a las labores del proceso de momificación de la gran dama. La
excepcional autorización me fue comunicada por boca del mismo Paramessu. Al
parecer, era ahora él quien, desde su rutilante cargo de visir, debía refrendar
todo lo concerniente a mí. La extraordinaria condescendencia real venía a
acreditar su beneplácito hacia mi último trabajo y confirmaba mis sospechas de
un plan trazado para mí, pero, a la vez, encerraba una nueva gabela. Tan pronto
como hubieran concluido los setenta días preceptivos para aquel ritual, yo
viajaría a Menfis acompañando el cuerpo exánime de Merit y, tras su inhumación,
además de comenzar mi instrucción en los saberes teológicos, me integraría en
el equipo que mandaba aquél a quien se signaba ya con el egregio título de
“boca principal del país”. En adelante, el visir Paramessu regiría mi vida
abiertamente. ¿Estudiar las ciencias de los dioses lejos del gran templo de
Karnak? No podía entenderlo. ¿Qué era aquel desatino? ¿O, acaso, querían
alejarme de allí? ¿Y eso, con qué fin?
Nunca le gustaba a él recordar aquel luctuoso
suceso. Lo tenía arrinconado en el fondo del alma como un trasto de infancia
que se ha subido a la buhardilla para que ya no estorbe. Pero cíclicamente
volvía a posarse entre sus cejas como un negro murciélago a quien nadie
llamaba. Lo hacía cada vez que tenía que despedir a un muerto o decir una misa
de difuntos, aunque él había aprendido a sacudírselo como a un tabarro
incómodo. En su día, aquel suceso le había cambiado la existencia y vuelto a
remover la apaciguada bilis de su vocación y su fe. Ahora, de nuevo, parecía
que alguien había tocado a zafarrancho, y su olvidado desván se ponía con las
patas por alto.
El
chico tenía nueve años y era su monaguillo. Eran los días de sus primeros
tiempos de párroco neófito, cuando la emigración en El Canchal aún no había
rebanado la población más joven, y había un grupo de chiquillos que corrían por
las calles y daban a los días colores de futuro y gritos de alegría.
Jesús
iba a su casa cada tarde para sacar unos cubos de agua de la alberca y ayudar a
la Emilia a echárselos al huerto.
La
cosa había sido en extremo sencilla. Con la simpleza con la que se enjaretan y
hacen verdad los peores sucesos. Domingo de verano. Tarde de bautizo en el
pueblo. Ceremonia en la iglesia. Y el padrino que tira a la “repañina” manises
y confites y alguna perra gorda entreverada, y que luego invita a la
chiquillería a un vaso de chocolate espeso con derecho a reenganche. Y ellos
que se ponen las botas, pues que no cualquier día es un día de fiesta ni se
cristiana a un crío.
Luego
los chicos se fueron sin decírselo a nadie a bañarse a la charca.
Cuando
el tío Casiano vino a tocar a rebato ya era noche cerrada y el pueblo entero
corría y gritaba igual que poseído. Todos bajaron en tropel a la ciénaga y
encendieron hogueras para poderse ver los unos a los otros porque no había
luna. Dos mozos se anudaron sendas sogas al pecho para poder meterse, pues el
lodo les impedía el paso y los amenazaba con dejarlos adentro.
Aquella
había sido la noche más cruel de toda su existencia. Un dolor gigantesco. La
locura de un grito lanzado hacia el abismo, y el abismo permaneciendo mudo cual
si no le importara el aullido de aquella pobre madre. Los mozos tiritando,
metidos en el agua, tentando y rastreando aquel lodo asesino y viscoso como
piel de batracio. Y las horas pasando como pasan las horas sin detenerse nunca,
mientras tronchaban a aquella mujer que rebuscaba en sí algo más que entregar
al bestial sufrimiento hasta quedarse exhausta y así morirse junto a la muerte
injusta que arrebata a un hijo.
Y
luego el cadáver hinchado y desnudo del impúber muchacho, acotado por el
blancor hiriente que deja la ropa íntima retirada en contraste con el resto de
la piel que exhibe un moreno bravío y montaraz. El cuerpo despojado, tendido
sobre el ara de la capilla mínima contigua al cementerio, rala de luz y llena
de telarañas manoteadas con urgencia. Y el pueblo entero arremolinado hasta la
madrugada, a la espera de que un forense amargo, enjuto y perezoso, venga dando
bostezos, haga sus cortes, y certifique lo que todos sabían.
Y el cura con cara de payaso. A punto de huir
de aquella macabrada, para la que no encontraba palabra alguna que llevarse a
la boca. Aquel momento horrible que pone en entredicho cuanto cuente quien
quiera. Porque el misterio se tiende mudo sobre la piel horrible de la infame
catástrofe, y no hay explicación alguna para una madre que tiene entre sus brazos
el cuerpo muerto de aquel a quien dio vida y le entregó su alma.
Mi
aproximación al negro mundo que preside Anubis, el ínclito chacal, constituyó
una durísima prueba para mi mente, para mi corazón, y para mis creencias.
“El
que ha venido a la existencia por sí mismo”. Recordé mi experiencia entre las dunas de Saqqara, frente a las grandes
pirámides. Desde entonces siempre había ido al encuentro frontal de la vida. Y
ahora también debía hacerlo, aunque fuera encarando la vía aterradora de la
muerte. Asistir al proceso de
momificación de quien había sido para mí la sombra de una madre y a la vez mi
estupridora y mi amante, era algo difícil de asumir. Sin embargo, en mi
interior algo clamaba para que yo me impusiera a mí mismo tan cruel
experiencia. Necesitaba recibir también de Merit, quien me había transmitido
con tanto ardor la fuerza más imperiosa y ciega de la vida, aquella negra y
amarga lección que me enseñaba cómo habían de ser los primeros pasos por el
tenebroso Duat; el submundo en el que se decía que habitaban los horribles
monstruos, ésos que se ocultaban, acechantes, bajo aguas de fuego que congelan.
Chereb sería el artesano encargado
de hacer aquel trabajo en la Per‑Nefer donde él era el primer capataz. Aquella
Casa de la Muerte era la más reputada de todo el entorno. En ella solamente
trabajaban hombres a sueldo, de quienes se aseguraba que habían recibido su
saber directamente del sacrosanto Anubis. Y, aunque también contaba con fámulos
infames y ramplones, a ellos no se les permitía tocar los cuerpos, y sólo se
encargaban de asuntos de intendencia o acarreo doméstico. Aquel depósito no era
como otros que había en la región, y que se abastecían de operarios reos de la
justicia y condenados por la ley a tales cometidos y trabajos protervos, y de los que todo el
mundo huía sin darles ni cobijo, ni pan, y mucho menos caridades o apego. De
tales seres se decía que, el repudio que recibían del pueblo, ellos lo
compensaban con prácticas infames consumadas sobre los mismos muertos. Sabido
era que la llegada a aquel mortuorio del cadáver de una mujer, aunque fuera
contrahecha o añosa, o el desenlace le hubiera sobrevenido acompañado de
úlceras o pústulas, ellos la celebraban con alto regocijo. Y es que se
aseguraba, que los cuerpos recientes de las mujeres, siempre les propiciaban
goces y complacencias innombrables, ante los que apostaban, hacían tratos y
ensartaban peleas y rivalidades que no pocas veces terminaban en reyertas y
sangre. Las gentes preferían no creer aquellas insidias. Pues dar pábulo a
tales perversiones les producía horrores y rechazos. Pero el enfrentamiento
entre los miembros del gremio de los taxidermistas de ínfima calaña era muy
enconado, conocido por todos, y comúnmente temido. Mas a ellos habían de
entregar los humildes sus muertos si querían que éstos fueran a la otra vida y
allí los esperaran.
Chereb atendería personalmente a la
cantora en los primeros trámites, y lo haría bajo la estricta supervisión de
Moshem, que era el sacerdote que las autoridades del templo habían designado
para efectuar los conjuros y ritos que asegurarían el tránsito feliz del cuerpo
yerto de la eminente señora a través del mundo subterráneo. Moshem era
sacerdote de segundo nivel en el templo de Amón y una de las máximas
autoridades en la ciencia que corteja a la muerte. Había sido nombrado
recientemente trepanador real y a él estaba encomendada la salud del faraón y
de su segunda esposa Mutnodjmet. El rey le había colocado en tal función,
apenas accediera al trono, en gratitud por los cuidados que había prodigado a
su primera esposa Amenia, y eso aún a pesar de que, al final, estos hubieran
resultado inoperantes, y la esposa hubiera fallecido.
La Casa de la Muerte que regentaba
Chereb estaba situada en un paraje extramuros, a la orilla del río. Una alta
tapia de adobes ocultaba de todas las miradas aquel meandro cuyo frente también
se escondía al tránsito fluvial tras un cañaveral espeso y cenagoso. Una
robusta noria y una profunda acequia lo abastecían de abundante agua para los
lavatorios. Y los montones de sales de natrón hablaban sin recato de lo que
allí se hacía. Ningún ser vivo se acercaba por aquellos parajes; ni siquiera
los perros. La muerte, con su denso olor ácido y salobre, ahuyentaba tanto a
los hombres como a los animales. El carro para hacer los traslados lo conducía
uno de los hijos de Chereb, cuyo mutismo y discreción daban la sensación de que
el inescrutable muchacho transitaba otros mundos o, mejor dicho, nunca había
pertenecido a éste. Y pese a todo, había que reconocer que poseía una belleza
cruel y enigmática, que le hacía parecer situado, irrefutablemente, y aun a
pesar de su intacta juventud, del lado de los muertos. La enjutez de su rostro,
y la parquedad en gestos y palabras estaban bien acordes con el peculiar
trabajo que ocupaba a su padre, y junto al que él había ido creciendo desde
siempre. Todo ello lo convertía en firme
candidato a heredar su oficio y también su sapiencia. Era elegante en sus
movimientos. Sus ojos grises poseían una fría mirada que, de algún modo, enjugaba
el gesto suave de su boca tenuemente encarnada.
Era de piel broncínea y olivácea, y tenía unas manos largas y bien
formadas que en nada delataban que habitualmente tuvieran que acarrear
cadáveres.
Una vivienda adosada al recinto
servía de cobijo al grupo de los trabajadores, que sólo se juntaban con sus
propias familias tres veces cada año. Una muchacha zángana y cojitranca,
probadamente estéril, atendía los servicios caseros, y jamás osaba entrar al
cercado parámetro en el que se desgajaban los cuerpos. También era ella quien
se ocupaba de las tareas agrícolas de un huerto que daba atención y completaba
el resto de las necesidades de subsistencia de aquel proscrito círculo. Un
hombre del poblado les servía de nexo con los de la ciudad. Él era quien corría
los recados, ajustaba los precios y avalaba el final aceptable de los negros
servicios. Así se aseguraba que nadie tenía directamente relación alguna con
los hombres cuyas manos acariciaban a diario cadáveres.
Se había acordado que, para esta
ocasión, en su taller, Chereb, efectuara junto a Moshem, únicamente, las
labores propias del vaciado de entrañas y lo concerniente al proceso total de
desecado. Este período duraría las cuarenta jornadas que eran de inflexible
precepto. Luego, las vísceras en los vasos canopes y el cuerpo, quedarían
únicamente en manos de Moshem, quien llevaría a cabo la parte más sagrada de la
momificación. Tras treinta días más, el cuerpo ya dispuesto volvería al recinto
del templo. Desde allí, y tras ser realizadas las últimas exequias, el cortejo,
sobre la barca funeraria, se trasladaría a Menfis, donde una magnifica tumba,
propia de soberanos, esperaba ya totalmente dispuesta para ser morada eterna
del cuerpo de la más insigne cantante y abnegada servidora de Amón y de su pueblo.
Tras los actos de duelo que duraron
dos días con sus noches, y entre la discreción que aún aportaba la penumbra del
amanecer, los plañideros, con sus caras cubiertas de arcilla y desarrapados en
su vestuario, acompañaron al cortejo en el traslado del cuerpo desde la heredad
del tesorero hasta aquel lugar apartado donde se llevaría a cabo su
preparación. Moshem y yo fuimos caminando descalzos tras de ellos, dejándonos
envolver sin reparos por el polvo y la desolación que deja siempre tras de sí el
carro que transporta despojos. Inteb, el hijo de Chereb, miraba desde su
pedestal de conductor a aquel macabro séquito con la superioridad que otorga el
estar instalado en un plano más alto y haber repetido múltiples veces el
descarnado trance. Su serena arrogancia me sobrecogió más allá de los actos. El
asno que tiraba del carro lo hacía con una desgana y un cansancio casi
ceremoniales; con esa vulgaridad ofensiva que aporta el saberse el camino.
Aquel día se dedicó a disponer todos
los utensilios que se precisarían. Se dejaron abiertos los vasos canopes, y se
puso a fundir y macerar la mezcla de resinas, ceras y hierbas olorosas que
servirían para inundar el cráneo. También
se hizo la selección cuidada de las lías de lino, del aserrín y del
cáñamo que rellenarían el tórax y el abdomen, y
se eligió la artesa en la que reposaría el cuerpo sumido en el natrón
que lo desecaría, puesto que en este caso no se echaría al aljibe común. Se
había despejado el recinto y se había acelerado el reparto de aquellas otras
momias que estaban en proceso. El Tesorero real había impuesto como crucial
condición que, junto al cuerpo de su esposa, no morara ningún extinto más. Un
lacayo del templo velaría el cadáver durante todas las noches que allí
permaneciera. A la jornada próxima empezaría el ritual que definitivamente
encaminaría a Merit hacía el “cañaveral” que regenta Osiris.
No quise regresar aquella noche a mi hospedaje del
templo. Deseaba encontrarme cuanto antes de bruces con la muerte, y solicité
que se me permitiera quedarme velando el cadáver de quien había sido mi sueño y
mi desvelo durante tanto tiempo. Moshem me miró calibrando mi ruego, y asintió
sin palabras aún pese a su opinión. Cuando las sombras hubieron avanzando,
exhorté al sirviente para que se marchara a descansar también, asegurándole que
yo asumiría aquella penosa labor que consistía en ser vigía y compañero de
aquella frialdad exánime y yerta.
Pronto estuve solo en medio de la
estancia. Me resultaba extraño estar junto a aquel cuerpo inmóvil que sólo
algunos meses antes había poseído de modo tan intenso. Me atemorizaba la muda
proximidad de aquella mujer cuyas palabras y cuyos silencios tanto me habían
perturbado en los tiempos pasados, y, a la vez,
habían sido para mí tan ricos y elocuentes. Aquella imperiosa realidad
me acongojaba. Creo que era el terror infinito quien me impedía el llanto y
quien me convocaba a un desafío tan feroz y encarnizado para conmigo mismo.
En aquella época del año, el clima
aconsejaba que el difunto quedara casi a la intemperie, aunque con vigilancia
para protegerlo del acoso de los posibles depredadores o de las alimañas.
Durante mucho rato miré sin pestañear aquella rigidez serena que yacía ante mí
como yace una estatua de diorita impávida. Después comencé a hablarle.
Imaginaria-mente, ahora se establecía entre nosotros un flujo de conversación
libre del lastre con el que nos penalizan siempre las infieles palabras. Sobre
la bella mesa de alabastro, que las tenues llamas de las lámparas hacían
parecer casi de cera transparente, el sueño del cadáver simulaba derramarse
ante mí como un hálito sosegado y liviano que quisiera inundar el desolado
entorno. Todo era quietud. Y entre el trenzado de cañas de aquella
techumbre, un cielo opaco y estrellado
exhibía la palidez ofensiva de una luna itinerante y límpida. De forma
intermitente, unas hilas de brisa venían desde el río para recordarme que, un
poco más allá, persistía la vida en su doble expresión de latencia y sonidos.
Pero aquí todo había callado. Busqué entre mis añoranzas aquella desazón que
tanto me acuciara en los pasados tiempos. Busqué los restos de una pasión que
en otros días me había parecido brutal e intolerable. ¿Qué había hecho que yo
aceptara aquel trato oneroso tan obedientemente? Todo lo mudaba la muerte a su
capricho, y era estéril indagar motivos ni razones, ni hacer gesto alguno de
rebelión absurda. Recordé la muerte de Meritatón. Quise hacer un esfuerzo, y
pensé en los tres elementos que, según nuestros prelados, integran la materia
del hombre. El khet, el ren y el shut (el cuerpo, el
nombre y la sombra). Y todo me pareció vacío y sin sentido. ¿Qué había sido en
realidad de ellos? ¿Quién podía asegurar su persistencia? Recurrí a aquellos
otros tres arcanos que juran que sustentan nuestro espíritu. Ni el ka,
ni el ba, ni el aj me confortaban. Antes bien, todo me parecía
una farsa dispuesta a perpetuar una enorme mentira que sucumbía ante esta nuda
realidad que tenía delante.
El cansancio y la desolación me
entregaron al sueño o al mareo o al vértigo. Soñé, inventé o fabulé lo que
acontecía en la inmensa Sala de la Doble Verdad, en la que el aliento del
tribunal de los sagrados dioses pesaba sobre quien comparece, pétreo y
contundente, como una enorme laja de oscura obsidiana. Osiris estaba erguido en
su trono de excelsa majestad acompañado por su amante Neftis y su esposa Isis.
Anubis conducía de la mano a Merit, quien avanzaba flotando sobre un suelo
cuajado de rocío hiriente. El monstruo Ammit olfateaba ávido el pavimento que
se extendía bajo la dorada balanza justiciera. La blanca pluma de la verdad
parecía estar engastada de luces y de espumas. A una señal del Juez, el corazón
de Merit se salió de su pecho y se depositó sobre el fúlgido plato dispuesto
para el cálculo. La pluma vino a ocupar el contrapunto que aún estaba vacío.
Por un instante, el fiel se estremeció en una vacilación apenas perceptible.
Pero luego la alineación se mostró claramente alterada y confusa. Ammit se
perturbó excitado y avieso ante el desequilibrio que, tal vez, le fuera favorable.
Tan pronto se acercaban las pestañas del peso hasta casi fundirse, como se
separaban en una huida de flagrante rechazo. Estaba claro que las obras de
aquella mujer no eran fácilmente tasables. Un sudor frío ahogaba mi congoja. Ni
una eternidad, ni la inmensa sabiduría de los dioses serían suficientes para
otorgar valor, en su justa medida, al corazón cambiante de un ser tan probo y,
al tiempo, tan libre y enigmático. En verdad, era difícil poner precio o
calidad a los impenetrables sucesos de los hombres. Ante mi ambición de verdad
todo razonamiento se circundaba de un halo de vil desconfianza. ¿Acaso todo se
sustentaba sobre una gran mentira? ¿Tal vez nadie tasara nunca las obras de los
hombres y estas quedaran siempre a su deriva como un barco sin rumbo que no
anhela puerto?
Los meses que siguieron a la muerte del niño fueron
de extrema crueldad para el recién ordenado. Una crisis profunda hizo tambalear
su fe hasta el punto de limitar sus oficios religiosos a los indispensables. Ni
siquiera cumplió con el rezo personal de las horas. Y únicamente la demanda de
la feligresía fue quien le hizo caer en la cuenta de que, aunque todo aquello
fuera una gran mentira y él un repugnante cínico, aquellos seres humanos
necesitaban que alguien siguiera sujetando aquel entarimado sobre el que se
asentaba toda su ancestral subsistencia. Una mentira tan colosal no podía
desmontarse de una sola patada. Una vez más, la vida lo colocaba en una
encrucijada ante la que volvía a sentirse inoperante y preso. Ante tal impotencia
volvió a doblegarse.
La primera
incisión la hizo Moshem, en su condición de parasquita. Fue sobre el lado izquierdo.
Descubrió el abdomen. Para ello utilizó un cuchillo de sílex purificado al
fuego, que hundió en el lugar exacto que su pincel entintado había marcado
previamente. Un hilo de humor sanguinolento tiñó el corte y se extendió a lo
largo de la blanda abertura. El cuerpo de Merit, totalmente desnudo y en toda
su ampulosi-dad, estaba nuevamente ante mí, como si un vaho capaz de limpiar
toda la insidiosa lujuria se hubiera tendido entre nosotros. Su vientre ya sin
pálpito, su pubis rasurado, sus piernas levemente azuladas tendidas al desmayo,
y sus pechos presos del abandono. Toda ella ante mí, entregada en un sueño como
nunca antes se me había entregado. Pero ahora una enorme distancia, carente de
toda lógica y justicia, se establecía entre nosotros dos. Yo estaba vivo, ella
no respiraba; la barrera entre la vida y la muerte se alzaba para separarnos de
nuevo, y esta vez de modo radical e imperioso. De pronto, era como si alguien
me hubiera vaciado de todo sentimiento y mi corazón solamente atendiera a la
fría constatación que ejercían mis ojos de escriba impasible. Para dar motivo a
mi presencia, se me había encargado de tomar anotación de cuanto acontecía, y
así lo estaba haciendo. Ya se había introducido por su nariz el arpón que debía
aliviar su cráneo de esa masa informe que llamamos cerebro. Moshem y Chereb se
afanaban en aquella tarea como si, sobre quien hacían las macabras funciones,
nunca hubiera sido un ser que hubiera respirado o alzado su palabra. Aquellos
despojos malolientes y blandos habían inquietado a mi estómago, pues que yo era
incapaz de comprender cómo era posible que todo aquello hubiera sido parte de
cuanto me había ofrecido tanta dicha y locura en los tiempos pasados. Un sudor
frío trepò de mi nuca a mi frente, y mi estómago definitivamente se frunció en
un espasmo horrible que me subió a la boca en una arcada enorme. Dejé
apresuradamente mi tablilla y mi cálamo y hube de ir tambaleándome hasta la
misma acequia a refrescar mi cara y a hundir mis muñecas. Y pensé que no podría continuar
presenciando aquel terrible trance.
Sin dejar su salmodia, Moshem se
detuvo y vino a confortarme. Entonces vi como sus ojos me miraban de frente y
su sabiduría de hombre trascendente entraba en mi interior y descubría sin
esfuerzo mi afán y todo mi secreto. “No debiste quedarte en la pasada noche”,
se limitó a decirme.
Sobre la bien pulida mesa de
alabastro fueron apareciendo el hígado, el estómago y los intestinos, los
pulmones, y los demás órganos menores de aquella a quien tanto yo había
deseado. Era difícil ahora evocar el placer. Un súbito enfebrecimiento me hacía
temblar y me torcía el gesto. Los vasos para vísceras eran hermosos en extremo;
dignos de contener las alhajas y gemas más ricas de un monarca. Los cuatro
hijos de Horus: Amset, Duamutef, Hapi y Kebehsenuf, en sus respectivas
apariencias de hombre, perro, mono y
halcón coronaban aquellos frascos y les servían de tapas bellamente talladas.
Tras el lavado copioso hecho con agua y jugo fermentado de palma, se la ungió
con mirra, canela y bálsamo de aloe. En esta ocasión el sacerdote ejerció su
título y su saber de taricota. Durante todo el día la boca del prelado
no permaneció callada ni un momento. Las preces del Amduat o Libro de los
muertos fluían de sus labios como un manantial que fuera inagotable. Después,
el cuerpo fue depositado en una artesa de estuco profusamente decorada con
textos del Libro de ambas sendas. Al anochecer se cubrió de natrón y se dejó
alojado en una pequeña cámara, que fue sellada con una mezcla negra y muy
espesa de pez y de cera selecta.
Durante los días que siguieron a la
esvisceración del cuerpo de la dama, yo permanecí sumido en un estado de ánimo
que únicamente Moshem conocía. Regresamos al recinto del Templo y yo permanecí
en ayuno durante nueve jornadas. No fue algo que yo afrontara desde la
voluntad. El estómago se me negó a recibir comida, y el ánimo me fatigaba hasta
tal punto que apenas si acopiaba fuerza o razón para alimentarme.
Durante algunos días Moshem perseveró a
prudente distancia; tal vez me vigilaba en silencio. Pero el celoso cuidado de
su autoridad impedía mayor acercamiento. Sin embargo, Bakenkhons tenía ya por
entonces alguna consideración conmigo, pues mi ingreso en el estamento de los
sacerdotes y el éxito en los trabajos que él me tutelaba habían establecido
entre nosotros dos, si no un incipiente grado de camaradería, sí un cierto
trato de condescendencia. Por otra parte, él ya sabía que una vez transcurrido
el tiempo anunciado, yo viajaría a la ciudad de Mennof‑Ra, y a mi regreso me
incorporaría definitivamente al equipo que mandaba el Visir. Ésa era la razón
por la que su rigurosidad había descendido, y se me permitía emplear el poco
tiempo que restaba a mi estudio a mi entero capricho. Eché de menos la ayuda de
mi amigo Ramose a quien, durante el tiempo que yo había permanecido en la
cantera de Hat‑Nub, se le había designado para una importante misión
diplomática en la lejana tierra de los amorritas.
Creo que fueron mis jóvenes criados
quienes alertaron una noche a Moshem, ya que mi estado de salud amenazaba con
no permitirme la supervivencia ni durante los pocos días que restaban hasta mi
inminente partida con el excelso féretro. Recuerdo, entre los ardores de la
fiebre y el cansancio ímprobo de la debilidad, las manos fuertes de Moshem
sujetando, durante, tal vez, la noche entera, un vaso de arcilla desde el que,
con un hisopo de algodón, fue alimentando mi boca reseca y cuarteada por las
llagadas úlceras. Y fue un caldo salutífero de hierbas que su sabiduría había
preparado, quien, gota a gota, me rescató de un final sin remedio al que yo me
entregaba sin oponer la menor resistencia. Nada hablamos al respecto durante el
tiempo que duró mi restablecimiento. La
intuición que él tuviera sobre la razón de mi pena la guardó en sus entrañas.
Cada día me visitaba en cuatro ocasiones. Y en las cuatro me sacaba de mi
postración sin permiso ni réplicas. Él trajo siempre el alimento que me
restituyó de nuevo a la odiosa vida. El día que se cumplió la cuarentena, sin
establecer en apariencia relación alguna entre el motivo y los efectos, me
anunció de un modo imperioso: “Mañana iremos a recoger el cuerpo de nuestra
cantora. Debes estar preparado al filo del amanecer”. Por un instante, algo
avieso se removió en mi adentro. Aquella noche tardé mucho en conciliar el
sueño. Mi miedo había utilizado a mi memoria en su amparo y había dilatado en
la distancia afectos y recuerdos. La imagen de Merit parecía pertenecer a un
tiempo ya confuso y muy lejano. Supe entonces de qué modo indigno nuestro
corazón se apresura a olvidar a los muertos, cual si el estado de éstos pudiera
contagiársenos. Tal vez se garantice así nuestra ruin subsistencia.
Los
actos finales del embalsamamiento se llevaron a cabo en una dependencia del
templo próxima al Sagrado estanque de Amón. Se quemó abundancia de sándalo e
incienso, y las llamas alumbraron desde las lámparas rituales con sus mechas
nuevas pertenecientes al abastecimiento del almacén real. También el lino que
se utilizó en el vendaje era nuevo y de extraordinaria calidad, y exhibía en su
borde el cuño inconfundible de la casa del rey. Moshem adquirió un aspecto
egregio y elegante cuando apareció ante mí calzado con la máscara sagrada de
Anubis. Ahora ejercía en su función de “señor de los secretos”, y su figura
resultaba imponente.
La contemplación de nuevo del cuerpo
desnudo de la cantora volvió a producirme un íntimo quebranto. Si bien, las
sales habían obrado ya su efecto, no obstante, volví a temer que mis fuerzas no
me acompañaran. Pero, de inmediato, sentí sobre mi hombro la mano poderosa de
Moshem. La apariencia de Merit había variado, y ya no parecía un ser vivo que
estuviera sumido en un sueño apacible. Su carne estaba rígida, y las facciones
de su cara habían adoptado la tersura de distinción lejana y enigmática propia
de las estatuas talladas en madera. Ciertamente aquel rostro ya no pertenecía
al mundo de los vivos. Un aura infranqueable separaba la vida de la muerte, y
el cuerpo, en su apariencia, también debía asumir aquel extremo. La carne no
era carne sino algo más cercano al barro seco o la madera vieja. Al mismo
tiempo, el olor salobre y fuertemente acre del natrón había desaparecido.
Ahora, en su lugar, el amable perfume que ella siempre había utilizado servía
de nexo entre la realidad y la ficción, el respiro y la calma, el aliento y la
muerte.
Tras rellenar el tórax con el
aserrín y los paños de lino impregnados en brea, se procedió al sellado de la
abertura con un cuño de plata en el que se había grabado el udjat, el
gran ojo protector de Horus. Antes se había depositado sobre el corazón un
escarabeo de turquesas y oro con una bella anotación moral, en la que se
instaba a éste a que no hiciera declaraciones en contra de su portadora ante el
juicio en el que habría de comparecer en la sala de Osiris. El escarabajo había
estado depositado durante una noche completa sobre el altar que, en honor de
Khepre, Amenofis III había mandado erigir junto al Lago Sagrado. No fue
necesario rellenarle los pómulos. Sobre las cuencas de los ojos se depositaron
dos perlas nacaradas de un tenue color grisáceo que dieron a su mirar un matiz
de apacible abandono. El virtuosismo del sacerdote los perfiló profusa-mente con
galena y puso una nube de malaquita verde sobre todo su entorno. Merit nos
miraba de nuevo desde la otra orilla con una belleza serena y rediviva.
Las vendas fueron ocultando aquel
cuerpo conocido y lascivo, y entregándolo a otra morfología anónima y común. La
muerte, pese a cualquier esfuerzo de los hombres, se llevaba consigo identidad
y formas. Cada vuelta alrededor de sus brazos o sus piernas era como un paso
que la fuera alejando de la realidad definitivamente. Los rezos y conjuros que
sin descanso Moshem recitó en su favor dieron lugar a que los amuletos santos
se depositaran entre las lías del modo conveniente que estaba establecido por
los ritos sagrados. Figurillas de loza azul vidriada representando a Isis,
Neftis, Neith y Selket, así como de los cuatro hijos de Horus, del escarabajo
alado y de Anubis, se dejaron insertas entre el nuevo ropaje. Tampoco faltó el
pilar dyed, símbolo de la perduración. Después un amplio pectoral de
oro, plata, turquesa y lapislázuli, asumiendo la simbología del día, la noche,
el cielo diurno y el nocturno, reposó sobre su pecho en el instante mismo en el
que el sol se ocultó en el ocaso. La ceremonia había comenzado en el preciso
momento del amanecer, cuando el aire sereno e intangible empezaba a volverse
rosáceo y transparente. De este modo, el rito quedaba sellado convenientemente;
el proceso había durado una unidad de luz. Ya sólo restaba depositar el cuerpo
sobre el sarcófago que habría de servir para el traslado, dedicar los días
próximos a las restantes preces y conjuros, e iniciar el viaje hacia Menfis,
donde, en la meseta de Saqqara, le aguardaba un sepulcro propio de soberanos.
Si siempre el Nilo ha estado
presente en la vida de todos los egipcios, ahora otra vez volvía a estarlo en
la mía de un modo relevante. Aquel viaje nuevamente iniciático iba a
representar algo muy importante en mi existencia. Tras mi aproximación brutal
ante la muerte, mi ánimo había comenzado una nueva andadura. Nada parecía
importarle ya a mi desalentado espíritu. Tan pobre era mi apego a la existencia
que, hasta creo, que si en aquella travesía nuestro barco hubiera naufragado,
ninguno de mis brazos se habría movido para evitar que los ágiles hijos de
Sobek hubieran dado sus fieras dentelladas en mi despreciable osamenta. Y creo
que tampoco lo hubiera hecho para preservar aquel cuerpo amado que con tanta
deferencia había sido entregado, al fin, a mi custodia. “Ahora te la entrego.
Ahora sí es de verdad tuya como tú le perteneciste”, me dijo su marido en el
último instante. “No, mi señor. Ahora ya no pertenece a nadie; ahora tampoco yo
puedo pertenecerle”, le respondí ausente.
El día entero permanecía yo sobre la
cubierta soportando, tanto el hierro fúlgido del sol como el frío hiriente con
el que las noches solían acompañar a sus estrellas en las horas del amanecer.
Bebía mucha agua y comía muy poco, pues solamente me alimentaba de dátiles
maduros. Y casi inmóvil, y apoyando mi rostro sobre la reseca madera del
pretil, dejaba que durante horas y horas mis ojos miraran con amarga desolación
aquella interminable tira de afanes humanos y colores que la poblada ribera
hacía discurrir interminablemente ante mi vista. Nada, sin embargo, parecía
importarme lo más mínimo. Qué diferente había sido cada vez que, a lo largo de
mi vida, yo había transitado por el omnipresente y sacrosanto Nilo.
Nuestra embarcación era respetada
por todos los navíos con los que nos cruzábamos con la temerosa condescendencia
que su carga inspiraba. No obstante, las orillas bullían. Sobre las aguas, el
sonoro tránsito comercial no cedía ni un solo momento. La vida a mi alrededor
parecía exhibir con más estrépito que nunca su pulsión excitante de proyectos,
intenciones y sueños bien nutridos. Pero mi desprecio tendía su sopor para con
toda aquella vorágine absurda e inútil a mi juicio. A pesar de la deferente
misión que se me había encomendado y de los acontecimientos que se suponían que
me estaban reservados y esperando, aquel macabro viaje parecía no conducirme
hacia ninguna parte. Tal era el grado de desesperanza que se había metido y
quedado en mi ánima. Ni siquiera nuestro paso a la altura de Abidos, lugar
santo donde reside Osiris, ablandó mi desprecio. Toda la existencia humana se
sustentaba sobre una gran ficción. El corazón de Merit, que yo había tenido
entre mis manos, jamás volvería a latir. Aquello era un embuste; la
escenificación de un deseo demente. La colosal y abigarrada instauración de una
quimera irreal e imposible a la que todos cooperábamos desde el mudo cinismo
que imponía el terror y la ignorancia. La vida no perduraba en ultratumba; no,
al menos, de la forma que un hombre pueda imaginarse. En los sarcófagos sólo
habitaba la putrefacción, que día a día se iba envolviendo y ahogando en el
olvido. ¿De qué servían las preces, los ungüentos, los amuletos y los aderezos?
Únicamente el tiempo; el tiempo insustancial, con su inexorable rigor de
deterioro, se erigía como suprema autoridad de la existencia. Era cierto que
todo volvía a nacer entre sus manos en cada estación de Peret. Era cierto que
cada vientre preñado era el preludio de una nueva existencia; tal vez de una
resurrección. ¿Pero de qué modo sucedía
todo aquello? Yo no sabía responder. Pero no, desde luego, de aquél que el
corazón de los hombres comprendía, pedía, y anhelaba.
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