El camino a Damasco.
Saulo era natural de Tarso de Cilicia. Con un salvoconducto del Sumo
Sacerdote se dirigía a la ciudad de Damasco para apresar a cuantos seguidores
de Cristo pudiera encontrar y llevarlos presos a Jerusalén. Cerca de su
destino, una luz cegadora lo derribó de su caballo, le quemó los ojos, y una
voz misteriosa le preguntó:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Otro camino a Damasco.
Manuel era natural de un sitio sin especificar. Tras una vida repleta de
normalidad, comenzó a sentir que se dirigía a su fin. No llevaba salvoconducto
alguno, y jamás se le habría ocurrido denunciar a nadie por creer diferente a
él, y mucho menos prenderlo y entregarlo a autoridad alguna. Un día, sin
embargo, un tenue fogonazo le despejó los ojos, lo detuvo en su marcha, y una
voz misteriosa le preguntó:
“Manuel, Manuel, ¿por qué crees en mí?”
(No se sabe
de quién era esta voz. Tal vez podía ser de Jehová, o de Buda, o de Xto., o de
Mahoma, o incluso podría haber sido de Marx, o de Adam Smith, o de cualquier
pensador, visionario o filósofo de cuantos predican postulados, leyes o
principios que creen y defienden como únicos e irrefutables).
UN PUNTO DE PARTIDA
Nadie conoce a Dios; nadie sabe nada de Él. Ni siquiera es posible imaginarlo en su sencillez o su complejidad.
Todo cuanto existe no puede ser sino
dimanación suya.
Solamente a través de la introspección se puede rastrear su esencia.
Por tanto, cualquier aproximación a Él es íntima, personal y no puede exportarse.
Cuando llegué a estas conclusiones sentí que cambiaba mi
forma de concebir la vida, y ya nada fue igual.

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