EL COFRE DE LOS SUEÑOS
***
Mandó Tutankhatón llamar de inmediato a su presencia al artífice de obra tan singular. Había visto por primera vez la preciosa arqueta cuando, aquella misma mañana, su jefe de ropero entró en su aposento a la cabeza de los trece sirvientes que portaban el fastuoso vestuario real dispuesto para la ceremonia, y el cofre en el que se guardaban las bellas sandalias de oro y de turquesas que calzarían sus venerables plantas en aquella jornada impredecible que ya se avecinaba. Sin duda, las piedras azules de la diosa Hathor eran las preferidas del nuevo niño-rey, selecto y caprichoso. Y a ellas, y a los poderes que las sacerdotisas aseguraban que éstas poseían les solicitaba él amparo y los buenos augurios.
Y cuando un eficiente esclavo libio se disponía, por orden del gran mayordomo, a perfumar con aceite de jazmines y mirra sus piernas y sus pies finos y bronceados, y a calzar y trenzar las cintas de badana sobre sus divinos tobillos, él mismo lo detuvo dándolo un puntapié. Después, abandonó con la rapidez de un joven felino el lecho aún caliente, y se agazapó en el suelo para tocar con sus propias manos y admirar la sorprendente caja como si se tratara del cofre de un juguete insólito traído para él de Siria o del país donde fluía en Indo. Había sido llamada su atención, en un principio, únicamente, por su suntuosa y seductora apariencia exterior. Pero al descubrir, además, la ingeniosa y compleja faja de cobre que celaba aquel cofre, sirviéndose de hábiles e intrincados mecanismos secretos, pero sin empañar en nada el encanto general de la obra, quedó gratamente turbado.
Y cuando un eficiente esclavo libio se disponía, por orden del gran mayordomo, a perfumar con aceite de jazmines y mirra sus piernas y sus pies finos y bronceados, y a calzar y trenzar las cintas de badana sobre sus divinos tobillos, él mismo lo detuvo dándolo un puntapié. Después, abandonó con la rapidez de un joven felino el lecho aún caliente, y se agazapó en el suelo para tocar con sus propias manos y admirar la sorprendente caja como si se tratara del cofre de un juguete insólito traído para él de Siria o del país donde fluía en Indo. Había sido llamada su atención, en un principio, únicamente, por su suntuosa y seductora apariencia exterior. Pero al descubrir, además, la ingeniosa y compleja faja de cobre que celaba aquel cofre, sirviéndose de hábiles e intrincados mecanismos secretos, pero sin empañar en nada el encanto general de la obra, quedó gratamente turbado.
Siempre le había encantado a
él lo simplemente bello. Pero cuando la belleza se presentaba conviviendo de
manera tan íntima con el ingenio y un punto de misterio, el conjunto le causaba
una recóndita y sutil admiración que nunca llegaba a explicarse del todo. Era
como oír, muy a lo lejos, el toque casi imperceptible de crótalos broncíneos. Algo que traía a su presente
aquellos refinados aromas y recuerdos, tal vez maternos, sobre los que sabía
que se asentaban su educación, su modo de entender el mundo y su propia
existencia.
Jamás podría él olvidar su
infancia rodeado de elegancias y lujos en la corte de esta hermosa ciudad
llamada Akhetatón, a la que ahora obligaban a que se separara de él igual que
se distancia un navío al partir, dolientemente, de su puerto de amarre, en un
viaje incierto y nebuloso.
Aquellos días, en los que la
reina madre Tiyi, la hermosa Nefertiti, y su madre, Kiya, hacían del lugar un
jardín de excelencias, se iban diluyendo como vino en el agua; haciéndose
invisibles pero dejando un sabor preciso e indeleble como el que se recuerda de
la sal cuando viene la sed. Este prodigioso paraje fundado por su entrañable
padre en las tierras de Amarna. Este edén en el que el muerto faraón había
reunido, como nunca antes lo hubiera hecho rey alguno del mundo conocido,
belleza, ingenio y sabiduría sublime, con el noble propósito de renovar el
orbe, dignificar sus creencias, y sepultar la guerra, la desigualdad y la
discordia para siempre entre el género humano.
El escriño era de madera estucada.
Tenía cuatro patas torneadas y su tapa era curva, simulando una bóveda que
incitaba a recordar el enigma con el que la diosa celeste Nut, madre de Ra, se
curva sobre el mundo y sustenta los cielos con el sagrado arco de su divino
cuerpo. Al acierto de sus bien calculadas dimensiones, se unían el esmero con
el que un friso de rosetas y dos franjas paralelas de escaques lo ceñían. Pero,
al contemplarlo más minuciosamente, el joven faraón se sintió plenamente
colmado en su vanidad insaciable de niño petulante, deseoso de lisonjas y
halagos. Allí aparecía majestuosamente su real figura, erguida sobre un carro
imponente de guerra. Y todo ello estaba tan hábilmente dibujado en sus nimios
detalles que, a pesar de no haberse dado nunca semejante batalla, la escena
parecía totalmente veraz y sin visos de falsedad alguna. Sirios, mitannios e
hititas yacían derrotados a sus plantas en despreciable aglomeración, entre
fieras del desierto a las que también las flechas imperiales habían dado justa,
cruel y sanguinaria muerte. Un montón de manos seccionadas certificaban la
veraz y contundente victoria. Y sobre aquel atroz e imponente desastre, él,
Tutankhatón (“La imagen viva de Atón”), se alzaba joven, hermoso y arrogante
como el único e indiscutible vencedor de tan ímprobo caos. Los briosos corceles
enjaezados, el perfecto orden del ejército egipcio y su colosal figura, tan
hábilmente sobredimensionada por el autor, eran bien a las claras un notable
presagio y un magnífico augurio para un reinado que apenas había dado sus pasos
iniciales. Pues, a sus apenas once años de edad, soñar con un mañana repleto de
esplendor era algo casi obligatorio para un soberano. Sobre todo, si aún se
desconocían en todos sus meandros las ambiciones, intrigas, y todos los
peligros que anidaban en una corte sembrada de resentimientos y ávida de
venganza.
Pero es que, además de toda la
belleza que la arqueta exhibía, estaba aquel complejo mecanismo de apertura que
la abrazaba por el exterior, y que la convertía en un cofre totalmente
inviolable para quien no conociera su mecánica entraña. Aquella obra era única,
y su artífice también debía serlo.
Paró un momento la lectura y miró a la ventana. Tras los cristales, una tibia luz de invierno acentuaba la calidez del cuarto y hacía llorar al vidrio suavemente. Miró en su entorno y se sintió en calma; en una calma que le pareció distinta y nueva. ¿Qué estaba leyendo? Por un momento, creyó encontrarse bajo las sábanas en una noche remota de su infancia.
Duro y difícil habría de ser para el inexperto
faraón el proceso de restablecimiento de la veneración a Amón; dios máximo de
las esferas celeste y terrestre, que ahora se le exigía. Los sacerdotes de la
divinidad, hasta ahora depuesta, lo habían reclamado con imperiosa, urgente,
y lúgubre vehemencia. Lo habían hecho
sin descuidar ni un instante sus torvas reivindicaciones henchidas de amenazas
y ávidas de codicia.
Tras la muy extraña muerte de su
padre, Amenofis el IV, y la caída en innoble desgracia de la que había sido su
última esposa, Nefertiti (“La hermosa que ha venido”), los sacerdotes de Amón
habían demandado la restauración inmediata y en todo su pretérito esplendor del
culto al dios depuesto. Él debía ser sin demora ni excusas el dios supremo de
todas las deidades. Debía, pues, sepultarse definitivamente el fervor nunca
aceptado plenamente por el pueblo hacia el advenedizo Atón. Aquella deidad
traída desde Heliópolis por Eye y por la reina madre, a quien Amenofis había
encumbrado algunos años antes, en aras de una extravagante locura que ahora, cobardemente, ya nadie parecía
ni apoyar ni explicarse. Por eso era necesario, sobre todo, que quedara
cercenada y destruida para siempre aquella logia herética y maldita que parecía
haber sustentado y dado aliento a tan inaudita y destructiva locura teológica:
un único Dios ¡Qué masacre teológica!
El desprecio proferido por el
extinto faraón hacia el dios Amón y todo el panteón divino inmemorial había
llegado a su cima de vejación y oprobio cuando, tras borrar su nombre de todos
los lugares y desposeerlo de todas sus sagradas pertenencias: imágenes,
insignias, templos, esclavos y riquezas, hasta él mismo se había hecho llamar
Akhenatón, (“El que beneficia a Atón”). Y, no colmada la ignominia con tan
suprema afrenta, el rey hereje había trasladado su palacio y su corte a un
lugar nuevo en el centro de Egipto, en la orilla este del gran Nilo, fundando
allí la residencia de la oficialidad.
La gran ciudad llamada Akhetatón;
(“Horizonte de Atón”), estaba llamada a rivalizar con todas las ciudades
importantes del mundo: Babilonia, Nínive, Tiro, Sidón, Biblos o Khatushash. Su
fulgor debía eclipsar a todas ellas, pues en sus cimientos debían sustentarse
no sólo bellas construcciones sino un nuevo orden llamado a ser universal.
Dioses importados de aquí y de allá. Rivales irreconciliables. Pugna maldita por imponer creencias que se defienden como si fueran únicas, como si fueran ciertas, cuando nadie puede otorgarse el don de la Verdad. Irracionalidad y fanatismo. Torturas y masacres. Cruzadas, Inquisición y Guerra Santa. Y las hordas de los salvadores echadas por el mundo a redimir infieles o inmolarse. Matando en nombre de su Dios, enloqueciendo en nombre de su Dios, esquilmando, colonizando y dominado en nombre de su Dios. Salvando en nombre de su Dios a unos hombres cuya salvación jamás ha de ser ésa, pues que nunca necesitaron ser salvados. Porque ¿salvados de qué? Y un dios que viene y suplanta al autóctono, y lo pisa y lo borra y lo persigue y lo ridiculiza. Dioses puestos a competir como gallos de riña, como perros salvajes. Dioses y profetas compinchados. Visionarios inventores de credos. Krisna, Moisés, Orfeo, Mahoma, Marx. Y como emblema cínico y prepotente: “No utilizarás el nombre de tu Dios en vano”
Para ello, el nuevo emplazamiento de la corte
había sido trazado en un enclave ciertamente singular y magnífico. Se trataba
de una llanura virgen y llena de esplendor, circundada por una ensenada de
colinas rocosas y escarpadas pendientes, que parecían estar suspendidas del
cielo mismo, como ingrávidas y doradas
moles de finas areniscas. Desde allí podía verse cada día cómo el sol se
elevaba incendiando el mundo con la grandeza y majestad de una divinidad áurea
de porte incuestionable. Aquella ciudad era, pues, un digno tabernáculo para
“el disco solar”, único dios sin rival ni debate. El faraón había elegido el
enclave personalmente y por inspiración. Y es que, viendo un día el amanecer,
consideró que la línea del horizonte por donde el sol se alzaba, al contraluz,
era exactamente igual que el signo gráfico con el que los escribas
representaban desde siempre la idea de ese sublime acto. Creyó, pues, que
aquella era sin duda la señal inequívoca de que por allí, y sólo por allí,
había ascendido el astro soberano en el primer instante del alba primigenio.
Aquel era por tanto un lugar bendito y designado.
A Manuel le vino a la memoria la ermita del Canchal;
la de la Virgen Blanca. El pensamiento se le coló como una fina brisa. Y mira
por donde -pensó-, todas las ermitas y sus cultos se habían establecido siempre
de semejante modo: “Un labrador humilde, una yunta de vacas, una tierra que
exige sudores y trabajo. Y la reja que topa con un obstáculo mínimo que, sin
embargo, se hace insuperable. Una pequeña talla; una muñeca. Una muñeca que el
rústico embobado le lleva a su hijita cual juguete. Y La muñeca que desaparece
por artes misteriosas. Y la muñeca que se pone terca; que vuelve y vuelve una y
otra vez al labrantío. Y entonces la sospecha. Y enseguida la alarma, y el
chismorreo entre las lugareñas que se tragan las avemarías por docenas. Y la
hermana del cura y las beatas que de eso saben un completo saber. Y las
campanas tiradas a rebato. Y la confirmación: ¡milagro! “Que la muñeca no es
muñeca, que es la mismita Virgen”. Y ya entran a meter mano la sacrosanta
curia. Y la colecta para sufragar la construcción de un templo, y la colecta
para entronizarla y coronar al santo, y los peregrinajes masivos con enfermos
de todas las dolencias, y las dádivas, legados y limosnas. Y luego más
milagros, y las romerías, y los exvotos de gratitud o súplica: trenzas de pelo,
brazos de cera, bragueros de herniados y fajas de tullidos. Muletas, mortajas,
camisas, ramos de flores de tela o de papel, amuletos diversos. Rosarios,
cordones penitentes, hábitos y alhajas. Dádivas, estipendios, misas pagadas y
lista de minutas para cultos y demás devociones. Y el fervor popular que
enjareta prodigios como ensarta pimientos al serano para que se les sequen. Y
crece sin mesura la fama del buen santo. Y crece, y crece, y crece.
Manuel
se pasó la mano por la frente y ahuyentó aquellos temerarios pensamientos. ¿A
qué ton venían ahora a su magín aquellos cavilares? Sin embargo no lo
sobresaltaban. De otra parte, le encantaba la lectura de aquellos garabatos.
Evocaba tan bellos y sugerentes parajes... El milenario Egipto. El Nilo
enigmático. Los faraones. Se acordó de sus lecturas nocturnas en el seminario,
de su tío Anselmo. ¿Qué habría sido de él?
Y es que aquel enclave, repleto de hermosura,
que se erigía como una burda blasfemia para el clero de Amón, era como un oasis
de bondades para el rey y su devota corte, que allí se sentían rodeados de
goces y fortunas, a la vez que libre de recelos, insidiosas presiones, y
entramas religiosas. En Tebas había quedado el afanoso Eye al cargo de todo
aquello que tanto lo fastidiaba y aportaba desvelos: administración, asuntos
comerciales, tributos y jefatura de orden y justicia. Así pues, aquella ciudad, surgida para muchos
de la infidelidad y la herejía era, sin embargo, para otros, un paraíso hecho
para la vida y el deleite, para el lujo y el placer, para el arte y la libre
creatividad; para la adoración a un único señor; dios supremo de todo lo
creado. Pero, sobre todo, era el emblema y la enseña de un orden emergente en
el que la igualdad, la paz y la justicia debían inundar y abrazarlo todo. El
rey quería dedicarse en cuerpo y alma a la instauración de un nuevo concierto
que aboliera la esclavitud y esparciera la paz como semilla generosa y fértil.
Y así, y a pesar de su corta vida y
los avatares que luego se siguieron, Amarna, “la Ciudad del Horizonte”, estaba
llamada a ser considerada por la memoria colectiva, y por siempre, como el
jardín en el que se satisfacía a todos los sentidos, y en el que el pensamiento
y la renovación podían beber un nuevo agua fresca que mitigara la sed
eternamente.
Fieros
chacales, rebeldes e intrigantes, se habían vuelto sobre todo los sacerdotes
del nomo de Uaset, desde que se promulgara y materializara aquella hiriente
ofensa y despropósito regio, que les había desposeído del culto y de todos sus
bienes, y les había relegado a la tan miserable vergüenza de no tener ni
riquezas ni dios, a la vez que había puesto en expolio y entredicho todos los
más arcanos fundamentos teológicos sustentados desde los tiempos vacíos en
memoria.
Y es que allí, en la misma Tebas, en
su parte este, se había construido, muy cerca del vetusto y ahora asolado
recinto santo, un nuevo y extravagante templo dedicado a la deidad
recientemente impuesta. Era una acerada burla; una obra de estética estridente,
que se apartaba de manera alarmante del estilo y la decoración convencionales.
Tenía, aquel moderno templo, además de estar todo construido a base de bloques
uniformes de pequeñas dimensiones, a los que habían dado en designar con el
nombre de talatatos, atrevidos
relieves de burda irreverencia. Y hasta el tratamiento de sus esculturas era
zafio y vulgar para el gusto imperante, y de un naturalismo fuertemente acusado
que hería sensibilidades y quebrantaba cánones. Las líneas curvas destacaban
por encima de la clásica sobriedad de las rectas, lo que imprimía en el
conjunto un toque blando y femenino nada acorde con lo que debería acompañar a
la divinidad. Los espacios eran amplios y abiertos, dejando que la hiriente luz
lo invadiera todo con su irreverente y
descarnado fulgor. De ese modo insolente, muchos de los miembros destacados del
núcleo clerical opinaban que se alteraban peligrosamente las viejas creencias y
se insultaba a los antiguos dogmas y principios eternos; sagrados e inmutables.
Lo que sin duda suponía la ruina moral de todo el reino; el tan temido caos que
al descerebrado rey no parecía importarle lo más mínimo. Aquel era, sin duda,
un falso faraón despreciable y protervo.
Pero ahora, al
fin, el faraón había fallecido. La implicación de la curia religiosa en la
súbita muerte y en la inhumación atropellada del cadáver de Akhenatón era una
cuestión que nadie formulaba en voz alta, pero que todos compartían y
exculpaban bajo pretexto de servir a los más dignos objetivos civiles y
teológicos. Y esta grave acusación circulaba sin voz pero sin tregua, como si
se tratara de un hedor fatal e ineludible, entretejido e inserto entre los
nobles hilos del manto impenetrable que ampara el divino designio.
Ante todo ello, los cobardes
seguidores de antes y los afines colaboradores, o habían huido o permanecían
mudos y enmascarados como infames traidores.
Su yerno, hermanastro, y primer
sucesor, Semenkharé, a pesar de su juventud, había resistido en un principio,
feroz y estoicamente, tratando de hacer valer sus derechos a la sucesión, y las
razones de su conveniencia y oportunidad para el reinado. Lo había hecho tras
un primer y corto periodo de co-regencia junto a la reina madre Tiyi. Pero su,
también, brusca desaparición había vuelto a resultar un suceso inquietante y un
hecho cuajado nuevamente de sospechas.
Tras tantos sobresaltos, ahora se
había amañado el desposorio del joven heredero Tut, hijo de Akhenatón y su
segunda esposa real, Kiya, con Ankhesenatón, su hermanastra, una de las seis
hijas de Akhenatón y Nefertiti, otra de sus mujeres.
Kiya era la segunda esposa. Su
padre, el rey de Mitanni, Tushratta, la había enviado a Tebas como ofrenda y
regalo para avivar y dar alegría a los últimos años de Amenofis III. Pues, aun
siendo ésta una párvula, ya había dado muestras de extraordinarias gracias para
el retozo y las artes de amar. Muerto el viejo faraón, el compromiso había
recaído en su hijo, Amenofis IV, que la desposó bajo el nuevo nombre de Kiya,
olvidando el de Tadukhipa con el que había sido signada en Naharina, su urbe
natal y la capital del reino de su padre.
La princesa Ankhesenatón, había
nacido en tercer lugar de la unión del rey con Nefertiti, quien a pesar de sus
enormes esfuerzos y conjuros había sido incapaz de concebir un varón vivo que
esgrimiera su derecho sucesorio al trono. Hecho extrañísimo, pues que sus
alumbramientos habían sido múltiples, pero siempre habían nacido muertos los
varones. Lo que el pueblo achacaba a la raquítica y malvada influencia de aquel
dios recién instaurado por la fuerza. Pero los más cercanos a la corte sabían
que, tal obstinación de partos torcidos y desgracias, se debían únicamente a
las mágicas mañas con las que los nigromantes servidores de la intrigante y
vieja reina Tiyi sabían servir a su señora, en eterna disputa y rivalidad con
Nefertiti.
Con los esponsales de
Tut y su hermanastra se abría nuevamente un rayo de esperanza para las
autoridades religiosas profundamente ofendidas, aunque sus recelos siguieran
manteniéndoles en terca y furtiva vigilancia. Y es que, en modo alguno, estaban
ellos dispuestos a perpetuarse en la pérdida de sus riquezas y sus privilegios,
ya que, a su entender, en ellos y sólo en ellos estaba depositada la auténtica
garantía del supremo equilibrio: vital para la vida y el devenir del eximio
territorio de Kemit. Y máxime ahora que la amenaza hitita se cernía como un
negro nubarrón sobre la región convulsa de Mitannia.
Por eso, sólo con una ceremonia
sagrada como la que iba a celebrarse tras las jornadas próximas, la furia de
los sacerdotes podría, si no aplacarse, al menos irse mitigando. Tut-Ankh-Atón
(“La imagen viva de Atón”) cambiaría su nombre, clara y definitivamente, por el
de Tut-Ankh-Amón. Y sería secundado también con fidelidad inquebrantable por su
dócil esposa y consanguínea, y por toda la familia real. Además, el gran visir
anunciaría de forma oficial el inminente traslado de la corte al “nomo del Muro
Blanco”, Menfis; el lugar que se consideraba, por su situación, “la balanza
entre los dos países”: El Alto y el Bajo Egipto.
De nuevo las tumbas reales volverían
a Tebas, “la Ciudad de las Cien
Puertas”, aquella situada en el “nomo del Cetro”. Allí es donde moraba el gran
dios Amón, dios del viento y el aliento, desde que Amenemheb I lo trajera desde
la ciudad santa de Iunu, antes de ser asesinado por su harén mientras dormía.
De ese modo, la Ciudad del Horizonte, maldita y oprobiosa, llamada Akhetatón,
quedaría por siempre entregada a su suerte; a merced de soles y de dunas, para
que Apofis y Set la devoraran con saña y sin piedad. Para que el tiempo clavara
en ella sus afilados dientes y la despellejara, como corresponde hacer con un
vástago indigno y despreciable, que tanto había ofendido la cordura de todos,
desmembrado y empobrecido al pueblo.
El decreto establecía que las arenas
rojas del desierto serían mortaja y sepulcro para siempre de la innombrable
Amarna y de su fundador sacrílego. En contraposición, Tebas recogería,
restituida en todos sus honores, aquel testigo que por antigüedad le era propio
e inherente, y Amón sería reentronizado con todo su boato.
Siempre había sido así dentro de la santa
estructura. La “causa” no contemplaba impedimento alguno. “Los planes de Dios”
no podían permitirse debilidad ni quiebra. De ese modo macabro e inane se
habían justificado todo tipo de tropelías, fraudes y asesinatos. Turbios
sucesos e indignas convivencias con el dominador. Denuncia de “rojos” y
acusación de ateos. “La guerra civil” había sido un ejemplo macabro que él
había vivido. Apoyo a dictadores y tiranos; administración de perdón, comunión
o viático a las infectas almas de aquellos redentores exaltados, crueles y
sanguinarios. Mirada hacia otro lado frente a la injusticia, el escarnio o el
crimen. Cualquier cosa con tal de conservar y acrecentar privilegios y estatus.
Y los purpurados en las recepciones reales o en las paradas de los militares
exhibiendo, junto a los demás acólitos del poder imperante, sus sonrisas y
gestos de putas mantenidas. El carmín oportuno para el bezo del beso, el rimel necesario para el ojo cómplice, el
perfume adecuado para el gran contubernio. El gesto, el mohín y las sonrisas
precisos para edulcorar la complacencia del mandamás baboso. Y los príncipes de
la Iglesia metidos en cúpulas de finanzas y negocios magros. Y el Espíritu
Santo, La Inmaculada o numerosos santos dando su nombre a bancos, fábricas o
emporios. Y los canonizadores llevando a los altares a aquéllos que conviene a
quienes pagan bien u otorgan privilegios. Y si es preciso, se colabora con el
espionaje o la mafia, o se envenena a un papa o se encarcela a un teólogo que
no se fideliza. Y para eso está la mano larga, y la excomunión o, simplemente,
el pago a los matones y sicarios. Todo con guante blanco, con sedas carmesí,
con vestidos talares (que siempre cubren hasta el mismo talón a la larga
inmundicia). Porque cuando uno diseña la ética, la moral o la ley, y además
otorga el perdón a su modo, uno puede usarlo a propio saldo. Porque la causa
última sí justifica los medios de los depredadores. “El reino del Señor” “Loado
sea el Cielo.”
Oyó el rey, mientras lo vestían, el nombre del
artesano. Y como aquel mismo día
todo el cortejo real partía hacia la ciudad de Tebas, nuevamente decretada
“santa”, pidió que fuera éste citado y conducido hasta su presencia tan pronto
como la sacra ceremonia de desagravio al magnífico dios hubiera terminado y los
asuntos de estricto protocolo le hubieran permitido su retorno temporal a
Amarna, para iniciar los trámites del definitivo desalojo y abandono del
maléfico enclave. Luego, sintiéndose ya íntimamente complacido en su antojo,
ciñó a su frente la diadema real y se miró al espejo. Su aspecto era espléndido.
El buitre y la cobra dilatada, símbolos del Alto y Bajo Egipto, parecían, sobre
su augusta frente, más relucientes y avizores que nunca. El viaje real duraría
varias jornadas, y se había previsto que el cortejo fluvial fuera toda una
exhibición lenta y majestuosa, que dejara bien claro ante todos los pueblos de
las márgenes la importancia de lo que el faraón se disponía a hacer. Por ello,
el rey debía lucir sus mejores alhajas y todos sus regios atributos, cuidando
con exquisitez su adecuación al momento, la zona geográfica, y a la exaltación
de tan ínclito y excepcional propósito.
Tomó Tutankhatón el nekhakha o flagelo y el heka real, y se dirigió al encuentro de
su esposa y hermana, con quien se había citado para comparecer en el gran
“balcón de las apariciones” antes de la partida.
Desde aquella galería que unía,
salvando la calle principal, la residencia real con el recinto del gran
palacio, le gustaba a él dejarse ver por la plebe que iba y venía hacia el
mercado. El finado rey Akhenatón había habituado a sus vasallos a que se
sintieran ratificados en su amparo mediante su aparición diaria en aquel
mirador, y él no quería privarles de esta apreciada garantía. Máxime ahora que
el prestigio real estaba tan debilitado, pues no eran pocos los que seguían
afirmando en oasis y plazas que aquel Akhenatón, innombrable ya y para siempre,
había sido un falso faraón. Y no había que olvidar que, a pesar de sus
propósitos y manifestaciones, él era su hijo y descendiente. Y todo ello en
unos momentos en los que la imagen real necesitaba tanto la reafirmación del
pueblo ante un clero que se le mostraba tan acre y tan hostil, a la vez que tan
robustecido en sus poderes y en su capacidad de intriga y alianzas.
El semblante de la reina
Ankhesenatón era firme pero a la vez resplandeciente. Aquella mañana venía ella
ya en su litera desde “El jardín de recreo”, acompañada de la corte de sus once
sirvientas. Allí, en el lago que el extinto faraón un día construyera para
solad de su primera esposa Nefertiti, la nueva reina había perpetuado aquel
rito establecido por su madre al que el
pueblo entero llamaba “El rejuvenecimiento diario de la reina”. En su rostro,
aun núbil, se concitaban la templanza y la fuerza de las mujeres crecidas en
las tierras de Amarna, junto al refinamiento exquisito de una corte creativa y
magnífica. Su mirada era clara. Y una leve sonrisa jugaba permanentemente a
esconderse y mostrarse en algún punto inconcreto de su rostro, dando así un
toque de misteriosa ironía a su semblante. Aquel día, la núbil reina parecía
traer suspendida su mirada en un halo impalpable de egregia majestad. Y, ello,
a pesar de que supiera que en las jornadas próximas debía disponerse a hacer
repudio público de su estimado padre, a
quien se acusaba del mayor crimen que podría cometer un faraón: el de haber
reinado “sin el Maat”. Es decir: sin el concurso del equilibrio y el orden, los
valores éticos y la justicia; la cultura y la fuerza insigne y creadora.
Tras los ojos de agua de la reina
podía ya verse, como un anticipo, fruto de su intuición, la visión desolada del
harén de aquella ciudad a la que había sido llevada a los tres años, y en la
que había crecido y jugado, inmersa en un proceso idílico de cambios y reformas
sorprendentes, una cálida y entrañable vida familiar y un refinamiento
artístico sin precedente alguno en las tierras de Egipto, pues que todo el lujo
y el saber de Babilonia o Nínive, de Biblos, Gaza o Jerusalén, allí se daban
cita.
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