sábado, 1 de marzo de 2014

Los sagrados oficios


 


LOS SAGRADOS OFICIOS


***


Realmente, la ceremonia de desagravio al dios resultó agotadora para el joven muchacho. El viaje, río arriba durante varias jornadas, había supuesto un enorme suplicio. Las muchas horas de obligada permanencia en la cubierta, erguido sobre el trono real, llevando la doble corona, para que los habitantes de las márgenes pudieran enaltecer, contenidos, su paso, habían sido sumamente penosas. Y aunque la cabina real era holgada y cómoda, y los velos, permanentemente humedecidos por los camareros, mitigaban los ardores del tórrido verano, el posible descanso estaba cargado de inciertos temores y extraños sobresaltos.  

            El desacostumbrado faraón sentía perennemente sobre sí todo el agobio de aquella tensa situación de inquina y de recelo, que poco a poco se había ido generando en el seno de la soberbia casta religiosa. La muerte de su padre, primero, y luego la de su amado Semenkharé seguían llenando su cabeza como un viento sucio que jamás encalmara. Sólo, cuando se candaba la noche y el barco real recalaba en alguna solitaria ensenada, podía él sentir un poco de sosiego. Miraba entonces a lo lejos. El desierto, tras los juncos y los cañaverales, se extendía como un mar doradamente calmo que jugara a ocultarse entre el incierto tamiz de la penumbra. Nada se oía entonces salvo el murmullo viviente del río y de sus pobladores. Únicamente el mecer de los grandes abanicos reales, lenta y acompasadamente, movidos por los fámulos nubios, siseaba entre el silencio estremecedor de un cielo y una arena que palpitaban, mudos, guardando sus eternos misterios insondables. Era entonces cuando él, tendido sobre los almohadones dorados de su lecho, asido a la mano dormida de Ankhesenatón,  se hundía en el abismo del limo de los tiempos. Y, a pesar de su poca edad, se sentía llamado a ser parte de aquella incógnita que le sobrepasaba. Aquel enigma que, sólo la insistencia de los que le rodeaban, le hacía creer y le imponían, pese a todo recelo. El era el faraón, el dios viviente, el regidor del mundo; la gran divinidad. Horus en él se había reencarnado.

Se detuvo Manuel. Dejó caer suavemente su mano sobre aquellas palabras y, sin retirarla, se fue incorporando con cumplido trabajo. Sintió el peso torpe de su cuerpo; largo rato leyendo le cargaba los tra-seros cuartos. La mano perezosa resbaló sobre el texto. Y hasta su brazo se extendió para demorar aquel roce amoroso, cuando él se separó de la mesa y fue a sentarse en su cama. Aquel libro estaba horadándolo. Era un texto que aparentemente no perseguía más que la veleidad, pero que, sin embargo, a él le estaba encharcando una parte del alma con vívidos recuerdos.
            Se tumbó Manuel sobre el lecho. Estaba muy cansado. Cerró los ojos. Y dejó su mente a su albedrío. Ahora nadie le impondría preceptos. Ya era un viejo y a nadie se debía. Buscaría su ruta pesara a quien pesase.


El gran templo de Amón, devuelto nuevamente en su opulencia a la repuesta deidad, estaba, sin embargo, presidido por un halo de cínica y cuidada austeridad expectante. Seguramente se trataba de un burdo ardid de cautela trazado por sus restituidos moradores, quienes aún no se sentían restaurados en pleno a sus antiguas venias. Una exhibición descarada de falso ascetismo ante el regio visitante que ahora se aproximaba; un juego con el que una de las dos partes contrincantes medía la fuerza a su enemigo. Sus estatuas habían sido urgentemente reparadas y entronizadas en flamantes pedestales labrados con apremio Y los tesoros, abundantemente abastecidos con nuevas y suntuosas alhajas y reliquias, yacían en discretos arcones y en salas no signadas para no hacer un alarde de plétora. Incluso los relieves que, sobre los muros, contaban las bondades y atributos del dios, ahora, estaban siendo cuidadosamente reescritos en su grandiosidad, a la vez que los elegantes trazos de sus siluetas volvían a ser firmemente marcados. Pero, es más, la insolente ostentación de otros tiempos, en estos días, se ejercía encubierta por un toque de ingeniosa piedad basada en el recato. Sólo la faz del dios, tocado con la corona alta de plumas, había vuelto a ser tallada noblemente en cada piedra de aquéllas en las que la orden impía de Akhenatón la había hecho arañar con saña destructora.  

            Todos los días, al amanecer, se reanudaba la marcha. Se apagaban las teas, y la comitiva real proseguía su trayecto fluvial. Muchos campesinos con sus familias permanecían la noche entera en las riberas, escondidos en improvisadas chozas de papiro, expectantes e inquietos, esperando el paso del cortejo real, para ver reafirmadas su fortuna y su suerte. No todos los días pasaba el dios junto a sus casas, y no siempre de su contemplación se desprendían confianza y sosiego.  

            Había en aquel amanecer de la real travesía una luz diluida en el misterio. Su color era como el de un vino de Dajla veladamente turbio. El Nilo discurría sereno, silencioso. Las naves avanzadas iban haciendo que los barcos de carga que viajaban en sentido contrario recalaran en las márgenes hasta que el navío real  hubiera remontado la zona de su amarre. El río fluía como un expectante y cauto rastreador que buscara prudentemente serpientes en la arena. Los remeros batían rítmicamente sus largas varas con suavidad sobre las calmas aguas sin querer despertarlas. También ellos acataban con sus gestos aquella pactada ceremonia de reconciliación y místico silencio.   

            La embarcación real parecía avanzar mientras desplegaba un manto fino de reserva en su entorno. La gran esposa acompañaba al faraón durante la jornada sin musitar palabra. Iban ambos erguidos en la proa. El rey en su trono real, la reina en pie a su lado. Ambos reci-bían los primeros rayos de un sol tímido que aún no laceraría ni su piel ni sus ojos. Aquella estoica posición de la reina y su mutismo eran el testimonio claro de la franca y total sumisión a su consorte y al acto que se le había impuesto soportar. Era la anuencia con la que la joven deseaba aportar al muchacho una fortaleza estoica que ella sabía necesaria, sin conocer siquiera a qué obedecía que ella misma pudiera aportarla. Sus sólo veintidós años la entregaban en manos de un temor indomable, que, sin embargo, era preciso asumir y no mostrar en modo alguno. La supervivencia sólo acompañaba a los fuertes. Los soberanos jamás podían exhibir emociones que debilitaran su faz o su carácter. Eso era algo que había aprendido de su madre, la reina Nefertiti. Para su esposo únicamente parecía existir una desconcertante y vertiginosa incertidumbre, más cercana al juego y la osadía que al terror y el peligro. Pero para ella, el presagio era muy diferente. La imagen aún reciente de su padre muerto y el terror de su madre, hundida y postergada en su confinación en el palacio del Norte, se cernían sobre ella como dos nubes negras cargadas todavía de peligros latentes.  

            La barca fue recorriendo el río durante todo el discurrir de la mañana. Ni un momento desfalleció la reina en su postura. Tampoco admitió que sus sirvientas le arrimaran aquel asiento alto, tapizado con seda de vistosos colores, que permitía su descanso a la vez que daba la impresión de que siguiera en pie. Cuando el sol ascendió, seis portadores de sombrillas las desplegaron sobre sus cabezas como palios amables, a la vez que humedecieron todos los cendales con el agua de rosas que  aliviaba el sofoco.  

            A ratos, las cortinillas de los camarotes se alzaban inquietas, en un juego incesante con el viento y la luz. Era entonces cuando podía verse a aquellos círculos cerrados formados por las campesinas y sus nutridas proles, desde los que se alzaba un clamor gutural de gozo contenido, señal con la que proclamaban respetuosamente haber presentido el paso de su nueva deidad. Aquel grito erizaba el vello. Sobre la piel del río una brisa ligera rizaba su color y mecía a las ánades. Los búfalos de agua observaban la comitiva desde sus ojos pétreos y sus lomos cubiertos de estorninos que jugaban, ajenos, a espulgar sus orejas.  

            Antes de la comida, el copero real sirvió bebidas al monarca, y el portador de la jofaina de oro humedeció y enjugó su frente, su cuello y sus divinas manos con un paño de lino de urdimbre impecable.  

            Las primeras jornadas de la travesía se efectuaron en medio de un silencio ritual; rotundo y sobrecogedor por parte del cortejo. Sólo a lo lejos se podía escuchar, de rato en rato, el seco sonido de la tropa que sobre el navío anunciador iba dando el aviso de que el barco real se encontraba ya en las proximidades. Nadie osaba mirar al faraón de frente. Tutankhatón podía contemplar por vez primera su reino sumido en un mutismo extraño que antes nunca hubiera imaginado expandido ante sí. Por su frente pasaban ahora muchos pensamientos como bandadas de grullas que viajaran veloces y ordenadas por el cielo emigrando hacia un lugar remoto y escondido. Los aldeanos que vivían en las riveras detenían todas sus tareas y hacían desaparecer aperos y ganados cuando el navío real pasaba ante sus casas, para, inmediatamente, volver a sus quehaceres transcurrido el evento. Aquella actitud, por más de bien sabida, le seguía resultando terrible al niño entronizado. Nada inmundo ante el dios: ni trabajo ni bestias. Un mundo idílico en el que la promisión de su pueblo debía caer tan sólo de sus manos. Desde muchas viviendas se elevaban hilas de humo que delataban que, sin embargo, allí moraban seres. Incluso, cuando el cauce se hizo más estrecho y las orillas casi llegaron a  encontrarse, pudo él distinguir utensilios y enseres recientemente abandonados o labores interrumpidas precipitadamente. Muy cerca de algunas chozas, las ropas se oreaban al sol, y eran como banderas lánguidas que quisieran realizar un mudo bamboleo de cómplice agasajo.  

            Mientras eso ocurría, la fiel naturaleza, en su grandiosa exhuberancia de juncos y cañaverales, parecía fortalecer el acontecimiento. Sólo los animales acuáticos seguían paciendo a su albedrío. Por su parte, los brazos flexibles de las palmeras se miraban ajenos y ensimismados en el espejo ondulante del agua. Hasta los bosquecillos de tamarices parecían ofrecerle su turbado respeto.

Hombres que temen a los otros hombres. Castas y razas. Jefes y subsidiarios. Amos y esclavos. Tiranos que perpetúan su obscena tiranía. Primer mundo, segundo mundo, tercer mundo. Sociedades que se elevan por encima de otras, se nutren de su sangre y se afanan en levantar barreras para que jamás, éstas, les visiten o les importunen. Marcas de diferencia. Y la pitanza y la automatización para los nuevos ricos; ricos más pobres aún que nunca porque alguien les engañó haciéndoles creer que ya son ricos, mientras los engañadores dilataban más y más su diferencia con respecto a ellos. Incautos miserables empachados de ego; repletos de desprecio para con sus mismos semejantes y próximos. Y las nuevas cadenas ocultas, invisibles. Consumo, endeudamiento, distinción, confort, nivel de vida, electrónica, status, poder adquisitivo, exclusivismo, calidad. Presidio invisible envuelto en celofán. Y el  hedonismo es dios.    



Tras algunos días de cansada travesía, el capitán del barco avisó de la inminente llegada al demo de Uaset. El viaje estaba a punto de finalizar. Tanto en la embarcación real como en las otras catorce que la acompañaban comenzaron los preparativos febriles para el desembarco en la ensenada regia, remozada de nuevo tras algunos años de ausencia y desuso. Los maestros de boga recibieron las órdenes oportunas para el atraque, que hasta ahora habían permanecido en celado secreto. La nave real lo haría en el embarcadero situado frente al “Harem meridional de Amón”, edificado por la reina Hatshepsut y más tarde espléndidamente engrandecido por Amenofis III. El barco que portaba los ajuares reales se recalaría en un ujer contiguo. Se había establecido que, sin desembarco previo, desde aquel lugar partiera al día siguiente la noble comitiva, recorriendo a pie el dromos que separaba este templo del llamado de Ipet-Iset; la gran casa de Amón. Los otros navíos se dirigirían frente al templo mayor, a la salida del canal que comunicaba el lago de las embarcaciones sagradas con el Nilo. Y allí aguardarían hasta su misión posterior.  

            La llegada se efectuó después de  anochecer. Se había decretado que todas las ceremonias darían comienzo antes de alborear. No se quería que “la luz del día” fuera testigo del propósito que se estaba fraguando a sus espaldas. Ya en la orilla, cuando la barca principal estuvo amarrada, un inmenso silencio cubrió todo el espacio. La noche discurrió como un velar de féretros, como un velo suspendido y doliente que lo cubriera todo. Nadie hubiera dicho que allí estaba la corte imperial, los marineros y todos los innumerables servidores que los acompañaban.

Baja don Manuel cada tarde a su portería. Si existiera un observador nos haría notar el gran cambio que se ha experimentado. Pero no abundan aquéllos que se dedican a observar a los demás y a trasmitírnoslo. Los nuevos tiempos exigen a cada cual emplear todas sus facultades en la prisa, la efectividad inmediata y la acumulación de cualquier cosa por innecesaria que ésta sea. Y es ése el primer cambio que se ha obrado en él. Una valoración diferente del tiempo, un sosiego infinito, y una nueva y desconocida capacidad para observar cuanto pasa ante él, y repulsa absoluta de lo innecesario. De ese modo, su “portería” se ha convertido de pronto en atalaya desde la que observar, anotar, desentrañar, y sentir. No todo vale; la bondad no consiste en comprenderlo y perdonarlo todo; ése es sólo un sucedáneo pueril de la bondad. Esa bondad bobalicona que ha camuflado tanta falta de compromiso y tanta engañosa e interesada complacencia. Bondad eclesial meliflua e indulgente, camuflaje ideal de poder y dominio.


Antes de amanecer sonaron las trompetas. Al instante se divisó una procesión de antorchas cuya luz titilaba en la incierta penumbra. Al poco rato, la inmensa hilera de los sacerdotes de Amón con sus cráneos rapados y lustrosos de aceites perfumados, con sus vestidos níveos, formaban ante el embarcadero, con un rigor que pudiera parecer casi irreal y marmóreo. Por el centro de la calle de prelados se aproximó con lentitud hiriente el sumo sacerdote. Su gesto era hermético y sus ojos brillaban como brilla mojada la obsidiana. El rey estaba sobre la cubierta, recostado en su trono; una hermosa litera tallada en madera, y tapizada de piedras refulgentes y cristal de colores, que en su asiento simulaba el lomo de un leopardo. La luna tampoco había comparecido aquella noche extraña y enigmática. Entre la inquietante oscuridad y el refulgir tembloroso de las teas, la figura real parecía, grotescamente, débil y diminuta. Sin embargo, la reina, de pie, situada a su lado, lucía una belleza inquietantemente misteriosa. Su aderezo era el más cuidado que su esposo había contemplado nunca. Las peluqueras reales y las maquilladoras habían realizado un trabajo tan admirable, que en modo alguno se podía pensar que la consorte de Tut había pasado aquella noche en perenne vigilia. Aquellos labios de encarnado granate... Aquellas hermosas orejas de malaquita verde... Aquellos ojos perfilados con  negrísimo kohl... Por otra parte, la diadema que lucía era también suntuosa y espléndida, con incrustaciones de lapislázuli, cuarzo, turquesa y cornalina. Pero, a la vez, un  pectoral con un escarabajo alado en su centro, y las figuras de Isis y Neftis a los lados, y dos brazaletes con forma de áspides,  enmarcaban su cara y su busto, aportándole un halo de majestad más allá de lo humano. Sus dos hermosos pechos, libres y a la intemperie, siguiendo aquella moda dictada no hacía mucho por su elegante madre, atraían hacia sí las miradas, como rojos carbones que alguien estuviera soplando sin descanso. En su semblante volvía y remansaba la sublime elegancia de las hembras de Amarna.  

            La reina se puso ante el faraón y se limitó entonces a reverenciar los atributos reales en un acto de comparecencia obligada ante los religiosos, y, a la vez, de amarga despedida a su consorte. Pero lo hizo con un ademán cálido y elocuente, que su esposo supo comprenderle lleno de gratitud. Sabía ella que estaba entregando a su niño a las fauces hambrientas de los depredadores. Luego se recluyó enseguida en la cámara central de la nave, seguida de todas sus doncellas. Estaba el recinto rigurosamente velado por todas sus largas cortinas de lino amarillo, que habían sido atadas para guardar una intimidad que venía impuesta por la condición real de su moradora, pero que, en este caso, también era firmemente deseada por ella. Desde allí, junto con sus cantoras, al amparo de las celosías, comenzó a entonar un suave himno religioso en loa al dios agasajado. Era un inflamado canto en el que Amón era loado como “Señor de las Dos Tierras”, como “Señor de la Verdad y el Orden”. Esa era la forma que se había pactado para que la gran esposa efectuara el repudio de la paterna apostasía y el acto fehaciente de su acatamiento al nuevo y riguroso orden. Por un instante pareció que su canto rizaba la superficie iridiscente y tranquila de las aguas, pero era sobre su propia piel suave y bronceada sobre la que la recitación de los versos iba dejando un rumor de hiriente escalofrío; de temblor infinito.  

            A un golpe de bastón, la larga hilera se puso en movimiento. Los sacerdotes hicieron sonar sus sistros y el canto de las mujeres fue quedando atrás como si fuera niebla que flotara humeante devorada en las sombras. Recorrieron lentamente la distancia que separaba los dos templos, discurriendo por la avenida flanqueada  por esfinges con sus cabezas altivas de carneros. Lo hicieron sumidos en un silencio solamente acariciado por el rozar de los pasos sobre la tierra apisonada, y el sonar rítmico de los sistros y algunos sones tenues de caramillos. No se detuvieron frente al templo de Mut. El cortejo parecía querer ignorar a cualquier otra divinidad que no fuera Amón; incluso a su sagrada esposa. Cuando iban llegando a la puerta sur, sobre los grandes pílonos, ante los que las altísimas oriflamas flotaban vanidosas, el brillo tímido de la primera luz comenzaba a mostrar con suavidad los hermosos relieves recientemente restaurados. Lo hacía con la cautela con la que se enseña algo, aún, tierno y altamente vulnerable, pero por lo que se siente un recóndito orgullo. Aquél amanecer también debía ser un cómplice traidor -pensó el rey-. Tras atravesar los primeros patios, entraron en el sagrado templo. Lo hicieron únicamente el faraón y el sumo sacerdote. El resto circundó por el exterior el espacio más sacro en todo su perímetro. Fueron colocándose, los unos de los otros, a aquella distancia que garantizaba plenamente la completa custodia del sacrosanto enclave. Ciñéndolo y custodiándolo con las firmes estructuras de sus rotundos cuerpos, en una muestra evidente de que su decisión y su fe estaban nuevamente restauradas y eran más firmes y compactas que habían sido nunca. Un cíngulo de antorchas parecía sustentar así otro más íntimo y profundo de fervor y defensa.  

            Ya en el primer patio, prohibido para el vulgo, sintió Tutankhatón el vértigo que aporta el desamparo. Aquello tenía una fuerza avasalladora de despojo. Era una sensación semejante a la plena desnudez obligada. El miedo iba atenazando con su cepo invisible el cuerpo leve del niño faraón. Hubiera deseado mirar hacia atrás; tal vez huir. Huir y guarecerse junto a su hermanastra-esposa. Aquello nada tenía de semejanza con los cortejos procesionales a los que a él tanto le gustaba jugar, en la intimidad, con sus otras hermanas en una amable prolongación de los esparcimientos de infancia. Pero, apenas entraron al recinto sagrado, oyó cómo la puerta colosal tapizada de cobre se cerraba a sus espaldas con seca contundencia. Con un escueto gesto carente de respeto y vacuo de amistad, el sacerdote lo invitó a hablar ante la negra oquedad. Tutankhatón percibió la mezquina crueldad del hombre vengativo, latiendo, suspendida en el osco silencio. En medio de tanto desamparo, tragó saliva el rey en un esfuerzo ímprobo de retener las lágrimas. Y notó cómo hasta sus propios oídos, sordos y aterrados, esperaban, incrédulos, a que brotara su propia voz de su garganta autónoma o ajena:

“¡Escúchame Amón! -clamó con un grito de dolor categórico.
¡Que tu despertar esté hoy lleno de paz!
¡Oh, rey de reyes!
Que tu aposento vuelva donde siempre estuvo.
Que tu presencia llene este lugar santo por los siglos sin límite.
Y que los hombres del orbe te veneren sin fin”.

            Con estas palabras, temblándole en la voz, saludó el joven Tutankhatón al “dios omnipotente del terror”. Sin duda alguna, el destino de Egipto era entregado nuevamente a las manos todopoderosas de Amón, y él debía ratificar su reconocimiento. Erguido y firme, a pesar de todo, el muchacho permaneció ante la puerta sellada del naos. Allí no estaban ni su esposa ni su visir para ayudarle y, a él, el rígido y seco actuar del gran prelado le candaba los huesos y le helaba la sangre. En medio de la más absoluta oscuridad, con el rabillo de sus ojos jóvenes y estrechos, perfilados con kohl y sombreados con el polvo verde de la malaquita, quiso seguir o adivinar los inquietantes movimientos de su torvo anfitrión. El jefe religioso se deslizaba, al parecer, con total precisión por entre las estancias tenebrosas del recinto sellado. Tutankhatón pensó entonces en un reptil que zigzagueara con su vientre viscoso por aquel frío suelo, húmedo y enlosado. Buscó su silueta entre columnas y sombras. Lo sintió lejos, muy lejos; en una lejanía infinita sin distancia ni cálculos posibles. Durante un instante se creyó confinado en un profundo pozo. Pero lo descubrió al instante cuando éste encendió una llama en la sala del fondo. El resplandor le retornó de nuevo a la realidad del espacio y el tiempo. La luz detuvo el nervioso castañetear de sus mandíbulas asustadas e indómitas. Las sombras de las grandes columnas, proyectadas por la pequeña lámpara, vinieron a ampararlo como desproporcionadas y amables compañeras. El sacerdote regresó a su lado seguro en su arrogancia. Sus pasos de retorno sonaron firmes en la oquedad remota del recinto que le era tan propio. Un momento después, quitó el precinto de la puerta santa y, en el serdab, la imagen de Amón pareció salir de su letargo y exhalar un suspiro contenido durante largo tiempo. El momento fue sobrecogedor. El pecho del dios parecía alentando como el de un ser humano.

            Respiró hondo el rey para no dejarse doblar por el desvanecimiento, y nuevamente habló:


            “Realmente soy tu servidor. He venido a cumplir con lo que es mi deber”.  

            El muchacho lo clamó con un ímpetu que hasta a él mismo le pareció agresivo. Y tras decir esto, se dispuso a quemar el incienso ritual y la mirra para calmar a la cobra dilatada que ornaba la corona del Ra. Sobre el rojo carbón incandescente del alto pebetero, el polvo chisporroteó y huyó en un ascenso de volutas hinchadas, para aromar con ambición la sagrada oquedad. Luego procedió decidido al aseo de la divinidad. El sacerdote le trajo un hermoso aceitero de cobre, festoneado de carbúnculos y  de aguamarinas, y una jofaina de calcita anillada por una diadema de hedj simulando delfines. Lavó Tutankhatón con agua fresca recogida de lluvia en el aljibe santo la imponente estatua de granito rosado. Sus manos acariciaron la suave y fría superficie sintiéndola como si alguna vez hubiera estado realmente animada. La acariciaron con el temblor de quien reconociera por primera vez a un cadáver recientemente muerto. Tocó su vientre y el pano que se ceñía a su cintura y sus piernas marmóreas, que, sin embargo, sugerían levedad y casi transparencia. Recorrió con sus dedos el collar labrado que ribeteaba su cuello en un amplio abanico y caía hasta la raíz misma de sus dos pronunciados pezones. Frotó sus piernas y sus brazos cual si quisiera reanimarlos e infundirles vitalidad y fuerza. Desde la penumbra, el sacerdote lo miraba avizor, rígido y escrutante. Era, el suyo, un gesto congelado e inflexible de espía que calibra y mide al  enemigo.  

            Después el faraón secó al dios con la piel de leopardo que el rito aconsejaba, y procedió a ungirlo ordenadamente con los diez aceites que mandan los preceptos. Y, tras vestirlo, se dispuso a maquillarlo con el mayor esmero que le fue permitido por su pulso alterado. Todo lo realizó el joven faraón con suma lentitud. El óxido de hierro aplicado en sus labios coloreo éstos dándoles una encarnadura extrañamente vívida. Los vítreos ojos del dios volvieron a mirar, amparados, no ya por las unturas resecas y apagadas, sino por cosméticos nuevos y recientes, frescos de brillo prodigioso. Los dos hombres, en distante silencio, atendieron el servicio de la divinidad como estaba ordenado en los arcanos. El inexperto rey se esmeró cuanto pudo. Nada debía hacer dudar que él fuera el magno sacerdote. Tal vez su vida dependiera de signos y actitudes como aquella. El orden debía quedar, en verdad, restablecido; los tiempos no admitían dudas, cambios o nuevas teologías, y el mezquino poder defendía con más saña que nunca su poder adquirido. Al joven faraón, el trono comenzaba a dictarle su rudo imperativo.  

            Como último acto, el neófito rey, en medio de la cámara, fue despojándose, uno a uno, de sus atributos y vestidos reales. Lo hizo con esmerada calma, como si un pudor infantil recorriera su cuerpo y velara sus ojos a la vez que hacía temblar las comisuras de sus labios infantes.  El gran prelado hizo sonar su sistro inquietante. Una puerta auxiliar se abrió dejando paso franco a algunos hombres. Dos sacerdotes wab acercaron de inmediato un banco almohadillado para que sobre él descansaran las regias insignias que serían fundidas para, así, jamás ser de nuevo ostentadas por el gran faraón. Otros dos servidores del dios habían transportado un lecho ritual. La diadema con el uraeus y el buitre yació al lado  de la corona blanca del  Alto Egipto, la  roja del Bajo Egipto y la azul utilizada para ir a la guerra. Después depositó el rey los tres heqat o cetros: El sekhem (el poderoso), el kherep (el director) y el aba (el que proclama órdenes.) El mayal de tres cabos o nekhakha y el báculo o heq elegidos para la ocasión eran de oro y cristal azul, montados sobre varas de depurado cobre. En ellos figuraba un cartucho con el nombre que el faraón iba a repudiar. Por último, el muchacho se desciñó el corpiño y dejó caer su faldellín de lino. El cuerpo totalmente desnudo le devolvió, de golpe, intacta toda su enmascarada juventud. Completamente desprotegido, el niño rey gritó de nuevo:

“¡Oh, gran dios!  Acéptame en tu seno y ten a bien cambiar mi nombre por el de Tutankhamón. Vísteme de nuevo con los atributos reales y permíteme  engrandecer tu gloria, de la que nunca debiste ser desposeído por el malvado hereje”.

            Las últimas palabras quedaron resonando poderosamente entre las piedras, como si hubiera sido otra voz la que las hubiera hecho suyas y pronunciado. Su eco se fue disipando poco a poco. Pero parecía como si el granito quisiera perpetuar una declaración destinada a introducirse entre sus poros y permanecer oculta en ellos como parte integrante de su masa. Sólo entonces el gran sacerdote se acercó hasta el rey. Y fueron sus propias manos las que portaban la artesa con los nuevos atributos reales para el revestimiento. Un enorme brasero con los tizones sagrados refulgiendo fue colocado ante él, y comenzó a exhalar un humo  de olor denso que enseguida envolvió todo el recinto y le hizo desvanecer de inmediato. Sintió entonces cómo su cuerpo se aflojaba y sus piernas se curvaban dulcemente, al tiempo que unos brazos poderosos le cogían para depositarlo suavemente sobre el lecho que había sido perfumado con aceites de jazmín y de loto. Luego el dios entró en su cabeza y anidó en su alma.

Ruda es la soledad cuando es auténtica; cuando hunde su raíz dentro del abandono o la intemperie. Manuel la había sentido por primera vez cuando, desde la ventanilla de aquel coche de línea, vio a su madre, allí abajo, con las manos unidas tras el mandil; pequeña y encogida. Manos unidas no sujetando nada porque nada tenían ya que sujetar. Fue al mismo tiempo que don Melitón bregaba por encajar su hinchado vientre y sus caderas anchas en el asiento contiguo al suyo, dejándolo emparedado entre él y el cristal sin atisbos de fuga. Su madre allí parada, lo mismo que la había visto al borde de la zanja cuando, dos años antes, dieran tierra a su padre. Esa serenidad que encalla en la raíz misma del dolor y borra lamentos y palabras porque ya son inútiles. Y ya siempre la soledad le pareció así: pálida, delgada, muda, mirando a nada y vieja. De una vejez que nada tiene que ver con la edad sino con el sufrimiento y con el desencanto. Porque la autentica soledad se aferra a la piel y ya se lleva siempre tatuada. Se encostra, se suda por los poros, se deglute, se respira y se arrastra como se arrastra el miedo. Es ese destierro que se soporta como un dogal al cuello que siempre está a punto de ahorcarnos y nunca nos remata.
            A aquella incomunicación le había condenado alguien. ¿Pero quién? ¿Con qué propósito? ¿Existe acaso causa que justifique la imperiosa imposición del desamparo? Por vez primera comenzaba él a plantearse cómo podría haber sido su vida al lado de alguna mujer, rodeado de hijos. Aquella idea que él nunca se había permitido concebir hasta entonces, venía a bailarle traviesa por la frente como un mosquito de larguísimas patas, juguetón e insistente; hermoso en su volar pero repleto de ponzoña. A él lo habían llevado al seminario, y, en aquella opción, había ido implícito lo del celibato. Luego los votos: castidad, pobreza y obediencia le habían marcado a sangre y fuego un cumplimiento tiránico y estricto. Era como un eunuco. ¿Y, por qué? ¿Qué droga  mental le había sido inoculada para haber logrado en él una renuncia tan brutal de aquello, pérfido y monstruoso, a lo que, despectivamente, denominaban “carne”? “La renuncia a la carne y sus concupiscencias”. Una vez más, los hombres enmendándole la plana a Dios. Inventando, bajo mil subterfugios de sublimación, lo necesario para generar el desprecio a sí mismos, para humillar los instintos; para fabricar el pecado que les otorgue a ellos la potestad posterior de poder perdonarlo. Y, así, encadenar. Y, así, subyugar. Y, así, dominar. Ningún otro servicio, oficio o profesión, por digna o exigente que fuera, imponía aquella misoginia.
            “¡Malditos opresores!”, pensó, y siguió su lectura.

    
Cuando salió de aquel recinto santo, nadie esperaba ya en el gran patio. Toda la desolación invadía la tarde. Los sacerdotes se habían retirado como mandaba el recto proceder. Había trascurrido casi una jornada. En la antesala del ocaso, el cielo marcaba una hora imprecisa en la que del sol sólo restaba un recuerdo granate. Únicamente “el máximo” despediría al faraón junto al pílono de la entrada oeste, como se despide a un viajero que deja la ciudad o a un  cadáver que va hacia la noche más lóbrega y siniestra. Los altísimos mástiles con sus largos guiones parecían dormir entre dos luces. El muchacho se encontraba exhausto. Sus vestidos eran distintos, y nuevos sus regios atributos. Habían pasado más horas de las intuidas. Allá, a lo lejos, al final del camino, se veía el otro embarcadero, en el que esperaba toda la flota de acompañamiento, y hasta el que había venido la nave real para recogerlo de nuevo a su regreso. Por un instante, pensó que todos los navíos estuvieran también abandonados, pues nada parecía alentar en su entorno.  

            El adiós había sido escueto. Una recelosa y tensa incertidumbre se guarecía aún entre las dos autoridades. Y eso, aun a pesar de que el acto de desagravio había sido espléndido por parte del monarca.  

            Y cuando la delgada figura de Tutankhamón fue vislumbrada en medio del sendero, su visir fue con rapidez a su encuentro, acompañado por la guardia real. Era un intento de enjugar cuanto antes la gran desolación que el rostro del faraón no podía ocultar ni siquiera entre la tersura de su juventud y el velo difuminador de su cansancio. Era como guarecer de la fría intemperie un cuerpo que hubiera sido violentamente despojado en la cruel sabana por las fieras. Entre todos, debían sostener a aquel muchacho débil e inexperto, en él se sustentaba el incierto futuro del Alto y Bajo Egipto.  

            -Animaos, señor -le dijo el viejo Eye-; lo peor ha pasado. Debemos esperar. La frialdad de los servidores de Amón es aún muy notable. El temor y el desprecio están aún, no sólo en sus retinas sino también en sus mentes, sus gestos y sus obras. Esto ha sido únicamente un primer paso. Dentro de muy pocos días vuestra acción se conocerá en todo Egipto. Cuando lleguéis a la gran Mennof-Ra,  la ciudad del “Muro Blanco” y repitáis el acto, vuestro prestigio estará restablecido en plenitud. Confiad en mí, en quien el transcurrir del tiempo y el servicio a vuestro padre ha dejado un surco profundo de experiencia.

            -¿No dudas entonces de su futura docilidad?
            -De ninguna manera, mi señor -se apresuró a responderle Eye, en un intento casi paternal por confortar al niño.
            El joven faraón tenía el atractivo que exhibe siempre la incipiente hombría cuando empieza a pugnar por imponerse sobre la pubertad. Tutankhamón era apenas un muchacho de rostro suave y figura flexible y medianamente alta. Temeroso, pero a la vez osado y arrogante. Tal vez, en él se conjugaban la disimulada timidez del inseguro y el atrevimiento que aporta la indómita inconsciencia. Sabía, sin embargo, que el sendero por el que debía transitar estaba plagado de multitud de riesgos y hoscas amenazas. Sabía, también, que había sido aupado al trono por todos aquellos que esperaban que él se plegara dócilmente a todos sus deseos y avaricias. Su hermanastra y cuñada Meritatón, y este anciano visir, habían hilvanado con minuciosidad su boda con Ankhesenamón, cuando apenas él había cumplido la decena de años.  

            Meritatón ostentaba el titulo de “Gran esposa real”, adquirido de su madre Nefertiti y conservado aun después de la muerte de su marido, el faraón Semenkharé. Muerte que ella había aceptado dócil y  resignada, pero que deseaba satisfacer desde la astucia y la frialdad de su venganza. Su influencia era, aún, enorme. El tesorero Maya y su esposa Merit también habían sido piezas fundamentales en la elección de Tutankhamón, aún a pesar de que Meritatón rehuyera cualquier tipo de relación con Merit por estimarla indigna, sospechosa y de una casta baja. Incluso el general Horemheb, que en el tiempo pasado había sido el gran apoyo del “faraón hereje” en sus creencias, y uno de sus afables concubinos, ahora parecía desear ejercer su influencia en el nuevo monarca, arrancando de él favores para los sacerdotes, que les hicieran olvidar su tortuosa mediación política en aquel pasado deleznable. Así pues, unos y otros, nutrían una corte plagada de intereses, intrigas y turbias abjuras, lazos sanguíneos y maquinaciones.  

            Zamarreado estaba el país por todos los costados. A los conflictos conocidos del clero se unían no pocos peligros exteriores. Shubiluiliuma, el gran monarca hitita, aprovechando aquel enfrentamiento místico entre los dos grandes poderes de Egipto, había sometido sin dificultad el norte sirio y la ciudad de Alepo. Y si bien no se había atrevido a atacar abiertamente a los habitantes del delta, sí que había extendido su ámbito de influencia, a través de Aitagama, rey de Qadesh, y a otros muchos territorios y principados de Siria. También Aziru, olvidando la protección que siempre había recibido de Tutu, el hábil tesorero real de Akhenatón, y empleando su doblez y su astucia de intrigante y mezquino, se había establecido en la costa, en el reino de Amurru, entre Sidón y Ugarit, lanzando desde allí continuas amenazas contra el país que le había acogido con hospitalidad.  

            Rabaddi, el rey fenicio de Biblos, fiel aliado de los faraones, había advertido con terca insistencia del inmenso peligro que se estaba corriendo. Y por si todo esto fuera poco, estaba el hecho de que la guarnición de tropas nubias desplazadas a la región de Palestina, con la que se pretendía asegurar el reino por aquellos confines, eran una grave sangría que estaba debilitando y empobreciendo el país apresuradamente.
            Y ante todo ello, un adolescente debía ostentar la dignidad real y regir el país del gran río.

La vida entre los humanos era siempre un enjambre de discrepancia y de enfrentamientos. La codicia y el poder emborrachaban como un vino nefasto, y todo ello se asentaba sobre el miedo y el desvalimiento que todo individuo traía agarrado a los cueros. Porque, en realidad, nadie tenía la certeza de nada.
            Desde muy pronto paladeó él el acre sabor que exhalaba esa pugna general soterrada. Aun en aquel ambiente supuestamente espiritual y benigno, en el que había sido ingresado en su infancia, el orgullo, la vanidad y la envidia campaban a sus anchas, si bien, bajo disfraces sutiles de bondad y fulera virtud. Siempre le había sorprendido a él la voz que adoptaban muchos hombres de iglesia. Voz pulida y engolada; voz seductora, atiplada, femenina y sedosa. La voz perfecta para engañar sin levantar sospechas y recibir, encima, por el fraude, las gracias y estipendios de los atropellados. Recordó él al obispo, a su lebrel secretario, y se le vino a la mente el rector de su seminario. Y, permitiéndose una maldad aún mayor –puesto que estaba en racha y le petaba-, recordó cómo, durante mucho tiempo, pensó que aquel hombre, de cruentas entrañas y verbo maricuelo que había regido en su adoctrinamiento, podía llevar perennemente una piedrecita metida en el zapato o una garrapata pillándole sus partes. Lo que, sin duda, le hacía adoptar aquel tono de voz de meretriz; soprano recluida en beaterio para implorar mercedes.
            Tal vez por todo aquello, desde muy pronto, optó él por pasar por hombre simple y sin codicia alguna, escorándose a aquella situación de párroco ramplón de pueblo innominado que tan plácidamente le había permitido soportar su destino. Sin embargo ahora todo había cambiado.
            De todos modos, en nada le sorprendía lo que estaba leyendo.






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