sábado, 1 de marzo de 2014

El grito de la ira



EL GRITO DE LA IRA


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El viejo faraón Ramsés I murió en un día del mes de Farmuti, tras haber regido el país menos del tiempo que separa entre sí a tres avenidas del río. Inmediatamente subió al trono su hijo, a quien se proclamó como Seti I, “el adorador del dios Set”; el dios de los desiertos, el protector de la guerra. Thot lo inscribió con ese nombre en el árbol divino.
            Muy pronto, el poblado de los “Servidores del Lugar de Verdad”, donde habitan los artesanos y obreros que trabajan en “la profundidad”, estuvo recorrido por los aviesos vientos de un descontento generalizado. Los trabajadores, que residen allí con sus familias en estricto aislamiento, comenzaron a no recibir puntualmente sus salarios ni las raciones de trigo, aceite y cerveza que les correspondían. Al mismo tiempo, las exigencias laborales de los capataces se tornaron insoportables e inhumanas. Por ello, el camino desde el poblado al valle de los reyes, que diariamente tenían que transitar los operarios, era un hervidero de murmullos y veladas consignas cargadas de reprobaciones e injurias contra el nuevo faraón, provocadas por el descontento generalizado.
            Seti I había ordenado con urgencia la construcción de su tumba. Y esto había hecho enloquecer a todos los expertos, pues que todos ambicionaban la adjudicación de la dirección de unos trabajos que, sin duda, les granjearían riquezas, favores y prestigio. De inmediato le fueron presentados numerosos proyectos. El Gran Horus Viviente eligió un diseño intrincado en extremo, que a todos dejó perplejos por su complejidad. Llevar a cabo aquella obra requería una ingente cantidad de operarios, además de una inversión desmesurada. Pero, por otra parte, Seti había exigido que esta obra fuera realizada en un tiempo realmente imposible. Seguramente estaba escarmentado por lo que había sucedido con la tumba de Horemheb, predecesor de su padre, quien, a pesar de su considerable tiempo de reinado, había tenido que ocupar una tumba aún sin concluir. Para nadie pasaba inadvertido que la excelente edad del faraón y su espléndida fortaleza física hacían prever que su reinado sería largo, si nadie lo truncaba, y que por tanto tal urgencia era fútil y producto de un temor enfermizo. Pero pese a todo, ello llevó a los capataces a reclutar más obreros en todo el territorio.
            Muy pronto el poblado que denominamos de los “Servidores en el lugar de verdad” se encontró sobreocupado. Se hizo convivir a varias familias en un solo recinto, y repartir los aprovisionamientos entre todas las bocas. Con premura de envidia femenina, las mujeres entraron en conflicto, y los hombres iniciaron sus groseras pendencias. Un reclutamiento apresurado y poco escrupuloso vino a traer, hasta una comunidad tradicionalmente bien avenida y cerrada en sí, a sujetos pendencieros, inmorales y hasta libidinosos, que a diario ocasionaban no pocos pleitos, enfrentamientos y reyertas que hacían intervenir a la justicia y sancionar sin tregua.
            Los nuevos advenedizos a la corte ocultaban tal situación al nuevo faraón, a quien querían hacer patente su destreza y habilidad para armonizarlo todo. Por otra parte, a él, su decisión de empezar muy pronto con las campañas militares le tenía sumamente absorto y ocupado. Su preparación como estratega era extraordinaria y probada. A ello había contribuido la cercanía a la corte que siempre había acompañado a su vida. Y es que, ya desde los días de Horemheb, se había pensado en él para que fuera gran faraón de Egipto, puesto que aquel rey no tenía descendencia y Paramessu, padre de Seti, contaba con una edad tan avanzada que sólo le permitiría un precario reinado. Sin embargo, no había que olvidar que la difícil situación exterior, que él se disponía a acometer con presteza, estaba colmada de riesgos y amenazas. Por eso parecía que el vigoroso monarca quisiera asegurarse a toda costa su vida posterior, consciente de que su reinado le exigiría someterse a no pocos peligros de orden capital. Así pues, la tensión era palpable, y extremo el descontento entre todos los que intervenían en la construcción de la morada regia.
            También había ordenado el faraón que, antes de su inminente partida hacia Palestina, a donde se disponía a ir al mando de tres divisiones, se dejara testimonio de éstas en el templo de Amón, cuya máxima regencia me cabía el honor de ostentar en medio de no pocas intrigas y amenazas. La noticia me alborozó. Quise entender que aquella  muestra de esplendidez para con el santuario era su modo de aceptar también mi posición, consciente de que también para él era difícil, en aquellos momentos, enfrentarse a mí y a mi proyecto. Ambos nos conocíamos desde hacía demasiado tiempo, y él sabía de mi terquedad y mi carácter indomables. Yo conocía del mismo modo su arrogancia y la fiera tenacidad de su indolencia. Aquella muestra posiblemente era señal de un armisticio. No me opuse a sus regios deseos, si bien decreté que los nombres de Amón, Ra y Set, con los que él había signado a sus tres divisiones fueran inscritos en los muros situados en el Este y en el Norte y no en otro lugar. Fue éste mi modo de probar su resistencia. Al mismo tiempo me ofrecí encantado a ser yo mismo el arquitecto que dirigiera cuantas obras quería levantar en el sagrado templo. Con gran sorpresa, aceptó mi propuesta. La transmisión de sus planes y la revisión de mis trabajos como regidor de aquellas construcciones deseadas por él nos obligarían a frecuentes contactos.
            Como estaba anunciado, el faraón partió hacia las tierras sirias.
            En poco tiempo, el grito con el que en la corte y en los ámbitos religiosos era proclamada mi traición, por todos los que me habían considerado de los suyos y, ahora sin embargo, no se sentían satisfechos conmigo, fue vehemente y repleto de inquina. Y sólo unos pocos supieron entender a qué obedecía lo que ellos presumían un cambio en mi actitud y un flagrante renegar a mis creencias, y a aquellos planes largamente forjados para mí. En medio de aquella colosal confusión de ideas y actitudes, yo debía, cada jornada, defender la lealtad conmigo mismo y mi coherencia interior, no exenta de dudas y de vacilaciones.
            A la vez, aquella situación de abuso desmedido para con los trabajadores del valle de la muerte contrastaba de forma muy notable con el bienestar de las familias que vivían como subsidiarias de nuestro perímetro de Amón. Tal situación fue fraguando, imperceptiblemente y por elemental comparación, mi proclama como el secreto adalid de los desesperados. En un principio lo propició el hecho de que yo prestara oídos a tibios mensajes traídos en confidencia por algunos amigos o familiares de aquellos que se sentían tan vilipendiados. A ellos, al igual que a los suyos, se les impedía la libre salida del poblado en el que estaban confinados. Nadie debía revelar detalle alguno de situación o actividad en la construcción de las tumbas reales bajo pena de muerte. Por ese hermetismo debía utilizarse el mensaje cifrado y los recados traídos de viva voz por leales o fieles confidentes. De ese modo, hasta mí llegaban noticias vertidas con la sencilla súplica de que les ayudara en sus razonamientos y en la organización de un frente de protestas que pudiera ser oído por el temible Horus. Se me pedía que yo argumentara el modo más adecuado de canalizar sus justas y vitales reclamas. Y es que la precariedad alimenticia estaba comenzando a minar la salud de aquellas gentes, provocando multitud de accidentes en las excavaciones, mientras que el hacinamiento en las viviendas facilitaba el anidar a las enfermedades. Muy pronto todo aquello fue dando cuerpo a lo que podría considerarse el germen de una revuelta de proporciones desacostumbradas, lo que jamás había sucedido en las tierras que recorriera el Nilo.
            A incendiar todo aquello contribuían decisivamente los abusos y los castigos que, en ausencia del faraón, y de modo ejemplarizante, se aplicaban con manifiesta saña a quienes se atrevían a plantar cara o desafiar a los arreadores. El brutal Gargo, aún no había sido nombrado visir de las tierras del Sur, lo que le ha llegado unos años más tarde. Puesto que ostenta en estos días en los que reina ya el gran Ramsés II, nuestro gran faraón. Pero ya entonces, como jovencísimo ingeniero en las obras de la tumba real y amigo íntimo de este Ramses, hijo señalado de aquel faraón, supo coaligarse con la reina madre Tuia, para hacer valer el poder despótico y despiadado que siempre le caracterizó. Gargo era un muchacho con diecisiete crecidas, sumamente atractivo tanto en su físico como en el manejo de su furia y de su elocuencia, lo que concitaba los más íntimos deseos de aquella añosa reina madre, con la que no pocos aseguraban que el adulador tenía en secreto sus tratos más inconfesables.
            Todo, pues, parecía haber entrado repentinamente en un ambiente de aberrante locura. La incertidumbre en el futuro era una larva que seguía devorando en silencio la tranquilidad de todo el reino. A la injusticia se respondía con mayor injusticia, y la debilidad era aplastada brutalmente por la arrogancia brutal de la fiereza. El inmaduro Ramses, que luego ha alcanzado equilibrio, autoridad y cordura, era sólo un  muchacho a quien del nombre de” Gran Toro Divino”, con el que ahora lo designamos todos, sólo le apuntaba entonces el brío desmedido y la fuerza más bruta e irracional de la impericia, algo que compartía con su íntimo amigo Gargo y otros cuantos inmaduros consocios. 
            Era sabido que las arcas del reino no estaban en su mejor momento. Las últimas crecidas del río no habían coronado los nilómetros y los graneros reales estaban casi sin reservas. Tras siete años de abundancia, en los que no se había hecho previsión alguna, siete años de escasez habían caído sobre el reino de Kemit como un castigo impuesto por la divinidad. Y a la creciente inseguridad de Paramessu se sumaba el ímpetu reprimido de su hijo y colaborador Seti, a quien siempre había frenado en sus iniciativas la medrosa actitud de su anciano y achacoso padre.
            Comenzaba, sin embargo un nuevo periodo. La relación estrecha del nuevo faraón con su extinto padre, a pesar de haberle frustrado en no pocos proyectos, también le había otorgado experiencia para la difícil misión guerrera y diplomática que de él se esperaba. La política egipcia de conquista y pacificación en el Próximo Oriente fue reanudada de modo prioritario. En pocos meses se restableció un óptimo grado de influencia y poder en el sur de la Siria, la tierra donde yo había vivido tantos años.
            El faraón regreso cubierto de gloria y esparciendo sosiego y esperanzas. De forma muy resolutiva, encargó los planos y los cálculos para erigir un templo y un cenotafio subterráneo dedicado a Osiris, en la ciudad de Abidos. Al nuevo faraón parecía faltarle el aire en su respiro para emprender otras obras y demostrar que, aunque él se había situado bajo la advocación de Set, señor de la guerra y los ejércitos, su respeto hacia otras deidades era muy evidente.   
            Me sorprendió en extremo que se me anunciara una visita real, privada, tan pronto como terminaron los actos de agradecimiento tras su repatriación. Yo le aguardé haciendo acopio de cuanta calma podía reunir convocando a todas las potencias de mi cuerpo y mi espíritu. Cuando estuve ante él, a pesar de su edad semejante a la mía, sentí miedo de su gesto femeninamente hermoso y a la vez turbiamente arrogante. Seti era el digno padre del “gran toro divino”; el uro salvaje en el que se genera la fuerza primigenia. Seti era, pues, el impulso pujante de la naturaleza que iba a irrumpir a través de su vástago; sin duda alguna, el peor de los adversarios al que uno tuviera que enfrentarse.
            Entró el faraón en la estancia del templo que estaba destinada a que el sacerdote máximo recibiera a aquellos que lo visitaban. Era un amplio apos...

Llamaron a la puerta. Manuel cerró el libro y lo guardó dentro del cajón de su mesa, y pronunció un “sí” con tono interrogante. ¿Quién podría ser?
            -¿Se puede pasar?.
            -Sí, adelante.
            Daniel venía a despedirse. El cura no había olvidado que aquel sería el último día del muchacho entre aquellas paredes, pero tampoco estaba muy seguro de que viniera a verlo. Al fin y al cabo, el chico debería estar deseando salir de aquel lugar que tanta incomprensión y daño le había ocasionado.
            -Quería despedirme de usted y darle las gracias, don Manuel.
            -Ya te he dicho que no me las merezco.
            -Usted sabe que sí. Aunque soy joven, a mí, no puede engañarme.
            -¿Engañarte en qué?
            -Usted supo de mí, de mi duda y mi guerra antes de que yo le fuera a contar lo que me sucedía. Lo supo desde el primer momento en que nos encontramos. Y eso solamente se sabe cuando se ha vivido algo muy semejante. 
            -Pero yo poco te he ayudado. No he sabido ni siquiera decirte qué debías hacer.
            -Quizás, es que nadie puede decirnos qué debemos hacer en estos casos.
            Manuel miró al muchacho, y tuvo la extraña sensación de volver en el tiempo a aquel aciago día en el que fue maltratado por el punible hecho de leer sin permiso un libro sobre Egipto. Por un instante se vio ante aquellos lavabos desconchados y eternamente húmedos. La cara del muchacho le pareció la suya enmarcada en el añoso espejo mordido por la herrumbre. La misma amargura, la misma incomprensión; el mismo llanto interno fluyendo en el silencio amargo de la desolación. Todo se repetía. Por eso, sin pensarlo siquiera, su mano, como un miembro emancipado y autócrata, abrió aquel cajón. El mueble se quejó como quien protestara o como quien se riera. Y Manuel, tomando aquel libro inaudito, se lo tendió como quien es capaz de sacarse el alma y ofrecérsela a otro sin saber bien por qué. Daniel, extrañamente, no pareció inmutarse. Cogió aquel regalo como algo que esperara o le perteneciera.       
            -Toma, es cuanto tengo; mi último regalo.
            -Gracias; lo recordaré siempre.
            Luego se despidieron. Él le tendió la mano, y el muchacho se inclinó a besársela.
            -No, eso no. Los besos, si han de ser, deben ser en la cara, y a la misma altura.
            Se abrazaron. Y el cura supo que nunca antes había abrazado a ningún ser humano.  
            Un instante después se cerraba la puerta, y Manuel se quedaba perdido en un abismo de dulce ofuscación. ¿Qué había sucedido? Una gran conmoción le inundó el cuarto y, por primera vez, pensó que todo no había sido más que un insólito sueño. Por eso, se acercó a la ventana, para certificar que Daniel lo había visitado. Transcurrió un instante. El tiempo necesario para que el muchacho descendiera por aquella escalera de sesenta y ocho peldaños, repartidos en cuatro tramos de diecisiete pasos. Aquella vieja escalera que había chirriado todo cuanto allí había acontecido a lo largo del tiempo como una vecindona chismosa y vocinglera. En efecto. Allí abajo, en la pequeña plaza en la que se miraban el seminario, la casa sacerdotal y el arrogante palacio del episcopado estaba el muchacho. Lo vio muy pequeñito, como si él estuviera en un lugar en extremo distante, o el otro fuera un ser ínfimo y diminuto. Lo vio parado en la plaza, junto a una vieja maleta, hojeando el regalo que él le había entregado tan sólo hacia un instante.
            Daniel se paró un momento, y, en lugar de mirar a aquel lugar que había sido su casa en los últimos tiempos, abrió el libro que don Manuel le había regalado. Lo uno era el pasado, lo otro el porvenir. Era un salterio. Un ejemplar antiguo, escrito en latín, y francamente hermoso. ¿De dónde habría sacado don Manuel aquel peculiar libro de salmos. Un volumen que no presentaba ninguna anomalía y que, sin embargo, parecía cargado de ese misterioso pálpito que encierran ciertos libros, sin que se sepa determinar a qué obedece o qué fuerza les ocupa. Únicamente presentaba un cuerpo de texto alargado y poco habitual, y unos márgenes limpísimos y enormemente anchos. Leyó en su comienzo:

“Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados
ni se detiene en la senda de los pecadores
ni se sienta en la reunión de los cínicos,
sino que su tarea es la ley del Señor
y medita esa ley día y noche”.
(Salmo primero del libro de los salmos)

            Miró hacia lo alto y vio la silueta del anciano cura detrás de los cristales de su cuarto con la apariencia de un espectro amable tal vez delirado o irreal. Una sonrisa le iluminó la cara en medio de un gesto de doliente tristeza. Después se colocó el libro bajo el brazo y, con la otra mano recogió su maleta. No miró hacia atrás. Pero agradeció el regalo como si en realidad le hubieran entregado la razón de su vida. Aquella vida a la que ahora debía enfrentarse junto a Isabel y al hijo que esperaban. Manuel lo vio marcharse, como dicen que hay algunos que ven apaciblemente marcharse a su propia existencia.






















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