LA MASTABA DE ARENA
***
Por fin llegó la orden. Lo que en un
principio se había pensado como algo inmediato, al final se demoró un poco más
del tiempo que va de una a otra crecida. Tal era la razón por la que los
sacerdotes amonianos estaban sumamente irritados y, por ello, se aseguraba que
amenazaban con impulsar una nueva revuelta, y esta vez de alcance imprevisible.
Por eso, ahora, el mandato era preciso y en extremo tajante: “La ciudad debía
ser abandonada en el término de setenta jornadas a partir del día primero del
mes de mesoré, sin que hombre o animal
doméstico alguno permaneciera tras dicha fecha en ella”. Se había decretado así, asignándole el mismo tiempo de
favor que se otorgaba al embalsamamiento de un cadáver cualquiera. Se
trataba, de este modo, de simbolizar que
aquella ciudad había muerto, y sus restos empezarían a estar putrefactos en
esos pocos días, ya que, obviamente, no se sumergirían en la preceptiva
ablución de natrón que garantiza la preservación eterna. La reina madre Tiyi,
que una vez más había tomado las riendas de la regencia (esta vez desde su
ancianidad de una forma encubierta y en extremo prudente, junto con la ayuda y
el acato de su hermano el influyente Eye y la anuencia del admirado general
Horemheb), trataba de diseñar un gran golpe de efecto. Una maniobra que les
dejara definitivamente a salvo de rumores y especulaciones sobre su
participación y culpabilidad en el demencial proyecto del faraón hereje. Y es
que en la mente del pueblo estaba la creencia de que ellos habían sido los
auténticos inspiradores del loco desvarío que había sumido al pueblo en la
miseria material y en el caos de espíritu que lo nublaba todo.
Se
debía tratar a la ciudad igual que debía tratarse a la más inmunda de todas las
rameras cogida en flagrante adulterio. Había que desnudarla, esquilmarla y
abandonarla como a un ser leproso, maldito y repugnante. Se haría de sus
calles, de sus templos, de sus plazas y lugares públicos un escarnio, un saqueo
simbólico, una mofa indeleble que todos recordaran a perpetuidad. Sin embargo, las
imágenes de la deidad abjurada no serían destruidas, ni arañados sus relieves
tallados en los muros o en aquellos pílonos
cuajados de hermosos pictogramas. Un íntimo temor les impedía hacerlo.
Tutankhamón y, sobre todo, su esposa se habían negado a ello, arriesgando,
inclusive, sus vidas. Por eso la astuta reina Tiyi, desdiciéndose de sus
anteriores planes, había urdido una patraña colosal que formulaba así: “Más
hiriente que la destrucción sañuda es el desprecio; la ignorancia y desatención
a la que quería condenarse a aquel dios altivo e insolente, que jamás debió
aspirar a la absurda cumbre del monoteísmo”. Por eso, y junto a esta licencia,
el rigor del decreto era inapelable: “Simple principio de compensación”,
aseguraba cínica.
Así
pues, después de los días de tregua, nadie podría volver a poner sus plantas en
la maldita tierra, ni siquiera contemplar la ciudad desde lo lejos. De ese modo
rezaba el precepto. Pues así, al parecer, lo habían demandado, tras agotadoras
jornadas de negociaciones, los turbios y vengativos sacerdotes del repuesto
Amón. Y así estaba, al fin, dispuesto el rey Tutankhamón a atender sus deseos,
advertido y seguro de que en tal consentimiento estaba implícitamente pactado
el precio de su vida. Sólo de esta forma aceptaría la ciudad de Tebas el
epílogo a la reparación ceremonial hecha algunos meses antes por el rey y su
esposa. Y si bien la corte no se trasladaría a ella de inmediato, sino que
vendría a asentarse por razones de seguridad y estrategia durante algún tiempo
al nomo de Mennof‑Ra, en la Menfis de las tierras encharcadas del Delta, éste
sería un paso decisivo en la reconciliación y el firme restablecimiento de una
nueva concordia. Tebas, el demo de Uaset, La ciudad de las cien puertas, sería
y para siempre la capital espiritual del Alto y Bajo Egipto, unificado desde
los días venturosos del faraón Narmer.
Aquella tarde estaba resultándole especialmente
espesa. La portería era un lugar aburrido, y solamente la compañía de alguna
lectura podía mitigar el sopor de aquellas horas tediosas de conserjería. Sin
embargo él se había propuesto no sacar su libro de su celda, y no leer en él
más que unas cuantas páginas cada día, a ser posible por la noche.
Tampoco había vuelto junto al
archivero. Había hablado con el secretario episcopal y se había excusado de
aquel trabajo achacando que su asma no le permitía, metido el tiempo húmedo de
inviernos, permanecer en aquel sótano umbrío y poco saludable.
“Ya sabía yo que éste era un blando
y un cura tarambana y picaflor”, había murmurado don Senén en algún refectorio,
en una de aquellas escasas veces en las que daba muestra pública de que también
hablaba.
Tal vez por eso del aburrimiento fue
por lo que él se puso a enjaretar pensamientos, cuando, tras atender la
llamada, tuvo que convocar a portería al muchacho al que una voz femenina
reclamaba al teléfono.
-Le llama Maria Luisa- le aclaró.
-Es una catequista- respondió el
postulante rojo como la grana y con la boca seca por el azoramiento.
-¡Ah!- le dijo él, cargando la
interjección de crédula ironía y un punto mesurado de cínico sarcasmo, mientras
le tendía el teléfono. Y acto seguido
pensó aquello
infalible de “excusatio non petita,
accusatio manifesta.”
La conversación entre el muchacho y
su interlocutora fue nerviosa y monosilábica. Lo que a todas luces apuntaba a
algo al menos de corte reservado.
Senmut
escuchó el mensaje real que gritaban los heraldos con voz potente en todas las
esquinas. Lo escuchó desde la soleada quietud del interior de su taller sin
inmutarse. Lo escuchó tratando de enredarse en el juego ingenuo e infantil que
consistía en averiguar desde qué encrucijada concreta partía aquella voz del
pregonero que repetía, una y otra vez, sin alterar ni tono ni vocablo ni
inflexión de respiro, la proclama real. Después dejó lo que estaba haciendo y
salió al gran patio de tierra apisonada. Se sentó en el poyo de adobes que era
el humilde sitial de su privado santuario y se cogió una mano con la otra entre
sus dos rodillas. Aquella era la postura que solía adoptar cuando algo
trascendente venía a embargarlo o para efectuar sus oraciones. Atón estaba en
todas partes, era el dios de los espacios diáfanos y abiertos, y ya no era
preciso encerrarse en un templo para hablar con Él, ni adoptar una postura
única. Miró al suelo. Sus sandalias gastadas le mostraron unos pies
polvorientos en los que se podían ver todas las rutas de su vida como en un
papiro preciso, sincero y generoso que no ocultara nada. Las formas y enseres
del recinto comenzaban a tender la limpia oblicuidad de sus sobras sobre aquel
pavimento que era como un gran cofre que contuviera sus sueños, sus creencias
y, en síntesis, su espíritu calmado y sedentario. Miró al cielo. Atón ascendía
un día más, impasible ante todo suceso. Lo hacía en su trono de un azul nítido
de brillos impolutos. Apretando sus párpados trató de encararlo a la vez que
una sonrisa irónica se posó, imperceptible, en el arco delgado de sus añosos
labios. “Nunca podrán contigo”, musitó. “Nunca podrán contigo, porque no saben donde estás; porque allí donde estás
no puede llegar nadie”.
La
tinaja del agua resudaba una humedad amable que desafiaba, en la nueva jornada,
al calor que ya iba avanzando como una oruga terca. En la mañana, aún nueva,
los rayos del gran astro caían sobre las hojas tiernas de la parra
convirtiéndola en un frágil dosel de un verde soluble y transparente, y
haciendo que el suelo pareciera una sutil celosía de luces y sombras enlazadas
de forma caprichosa.
Nectánico,
el muchacho aprendiz, después de salir atropelladamente a la calle, apenas
escuchó el sonido de las trompetas de bronce de los voceadores, regresó
saltando y exclamando envuelto en entusiasmo desbordante. Por fin había llegado
el gran día en el que se anunciaba la defunción de aquella insulsa ciudad,
cárcel y horizonte forzado de su pujante y fogosa juventud. Todo su cuerpo
exhalaba el entusiasmo ciego que suelen presentar los jóvenes, creyentes de que
la felicidad está siempre un poco más allá, cuando se les propone un cambio por
incierto o arriesgado que éste se les presente.“¡Maestro!¡Maestro! Setenta
días. Sólo setenta días” Y lo gritaba al oído de su instructor, mientras giraba
inquieto en su entorno sin lograr que Senmut hiciera ademán alguno de estarle
escuchando o de unirse a su incuestionable y gozosa estulticia. También él
había sido joven. También él había creído firmemente durante algunos años que
el mundo y la felicidad tenían un pacto por el cual, en algunos lugares,
residía ésta, mientras que en otros era imposible llegar a conseguirla. También
él había viajado, huido y soñado hasta la extenuación. Y también él había
regresado tronchado en su esperanza, como tal vez un día haría aquel muchacho
cuando la vida le presentara la frontera real de su propia existencia, y le
mostrara el axioma cruel por el que la única y real extensión geográfica es
aquella interior que a todos nos acota y limita a la vez que envuelve y nos
protege. Pero hasta entonces...
Nectánico
frisaba ahora los dieciocho años. Tutmés, el cuñado de Senmut, lo había acogido
en su hogar cuando éste era un niño desvalido y cubierto de moscas y de
harapos. Lo había adoptado cuando, siendo él miembro de una caravana del faraón
desplazada a las tierras de Nubia, lo encontrara perdido en el desierto, cerca
de las minas de oro de Umm Nabari, tras haber sido degollados sus padres y
arrasado su poblado natal por unos salteadores beduinos, ladrones del desierto.
El muchacho sabía su procedencia y su cruel historia. Jirá, su nueva madre,
había empleado muchas noches sentada a la puerta de su casa y bajo la luz de la
estrella Sothis y las demás constelaciones, para explicarle todos aquellos
misterios que tejen y uncen la vida intrincada de los hombres en los que ella,
pese a todo, creía y confiaba. Tal vez por eso, el muchacho había crecido feliz
y no guardaba rencor alguno hacia sus semejantes. Tal vez hombres egipcios
habían matado a sus progenitores, pero también ellos lo habían aceptado como a
uno más entre sus gentes. La vida era una lucha en la que, más inteligente que
odiar y guerrear, era saber ponerse del lado del destino, sobre todo si se
creía en él como algo firme y concluyente. Y es que, además, cuando la lucha y
la codicia se encontraban por medio, el
bando en el que al final se estaba era sólo el resultado de la insondable y
caprichosa generosidad de Montu; el dios arrogante de la cabeza de halcón, el
que rige y da su fuerza a los hombres cuando entran en lizas o en disputas. “No
olvides”, le repetía siempre Jirá como un proverbio sabio y universal: “Todos
los enemigos también tienen un dios”.
El
muchacho vivía permanentemente entregado a su aprendizaje y a la pasión que los
sentidos aportaban a su juventud emergente. Y aunque no tenía grandes
habilidades, trataba de suplirlo con interés y con constancia en los trabajos
que se le encomendaban. Tutmés y Jirá habían reemplazado a sus padres con todo
el afecto de sus corazones. Pero, aunque el muchacho les respetaba y quería muy
profundamente, era con Senmut con quien le gustaba estar y formularle sus
preguntas más audaces e íntimas. Con él tenía confianza. En él creía, llevado
por un fluir secreto de afecto y de respeto. Senmut era su maestro. También
sentía una admiración infinita por Gemeni, a quien solía llamar muy
cariñosamente “nuestra madre de la serenidad”. Sintetizaba así, casi
intuitivamente y sin proponérselo, aquel sentimiento que toda la comunidad
familiar tenía hacia la gran mujer, pues que todos la consideraban no ya sólo
serena sino “suya”; “de todos”.
Pero
era la juventud y la fresca hermosura de Riojtaf, la nueva esposa del anciano,
que el faraón le había regalado, quien le hacía ver el mundo repleto de mieles
y colores. Y eso, a pesar de que la joven siria presentara desde muy poco
tiempo después de su llegada la pesadumbre, el apático aspecto y la deformidad
de un embarazo precoz y primerizo.
Tomó el breviario. Lo sopesó. Se sintió un poquito
traidor con aquel viejo libro que tanto le había acompañado. Tal vez por eso,
leyó completas y se metió en la cama. Pero aquella noche, Manuel, se durmió
recordando a Daniel, el joven seminarista a quien había pasado la llamada
telefónica aquella misma tarde. De pronto, empezaba a parecérsele a Nectánico,
el muchacho nubio de aquella lectura.
El
anuncio del desalojo supuso un revuelo general para todos los habitantes de la
urbe real. Y aunque era algo largamente esperado, todos lo recibieron con la
alarma y el desconcierto de algo sorprendente y casi imprevisible. A partir del
octavo o noveno día ya se vio partir a las primeras barcazas repletas de
enseres y emigrantes. Los khed se dirigían al norte, y la corriente sabía
arrastrarlos sin apenas el concurso del esfuerzo humano. Parecía que las aguas
se hubieran vuelto más dóciles y finas, favoreciendo así el deslizarse por
ellas. Los khenti lo hacían hacia el sur. Y era el viento quien llenaba sus
enormes velas y aportaba su cooperador impulso, cual si también él quisiera
insuflar eficiencia a la orden. Las despedidas en el pequeño puerto eran casi continuas,
y las lágrimas enturbiaban los ojos. Sin embargo, nadie miraba hacia atrás. La
hermosa ciudad recién creada para el goce y la vida, paradójicamente, ahora
estaba condenada a su muerte, cuando apenas contaba quince años desde su
fundación. El “Horizonte de Atón”, que Amenofis IV había soñado grandiosa e
infinita era precipitada en el caos de su desgracia y aniquilación. Y sus
castigadores lo hacían de la manera más injuriosa y cruel que podían hacérselo:
abandonándola a merced de los vientos, el calor y la arena; abandonándola al
ardor del silencio y al hielo del olvido. Era precisamente Atón quien debía
resecar y abrasar aquellos templos de adobe levantados en su divino honor. Él
quien tenía la misión ultrajante, como un ser condenado al suicidio o al
ajusticiamiento de su propia progenie,
de arrasar las aras y templetes que hasta ahora habían rebosado su gloria y
clamado su grandeza. En pocos meses las calles, privadas del hollar de los
pasos humanos y el trasiego de las recuas de bestias y los carros, se llenarían
de hierbas injuriantes y de arena asesina. Aquella planicie con forma
semicircular que se abrazaba al río y que estaba cercada de modo natural por
los acantilados, pronto sería un enorme sarcófago en el que se ahogaría para
siempre su gloria, como un cadáver anónimo expuesto a las alimañas que hozan en
carroñas, y a los depredadores que desgarran las vísceras. Hasta los navegantes
que pasaran por el río volverían la cara o se taparían con la mano las vistas
para no contemplar aquella orilla repudiada y maldita, pues ya se ha dicho que
la orden imperial así lo decretaba. Atón debía morir en todas las memorias y
huir de todas las conciencias.
Como
excepción, las catorce estelas, esculpidas a lo largo del cortante del
imponente cinturón de rocas que ceñía y delimitaba la frontera de la ciudad,
quedarían intactas. En ellas, bajo las figuras de la familia real en
actitud fervorosa, largas fórmulas
de oración seguirían dejando que el
viento de las noches hiciera penetrar su alargado silbido entre los caracteres,
y perpetuar, así, en un lenguaje remoto e insondable, una eterna plegaria de
aullidos dirigida a reclamar la nada. Esta era la única y postrer concesión que
Tutankhamón hacía a la insistencia de su amada esposa, y la única indulgencia
que concedía, en velado secreto, a su propia iniquidad culpable y pesarosa.
Senmut
se dispuso a apurar junto a los suyos los días que el decreto daba como tregua
a todo ciudadano. Aquella ciudad había aportado sentido a su vida desde que él
viniera procedente del lejano Sudán, y se estableciera en ella con Gemeni y
cerca de su hermana Jirá y su cuñado Tutmés. Luego había venido junto a ellos
Nectánico. Y finalmente, hacía sólo unos meses, la familia se había completado
con Riojtaf, la joven de diecisiete años que sería la madre de su hijo.
El
día veintinueve del edicto, Riojtaf dio a luz un niño que arrancó a llorar
entre los muslos crispados de la núbil y el temblor dichoso de las manos de
Gemeni Herimentet y de Jirá. Y sin ni siquiera lavar la sangre a la criatura, y
exhalando aún su tierna carne los vahos traídos del vientre de su madre, la
primera esposa se lo llevó al anciano a quien el corazón se le vino a la boca
en un ahogo de dicha sin mesura. “Es un muchacho fuerte y llora ya haciéndose
preguntas”, dijo ella como si aquella afirmación viniera envuelta en una
bocanada de entusiasmo profético. Temeroso el viejo ante la fragilidad evidente
del recién alumbrado arrimó sus labios finos y azulados a su frente y depositó
en ella un beso tenue, mientras cerraba sus ojos en señal de vergüenza y
pequeñez ante tanta grandeza. Luego buscó con ellos la mano de su primera
esposa y la beso también. Una pequeña señal de sangre tintó el dorso de la mano
de la mujer madura, al igual que lo había hecho antes en los balbucientes
labios de su esposo. “Tú eres su verdadera madre; pues que en tu corazón ha
estado el amor y el deseo de este hijo soñado. Que Hathor te bendiga una vez
más y llene de dicha tus entrañas, y que el viento, el agua y la luz tejan la
alfombra continua de tu vida”.
-Sí,
mi señor, pero hemos de tratar de la segunda parte de la súplica que hiciste al
faraón.
-Sí,
mujer, de eso quisiera hablarte.
-Está
bien. Pero tal vez sea prudente que pasen unos días, y el vientre y la cabeza
de Riojtaf vuelvan de nuevo a su ser. Esa muchacha es demasiado joven, y la
preñez y el parto la tienen consumida, confusa y alterada.
El
viejo se quedó mirando fijamente a su primera esposa. Una vez más, ella quería
extender sus enormes alas y amparar a cuantos la rodeaban, borrando de delante
de los ojos de él todo lo que intuía que a él le disgustaba.
-No
te engañes, mujer.
Sobre
la frente de ella, como sopladas por un viento sucio y ululante, que el
desierto escupiera fuera de sus entrañas, se cernieron las nubes plomizas de un
presagio. Con templanza y sigilo se separó de él y fue a depositar a la
criatura en brazos de su madre, quien la acogió con el desinterés que la
pesadumbre y el sumo agotamiento la inspiraban. Estaba claro para todos que
aquella gestación no había sido deseada por aquella muchacha. Gemeni la miró
una vez más. El niño se había acurrucado en el regazo cual si de nuevo hubiera
vuelto a entrar en el claustro materno. Gemeni la envidió. Después pidió a Jirá
que se ocupara de su lavatorio, mientras ella volvía al lado de su esposo, que
para ella necesitaba más asistencia que la recién parida. El vapor de la gran
olla en ebullición había invadido toda la vivienda haciendo irreales: espacios,
luces y figuras. El sol de Egipto se filtraba por todos los resquicios: Atón
quería estar presente en aquel acto. De algún modo, aquél era un mundo ilusorio
cargado de presagios.
La
mujer se reunió con su esposo haciendo acopio de cuanta serenidad le había
dotado la naturaleza.
-Aquí
me tenéis, mi señor.
-Gemeni,
yo no voy a acompañaros a la nueva ciudad – le dijo él con suave contundencia.
-¡Señor!
-exclamó angustiada la mujer haciendo ostentación de una sorpresa que en modo
alguno lo era para ella-. ¡Señor! No lo quieran los néteres. -y rompió a llorar mientras trataba de esconder y ahogar
entre sus vestidos un sollozo de dolor infinito que nadie debía oír en día tan
aparentemente venturoso.
Senmut
la acercó hacia sí y sujetó su cuerpo junto a su costado. La menuda corporeidad
de la mujer palpitaba en una angustia entrecortada; en un quejido hondo
contenido. Su llanto no pretendía nada, sólo fluía incontinentemente. Era el
llanto de quien conoce la inutilidad del llanto ante la firmeza de los
imponderables. Su esposo no vendría con ellos y su corazón no podría
soportarlo. Y sin embargo, así debía hacerse.
El
hombre dejó que llorase hasta que el raudal de sus lágrimas se le hubo agotado.
Precisamente ésa era la razón de las lágrimas; la de sumirse en sí mismas
mientras dejan que el tiempo del terror sea consumado, y el punto álgido y
candente que produjo el dolor se vaya quedando atrás, atrás, hasta el olvido. Porque ante el dolor
profundo únicamente se dispone de aquel antídoto que se elabora con la
maceración del transcurrir del tiempo.
Luego
Senmut entornó sus ojos y habló de esta manera:
“Nunca
agradeceré con suficiente empeño a los néteres
que te haya cruzado en mi quiebro camino. Nunca agradeceré suficientemente a
Atón tu luz y tu presencia, y el calor que tu amor, tomado sin duda de su
fuego, ha puesto entre mis días. Sólo la diosa Hathor, ojo del sol y de la
luna, y el dios Min saben de mi satisfacción por ese hijo que tú has hecho
posible que haya estado un instante entre mis viejos brazos. Pero aun siendo él
y tú la única razón de mi existencia, no puedo abandonar al único dios en el
que creo, cuando el universo entero parece enloquecer y su esencia y su
divinidad se repudian, se niegan y se escupen, y todos lo desertan.
-Señor,
-dijo la mujer saliendo de un cansancio infinito, cual si acabara de ser
apaleada- un dios es sólo un dios. Los pobres tenemos el dios que se nos manda.
Tú mismo hablas de muchos a la vez, mientras afirmas que sólo crees en uno.
Únicamente el faraón es nuestro dios viviente y él dicta la ruta a nuestras
almas y pone voz para nuestras creencias. Esa muchacha y esa criatura os
necesitan, Jirá y Tutmés también os necesitan. Hasta Nectánico os echará de
menos; tú eres en realidad el padre que no tuvo. Y yo os necesito más que
cualquiera de ellos. Y pronunció, ella,
esta última afirmación cargándola de un énfasis rotundo y egoísta.
-Tú
sabes que eso no es del todo la verdad. Riojtaf es sólo una muchacha. Yo la
conozco ya mejor que nadie, pues la he tenido sujeta entre mis piernas mientras
se resistía temerosa como una novilla joven antes de ser marcada. Yo he sentido
su brío y su calor debajo de mi vientre, cuando el placer anónimo y primario la
ha hecho olvidar quién la estaba montando, y ha clavado en mi espalda sus uñas
aterradas asiéndose a la vida. La he amordazado y la he violado, pues que una
violación es siempre el apareamiento cuando en alguno de los dos no bulle,
desde los mismos previos, el desvarío y el fuego del deseo. Ella no me ama a
mí, y yo no puedo amordazar su vida. Vino a cumplir su misión y la ha cumplido.
De justicia es que siga su camino; el suyo, no el nuestro.
-Pero
ella es la madre de tu hijo -dijo la mujer como si de pronto hubiera atinado
con un argumento que fuera irrebatible y pusiera la discusión claramente a su
lado.
-A
esa niña la hemos hecho parir; tan sólo eso.
-Bien
se ve, mi señor, que no conocéis lo que se abriga en el alma de todas las
mujeres.
-Bien se ve, Gemeni, que tú sí eres
una mujer, y el denso sentimiento te ciega para distinguir quien aún no lo es.
Eso a lo que te refieres lo levanta y mantiene el amor y, por tanto, es preciso
sentir para tenerlo. El amor no se pacta ni se obliga. Tú me amas. Ella no ha
amado aún a nadie, ni siquiera a su hijo.
-Entonces
¿qué va a ser de nosotros y de ese pobre niño? ¿Quién hará valer sus derechos ante
el faraón y su firme promesa?
-Todo
está dispuesto y bien pensado. Iréis a vivir a la floreciente ciudad del Muro
Blanco. Menfis es una
hermosa urbe a la que Tutankhamón va a dotar del esplendor de una gran capital
próspera y favorita. El Delta es una tierra propicia, y el futuro allí está
repleto de dones y esperanzas. Tutmés y Nectánico irán a los talleres
reales, es una gracia que he alcanzado del general Horemheb, a quien ahora el
faraón considera su colaborador, aunque del modo más íntimo y secreto para no
exasperar al clero amoniano. Él también ha garantizado la tutela de nuestro
hijo y el cumplimiento estricto de la promesa que me hiciera el Gran Señor a
mí. Y eso, aun a pesar de que el dios viviente un día nos faltase y otro
ocupara su trono, siempre será cumplido. La palabra del Horus jamás es
mancillada. Este niño será el portador de una idea que un día salvará Egipto.
La reina Tiyi, el visir y el general así me lo han jurado sobre el nombre de
Atón. Pero todo es un secreto que ahora te confío y que has de guardar aunque
para ello te arrancaran la vida.
-¿Y
qué he de hacer yo con tu segunda esposa?
Senmut
se sonrió. Fue una sonrisa cómplice en la que quería reconocer y dejar en
evidencia, a un tiempo, la sabiduría astuta de su mujer y el talante de fingida
inocencia que ella utilizaba a veces para rebatirle. La mujer, se sintió
cómplice y descubierta, bajó los ojos y puso un tono aún más confidente a su
melada voz:
-Sí,
yo también lo he notado; aunque tal vez ella sea la única que aún no lo barrunte.
-Ella
lo notará muy pronto, cuando llegue su día, y el galanteo de ese perrillo joven
la acose, la lama y, al final, la derribe. Ahora ha estado cegada por cuanto ha
supuesto su venida desde Siria hasta aquí, su forzado matrimonio conmigo, su
exigida preñez y el aterrador trance de su embarazo y su parto. Pero Nectánico
se lo hará notar en cuanto estéis lo suficientemente lejos. Y para entonces no
quiero ser yo un estorbo ni una pesadumbre para ese muchacho a quien quiero y
en cuyo corazón ya alberga mi semilla. Él es bueno y sabrá hacerla muy feliz
cuando llegue el día en el que juntos fragmenten una olla y yo sea sólo un
amable recuerdo entre los dos. Con el tiempo él será un gran hombre y un
artesano digno, y ella le dará nuevos hijos; hijos queridos y gestados en las
entrañas del amor con el concurso del deseo inflamado.
-¿Y
yo? ¿Qué hago yo metida en todo ello?
Senmut
se sonrió de nuevo -Tú debes ir para que todo se cumpla hasta la letra última,
y para velar desde la sombra que nuestro hijo sea el hombre que tu imaginación
ha deseado para la perpetuación honrosa de mi credo y mi estirpe.
-¿Y
de ti? ¿Qué va a ser de ti?
Senmut
la contempló.
-¿Mujer,
por qué preguntas todo lo que ya sabes?
La
mujer había hecho la pregunta sin esperar respuesta. De sobra conocía la fe
inquebrantable de aquel hombre y cómo el dios lo vinculaba a su propio destino.
Desde
aquel día Daniel ya no fue uno más para el viejo portero. Por esos misteriosos
recursos con los que traza y aúna el destino, sus miradas comenzaron a
establecer un diálogo de respetuosos y cómplices encuentros.
El
chico era de pueblo. Un muchacho afilado y despierto, dotado de una mirada
rauda y una voz muy clara y agradable. Poseía una capacidad de persuasión
innata e imprecisa: tal vez su forma de caminar, tal vez el modo de girarse o
prestar atención, tal vez la forma de escuchar pacientemente a lo que se le
hablaba. En definitiva, algo imposible de ubicar en un lugar concreto.
Los días que siguieron estuvieron cargados de
densidad y sofocados agobios y congojas. La mujer hizo saber la noticia a toda
la familia. Y un compacto mutismo acampó entre todos los miembros de la casa.
Las posiciones eran inapelables y estaban decididas sin facultad de réplica.
Únicamente para los dos jóvenes, sin que sus diferentes ánimos tuvieran nada de
concierto o de tácito pacto, el proyectado viaje hacia el norte parecía guardar
en sí el compendio de toda una quimera de ilusión y futuro, aunque para Nectánico
la pérdida de Senmut le resultara acerba. El nuevo miembro de la familia
agradecía día a día el alimento que su madre le daba, así como los cuidados y
atenciones que las otras dos mujeres le prodigaban con cálido entusiasmo. Pero, al décimo día de su nacimiento, un
criado de Horemheb vino a advertir que aquella misma noche partían para Menfis los últimos sirvientes y enseres
de la casa de su egregio señor, y que el general había dejado la orden de que,
junto a ellos, viajara también el niño, puesto que era él quien se había
comprometido a amparar la promesa real.
Aunque
era algo esperado y asumido por todos, la noticia colapsó aún más la ya de por
sí extraña respiración de la vivienda. Las mujeres supieron del dolor que
suponía para ellas separarse de la criatura indefensa, y a duras penas eran
capaces de contener las lágrimas. Incluso Tutmés, habitualmente contrario a
manifestar los propios sentimien-tos, hizo un intento de entablar conversación
con su cuñado. Ya que él, no siendo conocedor de todos los detalles, no
aceptaba aquella acción absurda y desgarrante, máxime proviniendo de un hombre
que para él siempre había sido un referente de cordura y justicia. Gemeni se
encontraba presente.
-¿Acaso
no es más importante que los hijos estén junto a los padres, a que éstos se
empeñen en alzarlos por encima de su condición y posibilidades, utilizando para
ello métodos tan dolorosos?
La
“madre serena” atajó su argumento con la contundente seguridad de quien sabe
que profiere palabras que le han sido dictadas por una sabiduría ajena y
misteriosa que no admite dilemas:
-“Él
ha de ir a casa de su padre”.
Tutmés
no entendió lo que le decía Gemeni. La mujer prosiguió:
-
Los hijos no se tienen como los bienes o los animales para nuestro servicio, ni
siquiera para nuestro dominio o deleite. Darles el ser y parirlos es nuestra
responsabilidad y nuestra satisfacción. Pero el primer aire que respiran ya no
es un aire que pertenezca o administren los padres.
Entonces
Gemeni respiró. Lo hizo para aportar fuerza a un argumento que no quería
esgrimir pero que su amor y lealtad le imponían con fuego: “El hermano de tu
mujer es un hombre íntegro y preclaro, pero humilde en extremo como lo eres tú.
Es necesario que su semilla fructifique en un árbol más grande, que cobije a
muchos y reparta sus frutos y sacie a los sin techo y a los desheredados. Tal
proyecto no debe escatimar ni dolores ni duras privaciones. No es un abandono;
es un inmenso acto de generosidad el que ahora nos provoca las lágrimas y nos
hunde el estómago, pero hemos de hacerlo. Más vale, pues, que no concedamos
sitio al débil sentimiento. Cuando amo a tu cuñado pienso siempre en la
grandeza de su sabiduría y en su honradez, y en cuánto ellas podrían obrar en
el pueblo si, además, él tuviera instrucción y fuera un hombre preeminente.
Cuando se tiene una semilla excelente no puede dejarse sin sembrar, aunque no
seamos nosotros quienes tengamos la dicha de contemplar su fruto.”
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