LA ESCUELA REAL
***
Desde mi
llegada a la casa de Maya, yo había reforzado mi empeño en el aprendizaje de la
escritura jeroglífica. Estaba decidido; quería ser escriba real. Mi probada
destreza para preparar las hojas de papiro me había granjeado los mejores
elogios de quienes hasta entonces habían sido mis educadores y celosos
maestros. Y mis conocimientos adquiridos en El-Fayum fueron pronto bien
apreciados en la nueva Escuela de Vida. También les sorprendió el hecho de que
me hubiera afanado en el arte de aprender a amasar y preparar mis propios panes
de tinta, haciéndolo mediante una fórmula que mantenía en estricto secreto. Una
fórmula que pertenecía al saber exclusivo del harén de Mer-Ur, que todos
perseguían y que sólo a muy pocos nos era revelada, siempre bajo estricto
juramento, y cuando se habían dado pruebas suficientes de celo, capacidad y
plena discreción. El resultado de todo esto es que tal jugo dotaba a mis
trabajos de una nitidez que atraía el interés de quien los observaba. Lo
escrito con aquel colorante confería al trazo una elegancia y dignidad
diferentes a todo. Los papiros así tratados sólo podían encerrar las palabras
de un dios. Me gustaba mi oficio, me gustaba ser requerido y admirado por ello.
Por eso enseguida pensé en progresar hasta hacerlo máxima esencia de mi
porvenir. Así pues, mi destino inmediato no estaba en ningún otro sitio que no
fuera la más acreditada Casa de Vida que los sacerdotes del templo de Karnak
regentaban dentro del recinto sagrado del magno santuario dedicado al
insondable Amón. Y tanto en mi tutora como en cuantos tenían o habían adquirido
relación conmigo habitaba la esperanza firme de que llegara a convertirme, con
el paso del tiempo, en un letrado prestigioso al servicio del dios. No era poco
lo que con máxima dignidad había que notariar en aquel excelso edificio con el
propósito de que el cursar de los tiempos o el capricho de espurios faraones nunca
lo carcomieran. Se trataba de hacer creer que era el mismo Amón quien, con
preciosos trazos, probados e indelebles, escribía consejos, órdenes y, sobre
todo, inventarios de bienes, fe de posesiones y censo de depósitos.
Ya había yo practicado arduamente, y
mi memoria fresca de muchacho estaba repleta de signos e ideogramas. Pero ahora
se trataba de algo mucho más exigente. El gran instructor, tras hacerme las
pruebas pertinentes para aquilatar el grado preciso de mis conocimientos, y
para averiguar hasta dónde dominaba yo ciertos arcanos que él desconocía,
comenzó a instruirme sobre los más herméticos orígenes de nuestro lenguaje. Me
acerqué, pues, así al conocimiento de los pueblos camita y semita. Y su estudio
en profundidad, lejos de resultarme arduo y fatigoso, abrió en mí un interés
por cuanto la historia de la humanidad atesoraba en sus remotos odres.
Practiqué sin horas ni descanso la escritura jeroglífica. Me apasionaba ya el
dibujo de aquellos objetos que vienen a significar exclusivamente lo que
representan. Dominé desde entonces a la perfección los veinticuatro signos que
encierran en sí sonidos consonantes. Y puedo asegurar que son más de un millar
y doscientos los cuños que mi memoria puede surtir sin titubeos a mi mañosa
pluma, cuando mi voluntad se dispone a trazar papiros con esmero.
“De la imagen sale una palabra, de
la palabra una sílaba, de la sílaba una letra”. “El portador de agua más obtuso
puede comprender una imagen. Pero sólo el hombre que sabe leer con sutileza
puede descifrar dos imágenes que se hallan conjugadas”. Siempre recordaré las
máximas que el gran maestro me inculcó en aquellas jornadas, y que a mi vez he
repetido a quien ha querido escucharme, pues creo que debieran perdurar en el
tiempo sin fin, por el alto grado de sabiduría que encierran en su entraña. La
rudeza y rigidez de mi mentor era extremada. Y ni el agobiante calor del verano
ni el frío agudo de Mechir minaban su inflexibilidad para conmigo. Jamás
encontré en su voz durante aquellos días un punto de aparente comprensión o
ternura. Bakenkhons fue terco e implacable con mi aprendizaje. Ya el primer día
que comparecí ante su hermética presencia me lo advirtió con ruda sequedad.
“Únicamente la revelación del dios Thot, que ha intercedido en tu favor a
través de mis sueños, me hace ocuparme de ti. Eres un miserable, aun a pesar de
lo que crees saber, y he de tornarte en un privilegiado. El dios lunar con
cabeza de ibis te ha escogido para su exquisito servicio. Ni tú ni yo vamos a
discutir sus razones, pero tampoco a defraudarlo; eso te lo aseguro”.
Con el paso del tiempo he sabido que
aquella ruda iniciación respondía a un método que usan con malvada frecuencia
tanto los sacerdotes como todos aquellos seres viles que quieren dominarnos. Se
trata de hacernos creer en nuestra bajeza y mezquindad, de la cual sólo
podremos redimirnos a través de su beneficencia y su esplendente poder de
instrucción o perdón. Pues bien, con
aquella descarnada amenaza, declaración o vaticinio, comenzó mi andadura. No
negaré que los primeros meses se me presentaron en extremo difíciles. Desde que
amanecía hasta que el sol se hundía en el lecho amable del desierto pasaba el
día entero en la escuela del Templo. Yo era el único alumno a quien, en un
principio, Bakenkhons instruía en exclusiva, y, por tanto, el único objetivo de
su celo, su afán y su codicia por alcanzar el sumo perfeccionamiento en su
tarea. ¿Por qué era yo alguien tan importante? ¿Quién estaba tan interesado en
convertirme en alguien con supremo saber? Fueron preguntas que se intercalaron
entre mi extenuación, mi perplejidad, y mi desmedido y obsesivo afán por
progresar. Marcadas han quedado en mi cuerpo, como cintas de seda talladas
sobre mármol, las tiras lacerantes de sus siete correas. No dudaré en suponer
que su alma también sufriera en mis castigos. Pero puedo asegurar que su brazo
era firme, pues aplicaba con todo su vigor aquellas hirientes disciplinas
haciéndome expiar una a una mis culpas, o lanzaba su vesánico grito haciéndome
penitenciar así mis ínfimos descuidos con un caudal de insultos, reproches y
descalificaciones.
Únicamente el contacto diario y deleitoso con Merit
enjugaba por entonces el llanto amordazado y seco que mi entraña destilaba
durante todo el día. Aprendí, pues, a amar las sombras de la noche y a
aborrecer la luz de un modo animal e instintivo. Mi vida transitaba del dolor
al placer en corto margen. Pero todo, premio o castigo, resultaban en demasía
desconcertantes y confusos para mi inexperiencia. Y es que además, si era
verdad que yo sentía el infinito goce que supone el notar cómo la mente se abre
y se surte y repleta con los conocimientos, el precio del esfuerzo y del
castigo, era muy elevado.
Ya he dicho que, de otra parte, me
alentaba el mórbido solaz de los sentidos. Merit me llamaba cada noche a su
lecho y arrancaba de mí aullidos silenciosos de un placer tan núbil y remoto
que, la sequía que después imponía el amanecer y el tránsito del día, me
parecía una penuria más feroz y ultrajante. Y es que aquella perenne sensación
de irrealidad; de saber que nada de aquel gozoso ensueño era mío o podía
retenerlo en firme, me tiraba de bruces, cuando la luz volvía, al charco
pútrido de toda ambigüedad y todo desarreglo.
La gloria y su venganza parecían
convivir anilladas en un concubinato perenne y deleznable. El placer y el
dolor, el triunfo y la fatiga; el hallazgo y el miedo instantáneo a perder lo
encontrado. Tenía un cuerpo joven y vigoroso. Mis formas eran afiladas y
elásticas. Mi piel era suave, y cetrino su tinte. Y, ya por entonces, el matiz
melado de un vello sedoso e incipiente hermoseaba mis piernas y mis brazos, y
jugaba en una línea, furtiva, aún, sobre mi pecho y bajo mi ombligo señalando a
mi sexo. Mis ojos eran del color de la oliva, y estrechos en su forma, y
miraban siempre entornados como si el resplandor candente de una fragua fuera
un hierro continuo para ellos. Merit decía que eran misteriosos y que estaban
heridos por la luz fúlgida que ilumina a la arena, pues invariablemente parecía
que el solo hecho de mirar me los hiriera. Comenzaba yo a contar, además, con
una mente despierta y atrevida, una notable habilidad para el manejo del pincel
y la pluma, y una envidiable capacidad para fijar en el lugar preciso de mi
conocimiento cuanto iba descubriendo en todos los terrenos. También mi timidez
se iba disipando, y una cierta arrogancia y osadía, inclusive atrevidas, iban
siendo parte real de mi carácter. Por todo ello, y pese a todo, me iba gustando
cada día más el mundo del estudio y aquellas heridas y mieles que, en confusa
mezcolanza, me daban a probar. Y eso, aun a sabiendas de que el rigor era
impredecible, pero que siempre el placer lograba eclipsarlo.
El saber me abría de par en par las
puertas de un mundo cargado de sorpresas y retos realmente excitantes. No sólo
atesoraba lo aprendido, sino que la imaginación se algodonaba como una voluta
hermosa que creciera sin fin en sus formas cuajadas de sugerencias y cambiante
en su fisonomía. Aprendí por entonces a viajar con facilidad sobre el viento y
las nubes de la imaginación. Y cualquier objeto, animal o enigma, apenas
rastreado, robaban mi interés y me encadenaban a su persecución, aprehensión y
dominio. Cualquier realidad descubierta parecía colocarse ante mí con la luz
cegadora y refulgente de la seducción. Pero, sin embargo, todo era a la vez tan
esquivo y doloroso como la picadura mortífera de un áspid acosado. Cada gota de
gloria traía su zarpazo, cada grano de dicha su tajo escarnecido. La vida se me
mostraba como un mero apacentar de vientos indomables; un inútil y denodado
deseo de aprisionar una porción de agua en el cuenco quebrado e impropio de las
manos.
De ese modo, he de reconocer que
aquél fue un tiempo duro pero ardoroso. A pesar de todo, me gustaba aquella
profunda sensación de soledad y desguarecimiento que, tercamente, parecía
rodear mi existencia. Y es que bajo el
manto de la fortuna, lujo y promisión que exhalaba mi apariencia ante otros, y
que yo potenciaba con mi arrogancia y orgullo, yo continuaba solo. Solo como un
animal salvaje y perseguido. Solo como un proscrito nómada huido al desierto.
El terror y la dicha ocupaban mi alma alternándose como la luz y la sombra se
alternan, cuando las nubes, a capricho del viento, se interponen al sol. Mi
vida estaba polarizada entre el enérgico y tajante Bakenkhons y la ampulosa
Merit. De ambos parecía yo recibir el anj
de la vida; de ambos de modo muy distinto; de ambos de modo placentero y
tortuoso a la vez.
Luego, poco a poco, y de una forma
que en mi interior aún considero misteriosa, el diario asistir a la escuela del
Templo comenzó a entusiasmarme también en su forma más física y diaria de
excitante rutina. Aquello que había nacido bajo el signo del temor se tornó y
situó bajo el amparo del placer más estoico y sublimado. También el miedo y el
dolor propiciaban un regusto escondido y dichoso. Me solía levantar antes de
amanecer. Incluso, si mis ocupaciones de lecho así me lo imponían, había veces
que no llegaba a conciliar el sueño. Era el tránsito de la luz quien regía mis
horarios sin piedad ni prebendas. Y en las madrugadas de la estación de Chemu,
cuando se cosecha el grano, la brisa fresca que venía del río se pegaba a mi
cuerpo y me hacía estremecer de suma plenitud. Era ella quien mejor solía
retornarme a la realidad cotidiana tras una noche de placentero insomnio y de
loca lascivia, cerrada siempre con enormes retazos de insatisfacción. Me
gustaba sentir aquel frío limpio y revitalizador que sabía lavar mi mente y mi
cuerpo como si fuera agua purificadora. Caminaba despacio, presintiendo el
resplandor de Jepri‑Ra, a la vez que me dejaba bañar por el grandioso misterio
que suponía la usual realidad de un nuevo día. Una vez más el mundo de Osiris
era superado por la diáfana luz. Invariablemente me dirigía hasta el pílono que da entrada al espacio trazado
por nuestro Horus, Amenofis III. Tenía ya permiso para llegar hasta dicho
lugar. Me gustaba entonces sentirme en el punto exacto, que allí se encuentra,
en el que se cruzan los dos ejes del mundo; el celestial que marca el camino
que el sol seguirá sobre el firmamento, y el terrestre que cursa paralelo al
gran río: verdad, realidad y promisión de nuestra amada tierra. Los cuatro
obeliscos que allí se hallan parecían hincar cada uno el vértice luminoso de su
piramidion en la inmensidad remota e
insondable que poco antes habían ocupado las estrellas. Desde su base hasta su
cúspide solía yo resbalar mi vista y leer sus sagrados mensajes, hasta que el
azul infinito se fundía en mis ojos y la luz me cegaba de ebriedad y de gracia.
Las palabras santas parecían entonces esparcirse por el cielo ocupando el lugar
que hasta entonces habían ocupado las titilantes hijas de la huida noche. La
jornada de nuevo sería rigurosa y espléndida.
Junto al placer incomparable de
escribir para la eternidad estaba la cárcel que suponía el esfuerzo continuo de
memorizar. Pero nada importaba. Mi escritura era cada vez más hermosa, de trazo
más firme y espontáneo. Yo lo sabía, pese a las continuas reprimendas
recibidas. Mis jeroglíficos rezumaban cada día más soltura y vivacidad, y yo lo
percibía con toda nitidez y sin ninguna duda. Una sensación íntima de orgullo
alimentaba mi indigna vanidad. Ningún signo era igual a su anterior. Mi maestro
me exigía que cada pájaro, cada pan, cada pupila del dios, cada llave de la
vida, cada pluma, cada vela, cada mano, cada serpiente o cada cruz fueran
siempre diferentes y únicos. “Sólo quien crea escribe para Thot. Lo demás no
merece llamarse escritura, eso es sólo garabatear y emborronar papiros. Y quien
la practica sin imaginación no merece que se le llame escriba. No olvides jamás
que ésta es la profesión más digna que un hombre puede ostentar en la tierra
sagrada de Kemit”, me repetía incansablemente mi férreo preceptor, dejándose
escapar un casi imperceptible puntito de ternura que inmediatamente enmascaraba
con una coda o rebufo desabrido para no dejar patente su oculta humanidad.
Después de dos años en solitario
recibimos a un nuevo condiscípulo. Pocos meses después abandoné la copia de los
textos que están destinados al aprendizaje y comencé, junto a mi compañero
Ramose, a leer y a transcribir los bellos medu‑néteres.
Ante los textos más sagrados que
existen, mi mente se maravilló hasta agitar mi pecho y dejar absortos mis
sentidos. Sobre los muros de los templos, en los papiros santos, en las estelas
y tumbas estaban impresos los misterios de la ciencia, la astronomía, la física
y cuanto los geómetras habían cavilado desde la eternidad. Todo el saber del
mundo estaba guarecido en la escritura. La escritura era el cofre silencioso
del saber. El conocimiento de las grandes sentencias de los dioses y las
verdades ocultas que revelan y enseñan sobre el más allá, dieron a mi vida una
dimensión desconocida hasta aquel momento. Descubrí que la escritura no
solamente era el método imprescindible sobre el que se asentaba el espíritu de
Maat, sobre el que descansaba el orden, la política y la economía de todo el
país, preservándonos del desorden, la injusticia y el caos abominable que el
cauto pueblo de Egipto aborrece. Allí estaba la sabiduría, el latir del corazón
del mundo, el pozo del misterio, la lumbre del vivir. Y yo quería abrasarme en
esa hoguera, hundirme en esos lodos repletos de nutrientes. Ahora yo poseía
todo el poder: el gran libro estaba ante mis ojos. Sólo se me ocurrió solicitar
al gran dios tiempo suficiente para poder leerlo en su totalidad. Ésa y sólo
ésa era la auténtica razón para una vida: aprehender todo lo ya sabido;
descubrir lo que aún se ocultaba ante el mundo: ser omnisciente.
Asistí entonces a la transformación
total de mi existencia. Merit, la otra lumbrera de mi vida, también lograba en
mí aquel desasosiego ardiente que me hacía sentir la máxima perplejidad y
maravilla a cada instante. De pronto, las caricias, el roce de su mano, el
presentimiento de su boca o la proximidad de sus aromas me entregaban en un
escalofrío de dicha repleta y angustiosa, ante la que mi desvalimiento me
extasiaba en el placer más pleno y fascinante. Igual que un día me eligiera a
las orillas del lago Meruer, en El Fayum, y me tomara para sí sin que en mí pudiera
concebirse el más mínimo suspiro de rechazo, del mismo modo que había ido
midiendo y trazando con paciencia y cautelosa habilidad cada uno de los
movimientos de su complejo plan de seducción, pulsando las cuerdas de mi ciega
sensibilidad hasta dejarme atrapado en su tela de araña, así ahora dosificaba y
me administraba cada una de sus lecciones con magistral sapiencia. Su sabiduría
era en verdad vetusta e infinita. Conocía a ciegas todos los pasadizos
latebrosos de la dicha, como el Maestro de los Secretos debe conocer cada uno
de los palmos del laberinto que conforma y estructura el mausoleo de su faraón.
Su ciencia en el arte de amar era sublime, pues nadie como ella podía arrancar
sonidos tan notables y hermosos del arpa de mi cuerpo.
Viví días enteros esperando que
llegara la noche. Adoré en su deseo a la diosa Bastet, pues que dicen que ella
rige el telar de la ternura y la urdimbre donde se tejen y atan las caricias. Y
temblé hasta sentir cómo castañeteaban mis dientes, y mi respiración se hacía entrecortada
de impaciencia, mientras esperaba que la llamada para ir a su lecho me fuera
confirmada en cada atardecer. Cada noche era como morir y renacer; como arder
entre las llamas y perpetuarse entre las lenguas ígneas y ansiosas de un
incendio. Y el suplicio de no poder apresar y conservar eternamente aquella
exaltación, que siempre me parecía escasa e injuriante en su donar, me hacía a
la vez sumirme en el negro lodazal de la impotencia. Después he sabido que la
eternidad es siempre esquiva y caprichosa, y que el hombre no puede hacer otra
cosa que desgastarse en su persecución y en su codicia eterna.
Pasaron muchos meses hasta que
certifiqué que jamás entraría en su cuerpo. Durante más de un año Merit me
impidió que la tocara o que tomara yo cualquier iniciativa. Únicamente ella
fue, con el ritual y la minuciosidad de un embalsamador real, haciendo que
todos mis sentidos se abrieran con el más sorprendente esplendor a la candente
luz de la lujuria hambrienta. Para conseguirlo ya he dicho que, en un principio,
me vendaba los ojos. Desnudo sobre el lecho esperaba yo, con la inquietud
escarbándome en el centro del vientre, que su mano se fuera aproximando. A
veces, un escalofrío rompía la pulsión de mi anhelo entregándome en un
desvalimiento mórbido. El hilo de sus uñas, el frío rojo de aquel carbúnculo
que mordía su anillo, el tintineo agradable de su ajorca con trenzado de
áspides y colgantes de nácar. Nunca podía presentir en qué punto o latitud de
mí se posaría el pájaro inquietante de su ingrávido tacto. A veces eran sus
labios lamiendo con tesón de perra obsequiosa los dedos de mi pie, y luego
trepando con un sinuoso despacio por mis piernas arriba hasta irse a hundir en
el cuenco candente de mi ingle, para después huir con precipitación por mi cintura
hasta el páramo oculto de mi espalda, dejando tras de sí, como en olvido o
descuido, un hilillo de saliva sedosa.
Otras veces era el viento templado
de su aliento jadeando en mi cuello, musitando suspendidos mensajes de
respiración, incomprensibles al celo de mi oído, rizando con el olear de un
temblor el mar sereno y cobrizo de mi nuca. En ocasiones, sus leves manos
amasaban mi cuerpo con abierto deseo, acosaban mi sexo, herían mis pezones.
Pero, de repente, su lábil hostigamiento quedaba suspendido sin que nunca fuera
previsible saber el tiempo que iba a castigarme con aquel aleteo de su odiosa
ausencia.
Había noches que su ígnea enseñanza
duraba solamente unos pocos minutos, y que con el mayor sigilo se iba de la
estancia dejando mi ceguera, durante toda la noche, ansiosa y a su aguardo.
Ella me tenía ordenado que por ninguna razón retirara yo la venda aplicada a
mis ojos. Algunas veces ella ya no regresaba. Otras volvía al amanecer. Yo la
esperaba siempre maldiciendo a mi sueño si éste lograba vencerme en la vigilia.
En medio de la contrariedad, yo calumniaba a mi suerte, pero notaba cómo algo
dentro de mi iba desperezando mis sentidos puliendo mi sensibilidad hasta
parajes nunca jamás soñados. Aquella era una cruel tortura aplicada por una
maligna arpía adorable.
Con los ojos cegados por aquella mordaza, me enseñó
Merit a distinguir aromas y lociones, a nombrar y determinar tejidos y
texturas, a olfatear jugos, zumos y especias; a ser consciente de parajes de mi
propio cuerpo que hasta entonces yo no había notado que existieran. Supe que
cada espacio del cuerpo posee su íntimo latido, su tersura inequívoca, su tacto
enervador. Y que, por mínima que sea la estancia de la piel sobre la que se
deposite el sello del afecto, el éxtasis puede llegar a resultar magnífico y
completo. Descubrí la diferencia entre el roce ingrávido que despierta y aviva
sensaciones y aquél otro que sólo es un burdo manoseo, insistente y vulgar, que
ensucia, soba y empalaga hasta la repugnancia.
Incluso fue capaz de hacerme saborear
el placer que, misteriosamente, se oculta en las mismas entrañas del dolor. El
escozor agudo de su lengua, lamiendo las heridas aún frescas dejadas por las
correas de mi instructor, me propiciaba un placer infinito que yo penaba al
borde mismo del aullido y el desvanecimiento. El gozo a través del dolor es un
misterio que hunde su razón en las profundidades más inescrutables del hombre y
su razón.
Y así, entre la media luz de aquella
jubilosa y cruel tiranía, aprendí a vivir a través de todos mis sentidos.
Entonces comencé a desear proseguir mi perfeccionamiento en el arte sublime de
hacer sentir a otros. Y cuando al fin se me permitió hacerlo, empecé a notar en
mis labios el tacto diferente de su carne. A recorrer con ellos las palmas de
sus manos, leyendo cada pliegue con mi lengua, buscando los contornos de su
envés y de sus dedos, circundando el recortado filo de sus uñas. Me deleité en
indagar su vientre y su ombligo, y el canal de sus glúteos, siguiendo cuantas
ondulaciones torneadas y suaves me ofrecía aquel desierto de dunas y uadis sedosos y templados, que se
modificaba cada vez que cambiaba de postura, como se modifican los arenales
nubios tras el paso furtivo y caprichoso de los vientos rasantes. Recorrí con
el febril temblor encorchando mi lengua, con la que iba musitando racimos de
plácemes y quejas, las medias lunas de sus pechos, túmidos y orondos, y me comí
como si fueran uvas los botones negros de sus cumbres, agraces y como macerados
de almíbares a un tiempo. Seguí amando en ella a Bastet, la diosa gata. Pues
como un gato, lamí su cuerpo y todos sus confines. Saboreé su sexo, su jugo y
su sudor; el recuerdo de su orín y su saliva perseguidos tras las
ocultadoras veladuras del baño y los
perfumes. Usé también la fuerza del verbo y la palabra, del adjetivo que
insulta y que enternece. Supe emplear la voz de forma agria y zalamera,
insultante y procaz, tierna, y con burda insolencia. Sé que la sorprendí, pues
que aquella era una derivada del arte del amar que ella no me había enseñado. Y,
por fin, me tendí en el ensueño de quien imagina durante un instante el deseado
portento de retornar y refugiarse en el seno inviolado de su madre. Pero jamás
me guarecí en su adentro.
El hervir de la imaginación para Manuel era tan
vívido, que a veces le producía miedo. Aquellas páginas le hacían regresar a
sus tiempos pasados, ofreciéndole por primera vez una imagen tan nítida de sí
que lo sobrepasaba. También había él sentido aquella amarga soledad que
intentaba edulcorar a fuerza de sublimar su afán por el estudio. En la
adquisición de conocimientos había hundido él tanta amargura y diluido tanta
soledad, que hasta había logrado entusiasmarse con su persecución. Tras haber
sido llevado al seminario por exclusiva elección y consejo de don Melitón, sin
contar con su acuerdo, y tras embaucar a su madre, se había encontrado allí
recluido e inerme, sin las fuerzas suficientes para rebelarse contra aquel
atropello hecho en nombre de dios. Su madre lo conocía bien, no en vano ella
era quien lo había traído hasta este mundo. Por eso no había vuelto a tener
para él otra mirada que aquella que, desde el brutal desamparo y la desolación
de una mujer baldada, parecía siempre suplicarle un rasgo de perdón y lasa
comprensión.
Y era
ahora cuando, al fin, podía proclamar que allí había vivido los años más
amargos de su vida, arrebatado de todo lo que era suyo, y condenado a ser quien
no quería. Por eso podía decirse que era allí donde había aprendido a llorar, y
a temer, y a refugiarse. Allí donde no había tenido más remedio que inventarse
una fe que no tenía, y descubrir un dios terrible y justiciero, puesto ante él
para arruinar y amargar su vida. Y ante toda aquella adversidad sin posible
salida, únicamente el cobijo y la promesa de una religión, que certificando la
vida como un valle rebosante de lágrimas, ofrecía una liberación gloriosa a
través de la renuncia a sí mismo y la mortificación. Por eso se había propuesto
él hacerse santo. Santo, aun a riesgo de que para ello hubiera que sufrir uno
de aquellos terribles finales que ilustraban el libro de los martirologios. Un
pobre niño, tan sádica y cruelmente atemorizado, que anhelaba el martirio para
ser liberado de tanto sufrimiento. Y ése había sido el final de su infancia y
el arranque de su juventud.
Después
había venido el contacto con la teología y la filosofía, cuando el hierro ya
estaba bien marcado a fuego sobre su propia carne. Una filosofía depurada y
aséptica que sin embargo ofrecía pequeñas bocanadas de oxigeno a una razón
pacata y amañada, y una teología que, ansiosamente demandada, taponaba boquetes
y teñía telarañas, para hacer del recinto un cubil con apariencia de habitáculo
digno y engalanado.
Por
supuesto ningún contacto con el sexo. Anatematizado desde su más precaria
insinuación. Por eso le resultaba a él tan excitante todo aquello que Oneh iba
contando sobre su iniciación. Porque, contrariamente a lo que pudiera parecer,
no sentía él rubor alguno, y sí un deleite que le hacía disfrutar de un mundo
repleto de sensaciones y sensualidad. ¡Qué hermoso debía ser amar! ¡Qué
gratificante poder disfrutar del propio cuerpo y del ser amado sin lastres ni
temores!
Recordó
a Daniel, y deseó que el muchacho fuera capaz de desprenderse de cuantas
rémoras lo tenían confundido y varado. No, no era él quién para aconsejar.
Entre otras razones, porque para él todo esto era una novedad, y le
sobrepasaba. Pero, en modo alguno, deseaba ver a aquel muchacho preso en una
amargura que tanto le hacía recordar a la suya.
Mi amistad y
aproximación a Ramose comenzó siendo tímida y prudente. Quizás, ambos,
estábamos también marcados por nuestra mutua condición de expósitos. Un día
Bakenkhons nos anunció que aquella jornada de instrucción, que él nos
dispensaba en solitario a ambos, sería ya la última; que a partir de entonces
sería el noble Ahmose quien nos adoctrinase.
Ahmose era el gran maestro de
maestros; sacerdote de clase superior. Supremo instructor de escribas y sublime
preceptor de amanuenses. Tenía a orgullo haber sido el guía de los más
ilustres notarios y anotadores de Kemit.
A su custodia solamente eran entregados aquellos muchachos aventajados que
habían sido seleccionados por el Alto Tribunal del templo como realmente
excepcionales. Seis años hacía que no ejercía su sublime enseñanza por falta de
electos, tiempo que había dedicado íntegramente al desarrollo de su pensamiento
y a la investigación. Conocía a los más notables pensadores de aquel tiempo, y
tenía a su disposición seis correos dotados con salvoconducto, encargados de
llevar y traer cuanto él entregaba o demandaba a, o desde, cualquier lugar del
mundo conocido. Contar con la transmisión de su saber era una garantía de éxito
y de fortuna, si es que su exigencia y despotismo no lograban horadar tu fiel
perseverancia. Yo bien sabía del privilegio que con aquello se me estaba
otorgando. Merit me lo hizo percibir de muy diversas formas. Y entre el resto
de los otros estudiantes que asistían a la escuela del Kap, yo podía distinguir el grado de respeto y de admiración que ya
se me dispensaba, únicamente por saber que él era mi guía y yo su paciente
discípulo. Su seca rigidez y su ruda e insaciable exigencia habrían de lograr
llevarme en ocasiones hasta el límite mismo de mi resistencia, y eso pese a que
ya estaba curtido en tolerancia. Pero a escondidas y sin ninguna queja mitigué
mi impotencia y seguí adelante aun a riesgo de llegar a concebir el mal que
aquí llamamos de los dioses, y que no es otro que ese que en cualquier otro
sitio denominan locura. Y, poco a poco, fueron curtiéndose a la vez mi piel, mi
orgullo y mis sentidos, a la vez que se templó mi espíritu, y se enfrió el
talante impulsivo de mi temperamento.
Ser adoctrinado por Ahmose traía
consigo una insoslayable condena a la soledad más rotunda. Nadie ya se
acercaría a un alumno selecto. Entre otras razones porque estaba expresa y
rigurosamente prohibido. Se daba por sentado que alguien destinado en el futuro
a ocupar un cargo preeminente debía mantenerse al margen de afectos y de
cercanías, que pudieran condicionar después el ejercicio de sus funciones con
plena ecuanimidad y absoluta justicia. Mi situación de muchacho carente de
familia garantizaba doblemente esta cláusula, si bien mi relación con Merit se
trataba como algo inexistente. Hasta ahí llegaba su máxima influencia. Por otro
lado, era indecente, para el común, trabar amistad con alguien cuyos
conocimientos fueran muy superiores a los suyos. Una vez más, el destino me
condenaba al áspero aislamiento para favorecerme.
Siempre había gustado el amargo
sabor del abandono. Desde el día que saliera del vientre de mi madre, la diosa
Thoeris me había entregado al dios Thot, y éste me había insuflado sus saberes,
pero había condenado mi vida a la exclusión de apegos y cariños. También el
saber confinaba en su mazmorra a quien le era fiel; un lugar de soledad que
separaba del resto de los seres vivientes, tal vez por los gruesos muros que alza la ignorancia
en sus distintos grados.
No había sido Manuel una lumbrera. Le costaba
memorizar y era torpe para el razonamiento. Por eso necesitaba suplir su
incapacidad con más horas de estudio que el resto de sus compañeros. Tal vez
aquello fue lo que le convirtió en un muchacho aislado y circunspecto. Si bien,
todos sabían y certificaban su gran compañerismo y su franca bondad, por lo que
resultaba todo un poco inexplicable. Sin embargo, tal vez fuera su más íntimo
secreto quien le aislaba de todos. Un recurso de sórdido cobarde para no ser
hallado en su falacia. Él no creía en Dios; al menos en aquél que allí se le
imponía por la fuerza del miedo.
Supimos del
gran proyecto de Horus Horemheb por boca de nuestro preceptor. Él era siempre
parco en palabras, y a nosotros tampoco nos estaba permitido interrogarle a
nuestra voluntad. Por eso su anuncio nos sumió en un estado de emoción plagado
a la vez de temores y dudas.
La
llegada al trono del general, quien se había hecho confirmar urgentemente como
faraón por el Oráculo de Amón, había despertado muchas reticencias entre el
pueblo llano, desconfiado tras tantos vaivenes en la corte. No obstante, y poco
a poco, éstas se fueron disipando, y en las Dos Tierras comenzó a nacer un
atisbo generalizado de esperanza. Quizás, su acierto más notable fue poner como
visir al general Paramessu, uno de sus soldados, y afianzar aún más la
colaboración incondicional del tesorero Maya. De ambos, como auténticos
pilares, se sirvió para así restablecer un orden y una disciplina que en los
reinados anteriores habían sido desa-tendidos muy alarmantemente. El ejército,
el tesoro y el clero estaban ahora de su parte. Organizar el interior, aunque
tuviera que descuidarse momentáneamente el imperio asiático, fue una decisión
valiente que pronto comenzó a dar sus suculentos frutos. Por otro lado, el
acierto de mandar a Merit a residir a Tebas, y establecerla en la realidad como
una auténtica embajadora permanente ante el clero de Amón fue otra habilidad de
magnífico alcance que enseguida nos fructificó. De ese modo, muy pronto su
prestigio fue sólido, y ello le posibilitó acometer la confección e inmediata
promulgación de un decreto de alcance extraordinario. Se trataba de la
restauración de la administración del Estado y de los Tribunales. Con ello el
faraón se enfrentaba muy abiertamente a la corrupción que durante tanto tiempo
había debilitado el tejido social de todo Egipto. El pueblo hirvió en júbilo
ante el sorprendente anuncio. Trazar el texto completo del gran decreto para
que después los talladores lo copiaran en una estela que habría de emplazarse
delante del X pílono del templo, era un verdadero sueño para cualquier aprendiz
repleto de ilusión. En un principio, Ramose y yo competiríamos por la
adjudicación de la regia demanda. Tener que rivalizar entre nosotros, después
de tres años de compañerismo, nos llenó de una tristeza incómoda y espesa.
Ambos estábamos aislados del mundo, y nuestro mutuo afecto era el único paño
que enjugaba nuestras dos soledades. Sin embargo, desde el primer momento
imperó la lealtad y el recto proceder. Sé que él no hubiera sentido mayor dicha
si hubiera resultado él el triunfador, y a mí me hubiera sucedido igual en
relación con él. Por aquel tiempo ya tenía yo impreso en el alma que lo
importante no es quién haga las cosas, sino que las cosas que deben hacerse
sean hechas con el mayor acierto y perfección posibles. Sabía, pues, que nada
es obra de nuestra mente o nuestras manos, sino que ellas sirven únicamente de
vehículo para que el orden del mundo se establezca y se consume. Por eso,
cuando llegó el momento de competir entre nosotros dos, buscamos únicamente
descubrir quién sería capaz de trazar con la mayor belleza un texto que habría
de regir a nuestro pueblo y quedar como testimonio eterno para la humanidad. El
propio arquitecto real Amenofis, hijo de Hapu, me comunicó mi victoria. Junto a
él estaba Ahmose mi orgulloso maestro. Únicamente el tenerme que separar de
Merit me dividió el alma y nubló la razón.
Le sorprendió la visita de Emilia. Quizás, porque no
la esperaba. Le agradó que viniera ella por la mañana y que así no lo
encontrara en la portería, haciendo las labores propias de un ínfimo bedel.
Llamaron a su puerta y le anunciaron que una mujer lo estaba esperando.
Ingenuamente, el corazón le dio un vuelco. ¿Una mujer a él? Si él no conocía a
ninguna.
Tras el primer saludo, la invitó a que se
sentara en el recibidor. La mujer lo hizo al borde de una silla tapizada en
damasco, como si estuviera cometiendo una falta. Hicieron un repaso del
pueblo. Ella le puso al día de enfermedades y de necrológicas, y luego
enseguida se quedaron sin cosa que contarse el uno al otro. Tal vez, aquella
incapacidad de él para el diálogo fuera también una secuela de aquel tiempo que
ahora estaba recordando.
La Emilia le informó que había venido a
“cuestiones de médicos”; “un soplo al corazón”. Y él sintió que algo lo pinzaba
por dentro. A lo mejor tampoco fuera él tan indiferente, y en el fondo si
hubiera desarrollado algún tipo de afecto a lo largo de su sedienta vida.
Sin embargo, lo que más le impactó es lo que dijo ella
cuando se despidieron.
-Cuánto ha cambiado usted.
-Será
para peor. Los días pasan, y las comidas que aquí hacen las monjas no son ni
parecidas a aquellos “guarreos” que tú atalantabas. –Le dijo él en un brote de
ironía y de apego espontáneos.
-Quite
usted para allá. Seguro que las madres cocinan como ángeles. Pero no es a eso a
lo que me refiero. Lo que quiero decirle es que está usted cambiado. Vamos,
como si fuera otro, a quien yo casi ni reconozco. Vamos, mudado, pero de esas
cosas que tenemos por dentro.
-¿Y
qué quieres decirme?
-Y
yo que sé. Lo mío nunca fueron las luces en el habla, pero sé lo que digo.
En verdad,
a aquel diablo de mujer no se le escapaba una.
-Con
dios, Emilia -Le dijo para despedirse.
-Quede
también con Él -Le dijo ella.
Y
Manuel se le acerco y la despidió con dos besos como si, en verdad, fuera de su
familia. La mujer, sorprendida, se encogió en un gesto de emoción y de
agradecimiento, y enseguida se dio la media vuelta para ocultar los ojos.
El
cura la vio, al contraluz, atravesar la inmensa puerta, y sintió una tierna
congoja de afecto generoso. Era verdad; él estaba cambiado.
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