El que posee la memoria infinita toma ahora la voz y dialoga con el que
corresponde. Así hablan los dos aunque, en realidad, lo hace un único sujeto;
así que monologa. Y es que la soledad es tan radical que no cabe más que el
diálogo íntimo, aunque no lo parezca.
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Aquel
dormitorio estaba configurado por dos hileras de camas separadas mediante un
murillo de mampostería de un metro y una cuarta de altura, o poco más o menos,
Para cualquiera de vosotros, un muro infranqueable, capaz de impedir toda
concupiscencia, Las paredes pintadas de un verde diluido, enfermo; casi blanco,
Desde el elevado techo, y perfectamente alineados, colgaban cinco globos de
cristal de una luz amarillenta y pobre, que os permitía únicamente intuir
siluetas y recordar los contornos difusos de cuanto conocíais, Un entorno que,
ahora, os abrazaba amenazante y turbio, como un barco fantasma que avanzara en
sigilo entre un velo de brumas, Parece que lo estuviera viendo, Tú nunca solías
retrasarte, Te desnudabas a toda prisa tras el rezo imperioso y mecánico, que
cada noche debíais recitar, arrodillados, cada uno junto a vuestro camastro,
“Humíllense para hacer la oración de la noche,” decía aquel maestro con voz
solemne de biliar vicetiple, que siempre expandía su tos meliflua de bronquitis
felina y bastante asquerosa, Sí, Aún me parece que siento el hormigueo punzando
en las rodillas como si fueran ronchones provocados por un frotar de ortigas,
También me dolían las orejas y el envés de los dedos; pero eso era por causa de
las costuras que me habían dejado aquellos sabañones, Las sábanas estaban siempre
heladas, Inhóspitas y húmedas, Y olían a moho edulcorado como con naftalina,
Era ese frío calado que parece detener el flujo de la sangre, y encorcharte los
miembros como vástagos muertos, Y, encogido y temblando, apretabas al principio
con fuerza tus mandíbulas para impedir que los dientes te castañetearan, ¿De
frío o de miedo? Y, qué más da, Claro, claro, Es que creía que podían oírme, Te
agazapabas y esperabas ansioso hasta ver cómo aquella luz irreal se apagaba al
fin para sumirte en todo el inmenso abandono, El lúgubre aspecto del lugar se
mutaba entonces a otro mucho más inquietante y magnífico, que le proporcionaba
un único piloto rojo, que yo solía definir como el terrible ojo del maligno
enemigo, De imaginación nunca anduviste flojo, ¡Bah! cosa de mentes jugosas de
muchachos utópicos, Luego, el ir y venir terrible del maestro, Vigilante,
hierático, Como un guardián inhiesto en la turbia penumbra, Marcando con sus
pasos un tiempo que te parecía no tener nunca cabo, Lo recuerdo muy bien; claro
que lo recuerdo, Lo recuerdo como a un militar paseando su guardia, fundido
entre las volutas de un vapor de caverna, El rojo de la luz sobre los muros era
como un sudor manchado de cobre diluido. Lo ves; ya está de nuevo tu ingente
fantasía, Pues claro, ella era quien, al final, me auxiliaba, Nuestro maestro
de novicios tenía unos grandes zapatones, negros y gruesos, tan relucientes que
parecían eternamente nuevos, Tal vez por eso nunca me han gustado los zapatos
demasiado lustrados, Sus pasos secos y medidos traían y llevaban el terror y la
calma a intervalos análogos, Su respiración siniestra y perfectamente audible
en medio del silencio, Su aguda silueta vista al contraluz, Todo apuntalado y
sostenido también por el forzado mutismo de todos los otros condiscípulos,
Siempre chirriaba la puerta cuando aquel cancerbero se metía en su celda, Su
cuarto estaba en un extremo de la imponente nave, Era la esperada señal, Lo
hacía cuando estaba ya seguro de que, aunque nadie, aún, estuviera dormido,
ninguno de nosotros alteraría el orden tenazmente obtenido, De inmediato, las
cincuenta y tres respiraciones implícitas volvían aliviadas a su ritmo de
siempre, Ya era posible el sueño ¿Verdad que lo recuerdas? Era algo así como
cuando el sol sale de entre los nubarrones en un día de lluvia en tiempo de
cuaresma, Sí, Lo recuerdo muy bien, Luego, enseguida, se notaba cómo, una tras
otra, nuestras respiraciones se iban dejando alcanzar por el coma del sueño que
todo lo abrigaba y mitigaba el miedo, Era entonces cuando, al amparo de la más
transgresora clandestinidad, tú deslizabas tu mano cuerpo arriba, Sacabas el
brazo de entre las sábanas que ya se habían templado, Luego lo conducías debajo
de la cama hasta palpar la maleta que habías dejado liberada de cierres y
correas, Y, con pericia de avezado ladrón, tomabas el libro y percibías,
gozoso, el metálico tacto de la vieja linterna de aluminio con forma de petaca,
Aquél sí que era mi auténtico tesoro, Me gustaba poner la lengua entre los dos
extremos de metal amarillo de aquella enorme pila, Sabían a salado, Era tan
misterioso pensar cómo aquel paquete de cartón encerraba dentro de sí aquella
maravilla de la energía eléctrica, No vayas a creer: yo ahorraba, perra a
perra, para poder tener siempre una pila, guardada, de repuesto, Aquella
linterna plateada... Y así, hecho el traslado, y en medio de la temeridad más
firme y atrevida, escondías rápidamente la cabeza, Me arropaba hasta la
coronilla, Presionabas el interruptor, Siempre me sorprendía, como si
aconteciera un milagro diario, la desbordante luminosidad bajo las gruesas
ropas, Las mantas, más que abrigar, pesaban, Pero aquello me hacía sentir
plenamente feliz; yo estaba en mi trinchera, bajo mi subterráneo, Desde
entonces siempre he creído que el peso nos protege de todos los peligros, Allí,
en tú guarida, el mundo era otro mundo ¿Lo recuerdas, verdad? Cómo no
recordarlo, Incluso, la linterna me ofrecía calor suplementario, Claro que lo
recuerdo, ¿Qué más podía pedir? Sin duda, era el momento que a ti te redimía de
una jornada entera de angustia, soledad y tristeza, Leía y releía sin respetar
el orden que marcaban las páginas, Me lo sabía con los ojos cerrados, Era todo
un placer remoto e infinito, que a mí me parecía guardar en sí algo de
trasgresor e impúdico deleite, Por alguna razón que yo ignoraba entonces,
aquello tenía el mismo sabor salobre que tienen los pecados, Sentirlo todo mío,
mediante la confabulación imaginaria, sin fronteras ni límites, A tales horas,
el ámbito del dormitorio era como una enorme tumba abierta en medio del
desierto, Un sarcófago, decía yo; el hermético antro de los sueños eternos,
Todo lo que sonaba a muerte ya te impresionaba, Un panteón inmenso,
Fantaseabas, Eso es verdad, Y ello era bastante para hacerme viajar de Oriente
hasta Occidente; desde el Norte hasta el Sur, Y así entrabas en el limbo del
sueño cada noche sin falta, Sí, claro, cuando el sueño me iba inundando la
imaginación de un sopor de colores y luces fluorescentes, Verás, lo hacías así:
Primero apagabas la linterna, Y con sigilo sacabas la cabeza de debajo de las
pesadas mantas, Lo recuerdo perfectamente, ¿De verdad, lo recuerdas? Sí, claro,
por supuesto, Después, a tientas, cerrabas aquel libro sagrado, Con la yema de
un dedo solías recorrer el borde y plegar una esquina para así dejar una señal
tangible que te facilitara la operación a la
noche siguiente, Luego apretabas
el libro contra el vientre y dejabas que el sueño volviera a rescatar todas
esas imágenes que él había hecho que poblaran tu mente, Un instante de
felicidad en medio de toda la indigencia y la desolación, El Seminario era una
áspera cárcel con barrotes de culpa hincados en nuestras infantiles
conciencias, Una intemperie horrible, Y tú no comprendías por qué debías sufrir
aquel castigo avieso, Un injusto suplicio, Yo, que había ido allí únicamente
para jugar al futbolín y tomar todas las noches la leche con galletas, Eso, Eso
fue lo que me sedujo, cuando vino aquel cura recolector de vocaciones tiernas,
Él vino a nuestro pueblo para hablarnos de ser seminaristas, Desde entonces
odiaste siempre el mes decadente de octubre, Sí, el mes de mi final como sujeto
rústico y mi transformación en prole para la teología, Habías ingresado una
mañana tibia de ese mes que marchita los días y nos hurta la luz, Sí, había
partido de mi casa un día aún templado de principios de otoño, cuando se
acarrea la leña y se guarda la paja antes de que lleguen los fríos. Jamás podré
olvidarlo, Te había llevado don Melitón; el cura de tu pueblo, Y te había
conducido con la oronda satisfacción de quien presenta una mercadería, cuya
entrega supone un grato presente para alguien, pero también una enorme descarga
para otro, Mi madre se había quedado silenciosa e inmóvil, como si ya estuviera
presa en fotografía, Sin saber claramente si hacía bien o mal al entregarme,
Sumida en ese silencio que sólo yo sabía lo que significaba, y que siempre era
una mezcla de piedad, resignación y afecto desolado, Siempre he creído que esa
actitud terrible nos la trajo la guerra, Y las mujeres se la habían guardado como
exclusiva y suya, El rencor impreciso transformado en virtud, Fue con ese
silencio seco en medio del semblante con el que la enterramos cuando le fue su
hora, Nunca podré olvidarlo, No lo olvides jamás, Pero entonces tú no podías
pensar ni un momento en ella, pues inmediatamente las lágrimas ponían ante tus
ojos una cortina vítrea que rompía tu débil fortaleza de niño abandonado,
Odiaba aquellas cartas, La carta, que en la clase de gramática era obligatorio
escribir con intervalos no superiores a cada quince días, Para ti aquello era
una nueva condena, No lo niegues, Manuel, No, si no quiero negarlo, Ya has
visto que lo afirmo, Nada de lo que en ella ponía se ajustaba a verdad, La
verdad habría desvelado una realidad inconfesable que habría desalmado a mi
madre y hecho sentir culpable de mi pérdida innoble, Por eso yo me limitaba a
repetir una fórmula aséptica, escueta y consabida, Nunca comenzabas de modo
diferente, “Querida madre, Espero que al recibo de la presente se encuentre
usted bien; yo bien, gracias a Dios,” La palabra Dios era como un descanso
entre tanto mal trago, “El Seminario es muy bonito y muy grande, Los padres nos
cuidan muy bien y nos enseñan mucho, Jugamos todo el tiempo en un patio con sol
y la comida es buena y abundante, y por las tardes hay calefacción, que es como
estar en el obrador de tío Nemesio, el señor panadero,” Poco más podías añadir,
Pues, cuanto te salías de aquel carril marcado, la mente se te ponía a
revolotear, y algo por dentro te atenazaba el pecho, impidiéndote tragar el
aire y la saliva, y en el estómago se te hacía un boquete o una trampa o un
pozo, que para el caso son cosas semejantes, Tampoco quería recordar el pueblo,
ni la escuela, Ni al Joaquín, Ni el regato, Ni el camino a la ermita, Ni al
señor José, el zapatero, Únicamente quería que llegara cuanto antes la noche,
Que cada día fuera atropellado por la oscuridad que le correspondía, Y que
ésta, si era posible, no terminara nunca, Por eso, cada amanecer, cuando se
volvía a encender bruscamente la luz del dormitorio y el maestro batía
duramente sus palmas para despertaros, el nubarrón volvía a situarse en su
sitio de siempre, Recuerdo que aquel hombre tenía unas manos grandes y blancas
como si la noche entera le cupiera entre ellas, o las hubiera tenido metidas en
agua con lejía o en un barreño de natrón o salmuera, Tú penabas la fiera
humillación de aquél a quien le han robado todas sus pertenencias dejándolo
desnudo y desierto por vida, Aún, a veces, tienes aquella sensación ¿Verdad?
¿Verdad que sí? Sí, Sí ¿Pero, por qué me lo recuerdas? Disculpa, No, si no me
pasa nada, Y para qué voy a seguirlo negando, Frío, Desnudez, Sensación de
ofensa, Y ese olor entrañable a cama propia recién desvencijada, Saboteada sin
respeto hasta dejar revuelta y violada sacrílegamente nuestra intimidad, Desde
entonces no he dejado nunca que nadie vea, toque o haga la cama en la que
duermo, Y, de inmediato, el contorno cuadrado, pulido y frío de cada baldosa
bajo tus pies de niño, Cada baldosa lamiendo suavemente las plantas desnudas de
mis pies, El pantalón del pijama que siempre parecía que iba a caérsete, y se
trasparentaba de tantas lavaduras, Y la toalla con su perenne recuerdo a cloro
y a humedad que nunca se secaba, Sí, sí, Y el ruido de las zapatillas de todos
nosotros corriendo, atropelladamente, hacia los catorce lavabos, Claro, Allí
mismo comenzaba la mortificación que luego duraba todo el día, Catorce cordones
de agua sonando al unísono y salpicando fuera de las viejas piletas, Los
servicios siempre con su aromar a orín y
a agua fuerte, Odiaba aquel olor, Aún lo detesto, Lo rastreo, inconsciente,
como hacen los perrillos de caza con los vientos persiguiendo a su presa,
Brazos lechosos, desnudos, enmarcados por camisetas blancas de tirantes siempre
muy desbocados, Nucas de distintas alturas, en hilera perfecta, humilladas;
rapadas con inquina, porque el pelo largo siempre parecía llamar a la
lubricidad, Cincuenta y tres pantalones de rayas apenas ya visibles tras
cientos de tratos con lejía, que los habían raído y purificado de poluciones
nocturnas habidas a traición y en el filo maldito que marcaba el mandamiento
sexto, Y la voz machacona de aquel padre maestro desabrido y colérico, “Esas
orejas, Revisaré los cuellos, Nadie sin lavarse por dentro los oídos,
Cepíllense los dientes, Deprisa, ¡Acémilas! Deprisa, Quiero ver todas las
cabezas debajo de los grifos, El último se las verá conmigo,” Y todo ese
rosario burdo y estúpido de necias advertencias teñidas de amenazas,
traduciéndose en cada una de nuestras frentes jóvenes no se sabía en qué, Tal
vez en miedo, Quizás sólo en desprecio, A lo mejor en pretensión de aceptación
y méritos, O puede ser que en simple motivo de rencor y de odio sostenido en el
tiempo, Un odio únicamente exculpado y purificado por una posterior penitencia
mortificadora, con la promesa implícita de alcanzar a su través el cielo.
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