sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO CINCO

CINCO


 
El que posee la memoria infinita toma ahora la voz y dialoga con el que corresponde. Así hablan los dos aunque, en realidad, lo hace un único sujeto; así que monologa. Y es que la soledad es tan radical que no cabe más que el diálogo íntimo, aunque no lo parezca.

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Aquel dormitorio estaba configurado por dos hileras de camas separadas mediante un murillo de mampostería de un metro y una cuarta de altura, o poco más o menos, Para cualquiera de vosotros, un muro infranqueable, capaz de impedir toda concupiscencia, Las paredes pintadas de un verde diluido, enfermo; casi blanco, Desde el elevado techo, y perfectamente alineados, colgaban cinco globos de cristal de una luz amarillenta y pobre, que os permitía únicamente intuir siluetas y recordar los contornos difusos de cuanto conocíais, Un entorno que, ahora, os abrazaba amenazante y turbio, como un barco fantasma que avanzara en sigilo entre un velo de brumas, Parece que lo estuviera viendo, Tú nunca solías retrasarte, Te desnudabas a toda prisa tras el rezo imperioso y mecánico, que cada noche debíais recitar, arrodillados, cada uno junto a vuestro camastro, “Humíllense para hacer la oración de la noche,” decía aquel maestro con voz solemne de biliar vicetiple, que siempre expandía su tos meliflua de bronquitis felina y bastante asquerosa, Sí, Aún me parece que siento el hormigueo punzando en las rodillas como si fueran ronchones provocados por un frotar de ortigas, También me dolían las orejas y el envés de los dedos; pero eso era por causa de las costuras que me habían dejado aquellos sabañones, Las sábanas estaban siempre heladas, Inhóspitas y húmedas, Y olían a moho edulcorado como con naftalina, Era ese frío calado que parece detener el flujo de la sangre, y encorcharte los miembros como vástagos muertos, Y, encogido y temblando, apretabas al principio con fuerza tus mandíbulas para impedir que los dientes te castañetearan, ¿De frío o de miedo? Y, qué más da, Claro, claro, Es que creía que podían oírme, Te agazapabas y esperabas ansioso hasta ver cómo aquella luz irreal se apagaba al fin para sumirte en todo el inmenso abandono, El lúgubre aspecto del lugar se mutaba entonces a otro mucho más inquietante y magnífico, que le proporcionaba un único piloto rojo, que yo solía definir como el terrible ojo del maligno enemigo, De imaginación nunca anduviste flojo, ¡Bah! cosa de mentes jugosas de muchachos utópicos, Luego, el ir y venir terrible del maestro, Vigilante, hierático, Como un guardián inhiesto en la turbia penumbra, Marcando con sus pasos un tiempo que te parecía no tener nunca cabo, Lo recuerdo muy bien; claro que lo recuerdo, Lo recuerdo como a un militar paseando su guardia, fundido entre las volutas de un vapor de caverna, El rojo de la luz sobre los muros era como un sudor manchado de cobre diluido. Lo ves; ya está de nuevo tu ingente fantasía, Pues claro, ella era quien, al final, me auxiliaba, Nuestro maestro de novicios tenía unos grandes zapatones, negros y gruesos, tan relucientes que parecían eternamente nuevos, Tal vez por eso nunca me han gustado los zapatos demasiado lustrados, Sus pasos secos y medidos traían y llevaban el terror y la calma a intervalos análogos, Su respiración siniestra y perfectamente audible en medio del silencio, Su aguda silueta vista al contraluz, Todo apuntalado y sostenido también por el forzado mutismo de todos los otros condiscípulos, Siempre chirriaba la puerta cuando aquel cancerbero se metía en su celda, Su cuarto estaba en un extremo de la imponente nave, Era la esperada señal, Lo hacía cuando estaba ya seguro de que, aunque nadie, aún, estuviera dormido, ninguno de nosotros alteraría el orden tenazmente obtenido, De inmediato, las cincuenta y tres respiraciones implícitas volvían aliviadas a su ritmo de siempre, Ya era posible el sueño ¿Verdad que lo recuerdas? Era algo así como cuando el sol sale de entre los nubarrones en un día de lluvia en tiempo de cuaresma, Sí, Lo recuerdo muy bien, Luego, enseguida, se notaba cómo, una tras otra, nuestras respiraciones se iban dejando alcanzar por el coma del sueño que todo lo abrigaba y mitigaba el miedo, Era entonces cuando, al amparo de la más transgresora clandestinidad, tú deslizabas tu mano cuerpo arriba, Sacabas el brazo de entre las sábanas que ya se habían templado, Luego lo conducías debajo de la cama hasta palpar la maleta que habías dejado liberada de cierres y correas, Y, con pericia de avezado ladrón, tomabas el libro y percibías, gozoso, el metálico tacto de la vieja linterna de aluminio con forma de petaca, Aquél sí que era mi auténtico tesoro, Me gustaba poner la lengua entre los dos extremos de metal amarillo de aquella enorme pila, Sabían a salado, Era tan misterioso pensar cómo aquel paquete de cartón encerraba dentro de sí aquella maravilla de la energía eléctrica, No vayas a creer: yo ahorraba, perra a perra, para poder tener siempre una pila, guardada, de repuesto, Aquella linterna plateada... Y así, hecho el traslado, y en medio de la temeridad más firme y atrevida, escondías rápidamente la cabeza, Me arropaba hasta la coronilla, Presionabas el interruptor, Siempre me sorprendía, como si aconteciera un milagro diario, la desbordante luminosidad bajo las gruesas ropas, Las mantas, más que abrigar, pesaban, Pero aquello me hacía sentir plenamente feliz; yo estaba en mi trinchera, bajo mi subterráneo, Desde entonces siempre he creído que el peso nos protege de todos los peligros, Allí, en tú guarida, el mundo era otro mundo ¿Lo recuerdas, verdad? Cómo no recordarlo, Incluso, la linterna me ofrecía calor suplementario, Claro que lo recuerdo, ¿Qué más podía pedir? Sin duda, era el momento que a ti te redimía de una jornada entera de angustia, soledad y tristeza, Leía y releía sin respetar el orden que marcaban las páginas, Me lo sabía con los ojos cerrados, Era todo un placer remoto e infinito, que a mí me parecía guardar en sí algo de trasgresor e impúdico deleite, Por alguna razón que yo ignoraba entonces, aquello tenía el mismo sabor salobre que tienen los pecados, Sentirlo todo mío, mediante la confabulación imaginaria, sin fronteras ni límites, A tales horas, el ámbito del dormitorio era como una enorme tumba abierta en medio del desierto, Un sarcófago, decía yo; el hermético antro de los sueños eternos, Todo lo que sonaba a muerte ya te impresionaba, Un panteón inmenso, Fantaseabas, Eso es verdad, Y ello era bastante para hacerme viajar de Oriente hasta Occidente; desde el Norte hasta el Sur, Y así entrabas en el limbo del sueño cada noche sin falta, Sí, claro, cuando el sueño me iba inundando la imaginación de un sopor de colores y luces fluorescentes, Verás, lo hacías así: Primero apagabas la linterna, Y con sigilo sacabas la cabeza de debajo de las pesadas mantas, Lo recuerdo perfectamente, ¿De verdad, lo recuerdas? Sí, claro, por supuesto, Después, a tientas, cerrabas aquel libro sagrado, Con la yema de un dedo solías recorrer el borde y plegar una esquina para así dejar una señal tangible que te facilitara la operación a la  noche  siguiente, Luego apretabas el libro contra el vientre y dejabas que el sueño volviera a rescatar todas esas imágenes que él había hecho que poblaran tu mente, Un instante de felicidad en medio de toda la indigencia y la desolación, El Seminario era una áspera cárcel con barrotes de culpa hincados en nuestras infantiles conciencias, Una intemperie horrible, Y tú no comprendías por qué debías sufrir aquel castigo avieso, Un injusto suplicio, Yo, que había ido allí únicamente para jugar al futbolín y tomar todas las noches la leche con galletas, Eso, Eso fue lo que me sedujo, cuando vino aquel cura recolector de vocaciones tiernas, Él vino a nuestro pueblo para hablarnos de ser seminaristas, Desde entonces odiaste siempre el mes decadente de octubre, Sí, el mes de mi final como sujeto rústico y mi transformación en prole para la teología, Habías ingresado una mañana tibia de ese mes que marchita los días y nos hurta la luz, Sí, había partido de mi casa un día aún templado de principios de otoño, cuando se acarrea la leña y se guarda la paja antes de que lleguen los fríos. Jamás podré olvidarlo, Te había llevado don Melitón; el cura de tu pueblo, Y te había conducido con la oronda satisfacción de quien presenta una mercadería, cuya entrega supone un grato presente para alguien, pero también una enorme descarga para otro, Mi madre se había quedado silenciosa e inmóvil, como si ya estuviera presa en fotografía, Sin saber claramente si hacía bien o mal al entregarme, Sumida en ese silencio que sólo yo sabía lo que significaba, y que siempre era una mezcla de piedad, resignación y afecto desolado, Siempre he creído que esa actitud terrible nos la trajo la guerra, Y las mujeres se la habían guardado como exclusiva y suya, El rencor impreciso transformado en virtud, Fue con ese silencio seco en medio del semblante con el que la enterramos cuando le fue su hora, Nunca podré olvidarlo, No lo olvides jamás, Pero entonces tú no podías pensar ni un momento en ella, pues inmediatamente las lágrimas ponían ante tus ojos una cortina vítrea que rompía tu débil fortaleza de niño abandonado, Odiaba aquellas cartas, La carta, que en la clase de gramática era obligatorio escribir con intervalos no superiores a cada quince días, Para ti aquello era una nueva condena, No lo niegues, Manuel, No, si no quiero negarlo, Ya has visto que lo afirmo, Nada de lo que en ella ponía se ajustaba a verdad, La verdad habría desvelado una realidad inconfesable que habría desalmado a mi madre y hecho sentir culpable de mi pérdida innoble, Por eso yo me limitaba a repetir una fórmula aséptica, escueta y consabida, Nunca comenzabas de modo diferente, “Querida madre, Espero que al recibo de la presente se encuentre usted bien; yo bien, gracias a Dios,” La palabra Dios era como un descanso entre tanto mal trago, “El Seminario es muy bonito y muy grande, Los padres nos cuidan muy bien y nos enseñan mucho, Jugamos todo el tiempo en un patio con sol y la comida es buena y abundante, y por las tardes hay calefacción, que es como estar en el obrador de tío Nemesio, el señor panadero,” Poco más podías añadir, Pues, cuanto te salías de aquel carril marcado, la mente se te ponía a revolotear, y algo por dentro te atenazaba el pecho, impidiéndote tragar el aire y la saliva, y en el estómago se te hacía un boquete o una trampa o un pozo, que para el caso son cosas semejantes, Tampoco quería recordar el pueblo, ni la escuela, Ni al Joaquín, Ni el regato, Ni el camino a la ermita, Ni al señor José, el zapatero, Únicamente quería que llegara cuanto antes la noche, Que cada día fuera atropellado por la oscuridad que le correspondía, Y que ésta, si era posible, no terminara nunca, Por eso, cada amanecer, cuando se volvía a encender bruscamente la luz del dormitorio y el maestro batía duramente sus palmas para despertaros, el nubarrón volvía a situarse en su sitio de siempre, Recuerdo que aquel hombre tenía unas manos grandes y blancas como si la noche entera le cupiera entre ellas, o las hubiera tenido metidas en agua con lejía o en un barreño de natrón o salmuera, Tú penabas la fiera humillación de aquél a quien le han robado todas sus pertenencias dejándolo desnudo y desierto por vida, Aún, a veces, tienes aquella sensación ¿Verdad? ¿Verdad que sí? Sí, Sí ¿Pero, por qué me lo recuerdas? Disculpa, No, si no me pasa nada, Y para qué voy a seguirlo negando, Frío, Desnudez, Sensación de ofensa, Y ese olor entrañable a cama propia recién desvencijada, Saboteada sin respeto hasta dejar revuelta y violada sacrílegamente nuestra intimidad, Desde entonces no he dejado nunca que nadie vea, toque o haga la cama en la que duermo, Y, de inmediato, el contorno cuadrado, pulido y frío de cada baldosa bajo tus pies de niño, Cada baldosa lamiendo suavemente las plantas desnudas de mis pies, El pantalón del pijama que siempre parecía que iba a caérsete, y se trasparentaba de tantas lavaduras, Y la toalla con su perenne recuerdo a cloro y a humedad que nunca se secaba, Sí, sí, Y el ruido de las zapatillas de todos nosotros corriendo, atropelladamente, hacia los catorce lavabos, Claro, Allí mismo comenzaba la mortificación que luego duraba todo el día, Catorce cordones de agua sonando al unísono y salpicando fuera de las viejas piletas, Los servicios siempre con su  aromar a orín y a agua fuerte, Odiaba aquel olor, Aún lo detesto, Lo rastreo, inconsciente, como hacen los perrillos de caza con los vientos persiguiendo a su presa, Brazos lechosos, desnudos, enmarcados por camisetas blancas de tirantes siempre muy desbocados, Nucas de distintas alturas, en hilera perfecta, humilladas; rapadas con inquina, porque el pelo largo siempre parecía llamar a la lubricidad, Cincuenta y tres pantalones de rayas apenas ya visibles tras cientos de tratos con lejía, que los habían raído y purificado de poluciones nocturnas habidas a traición y en el filo maldito que marcaba el mandamiento sexto, Y la voz machacona de aquel padre maestro desabrido y colérico, “Esas orejas, Revisaré los cuellos, Nadie sin lavarse por dentro los oídos, Cepíllense los dientes, Deprisa, ¡Acémilas! Deprisa, Quiero ver todas las cabezas debajo de los grifos, El último se las verá conmigo,” Y todo ese rosario burdo y estúpido de necias advertencias teñidas de amenazas, traduciéndose en cada una de nuestras frentes jóvenes no se sabía en qué, Tal vez en miedo, Quizás sólo en desprecio, A lo mejor en pretensión de aceptación y méritos, O puede ser que en simple motivo de rencor y de odio sostenido en el tiempo, Un odio únicamente exculpado y purificado por una posterior penitencia mortificadora, con la promesa implícita de alcanzar a su través el cielo.















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