sábado, 1 de marzo de 2014

El maestro del juego



EL MAESTRO DEL JUEGO


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Yo, el Maestro del Juego, el que entro y salgo a mi antojo de lo real a lo ficticio, y viceversa, el que entrega y retira, sugiere y enmascara, ajusta y distorsiona, recupero de nuevo la palabra y cuento lo que sigue. Pues que yo fui testigo y puse voz al acto y alimenté también el pálpito entre aquellos dos hombres y sus días postreros, y entre los hombres y los hombres de los tiempos sin fin:


Entró el faraón en la estancia del templo que estaba destinada a que el sacerdote máximo recibiera a aquellos que lo visitaban. Era un amplio aposento que se prolongaba en una terraza situada casi sobre el Lago Sagrado en el que el resplandor de la luz irrumpía desde que Khepre-Ra frisaba el horizonte hasta que el último jirón teñía de sangre el ocaso de Atón. Aquella tarde era densamente serena para no guarecer el respirar ahogado de una conspiración. Las golondrinas trazaban entre las piedras doradas de los enormes pílonos su alocada y vertiginosa persecución rasante. El sumo sacerdote pasaba largos ratos contemplando aquellas acrobacias sin fin en las que siempre seguía sorprendiéndose por aquella pericia de los pájaros en las que jamás tenían accidentes por nutrida que fuera la bandada. Moverse así, con rapidez y certeza por entre el mundo y los humanos sin fricciones ni heridas, era algo que él quisiera aprender. El tórrido calor del día comenzaba ya a descender envuelto en un velo de ámbares lechosos. Un poco más allá, el resplandor del río brillaba como un cristal inmóvil que intentara esconderse entre la cadencia ampulosa y sutil de las viejas palmeras. Sobre el sagrado Nilo, la barca real enseñaba sus mástiles y emblemas con la ostentación con que los fuertes colores del vestido de las hembras de Armenia desafían al ocre humilde del inmenso arenal por el que hollan. El noble aposento estaba sumido en el silencio oloroso que exhalan el quemador de incienso y los múltiples pergaminos que, ordenados con minuciosidad, se hacinaban en las estanterías. Cientos de ellos, enrollados, mostraban su perfil de aros unidos y enigmáticos, contribuyendo al orden singular y perfecto que imperaba en la estancia. Sobre la mesa de trabajo del sumo sacerdote, un juego de útiles para escribir parecía dispuesto a ser usados de forma inminente. El estilo de sílex y un hermoso tintero de cuarcita, observaban atentos desde una quietud semejante a la de un perro obediente que aguarda agazapado un gesto de su amo.
            El nuevo rey era un hombre de cuerpo fino y rostro ovalado como el de las mujeres. De ningún modo representaba la edad que en realidad tenía. Y todos los artistas que le retrataban solían hacerlo con un rostro aniñado que enmascaraba la furia y el carácter que en realidad tenía. Era, pues, un hombre en el centro exacto de la vida y la hermosura. Y a pesar de lo que pudiera su liviana presencia, no le resultaba ajena ninguna de las dificultades que entrañaba la dirección de las más altas instancias de Kemit. Había sido preparado por su padre para el cargo. Y la asunción de sus funciones había sido algo impacientemente codiciado por él desde temprano. Quizás, por esa razón, era directo y contundente, tanto en sus palabras como en sus actos, mostrando en todo momento una certidumbre de trazo inapelable. Parecía como si todo el tiempo vivido bajo el freno paterno, tuviera ahora que ser resarcido con cierta precipitación y obsesiva impaciencia.
            El sacerdote se había vestido cuidadosamente para la ocasión. Su túnica estaba confeccionada en un lino tejido en la calma laboriosa de uno de los telares del templo, por unas manos humildes pero expertas. Tal vez por las manos de alguien para quien el discurrir del tiempo ya no era un enigma. La tela había sido teñida en un color azul levemente celeste, sobre el que se realzaba un rico pectoral de esquistos, esmeraldas y amatistas, traídas desde las minas próximas a Elefantinas, cerca de la  primera de las tres cataratas, y ensambladas por un orífice amigo que lo veneraba.
            Para nadie era desconocida la tensa relación que se había establecido entre el Sumo Sacerdote y el Rey de las Dos Tierras, atizada tanto por parte de los opositores como por aquellos antiguos correligionarios que ahora se sentían victimas de traición. Aquella tensa atmósfera era algo que se podía notar muy claramente situado entre ellos, como un ser humano más que les acompañara.
            El faraón relajó sus facciones en cuanto sonó el cierre de las puertas y en la estancia quedaron únicamente los dos hombres y aquella tensión mutua que les sobrepasaba. Un nutrido grupo de la guardia real estaba apostado en los lugares claves que rodeaban el recinto. Y se había ordenando que ningún sacerdote merodeara por las proximidades de las estancias máximas. No obstante, la insobornable policía del templo estaba armada y dispuesta a entrar en acción si el Sumo Sacerdote lo ordenaba mediante la señal secreta que, para la ocasión, se había  convenido.
            En una danza gestual de alto protocolo, el sacerdote le agradeció la visita sin dejar ni un solo momento de mirarle a los ojos. El faraón buscó el honorable asiento que evidentemente le estaba reservado. Debería ser un solio en el que situarse dejando bien patente su grado y dignidad; un asiento en el que tener su espalda a resguardo, y sus pies más altos que los de cualquier otro que estuviera presente. Buscó la indispensable butaca y no la descubrió. A punto estuvo de desplegar su cólera, pero se reprimió. A él el protocolo le aportaba cierta seguridad, y nunca descuidaba semejantes apoyos. 
            No había venido para tributarle respeto, ni  en un acto de amable cortesía. De hecho, rara era la ocasión en la que el faraón se desplazara para tratar con alguien. Y así se lo hizo saber utilizando un tono dubio y categórico, que, sin embargo, no llegó a ser abiertamente hostil y despectivo.
            El sacerdote, con evidente y serena amargura, le agradeció su áspera elocuencia. Pero él rechazó tal retribución, al tiempo que le hacía saber que nada debía compensarle, puesto que él tampoco en nada lo remuneraba. Con una clara e hiriente sinceridad, que pareció rasgar aquel reposo, mediante un corte limpio, como el que practica el cirujano sobre la blanca carne, le hizo saber que le consideraba su bastardo enemigo, al tiempo que un traidor a cuanto Horemheb y su padre esperaban de él. Y en un alarde de impetuosa espontaneidad, le aclaró también que, desde que había ingresado en la “Secreta Orden”, y había conocido los supremos designios, nunca había sido él partidario de su colocación al frente del clero del gran templo, y que siempre había dudado de que fuera la persona apropiada para conducir a Egipto a la reforma religiosa que se preconizaba con la veneración del absoluto Atón.
            -Tal vez nadie deba esperar que sea otro quien nos conduzca a nada, majestad -le dijo el sacerdote haciendo un acopio de aquieta valentía.
            -Sobre todo si se trata de alguien en quien la lealtad no es una señalada virtud -le respondió  el faraón con una cruel celeridad, como la que suele adoptar el áspid cuando lanza su ataque. Lo que ponía en evidencia su agresiva capacidad para dar sus zarpazos.
            -La lealtad, señor, debiera ser siempre hermana inseparable de la verdad. Y quizás, la verdad de los otros no sea necesariamente la misma que la nuestra, mi señor. Cada cual llega a su propia verdad y ésa es inalterable, aunque uno quisiera, a veces, que no lo fuera así.
            ‑Pero se debe ser sincero, o, al menos, renunciar a aquello que se nos ofrece, cuando uno no está plenamente convencido ni dispuesto a cumplir lo que se demanda de él.
            ‑A veces todo resulta ser una sorpresa que nos va entregando su misterio según va entrando en nuestra alma. Siempre la elección de un camino supone la renuncia de todos los demás. Elegir es siempre un acto sumamente difícil si se es consecuente. Es muy agotador entender las razones del alma. El alma no cuenta con nosotros para hacer lo que debe. Vos sois mi faraón y yo tu sumo sacerdote, y uno y otro no somos más que reos del destino y presos de Kemit.
            De pronto el faraón se dio cuenta de la persona que tenía enfrente. Aquella discusión se presentaba más dura e intrincada de lo que cabía esperar. Entre otras cosas, porque el sacerdote parecía merodear en torno a la discusión y no entrar abiertamente en ella. De cualquier modo, nunca había pensado él que aquella fuera a ser una contienda fácil.
            -Señor -dijo Oneh-, siento haber defraudado a quienes esperaban de mí la asunción del lugar que se me había asignado, pero mi conciencia no podía aceptar la impostura, el engaño; el gran fraude del que se me hacía actor.
              -Tú debías ser dios; el adalid de dios. ¿Acaso eso no te era dignidad suficiente?
            -No, señor: yo debía ser la encarnación del fraude y la mentira. Los dioses no se encarnan. Viven únicamente en una ráfaga de luz imperceptible inserta en cada hombre. Todo lo demás no es más que insidiosa mentira; el fraude humano que se inventa para atrapar conciencias, engañar a los dóciles y erigirnos en sus más abyectos opresores. 

            -El pueblo necesita ser dirigido, tener creencias, confiar ciegamente en quienes hemos asumido la cargante tarea de ser sus lideres y guías. El pueblo necesita que se le diga en qué debe creer, a quién seguir, y dónde refugiarse.
            -El pueblo, las gentes, necesitan dirigirse hacia la luz y la verdad. Toda la existencia vive a través de ella y tiende a ella como hacia una fuerza irrefutable que nos domina y arrastra pese a todo.
            -Nosotros somos esa fuerza: la encarnación de esa Verdad.
            -No. A Dios nadie lo ha conocido y nadie lo conocerá jamás. Por eso, nadie puede hablar de él, y menos aún arrogarse la potestad de ser su valedor, su espejo o su depositario. A Dios sólo se le conoce en la intimidad y, eso, a través del rastro que su mano, creadora de todo, dejó en nosotros cuando nos concibió. Es como si cada hombre recordara en lo más íntimo de sí la sutil huella de su exclusiva génesis. Por eso Dios existe sólo en la individualidad del ser, en su  intimidad y su propio aislamiento; en su más desnuda comunión; en su esencia más mística. A Dios no se le puede ni definir, ni representar, ni compartir siquiera. A Dios solamente se le puede buscar, sentir y escuchar. Y eso solamente se hace a través del silencio interior. Esta otra galería de dioses y atributos no es más que un festejo insidioso y grosero que sustenta una falacia interesada y vil. 
            -¿Y entonces las imágenes, los ritos, la vida tras la muerte; el premio o el castigo?
            -Nada de eso es verdad; solamente ignorancia y vulgarización asentada en miedos, torpezas, y estéril rebeldía. Dios es una fuerza absoluta y desconocida que nos arrastra a todos llevándonos en pos de sí, y únicamente la docilidad y la aceptación es la respuesta que debiéramos darle.
            -Entonces ¿qué es lo que proponéis?
            -No lo sé, majestad.
            -Yo os lo voy a decir: Sumir a Kemit en el caos. Descomponer el Maat. Hundirnos a todos en la locura y la sinrazón. Desenterrar a los muertos, profanar las creencias, arrasar nuestros templos, difamar y abolir a los dioses, exilar a los sacerdotes, y pasarles a todos a cuchillo para que no inciten y animen a la veneración. Denigrar mi autoridad y convertir al faraón y al país de las Dos Tierras en la sentina de la anarquía y la enajenación; destruir nuestra cultura milenaria y convertir a Egipto en la hez de la tierra.    
            -No lo sé, majestad. No se lo que debiera hacerse. Pero sí sé lo que no debe hacerse; lo que yo no estoy dispuesto a sustentar.
            El faraón detuvo la palabra de Oneh. Lo hizo mediante una inflexión de su rostro que apenas hubiera sido perceptible para alguien que no lo estuviera atendiendo tan fervorosamente. Luego miró en su entorno para asegurarse de que nadie les estaba escuchando. Sabido era, que los muros de todos los templos, igual que los de todos los palacios del mundo, siempre tenían ojos y oídos muy agudos, aunque nunca parecieran disponer de elocuencia. Después bajó la voz y extremó la confidencialidad de su mensaje:
              -Sabéis que puedo mandar asesinaros, y terminar con todo.
            -Sí, mi señor; lo sé -respondió el sacerdote en un tono trémulo, pero carente de gesto o de sorpresa.
              -¿Y aún así seguís en vuestro empeño?
            -Os temo como cualquier ser debe temer a su asesino. No tengo inconveniente en mostraros mi corazón y deciros que todo mi ser tiembla ante cada una de mis palabras o las vuestras, y que hubiera preferido no tener nunca que decirlas en alto o escucharlas. Porque, al menos, mis palabras son el fruto y la expresión de una reflexión que sólo a mi interior compete. Pero, con el mismo temblor, he de afirmaros que no me callaré porque no puedo hacerlo mientras me sigáis preguntando.
              Batió sus palmas el faraón. Y, al instante, aparecieron dos guardianes del templo, y tras ellos varios medjais dispuestos también a defender a su señor si era necesario. El faraón se alzó y los contuvo con la mano. Oneh inclinó su cabeza en señal de respeto y en la seguridad de que la entrevista había terminado. No hubo ningún otro intercambio de palabras, ni de gestos, ni siquiera de una elemental despedida o postrero saludo que cerrara la audiencia.
            Seti se ausentó sin propiciar nada de aquello que hubiera sido protocolario o inherente a su rango. Se fue con rapidez. Y en el amplio salón quedó un profundo vació acentuado por la contundencia sorda con la que los dos guardianes cerraron nuevamente las dos enormes puertas.
            Oneh sintió entonces todo el terror que puede sentir un hombre ante la absoluta intemperie. Fue el terror de los condenados a muerte al oír la voz ajena que dicta su sentencia; el terror del asesino cuando es capaz de despertarlo de su demente alevosía el tacto espeso y tibio de la sangre que, desde la impotencia, le devuelve su víctima como postrer recurso. El terror de la total soledad. Ese terror que se siente cuando hombres, animales y cosas nos aborrecen y gritan en airado desprecio. Fue el terror de los desheredados, de los malditos a través de los que la vida hace sus masacres más ruines, crueles e insensatas. El terror de las madres que se ven obligadas a escarbar en la tierra para enterrar a sus hijos. El terror del hombre ante la nada, ante la soledad, ante el abismo.
            Los días que siguieron los vivió Oneh con la creencia de que fueran los últimos. Depositó sus funciones en el segundo  sacerdote  del templo. Y él, sin dar explicaciones, se dedicó a entrar en su interior buscando el rastro de esa Luminosidad en la que él creía.
            Muy pronto, el resto de sus próximos intuyeron que algo de suma trascendencia estaba sucediendo, y ellos se dispusieron fielmente a cuanto fuera preciso.




























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