EL MAESTRO DEL JUEGO
***
Yo, el Maestro del Juego, el que entro y salgo a mi
antojo de lo real a lo ficticio, y viceversa, el que entrega y retira, sugiere
y enmascara, ajusta y distorsiona, recupero de nuevo la palabra y cuento lo que
sigue. Pues que yo fui testigo y puse voz al acto y alimenté también el pálpito
entre aquellos dos hombres y sus días postreros, y entre los hombres y los
hombres de los tiempos sin fin:
Entró el faraón en la estancia del templo que estaba destinada a que el
sacerdote máximo recibiera a aquellos que lo visitaban. Era un amplio aposento
que se prolongaba en una terraza situada casi sobre el Lago Sagrado en el que
el resplandor de la luz irrumpía desde que Khepre-Ra frisaba el horizonte hasta
que el último jirón teñía de sangre el ocaso de Atón. Aquella tarde era
densamente serena para no guarecer el respirar ahogado de una conspiración. Las
golondrinas trazaban entre las piedras doradas de los enormes pílonos su
alocada y vertiginosa persecución rasante. El sumo sacerdote pasaba largos
ratos contemplando aquellas acrobacias sin fin en las que siempre seguía
sorprendiéndose por aquella pericia de los pájaros en las que jamás tenían
accidentes por nutrida que fuera la bandada. Moverse así, con rapidez y certeza
por entre el mundo y los humanos sin fricciones ni heridas, era algo que él
quisiera aprender. El tórrido calor del día comenzaba ya a descender envuelto
en un velo de ámbares lechosos. Un poco más allá, el resplandor del río
brillaba como un cristal inmóvil que intentara esconderse entre la cadencia
ampulosa y sutil de las viejas palmeras. Sobre el sagrado Nilo, la barca real
enseñaba sus mástiles y emblemas con la ostentación con que los fuertes colores
del vestido de las hembras de Armenia desafían al ocre humilde del inmenso
arenal por el que hollan. El noble aposento estaba sumido en el silencio
oloroso que exhalan el quemador de incienso y los múltiples pergaminos que,
ordenados con minuciosidad, se hacinaban en las estanterías. Cientos de ellos,
enrollados, mostraban su perfil de aros unidos y enigmáticos, contribuyendo al
orden singular y perfecto que imperaba en la estancia. Sobre la mesa de trabajo
del sumo sacerdote, un juego de útiles para escribir parecía dispuesto a ser
usados de forma inminente. El estilo de sílex y un hermoso tintero de cuarcita,
observaban atentos desde una quietud semejante a la de un perro obediente que
aguarda agazapado un gesto de su amo.
El nuevo rey era un
hombre de cuerpo fino y rostro ovalado como el de las mujeres. De ningún modo
representaba la edad que en realidad tenía. Y todos los artistas que le
retrataban solían hacerlo con un rostro aniñado que enmascaraba la furia y el
carácter que en realidad tenía. Era, pues, un hombre en el centro exacto de la
vida y la hermosura. Y a pesar de lo que pudiera su liviana presencia, no le
resultaba ajena ninguna de las dificultades que entrañaba la dirección de las
más altas instancias de Kemit. Había sido preparado por su padre para el cargo.
Y la asunción de sus funciones había sido algo impacientemente codiciado por él
desde temprano. Quizás, por esa razón, era directo y contundente, tanto en sus
palabras como en sus actos, mostrando en todo momento una certidumbre de trazo
inapelable. Parecía como si todo el tiempo vivido bajo el freno paterno,
tuviera ahora que ser resarcido con cierta precipitación y obsesiva
impaciencia.
El sacerdote se había
vestido cuidadosamente para la ocasión. Su túnica estaba confeccionada en un
lino tejido en la calma laboriosa de uno de los telares del templo, por unas
manos humildes pero expertas. Tal vez por las manos de alguien para quien el
discurrir del tiempo ya no era un enigma. La tela había sido teñida en un color
azul levemente celeste, sobre el que se realzaba un rico pectoral de esquistos,
esmeraldas y amatistas, traídas desde las minas próximas a Elefantinas, cerca
de la primera de las tres cataratas, y
ensambladas por un orífice amigo que lo veneraba.
Para nadie era desconocida la tensa relación
que se había establecido entre el Sumo Sacerdote y el Rey de las Dos Tierras,
atizada tanto por parte de los opositores como por aquellos antiguos
correligionarios que ahora se sentían victimas de traición. Aquella tensa
atmósfera era algo que se podía notar muy claramente situado entre ellos, como
un ser humano más que les acompañara.
El faraón relajó sus
facciones en cuanto sonó el cierre de las puertas y en la estancia quedaron
únicamente los dos hombres y aquella tensión mutua que les sobrepasaba. Un nutrido grupo de la guardia real estaba apostado
en los lugares claves que rodeaban el recinto. Y se había ordenando que ningún
sacerdote merodeara por las proximidades de las estancias máximas. No obstante,
la insobornable policía del templo estaba armada y dispuesta a entrar en acción
si el Sumo Sacerdote lo ordenaba mediante la señal secreta que, para la
ocasión, se había convenido.
En una danza gestual de
alto protocolo, el sacerdote le agradeció la visita sin dejar ni un solo momento de mirarle a los ojos. El faraón
buscó el honorable asiento que evidentemente le estaba reservado. Debería ser
un solio en el que situarse dejando bien patente su grado y dignidad; un
asiento en el que tener su espalda a resguardo, y sus pies más altos que los de
cualquier otro que estuviera presente. Buscó la indispensable butaca y no la
descubrió. A punto estuvo de desplegar su cólera, pero se reprimió. A él el
protocolo le aportaba cierta seguridad, y nunca descuidaba semejantes
apoyos.
No había venido para
tributarle respeto, ni en un acto de
amable cortesía. De hecho, rara era la ocasión en la que el faraón se
desplazara para tratar con alguien. Y así se lo hizo saber utilizando un tono
dubio y categórico, que, sin embargo, no llegó a ser abiertamente hostil y
despectivo.
El sacerdote, con
evidente y serena amargura, le agradeció su
áspera elocuencia. Pero él rechazó tal retribución, al tiempo que le hacía
saber que nada debía compensarle, puesto que él tampoco en nada lo remuneraba.
Con una clara e hiriente sinceridad, que pareció rasgar aquel reposo, mediante
un corte limpio, como el que practica el cirujano sobre la blanca carne, le
hizo saber que le consideraba su bastardo enemigo, al tiempo que un traidor a
cuanto Horemheb y su padre esperaban de él. Y en un alarde de impetuosa
espontaneidad, le aclaró también que, desde que había ingresado en la “Secreta
Orden”, y había conocido los supremos designios, nunca había sido él partidario
de su colocación al frente del clero del gran templo, y que siempre había
dudado de que fuera la persona apropiada para conducir a Egipto a la reforma
religiosa que se preconizaba con la veneración del absoluto Atón.
-Tal vez nadie deba
esperar que sea otro quien nos conduzca a nada, majestad -le dijo el sacerdote
haciendo un acopio de aquieta valentía.
-Sobre todo si se trata
de alguien en quien la lealtad no es una señalada virtud -le respondió el faraón con una cruel celeridad, como la
que suele adoptar el áspid cuando lanza su ataque. Lo que ponía en evidencia su
agresiva capacidad para dar sus zarpazos.
-La lealtad, señor,
debiera ser siempre hermana inseparable de la verdad. Y quizás, la verdad de
los otros no sea necesariamente la misma que la nuestra, mi señor. Cada cual
llega a su propia verdad y ésa es inalterable, aunque uno quisiera, a veces,
que no lo fuera así.
‑Pero se debe ser
sincero, o, al menos, renunciar a aquello que se nos ofrece, cuando uno no está
plenamente convencido ni dispuesto a
cumplir lo que se demanda de él.
‑A veces todo resulta ser una
sorpresa que nos va entregando su misterio según va entrando en nuestra alma.
Siempre la elección de un camino supone la renuncia de todos los demás. Elegir
es siempre un acto sumamente difícil si se es consecuente. Es muy agotador
entender las razones del alma. El alma no cuenta con nosotros para hacer lo que
debe. Vos sois mi faraón y yo tu sumo sacerdote, y uno y otro no somos más que
reos del destino y presos de Kemit.
De pronto el faraón se dio cuenta de
la persona que tenía enfrente. Aquella discusión se presentaba más dura e
intrincada de lo que cabía esperar. Entre otras cosas, porque el sacerdote
parecía merodear en torno a la discusión y no entrar abiertamente en ella. De
cualquier modo, nunca había pensado él que aquella fuera a ser una contienda
fácil.
-Señor -dijo Oneh-, siento haber
defraudado a quienes esperaban de mí la asunción del lugar que se me había
asignado, pero mi conciencia no podía aceptar la impostura, el engaño; el gran
fraude del que se me hacía actor.
-Tú debías ser dios; el adalid de dios. ¿Acaso eso no te era dignidad
suficiente?
-No, señor: yo debía ser la encarnación
del fraude y la mentira. Los dioses no se encarnan. Viven únicamente en una
ráfaga de luz imperceptible inserta en cada hombre. Todo lo demás no es más que
insidiosa mentira; el fraude humano que se inventa para atrapar conciencias,
engañar a los dóciles y erigirnos en sus más abyectos opresores.
-El pueblo necesita ser dirigido,
tener creencias, confiar ciegamente en quienes hemos asumido la cargante tarea
de ser sus lideres y guías. El pueblo necesita que se le diga en qué debe
creer, a quién seguir, y dónde refugiarse.
-El pueblo, las gentes, necesitan
dirigirse hacia la luz y la verdad. Toda la existencia vive a través de ella y
tiende a ella como hacia una fuerza irrefutable que nos domina y arrastra pese
a todo.
-Nosotros somos esa fuerza: la
encarnación de esa Verdad.
-No. A Dios nadie lo ha conocido y
nadie lo conocerá jamás. Por eso, nadie puede hablar de él, y menos aún
arrogarse la potestad de ser su valedor, su espejo o su depositario. A Dios
sólo se le conoce en la intimidad y, eso, a través del rastro que su mano,
creadora de todo, dejó en nosotros cuando nos concibió. Es como si cada hombre
recordara en lo más íntimo de sí la sutil huella de su exclusiva génesis. Por
eso Dios existe sólo en la individualidad del ser, en su intimidad y su propio aislamiento; en su más
desnuda comunión; en su esencia más mística. A Dios no se le puede ni definir,
ni representar, ni compartir siquiera. A Dios solamente se le puede buscar,
sentir y escuchar. Y eso solamente se hace a través del silencio interior. Esta
otra galería de dioses y atributos no es más que un festejo insidioso y grosero
que sustenta una falacia interesada y vil.
-¿Y entonces las imágenes, los
ritos, la vida tras la muerte; el premio o el castigo?
-Nada de eso es verdad; solamente
ignorancia y vulgarización asentada en miedos, torpezas, y estéril rebeldía.
Dios es una fuerza absoluta y desconocida que nos arrastra a todos llevándonos
en pos de sí, y únicamente la docilidad y la aceptación es la respuesta que
debiéramos darle.
-Entonces ¿qué es lo que proponéis?
-No lo sé, majestad.
-Yo os lo voy a decir: Sumir a Kemit
en el caos. Descomponer el Maat. Hundirnos a todos en la locura y la sinrazón.
Desenterrar a los muertos, profanar las creencias, arrasar nuestros templos,
difamar y abolir a los dioses, exilar a los sacerdotes, y pasarles a todos a
cuchillo para que no inciten y animen a la veneración. Denigrar mi autoridad y
convertir al faraón y al país de las Dos Tierras en la sentina de la anarquía y
la enajenación; destruir nuestra cultura milenaria y convertir a Egipto en la
hez de la tierra.
-No lo sé, majestad. No se lo que
debiera hacerse. Pero sí sé lo que no debe hacerse; lo que yo no estoy
dispuesto a sustentar.
El faraón detuvo la palabra de Oneh.
Lo hizo mediante una inflexión de su rostro que apenas hubiera sido perceptible
para alguien que no lo estuviera atendiendo tan fervorosamente. Luego miró en
su entorno para asegurarse de que nadie les estaba escuchando. Sabido era, que
los muros de todos los templos, igual que los de todos los palacios del mundo,
siempre tenían ojos y oídos muy agudos, aunque nunca parecieran disponer de
elocuencia. Después bajó la voz y extremó la confidencialidad de su mensaje:
-Sabéis que puedo mandar
asesinaros, y terminar con todo.
-Sí, mi señor; lo sé -respondió el
sacerdote en un tono trémulo, pero carente de gesto o de sorpresa.
-¿Y
aún así seguís en vuestro empeño?
-Os temo como cualquier ser debe
temer a su asesino. No tengo inconveniente en mostraros mi corazón y deciros
que todo mi ser tiembla ante cada una de mis palabras o las vuestras, y que
hubiera preferido no tener nunca que decirlas en alto o escucharlas. Porque, al
menos, mis palabras son el fruto y la expresión de una reflexión que sólo a mi
interior compete. Pero, con el mismo temblor, he de afirmaros que no me callaré
porque no puedo hacerlo mientras me sigáis preguntando.
Batió sus palmas el faraón. Y, al
instante, aparecieron dos guardianes del templo, y tras ellos varios medjais
dispuestos también a defender a su señor si era necesario. El faraón se alzó y
los contuvo con la mano. Oneh inclinó su cabeza en señal de respeto y en la
seguridad de que la entrevista había terminado. No hubo ningún otro intercambio
de palabras, ni de gestos, ni siquiera de una elemental despedida o postrero
saludo que cerrara la audiencia.
Seti se ausentó sin propiciar nada
de aquello que hubiera sido protocolario o inherente a su rango. Se fue con
rapidez. Y en el amplio salón quedó un profundo vació acentuado por la
contundencia sorda con la que los dos guardianes cerraron nuevamente las dos
enormes puertas.
Oneh sintió entonces todo el terror
que puede sentir un hombre ante la absoluta intemperie. Fue el terror de los
condenados a muerte al oír la voz ajena que dicta su sentencia; el terror del
asesino cuando es capaz de despertarlo de su demente alevosía el tacto espeso y
tibio de la sangre que, desde la impotencia, le devuelve su víctima como
postrer recurso. El terror de la total soledad. Ese terror que se siente cuando
hombres, animales y cosas nos aborrecen y gritan en airado desprecio. Fue el
terror de los desheredados, de los malditos a través de los que la vida hace
sus masacres más ruines, crueles e insensatas. El terror de las madres que se
ven obligadas a escarbar en la tierra para enterrar a sus hijos. El terror del
hombre ante la nada, ante la soledad, ante el abismo.
Los días que siguieron los vivió
Oneh con la creencia de que fueran los últimos. Depositó sus funciones en el
segundo sacerdote del templo. Y él, sin dar explicaciones, se dedicó a entrar en su
interior buscando el rastro de esa Luminosidad en la que él creía.
Muy pronto, el resto de sus próximos
intuyeron que algo de suma trascendencia estaba sucediendo, y ellos se
dispusieron fielmente a cuanto fuera preciso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario