EL VIENTRE ACOGEDOR
***
La tumba que
Maya había mandado construir para sí y para su esposa en la región en la que se
alza la gran pirámide escalonada de Zoser, era un auténtico palacio dotado a
satisfacción para la eternidad. El gran tesorero había gozado de sumos privilegios
con los tres últimos faraones, y ello le había permitido levantar su morada sin
trabas ni restricciones en cuanto a su fino encanto, riqueza y suntuosidad.
Pero además, el cargo adicional que ahora ostentaba como “superintendente en
las obras de la Plaza de la Eternidad”, le habían tolerado que fuera él mismo
quien, incluso, eligiera el lugar y la orientación atendiendo tan sólo a su
capricho. Horemheb debía querer tenerlo a su lado también en la siguiente vida,
y gozar así de los fieles servicios, tanto de él como de su hábil esposa. Nadie
olvidaba que ambos habían ejercido como piezas clave en la recuperación del
orden y la prosperidad. Por eso, estar cerca de la obra magnífica que el
arquitecto Imhotep, hijo de Zoser, arquitecto sublime y médico eminente, había
levantado para su señor y propio padre, era una recompensa que dejaba
entronizada y en sitio oportuno la dignidad del tesorero y de su insigne
esposa.
Orientada de este a oeste, un
magnífico pílono señalaba la egregia entrada, en cuya puerta un relieve de
enormes dimensiones mostraba a aquel hombre en una actitud que claramente le
presentaba como un ser situado en la cúspide misma de la aristocracia. Tras
ello, un patio solado con ladrillos muy finos sustentaba, por el lado de
occidente, una hilera de seis columnas fasciculadas de una distinguida y sólida
esbeltez, que, perseguidas por la luz, iban tendiendo el manto de su sombra como una sutil caricia
sobre el pavimento. Aquel era un lugar en el que la paz
imperaba como dueña absoluta.
En el lento trayecto a través de la
necrópolis el cortejo simuló la peregrinación simbólica a Abidos, el lugar
sagrado para Osiris, en el que ya se había erigido una estela en recuerdo de
Merit. El suntuoso séquito funerario se detuvo en el primero de los patios.
Hasta allí penetraron los dolientes y los plañideros haciendo una última y
sonora demostración de su aguda e inconsolable pena. Luego se despidieron. El
triple ataúd había sido transportado sobre una barca fúnebre magnífica, taraceada
de estuco con citas del Libro de los muertos, y sobre ella se disponía a entrar
en el segundo espacio. Aquella noble estancia, a modo de deambulatorio, era en
verdad un lugar singular. Varias estatuas de los propietarios, en posición
sedente, dotaban al escueto lugar de un íntimo realismo. Enseguida noté que
habían sido esculpidas en un estilo próximo al que decían que había imperado en
la ciudad hereje, aquella que llamaran Amarna, y que había sido abandonada a su
suerte tras la muerte del innombrable Horus Akhenatón, su fundador y artífice.
Me extrañó que el gran administrador hubiera escogido aquel estilo para
perpetuar sus figuras ante la eternidad, ya que era un género que estaba
oficialmente perseguido y que suponía, por tanto, un alto riesgo, incluso, para
un hombre con poder como el suyo.
El segundo patio estaba rodeado por
columnas también, y daba paso, por el oeste, a la dependencia principal,
destinada al culto, y a dos pequeñas capillas laterales.
Tras ser depositado el túmulo por
los veintidós porteadores, sólo el
sacerdote sem, cubierto con la piel de pantera, el honorable esposo, y
yo, en mi función de hijo mayor y único de la difunta, accedimos a la cámara
subterránea, destinada a ser la morada de aquel cuerpo que se entregaba,
definitivamente, a su trayecto eterno. Tras algunas salmodias del oficiante, se
procedió a la “apertura de boca”. Aquella reanimación ceremonial dejaba a Merit
dispuesta para que su ka pudiera salir cuando quisiera hasta el mundo
exterior. Después se selló el múltiple sarcófago y, junto a él, el estuche con
los vasos canopes, el saco tekenu, y hasta una colección de 365 ushebtis;
uno por cada día del año. Para que, desde su condición de abnegados sirvientes,
realizaran las tareas más duras que, en la vida eterna que ahora le comenzaba,
le iban a ser encomendadas a la señora en el “Gran Cañaveral”.
Cuando todo estuvo ya finalizado, y
se iba a proceder a clausurar definitivamente la mastaba, dejando únicamente la
falsa puerta a través de la que se relacionarían el más allá y el más acá, pedí
a Maya que se me permitiera permanecer por un instante solo en la cámara
última. Era mi postrer adiós a aquella mujer que tanto había supuesto en mi
existencia pese a todo.
Gocé entonces del vació más profundo
que pueda ofrecernos la ruda amargura. Y digo que gocé porque sentí cómo el
dolor, cuando es sumo y auténtico, trae junto a sí un extraño dulzor de
compasiones. Tal vez éste sea el almíbar que embriaga y evita el suicidio que
clama el desamparo. Aquel espacio había sido decorado con escenas en las que
los esposos rendían culto a la pléyade de dioses funerarios. Todo había sido
pintado usando únicamente un color amarillo semejante al del oro, que hacía que
el recinto, a la luz de las lámparas, pareciera estar bañado por ese resplandor
divino que dicen que alcanza a los difuntos, cuando han estado en vida repletos
de virtud y ya se han liberado del mundo fatigoso. Aquella cueva tenía una
apariencia de seno acogedor y, a la vez, extremamente urente, aunque la quietud
más absoluta lo acariciaba todo formulándome una invitación imprecisa y amable
a aceptarlo. El dolor y la dicha se fusionaban como se fusiona lo detestado con
lo aceptable cuando se trata de un hecho obligatorio. Supe entonces de la
dimensión exacta de mi amargo dolor, del cariño real que había sentido por
aquella mujer, del alcance infinito de cuanto me había aportado la extraña
relación mantenida con ella. Todos aquellos avatares que habían ido componiendo
mi insatisfacción y mi dicha estaban ahora allí, ante mí, mostrándome el
edificio construido por sus manos. Nada era el placer si se derramaba como un
néctar destinado a endulzar el paladar. Lo que era verdaderamente importante
era su poder revitalizador, su fuego inextinguible, su capacidad para abrirnos
los sentidos, para espolearnos en el corazón; para arrancarle a la vida el
deseo de poseer un golpe más de su latido. El placer no era un jugo adormecedor
sino un fuego que abrasaba y hacía izarse de inmediato, correr enloquecido,
buscar, volver, gritar, reír, desear, temer, llorar, odiar; vivir. Fue entonces
cuando por fin sentí sobre mi mejilla el lento ardor con el que por ella
descendía una lágrima. Una lágrima gruesa que concitaba y resumía mucho más que
todo mi sentimiento por aquella inestimable mujer que tanto me había
transmitido. Aquella mujer había obrado sobre mí una ablución que excedía a lo
racional y puramente humano. Aquella mujer había venido a mí desde espacios
realmente insondables que yo debía escudriñar.
De nuevo bajó Manuel a portería, y simuló una
actitud normal, si bien siguió oficiando sólo para sí mismo, y no reanudó sus
horas de confesionario ni para las monjas ni para el seminario. Por eso fue él
quien atendió a la muchacha aquella tarde, cuando ella se acercó a él y
solicitó poder ver a Daniel.
El
cura la trató con cuanta ternura y amabilidad le fue posible, pues que intuyó
que aquella chica estaba destrozada.
-Pues
claro que sí. Pase al recibidor que enseguida lo llamo.
-Gracias
-se limitó a decir ella con la cabeza baja.
Cuando
llamó a Daniel, le anunció que estaba Isabel esperándolo. Lo hizo con cautela,
evitando en lo posible que el muchacho se sobresaltara, aunque resultó
imposible el que no se inquietara.
Aunque
disimulando, estuvo atento al trance. Sobre todo para que nadie más se diera
cuenta, ni los importunasen. Luego vio a la muchacha irse con los ojos
arrasados en lágrimas y a Daniel pasar por delante de él con los hombros
hundidos y la expresión demudada y caótica. De nuevo un trallazo de dolor e
impotencia lo recorrió entero.
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