sábado, 1 de marzo de 2014

El vientre acogedor


EL VIENTRE ACOGEDOR


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La tumba que Maya había mandado construir para sí y para su esposa en la región en la que se alza la gran pirámide escalonada de Zoser, era un auténtico palacio dotado a satisfacción para la eternidad. El gran tesorero había gozado de sumos privilegios con los tres últimos faraones, y ello le había permitido levantar su morada sin trabas ni restricciones en cuanto a su fino encanto, riqueza y suntuosidad. Pero además, el cargo adicional que ahora ostentaba como “superintendente en las obras de la Plaza de la Eternidad”, le habían tolerado que fuera él mismo quien, incluso, eligiera el lugar y la orientación atendiendo tan sólo a su capricho. Horemheb debía querer tenerlo a su lado también en la siguiente vida, y gozar así de los fieles servicios, tanto de él como de su hábil esposa. Nadie olvidaba que ambos habían ejercido como piezas clave en la recuperación del orden y la prosperidad. Por eso, estar cerca de la obra magnífica que el arquitecto Imhotep, hijo de Zoser, arquitecto sublime y médico eminente, había levantado para su señor y propio padre, era una recompensa que dejaba entronizada y en sitio oportuno la dignidad del tesorero y de su insigne esposa.
            Orientada de este a oeste, un magnífico pílono señalaba la egregia entrada, en cuya puerta un relieve de enormes dimensiones mostraba a aquel hombre en una actitud que claramente le presentaba como un ser situado en la cúspide misma de la aristocracia. Tras ello, un patio solado con ladrillos muy finos sustentaba, por el lado de occidente, una hilera de seis columnas fasciculadas de una distinguida y sólida esbeltez, que, perseguidas por la luz, iban tendiendo el manto   de   su   sombra   como   una   sutil   caricia   sobre  el pavimento. Aquel era un lugar en el que la paz imperaba como dueña absoluta.
            En el lento trayecto a través de la necrópolis el cortejo simuló la peregrinación simbólica a Abidos, el lugar sagrado para Osiris, en el que ya se había erigido una estela en recuerdo de Merit. El suntuoso séquito funerario se detuvo en el primero de los patios. Hasta allí penetraron los dolientes y los plañideros haciendo una última y sonora demostración de su aguda e inconsolable pena. Luego se despidieron. El triple ataúd había sido transportado sobre una barca fúnebre magnífica, taraceada de estuco con citas del Libro de los muertos, y sobre ella se disponía a entrar en el segundo espacio. Aquella noble estancia, a modo de deambulatorio, era en verdad un lugar singular. Varias estatuas de los propietarios, en posición sedente, dotaban al escueto lugar de un íntimo realismo. Enseguida noté que habían sido esculpidas en un estilo próximo al que decían que había imperado en la ciudad hereje, aquella que llamaran Amarna, y que había sido abandonada a su suerte tras la muerte del innombrable Horus Akhenatón, su fundador y artífice. Me extrañó que el gran administrador hubiera escogido aquel estilo para perpetuar sus figuras ante la eternidad, ya que era un género que estaba oficialmente perseguido y que suponía, por tanto, un alto riesgo, incluso, para un hombre con poder como el suyo.
            El segundo patio estaba rodeado por columnas también, y daba paso, por el oeste, a la dependencia principal, destinada al culto, y a dos pequeñas capillas laterales.
            Tras ser depositado el túmulo por los veintidós  porteadores, sólo el sacerdote sem, cubierto con la piel de pantera, el honorable esposo, y yo, en mi función de hijo mayor y único de la difunta, accedimos a la cámara subterránea, destinada a ser la morada de aquel cuerpo que se entregaba, definitivamente, a su trayecto eterno. Tras algunas salmodias del oficiante, se procedió a la “apertura de boca”. Aquella reanimación ceremonial dejaba a Merit dispuesta para que su ka pudiera salir cuando quisiera hasta el mundo exterior. Después se selló el múltiple sarcófago y, junto a él, el estuche con los vasos canopes, el saco tekenu, y hasta una colección de 365 ushebtis; uno por cada día del año. Para que, desde su condición de abnegados sirvientes, realizaran las tareas más duras que, en la vida eterna que ahora le comenzaba, le iban a ser encomendadas a la señora en el “Gran Cañaveral”.
            Cuando todo estuvo ya finalizado, y se iba a proceder a clausurar definitivamente la mastaba, dejando únicamente la falsa puerta a través de la que se relacionarían el más allá y el más acá, pedí a Maya que se me permitiera permanecer por un instante solo en la cámara última. Era mi postrer adiós a aquella mujer que tanto había supuesto en mi existencia pese a todo.
            Gocé entonces del vació más profundo que pueda ofrecernos la ruda amargura. Y digo que gocé porque sentí cómo el dolor, cuando es sumo y auténtico, trae junto a sí un extraño dulzor de compasiones. Tal vez éste sea el almíbar que embriaga y evita el suicidio que clama el desamparo. Aquel espacio había sido decorado con escenas en las que los esposos rendían culto a la pléyade de dioses funerarios. Todo había sido pintado usando únicamente un color amarillo semejante al del oro, que hacía que el recinto, a la luz de las lámparas, pareciera estar bañado por ese resplandor divino que dicen que alcanza a los difuntos, cuando han estado en vida repletos de virtud y ya se han liberado del mundo fatigoso. Aquella cueva tenía una apariencia de seno acogedor y, a la vez, extremamente urente, aunque la quietud más absoluta lo acariciaba todo formulándome una invitación imprecisa y amable a aceptarlo. El dolor y la dicha se fusionaban como se fusiona lo detestado con lo aceptable cuando se trata de un hecho obligatorio. Supe entonces de la dimensión exacta de mi amargo dolor, del cariño real que había sentido por aquella mujer, del alcance infinito de cuanto me había aportado la extraña relación mantenida con ella. Todos aquellos avatares que habían ido componiendo mi insatisfacción y mi dicha estaban ahora allí, ante mí, mostrándome el edificio construido por sus manos. Nada era el placer si se derramaba como un néctar destinado a endulzar el paladar. Lo que era verdaderamente importante era su poder revitalizador, su fuego inextinguible, su capacidad para abrirnos los sentidos, para espolearnos en el corazón; para arrancarle a la vida el deseo de poseer un golpe más de su latido. El placer no era un jugo adormecedor sino un fuego que abrasaba y hacía izarse de inmediato, correr enloquecido, buscar, volver, gritar, reír, desear, temer, llorar, odiar; vivir. Fue entonces cuando por fin sentí sobre mi mejilla el lento ardor con el que por ella descendía una lágrima. Una lágrima gruesa que concitaba y resumía mucho más que todo mi sentimiento por aquella inestimable mujer que tanto me había transmitido. Aquella mujer había obrado sobre mí una ablución que excedía a lo racional y puramente humano. Aquella mujer había venido a mí desde espacios realmente insondables que yo debía escudriñar.

De nuevo bajó Manuel a portería, y simuló una actitud normal, si bien siguió oficiando sólo para sí mismo, y no reanudó sus horas de confesionario ni para las monjas ni para el seminario. Por eso fue él quien atendió a la muchacha aquella tarde, cuando ella se acercó a él y solicitó poder ver a Daniel.    
            El cura la trató con cuanta ternura y amabilidad le fue posible, pues que intuyó que aquella chica estaba destrozada.

            -Pues claro que sí. Pase al recibidor que enseguida lo llamo.
            -Gracias -se limitó a decir ella con la cabeza baja.
            Cuando llamó a Daniel, le anunció que estaba Isabel esperándolo. Lo hizo con cautela, evitando en lo posible que el muchacho se sobresaltara, aunque resultó imposible el que no se inquietara.
            Aunque disimulando, estuvo atento al trance. Sobre todo para que nadie más se diera cuenta, ni los importunasen. Luego vio a la muchacha irse con los ojos arrasados en lágrimas y a Daniel pasar por delante de él con los hombros hundidos y la expresión demudada y caótica. De nuevo un trallazo de dolor e impotencia lo recorrió entero.  






















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