sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO DOCE

DOCE





Pongamos el oído pegado a la pared para no perturbarlo, y oigamos qué masculla mi amigo inseparable.
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Ayer vino a visitarme la buena de la Emilia. Venía con el morro fruncido de raposa; enarbolando un talante marchito y algo displicente, como de día ventoso de tiempo de calendas. Es la primera vez que nos topamos desde hace tres meses. Al principio, traía actitud miliciana, pero después fue diluyéndose como sal en el agua. Lo nuestro fue un combate sin hierros ni lesiones; el que necesitamos para guardar las formas. La encontré aseada como para una boda, pero algo transpuesta y un poco arenosa, aunque ella tratara a todo trance de ocultarme semejante aspereza. Venía remisa, como si viniera a asuntos legales y no a visitar a un amigo con quien se ha convivido y trazado afectos y alianzas durante tantos años. Yo estuve en mi lugar; impasible y completo, como si nada me quebrantara el ánimo ni la echara de menos. Un santo en su hornacina no se hubiera mantenido tan tieso y tan decente. He de hacerlo así, de lo contrario, capaz hubiera sido de ponerme a llorar como las criaturas. Me contó algunas noticias de El Canchal, pero yo hice, a cuanto pude, oídos sordos, para que el ánimo no se me derrumbara. Y cuando comenzaba a hablarme del cura que me ha sustituido le puse punto en boca para que no siguiera. El recordar me reblandece el ser y me pone los sentires melosos y aflojados. Me insistió en que debía ir algún día por allí, a hacer una visita, por la fiesta del Cristo o el día de “La Pura”. Pues, al parecer, a los del pueblo no les había gustado que me fuera de aquel modo inaudito, sin homenajes ni adioses plañideros. “Cuidao como es usted, después de tantos años y ni un mal hastaluego ni unas bendiciones. Tal pareciera que le hemos sido unas gentes faltonas o le debemos algo”. Yo no le di excusas ni le entré al capote, y pasé a otra cosa. De por aquí, le conté lo que es imprescindible. Está visto que sólo sé soportar mi soledad con sequedad ascética y un rigor enconado, que difícilmente puede entenderse desde mente de otro. Hubo momentos de bélicos silencios y miradas sin ojos. Cuando llegó el instante de entrar en  despedidas, su vejez se me impuso con la terca ironía de un retrato anticuado colgado en una sala. Ese retrato sepia que hace que el sujeto conviva, sin frío ni calor, entre todos nosotros. Ese retrato que, con mutismo irónico, se entromete en nuestra vida como un vigía tozudo que todo lo sanciona y supervisa desde el sitial del muro. Nunca me había fijado en sus hombros cansados, ni en su moño de guedejas canosas, ni en su andar costoso de caderas torcidas por llevar las barreñas durante tantos años. Quizás porque nunca la había observado andando con otro calzado que no fueran sus zapatillas viejas. Aquí no caminaba como lo hacía en casa. Se me hizo tan extraño verla llevando bolso; un viejo ejemplar de los tiempos de Maura.  

            “Con Dios, Emilia”, le dije. “Quede usted con Él mismo”, me respondió, cual ese fogonazo fofo con el que rematáramos  un  combate con resultado en tablas. Ya iba a salir, pero, sin previo aviso, se volvió encorvada y me agarró y me besó la mano mientras que se inclinaba en una reverencia. Aquello fue un golpe rematado a traición; el engaño mezquino de un matón de taberna vestido de aldeana. Yo no supe qué hacer, pues me pilló in albis. “Bueno, bueno, Emilia. Anda. Anda”, y levanté la mano para que se alzara y dejara de hacer aquel acto que me humillaba tanto viniéndome de ella. Es eso todo lo que se me ocurrió. Ella se retiró y escondió la cabeza para que no la viera, pero en la mano me dejó una humedad de dolorosas lágrimas. Luego su silueta se fue evaporando entre la mezcla de sombras y penumbras de polvo amarillento que inundan el pasillo cuando cae la tarde. Esta imagen no se me fue de la cabeza durante toda la misa que oficié a las nueve; la que digo a diario para las religiosas. Era como el vapor de una gran perola que estuviera cociendo sobre un fogón eterno.


Y él se dice:

Pero vamos a ver: “¿Es que es tan importante que tú metas el cuezo en uno de esos libros?”, me pregunto, una y otra vez, a mí mismo. Y me quedo sin habla y sin respuesta como un colegial cogido en un trance in fraganti. Pero acto seguido, un nubarrón airado, como una mancha de tinta vertida sobre el cielo, va tiñendo de los tonos amables de la justificación mis dudas y quebrantos. Y es que, en cuanto entro en el dichoso archivo, los ojos se me van al estante prohibido como el gato a la jaula del canario amarillo que, procaz, le incita con su revoloteo y su trinar de ángeles. No, no es sólo una tentación cercana al sedoso banquete de la carne rijosa, es algo diferente: una llamada, una invitación; un flujo que me arrastra y me lleva como dicen que encandiló a Ofelia el efluvio amoroso que exhalaba de Hamlet. No, no es como la punzada glotona de la gula, o la rijosa incontinencia del sexo, o cualquiera de los placeres que nos zarandean a posta y a diario con su evanescencia de alhajas luminosas y telas orientales. Ni como el aguijón de la codicia o la envidia que obsesiona y demencia al tragaldabas ambicioso de glorias o riquezas. Ni siquiera como el retén del miedo o la debilidad, que lleva a los humanos, para preservarse, a las viles bajezas que obran en traición o denuncian a amigos. Debo decir, y creo con sinceridad no equivocarme, que se trata de algo bueno y positivo, pese a los sospechosos aromas y fragancias que lo envuelven y tiñen. Mas, la pregunta se yergue ante mí con la rotunda desmesura y la majestuosidad de un pílono egipcio que preside la entrada de un fabuloso templo en medio del desierto: ¿Pero cómo puede contenerse en aquel lugar, reñido y repudiado por la Iglesia de nuestro Salvador y Señor que todo lo contempla, algo que a mí me concite y reclame de ese modo la intriga y hasta el hambre de vida? ¡Caray, caray!, que cosa tan difícil es esto de emparejar dentro de uno mismo sentires con pensares y, éstos, casarlos con actos y conciencia. 


Bueno. Ahora volvamos un poco hacia atrás. No es por mortificarte, es para que nos entiendan. Y es que se hace preciso aportar nuevas pistas. Y como quiera que también yo obro cual tu insigne memoria..., pues, ánimo y hablemos. Tenías once años. En aquel seminario. Más de la media noche. Tal vez, todos dormían.

El incidente fue un magnífico escándalo que a ti te dejó sumido en la miseria durante muchas jornadas, Sí, Mucho más que la vergüenza o la dureza del castigo, fue algo que me desvencijó y derruyó por dentro, De pronto, resultó como si se me extraviaran los cuatro puntos cardinales y todo perdiera su lugar y su orden en mi precario mundo, El caos tan temido en el antiguo Egipto, tomó corporeidad y se instaló en mi vida ¿Tal vez como si alguien diera un puñetazo sobre tu juego de piezas encastradas, y el dibujo de ti mismo saltara por los aires sin posibilidades de recuperación alguna? Sí, algo así, ¿Te resultó tan duro? Pues claro, En un principio, porque no comprendía cuál era mi delito, Además, creo entender que todo te sobrevino de una forma tan súbita...; tan inesperadamente, y de forma tan brutal y violenta, ¿No puedes olvidarlo? No quiero olvidarlo, ¿Rencor a estas alturas? No, ¡qué bah!; simplemente, marca imborrable de crueldad y de injusticia gratuitas que la piel del corazón conserva y no deja borrarse, Cuando alguien te agrede, lo menos importante es el dolor; me refiero a lo físico, Lo realmente tremendo es descubrir que eres agredible; en suma: vulnerable, Tomar conciencia de que eres una piltrafa a merced de los otros y de sus meros impulsos, y de sus bajos caprichos, y de su crueldad lúdica y gratuita, De pronto, tu dignidad se difumina, y el concepto impreso desde siempre en tu ser como “rey y señor de no se sabe qué” se volatiliza y se hace pavesa o gota de agua que cae sobre un charco de fango putrefacto, No eres nada ni nadie, ni siquiera ante ti, ¿Lo entiendes? Pues claro que lo entiendo, Nada ni nadie y, además, estás solo, Más solo que lo que nunca te habías encontrado, La auténtica intemperie; el suelo moviéndose a tus plantas; el vértigo infinito.


-Déjame. Prosigo yo. Te aliviaré del trago de contar lo ocurrido.
-Gracias.
-Tienes bien por qué dármelas.
-Claro que hay por qué.

El golpe fue tremendo. Lo primero que sintió fue cómo si su cabeza le estuviera estallando encajada entre dos grandes lanchas de granito candente. Se le nubló la vista y en la boca noto un sabor dulce y salobre mezclado al mismo tiempo. Un aguijón de acero le traspasó el oído, como el chillido largo de un animal herido. Fue como si el mundo adyacente se le desorientara, convulso y delirante, entre la oscuridad de un apagón de estrellas. Entonces, su luciérnaga, aquella linterna niquelada que era su particular faro de Alejandría, saltó despavorida y resbaló, infinita, por aquellas baldosas limpias y descarnadas. Y, con sórdido estrépito, fue a estrellarse contra la multitud de patas de camastros, hasta reventar contra el zócalo frío, que la paró perplejo. Al final, un leve sonido de metal y cristales, y al instante dejó de lucir la candileja amiga. Mientras, a él, perplejo y aterrado, alguien le oprimía el cuello, tirándole con violencia del revuelto pijama, como si quisiera en verdad ahogarlo de un golpe y para siempre.  

             Sin darle tiempo a calzarse siquiera, aquella mano lo sacó de la cama a empellones. Sintió el suelo frío, y temió que el pie calzado de su aprehensor le pisara en el transcurso de la convulsa marcha. Aquella mano lo llevó, en andas y volandas, pasillo adelante, dándole golpes en el cuello y empujones, en un zarandeo ofensivo de pingajo de trapos. Y, ya en los aseos, en la penumbra gris herida con brillos y reflejos de espejos y pilas de lavabos de perenne goteo, aquella mano, a la que seguía una figura negra, furiosa y más descomunal que nunca (Pues el furor agranda siempre al furibundo), lo hincó con violencia de hinojos, y le dio un último tortazo que le abrasó la cara como una llamarada de  fuego justiciero traído del infierno. “Esto para que aprendas. Y mañana ya te daré lo que te corresponde.”


-¿Hablamos? O, bueno, te pregunto y, si quieres, contestas.
-Haré lo que se pueda.

¿Lloraste en soledad la noche entera?, Sí: me quemaban las lágrimas como ácido cáustico, Me ardían sus surcos por la mejilla abajo como hilos de lava. Me mojaban el cuello y se mezclaban con un temblor de frío y de fiebre aunadas, Entonces me di cuenta de que aquel sabor dulce y salado entre mis labios era el sabor de la sangre fluyendo de mi trémula boca, Poco a poco, el labio se te fue entumeciendo en una masa acre y carente de vida; un adormecimiento de cartón o de corcho, Me pasé la mano por la boca y noté el tacto seroso de la saliva negra, Entre la penumbra asustada, yo vi que también se me habían manchado las manos y el pijama, En la opacidad infausta de aquella estancia, la mancha era negra como de pez licuada, Allí estaban, vigías insistentes, los grifos niquelados, Algunos goteaban, como el residuo de un llanto sin posible consuelo, Podías percibir el frescor de sus salpicaduras sobre las perennes piletas, patinadas de un escupir constante, El silencio era como una gran herida sin posible consuelo, No me atreví ni a beber ni a lavarme; estaba de rodillas, Me ahogaba aquel olor eterno a orines y a lejía que colmaba el ambiente, como un éter que fuera a asfixiarme, A la cabeza me acudían algunos versos negros de Dante Alighieri, que iba tragándome yo embebidos en lágrimas y penar irredento, Noté que me orinaba sin poder remediarlo, Algo en mí clamaba un poco de piedad y justicia, y lo hacía aflojando mi cuerpo en una muestra de humildad infinita y de desvalimiento, A los once años el desamparo es siempre infinito, Una luz de cristales helados se asomaba detrás de las ventanas para acompañar con frío mi desdicha, ¿Buscaste la uña de plata de la luna?, Sí, pero no la encontré, Sólo su resplandor gélido y aséptico, lejano e infinito, brillaba tras los vidrios, Creo haber visto pasar nuevamente la sombra del maestro con algo entre sus manos; tal vez fuera el triunfo de su autoridad; las pruebas tronchadas de mi crimen, Sí, claro: era tu libro y la linterna rota; las pruebas concluyentes de tu culpa y tu crimen, Un terror sin medida me ocupó por entero como un calambre que me inmovilizara; aquél era el final, Sin embargo, junto a tu miedo, había algo que seguía sustentando tu rebeldía innata, Pasara lo que fuera, jamás podría renunciar a aquel sustento de mi imaginación, No, jamás podría hacerlo aunque lo pretendiera, Renunciar a ello era igual que morir de repente, Mi imaginación me sacaba de allí, de aquel pozo protervo, Ella me ofrecía una liberación que me era indispensable como el agua o el aire, Aquel lugar era un hoyo de terror y de culpa, Un lugar en el que la amargura era el agua que saciaba el ahogo, Dios era un monstruo que nos atenazaba, La vida un erial de lágrimas perpetuas, El cielo una conquista de creyentes fanáticos, Y yo, un pobre miserable, Yo podía obedecer en todo, aceptar los castigos, la rudeza ascética de una vida severa, trabajos, e incluso, golpes y humillaciones, cualquier cosa siempre que pudiera seguir imaginando; inventando otra vida, viviendo otros espacios. Aguanté cuanto pude de rodillas y, luego, creo que me fui derrumbando sobre mis dos talones en medio de un abatimiento en las manos del protector Morfeo,”




Prosigue; que el vómito libera.

Al día siguiente, cuando sonaron las palmadas, yo aún estaba allí hundido en la miseria. Estaba dolorido y la cabeza me pesaba como un fardo de tierra. Una enorme pereza me invadía el alma, y la memoria me traía recuerdos, cual talegos a rastra. Tal vez fuera la dejadez y el desvalimiento que debe ocupar el cuerpo de los ya desahuciados. Vi llegar a mis compañeros, torpes y soñolientos, sacados a palmadas de su nirvana amable. Sentí cómo ellos me miraban curiosos y a hurtadillas. Incluso con lástima y con miedo, Algunos se habrían despertado al producirse el alboroto de mi vil prendimiento, y vuelto a dormirse entre la confusión amenazante de una pesadilla de irreales contornos. Otros se enteraban entonces, entre medias palabras y miradas interrogantes de unos hacia otros. Vi terror, ironía, perplejidad, cariño; todo el abanico del sentimiento humano mostrados sobre el alineado panel de plata de los lisos espejos. Nunca se es tan cruel ni tan espléndido como cuando se es todavía un muchacho y el terror nos visita. Nada aúna tanto como aúna el miedo. A mi alrededor había manchas de babas, de orines y de sangre; la luz me denunciaba con su verdad impúdica. Allí aparecía todo lo necesario para que mi humillación no tuviera resquicios ni refugios posibles. Mi cama estaba desvencijada; la ropa por el suelo y el lecho revuelto y surcado de arrugas y un vacío violento, suspendido en el tiempo como un fotograma. -Nunca más he permitido que alguien vea mi lecho sin estar recompuesto-.  

            Durante el tiempo que duró el aseo de mis compañeros, el maestro no me dirigió ni ojos ni palabras. Fue como si no existiera. Era así como me condecoraba con el broche inculpador de toda su ignominia. Para un penado, ese cinismo resulta insoportable. Pero el castigo debía pasar previamente por aquella situación terrible y humillante. Había que inventar la tragedia, Y la teatralidad, en eso, era imprescindible. Inventar el pecado para luego ejercer la autoridad inhumana e indigna de poder perdonarlo. Y para hacer real el burdo fraude, había que cargarlo de detalles terribles que dieran realismo e impresionaran para siempre las mentes tiernas de los tiernos impúberes. A través de la culpa se dominaba el mundo. Tatuarlo en el ser era asegurarse el poder infinito; dominar a la recua. ¿Era aquello el fortalecimiento a través del dolor inicuo y excesivo? Aguanté como pude, mirando al suelo y tratando de ocultar mi labio inflamado, que daba a mi cara un aspecto grotesco, y mis lágrimas gruesas, que, autónomas, seguían escapándoseme como un fluir sereno que jamás pudiera detenerse. Cuando el llanto es callado y a escondidas es mucho más terrible, Tal vez porque pierde todos los apoyos escénicos que pueden mitigarlo. Cuando las lágrimas resbalan por un surco reseco abrasan más por dentro aunque no lo parezca.  

            Cuando el resto de mis compañeros abandonó el dormitorio para bajar a la iglesia, el padre me ordenó que me vistiera y me lavara rápido. Tenía seis minutos para poder hacerlo. Seis minutos. ¿Por qué seis? Cuando intenté incorporarme se me quebraron las piernas y pensé que no podría llegar a sustentarme en posición erecta. Luego, el calambre fue cediendo y, precavido, recobré la confianza en la normalidad del paso.  

            El contacto con el agua me escoció en la mejilla, pero dejé un rato la cabeza bajo aquel chorro vivificador de hielo inclemente. Lloré con libertad entre el fluir refrescador del agua. Después fui dejando que mi cara se fuera arrastrando, poco a poco, hasta ir ocupando el centro en el bruñido espejo. Me miré, y miré aquella última huella de llanto que seguía cortándome el rostro atormentado. El mundo parecía continuar su marcha,  y mi pena parecía no importarle a nadie.  

            En la capilla, se me empujó al lugar reservado para los penitentes. Y por todos los bancos noté cómo corría la lacerante noticia de mi falta y mi culpa, agrandada sin duda por el confuso humo de rumores y chismes. El seminario entero recibió así la desorientada información de mi acto innombrable: “yo leía libros en el dormitorio cuando todos dormían”. “¿Qué libros serían esos?”. “Seguramente indecencias y obscenas liviandades; alimentos del diablo”. Y, tras aquel asedio de expiación en público, todos nos dispusimos a asistir al diario y santo sacrificio de la sagrada Misa.





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