Pongamos el oído pegado a la pared para no
perturbarlo, y oigamos qué masculla mi amigo inseparable.
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Ayer vino a visitarme la buena de la Emilia. Venía con
el morro fruncido de raposa; enarbolando un talante marchito y algo
displicente, como de día ventoso de tiempo de calendas. Es la primera vez que
nos topamos desde hace tres meses. Al principio, traía actitud miliciana, pero
después fue diluyéndose como sal en el agua. Lo nuestro fue un combate sin
hierros ni lesiones; el que necesitamos para guardar las formas. La encontré
aseada como para una boda, pero algo transpuesta y un poco arenosa, aunque ella
tratara a todo trance de ocultarme semejante aspereza. Venía remisa, como si
viniera a asuntos legales y no a visitar a un amigo con quien se ha convivido y
trazado afectos y alianzas durante tantos años. Yo estuve en mi lugar;
impasible y completo, como si nada me quebrantara el ánimo ni la echara de
menos. Un santo en su hornacina no se hubiera mantenido tan tieso y tan
decente. He de hacerlo así, de lo contrario, capaz hubiera sido de ponerme a
llorar como las criaturas. Me contó algunas noticias de El Canchal, pero yo hice,
a cuanto pude, oídos sordos, para que el ánimo no se me derrumbara. Y cuando
comenzaba a hablarme del cura que me ha sustituido le puse punto en boca para
que no siguiera. El recordar me reblandece el ser y me pone los sentires
melosos y aflojados. Me insistió en que debía ir algún día por allí, a hacer
una visita, por la fiesta del Cristo o el día de “La Pura”. Pues, al parecer, a
los del pueblo no les había gustado que me fuera de aquel modo inaudito, sin
homenajes ni adioses plañideros. “Cuidao como es usted, después de tantos años
y ni un mal hastaluego ni unas bendiciones. Tal pareciera que le hemos sido
unas gentes faltonas o le debemos algo”. Yo no le di excusas ni le entré al
capote, y pasé a otra cosa. De por aquí, le conté lo que es imprescindible.
Está visto que sólo sé soportar mi soledad con sequedad ascética y un rigor
enconado, que difícilmente puede entenderse desde mente de otro. Hubo momentos
de bélicos silencios y miradas sin ojos. Cuando llegó el instante de entrar en despedidas, su vejez se me impuso con la
terca ironía de un retrato anticuado colgado en una sala. Ese retrato sepia que
hace que el sujeto conviva, sin frío ni calor, entre todos nosotros. Ese
retrato que, con mutismo irónico, se entromete en nuestra vida como un vigía tozudo
que todo lo sanciona y supervisa desde el sitial del muro. Nunca me había
fijado en sus hombros cansados, ni en su moño de guedejas canosas, ni en su
andar costoso de caderas torcidas por llevar las barreñas durante tantos años.
Quizás porque nunca la había observado andando con otro calzado que no fueran
sus zapatillas viejas. Aquí no caminaba como lo hacía en casa. Se me hizo tan
extraño verla llevando bolso; un viejo ejemplar de los tiempos de Maura.
“Con Dios, Emilia”, le dije. “Quede
usted con Él mismo”, me respondió, cual ese fogonazo fofo con el que
rematáramos un combate con resultado en tablas. Ya iba a
salir, pero, sin previo aviso, se volvió encorvada y me agarró y me besó la
mano mientras que se inclinaba en una reverencia. Aquello fue un golpe rematado
a traición; el engaño mezquino de un matón de taberna vestido de aldeana. Yo no
supe qué hacer, pues me pilló in albis.
“Bueno, bueno, Emilia. Anda. Anda”, y levanté la mano para que se alzara y
dejara de hacer aquel acto que me humillaba tanto viniéndome de ella. Es eso
todo lo que se me ocurrió. Ella se retiró y escondió la cabeza para que no la
viera, pero en la mano me dejó una humedad de dolorosas lágrimas. Luego su
silueta se fue evaporando entre la mezcla de sombras y penumbras de polvo
amarillento que inundan el pasillo cuando cae la tarde. Esta imagen no se me
fue de la cabeza durante toda la misa que oficié a las nueve; la que digo a
diario para las religiosas. Era como el vapor de una gran perola que estuviera
cociendo sobre un fogón eterno.
Y él se dice:
Pero vamos a ver: “¿Es que es tan importante que tú
metas el cuezo en uno de esos libros?”, me pregunto, una y otra vez, a mí
mismo. Y me quedo sin habla y sin respuesta como un colegial cogido en un
trance in fraganti. Pero acto seguido, un nubarrón airado, como una mancha de
tinta vertida sobre el cielo, va tiñendo de los tonos amables de la
justificación mis dudas y quebrantos. Y es que, en cuanto entro en el dichoso
archivo, los ojos se me van al estante prohibido como el gato a la jaula del
canario amarillo que, procaz, le incita con su revoloteo y su trinar de
ángeles. No, no es sólo una tentación cercana al sedoso banquete de la carne
rijosa, es algo diferente: una llamada, una invitación; un flujo que me
arrastra y me lleva como dicen que encandiló a Ofelia el efluvio amoroso que
exhalaba de Hamlet. No, no es como la punzada glotona de la gula, o la rijosa
incontinencia del sexo, o cualquiera de los placeres que nos zarandean a posta
y a diario con su evanescencia de alhajas luminosas y telas orientales. Ni como
el aguijón de la codicia o la envidia que obsesiona y demencia al tragaldabas
ambicioso de glorias o riquezas. Ni siquiera como el retén del miedo o la
debilidad, que lleva a los humanos, para preservarse, a las viles bajezas que
obran en traición o denuncian a amigos. Debo decir, y creo con sinceridad no
equivocarme, que se trata de algo bueno y positivo, pese a los sospechosos
aromas y fragancias que lo envuelven y tiñen. Mas, la pregunta se yergue ante
mí con la rotunda desmesura y la majestuosidad de un pílono egipcio que preside
la entrada de un fabuloso templo en medio del desierto: ¿Pero cómo puede
contenerse en aquel lugar, reñido y repudiado por la Iglesia de nuestro
Salvador y Señor que todo lo contempla, algo que a mí me concite y reclame de
ese modo la intriga y hasta el hambre de vida? ¡Caray, caray!, que cosa tan
difícil es esto de emparejar dentro de uno mismo sentires con pensares y,
éstos, casarlos con actos y conciencia.
Bueno. Ahora volvamos un poco hacia atrás. No es por
mortificarte, es para que nos entiendan. Y es que se hace preciso aportar
nuevas pistas. Y como quiera que también yo obro cual tu insigne memoria...,
pues, ánimo y hablemos. Tenías once años. En aquel seminario. Más de la media
noche. Tal vez, todos dormían.
El incidente fue un magnífico escándalo que a ti te
dejó sumido en la miseria durante muchas jornadas, Sí, Mucho más que la
vergüenza o la dureza del castigo, fue algo que me desvencijó y derruyó por
dentro, De pronto, resultó como si se me extraviaran los cuatro puntos
cardinales y todo perdiera su lugar y su orden en mi precario mundo, El caos
tan temido en el antiguo Egipto, tomó corporeidad y se instaló en mi vida ¿Tal
vez como si alguien diera un puñetazo sobre tu juego de piezas encastradas, y
el dibujo de ti mismo saltara por los aires sin posibilidades de recuperación
alguna? Sí, algo así, ¿Te resultó tan duro? Pues claro, En un principio, porque
no comprendía cuál era mi delito, Además, creo entender que todo te sobrevino
de una forma tan súbita...; tan inesperadamente, y de forma tan brutal y
violenta, ¿No puedes olvidarlo? No quiero olvidarlo, ¿Rencor a estas alturas?
No, ¡qué bah!; simplemente, marca imborrable de crueldad y de injusticia
gratuitas que la piel del corazón conserva y no deja borrarse, Cuando alguien
te agrede, lo menos importante es el dolor; me refiero a lo físico, Lo
realmente tremendo es descubrir que eres agredible; en suma: vulnerable, Tomar
conciencia de que eres una piltrafa a merced de los otros y de sus meros
impulsos, y de sus bajos caprichos, y de su crueldad lúdica y gratuita, De
pronto, tu dignidad se difumina, y el concepto impreso desde siempre en tu ser
como “rey y señor de no se sabe qué” se volatiliza y se hace pavesa o gota de
agua que cae sobre un charco de fango putrefacto, No eres nada ni nadie, ni
siquiera ante ti, ¿Lo entiendes? Pues claro que lo entiendo, Nada ni nadie y,
además, estás solo, Más solo que lo que nunca te habías encontrado, La
auténtica intemperie; el suelo moviéndose a tus plantas; el vértigo infinito.
-Déjame. Prosigo yo. Te aliviaré del trago de contar lo ocurrido.
-Gracias.
-Tienes bien por qué dármelas.
-Claro que hay por qué.
El golpe fue tremendo. Lo primero que sintió fue cómo
si su cabeza le estuviera estallando encajada entre dos grandes lanchas de
granito candente. Se le nubló la vista y en la boca noto un sabor dulce y
salobre mezclado al mismo tiempo. Un aguijón de acero le traspasó el oído, como
el chillido largo de un animal herido. Fue como si el mundo adyacente se le
desorientara, convulso y delirante, entre la oscuridad de un apagón de
estrellas. Entonces, su luciérnaga, aquella linterna niquelada que era su
particular faro de Alejandría, saltó despavorida y resbaló, infinita, por
aquellas baldosas limpias y descarnadas. Y, con sórdido estrépito, fue a
estrellarse contra la multitud de patas de camastros, hasta reventar contra el
zócalo frío, que la paró perplejo. Al final, un leve sonido de metal y
cristales, y al instante dejó de lucir la candileja amiga. Mientras, a él,
perplejo y aterrado, alguien le oprimía el cuello, tirándole con violencia del
revuelto pijama, como si quisiera en verdad ahogarlo de un golpe y para
siempre.
Sin darle tiempo a calzarse siquiera, aquella
mano lo sacó de la cama a empellones. Sintió el suelo frío, y temió que el pie
calzado de su aprehensor le pisara en el transcurso de la convulsa marcha.
Aquella mano lo llevó, en andas y volandas, pasillo adelante, dándole golpes en
el cuello y empujones, en un zarandeo ofensivo de pingajo de trapos. Y, ya en
los aseos, en la penumbra gris herida con brillos y reflejos de espejos y pilas
de lavabos de perenne goteo, aquella mano, a la que seguía una figura negra,
furiosa y más descomunal que nunca (Pues el furor agranda siempre al
furibundo), lo hincó con violencia de hinojos, y le dio un último tortazo que
le abrasó la cara como una llamarada de
fuego justiciero traído del infierno. “Esto para que aprendas. Y mañana
ya te daré lo que te corresponde.”
-¿Hablamos? O, bueno, te pregunto y, si quieres,
contestas.
-Haré lo que se pueda.
¿Lloraste en soledad la noche entera?, Sí: me quemaban las lágrimas
como ácido cáustico, Me ardían sus surcos por la mejilla abajo como hilos de
lava. Me mojaban el cuello y se mezclaban con un temblor de frío y de fiebre
aunadas, Entonces me di cuenta de que aquel sabor dulce y salado entre mis
labios era el sabor de la sangre fluyendo de mi trémula boca, Poco a poco, el
labio se te fue entumeciendo en una masa acre y carente de vida; un adormecimiento
de cartón o de corcho, Me pasé la mano por la boca y noté el tacto seroso de la
saliva negra, Entre la penumbra asustada, yo vi que también se me habían
manchado las manos y el pijama, En la opacidad infausta de aquella estancia, la
mancha era negra como de pez licuada, Allí estaban, vigías insistentes, los
grifos niquelados, Algunos goteaban, como el residuo de un llanto sin posible
consuelo, Podías percibir el frescor de sus salpicaduras sobre las perennes
piletas, patinadas de un escupir constante, El silencio era como una gran
herida sin posible consuelo, No me atreví ni a beber ni a lavarme; estaba de
rodillas, Me ahogaba aquel olor eterno a orines y a lejía que colmaba el
ambiente, como un éter que fuera a asfixiarme, A la cabeza me acudían algunos
versos negros de Dante Alighieri, que iba tragándome yo embebidos en lágrimas y
penar irredento, Noté que me orinaba sin poder remediarlo, Algo en mí clamaba
un poco de piedad y justicia, y lo hacía aflojando mi cuerpo en una muestra de
humildad infinita y de desvalimiento, A los once años el desamparo es siempre
infinito, Una luz de cristales helados se asomaba detrás de las ventanas para
acompañar con frío mi desdicha, ¿Buscaste la uña de plata de la luna?, Sí, pero
no la encontré, Sólo su resplandor gélido y aséptico, lejano e infinito,
brillaba tras los vidrios, Creo haber visto pasar nuevamente la sombra del
maestro con algo entre sus manos; tal vez fuera el triunfo de su autoridad; las
pruebas tronchadas de mi crimen, Sí, claro: era tu libro y la linterna rota;
las pruebas concluyentes de tu culpa y tu crimen, Un terror sin medida me ocupó
por entero como un calambre que me inmovilizara; aquél era el final, Sin
embargo, junto a tu miedo, había algo que seguía sustentando tu rebeldía
innata, Pasara lo que fuera, jamás podría renunciar a aquel sustento de mi
imaginación, No, jamás podría hacerlo aunque lo pretendiera, Renunciar a ello
era igual que morir de repente, Mi imaginación me sacaba de allí, de aquel pozo
protervo, Ella me ofrecía una liberación que me era indispensable como el agua
o el aire, Aquel lugar era un hoyo de terror y de culpa, Un lugar en el que la
amargura era el agua que saciaba el ahogo, Dios era un monstruo que nos
atenazaba, La vida un erial de lágrimas perpetuas, El cielo una conquista de
creyentes fanáticos, Y yo, un pobre miserable, Yo podía obedecer en todo,
aceptar los castigos, la rudeza ascética de una vida severa, trabajos, e
incluso, golpes y humillaciones, cualquier cosa siempre que pudiera seguir
imaginando; inventando otra vida, viviendo otros espacios. Aguanté cuanto pude
de rodillas y, luego, creo que me fui derrumbando sobre mis dos talones en
medio de un abatimiento en las manos del protector Morfeo,”
Prosigue; que el vómito libera.
Al día siguiente, cuando sonaron las palmadas, yo aún
estaba allí hundido en la miseria. Estaba dolorido y la cabeza me pesaba como
un fardo de tierra. Una enorme pereza me invadía el alma, y la memoria me traía
recuerdos, cual talegos a rastra. Tal vez fuera la dejadez y el desvalimiento
que debe ocupar el cuerpo de los ya desahuciados. Vi llegar a mis compañeros,
torpes y soñolientos, sacados a palmadas de su nirvana amable. Sentí cómo ellos
me miraban curiosos y a hurtadillas. Incluso con lástima y con miedo, Algunos
se habrían despertado al producirse el alboroto de mi vil prendimiento, y
vuelto a dormirse entre la confusión amenazante de una pesadilla de irreales
contornos. Otros se enteraban entonces, entre medias palabras y miradas
interrogantes de unos hacia otros. Vi terror, ironía, perplejidad, cariño; todo
el abanico del sentimiento humano mostrados sobre el alineado panel de plata de
los lisos espejos. Nunca se es tan cruel ni tan espléndido como cuando se es
todavía un muchacho y el terror nos visita. Nada aúna tanto como aúna el miedo.
A mi alrededor había manchas de babas, de orines y de sangre; la luz me
denunciaba con su verdad impúdica. Allí aparecía todo lo necesario para que mi
humillación no tuviera resquicios ni refugios posibles. Mi cama estaba
desvencijada; la ropa por el suelo y el lecho revuelto y surcado de arrugas y
un vacío violento, suspendido en el tiempo como un fotograma. -Nunca más he
permitido que alguien vea mi lecho sin estar recompuesto-.
Durante el tiempo que duró el aseo
de mis compañeros, el maestro no me dirigió ni ojos ni palabras. Fue como si no
existiera. Era así como me condecoraba con el broche inculpador de toda su
ignominia. Para un penado, ese cinismo resulta insoportable. Pero el castigo
debía pasar previamente por aquella situación terrible y humillante. Había que
inventar la tragedia, Y la teatralidad, en eso, era imprescindible. Inventar el
pecado para luego ejercer la autoridad inhumana e indigna de poder perdonarlo.
Y para hacer real el burdo fraude, había que cargarlo de detalles terribles que
dieran realismo e impresionaran para siempre las mentes tiernas de los tiernos
impúberes. A través de la culpa se dominaba el mundo. Tatuarlo en el ser era
asegurarse el poder infinito; dominar a la recua. ¿Era aquello el
fortalecimiento a través del dolor inicuo y excesivo? Aguanté como pude,
mirando al suelo y tratando de ocultar mi labio inflamado, que daba a mi cara
un aspecto grotesco, y mis lágrimas gruesas, que, autónomas, seguían
escapándoseme como un fluir sereno que jamás pudiera detenerse. Cuando el
llanto es callado y a escondidas es mucho más terrible, Tal vez porque pierde
todos los apoyos escénicos que pueden mitigarlo. Cuando las lágrimas resbalan
por un surco reseco abrasan más por dentro aunque no lo parezca.
Cuando
el resto de mis compañeros abandonó el dormitorio para bajar a la iglesia, el
padre me ordenó que me vistiera y me lavara rápido. Tenía seis minutos para
poder hacerlo. Seis minutos. ¿Por qué seis? Cuando intenté incorporarme se me
quebraron las piernas y pensé que no podría llegar a sustentarme en posición
erecta. Luego, el calambre fue cediendo y, precavido, recobré la confianza en
la normalidad del paso.
El
contacto con el agua me escoció en la mejilla, pero dejé un rato la cabeza bajo
aquel chorro vivificador de hielo inclemente. Lloré con libertad entre el fluir
refrescador del agua. Después fui dejando que mi cara se fuera arrastrando,
poco a poco, hasta ir ocupando el centro en el bruñido espejo. Me miré, y miré
aquella última huella de llanto que seguía cortándome el rostro atormentado. El
mundo parecía continuar su marcha, y mi
pena parecía no importarle a nadie.
En la
capilla, se me empujó al lugar reservado para los penitentes. Y por todos los
bancos noté cómo corría la lacerante noticia de mi falta y mi culpa, agrandada
sin duda por el confuso humo de rumores y chismes. El seminario entero recibió
así la desorientada información de mi acto innombrable: “yo leía libros en el
dormitorio cuando todos dormían”. “¿Qué libros serían esos?”. “Seguramente
indecencias y obscenas liviandades; alimentos del diablo”. Y, tras aquel asedio
de expiación en público, todos nos dispusimos a asistir al diario y santo
sacrificio de la sagrada Misa.
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