APROXIMACION A LA HISTORIA DE ONEH
EL DIOS AMORDAZADO
***
Yo, el Señor del
Viento y de la Danza, el que siempre he preexistido y nunca fui avistado ni por
sabios, ni por cautos furtivos, ni por paciente estoico, tomo ahora entre mis
manos las arenas rojas del desierto que tallan las palabras que no se borran
nunca. Las palabras eternas que fluyen y reverberan como lo hace Sirio desde el
siempre del siempre. Y con ellas, como una masa tierna, reconstruyo los
prístinos días de Kemit. Aquellos días que viajan ya sin fin hacia el futuro
embozados en la silente caravana del polvo y los misterios. Porque yo, igual
hago silbar al tiempo entre los “tanka” del gélido Himalaya, que entretejo
guirnaldas de sucesos vehementes y encendidos en la Troya de Príamo, o arqueo y
contorsiono cuerpos hasta el paroxismo en un barrio porteño de pasiones y
tango, o ensarto los arriesgados trancos de aquel chino funámbulo en un circo
ambulante, o trabo y enjareto -por un instante sólo- las manos que se alejan de
nuevo entre la rueda lúdica del giro más dulce y más infausto de la cruel
Verona de Julieta y Romeo. Porque soy yo quien ato las miradas, o tejo los
encuentros, o suscito anhelos y ficciones que siempre resultan etéreas y
ensoñadas, lo mismo que hago que todo, al fin, mute en una danzaycontradanza
que no tiene principios ni finales posibles. Y es que “la rueda” lo preside y
administra todo. Y todo es eternamente cíclico. Y nada se crea, ni se inventa,
ni nace, ni arde, ni muda, ni fenece. Todo no es sino minúscula partícula presa
en una gran vorágine sobre la que sólo yo aliento y me complazco. Y nadie me
conoce a ciencia cierta, y yo nunca me escondo. Y quien dice lo contrario,
miente cínicamente y embusta y os engaña. Y quien se atreve a precisarme,
yerra. Y quien me expende o me utiliza, delinque y es canalla. Y quien me iza
como su vil bandera, injuria a los demás
y les usurpa su derecho a mí. Porque yo no soy de nadie en exclusiva, y en todo
me defiero, y aliento, y resucito porque nunca he muerto, y a todos pertenezco,
y nadie me posee, enjaula o define.
Se
sintió Manuel como un niño a quien se hubiera pillado comiendo chocolate, y se
dispuso de inmediato a liberar a Dios de sus cadenas. Pues que, de pronto, le
pareció que Éste le reclamaba vital independencia. No, su Dios no debía ser
aquél encastrado a la fuerza en su alma.
Y como si algo le quemara entre las propias manos, procedió a soltarlo, puesto
que pensó que no se pertenecían hasta no conocerse. Comenzó a mirarlo entonces
como a un extraño; como a alguien ante cuya presencia estuviera él por vez
primera. Es así como, de nuevo, comenzó a buscarlo y a acercarse a Él.
Leyó un poco más y se quedó perplejo: una historia de Egipto. ¿Qué era todo aquello? Un sudor frío le recorrió el cuerpo y únicamente se le ocurrió mirarse asustado a sus manos de posible culpable. ¿Pero culpa de qué? Una y otra yacían a ambos lados de aquel misterioso volumen. Y una y otra, como toda respuesta ante la enorme duda, se limitaron, inocentes y autómatas, a mostrarle sus palmas en corroboración de toda su inocencia. No, aquel no era “Los ensueños del Nilo”, pero algo proclamaba una conexión íntima y misteriosa. Una vez más, el país del gran río y el enorme desierto volvía a su vida. El agua y la arena; el fluir infinito y la quietud inmensa; los dos parámetros de la existencia humana.
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