EL CLAMOR SIN PALABRAS
***
Un día, al
fin, el último de los transportadores estuvo situado convenientemente sobre el
río. La flota era inmensa; igual que si un ejército completo fuera a
trasladarse con todo su bagaje de carros y armamento. Entonces se dio la orden
de izar las grandes velas. Los paños reales de un color azul muy claro se
tendieron al viento y éste los insufló en una sucesión de redondeces ondulantes
y mórbidas, hasta que, al fin, quedaron bien sujetos. El enorme cargamento real
podía ya partir. Íbamos a navegar contra corriente y sólo el hálito del viento
podría aliviar el esfuerzo de nuestros corpulentos remeros. La expedición se
anunciaba larga y claramente difícil. Pero nunca la supuse tan ardua como al
fin resultó. El traslado de aquella ingente cantidad de selectas y pesadas
piezas requería esfuerzo, pericia y hasta un buen grado de sensibilidad para
realizar maniobras.
Me despedí de Uedje y Naú una mañana
tórrida del mes de mesoré. Estábamos ya muy cerca de los cinco días epagómenos,
en los que se conmemora el nacimiento de Osiris, Horus, Set, Isis y Neftis,
cuando nuevamente aparece en el cielo rutilante la hermosa estrella Sothis,
tras haber permanecido oculta en el seno del orbe por sesenta misteriosas
jornadas. Era pues el tiempo en el que se corona y finaliza el Chemu o época de
la recolección. Y, aquel año, aunque la cosecha no había sido excepcional, el
país entero hervía en fiestas de agradecimiento. Tal vez lo hacíamos porque,
cuando el don recibido no es muy abundante, la necesidad de agradecimiento se
hace más perentoria.
Creí ingenuamente que mi espíritu
soportaría con entereza aquel adiós, que ciertamente cerraba uno de los
períodos más trascendentes de mi vida, pero que de nuevo me conducía al lado de
Merit, a quien, repentinamente, ansiaba con todos mis sentidos. Pero en el
último instante, cuando el navío en el que yo viajaba comenzó lentamente a
separarse del muelle, para seguir al que le precedía llevado por los denodados
impulsos de los paleadores, tuve que ocultar mi mirada. Sentí cómo los ojos se
me vidriaban y una congoja terca me oprimió por dentro. Una gran desolación me
rodeaba y un afecto inmenso tendía hilos invisibles desde mí hasta aquellos dos
hombres que inmóviles en el embarcadero me agitaban sus manos, o se inclinaban
colocándolas sobre sus rodillas, en señal de verdadero afecto. Supe entonces
que jamás volvería a ver a Uedje. Lo supe a través de uno de esos mensajes
interiores que el corazón nos entrega y que jamás resultan un error. Por eso,
cuando las lágrimas me lo permitieron, fijé mi mirada en la delgada figura del
maestro y, sin quitarla de él, fui dejando que ésta se fuera haciendo cada vez
más pequeña, hasta que sólo fue un punto que se fundió en sí mismo. Así murió
para mí Uedje, el hombre sabio que escuchaba el lenguaje sereno de las rocas, y
quien me enseñó que el mundo entero clama, y hemos de percibirlo si queremos
saber algo sobre esto que es el vivir.
A pesar de ser un día caluroso, las
dos orillas del Nilo mostraban un verdor tierno lleno de limpia luminosidad. El
gran río bullía de vida y agitación a la espera de una nueva crecida que ya no
tardaría en producirse. Junto a los numerosos barcos que iban y venían, y que,
respetuosamente, dejaban paso a nuestra comitiva, cientos de animales pacían en
sus márgenes o sacudían las aguas, asustados, cuando nos acercábamos. La ribera
en su totalidad hervía de gentes laboriosas o de intrigantes sonidos muy
dispares, configurando juntos un canto multiforme, indescifrable en sus
silbidos, sugerencias y tonalidades. La vida parecía clamar en gratitud y en
esperanza hacía ese misterio latente que se centra en nuestro río, y que obra
la supervivencia en todo el país de Kemit. He de proclamar que, cada una de las
numerosas veces que he recorrido el venerable Nilo, siempre me he sorprendido,
y siempre lo he transitado con el asombro y la emoción de quien lo hiciera por
primera vez asistiendo a un milagro.
Las primeras jornadas las viví
inmerso aún en aquella atmósfera narcótica y extraña del adiós. Era un estado
interior en el que, con mis más íntimos y recién descubiertos sentimientos y el
recuerdo de unos días sentidos y gozados plenamente, se mezclaba el deseo y el
presentimiento de un ardor tenebroso y muy lejano. Un ardor que me succionaba y
al que yo me entregaba nuevamente celado e impotente. No sé si opuse alguna
resistencia. Pero muy pronto me inundó una creciente ansiedad apasionada, que pareció
haberme brotado como la fiebre súbita de un mal antiguo que, larvado, volviera
reforzado en su ataque. Y es que, tras un tiempo ajeno a los ardores del sexo,
de pronto, todo parecía regresar ante mí dotado de un atractivo imperioso y en
extremo indomable. La imagen de Merit venía ante mis ojos más sensual que
nunca, tanto si éstos estaban en tiempo de vigilia como si se encontraban en
periodo de sueño. Y cientos de preguntas olvidadas o cubiertas de polvo, de
nuevo afloraban a mi mente reclamando, acuciosas, una respuesta que no admitía
espera.
También a él, la contención del sexo, le había
exigido un nuevo y brutal combate, cuando ya lo creía a raya y superado. Había
sido al poco tiempo de llegar a su nuevo destino, tras recibir las órdenes.
Entonces el monstruo había vuelto a resurgir encolerizado y brutal, reclamando
su sitio y su pitanza en el festín repleto de la espléndida vida. Un nuevo
coletazo del leviatán maldito, que refiriera Job. Y él había sufrido una nueva
envestida de locura, asiéndose a los pocos recursos que estaban en sus manos.
Una vez más la radical negación de sí mismo lo había preservado. Aquella
cerrazón tozuda y sin fisuras, que consistía en ahogar la razón y amordazar sin
piedad al febril pensamiento. Así debían someterse los airados rebufos del más
rastrero instinto.
Pero antes
de arribar a puerto, un emisario del Director de investigaciones reales, que
vino navegando a nuestro encuentro en una falúa oficial, me hizo llegar una
concisa e imperiosa consigna. “Bajo ningún concepto debía hablar absolutamente
con nadie antes de comparecer en su augusta presencia”.
Llegué pues a Uaset sumido en cierta
extrañeza. Una patrulla de medjais me aguardaba en
la orilla misma. Y ellos me condujeron sin pérdida de tiempo al recinto de
Amón. El gran espacio me sobrecogió como si nunca antes lo hubiera contemplado.
Habían pasado dos años. De pronto creí firmemente que sus dimensiones habían
aumentado de un modo sorprendente. Había nuevas y hermosas construcciones y el
espacio se mostraba como un modelo de
orden, religiosidad y asentada grandeza. Instintivamente, y como con desuso, mi
cuerpo se medía con la enormidad de las grandes columnas y me hacía reconocerme
ínfimo y vulnerable. La explosión de la policromía y el derroche dorado de las
decoraciones competían ahora con aquella austeridad desnuda de la inmensa
cantera. Sin embargo allí estaban los enormes bloques traídos de la mina.
Parecía como si las grandes moles volvieran a reunirse constituyéndose ahora en
una nueva roca refulgente y grandiosa tras su paso por las manos del hombre. La
inmensidad de los distintos patios y el pétreo hermetismo de las naos me parecieron más rotundos que
nunca. Pero, a la vez, sentí que todo aquel conjunto configuraba para mí un
espacio conocido y seguro, al que, en el fondo, yo nunca había renunciado. Como
un animal que ha permanecido acosado por el extravío y la desolación, y que al
fin puede guarecerse nuevamente en su cueva, sentí que allí nada malo podría
sucederme. Que pese a las benignas sensaciones recibidas durante mi estancia en
Hat‑Nub, aquel era mi sitio. Había
algo en aquel lugar que me pertenecía más allá del tiempo y de lo que los
hombres puedan otorgar, saber o argumentar. Lo sentí apenas traspasé el pílono, en el que los mástiles de oriflamas
se alzaban imperiosos a más de ochenta codos, dándome la bienvenida y
desafiando al azul luminoso que teñía el cielo. La luz de atardecer doraba con
su trazo oblicuo de desolación el pavimento de ese patio que más tarde tanto ha
venido a significar en mi existencia. La Capilla Blanca de la barca parecía un
hermético cofre pleno de incandescencias.
Un
sacerdote se hizo cargo de mí y los soldados, tras darme a su custodia, se
marcharon ligeros con su misión cumplida. Él me confirmó en el inquebrantable
mutismo que se me imponía observar en los siguientes días. Las órdenes del
Director de investigaciones eran muy claras: “Desde aquel momento no saldría de
allí hasta que el faraón lo autorizara”. Para mí había nuevos planes y el
secreto iba a presidir mi vida durante algún periodo más de tiempo. Hice un
ademán intentando preguntar sobre aquéllos a quienes consideraba mi antigua
familia. Tal vez intentando saber, veladamente, algo de mi añorada Merit. Pero,
apenas balbucí mi pregunta, se cortó mi consulta. “Ellos ya conocen estas
órdenes y están totalmente de acuerdo. Cuando sea oportuno podrás verlos de
nuevo. Mientras tanto espera, atiende y obedece. Se trata de una orden real”.
Pregunté por mis maestros; por Bakenkhons y por el sacerdote Ahmose, pero nada
se me informó a cerca de esos hombres.
No se me permitió, pues, acercarme
hasta la que había sido hasta entonces mi casa. Mi deseo de ver de inmediato a
la mujer que poblaba mi mente tenía que aplacarse. Esa contrariedad, y el no
entender el alcance de aquella actitud, me llenaban de rencor y de enojo.
A los pocos días me fue aclarado
todo: se me encomendaba un nuevo y minucioso trabajo que consistía en copiar y
reproducir todas las inscripciones e imágenes de la antigua Capilla Blanca, que
el faraón Sesostris I levantara para señalar la conmemoración de su primera
ceremonia hebsed. El bello
tabernáculo ya no existía. En un rasgo de envidia, Amenofis III lo había hecho
destruir, y utilizado sus escombros como material de relleno para su egregio pílono. Sin embargo, a oídos del nuevo
faraón habían llegado las excelencias de su hermosura y deseaba que éstas
fueran reproducidas para, tal vez, reproducirlos en la que ahora ocupaba su
sitio. Viejos retazos de papiro, copiados de un modo apresurado y torpe, habían
logrado, sin embargo, perpetuar la ráfaga de una belleza que en la realidad ya
estaba esquilmada y extinta. Nuevamente el supremo señor me encomendaba un
trabajo sumamente importante.
Trabajé recluido en una confortable
vivienda que se me asigno allí donde se encontraban las estancias destinadas a
los sacerdotes de segundo y tercer grado. El tratamiento que se me dispensaba
era, por tanto, de alto privilegio. Dos jóvenes uabs del servicio del
templo atendían todas mis necesidades de aseo y vestuario, y se cuidaban de que
mi alimentación fuera selecta y variada, y mis caprichos estuvieran,
velozmente, colmados. Sólo, pues, debía ocuparme de hacer mi trabajo con
exquisitez, esmero y prontitud.
Cuando
hube superado la contrariedad y domado el potro interior de mi impaciencia,
comencé mi trabajo. Copié y reproduje sobre papiro limpio y bien trenzado todas
las inscripciones que antes habían estado en cada uno de los dieciséis
destruidos pilares. Un total de sesenta campos repletos de imágenes en relieve
completaban aquella obra mesurada en sus dimensiones pero inmensa en su valor
artístico de equilibrio, belleza y notable elegancia. Una vez más la vida me
ponía en contacto con un trabajo hecho por los hombres pero que parecía
trascender a la estética y la sabiduría humana. Era seguro que en aquel lugar
debía haber reposado con plena complacencia el sagrado hálito de Amón.
Aborrecí, apenas tuve trato con tan excelsa obra, a quien, carcomido por la
putrefacción que sitúa en el alma del hombre la funesta larva de la envidia,
había osado destruir aquel portento de gracia y armonía. Y me prometí a mí
mismo que jamás alimentaría la torva rapacidad de esa nequicia.
Me dediqué a ello desde el mes de
Thot hasta el de Pakons. El silencio y la soledad, con su desatenta mirada,
presidieron el transcurso de las estaciones de Ajet y de Peret. En un
principio, me resultó casi insoportable el no poder visitar a aquellos que se
suponía que eran mi casa y mi familia. El deseo de sentir cerca a Merit hervía
en mi interior hasta llegar, a veces, a imposibilitarme el desarrollo normal de
mis tareas. Con relativa frecuencia mi mente se iba en pos de su recuerdo, y la
apatía me robaba la atención del hermoso trabajo, al que sólo con un esfuerzo
ímprobo lograba regresar. Y es que el deseo, albergado durante el viaje de
regreso, de poder estar nuevamente en su lecho me arañaba con sus hirientes
garras de avidez y castigo. Y hasta mi loca venalidad llegaba a desbordarse en
una excitación estéril, amarga y dolorosa. Haber sido otra vez elegido, llegaba
ahora a parecer un hierro y no un privilegio que me zarandeaba,
intermitentemente, desde la gratitud al más profundo odio.
Al principio trabajé con gran
dificultad. La lucha en mi cabeza agotaba mi cuerpo y nublaba mi creatividad.
Solamente la contemplación, noche tras noche, de la bóveda celeste conseguía
reconciliar mi interior y atraer el descanso a mi mente agotada. Recordaba las
noches junto a Naú y me perdía en el recuerdo tornasolado de sus bellos
relatos. El viaje imaginario por parajes exóticos rescataba a mi espíritu de
aquella realidad onerosa y punzante.
Llamaron a su puerta. Sin dilaciones respondió un
“adelante” del que se sorprendió él mismo por poco acostumbrado a oírse
pronunciando ese término más propio de quien ocupara un despacho, lo que no era
su caso. En la puerta apareció Daniel, y al cura el corazón le palpitó con
fuerza. Una vez más el muchacho solicitó permiso, como poco seguro de serle
otorgado. Con la mano, para darse un respiro, Manuel le pidió que avanzara y le
ofreció sentarse al otro lado de aquella mesa sobria. El muchacho estaba
sudando y las palabras apenas le fluían.
“Don Manuel, necesito que me escuche usted”.
El
viejo se limitó a separar las manos en un gesto de acogida y a la vez de
entrañable orfandad. Fue entonces cuando se percató de que el libro estaba
abierto allí, bajo sus manos. Nadie más había tenido jamás la posibilidad de
ver aquella profusión de notas manuscritas que cubrían los márgenes de aquel
salterio antiguo. Sin inquietud alguna, se limitó a cerrarlo, como si se
tratara de un volumen cualquiera. Daniel no notó nada. Un instante después,
comenzó su relato.
Manuel
lo escuchó sin tener la certeza de estar ante alguien real que pidiera su ayuda
y le enseñara el alma. Por un instante pensó que aquel maldito libro tenía la
facultad de hacerse corpóreo y vivir en los seres. Tal era el grado de
interconexión que todo aquello tenía en su vivencia. Daniel, Oneh, Naú, Uedje,
Isabel; aquella historia, aparentemente inocua y solamente estética, estaba
trastornando toda su realidad, y convertía su existencia en un medio en el que
la revolución se hacía vital imperativo. De pronto se dio cuenta de que su
mundo actual estaba poblado de personajes reales y a la vez de ficción, sin que
él pudiera distinguir con mucha precisión quiénes eran corpóreos y quienes
inventados.
Oyó al muchacho y percibió, atónito, su
lucha. Lo hizo no como algo ajeno que alguien le mostrara, sino como algo
propio que ahora se reencarnaba en una pieza con distinto escenario pero
idéntica trama. Aquello era el regurgitar de toda su existencia. Porque lo
eterno se muda en sus colores, su tiempo y su aderezo; ensaya nuevas frases, y
busca personajes con distinto talante, pero siempre es lo mismo.
Cuando
Daniel se desmoronó, lo mismo que cualquiera tras el vómito de un día de
resaca, el cura le pidió que se secara los ojos y prestara atención. Él fue el
primer sorprendido de hablarle así, porque en realidad no sabía qué pudiera
decirle. Pero entonces fue cuando notó que el texto oculto de aquel libro
tomaba la palabra y toda su esencia hablaba por su boca.
Nadie
era nadie para aleccionar a un hombre en su camino. Cada cual tenía que roturar
en soledad su vida. Sólo la valentía avalaba con fuerza a la verdad. Y el dolor
casi siempre se engendraba en querer aceptar y seguir lo que otros decían, en
contra de lo que la propia ánima dictaba a cada uno. Nadie podía allanar la
ruta que pisaría el otro, únicamente caminar en soledad junto a su lado. Debía
hacer lo que su interior le dictase y creer en lo que su alma le permitiera
creer. Ya era hora de no enfrentarse a su corazón porque espurios intereses le
obligaran a ello. No debía permitir que se le fuera el tiempo; la vida
era un efímero
regalo que con harta
frecuencia se desaprovechaba. Y ése sí era un enorme pecado; el único pecado.
Al
final Daniel le pidió la absolución, y Manuel no se la dio, aunque sí le dijo:
“Amigo, vete en paz, persíguela pese a quien pese, y nunca la abandones. Esto
es lo único que yo puedo enseñarte. Yo no te absuelvo porque creo que nadie
puede detentar el perdón. Un hombre perdonando a otro hombre; menuda
aberración. Yo ya no creo en esa obscenidad, ni aunque para avalarla digan que
es en nombre de Dios en el que se perdona.
Un día, a finales
del mes de Farmuti, uno de mis sirvientes vino hasta mí turbado y balbuciendo y
me anunció una visita que parecía haberle impresionado por su gran importancia.
Enseguida pensé que sería alguien del entorno real. Tal vez el Visir Paramessu,
sobre quien ahora Horemheb hacía descansar todo el peso del reino, viniera a
revisar aquel trabajo que ya estaba casi a punto de ser finalizado, y que, al
parecer, el faraón reclamaba con insistente urgencia. Pero no fue así. En su
lugar, Merit apareció ante mí, arreglada como solía hacerlo para ir a las
fiestas del palacio real. Una fascinante peluca trenzada de color lapislázuli
enmarcaba su cara y caía sobre sus hombros haciéndola parecer una diosa serena,
irreal y enigmática. Numerosos hilillos de oro se intercalaban entre sus
cabellos engarzando amatistas, berilos y encarnados carbúnculos formando una
diadema. Su vestido era plisado y blanco, y sus caderas se mostraban al aire
con una opulencia que incitaba a tocarlas, si bien, un leve manto de lino real
la envolvía toda, dando la sensación de que en realidad fuera una nube la que
la constelaba. Al igual que lo había hecho siempre, su presencia me
desconcertó. Estaba esplendorosa. Sin embargo, se había trasformado tanto en
aquellos dos años... Su figura estaba ante mí, cercana y alcanzable, pero a la
vez como protegida por un velo invisible que la alejaba de cuanto la
circundaba.
Caía ya la tarde y la hora era tal
vez inoportuna para que una mujer quisiera conversar o traer un recado a un
escriba del templo. Mandé a mi fámulo que nos dejara solos, y vigilara la
entrada para que nadie pudiera molestarnos, y me limité a esperar desorientado.
Recuerdo sus labios sellados durante un tiempo que a mí me pareció interminable
y seco, y sus ojos auscultando mi cuerpo sin pudor ni recato. Se sentó frente a
mí y yo debí hacer lo mismo que hizo ella. Entonces, el uno frente al otro, nos
observamos como se observan dos chacales que aún no se conocen y tratan de
establecer su espacio, tal vez para quererse, quizás para herirse y devorarse.
Luego, sus labios se rompieron en una sonrisa leve cuajada de palabras que
fueron ensartando un collar de frases con cadencias y matices, de nuevo,
conocidos. Pero su lenguaje era extraño. A veces enigmático. De pronto parecía
estarse despidiendo. A ratos era como si estuviera asiéndose a un estribo de
humo o de neblina. Otras, parecía transmitirme intrincadas consignas. Fue
entonces cuando noté que su voz había encanecido. Pesaba algo espeso sobre
aquellos sonidos que, a pesar de serme tan cercanos, a mí me resultaban, ahora,
extrañamente densos, y acaso fatigosos. Su argumentar era inmensamente sabio,
de esa sabiduría que adquiere quien ya no teme a nada. Miré sus ojos y no hallé
su mirada. Sus pupilas guarecían una luz de infinito, y su elocuencia se
dirigía a ámbitos lejanos, más allá de la vida. Poco a poco, sin embargo, la
cadencia de aquella voz me fue inundando como lo hacía siempre. Era algo que se
iba hundiendo entre mis ropas sin respetar mi voluntad o pedirme permiso.
Entonces, algo de mi interior me
levantó y me hizo avanzar seguro hacia ella. Quería oler su piel urgentemente.
Me puse a sus espaldas. Merit no se movió; siguió hablando hacia la lejanía,
como si yo aún permaneciera sentado frente a ella. Me hablaba con remota y
entrañable nostalgia de los días pasados. Y cuando mis manos tocaron la
desnudez morena de sus hombros, y rozaron su tocado minuciosamente entrelazado
entre brillo de oro y hermosas pedrerías, sentí de nuevo aquella tibieza que me
enajenaba. Olía a flor de loto, y su perfume ya impregnaba el ambiente.
Entonces la sujeté con fuerza y me incliné para besar su cuello. Pasé los
labios por su sien y respiré en su nuca en un deseo inútil de aspirar con
avidez cuanto emanaba en ella. Mi sangre ardía y galopaba, confusa, entre mis
pulsos. Aferrado a su espalda la icé de aquel asiento, y de inmediato noté
sobre mis muslos el roce de sus nalgas a través del vestido. Sin separarme de
ella circundé su cintura con mi brazo y dejé que mi mano descendiera a su
pubis, en un intento de poner, con la palma, sobre él, una concha que la
obligara a retroceder y a fundirse conmigo.
Pedí a mi respiración que se
calmara, a mi garganta que tragara saliva. Pero todo fue inútil. Con mi otra
mano alcé las telas lentamente fundiéndome, confuso, en una demora excitante y
agónica. Cuando toqué su carne descubierta creí necesitar el amparo del grito.
Mi cuerpo exhalaba un sudor grueso de día de desierto. Todo él estaba envarado
en un rictus crispado de suplicio supremo. Acaricié el bello poblado de su
pubis dejando que mis dedos entraran en su corte con tímida osadía. Mientras,
mi antebrazo seguía sujetando con firmeza su cintura y su vientre entregados.
Durante un momento, mi lengua con audacia siguió recorriendo el mapa de su
cuello, sus hombros salobres y su nuca pulida y a fe bien rasurada. En un amago
ágil, retiré mi ropaje y dejé libre mi méntula. Noté en su firmeza casi
dolorosa la suave caricia de sus nalgas abriéndose al empuje. Ella se inclinó
levemente. Tras una blanda queja, me recibió por el lugar indigno, con una
docilidad casi de perra que suplicara gracia. Un instante más tarde se retorcía
en un espasmo de gozo quejumbroso fundido con el mío, que casi lograba
derribarnos en un lazo de desvanecimiento. Bregamos presos de la locura, a la
vez que fingíamos que nada estaba sucediendo. Después, para mí, todo se detuvo
en un rictus crispado, y la luz se esfumó, y fue como si mi existencia se
quedara vacía de colores, contenidos y voces, mientras la vida se ausentaba y
volvía en un ir y venir agónico y dichoso. Cuando de nuevo vi con claridad la
luz, nos desasimos y nos tumbamos exhaustos sobre el lecho revuelto y
perfumado. Lo hicimos sin desenlazarnos del todo; cual si uno a otro
descendiera a un cadáver o a un herido de guerra. Yacimos en silencio como dos
moribundos. Mientras, en mi cabeza se iban ordenando a su albedrío recuerdos,
pensamientos y deseos, y el mundo se extendía como un desierto inmenso que no
tuviera límites.
No obstante, a lo largo de aquella
noche fastuosa e insomne, de nuevo reconocí el páramo reseco de su ausencia
perenne. Como un demente deambulé del trono a la mazmorra. Tal vez se hubiera
permitido mi entrada en su palacio por algún resquicio hendido sobre el muro,
pero en sus salones no se me habría aceptado. Tal vez Merit llegara algún día a
entregarme al completo su cuerpo, pero jamás me daría su alma. Con un instinto
atizado de angustia y de resentimiento, quise, al menos, recuperar aquel tiempo
perdido que había permanecido distante de su lado. Gocé y la di gozo. Y por
primera vez me sentía un hombre ante ella y no un muchacho dispuesto a su
servicio. Exhibí, una a una, todas sus enseñanzas, en un preciso y bien medido
alarde de destreza sensual y amatoria, a las que acerqué cuantas cosas sutiles
yo había aprendido en mi tiempo de soledad y tregua. Y creo, con sinceridad
honesta, que nuestros cuerpos nos entregaron en aquella noche cuanto placer
pueden aportar los cuerpos ante un amor que se sabe imposible. No ingresé en
ella como nos manda Hathor. De ese modo nunca lo había hecho. Y aunque en
aquella ocasión, tal vez, Merit no lo hubiera impedido, yo sí sabía que, pese a
todo, aquel ámbito no me pertenecía.
Con las primeras luces se marchó de
mi casa. Sus pasos despertaron a los uabs que, acurrucados, como
sabuesos fieles, habían dormido en la entrada. La vi marcharse envuelta en un
halo de elegante fatiga, pero sin titubear ni mirar a su espalda. Y supe, como
se saben aquellas cosas que pertenecen a la verdadera esencia de la vida, que
jamás volvería. Su despedida había sido sencilla y enigmática. Como lo habían
sido también su conversación y su modo de sentir y de estremecerse aquella
noche insólita. Aquella había sido su postrera lección. Estas fueron sus
últimas palabras: “Recuérdame sólo cuando el placer se anude a tu ser como un
áspid se abraza, seguro y firme, a quien va a ser su víctima. Recuérdame cuando
el amor te mate con su dicha. Y jamás ames si la pasión no nubla a todos tus
sentidos. Únicamente el ardor merece nuestra entrega. Pero eso sí: jamás confieses
tu pasión a nadie. Si la proclamas, se ausentará de ti. Yo también te he
querido más de lo que supones. En un
principio fue mi misión, después, has de creerme, ha sido mi deleite y el jugo
de mi vida”.
¿Misión? ¿A qué misión se estaba
refiriendo?
Noventa días después comenzaron a
celebrarse los ritos de su embalsamamiento.
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