EL ALIENTO DE FUEGO
***
Había contemplado catorce inundaciones. Caí
en las redes de Merit como quien cae en un lecho de juncos a la orilla del río
en un día tórrido de Thot. Aunque en realidad todo había comenzado un día del
mes de Mesoré. Yo me había adentrado en el desierto siguiendo el rastro de una
cobra. Quería contemplar de cerca su excitante belleza. Me atraía aquella
misteriosa vitalidad que zigzagueaba tan elegantemente escamada de brillos casi
húmedos, pero que escondía en sí el poder instantáneo de la ávida muerte. Tras
mi interés y seducción por los perfumes y aromas, el mundo de los narcóticos y
los venenos había comenzado a fascinarme y a despertar en mí un extraño
atractivo, mezcla de curiosidad y de frío terror. Visitaba con frecuencia el
cubículo en el que el sacerdote Ahmose, maestro de remedios, elaboraba sus
jugos, esencias, pomadas y narcóticos. Su ciencia había sido adquirida en su
relación con los hechiceros negros traídos por la reina madre Tiyi. Aquellos
nigromantes que llevaban agujas de marfil en la nariz y estiraban los labios y
las cabezas de los niños para que pudieran perpetuar las nobles formas
craneales que eran seña y atributo de la real familia. Aquellos temibles
personajes a quienes se les atribuían las maldades que habían hecho que los
hijos varones de Nefertiti siempre nacieran muertos, y a los que el pueblo,
secretamente, había dado en llamar infanticidas. La muerte había comenzado a
obsesionarme desde que me hubiera robado a Meritatón, forzándome a aceptar su
designio sin darme el tiempo necesario para
comprender a qué obedecía aquel cruel expolio. Osiris era para mí como
una luminaria en medio de la niebla que yo quería y necesitaba comprender y
aceptar. Tal vez, en aquella saliva letal de los reptiles debía residir la
clave del funesto misterio. Por eso yo
buscaba tan imperiosamente aproximarme a ella. Porque la muerte espanta y atrae
a un mismo tiempo, al igual que el peligro nos insta y nos reclama. Y, a veces,
teje, sin que nos demos cuenta, esas urdimbres que nos conducen a parajes
terribles y excitantes a un tiempo, que son quienes pueblan de sentido la vida.
Sus entradas por el seminario permitieron a Manuel
una mayor familiarización con el entorno. Pronto los muchachos comenzaron a
conocerlo más. Y, aunque él no entablara relación con ellos más allá del saludo
o alguna frase suelta sin mayor trascendencia, enseguida todos comenzaron a
tratarlo con cierta cercanía.
Al poco tiempo el rector le sugirió que podía integrarse dentro del
turno de confesionario. A lo que él no tuvo reparos en principio, aunque le
abrumara un poco atender espiritualmente a la gente joven. ¿Qué sabía él de
estos tiempos convulsos y cambiantes?
Comencé a amar
casi con ebriedad a la diosa Renenutet; la serpiente sagrada. Me gustaba ir al
templo que en su honor construyera el
rey Horus Amenemheb, el que signamos con el número III. Rey a quien el pueblo seguía recordando en El
Fayum por sus magníficas obras de irrigación y drenaje, y por la contemplación
perenne de su hermosa pirámide.
Honraba a la diosa con humildes
ofrendas de fragancias destiladas por mí de las plantas y frutas, pues que mi
fervor necesitaba hacer público reconocimiento de sus atributos como señora de
las tierras más fértiles y de los árboles más henchidos del país. Pero además,
en aquellos días, codiciaba sentir cerca de mí, como un hielo de muerte, el
aterrador siseo del reptil, observar la sensualidad excitante de sus lábiles y
astutos movimientos; temblar ante su látigo demoroso y terrible. Pretendía
estudiar las marcas dejadas en las arenas negras por el tenue rozar de su
rastrero paso. Incluso, deseaba sentir el paralizante miedo que siempre aporta
al hombre sorprendido por él la amenaza de sus fauces abiertas dispuestas al
ardiente bocado.
Había salido al amanecer y ya el sol estaba casi
coronando su cenit. Mi batida había resultado totalmente baldía. Los viles
affrit, espíritus malignos del desierto, me habían humillado con la evidente
crueldad de su engaño y su mofa.
Seguramente ellos habían espantado a todas las serpientes. Las lenguas viscosas
del sudor cubrían mi cuerpo, y el peso del fracaso había cargado, más que de
cansancio, de desilusión mis piernas y mi espalda. Sediento y abatido,
retrocedí y dirigí mis pasos hasta las orillas del gran lago Meruer. Tal vez
allí encontrara batracios o culebras. Me gustaba también esconderme en aquella
frondosidad exuberante que mi imaginación lograba convertir en un inmenso
palacio vegetal. Un palacio plagado de colores que exhalaban frescor y
transparencia, de enormes columnas arbóreas entre las que se entrelazaban
sonidos sugerentes y rumores ininteligibles, sincopados y amables. Allí la luz
del sol se bañaba en las yedras, dorando el aire y plateando las aguas que
dormitaban siempre cubiertas de nenúfares azulados y blancos. Sin embargo, no
era fácil adentrarse en aquellas tierras pantanosas plagadas de insectos e
inciertas amenazas. Como suele ocurrir, también allí la belleza reclamaba su
tributo de riesgo y valentía. Siempre había algún grito inquietante de pájaro o
de bestia que quebraba el cristal amable del reposo. Tampoco nadie debe olvidar
que el dios Sobek ha ubicado en ese lugar uno de sus harenes más poblados y
ricos, en el que los cocodrilos nadan majestuosamente como islas flotantes.
Sobre todo en la zona desde donde parte el canal de Bahr‑Yussuf, que une la
laguna con nuestro río Nilo, cuyo fluir es el sudor generoso del dios.
Pero aquel era mi lugar preferido.
Allí había llorado en soledad muchas veces, formulándome los enigmas que
rodeaban aquella orfandad inexplicable, cuando Meritatón me apartara de su
lado, y me enviara al harén del oasis para mi formación. Allí me había
refugiado en los momentos más amargos de mi desolación. Allí había aprendido
también a soñar entre el temor y las lágrimas. Pues que los auténticos sueños y
quimeras suelen brotar casi siempre empujados por la necesidad que crea la
angustia junto al desamparo. Y allí había ido, hacía tan sólo unos pocos años,
a contarle al aire sosegado entre las hojas, a la paz infinita de las aguas, y
al mundo perfectamente equilibrado de los animales, la inmensa dicha de haber
encontrado al fin el hilo esperanzador de mis antepasados.
Busqué, en aquel día, una vez más el
amparo del lugar que yo denominaba “el estanque” y me desnudé para sumergirme
en sus aguas frías y amenazantes. Necesitaba sentir sobre mi piel el frescor y
el miedo que encerraba el pantano. Yo aseguraba que aquel lugar lo conocíamos
únicamente Huni, Seschi y yo. Pero yo era quien más lo frecuentaba. Era un
recodo casi infranqueable, sin ninguna vereda que lo delatara y, por ello, oculto a la vista de cualquier transeúnte.
Necesitaba ahogar mi decepción en la indiferencia viscosa de aquel agua cuya
forma anónima de acariciar era casi la única que yo había conocido en toda mi
existencia. Y creo haber sentido a la vez el roce del agua en mi piel y la voz
de ella en mis oídos. Me resultó sorprendente que alguien pudiera estar allí y
dijera mi nombre.
Merit era aún una hermosa mujer. Su
semblante era impávido. Y bajo sus ropas se adivinaban unas carnes estacionadas
todavía en el mesurado encanto de una madurez sensual. Tal vez en ese punto en
el que las formas no tienen ya que esforzarse en cambiar y se aferran
tenazmente a una belleza definida, sazonada y pletórica. Poseía un gesto sereno
a la vez que muy firme y enigmático. Y sus vestidos eran siempre insinuantes y
espléndidos, sugiriendo quizás mucho más de lo que en verdad tenían escondido.
Su voz no encontraba rival en toda la región. Había sido maestra de cantoras en
el templo de Amón. Y su prestigio y su actual influencia en la corte, sobre
todo tras la muerte de Meritatón, la convertían en una mujer muy admirada y
casi invulnerable. Su autoridad era, pues, sobradamente conocida por todos, y
temida por muchos. Se sabían sus dotes de persuasión, siempre beneficiosa para
el país, sobre todas aquellas cuestiones que regia su esposo; tesorero real ya
en la corte de Tutankhamón. Ella había intervenido muy activamente en el
oportuno matrimonio de la reina Ankhesenamón con éste. Y, tras la muerte
accidental del joven faraón, la viuda real nuevamente se había apoyado con
firmeza en ella para tratar de reconducir la grave situación que se había producido tras la desaparición
inesperada del muchacho real. Se decía, incluso, que Merit era quien más había
animado a la gran viuda a solicitar de los hititas un príncipe para desposarse
con él, tratando de establecer, de ese arriesgado pero ingenioso modo, aquellos
lazos exteriores que eran necesarios para la paz y el progreso de Kemit y su
supremacía sobre todo el Oriente. Y ello, porque la alternativa de que fuera
Eye, el abuelo materno de la viuda, el nuevo faraón, parecía una solución
impropia, sobre todo teniendo en cuenta su edad muy avanzada.
Recuerdo
haber oído su canto a mis espaldas, y el murmullo chismoso de sus cuatro
cómplices doncellas, y sentido al instante la incapacidad para dar un paso y
esconderme debajo de las aguas. Siento aún hoy cómo su voz fue, sobre mi
desnudez inerme de muchacho, un manto hecho a la vez de tórrido jamsín venido del desierto y de húmeda
neblina salida de las ciénagas; un lazo que uncía en el espacio, sorpresa,
culpabilidad y arrebol de deseos. Me di la vuelta y miré hacia ella confuso y
asustado, tratando de ocultar, sobre todo, mi sexo. Ella mandó imperativamente
a las sirvientas que se marcharan lejos.
Siempre
creí que habían sido mis ojos los que la sedujeron desde el primer momento. Mis
ojos de muchacho ingenuo, espantados y hambrientos, repletos de vergüenza y
locos al instante de un salvaje e ignorado deseo, que en aquellos momentos
irrumpía en mí por vez primera sin que yo lo llamara. Jamás antes había estado
tan cerca de una mujer cubierta únicamente con los velos transparentes del
baño, ni una voz me había resultado de tal modo incitante, ni tan llenas de
lascivia unas preguntas, ni tan insinuante y cegadora una orden: “Sal del agua,
muchacho”.
Detuvo la lectura y se secó la frente. El tiempo era
de invierno, pero ciertos párrafos a él lo sofocaban. Por un momento pensó en
las mujeres que habían estado presentes en su vida. Dos únicamente. Su madre y
la señora Emilia. Y sobre las dos sólo cabía recordar docilidad, tristeza y
desamparo; en modo alguno brillo, exuberancia o el más tenue asomo de lascivia.
Así
pues, para él, la mujer siempre había sido presentada como alguien sin brillo.
La iglesia transmitía de ella una imagen dubia y desconcertante. Por un lado
estaba la exaltación de la Virgen María, vía de salvación. Por otro la
maldición a Eva; agente principal del gran pecado. La mujer siempre era
considerada como una tentación, como un germen procaz de la lujuria.
Jamás
había entendido él aquella relegación de las mujeres a ser simplemente
sirvientas. Con voz repleta se preconizaban las excelencias de las
enclaustradas, pero a la hora de la verdad su voz era tenida en poca
consideración. Su misión era orar para la redención del mundo y sus pecados,
pero su opinión era inconsistente. Obispos, cardenales y papas. Las mujeres solamente
intendencia, centuria y retaguardia. Únicamente algunas habían alcanzado
puestos reconocidos, pero siempre a base de hacerse imponer; de entrar a través
de alguna puerta falsa. Rut, Judit, Ester, María de Magdala, Juana de Arco,
Teresa de Jesús, prioras reseñables o abadesas mitradas; todas se les habían
colado de rondón. No lo entendía. Y además, por más que intentaba apaciguarse y
aceptar las razones con las que se adobaban argumentos y juicios sobre esto,
siempre le parecía a él que, tras de todo, existía un poso de miedo que la
iglesia no había superado, y que trataba de camuflar con un velo de aberrante
cinismo. No podía haber dios ante el que el hombre y la mujer no fueran
absolutamente iguales. Aquello era una obviedad, y lo demás monsergas y ganas
de hacer cuadrado un círculo.
Cuántos
pensamientos había tenido él amordazados.
Recordó
que llevaba varios días sin hacer ningún rezo, pero no se alarmó; tal vez,
había descubierto un modo diferente de rezar.
En aquellos
días, una enorme confusión reinaba en nuestras tierras. Todo se había revuelto
desde el asesinato en la frontera, cuatro años antes, del pretendiente hitita
Zannanza, príncipe, hijo de Shubiluiliuma. En verdad, había sido éste un
inesperado y alarmante revés que había ofrecido, como ningún otro, a los
beligerantes ejércitos de Hatti, la excusa necesaria para su invasión sin freno
de los territorios situados en el norte de Siria. Ante tal situación, Eye, el
sacerdote‑sem, anterior alcalde del palacio, procedente de las tierras de Akhmim,
había asumido forzadamente el solio
imperial. Lo había tenido que hacer con
suma urgencia y eminente peligro, mediante un desposorio amañado con la
aturdida y desolada cónyuge real, quien era, a la vez, la más querida de sus
nietas. La secreta carta de ésta a los hititas pidiéndoles que le enviaran
urgentemente un príncipe para casarse con él, arguyendo que no se fiaba de
nadie en su país y que tenía miedo tras la muerte de su esposo, había sido
descubierta, y, por eso, asesinado el príncipe. Todo Egipto estaba avergonzado
y clamaba venganza contra aquella viuda real que así les humillaba habiéndose
querido echar en brazos extranjeros. También en ese trance hábil y reparador,
Merit había mediado aconsejando en favor de tan desesperada solución, consciente
de la delicada situación que suponía el escándalo inferido y el vacío reinante.
De esa forma se había proclamado a un anciano fatigado y caduco como nuevo
faraón del Alto y Bajo Egipto. Y éste, empujado a una función que no le
correspondía ni por edad ni por méritos, se afanaba sin demasiado éxito en
reconducir a sus cauces de orden y razón a aquel torrente anárquico que,
incontinentemente, iba alcanzando al país por todos sus costados.
Cuatro
años llevaba ya en su reinado el agotado Eye. Entre tanto revuelo y descontrol,
el tesorero Maya se había hecho cómplice indispensable de mi tutor Horemheb.
Por todo el reino corría la idea de que jamás cejaría en su ambición el licurgo
general, hasta verse convertido en faraón de Egipto. Se decía que sus oscuros
secretos y maquinaciones hundían sus raíces en el lecho mismo de Akhenatón,
cuando en su juventud hubiera aceptado incluso ser favorito y amante de aquel
rey maldecido y hereje, a quien le atribuían toda excentricidad. Incluso ésa.
Todo había aceptado el joven militar con tal de conservar amparos y prebendas
del litigante monarca. Pero ahora, la clara impotencia y vejez de Eye, se
habían convertido en el oportuno compás de espera que propiciaría el punto
exacto de madurez a un plan destinado a
hacer posible su relevo. Era, pues, importante tejer con habilidad el
lienzo de la intriga, ése que enjugaría en su momento la inminente subida al
trono de aquél a quien todos aún consideraban un torvo general pero tal vez un
diestro político, eficaz y ambicioso. La agudeza de Merit era indispensable en
esta trama. Entre los tres dejarían que la situación social se desmoronara aún
un poco más. Manejados con destreza los caudales públicos y el ejército, todo
sería natural y sencillo. Se trataba de esperar el momento propicio de sazón. Y
ese momento estaba a punto de llegar. Enseguida el firme Horemheb subiría al
trono y Maya conservaría un lugar de suma regalía, asegurado por aquél como
jefe vitalicio del tesoro real. Puesto que le permitiría seguir ocultando viejos
trasiegos que habían conformado su riqueza actual. Era, pues, de capital
importancia la relación que Maya, a través de su esposa Merit, debía mantener
con los dignos sacerdotes de Amón, en la ciudad de Tebas. Desde hacía años
aquel era el conflicto político más difícil de equilibrar. El ambicioso clero
no se encontraba aún plenamente seguro y satisfecho, y deseaba, con fervor
exaltado, que se entronizara a un rey que definitivamente volviera a convertir
el enorme recinto sagrado de Tebas en lo que no debería haber dejado de ser
nunca: el primer centro religioso del mundo.
Una vez más consideró cómo le resultaba a él difícil
entender aquella ambición desmesurada que regía la existencia de no pocos
humanos. Nunca había sentido tal necesidad. Tal vez, porque desde siempre había
indagado, conocido y aceptado sus personales límites. Había observado, eso sí,
con sarcasmo y desprecio aquella lucha soterrada y cainita que era permanente
en el sibilino magma eclesial. Aunque siempre se presentara ésta bajo una pátina
nacarada y aséptica de palabras y gestos sosegados y santos. Y en todas las
ocasiones se había mantenido al margen de tales banderías. Para ello, había
adoptado, cauta e inteligentemente, una postura de simpleza y necedad, que
había hecho que él a nadie interesara, y no estorbara a nadie. Así, haciéndose
pasar conscientemente por un necio y hombre de pocas refulgencias, había podido
subsistir sin estorbos ni gracias, pero siempre a su aire. Siempre le habían
atraído los personajes de segunda y de bulto que poblaban hazañas, teatros o
novelas. Ser un observador y pasar por un rústico era siempre una suerte y una
garantía.
Merit
solicitó enseguida mi traslado a su casa situada en el nomo de Mennof-Ra. Mis
maestros emitieron de inmediato un favorable informe en el que, además de
colmarme de alabanzas, se me recomendaba para asistir a una Escuela de Vida. Y
Horemheb sintió placer en mediar en favor de agradar en todos sus deseos a la
influyente dama de quien tanto esperaba. Mis maestros no opusieron la menor
resistencia; antes bien, nuevamente yo volvía a ser propicia conexión entre la
escuela de El Fayum y nuevos personajes cuya influencia había aumentado
considerablemente en los últimos tiempos. Y es que nadie dudaba de que el
general Horemheb sería el sucesor de Eye. Máxime tras el desposorio del
militar, en sus segundas nupcias, con Mutnodjmet, hermana de Nefertiti, lo que
le proveía del nexo real indispensable
para ostentar el cargo de gran Horus viviente. También en ello Merit había
oficiado de capaz casamentera.
Pasé,
pues, de la tutela escolar del harén a la hacienda singular de Merit, sin que
fuera determinado en calidad de qué se efectuaba aquel raudo traslado. La gran
ciudad de Menfis resultó fascinante a mis humildes y provincianos ojos. Mi muy
querida protectriz Meritatón había derramado sobre mí todo su afecto maternal.
Merit, desde el primer día, despertó en mí todo el fuego y la pasión que se
encierra en el pecho de un muchacho que descubre y estrena el furor de su
lívido.
Enseguida ella me hizo saber que no
le era un desconocido. Mi pertenencia directa durante mis primeros años, de
modo tan dubio y en circunstancias tan particulares, a la casa de la notable
Meritatón era razón más que suficiente para que no pocas personas hubieran
reparado en mí, a lo largo de mi crecimiento, máxime cuando ella nunca había
ocultado que yo no era su hijo. Sin embargo, la clara distancia entre ambas
mujeres, tensa siempre por motivos de influencia política, había hecho que
nunca antes Merit se dirigiera a mí. Meritatón no la tenía consideración
alguna, y Merit lo sabía abiertamente. Yo, a ella, también la había visto
alguna vez, aunque debo confesar que jamás antes mis ojos de muchacho habían
reparado en ella por más de un instante.
Me sorprendió de modo extraordinario
la grata acogida que también me dispensara desde el primer momento su esposo,
el tesorero regio. Él fue quien me transmitió el regocijo expreso del gran
general con motivo de aquella re-adopción que de nuevo me situaba en una
posición de protegido, que tal vez le liberaba a él definitivamente de su
compromiso con relación a mí. Me honro en reconocer que en aquel tiempo
Horemheb me prodigó un misterioso afecto que yo no comprendía, pero que siempre
he agradecido muy dentro de mi pecho. Por ello, durante toda mi vida, he tenido
dispuesta a flor de labios una palabra para proclamar sus virtudes y
excelencias, a la vez que un gesto presto para diluir y disculpar esos defectos
y vilezas que tantos le atribuyen.
En un primer momento, mi acogida en casa de mis nuevos
tutores no revistió más que los aspectos de cualquier grato prohijamiento
considerado al uso. Olvidadas las primeras incertidumbres y cautelas por mi
parte, mi nuevo estado se convirtió en algo alentador y gozoso que me restituía
a un nuevo hogar lleno de riquezas y comodidades y me prometía un afecto del
que yo me había sentido tan desarraigado y tan escaso desde mi nacimiento.
Nunca diré que no supe, y eso desde el primer instante, que el afecto hacia mí
de mi nueva matrona escondía los perfumes y aromas que conllevan las veladuras
del deseo amoroso. Pero también he de decir que, en mí, fueron los nuevos
sentimientos de confusión, lascivia y narcótica intriga los que me apresaron,
despojándome de voluntad, juicio preclaro o sentido de culpa.
Quince veces el gran río había
inundado con su fecundidad las tierras de Kemit desde mi nacimiento. El
incipiente vello había comenzado a sombrear bajo mi nariz, y mi sexo se
escondía ya entre una negra pelusilla que había agrandado de un modo instintivo mi pudor y recato. Recuerdo los
primeros escarceos suyos, y me acomete un rubor infantil que de nuevo me arde
en las mejillas como me ardía entonces. Sin embargo, debo decir que por
entonces todo se desarrollaba siempre envuelto en un humo inocente de contención
y de irrealidad amable.
Cada mañana solía despertarme en mi
lecho al sentir el tibio pero amable contacto de sus dedos, yendo y viniendo
sobre mis mejillas o indagando alrededor de mi cuello, mis hombros o por la
parte alta de mi pecho, próxima a mis axilas. El filo incruento de sus uñas,
siempre tan cuidadosamente pulidas y pintadas, trazaban sobre mí una sinuosa
línea interminable, que se precipitaba o demoraba en un juego trenzado de
incertidumbre, pausa o sobresalto.
Venía ella cada día hasta mi
aposento a la primera hora. Y su sonrisa abierta y sus ávidos ojos,
perfectamente perfilados con kohl y
sombreados con el polvo verde de la malaquita, eran lo primero que veían los
míos entre los brumosos repliegues de mi pueril y asidua pereza y somnolencia.
Luego estaba el redescubrimiento de sus perfectas facciones, su aroma a aceite
de flores nuevas de papiro, de loto y de incienso. Sus firmes brazos eran muy
acogedores. En ellos sonaban invariablemente sus múltiples pulseras dispuestas siempre
a cantar con sutileza todos sus movimientos.
Me gustaba que sus manos me inmovilizasen. Era una prisión amable y
deseada. El revuelto lienzo de mi cama ahora se tensaba a uno y otro lado de mi
cuerpo, sujeto por sus puños, como si quisieran impedir una escapada que yo
jamás hubiera deseado. Y un instante después, los inquietantes frutos de sus
pechos apoyándose suavemente sobre el mío. Y aquel terror dichoso, mientras sus
labios dejaban un beso blando en mi mejilla teñida por un rubor intenso que
sofocaba de perlas mi nuca y mi frente.
Y ése era el diario preludio. Pues,
un instante después, y mientras con alguna parte desatenta e imprecisa de su
cuerpo rozaba o oprimía levemente mis piernas o mi vientre, era mi sexo quien,
de pronto, se hacía trémulo y huidizo para ocultar alguna incontinente señal
cuya muestra me producía pánico que pudiera hacerse evidente. Entonces era yo
quien con un dichoso escalofrío o una leve agitación le reclamaba una odiosa
libertad que impidiera por fin que tanta dicha pudiera materializarse de
aquella forma prohibida e imprudente. Sin mayor importancia el juego terminaba,
dando la sensación de que nada había sido ni premeditado ni, en modo alguno, un
enredo lascivo.
No olvido los primeros tiempos en
los que su aproximación a mí se concretaba y circunscribía a esa ceremonia
cotidiana, solemne e imprecisa, puesto que
el resto del día, sus múltiples ocupaciones la tenían fuera de su casa,
y mi asistencia sin falta a la Casa de Vida me sumía a mí en tareas fatigosas
que reclamaban mi atención al completo. Pero eso, y sólo eso, parecía ser
cuanto su afán de hembra encelada reclamaba de mi núbil pureza. Un instante
perdido en cada amanecer entre la iridiscente irrealidad de las primeras luces.
Una fragancia liberada en tal estado de inconsciencia, entre el sueño y la
vela, que a mí me hacía recordarla más tarde como algo tal vez solamente
inventado. Algo sostenido por mi febril ensoñación de muchacho sensitivo y
venal, tal vez alentado por mí a fuerza de acariciar en la piel prometedora del
trémulo deseo.
Durante largo tiempo dudé y sospeché
de mi torva razón y mi entusiasta lujuria. Dudé, incluso, cuando la lascivia
era aún para mí algo simplemente intuido y no comprendido o razonado con el
pleno sosiego del examen. Y durante aquel largo período creí en su inocencia y
en mi rudo delito, y en cómo mi mente se ofuscaba con el humo asfixiante de
aquellos turbios pensamientos míos, precoces e inmorales. Dudé de mi
imaginación y me impuse el hierro tenaz y sin clemencia de permitirme disfrutar
únicamente de aquel placer sincero que me ofrecía, en cada amanecer, el
entrañable beso de quien era, de aquel modo, mi madre y sólo eso. Y me negué,
tirano y justiciero hacia mí, cualquier otro deleite o convite ofrecido o robado.
Pero, sin razón aparente, de pronto, Merit dejó de
venir a diario hasta mi lecho. Fue un tajo cruento; un cambio de actitud tan
riguroso y dramático que cortó de raíz aquel empeño heroico de virtud en el que
yo me había implicado, a la vez que dejaba en el vacío los juicios y razones
que yo me había construido a fuerza de martirio. Entonces, una rebeldía
interior y primaria me cegó hasta casi hacerme gritar el dolor de su ausencia
sin reparar en prudencias o móviles. Ante tanta incapacidad y desencanto
súbito, me negué a ingerir alimentos, a respirar; a vivir. La diaria asistencia
a la Casa de Vida me era insoportable. Palidecí. Y hasta el respirar se me
hacía costoso y lacerante, pues algo se me había roto en la garganta, como el
tajo hecho por un vidrio tragado. Por vez primera, deseé que Anubis me cerrara
los ojos y utilizara conmigo el natrón, y que mi alma recorriera la duat y
compareciera ante Osiris con todas las urgencias que puedan concebirse. Sin
embargo, y pese a que para ella debía ser evidente mi estado y la causa del mismo,
no volvió a visitarme con asiduidad, e ignoró e hizo que todos en la casa
ignoraran mi trance. Un halo de velada distancia e impalpable contención del
afecto rodeaban siempre sus aproximaciones. Y hasta el beso depositado
diariamente en mi mejilla o la palabra cálida, en su caso, venían siempre
revestidos de una impenetrable frialdad precisa, letal y calculada. Era como si
de pronto ella se hubiera impuesto a sí misma no demostrarme ni una brizna de
apego o sentimientos; al fin y al cabo yo solamente era su protegido.
Tras un período amargo que estimé no
poder superar, creí encontrar el modo de seguir adelante. Tal vez el desamor
fuera mi sino. Creo que fue entonces cuando aprendí que cada hombre alienta y
vive sólo para sí mismo. Que, pese a cuanto pueda parecernos en los momentos
rudos, nadie muere por nadie y siempre hay un dios o un aliento que nos empuja
de un modo ciego y avasallador hacia la pervivencia. Noté entonces que mi aj mi ka y mi ba estaban
fuertemente unidos y en su nudo residía mi fuerza interior.
Practiqué la forma de imaginar
pretextos que pudieran resultar ante mí mismo creíbles y aceptables. Un modo de
elaborar engaños que me posibilitaran así seguir creyendo en aquello que
necesitaba asentir para mi subsistencia. De semejante modo, siempre había una
razón que parecía explicar o justificarle a mi interior la hiriente e infiel
deserción de quienes me rodeaban. Pues el hecho de ser reiteradamente
abandonado parecía presidir mi sino. Y aunque este subterfugio inventado fuera
para mí como una miel insípida y acuosa, era lo suficiente para seguir libando
una dulzura que me era necesaria para transitar cada día desde la hora que
llamamos de Jepri hasta la de Atón‑Ra.
Cuando su ausencia era de sólo una
jornada, mi espíritu vivía el trance obsesionado por el deseo de que, cuanto
antes, el sol se oscureciese y
nuevamente me viniera la noche. Para mí era aquél un tiempo odioso y
despreciado; una fecha perdida; unas horas destinadas a imaginar, entre angustias,
cómo podría ser la aproximación de la muerte para un enfermo desahuciado. Un
día entero soportado como se soporta el rigor de una terrible y onerosa úlcera
que nos pudriera el cuerpo con su hielo y su brasa.
Después sus ausencias y viajes
fueron largos. Con mucha frecuencia debía ir a Tebas, a Denderah, a Edfú. Sus
reuniones secretas, los acontecimientos políticos y su mediación en ellos, así
como la tensión con el clero, reclamaban constantemente su intervención a favor
de su esposo, quien trabajaba abiertamente ya para el ambicioso general
Horemheb. En tales motivos solía fundar yo sus múltiples rechazos. Porque de no
hacerlo así, debería admitir que aquella cruenta y humillante tibieza no era
otra cosa que una prueba insoportable de ultraje y desamor para conmigo.
Pero aun así: cuando yo me enteraba
de que debía emprender un viaje que la separaría de su casa durante varias
jornadas, mi desolación llegaba a tal extremo, que mi mente se negaba a
concentrarse en mis tareas más rutinarias y hasta en mis estudios, y mi
estomago se candaba tenazmente haciéndome imposible ingerir, no ya sólo los
alimentos sólidos, sino también la cerveza y el agua.
Aquel mórbido acoso que yo sintiera
en los tiempos pasados con su sola presencia, se había tornado de pronto en un
deseo casi animal por tenerla a mi lado. Los dos años vividos bajo su tutela me
habían uncido de tal modo a su roce y a sus encantos, que mi entusiasmo por su
cercanía se habían convertido, junto con mi casi inalienable furor por el
estudio, en las dos razones concisas de mi vida.
La muerte del viejo faraón y la subida, por fin, al
trono del Alto y Bajo Egipto, de Horus Horemheb, descargó a la casa de Maya de
múltiples cuidados y problemas. Por lo menos de todas aquellas maquinaciones y
urdimbres peligrosas que hasta entonces se habían tejido a la sombra de aquella
mansión, centro de la alta intriga. El objetivo estaba ya alcanzado. El
tesorero seguiría ocupando su asegurado puesto, y su esposa se replegó a una
vida más retirada, plácida y lujosa, que de alguna forma, a mí, me la restituía
en un sosiego ponderado y amable. Ahora ella era gran anfitriona del palacio
real, y sus cometidos, aunque con ciertos matices políticos, revestían un nuevo
carácter más festivo y social. Los sacerdotes amonianos podían estar también
plenamente tranquilos, y el faraón y sus colaboradores dedicarse a menesteres
distintos a la alta estrategia, la torva negociación o las intrigas religioso‑políticas,
frecuentemente fraguadas a través de métodos oscuros o malvados.
Fue entonces cuando de nuevo nuestra
relación se estableció ardiente y turbadora, al menos por mi parte. Y así como
la luz del día nuevo sepulta a las sombras de la pasada noche, sin dejar
siquiera que prevalezca un resquicio del negror pasado, así volvió Merit a
desplegar ante mí aquel su manto tejido de seducción y desdén a un mismo
tiempo, pero de cercanía alcanzable y posible. Y lo hizo, esta vez, cual si se
tratara de un nuevo juego excitante y macabro, letífero y vivificador, amoroso
y brutal.
Miró por entre el enrejado de la celosía para ver
cuántos muchachos estaban esperando aún. Entonces vio a Daniel. Una ola
desbocada de sangre le ardió sobre el pecho y le subió hasta el cuello
ofuscándole la vista y la razón. ¿Por qué venía a él? Trató de apaciguarse y
prestar atención a aquel otro penitente que ya estaba, tras el “Ave María
purísima”, relatando sus faltas de modo acelerado, sin haberle dado tiempo a
que él contestara la preceptiva fórmula que daba inicio al sacramento.
Haciendo un esfuerzo penoso, trato de centrarse en cuanto el contrito
le estaba enumerando. Escuchó como pudo, y lo aconsejó mientras dilucidaba si,
tras absolver a éste, debía levantarse y abandonar el confesionario,
disculpándose con quienes estaban aguardándole para recibir el perdón. No se
atrevió. O, tal vez, simplemente, algo le impidió de forma física izarse del
asiento. Vio entonces avanzar a Daniel y arrodillarse ante la portezuela. El
muchacho apoyó sus antebrazos en ella y descansó su barbilla en el nudo que
formaban sus manos reunidas. Manuel tendió la cortinilla sobre sus hombros como
un sobrepelliz, y un ámbito de intimidad les guareció a ambos. En la penumbra,
contempló su cabeza humillada ante él, y percibió el olor intenso a “Heno de
Pravia” que exhalaba su nuca. Poco a poco, la inicial oscuridad se fue diluyendo
en formas y contornos más precisos y claros. Esta vez sí se oyó a sí mismo
diciendo “sin pecado concebida”.
Escuchó atentamente y dejó que el chico vaciara su alma hasta la hez
sin pronunciar por su parte palabra alguna o apoyo a lo que él desgranaba. Sin
saber bien por qué, un inmenso dolor le trepanó el alma como jamás antes le
había horadado ninguna otra confesión que él hubiera escuchado. Cuando Daniel
terminó, un sereno silencio se instaló entre ambos. Manuel no se precipitó.
Notó como si alguien le hubiera tomado de la mano y dirigiera con firmeza sus
actos sin azoro ni duda. Entonces le dijo con una voz entrañable y resuelta que
a él mismo le pareció prestada: “Levanta la cabeza y mírame sin que sientas
vergüenza”. El muchacho fue ascendiendo con su vista y Manuel notó como unos
ojos de esmalte atormentados le iban recorriendo cada uno de los botones de su
negra sotana hasta encarar su rostro. Entonces, alzando su mano, le dijo: “Ego
te absolvo a peccatis tuiis in nomine Patri et Filli et Spiritu Sancti”. “Hijo,
vete en paz”. Y sintió que jamás había deseado la paz a nadie con tan hondo
deseo.
Entonces Manuel se quedó sumido en la penumbra y deseó
que sus ojos no volvieran a acostumbrarse a las sombras. Algo en su interior
clamaba por una peculiar ceguera. Deseaba; necesitaba quedarse consigo a solas,
pero tuvo que atender una nueva demanda. Lo hizo como pudo, y aguantó hasta que
escuchó los cánticos que anunciaban que la misa había llegado hasta la
comunión, momento en el que las confesiones llegaban a su fin. Permaneció
sentado hasta que la capilla se quedó desierta. Sentado en aquel cubículo, que
de pronto le pareció un cuchitril de amargura y tristeza, de penuria y desazón,
de miseria y oprobio. Aquello era un infecto vomitorio, una sentina pútrida, un
muladar donde se descargaba la vileza y la miseria humana, la mentira y el
miedo; la culpa y el dolor. Recordó todos sus años de administrador del
sacramento de la penitencia, y un peso infinito le agobió las entrañas.
Por
la noche leyó:
Sé que en el
transcurso de mi vida había crecido diecisiete veces “el húmedo señor de las
montañas” cuando esto sucedió. Y que, además del collar de cuentas de marfil
que cercaba mi cuello, ya vestía mi cuerpo con el pano de los muchachos
jóvenes. Aquella mañana Merit apareció de improviso en mi estancia. La descubrí
cuando me desperté sentada frente a mí como si fuera una estatua en su trono.
Sus ojos sonreían y su semblante era sereno y firme como lo era siempre. Estaba
esperando a que me despertara. Un sudor de emoción y congoja me bañó por
completo mientras me preguntaba qué había motivado su anhelada presencia y
aquella feliz restitución después de tanto tiempo desdeñándome.
Permanecí en silencio tratando de
mitigar el desbocado golpear de mi pulso. Un trecho separaba mi cama de la
silla que ella había elegido, y en la que, al parecer, había esperado
pacientemente a que yo me avivase. Mi diosa velaba mi reposo. De inmediato
pensé en que ella había estado contemplando mi sueño, y me sentí descubierto y
casi profanado en mi intimidad. El rencor y la dicha se abrazaban en mí como
algo frágil y unitario que temiera abandonar su precario equilibrio. Después de
deleitarse durante un largo espacio de tiempo con aquel desconcierto que, sin
duda, presentaba mi patente estupor, me invitó a que me incorporara y saliera
del lecho.
No sé si balbucí alguna palabra
ininteligible o simplemente fue un sonido gutural de perplejidad y total
desconcierto. ¿Mostrar mi desnudez de nuevo ante sus ojos? Recordé de inmediato
aquel primer día en que la hube sentido junto a mí, a la orilla del lago
Meruer. La voz se me negó a pronunciar excusas o evasivas, y un brote de sudor
perló mi frente y humedeció con profusión mi cuello. Supo de inmediato mi azoro
y no dudó en disipar mi ofuscación y en dejar al descubierto sus nítidos
deseos. Y lo hizo con aquella elocuencia y aquella firmeza que hacían parecer
en sus labios sencillos hasta los argumentos más comprometidos, u obvias las
razones más complejas o ambiguas.
“Retira la tela de tu lecho y
álzate; quiero ver tu cuerpo al descubierto”
Pero ¿ver mi cuerpo? En nuestro país
no se llevaban nunca sobre él demasiados ropajes. ¿Qué es lo que pretendía?
“Deseo ver tu pecho y tu cintura,
tus piernas y tu sexo, tus brazos y tu vientre, y, eso, sin que nada se
interponga a mi vista.”
Estaba claro que algo había
terminado entre nosotros y algo diferente se nos aproximaba.
Obedecí sus órdenes. Su firmeza no
dejaba vanos ni fisuras para el tanteo o la duda. Me incorporé y sentí sobre mi
desnudez la inspección incisiva y rigurosa de sus ojos de hiena, pero a la vez
la mórbida y deleitosa mirada de una gata celosa. Los sentí resbalar sobre mi
carne como si una pluma de ave recorriera uno a uno mis miembros, quizás
acariciándolos, quizás haciendo almoneda para dictar un precio o tasar una
venta. Hacía calor. Era un día del mes de Paofi, en la estación de Ajet. La
avenida del Nilo estaba en su apogeo y un vaho grueso y pegajoso se alzaba
desde el amanecer por todos los rincones. Fijé mis ojos en el infinito. Desde
mi ventana podía ver el agua enfangando los campos con su negror de ciénaga
propicia. Los augures y adivinos pronosticaban una cosecha espléndida, y hacían
sus vaticinios y apuestas sobre hasta qué escalón subiría la línea del agua en
los nilómetros. Después volví a mí. El lienzo que me había protegido durante la
noche yacía arrugado en el suelo. Sentí cómo mi pie tocaba aquella tela que sin
duda guardaba el olor de mi sueño. Agaché mi cabeza y en él cobijé mi vista
desolada. Quería huir de la escrutadora inspección de sus malditos ojos.
“Date la vuelta”, me ordenó. Y yo
obedecí, sintiendo que de pronto mi existencia se distanciaba de la suya como
la de un esclavo se encuentra distanciada de la de su señor y amo. Toda la
frialdad del mundo no me hubiera hecho sentir tanta angustia y tanta amarga
humillación. ¿Era acaso yo un potro al que se elegía para la batalla? ¿Dónde
quedaban aquel trato, algún día
entrañable, y las caricias amorosas recibidas durante ya tanto tiempo de
quien había llegado a sentir, en mis ensueños, como podía sentirse a una madre
o tal vez a una esposa?
Merit se levantó de la silla en la que se encontraba.
Se acercó hasta mí. Se situó a mi frente. Se detuvo a una cierta distancia, y
de nuevo ordenó: “Iza los ojos”. Su tono era directo como lo era siempre, pero
en él se guarecía un punto de blanda sutileza. “Mira y no retires la vista de
mi cuerpo”. También me lo ordenaba de forma imperiosa. Pero algo quebrado se
subordinaba ahora en esta nueva orden. Entonces desajustó el vestido en sus
hombros, y retiro también su ceñidor. Dejó caer su túnica plisada. Y su cuerpo
quedó completamente libre igual que estaba el mío. Únicamente la negra peluca
trenzada, que cubría su frente y cercaba su nuca como un marco de azabaches y oro,
coronaba aquel cuerpo opulento; el primero de mujer que yo veía sin las
veladuras de telas o vestidos. “Mírame bien, pues debes decidir si quieres ser
mi amante”.
Sé que me puse a temblar como
tiemblan las hojas cuando el jamsín
se extiende llevando en su entraña el aliento tórrido del dios rojo al que
llamamos Set. Ante mí, el misterio estaba desvelado. Aseguro que mis dientes me
castañetearon y mi mente se volvió loca de perplejidad. Merit no era mi madre;
nunca lo había sido. Yo nunca había tenido una madre propia y verdadera. Y
Meritatón estaba tan adentrada ya en el mundo de Osiris, que pretender su
intercesión me pareció algo incoherente y absurdo. Creo que apreté las
mandíbulas para impedir las lágrimas.
Efectivamente: Merit me había
adquirido como se adquiere a un potranco pujando en el mercado. Me había
cuidado y alimentado con atención y esmero. Le había hecho creer a mi ternura
que aquella era mi casa y ellos mis familiares. Me había adiestrado también en
los lujos y refinamientos de la aristocracia, como si todos aquellos bienes,
modos y lugares me correspondiesen. Había estimulado mi codicia y mi celo, mi
ímpetu venal, y aquello que de dubio y de confuso aporta el afecto sincero a
las relaciones primarias y salvajes. Y ahora me desvelaba sus planes
encubiertos y me mostraba cuál era mi lugar y cuál seguía siendo el suyo; cuál
mi destino y cuál la función que se me asignaba. Yo era tan sólo un ejemplar
novicio hermosamente sano y codiciable, y, además, ya perfectamente amaestrado
en su favor y su mundo. Ella se había encargado de que mi cuerpo se hubiera ido
formando convenientemente, y que mi mente también se hubiera convertido en
lúcida y preclara. La gran mujer jamás se permitía amistades vulgares, joyas de
calidad mediocre o piezas de arte que no fueran dignas de una esposa divina.
Sin embargo, su vanidad y su excelsa
elegancia la llevaban siempre a no permitirse convivir con el fraude o con la
indignidad. La nequicia y perversión de aquella trama déspota se equilibraban,
no obstante, con el riesgo y la valentía que suponía aquel ofrecimiento que me
hacía de sí misma. Sí. En mi voluntad estaba aceptar o no aceptar lo que me
proponía. Y sé (y es propio de hombre justo el proclamarlo) que ella no hubiera
ni siquiera parpadeado, ni lanzado el más ínfimo reproche, si yo me hubiera
negado a su propuesta. Era evidente que mi presencia en su casa hubiera dejado
de tener un motivo, que tal vez se hubiera propiciado el hecho de tener que
abandonar su techo. Pero también sé que ella hubiera buscado una justificación
honrosa para mi súbita emancipación. Y que, incluso, hubiera arreglado mis
asuntos para poder seguir con mis estudios, a la vez que se me procuraba una
vida acomodada y digna lejos de su presencia. Merit jamás propiciaba un
reproche. Era la artífice máxima del pacto y la concordia suma; tal era su arte
y maestría en la política. La verdad en su boca podía ser un cruento insulto o
una provocación, pero era la verdad, y ella siempre sabía edulcorarla y hacerla
valer como debía.
Durante los días siguientes Manuel fue incapaz de
volver a leer. Necesitaba ordenar su cabeza. Los acontecimientos sucedidos
habían venido a poblar su vida de una forma inquietante y obsesiva. Aquello que
el libro le estaba revelando de un modo etéreo y sin avisos, y la confesión de
Daniel habían trastocado su interior de un modo sorprendente, poniendo ante sí
mismo aspectos sobre los que él antes no había reparado. Dios y el instinto. El
ser humano y sus pasiones. El intrincado tejido urdido por el deber y el deseo.
La sed de trascendencia y la imperiosa necesidad de asirse, íntimamente, a
cuanto nos rodea. Y junto a ello, la culpa y el perdón. El fuego y la
templanza. El miedo y el valor.
Aquel muchacho y aquel extraño
libro le estaban forzando a vivir de un modo que él jamás hubiera sospechado.
Por vez primera se había sentido absurdo e impotente en el confesionario. Él
que había administrado la absolución durante tantos años, que había
reconfortado a penitentes, aliviado congojas, reordenado embrollos de culpas y
temores, dictado e impuesto normas para el mejor gobierno de conciencias y
hábitos. Él que había consolado, serenado, apaciguado, reconducido a maduros y
ancianos, a jóvenes y a niños, ahora se sentía incapaz y perplejo. ¿Qué era en
realidad aquello de la penitencia? Un hombre, en el nombre de Dios, entraba en
la conciencia de los hombres, se hacía intérprete de la verdad suprema, y
administraba el perdón infinito. Aquella formulación le hizo sentir
vértigo.
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