sábado, 1 de marzo de 2014

El aliento de fuego



EL ALIENTO DE FUEGO  


***

Había contemplado catorce inundaciones. Caí en las redes de Merit como quien cae en un lecho de juncos a la orilla del río en un día tórrido de Thot. Aunque en realidad todo había comenzado un día del mes de Mesoré. Yo me había adentrado en el desierto siguiendo el rastro de una cobra. Quería contemplar de cerca su excitante belleza. Me atraía aquella misteriosa vitalidad que zigzagueaba tan elegantemente escamada de brillos casi húmedos, pero que escondía en sí el poder instantáneo de la ávida muerte. Tras mi interés y seducción por los perfumes y aromas, el mundo de los narcóticos y los venenos había comenzado a fascinarme y a despertar en mí un extraño atractivo, mezcla de curiosidad y de frío terror. Visitaba con frecuencia el cubículo en el que el sacerdote Ahmose, maestro de remedios, elaboraba sus jugos, esencias, pomadas y narcóticos. Su ciencia había sido adquirida en su relación con los hechiceros negros traídos por la reina madre Tiyi. Aquellos nigromantes que llevaban agujas de marfil en la nariz y estiraban los labios y las cabezas de los niños para que pudieran perpetuar las nobles formas craneales que eran seña y atributo de la real familia. Aquellos temibles personajes a quienes se les atribuían las maldades que habían hecho que los hijos varones de Nefertiti siempre nacieran muertos, y a los que el pueblo, secretamente, había dado en llamar infanticidas. La muerte había comenzado a obsesionarme desde que me hubiera robado a Meritatón, forzándome a aceptar su designio sin darme el tiempo necesario para  comprender a qué obedecía aquel cruel expolio. Osiris era para mí como una luminaria en medio de la niebla que yo quería y necesitaba comprender y aceptar. Tal vez, en aquella saliva letal de los reptiles debía residir la clave del funesto misterio. Por eso  yo buscaba tan imperiosamente aproximarme a ella. Porque la muerte espanta y atrae a un mismo tiempo, al igual que el peligro nos insta y nos reclama. Y, a veces, teje, sin que nos demos cuenta, esas urdimbres que nos conducen a parajes terribles y excitantes a un tiempo, que son quienes pueblan de sentido la vida.

Sus entradas por el seminario permitieron a Manuel una mayor familiarización con el entorno. Pronto los muchachos comenzaron a conocerlo más. Y, aunque él no entablara relación con ellos más allá del saludo o alguna frase suelta sin mayor trascendencia, enseguida todos comenzaron a tratarlo con cierta cercanía.          
            Al poco tiempo el rector le sugirió que podía integrarse dentro del turno de confesionario. A lo que él no tuvo reparos en principio, aunque le abrumara un poco atender espiritualmente a la gente joven. ¿Qué sabía él de estos tiempos convulsos y cambiantes?

Comencé a amar casi con ebriedad a la diosa Renenutet; la serpiente sagrada. Me gustaba ir al templo que en su honor construyera  el rey Horus Amenemheb, el que signamos con el número III. Rey  a quien el pueblo seguía recordando en El Fayum por sus magníficas obras de irrigación y drenaje, y por la contemplación perenne de su hermosa pirámide.
            Honraba a la diosa con humildes ofrendas de fragancias destiladas por mí de las plantas y frutas, pues que mi fervor necesitaba hacer público reconocimiento de sus atributos como señora de las tierras más fértiles y de los árboles más henchidos del país. Pero además, en aquellos días, codiciaba sentir cerca de mí, como un hielo de muerte, el aterrador siseo del reptil, observar la sensualidad excitante de sus lábiles y astutos movimientos; temblar ante su látigo demoroso y terrible. Pretendía estudiar las marcas dejadas en las arenas negras por el tenue rozar de su rastrero paso. Incluso, deseaba sentir el paralizante miedo que siempre aporta al hombre sorprendido por él la amenaza de sus fauces abiertas dispuestas al ardiente bocado.
            Había salido al amanecer y ya el sol estaba casi coronando su cenit. Mi batida había resultado totalmente baldía. Los viles affrit, espíritus malignos del desierto, me habían humillado con la evidente crueldad de su  engaño y su mofa. Seguramente ellos habían espantado a todas las serpientes. Las lenguas viscosas del sudor cubrían mi cuerpo, y el peso del fracaso había cargado, más que de cansancio, de desilusión mis piernas y mi espalda. Sediento y abatido, retrocedí y dirigí mis pasos hasta las orillas del gran lago Meruer. Tal vez allí encontrara batracios o culebras. Me gustaba también esconderme en aquella frondosidad exuberante que mi imaginación lograba convertir en un inmenso palacio vegetal. Un palacio plagado de colores que exhalaban frescor y transparencia, de enormes columnas arbóreas entre las que se entrelazaban sonidos sugerentes y rumores ininteligibles, sincopados y amables. Allí la luz del sol se bañaba en las yedras, dorando el aire y plateando las aguas que dormitaban siempre cubiertas de nenúfares azulados y blancos. Sin embargo, no era fácil adentrarse en aquellas tierras pantanosas plagadas de insectos e inciertas amenazas. Como suele ocurrir, también allí la belleza reclamaba su tributo de riesgo y valentía. Siempre había algún grito inquietante de pájaro o de bestia que quebraba el cristal amable del reposo. Tampoco nadie debe olvidar que el dios Sobek ha ubicado en ese lugar uno de sus harenes más poblados y ricos, en el que los cocodrilos nadan majestuosamente como islas flotantes. Sobre todo en la zona desde donde parte el canal de Bahr‑Yussuf, que une la laguna con nuestro río Nilo, cuyo fluir es el sudor generoso del dios.
            Pero aquel era mi lugar preferido. Allí había llorado en soledad muchas veces, formulándome los enigmas que rodeaban aquella orfandad inexplicable, cuando Meritatón me apartara de su lado, y me enviara al harén del oasis para mi formación. Allí me había refugiado en los momentos más amargos de mi desolación. Allí había aprendido también a soñar entre el temor y las lágrimas. Pues que los auténticos sueños y quimeras suelen brotar casi siempre empujados por la necesidad que crea la angustia junto al desamparo. Y allí había ido, hacía tan sólo unos pocos años, a contarle al aire sosegado entre las hojas, a la paz infinita de las aguas, y al mundo perfectamente equilibrado de los animales, la inmensa dicha de haber encontrado al fin el hilo esperanzador de mis antepasados.
            Busqué, en aquel día, una vez más el amparo del lugar que yo denominaba “el estanque” y me desnudé para sumergirme en sus aguas frías y amenazantes. Necesitaba sentir sobre mi piel el frescor y el miedo que encerraba el pantano. Yo aseguraba que aquel lugar lo conocíamos únicamente Huni, Seschi y yo. Pero yo era quien más lo frecuentaba. Era un recodo casi infranqueable, sin ninguna vereda que lo delatara y, por ello,  oculto a la vista de cualquier transeúnte. Necesitaba ahogar mi decepción en la indiferencia viscosa de aquel agua cuya forma anónima de acariciar era casi la única que yo había conocido en toda mi existencia. Y creo haber sentido a la vez el roce del agua en mi piel y la voz de ella en mis oídos. Me resultó sorprendente que alguien pudiera estar allí y dijera mi nombre.
            Merit era aún una hermosa mujer. Su semblante era impávido. Y bajo sus ropas se adivinaban unas carnes estacionadas todavía en el mesurado encanto de una madurez sensual. Tal vez en ese punto en el que las formas no tienen ya que esforzarse en cambiar y se aferran tenazmente a una belleza definida, sazonada y pletórica. Poseía un gesto sereno a la vez que muy firme y enigmático. Y sus vestidos eran siempre insinuantes y espléndidos, sugiriendo quizás mucho más de lo que en verdad tenían escondido. Su voz no encontraba rival en toda la región. Había sido maestra de cantoras en el templo de Amón. Y su prestigio y su actual influencia en la corte, sobre todo tras la muerte de Meritatón, la convertían en una mujer muy admirada y casi invulnerable. Su autoridad era, pues, sobradamente conocida por todos, y temida por muchos. Se sabían sus dotes de persuasión, siempre beneficiosa para el país, sobre todas aquellas cuestiones que regia su esposo; tesorero real ya en la corte de Tutankhamón. Ella había intervenido muy activamente en el oportuno matrimonio de la reina Ankhesenamón con éste. Y, tras la muerte accidental del joven faraón, la viuda real nuevamente se había apoyado con firmeza en ella para tratar de reconducir la grave situación  que se había producido tras la desaparición inesperada del muchacho real. Se decía, incluso, que Merit era quien más había animado a la gran viuda a solicitar de los hititas un príncipe para desposarse con él, tratando de establecer, de ese arriesgado pero ingenioso modo, aquellos lazos exteriores que eran necesarios para la paz y el progreso de Kemit y su supremacía sobre todo el Oriente. Y ello, porque la alternativa de que fuera Eye, el abuelo materno de la viuda, el nuevo faraón, parecía una solución impropia, sobre todo teniendo en cuenta su edad muy avanzada.
            Recuerdo haber oído su canto a mis espaldas, y el murmullo chismoso de sus cuatro cómplices doncellas, y sentido al instante la incapacidad para dar un paso y esconderme debajo de las aguas. Siento aún hoy cómo su voz fue, sobre mi desnudez inerme de muchacho, un manto hecho a la vez de tórrido jamsín venido del desierto y de húmeda neblina salida de las ciénagas; un lazo que uncía en el espacio, sorpresa, culpabilidad y arrebol de deseos. Me di la vuelta y miré hacia ella confuso y asustado, tratando de ocultar, sobre todo, mi sexo. Ella mandó imperativamente a las sirvientas que se marcharan lejos.
            Siempre creí que habían sido mis ojos los que la sedujeron desde el primer momento. Mis ojos de muchacho ingenuo, espantados y hambrientos, repletos de vergüenza y locos al instante de un salvaje e ignorado deseo, que en aquellos momentos irrumpía en mí por vez primera sin que yo lo llamara. Jamás antes había estado tan cerca de una mujer cubierta únicamente con los velos transparentes del baño, ni una voz me había resultado de tal modo incitante, ni tan llenas de lascivia unas preguntas, ni tan insinuante y cegadora una orden: “Sal del agua, muchacho”.

Detuvo la lectura y se secó la frente. El tiempo era de invierno, pero ciertos párrafos a él lo sofocaban. Por un momento pensó en las mujeres que habían estado presentes en su vida. Dos únicamente. Su madre y la señora Emilia. Y sobre las dos sólo cabía recordar docilidad, tristeza y desamparo; en modo alguno brillo, exuberancia o el más tenue asomo de lascivia.
            Así pues, para él, la mujer siempre había sido presentada como alguien sin brillo. La iglesia transmitía de ella una imagen dubia y desconcertante. Por un lado estaba la exaltación de la Virgen María, vía de salvación. Por otro la maldición a Eva; agente principal del gran pecado. La mujer siempre era considerada como una tentación, como un germen procaz de la lujuria.
            Jamás había entendido él aquella relegación de las mujeres a ser simplemente sirvientas. Con voz repleta se preconizaban las excelencias de las enclaustradas, pero a la hora de la verdad su voz era tenida en poca consideración. Su misión era orar para la redención del mundo y sus pecados, pero su opinión era inconsistente. Obispos, cardenales y papas. Las mujeres solamente intendencia, centuria y retaguardia. Únicamente algunas habían alcanzado puestos reconocidos, pero siempre a base de hacerse imponer; de entrar a través de alguna puerta falsa. Rut, Judit, Ester, María de Magdala, Juana de Arco, Teresa de Jesús, prioras reseñables o abadesas mitradas; todas se les habían colado de rondón. No lo entendía. Y además, por más que intentaba apaciguarse y aceptar las razones con las que se adobaban argumentos y juicios sobre esto, siempre le parecía a él que, tras de todo, existía un poso de miedo que la iglesia no había superado, y que trataba de camuflar con un velo de aberrante cinismo. No podía haber dios ante el que el hombre y la mujer no fueran absolutamente iguales. Aquello era una obviedad, y lo demás monsergas y ganas de hacer cuadrado un círculo.
            Cuántos pensamientos había tenido él amordazados.
            Recordó que llevaba varios días sin hacer ningún rezo, pero no se alarmó; tal vez, había descubierto un modo diferente de rezar.


En aquellos días, una enorme confusión reinaba en nuestras tierras. Todo se había revuelto desde el asesinato en la frontera, cuatro años antes, del pretendiente hitita Zannanza, príncipe, hijo de Shubiluiliuma. En verdad, había sido éste un inesperado y alarmante revés que había ofrecido, como ningún otro, a los beligerantes ejércitos de Hatti, la excusa necesaria para su invasión sin freno de los territorios situados en el norte de Siria. Ante tal situación, Eye, el sacerdote‑sem, anterior alcalde del palacio, procedente de las tierras de Akhmim, había asumido forzadamente  el solio imperial. Lo había tenido que hacer con  suma urgencia y eminente peligro, mediante un desposorio amañado con la aturdida y desolada cónyuge real, quien era, a la vez, la más querida de sus nietas. La secreta carta de ésta a los hititas pidiéndoles que le enviaran urgentemente un príncipe para casarse con él, arguyendo que no se fiaba de nadie en su país y que tenía miedo tras la muerte de su esposo, había sido descubierta, y, por eso, asesinado el príncipe. Todo Egipto estaba avergonzado y clamaba venganza contra aquella viuda real que así les humillaba habiéndose querido echar en brazos extranjeros. También en ese trance hábil y reparador, Merit había mediado aconsejando en favor de tan desesperada solución, consciente de la delicada situación que suponía el escándalo inferido y el vacío reinante. De esa forma se había proclamado a un anciano fatigado y caduco como nuevo faraón del Alto y Bajo Egipto. Y éste, empujado a una función que no le correspondía ni por edad ni por méritos, se afanaba sin demasiado éxito en reconducir a sus cauces de orden y razón a aquel torrente anárquico que, incontinentemente, iba alcanzando al país por todos sus costados.
            Cuatro años llevaba ya en su reinado el agotado Eye. Entre tanto revuelo y descontrol, el tesorero Maya se había hecho cómplice indispensable de mi tutor Horemheb. Por todo el reino corría la idea de que jamás cejaría en su ambición el licurgo general, hasta verse convertido en faraón de Egipto. Se decía que sus oscuros secretos y maquinaciones hundían sus raíces en el lecho mismo de Akhenatón, cuando en su juventud hubiera aceptado incluso ser favorito y amante de aquel rey maldecido y hereje, a quien le atribuían toda excentricidad. Incluso ésa. Todo había aceptado el joven militar con tal de conservar amparos y prebendas del litigante monarca. Pero ahora, la clara impotencia y vejez de Eye, se habían convertido en el oportuno compás de espera que propiciaría el punto exacto de madurez a un plan destinado a  hacer  posible su relevo.  Era, pues, importante tejer con habilidad el lienzo de la intriga, ése que enjugaría en su momento la inminente subida al trono de aquél a quien todos aún consideraban un torvo general pero tal vez un diestro político, eficaz y ambicioso. La agudeza de Merit era indispensable en esta trama. Entre los tres dejarían que la situación social se desmoronara aún un poco más. Manejados con destreza los caudales públicos y el ejército, todo sería natural y sencillo. Se trataba de esperar el momento propicio de sazón. Y ese momento estaba a punto de llegar. Enseguida el firme Horemheb subiría al trono y Maya conservaría un lugar de suma regalía, asegurado por aquél como jefe vitalicio del tesoro real. Puesto que le permitiría seguir ocultando viejos trasiegos que habían conformado su riqueza actual. Era, pues, de capital importancia la relación que Maya, a través de su esposa Merit, debía mantener con los dignos sacerdotes de Amón, en la ciudad de Tebas. Desde hacía años aquel era el conflicto político más difícil de equilibrar. El ambicioso clero no se encontraba aún plenamente seguro y satisfecho, y deseaba, con fervor exaltado, que se entronizara a un rey que definitivamente volviera a convertir el enorme recinto sagrado de Tebas en lo que no debería haber dejado de ser nunca: el primer centro religioso del mundo.

Una vez más consideró cómo le resultaba a él difícil entender aquella ambición desmesurada que regía la existencia de no pocos humanos. Nunca había sentido tal necesidad. Tal vez, porque desde siempre había indagado, conocido y aceptado sus personales límites. Había observado, eso sí, con sarcasmo y desprecio aquella lucha soterrada y cainita que era permanente en el sibilino magma eclesial. Aunque siempre se presentara ésta bajo una pátina nacarada y aséptica de palabras y gestos sosegados y santos. Y en todas las ocasiones se había mantenido al margen de tales banderías. Para ello, había adoptado, cauta e inteligentemente, una postura de simpleza y necedad, que había hecho que él a nadie interesara, y no estorbara a nadie. Así, haciéndose pasar conscientemente por un necio y hombre de pocas refulgencias, había podido subsistir sin estorbos ni gracias, pero siempre a su aire. Siempre le habían atraído los personajes de segunda y de bulto que poblaban hazañas, teatros o novelas. Ser un observador y pasar por un rústico era siempre una suerte y una garantía.


Merit solicitó enseguida mi traslado a su casa situada en el nomo de Mennof-Ra. Mis maestros emitieron de inmediato un favorable informe en el que, además de colmarme de alabanzas, se me recomendaba para asistir a una Escuela de Vida. Y Horemheb sintió placer en mediar en favor de agradar en todos sus deseos a la influyente dama de quien tanto esperaba. Mis maestros no opusieron la menor resistencia; antes bien, nuevamente yo volvía a ser propicia conexión entre la escuela de El Fayum y nuevos personajes cuya influencia había aumentado considerablemente en los últimos tiempos. Y es que nadie dudaba de que el general Horemheb sería el sucesor de Eye. Máxime tras el desposorio del militar, en sus segundas nupcias, con Mutnodjmet, hermana de Nefertiti, lo que le  proveía del nexo real indispensable para ostentar el cargo de gran Horus viviente. También en ello Merit había oficiado de capaz casamentera.
            Pasé, pues, de la tutela escolar del harén a la hacienda singular de Merit, sin que fuera determinado en calidad de qué se efectuaba aquel raudo traslado. La gran ciudad de Menfis resultó fascinante a mis humildes y provincianos ojos. Mi muy querida protectriz Meritatón había derramado sobre mí todo su afecto maternal. Merit, desde el primer día, despertó en mí todo el fuego y la pasión que se encierra en el pecho de un muchacho que descubre y estrena el furor de su lívido.
            Enseguida ella me hizo saber que no le era un desconocido. Mi pertenencia directa durante mis primeros años, de modo tan dubio y en circunstancias tan particulares, a la casa de la notable Meritatón era razón más que suficiente para que no pocas personas hubieran reparado en mí, a lo largo de mi crecimiento, máxime cuando ella nunca había ocultado que yo no era su hijo. Sin embargo, la clara distancia entre ambas mujeres, tensa siempre por motivos de influencia política, había hecho que nunca antes Merit se dirigiera a mí. Meritatón no la tenía consideración alguna, y Merit lo sabía abiertamente. Yo, a ella, también la había visto alguna vez, aunque debo confesar que jamás antes mis ojos de muchacho habían reparado en ella por más de un instante.
            Me sorprendió de modo extraordinario la grata acogida que también me dispensara desde el primer momento su esposo, el tesorero regio. Él fue quien me transmitió el regocijo expreso del gran general con motivo de aquella re-adopción que de nuevo me situaba en una posición de protegido, que tal vez le liberaba a él definitivamente de su compromiso con relación a mí. Me honro en reconocer que en aquel tiempo Horemheb me prodigó un misterioso afecto que yo no comprendía, pero que siempre he agradecido muy dentro de mi pecho. Por ello, durante toda mi vida, he tenido dispuesta a flor de labios una palabra para proclamar sus virtudes y excelencias, a la vez que un gesto presto para diluir y disculpar esos defectos y vilezas que tantos le atribuyen.
            En un primer momento, mi acogida en casa de mis nuevos tutores no revistió más que los aspectos de cualquier grato prohijamiento considerado al uso. Olvidadas las primeras incertidumbres y cautelas por mi parte, mi nuevo estado se convirtió en algo alentador y gozoso que me restituía a un nuevo hogar lleno de riquezas y comodidades y me prometía un afecto del que yo me había sentido tan desarraigado y tan escaso desde mi nacimiento. Nunca diré que no supe, y eso desde el primer instante, que el afecto hacia mí de mi nueva matrona escondía los perfumes y aromas que conllevan las veladuras del deseo amoroso. Pero también he de decir que, en mí, fueron los nuevos sentimientos de confusión, lascivia y narcótica intriga los que me apresaron, despojándome de voluntad, juicio preclaro o sentido de culpa.
            Quince veces el gran río había inundado con su fecundidad las tierras de Kemit desde mi nacimiento. El incipiente vello había comenzado a sombrear bajo mi nariz, y mi sexo se escondía ya entre una negra pelusilla que había agrandado de un modo  instintivo mi pudor y recato. Recuerdo los primeros escarceos suyos, y me acomete un rubor infantil que de nuevo me arde en las mejillas como me ardía entonces. Sin embargo, debo decir que por entonces todo se desarrollaba siempre envuelto en un humo inocente de contención y de irrealidad amable.
            Cada mañana solía despertarme en mi lecho al sentir el tibio pero amable contacto de sus dedos, yendo y viniendo sobre mis mejillas o indagando alrededor de mi cuello, mis hombros o por la parte alta de mi pecho, próxima a mis axilas. El filo incruento de sus uñas, siempre tan cuidadosamente pulidas y pintadas, trazaban sobre mí una sinuosa línea interminable, que se precipitaba o demoraba en un juego trenzado de incertidumbre, pausa o sobresalto.
            Venía ella cada día hasta mi aposento a la primera hora. Y su sonrisa abierta y sus ávidos ojos, perfectamente perfilados con kohl y sombreados con el polvo verde de la malaquita, eran lo primero que veían los míos entre los brumosos repliegues de mi pueril y asidua pereza y somnolencia. Luego estaba el redescubrimiento de sus perfectas facciones, su aroma a aceite de flores nuevas de papiro, de loto y de incienso. Sus firmes brazos eran muy acogedores. En ellos sonaban invariablemente sus múltiples pulseras dispuestas siempre a cantar con sutileza todos sus movimientos. Me gustaba que sus manos me inmovilizasen. Era una prisión amable y deseada. El revuelto lienzo de mi cama ahora se tensaba a uno y otro lado de mi cuerpo, sujeto por sus puños, como si quisieran impedir una escapada que yo jamás hubiera deseado. Y un instante después, los inquietantes frutos de sus pechos apoyándose suavemente sobre el mío. Y aquel terror dichoso, mientras sus labios dejaban un beso blando en mi mejilla teñida por un rubor intenso que sofocaba de perlas mi nuca y mi frente.
            Y ése era el diario preludio. Pues, un instante después, y mientras con alguna parte desatenta e imprecisa de su cuerpo rozaba o oprimía levemente mis piernas o mi vientre, era mi sexo quien, de pronto, se hacía trémulo y huidizo para ocultar alguna incontinente señal cuya muestra me producía pánico que pudiera hacerse evidente. Entonces era yo quien con un dichoso escalofrío o una leve agitación le reclamaba una odiosa libertad que impidiera por fin que tanta dicha pudiera materializarse de aquella forma prohibida e imprudente. Sin mayor importancia el juego terminaba, dando la sensación de que nada había sido ni premeditado ni, en modo alguno, un enredo lascivo.
            No olvido los primeros tiempos en los que su aproximación a mí se concretaba y circunscribía a esa ceremonia cotidiana, solemne e imprecisa, puesto que  el resto del día, sus múltiples ocupaciones la tenían fuera de su casa, y mi asistencia sin falta a la Casa de Vida me sumía a mí en tareas fatigosas que reclamaban mi atención al completo. Pero eso, y sólo eso, parecía ser cuanto su afán de hembra encelada reclamaba de mi núbil pureza. Un instante perdido en cada amanecer entre la iridiscente irrealidad de las primeras luces. Una fragancia liberada en tal estado de inconsciencia, entre el sueño y la vela, que a mí me hacía recordarla más tarde como algo tal vez solamente inventado. Algo sostenido por mi febril ensoñación de muchacho sensitivo y venal, tal vez alentado por mí a fuerza de acariciar en la piel prometedora del trémulo deseo.
            Durante largo tiempo dudé y sospeché de mi torva razón y mi entusiasta lujuria. Dudé, incluso, cuando la lascivia era aún para mí algo simplemente intuido y no comprendido o razonado con el pleno sosiego del examen. Y durante aquel largo período creí en su inocencia y en mi rudo delito, y en cómo mi mente se ofuscaba con el humo asfixiante de aquellos turbios pensamientos míos, precoces e inmorales. Dudé de mi imaginación y me impuse el hierro tenaz y sin clemencia de permitirme disfrutar únicamente de aquel placer sincero que me ofrecía, en cada amanecer, el entrañable beso de quien era, de aquel modo, mi madre y sólo eso. Y me negué, tirano y justiciero hacia mí, cualquier otro deleite o  convite ofrecido o robado.

            Pero, sin razón aparente, de pronto, Merit dejó de venir a diario hasta mi lecho. Fue un tajo cruento; un cambio de actitud tan riguroso y dramático que cortó de raíz aquel empeño heroico de virtud en el que yo me había implicado, a la vez que dejaba en el vacío los juicios y razones que yo me había construido a fuerza de martirio. Entonces, una rebeldía interior y primaria me cegó hasta casi hacerme gritar el dolor de su ausencia sin reparar en prudencias o móviles. Ante tanta incapacidad y desencanto súbito, me negué a ingerir alimentos, a respirar; a vivir. La diaria asistencia a la Casa de Vida me era insoportable. Palidecí. Y hasta el respirar se me hacía costoso y lacerante, pues algo se me había roto en la garganta, como el tajo hecho por un vidrio tragado. Por vez primera, deseé que Anubis me cerrara los ojos y utilizara conmigo el natrón, y que mi alma recorriera la duat y compareciera ante Osiris con todas las urgencias que puedan concebirse. Sin embargo, y pese a que para ella debía ser evidente mi estado y la causa del mismo, no volvió a visitarme con asiduidad, e ignoró e hizo que todos en la casa ignoraran mi trance. Un halo de velada distancia e impalpable contención del afecto rodeaban siempre sus aproximaciones. Y hasta el beso depositado diariamente en mi mejilla o la palabra cálida, en su caso, venían siempre revestidos de una impenetrable frialdad precisa, letal y calculada. Era como si de pronto ella se hubiera impuesto a sí misma no demostrarme ni una brizna de apego o sentimientos; al fin y al cabo yo solamente era su protegido.
            Tras un período amargo que estimé no poder superar, creí encontrar el modo de seguir adelante. Tal vez el desamor fuera mi sino. Creo que fue entonces cuando aprendí que cada hombre alienta y vive sólo para sí mismo. Que, pese a cuanto pueda parecernos en los momentos rudos, nadie muere por nadie y siempre hay un dios o un aliento que nos empuja de un modo ciego y avasallador hacia la pervivencia. Noté entonces que mi aj mi ka y mi ba estaban fuertemente unidos y en su nudo residía mi fuerza interior.
            Practiqué la forma de imaginar pretextos que pudieran resultar ante mí mismo creíbles y aceptables. Un modo de elaborar engaños que me posibilitaran así seguir creyendo en aquello que necesitaba asentir para mi subsistencia. De semejante modo, siempre había una razón que parecía explicar o justificarle a mi interior la hiriente e infiel deserción de quienes me rodeaban. Pues el hecho de ser reiteradamente abandonado parecía presidir mi sino. Y aunque este subterfugio inventado fuera para mí como una miel insípida y acuosa, era lo suficiente para seguir libando una dulzura que me era necesaria para transitar cada día desde la hora que llamamos de Jepri hasta la de Atón‑Ra.
            Cuando su ausencia era de sólo una jornada, mi espíritu vivía el trance obsesionado por el deseo de que, cuanto antes, el sol se oscureciese y  nuevamente me viniera la noche. Para mí era aquél un tiempo odioso y despreciado; una fecha perdida; unas horas destinadas a imaginar, entre angustias, cómo podría ser la aproximación de la muerte para un enfermo desahuciado. Un día entero soportado como se soporta el rigor de una terrible y onerosa úlcera que nos pudriera el cuerpo con su hielo y su brasa.
            Después sus ausencias y viajes fueron largos. Con mucha frecuencia debía ir a Tebas, a Denderah, a Edfú. Sus reuniones secretas, los acontecimientos políticos y su mediación en ellos, así como la tensión con el clero, reclamaban constantemente su intervención a favor de su esposo, quien trabajaba abiertamente ya para el ambicioso general Horemheb. En tales motivos solía fundar yo sus múltiples rechazos. Porque de no hacerlo así, debería admitir que aquella cruenta y humillante tibieza no era otra cosa que una prueba insoportable de ultraje y desamor para conmigo.

            Pero aun así: cuando yo me enteraba de que debía emprender un viaje que la separaría de su casa durante varias jornadas, mi desolación llegaba a tal extremo, que mi mente se negaba a concentrarse en mis tareas más rutinarias y hasta en mis estudios, y mi estomago se candaba tenazmente haciéndome imposible ingerir, no ya sólo los alimentos sólidos, sino también la cerveza y el agua.
            Aquel mórbido acoso que yo sintiera en los tiempos pasados con su sola presencia, se había tornado de pronto en un deseo casi animal por tenerla a mi lado. Los dos años vividos bajo su tutela me habían uncido de tal modo a su roce y a sus encantos, que mi entusiasmo por su cercanía se habían convertido, junto con mi casi inalienable furor por el estudio, en las dos razones concisas de mi vida.
            La muerte del viejo faraón y la subida, por fin, al trono del Alto y Bajo Egipto, de Horus Horemheb, descargó a la casa de Maya de múltiples cuidados y problemas. Por lo menos de todas aquellas maquinaciones y urdimbres peligrosas que hasta entonces se habían tejido a la sombra de aquella mansión, centro de la alta intriga. El objetivo estaba ya alcanzado. El tesorero seguiría ocupando su asegurado puesto, y su esposa se replegó a una vida más retirada, plácida y lujosa, que de alguna forma, a mí, me la restituía en un sosiego ponderado y amable. Ahora ella era gran anfitriona del palacio real, y sus cometidos, aunque con ciertos matices políticos, revestían un nuevo carácter más festivo y social. Los sacerdotes amonianos podían estar también plenamente tranquilos, y el faraón y sus colaboradores dedicarse a menesteres distintos a la alta estrategia, la torva negociación o las intrigas religioso‑políticas, frecuentemente fraguadas a través de métodos oscuros o malvados.
            Fue entonces cuando de nuevo nuestra relación se estableció ardiente y turbadora, al menos por mi parte. Y así como la luz del día nuevo sepulta a las sombras de la pasada noche, sin dejar siquiera que prevalezca un resquicio del negror pasado, así volvió Merit a desplegar ante mí aquel su manto tejido de seducción y desdén a un mismo tiempo, pero de cercanía alcanzable y posible. Y lo hizo, esta vez, cual si se tratara de un nuevo juego excitante y macabro, letífero y vivificador, amoroso y brutal.

Miró por entre el enrejado de la celosía para ver cuántos muchachos estaban esperando aún. Entonces vio a Daniel. Una ola desbocada de sangre le ardió sobre el pecho y le subió hasta el cuello ofuscándole la vista y la razón. ¿Por qué venía a él? Trató de apaciguarse y prestar atención a aquel otro penitente que ya estaba, tras el “Ave María purísima”, relatando sus faltas de modo acelerado, sin haberle dado tiempo a que él contestara la preceptiva fórmula que daba inicio al sacramento.
            Haciendo un esfuerzo penoso, trato de centrarse en cuanto el contrito le estaba enumerando. Escuchó como pudo, y lo aconsejó mientras dilucidaba si, tras absolver a éste, debía levantarse y abandonar el confesionario, disculpándose con quienes estaban aguardándole para recibir el perdón. No se atrevió. O, tal vez, simplemente, algo le impidió de forma física izarse del asiento. Vio entonces avanzar a Daniel y arrodillarse ante la portezuela. El muchacho apoyó sus antebrazos en ella y descansó su barbilla en el nudo que formaban sus manos reunidas. Manuel tendió la cortinilla sobre sus hombros como un sobrepelliz, y un ámbito de intimidad les guareció a ambos. En la penumbra, contempló su cabeza humillada ante él, y percibió el olor intenso a “Heno de Pravia” que exhalaba su nuca. Poco a poco, la inicial oscuridad se fue diluyendo en formas y contornos más precisos y claros. Esta vez sí se oyó a sí mismo diciendo “sin pecado concebida”.
            Escuchó atentamente y dejó que el chico vaciara su alma hasta la hez sin pronunciar por su parte palabra alguna o apoyo a lo que él desgranaba. Sin saber bien por qué, un inmenso dolor le trepanó el alma como jamás antes le había horadado ninguna otra confesión que él hubiera escuchado. Cuando Daniel terminó, un sereno silencio se instaló entre ambos. Manuel no se precipitó. Notó como si alguien le hubiera tomado de la mano y dirigiera con firmeza sus actos sin azoro ni duda. Entonces le dijo con una voz entrañable y resuelta que a él mismo le pareció prestada: “Levanta la cabeza y mírame sin que sientas vergüenza”. El muchacho fue ascendiendo con su vista y Manuel notó como unos ojos de esmalte atormentados le iban recorriendo cada uno de los botones de su negra sotana hasta encarar su rostro. Entonces, alzando su mano, le dijo: “Ego te absolvo a peccatis tuiis in nomine Patri et Filli et Spiritu Sancti”. “Hijo, vete en paz”. Y sintió que jamás había deseado la paz a nadie con tan hondo deseo.
            Entonces Manuel se quedó sumido en la penumbra y deseó que sus ojos no volvieran a acostumbrarse a las sombras. Algo en su interior clamaba por una peculiar ceguera. Deseaba; necesitaba quedarse consigo a solas, pero tuvo que atender una nueva demanda. Lo hizo como pudo, y aguantó hasta que escuchó los cánticos que anunciaban que la misa había llegado hasta la comunión, momento en el que las confesiones llegaban a su fin. Permaneció sentado hasta que la capilla se quedó desierta. Sentado en aquel cubículo, que de pronto le pareció un cuchitril de amargura y tristeza, de penuria y desazón, de miseria y oprobio. Aquello era un infecto vomitorio, una sentina pútrida, un muladar donde se descargaba la vileza y la miseria humana, la mentira y el miedo; la culpa y el dolor. Recordó todos sus años de administrador del sacramento de la penitencia, y un peso infinito le agobió las entrañas.
            Por la noche leyó:


Sé que en el transcurso de mi vida había crecido diecisiete veces “el húmedo señor de las montañas” cuando esto sucedió. Y que, además del collar de cuentas de marfil que cercaba mi cuello, ya vestía mi cuerpo con el pano de los muchachos jóvenes. Aquella mañana Merit apareció de improviso en mi estancia. La descubrí cuando me desperté sentada frente a mí como si fuera una estatua en su trono. Sus ojos sonreían y su semblante era sereno y firme como lo era siempre. Estaba esperando a que me despertara. Un sudor de emoción y congoja me bañó por completo mientras me preguntaba qué había motivado su anhelada presencia y aquella feliz restitución después de tanto tiempo desdeñándome.
            Permanecí en silencio tratando de mitigar el desbocado golpear de mi pulso. Un trecho separaba mi cama de la silla que ella había elegido, y en la que, al parecer, había esperado pacientemente a que yo me avivase. Mi diosa velaba mi reposo. De inmediato pensé en que ella había estado contemplando mi sueño, y me sentí descubierto y casi profanado en mi intimidad. El rencor y la dicha se abrazaban en mí como algo frágil y unitario que temiera abandonar su precario equilibrio. Después de deleitarse durante un largo espacio de tiempo con aquel desconcierto que, sin duda, presentaba mi patente estupor, me invitó a que me incorporara y saliera del lecho.
            No sé si balbucí alguna palabra ininteligible o simplemente fue un sonido gutural de perplejidad y total desconcierto. ¿Mostrar mi desnudez de nuevo ante sus ojos? Recordé de inmediato aquel primer día en que la hube sentido junto a mí, a la orilla del lago Meruer. La voz se me negó a pronunciar excusas o evasivas, y un brote de sudor perló mi frente y humedeció con profusión mi cuello. Supo de inmediato mi azoro y no dudó en disipar mi ofuscación y en dejar al descubierto sus nítidos deseos. Y lo hizo con aquella elocuencia y aquella firmeza que hacían parecer en sus labios sencillos hasta los argumentos más comprometidos, u obvias las razones más complejas o ambiguas.
            “Retira la tela de tu lecho y álzate; quiero ver tu cuerpo al descubierto”
            Pero ¿ver mi cuerpo? En nuestro país no se llevaban nunca sobre él demasiados ropajes. ¿Qué es lo que pretendía?
            “Deseo ver tu pecho y tu cintura, tus piernas y tu sexo, tus brazos y tu vientre, y, eso, sin que nada se interponga a mi vista.”
            Estaba claro que algo había terminado entre nosotros y algo diferente se nos aproximaba.
            Obedecí sus órdenes. Su firmeza no dejaba vanos ni fisuras para el tanteo o la duda. Me incorporé y sentí sobre mi desnudez la inspección incisiva y rigurosa de sus ojos de hiena, pero a la vez la mórbida y deleitosa mirada de una gata celosa. Los sentí resbalar sobre mi carne como si una pluma de ave recorriera uno a uno mis miembros, quizás acariciándolos, quizás haciendo almoneda para dictar un precio o tasar una venta. Hacía calor. Era un día del mes de Paofi, en la estación de Ajet. La avenida del Nilo estaba en su apogeo y un vaho grueso y pegajoso se alzaba desde el amanecer por todos los rincones. Fijé mis ojos en el infinito. Desde mi ventana podía ver el agua enfangando los campos con su negror de ciénaga propicia. Los augures y adivinos pronosticaban una cosecha espléndida, y hacían sus vaticinios y apuestas sobre hasta qué escalón subiría la línea del agua en los nilómetros. Después volví a mí. El lienzo que me había protegido durante la noche yacía arrugado en el suelo. Sentí cómo mi pie tocaba aquella tela que sin duda guardaba el olor de mi sueño. Agaché mi cabeza y en él cobijé mi vista desolada. Quería huir de la escrutadora inspección de sus malditos ojos.
            “Date la vuelta”, me ordenó. Y yo obedecí, sintiendo que de pronto mi existencia se distanciaba de la suya como la de un esclavo se encuentra distanciada de la de su señor y amo. Toda la frialdad del mundo no me hubiera hecho sentir tanta angustia y tanta amarga humillación. ¿Era acaso yo un potro al que se elegía para la batalla? ¿Dónde quedaban aquel trato, algún día  entrañable, y las caricias amorosas recibidas durante ya tanto tiempo de quien había llegado a sentir, en mis ensueños, como podía sentirse a una madre o tal vez a una esposa?
            Merit se levantó de la silla en la que se encontraba. Se acercó hasta mí. Se situó a mi frente. Se detuvo a una cierta distancia, y de nuevo ordenó: “Iza los ojos”. Su tono era directo como lo era siempre, pero en él se guarecía un punto de blanda sutileza. “Mira y no retires la vista de mi cuerpo”. También me lo ordenaba de forma imperiosa. Pero algo quebrado se subordinaba ahora en esta nueva orden. Entonces desajustó el vestido en sus hombros, y retiro también su ceñidor. Dejó caer su túnica plisada. Y su cuerpo quedó completamente libre igual que estaba el mío. Únicamente la negra peluca trenzada, que cubría su frente y cercaba su nuca como un marco de azabaches y oro, coronaba aquel cuerpo opulento; el primero de mujer que yo veía sin las veladuras de telas o vestidos. “Mírame bien, pues debes decidir si quieres ser mi amante”.
            Sé que me puse a temblar como tiemblan las hojas cuando el jamsín se extiende llevando en su entraña el aliento tórrido del dios rojo al que llamamos Set. Ante mí, el misterio estaba desvelado. Aseguro que mis dientes me castañetearon y mi mente se volvió loca de perplejidad. Merit no era mi madre; nunca lo había sido. Yo nunca había tenido una madre propia y verdadera. Y Meritatón estaba tan adentrada ya en el mundo de Osiris, que pretender su intercesión me pareció algo incoherente y absurdo. Creo que apreté las mandíbulas para impedir las lágrimas.
            Efectivamente: Merit me había adquirido como se adquiere a un potranco pujando en el mercado. Me había cuidado y alimentado con atención y esmero. Le había hecho creer a mi ternura que aquella era mi casa y ellos mis familiares. Me había adiestrado también en los lujos y refinamientos de la aristocracia, como si todos aquellos bienes, modos y lugares me correspondiesen. Había estimulado mi codicia y mi celo, mi ímpetu venal, y aquello que de dubio y de confuso aporta el afecto sincero a las relaciones primarias y salvajes. Y ahora me desvelaba sus planes encubiertos y me mostraba cuál era mi lugar y cuál seguía siendo el suyo; cuál mi destino y cuál la función que se me asignaba. Yo era tan sólo un ejemplar novicio hermosamente sano y codiciable, y, además, ya perfectamente amaestrado en su favor y su mundo. Ella se había encargado de que mi cuerpo se hubiera ido formando convenientemente, y que mi mente también se hubiera convertido en lúcida y preclara. La gran mujer jamás se permitía amistades vulgares, joyas de calidad mediocre o piezas de arte que no fueran dignas de una esposa divina.
            Sin embargo, su vanidad y su excelsa elegancia la llevaban siempre a no permitirse convivir con el fraude o con la indignidad. La nequicia y perversión de aquella trama déspota se equilibraban, no obstante, con el riesgo y la valentía que suponía aquel ofrecimiento que me hacía de sí misma. Sí. En mi voluntad estaba aceptar o no aceptar lo que me proponía. Y sé (y es propio de hombre justo el proclamarlo) que ella no hubiera ni siquiera parpadeado, ni lanzado el más ínfimo reproche, si yo me hubiera negado a su propuesta. Era evidente que mi presencia en su casa hubiera dejado de tener un motivo, que tal vez se hubiera propiciado el hecho de tener que abandonar su techo. Pero también sé que ella hubiera buscado una justificación honrosa para mi súbita emancipación. Y que, incluso, hubiera arreglado mis asuntos para poder seguir con mis estudios, a la vez que se me procuraba una vida acomodada y digna lejos de su presencia. Merit jamás propiciaba un reproche. Era la artífice máxima del pacto y la concordia suma; tal era su arte y maestría en la política. La verdad en su boca podía ser un cruento insulto o una provocación, pero era la verdad, y ella siempre sabía edulcorarla y hacerla valer como debía.

Durante los días siguientes Manuel fue incapaz de volver a leer. Necesitaba ordenar su cabeza. Los acontecimientos sucedidos habían venido a poblar su vida de una forma inquietante y obsesiva. Aquello que el libro le estaba revelando de un modo etéreo y sin avisos, y la confesión de Daniel habían trastocado su interior de un modo sorprendente, poniendo ante sí mismo aspectos sobre los que él antes no había reparado. Dios y el instinto. El ser humano y sus pasiones. El intrincado tejido urdido por el deber y el deseo. La sed de trascendencia y la imperiosa necesidad de asirse, íntimamente, a cuanto nos rodea. Y junto a ello, la culpa y el perdón. El fuego y la templanza. El miedo y el valor.
            Aquel muchacho y aquel extraño libro le estaban forzando a vivir de un modo que él jamás hubiera sospechado. Por vez primera se había sentido absurdo e impotente en el confesionario. Él que había administrado la absolución durante tantos años, que había reconfortado a penitentes, aliviado congojas, reordenado embrollos de culpas y temores, dictado e impuesto normas para el mejor gobierno de conciencias y hábitos. Él que había consolado, serenado, apaciguado, reconducido a maduros y ancianos, a jóvenes y a niños, ahora se sentía incapaz y perplejo. ¿Qué era en realidad aquello de la penitencia? Un hombre, en el nombre de Dios, entraba en la conciencia de los hombres, se hacía intérprete de la verdad suprema, y administraba el perdón infinito. Aquella formulación le hizo sentir vértigo.   
           







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