ONCE
Dejémosle la voz y que se explique a gusto.
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Enseguida me
di cuenta de que debía aprender de algún modo a subsistir entre la adversidad.
No es verdad que a cierta edad ya no importe la vida. Cuanto más viejo es uno,
se valora más la luz, el movimiento, la risa, el afecto; el pasmoso regalo de
una nueva jornada. Quizás eso es lo que haga que los mayores sean tan proclives
al llanto. La muerte siempre es tan inoportuna y tan madrugadora, aunque uno
diga que está hastiado y harto del respiro. Hartarse de vivir es una cosa,
aceptar la partida y su rigor de viaje inimaginable y siempre sin retorno es
algo diferente. Así pues, como en tiempos remotos, le confié a mi imaginación
mi vil supervivencia. Porque el ensueño nos rapta de la realidad y sus tacaños
límites, y nos esponja el alma y nos hace divagar y ver el mundo como debía
ser, que es como, en realidad, es, y no de otra manera. Sí, como es. La fe
religiosa no es más que la sacralización de esa capacidad de levantar ensueños
para seguir viviendo. Esto la sublimiza. Lástima que luego las iglesias la
hayan desvirtuado y, en su afán ciego de control y dominio, la hayan utilizado
tan cicateramente. Y es que la realidad no es eso que sorteamos y sufrimos
jornada tras jornada, sino lo otro, lo que anhelamos, lo que creemos, lo que
nos inventamos, lo que tira de nosotros y nos guía y nos eleva y hasta nos
arrastra; lo que queremos creer y nos creemos.
-Voy a cambiar de tercio.
-Vaya, ahora eres tú, quien traza este
guión.
-Claro ¿no hemos quedado en que tú y yo
somos en realidad la misma voz; el aliento parejo?
-Sí, pero cada uno habla desde su orilla,
así se garantiza la autocrítica, y también el amor.
-Por supuesto. Es eso lo que nos hace válido
al uno para el otro.
Así pues, he
llegado a la conclusión de que, este Don Senén, ha aprendido ingeniosamente a
vivir en su propio nirvana, administrándose y practicando esta particular
autohipnosis del verdadero astuto. Y es que, en los días que siguieron a mi
primer contacto, pude certificar ya fehacientemente que él no leía ni una sola
línea de aquellos documentos que se colocaba, entronizados en su atril de
madera, ante los anteojos. Busqué y rebusqué entre los montones de libros
viejos y destripados, tirados a su suerte en aquel lúgubre charco de bruma y
abandono. Aparte de los legajos de documentación, la mayoría de los tomos
trataban temas religiosos: vidas inflamadas de santos y martirios, principios
de moral, de ética; asuntos de liturgia, de dogma, de concilios, de pastoral o
de sacramentales. Había volúmenes densos y pesados; tratados antiquísimos,
incluso escritos en vitela. Algunas biblias desentrañadas y abiertas en canal
por el celo piadoso. Sesudas reflexiones hechas por padres apostólicos. Obras
de San Agustín. Santa Teresa. Fray Luis de León, Santo Tomás de Aquino.
Documentos sobre doctores, apóstoles, profetas. Piezas literarias de gran
erudición. Sin embargo, muy pocos correspondían a temas profanos o a asuntos de
ficción, como, por otra parte, era de cierta lógica. Allí estaban los autos
sacramentales de don Pedro Calderón de la Barca y pocos más. Desde luego, ni
uno sólo correspondía a una edición cercana a los días presentes. Todos
parecían emerger de la oquedad del tiempo. Por eso, de los que allí había,
ningún volumen lograba despertar mi admiración, ni tener la fuerza suficiente
para rescatarme de aquel estado en que yo me encontraba varado o en deriva.
Estado, que yo sabía, me iría consumiendo con inquina de roña cancerígena, si
no me procuraba mi propia redención. Igual que el gorgojo, que labraba
insaciable la ruina de aquella podrida biblioteca, la inactividad pugnaba por
devorarme sin piedad ni paciencia.
Día tras día, entrar allí, era como
bajar a una mazmorra sepulcral, a una cisterna primitiva, en la que la
sensación de abandono e inutilidad eran igual que una humedad sofocante que nos
reblandecía huesos, pulmones, deseos y creencias. No obstante, por imposición
penitente, leí algunos libros con el ansia de quien se toma una medicina en la
que cree firmemente que se encierra su salud y el fortalecimiento del hilo
endeble de su precaria vida. Buscaba un punto de entusiasmo, una luz que me
hiciera soñar, creer en otros mundos o evocar otros tiempos. Rezar,
mortificarme y pensar en patrias celestiales no calmaban mi ánimo tronchado y
mi yerro indevoto. Debo decirlo con rubor y con contrita culpa. Era como si,
para vivir, yo necesitara paisajes y asuntos más prosaicos del ser y de la
vida. Aquel deseo, aquel vicio, o aquella necesidad llegaron a obsesionarme de
modo pernicioso. Así, pues, también el resto de mi día comenzó a girar en torno
a aquella obsesa idea que yo sabía que podría ser mi sustento o viático. Yo
quería vivir, pues que aquello era morirse (no matarse) a uno mismo.
Las tardes en la portería estaban
carentes de interés y vacuas de razón. Sé que si hubiera tenido una sentencia
médica que hubiera puesto fecha a mi existencia, nada de esto me sería preciso;
me habría agarrado a la vida con fuerza delirante. En momentos extremos, las
fuerzas se despiertan con un furor que nunca sospechábamos. Pero ése no era mi
caso. Ante un hecho de muerte imperiosa, el heroísmo se derrama siempre a
gruesos borbotones. Pero para ser testigo o sujeto de eso, uno ha de tener a la
finitud cercana y pegada a los talones. Lo difícil es tirar hacia delante
cuando la existencia es vulgar y sin grandes clamores ni convulsos tumultos.
Necesitaba, pues, encontrar una lectura que rescatara mi ánimo de aquella
desazón creciente que me estaba asfixiando.
Ahora me
toca nuevamente a mí referir el percance. Y diré que éste fue como un verdadero
castillo de fuegos de artificio que estallara, espléndido, sobre un cielo lelo
y desprevenido y en absoluta calma.
“¡Alto ahí!
¡Eso ni se le ocurra!” La voz de don Senén pareció salir de un antro
misterioso, llena de furias y fuerzas vengadoras. Fue como un trueno seco que
el cielo no pronosticara. Igual que una gorgona que guardara una reliquia
santa, su grito o su ladrido lo interceptó. Fue contundente y seco lo mismo que
un portazo airado de mazmorra. Aunque, un instante después, el trenzado sinuoso
de las lúgubres bóvedas se encargara de darle una reverberación acorde con una
oquedad religioso-siniestra, casi imposible de ser descrita ahora. Su aliento
se quedó suspendido, como dicen que se quedó encallada la mano de Abrahán al “detente”
imperativo que le gritara el ángel negociador que le enviara el Cielo.
Don Manuel se quedó petrificado,
como bien corresponde a alguien mirado por Euríala, la amazona inmortal. Aquel
muerto viviente había resucitado de improviso trayendo de su mano las furias
del Averno. Y lo hacía como hacen los monstruos sumergidos en las profundidades
marinas o geológicas, exhibiendo su fúlgida soberbia cual una llamarada de lava
incandescente. Sin duda era Libia su primer cuna, y sus orígenes pura mitología
hundida en los ancestros. Y ahora, por vez primera, se revelaba, espléndido, como
un cáustico vengador de algo secreto y truculento, pero, para Manuel,
totalmente inaudito. “No se le ocurra a usted tocar ninguno de esos ochenta y
tres volúmenes, o informaré de ello a su Ilustrísima sin pérdida de tiempo. De
sobra es sabido que en ese anaquel luciferino está afincada la sede del demonio
y el cuartel de sus huestes, esbirros y secuaces. Andar por ahí manoseando, es
como andar cortejando a la bestia en su propia guarida, o meter la mano en el
calor obsceno del cuerpo de una hembra; buscarse uno la ruina irremisible y la
eterna catástrofe en el alma y el cuerpo, sede o tabernáculo del Supremo
Hacedor. Bien se ve que usted no sabe nada de esta huronera pérfida. Pero yo le
diré, y crea usted si quiere o si le da la gana. (Y entonces puso los ojos
abichados y el hocico de liebre, y afiló más aún sus palabras como púas de
vidrio). Hay días que en ese estante brillan y refulgen los fuegos fatuos del
maligno, y hede, hasta asfixiar, a azufre y a otros tufos y aromas pestilentes.
Ya lo irá comprobando con sus propios olfatos, si es que antes la curiosidad no
le llaga y empústula los ojos con cegueras o úlceras sangrantes. Pues hasta
esos nocivos efectos puede ocasionar ese horrible fenómeno en ese lodazal de
palabras cochinas.”
Don
Manuel quedó conmocionado, no tanto por lo que el funesto anciano le decía, que
a todas luces era un escape y un resoplo de su avanzado y senil estado de
demencia, sino por aquel iracundo tono que había usado, y por aquella forma de
reaccionar tan repentina y desproporcionada. Jamás hubiera él intuido tanto
furor y airada energía en recipiente humano, al parecer, tan frágil y tan
deteriorado. No obstante, y cuando se repuso del brote inquisidor, miró al
lugar señalado. Allí estaba la repisa de los libros protervos, asomándose al
vacío igual que un suicida congelado en su momento crítico. Al mismo tiempo,
aquel cordón de lomos exhibía una alineación elegante y carnal, cual un manjar
prohibido en madurez jugosa; cual licenciosas hembras en su palco de ópera;
cual tercio militar en desfile de gala. Algunos de ellos mostraban en sus tejas
una marca escarlata anatematizadora, que seguramente advertía de su perverso
uso o el riesgo en su disfrute. Eran cual cortesanas túrgidas; rebosantes y
obscenas; cual hembras bien cebadas de harén o de serrallo. Otros, sin embargo,
le parecieron a él recatados escuálidos,
incapaces de corromper o infectar a espíritus, aunque fueran de incautos o de
ingenuos bachilleres presbíteros. Podría asegurarse que eran cual damiselas
tiernas, tentadoras y ávidas; fámulas melindrosas de orondos monsignores. Si uno se aproximaba y, aun
sin tocar, aguzaba los ojos, brotaban conclusiones. En algunos de ellos se veía
el ultrajante expolio practicado por el señor censor dentro de sus entrañas,
pues hasta presentaban claras muestras de haber sido tratados rudamente y
destripados e, incluso, privados de algunas de sus hojas con violencia
inaudita. Violencia literaria. Por eso podía concluirse que todos, de una u
otra forma, habían sido tratados como meretrices de arroyo, de fango o
callejuela; como putas ya desahuciadas de antro o taberna de sucio lenocinio.
Esto se percibía a juzgar por el desbarajuste que se observaba con tan sólo
mirarlos. Otros estaban prácticamente intactos, como niñitas vírgenes. Pero,
tal vez, todos ellos, por su condición de dañinos e inmundos, parecían estar
gobernados con cierta deferencia. Explicaré. Preservados por el salvoconducto
que expide la cínica moral, como suele pasar con los más agrios vicios dentro
de la elite de la jauría humana. Y es que, mientras sus heridas y daños eran
claros y evidentes, su lugar (quizás para que no se mezclaran con otros y así
ser fácilmente escoltados), su lugar era un enclave de privilegio claro. De
esta forma, mientras todos los demás volúmenes estaban tirados y abocados a su
destrucción por vulgares e inocuos, éstos parecían estar destinados a
preservarse y perpetuarse sin miedo a inadvertencias. Tal vez, la tortura o mal
trago ya lo habían pasado en un día remoto. Ahora la vida eterna ya les pertenecía.
Si un Savonarola redivivo no los había quemado en su “pira de las vanidades”,
ahora la sombra y el silencio eran su dulce lecho; el sueño merecido. “Es así
como el llamado “mal”, por los maniqueístas, le gana siempre la partida al bien
más ostensible; buscándose sus muy particulares e ingeniosos ardides.
Cambiando, en este caso, lo que debía ser su ubicación de sentina y muladar de
pútridos, por el trono destinado a los preeminentes y más privilegiados.” Eso
pensó Manuel, haciendo una reflexión casi instantánea sobre aquel asunto que
así lo acometía.
No
obstante, y tras detener ipso facto
su ademán y su mano, y no argumentar razón alguna en contra de lo que tan
vehementemente le advertía aquel cura mochales, don Manuel quedó fascinado por
aquel señalado andén en el que se alineaban, cual batallón hermoso de
excitantes matronas, los libros más perversos e ilícitos de todo el universo. Y
una luz le trepanó como un dardo de fuego. Bueno, como un tizón de brasero
echado a su sesera. Aquello fue una transverberación. Como dicen que le ocurrió
a la sin par Teresa, la santa abulense. Y no supo por qué, pero intuyó que, tal
vez, entre la perversión y el mal estaba su esperanza.
Bueno, no sé, tal vez no fue él y fui yo quien le
sopló semejante burrada en sueños y al oído, y quien le inoculó el veneno del
riesgo, y este deambular por entre las zarandajas de lo vil y canalla. Y quién
iba a decirlo, que yo me dedicara a tales desafueros.
El de
aquellos libros, era un armario elaborado en madera escogida. Una vitrina
esbelta con ondas y arabescos de ricas taraceas, y bañada en un barniz de color
caramelo, brillante y aromático a pesar de los años. Era un mueble con
apariencia fúnebre de arcón mortuorio de rango y abolengo, pero con una pátina
mulata y seductora de carne bronceada. Era una alacena cargada de persuasión
impúdica de hidalga lujuriosa. Y estaba claro que la fuerza fascinante y
malévola, que trae de compañera lo prohibido y protervo, vino hacia él con la
liviandad de una niebla narcótica, procaz y engañabobos. Jamás se había visto
él seducido por un furor venéreo de tanta corpulencia. Fue como ese humo
ingrávido que embelesa y arrastra en pos de sí a quien coge o entalla por
delante, y sin pudor ni respeto. Como el canto enajenador que escuchara Odiseo,
proferido por las putas sirenas, ante el que sólo la sabiduría de Circe ‑la
diosa generosa‑ le previno sin éxito. Y tentado por la avasalladora promesa del
peligro, ya no pudo pensar en otra cosa que en aquel grupo de textos repudiados
que le llamaban a tocarles las carnes. Por fin una gran tentación le horadaba
en el alma igual que un berbiquí de lujuria inaudita. Por fin él también era
llamado a voces a gustar de mieles excitantes. Ya se verá hasta dónde llegamos
con lo dicho.
-¡Vaya! qué papeleta.
-Vamos a ver; dime: ¿qué te sucede ahora?
Durante algunos días me he ahogado en mis rezos. Me he
puesto, igual que se le hace al burro para que no se distraiga, mis propias
orejeras. He reforzado mis horas de oración y, también, permanezco algo más en
el confesionario, depurándome con la miseria humana. Pero, incluso, la labor de
sopesar extravíos y administrar perdones me repugna y abruma como no lo hizo
nunca. Acostumbrado durante tantos años a confidencias simples y sin ningún
quebranto, las de aquí me llenan de sorpresa y hasta me escandalizan, pero a la
vez me incitan a no entrar en su juicio. De la perplejidad ante algunas faltas
extravagantes que yo no sospechaba que existieran siquiera, pasó al absoluto
rubor por algunos pecados, ante los que apenas sé instruir o aconsejar a mis
probos contritos. Yo no sabía que El Canchal había anquilosado tantas partes de
mí. Y este cambio está ahora revolviendo mi entraña, mi corazón, mi mente, y
hasta bamboleando mis profundas creencias. Por eso, como a una aldaba ardiente
me he asido a la meditación. Pero, como los tiempos de vorágine siempre
trastocan todo con ímpetus de vientos y convulsión de olas, un virulento brote
de crudo escepticismo ha venido a invadirme y asolarme de lleno. Así pues,
noto, como una cosa física, cómo se tambalean mis entibas y estructuras más
íntimas, ésas que yo creía firmes como las rocas. Debe ser eso que dice el
refranero de las pulgas que dan en propagarse en los podencos viejos. Y así, he
comenzado a hacerme preguntas que me revuelven todo ¿Pero realmente yo elegí
esto del sacerdocio? ¿O fue la cobarde consecuencia de una sucesión de hechos
que fueron ensamblándose por razones de azar y la necesidad de no defraudar a
quienes confiaban en mí? Porque, la verdad es que nunca he sabido decirle no a
nada, ni plantarme ante algo. ¿O, acaso, sólo fue un refugio esto de hacerme
cura? Como podrá entenderse, pensar esto, a mi edad, es una inconsecuencia. Mi
vida está ya hecha. ¿Cómo es posible que en esta situación uno conciba su
historia como una felonía?
Ahora lo
dejaremos entre sus propias cosas. Es bueno que regurgite un poco como hacen
las vacas. Yo, a vosotros, os voy a describir los días, y esperemos a ver qué
es lo que pasa.
En las
semanas siguientes leyó algunos libros píos que le proporcionaron ciertas
recreaciones ínfimo-literarias, pero que le dejaron un tufillo a beaterio ñoño
que ya no le cuadraba. Comenzó, eso sí, a sacarle algún mínimo partido a sus
tediosas horas de pelma portería. Metido en aquel reducto de cristal y madera
se sentía como un animal recluido en su jaula de exhibido zoológico. Aquella
garita, con su estructura cúbica cual hornacina santa, lo preservaba no se
sabía de qué, pero lo preservaba, y eso no le gustaba ahora que andaba en
devaneos de aventuras mentales y tanteos de riesgo. Y por necesidades de
espacio y remodelación, se le rogó que se trasladara de su ubicación en la
sacerdotal a una de las habitaciones que había para padre en el último piso de
este seminario. A lo que él no puso oposición alguna. El nuevo “Dormitorio de padres” le pareció a él un
pasillo enigmático dotado de un halito celeste y propicio para misteriosas
cruzadas. Su traslado a aquel piso de ático, separado del mundo circundante, le
resultó providencial y mágico. Allí reinaba una luz celestial y filtrada y un
silencio ampuloso que lanzaba al espíritu a locas experiencias. Así pues,
sintió que el escenario estaba preparado y su imaginación a punto de ocuparlo.
El gran teatro universal del alma apagaba las luces de la sala, retiraba
cortinas y lo dejaba sólo en medio de la escena. Su tiempo había llegado. El
mundo esperaba que declamara el verso.
En pocos días comenzó a distinguir
por sus nombres de pila a algunos estudiantes, que al principio pasaban ante él
y lo miraban igual que a un bicho raro que estuviera arrestado. Sin embargo,
muy pronto se dio cuenta de las enormes posibilidades que ofrecía aquel
incógnito altozano, y empezó a usarlo como un observatorio de guarda forestal.
Atendía las llamadas telefónicas. Eso, en un principio, se le hizo un tanto
farragoso. Pero cuando le hubo cogido la rutina a lo de las clavijas, y a lo
del “dígame” vio él un filón abierto, de perspectivas casi incalculables. Un
filón de infinito futuro para alimentar sus intrigas y sus curiosidades, y a la
vez para servir de sustento exquisito a
sus fabulaciones. La vida en el pueblo lo había hecho fisgón y huronero, eso
había que reconocerlo si se era sincero. Así pues, pasado un corto tiempo, se
sintió como un bufón de corte occidental: sabedor y conocedor de todas las
intrigas; desestimado e insignificante para la mayoría. Oficialmente, don
Manuel era sólo un cura viejo que a ratos se cuidaba, en el seminario, del ir y
del venir de aquella portería. Vivía en la planta más alta, si bien comía en La
Sacerdotal, contigua al edificio. Y, también, desempeñaba no se sabía bien qué
labores junto a don Senén, allá, en el obispado.
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