sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO ONCE

ONCE





Dejémosle la voz y que se explique a gusto.
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Enseguida me di cuenta de que debía aprender de algún modo a subsistir entre la adversidad. No es verdad que a cierta edad ya no importe la vida. Cuanto más viejo es uno, se valora más la luz, el movimiento, la risa, el afecto; el pasmoso regalo de una nueva jornada. Quizás eso es lo que haga que los mayores sean tan proclives al llanto. La muerte siempre es tan inoportuna y tan madrugadora, aunque uno diga que está hastiado y harto del respiro. Hartarse de vivir es una cosa, aceptar la partida y su rigor de viaje inimaginable y siempre sin retorno es algo diferente. Así pues, como en tiempos remotos, le confié a mi imaginación mi vil supervivencia. Porque el ensueño nos rapta de la realidad y sus tacaños límites, y nos esponja el alma y nos hace divagar y ver el mundo como debía ser, que es como, en realidad, es, y no de otra manera. Sí, como es. La fe religiosa no es más que la sacralización de esa capacidad de levantar ensueños para seguir viviendo. Esto la sublimiza. Lástima que luego las iglesias la hayan desvirtuado y, en su afán ciego de control y dominio, la hayan utilizado tan cicateramente. Y es que la realidad no es eso que sorteamos y sufrimos jornada tras jornada, sino lo otro, lo que anhelamos, lo que creemos, lo que nos inventamos, lo que tira de nosotros y nos guía y nos eleva y hasta nos arrastra; lo que queremos creer y nos creemos.





-Voy a cambiar de tercio.
-Vaya, ahora eres tú, quien traza este guión.
-Claro ¿no hemos quedado en que tú y yo somos en realidad la misma voz; el aliento parejo?
-Sí, pero cada uno habla desde su orilla, así se garantiza la autocrítica, y también el amor.
-Por supuesto. Es eso lo que nos hace válido al uno para el otro.  

Así pues, he llegado a la conclusión de que, este Don Senén, ha aprendido ingeniosamente a vivir en su propio nirvana, administrándose y practicando esta particular autohipnosis del verdadero astuto. Y es que, en los días que siguieron a mi primer contacto, pude certificar ya fehacientemente que él no leía ni una sola línea de aquellos documentos que se colocaba, entronizados en su atril de madera, ante los anteojos. Busqué y rebusqué entre los montones de libros viejos y destripados, tirados a su suerte en aquel lúgubre charco de bruma y abandono. Aparte de los legajos de documentación, la mayoría de los tomos trataban temas religiosos: vidas inflamadas de santos y martirios, principios de moral, de ética; asuntos de liturgia, de dogma, de concilios, de pastoral o de sacramentales. Había volúmenes densos y pesados; tratados antiquísimos, incluso escritos en vitela. Algunas biblias desentrañadas y abiertas en canal por el celo piadoso. Sesudas reflexiones hechas por padres apostólicos. Obras de San Agustín. Santa Teresa. Fray Luis de León, Santo Tomás de Aquino. Documentos sobre doctores, apóstoles, profetas. Piezas literarias de gran erudición. Sin embargo, muy pocos correspondían a temas profanos o a asuntos de ficción, como, por otra parte, era de cierta lógica. Allí estaban los autos sacramentales de don Pedro Calderón de la Barca y pocos más. Desde luego, ni uno sólo correspondía a una edición cercana a los días presentes. Todos parecían emerger de la oquedad del tiempo. Por eso, de los que allí había, ningún volumen lograba despertar mi admiración, ni tener la fuerza suficiente para rescatarme de aquel estado en que yo me encontraba varado o en deriva. Estado, que yo sabía, me iría consumiendo con inquina de roña cancerígena, si no me procuraba mi propia redención. Igual que el gorgojo, que labraba insaciable la ruina de aquella podrida biblioteca, la inactividad pugnaba por devorarme sin piedad ni paciencia.  

            Día tras día, entrar allí, era como bajar a una mazmorra sepulcral, a una cisterna primitiva, en la que la sensación de abandono e inutilidad eran igual que una humedad sofocante que nos reblandecía huesos, pulmones, deseos y creencias. No obstante, por imposición penitente, leí algunos libros con el ansia de quien se toma una medicina en la que cree firmemente que se encierra su salud y el fortalecimiento del hilo endeble de su precaria vida. Buscaba un punto de entusiasmo, una luz que me hiciera soñar, creer en otros mundos o evocar otros tiempos. Rezar, mortificarme y pensar en patrias celestiales no calmaban mi ánimo tronchado y mi yerro indevoto. Debo decirlo con rubor y con contrita culpa. Era como si, para vivir, yo necesitara paisajes y asuntos más prosaicos del ser y de la vida. Aquel deseo, aquel vicio, o aquella necesidad llegaron a obsesionarme de modo pernicioso. Así, pues, también el resto de mi día comenzó a girar en torno a aquella obsesa idea que yo sabía que podría ser mi sustento o viático. Yo quería vivir, pues que aquello era morirse (no matarse) a uno mismo.  

            Las tardes en la portería estaban carentes de interés y vacuas de razón. Sé que si hubiera tenido una sentencia médica que hubiera puesto fecha a mi existencia, nada de esto me sería preciso; me habría agarrado a la vida con fuerza delirante. En momentos extremos, las fuerzas se despiertan con un furor que nunca sospechábamos. Pero ése no era mi caso. Ante un hecho de muerte imperiosa, el heroísmo se derrama siempre a gruesos borbotones. Pero para ser testigo o sujeto de eso, uno ha de tener a la finitud cercana y pegada a los talones. Lo difícil es tirar hacia delante cuando la existencia es vulgar y sin grandes clamores ni convulsos tumultos. Necesitaba, pues, encontrar una lectura que rescatara mi ánimo de aquella desazón creciente que me estaba asfixiando.


Ahora me toca nuevamente a mí referir el percance. Y diré que éste fue como un verdadero castillo de fuegos de artificio que estallara, espléndido, sobre un cielo lelo y desprevenido y en absoluta calma.

“¡Alto ahí! ¡Eso ni se le ocurra!” La voz de don Senén pareció salir de un antro misterioso, llena de furias y fuerzas vengadoras. Fue como un trueno seco que el cielo no pronosticara. Igual que una gorgona que guardara una reliquia santa, su grito o su ladrido lo interceptó. Fue contundente y seco lo mismo que un portazo airado de mazmorra. Aunque, un instante después, el trenzado sinuoso de las lúgubres bóvedas se encargara de darle una reverberación acorde con una oquedad religioso-siniestra, casi imposible de ser descrita ahora. Su aliento se quedó suspendido, como dicen que se quedó encallada la mano de Abrahán al “detente” imperativo que le gritara el ángel negociador que le enviara el Cielo.  

            Don Manuel se quedó petrificado, como bien corresponde a alguien mirado por Euríala, la amazona inmortal. Aquel muerto viviente había resucitado de improviso trayendo de su mano las furias del Averno. Y lo hacía como hacen los monstruos sumergidos en las profundidades marinas o geológicas, exhibiendo su fúlgida soberbia cual una llamarada de lava incandescente. Sin duda era Libia su primer cuna, y sus orígenes pura mitología hundida en los ancestros. Y ahora, por vez primera, se revelaba, espléndido, como un cáustico vengador de algo secreto y truculento, pero, para Manuel, totalmente inaudito. “No se le ocurra a usted tocar ninguno de esos ochenta y tres volúmenes, o informaré de ello a su Ilustrísima sin pérdida de tiempo. De sobra es sabido que en ese anaquel luciferino está afincada la sede del demonio y el cuartel de sus huestes, esbirros y secuaces. Andar por ahí manoseando, es como andar cortejando a la bestia en su propia guarida, o meter la mano en el calor obsceno del cuerpo de una hembra; buscarse uno la ruina irremisible y la eterna catástrofe en el alma y el cuerpo, sede o tabernáculo del Supremo Hacedor. Bien se ve que usted no sabe nada de esta huronera pérfida. Pero yo le diré, y crea usted si quiere o si le da la gana. (Y entonces puso los ojos abichados y el hocico de liebre, y afiló más aún sus palabras como púas de vidrio). Hay días que en ese estante brillan y refulgen los fuegos fatuos del maligno, y hede, hasta asfixiar, a azufre y a otros tufos y aromas pestilentes. Ya lo irá comprobando con sus propios olfatos, si es que antes la curiosidad no le llaga y empústula los ojos con cegueras o úlceras sangrantes. Pues hasta esos nocivos efectos puede ocasionar ese horrible fenómeno en ese lodazal de palabras cochinas.”  

              Don Manuel quedó conmocionado, no tanto por lo que el funesto anciano le decía, que a todas luces era un escape y un resoplo de su avanzado y senil estado de demencia, sino por aquel iracundo tono que había usado, y por aquella forma de reaccionar tan repentina y desproporcionada. Jamás hubiera él intuido tanto furor y airada energía en recipiente humano, al parecer, tan frágil y tan deteriorado. No obstante, y cuando se repuso del brote inquisidor, miró al lugar señalado. Allí estaba la repisa de los libros protervos, asomándose al vacío igual que un suicida congelado en su momento crítico. Al mismo tiempo, aquel cordón de lomos exhibía una alineación elegante y carnal, cual un manjar prohibido en madurez jugosa; cual licenciosas hembras en su palco de ópera; cual tercio militar en desfile de gala. Algunos de ellos mostraban en sus tejas una marca escarlata anatematizadora, que seguramente advertía de su perverso uso o el riesgo en su disfrute. Eran cual cortesanas túrgidas; rebosantes y obscenas; cual hembras bien cebadas de harén o de serrallo. Otros, sin embargo, le parecieron  a él recatados escuálidos, incapaces de corromper o infectar a espíritus, aunque fueran de incautos o de ingenuos bachilleres presbíteros. Podría asegurarse que eran cual damiselas tiernas, tentadoras y ávidas; fámulas melindrosas de orondos monsignores. Si uno se aproximaba y, aun sin tocar, aguzaba los ojos, brotaban conclusiones. En algunos de ellos se veía el ultrajante expolio practicado por el señor censor dentro de sus entrañas, pues hasta presentaban claras muestras de haber sido tratados rudamente y destripados e, incluso, privados de algunas de sus hojas con violencia inaudita. Violencia literaria. Por eso podía concluirse que todos, de una u otra forma, habían sido tratados como meretrices de arroyo, de fango o callejuela; como putas ya desahuciadas de antro o taberna de sucio lenocinio. Esto se percibía a juzgar por el desbarajuste que se observaba con tan sólo mirarlos. Otros estaban prácticamente intactos, como niñitas vírgenes. Pero, tal vez, todos ellos, por su condición de dañinos e inmundos, parecían estar gobernados con cierta deferencia. Explicaré. Preservados por el salvoconducto que expide la cínica moral, como suele pasar con los más agrios vicios dentro de la elite de la jauría humana. Y es que, mientras sus heridas y daños eran claros y evidentes, su lugar (quizás para que no se mezclaran con otros y así ser fácilmente escoltados), su lugar era un enclave de privilegio claro. De esta forma, mientras todos los demás volúmenes estaban tirados y abocados a su destrucción por vulgares e inocuos, éstos parecían estar destinados a preservarse y perpetuarse sin miedo a inadvertencias. Tal vez, la tortura o mal trago ya lo habían pasado en un día remoto. Ahora la vida eterna ya les pertenecía. Si un Savonarola redivivo no los había quemado en su “pira de las vanidades”, ahora la sombra y el silencio eran su dulce lecho; el sueño merecido. “Es así como el llamado “mal”, por los maniqueístas, le gana siempre la partida al bien más ostensible; buscándose sus muy particulares e ingeniosos ardides. Cambiando, en este caso, lo que debía ser su ubicación de sentina y muladar de pútridos, por el trono destinado a los preeminentes y más privilegiados.” Eso pensó Manuel, haciendo una reflexión casi instantánea sobre aquel asunto que así lo acometía.  
 
            No obstante, y tras detener ipso facto su ademán y su mano, y no argumentar razón alguna en contra de lo que tan vehementemente le advertía aquel cura mochales, don Manuel quedó fascinado por aquel señalado andén en el que se alineaban, cual batallón hermoso de excitantes matronas, los libros más perversos e ilícitos de todo el universo. Y una luz le trepanó como un dardo de fuego. Bueno, como un tizón de brasero echado a su sesera. Aquello fue una transverberación. Como dicen que le ocurrió a la sin par Teresa, la santa abulense. Y no supo por qué, pero intuyó que, tal vez, entre la perversión y el mal estaba su esperanza.


Bueno, no sé, tal vez no fue él y fui yo quien le sopló semejante burrada en sueños y al oído, y quien le inoculó el veneno del riesgo, y este deambular por entre las zarandajas de lo vil y canalla. Y quién iba a decirlo, que yo me dedicara a tales desafueros.
 
El de aquellos libros, era un armario elaborado en madera escogida. Una vitrina esbelta con ondas y arabescos de ricas taraceas, y bañada en un barniz de color caramelo, brillante y aromático a pesar de los años. Era un mueble con apariencia fúnebre de arcón mortuorio de rango y abolengo, pero con una pátina mulata y seductora de carne bronceada. Era una alacena cargada de persuasión impúdica de hidalga lujuriosa. Y estaba claro que la fuerza fascinante y malévola, que trae de compañera lo prohibido y protervo, vino hacia él con la liviandad de una niebla narcótica, procaz y engañabobos. Jamás se había visto él seducido por un furor venéreo de tanta corpulencia. Fue como ese humo ingrávido que embelesa y arrastra en pos de sí a quien coge o entalla por delante, y sin pudor ni respeto. Como el canto enajenador que escuchara Odiseo, proferido por las putas sirenas, ante el que sólo la sabiduría de Circe ‑la diosa generosa‑ le previno sin éxito. Y tentado por la avasalladora promesa del peligro, ya no pudo pensar en otra cosa que en aquel grupo de textos repudiados que le llamaban a tocarles las carnes. Por fin una gran tentación le horadaba en el alma igual que un berbiquí de lujuria inaudita. Por fin él también era llamado a voces a gustar de mieles excitantes. Ya se verá hasta dónde llegamos con lo dicho.


-¡Vaya! qué papeleta.
-Vamos a ver; dime: ¿qué te sucede ahora?

Durante algunos días me he ahogado en mis rezos. Me he puesto, igual que se le hace al burro para que no se distraiga, mis propias orejeras. He reforzado mis horas de oración y, también, permanezco algo más en el confesionario, depurándome con la miseria humana. Pero, incluso, la labor de sopesar extravíos y administrar perdones me repugna y abruma como no lo hizo nunca. Acostumbrado durante tantos años a confidencias simples y sin ningún quebranto, las de aquí me llenan de sorpresa y hasta me escandalizan, pero a la vez me incitan a no entrar en su juicio. De la perplejidad ante algunas faltas extravagantes que yo no sospechaba que existieran siquiera, pasó al absoluto rubor por algunos pecados, ante los que apenas sé instruir o aconsejar a mis probos contritos. Yo no sabía que El Canchal había anquilosado tantas partes de mí. Y este cambio está ahora revolviendo mi entraña, mi corazón, mi mente, y hasta bamboleando mis profundas creencias. Por eso, como a una aldaba ardiente me he asido a la meditación. Pero, como los tiempos de vorágine siempre trastocan todo con ímpetus de vientos y convulsión de olas, un virulento brote de crudo escepticismo ha venido a invadirme y asolarme de lleno. Así pues, noto, como una cosa física, cómo se tambalean mis entibas y estructuras más íntimas, ésas que yo creía firmes como las rocas. Debe ser eso que dice el refranero de las pulgas que dan en propagarse en los podencos viejos. Y así, he comenzado a hacerme preguntas que me revuelven todo ¿Pero realmente yo elegí esto del sacerdocio? ¿O fue la cobarde consecuencia de una sucesión de hechos que fueron ensamblándose por razones de azar y la necesidad de no defraudar a quienes confiaban en mí? Porque, la verdad es que nunca he sabido decirle no a nada, ni plantarme ante algo. ¿O, acaso, sólo fue un refugio esto de hacerme cura? Como podrá entenderse, pensar esto, a mi edad, es una inconsecuencia. Mi vida está ya hecha. ¿Cómo es posible que en esta situación uno conciba su historia como una felonía?


Ahora lo dejaremos entre sus propias cosas. Es bueno que regurgite un poco como hacen las vacas. Yo, a vosotros, os voy a describir los días, y esperemos a ver qué es lo que pasa.

En las semanas siguientes leyó algunos libros píos que le proporcionaron ciertas recreaciones ínfimo-literarias, pero que le dejaron un tufillo a beaterio ñoño que ya no le cuadraba. Comenzó, eso sí, a sacarle algún mínimo partido a sus tediosas horas de pelma portería. Metido en aquel reducto de cristal y madera se sentía como un animal recluido en su jaula de exhibido zoológico. Aquella garita, con su estructura cúbica cual hornacina santa, lo preservaba no se sabía de qué, pero lo preservaba, y eso no le gustaba ahora que andaba en devaneos de aventuras mentales y tanteos de riesgo. Y por necesidades de espacio y remodelación, se le rogó que se trasladara de su ubicación en la sacerdotal a una de las habitaciones que había para padre en el último piso de este seminario. A lo que él no puso oposición alguna. El nuevo “Dormitorio de padres” le pareció a él un pasillo enigmático dotado de un halito celeste y propicio para misteriosas cruzadas. Su traslado a aquel piso de ático, separado del mundo circundante, le resultó providencial y mágico. Allí reinaba una luz celestial y filtrada y un silencio ampuloso que lanzaba al espíritu a locas experiencias. Así pues, sintió que el escenario estaba preparado y su imaginación a punto de ocuparlo. El gran teatro universal del alma apagaba las luces de la sala, retiraba cortinas y lo dejaba sólo en medio de la escena. Su tiempo había llegado. El mundo esperaba que declamara el verso.  

            En pocos días comenzó a distinguir por sus nombres de pila a algunos estudiantes, que al principio pasaban ante él y lo miraban igual que a un bicho raro que estuviera arrestado. Sin embargo, muy pronto se dio cuenta de las enormes posibilidades que ofrecía aquel incógnito altozano, y empezó a usarlo como un observatorio de guarda forestal. Atendía las llamadas telefónicas. Eso, en un principio, se le hizo un tanto farragoso. Pero cuando le hubo cogido la rutina a lo de las clavijas, y a lo del “dígame” vio él un filón abierto, de perspectivas casi incalculables. Un filón de infinito futuro para alimentar sus intrigas y sus curiosidades, y a la vez para  servir de sustento exquisito a sus fabulaciones. La vida en el pueblo lo había hecho fisgón y huronero, eso había que reconocerlo si se era sincero. Así pues, pasado un corto tiempo, se sintió como un bufón de corte occidental: sabedor y conocedor de todas las intrigas; desestimado e insignificante para la mayoría. Oficialmente, don Manuel era sólo un cura viejo que a ratos se cuidaba, en el seminario, del ir y del venir de aquella portería. Vivía en la planta más alta, si bien comía en La Sacerdotal, contigua al edificio. Y, también, desempeñaba no se sabía bien qué labores junto a don Senén, allá, en el obispado.
















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