sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO CUATRO

CUATRO



Habla ahora el Maestro del Juego interior, y reflexiona. El es el autor de esa comedia bufa que siempre es la vida. Dejemos que se exprese y cuente entresijos.
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Han transcurrido ya algunos meses desde aquel encuentro soberano, que dejó a don Manuel tocado como a un púgil que escuchara el “y diez” con la mejilla ensangrentada y de bruces en tierra. Su recuerdo es aún como una negra pústula, como una afección de sarna que se debe ocultar y no rascarse nunca, y con la que el clérigo ha de aprender a convivir sin que se note mucho, cual tatuaje indigno. Estos trasiegos son siempre el polvo que levantan los cascos desatentos y airados de los potrancos jóvenes que montan los fieros adalides de las renovaciones. Todo oculto inter nos. Pues, además, sabido es que el mundo entero se desquiciaría y bramaría, crespo y huracanado, si se destaparan los dolores secretos que arrastran bajo las vestimentas los apuestos humanos, a veces, tan jándalos y tan emperifollados, para disimular. El que más y el que menos, guarda su frustración, su asco o su tristeza en la mazmorra interior de su espeso silencio. Es como un murmullo inaudible de albañal o sentina, pero acorazado tras un pacto sellado de anuencia y sonrisa. Tal vez, no sea más que el ineludible roce de los engranajes sobre los que se desplaza y funciona la vida farragosa de los seres humanos. Sabido es, también, que siempre resulta áspero soportarlo. Pues, además, persiste, insistente, a todas las edades. Pero la verdad es que se agrava y agudiza con el imperioso avance de los años, los lustros, las décadas; la vida impenitente.

            En definitiva, a los seres humanos les ocurre igual que a cualquier vulgar máquina: el tiempo, más tarde o más temprano, les lepra con su herrumbre y los lleva al infamante desguace del desecho.

            Así pues, sin previo aviso, a él también se le ha impuesto, mediante una edulcorada labia invitatoria, la sobrecarga de su edad sobre sus lacras. Ha sido algo así como un sello que selecciona el género; como un hierro que marca, condiciona y advierte de los componentes, los aditivos y la fecha de caducidad del añejo producto. Y, claro está, él lo ha degustado con la amarga sensación de la inoportunidad, ésa que acompaña habitualmente a una catástrofe, o nos impone, a destiempo siempre, cruel, un accidente.

            De modo elegante y muy cuidado (eso sí), se le ha dado a entender que ya no sirve. Que la Iglesia de Dios es una institución terrena y laboriosa y, como tal, ha de actuar con parámetros y modos acordes a la tierra; esto es: con balances contables y cifras resultantes; estadísticas, estudio de inversiones, cálculos financieros, y cuenta de final de ejercicio. ¡Vaya una novedad!

            Y todo esto le fue revelado a él en aquel día aciago. Cual un trece de mayo de aparición siniestra. Fue en verdad, para nuestro mosén, una auténtica jornada de malignos milagros; igual que si Luzbel poseyera aún sus alas y aspergeara azufre, y tuviera acceso al laboratorio infausto del orco justiciero. Como si una hermandad proterva de hechiceros conspirara a espaldas de él y de su ingenuo mundo. Fue, además, el día que aprendió que la edad es algo que todo ser soporta como un lastre extranjero; como un gravamen impuesto en propia carne por la infracción de otro. Y es que,  para sí (como es muy comprensible), él nunca ha tenido edad más que en los días de sus aniversarios, cuando la Emilia le hace floretas y pestiños pringados en melaza, y le pone una fuente repleta de natillas, con sus galletas náufragas y nimbos de merengue.  Nunca ha tenido edad.  Y por eso ahora lo proclama a voz  en grito  desde el  púlpito interior de su intolerancia, dirigiéndose a la feligresía ficticia  que se ampara aterrada bajo el esqueleto de un cenobio inventado e inmensamente frío. Don Manuel ha sido siempre éste. Éste. Pues que, él, siempre ha contemplado los años como simples guarismos que servían sólo de modo referente: 9, 17, 35, 50. Eso era todo. Todo y nada a la vez. Eso era todo.

            Pues bien, aun hoy, sigue sin saber qué fue lo que ocurrió. Cómo y por qué le alcanzó aquel narcótico suceso incomprensible. No sabe ni cuánto tiempo estuvo allí. Ni puede, a ciencia cierta, precisar lo que le dijo, en aquel día ígneo y de turbia vorágine, su pastor venerable. Y piensa que debe ser que tanta confusión  responda a que, a estas alturas del retuerto camino, se le atoran y candan los rebeldes sentidos. Y piensa que su memoria, amiga, sabia y misericordiosa, le alivia del gravamen y el peso insoportable de las cosas terribles. Y que lo hace con guiños, vanos y fallos misteriosos, trocando así la realidad en algo parecido a un cuento rapsodiado por eruditos épicos. El caso es que, de aquel día, ni de los elaborados y elegantes argumentos que se le presentaron, no logra él extraer y ordenar a las claras razones, motivos o evidencias. Pero es que, además, ni siquiera sabe en qué momento salió de aquel Palacio maldito y de su muerte. Recuerda (eso sí) que caminó perdido por las calles de una ciudad que conoce a ciegas y al dedillo y que, entonces, se le antojó inhóspita, desalmada y ajena como una lonja al alba en un día de invierno. Se sintió ebrio de un vino de fuego y lasa amargura. Le pesaban los pies y le agobiaban los hombros como si alguien le hubiera apaleado o cargado de culpas y miserias sin calcular sus límites. Sabe que se apartó de aquel lugar con la zozobra y la imperiosa diligencia de quien huyera de un pecado punible, un crimen sanguinario, o del humo asfixiante de un pavoroso incendio. Pero, incluso, duda  sobre si hizo lo correcto en el momento clave de su despedida, o si pidió que se le precisara qué debía hacer en los días siguientes.

            Y es que, resumiendo: apenas el señor Obispo le hiciera saber su decisión, los oídos se le taponaron, y el resto de los sentidos se le tornaron huéspedes, torpes y perezosos. No, no es que en realidad él no le oyera de allí en adelante. No es tampoco que no le siguiera viendo con total nitidez. Es más, recuerda él el movimiento fino de sus labios pronunciando vocablos seductores como quien degustara delicias reposteras o formulara requiebros amorosos. Recuerda sus dedos blancos trazando en el aire diademas de razones; volutas intangibles de un gesto evanescente. Recuerda su muy vibrante voz verbalizando con aplomo solemne sus claros argumentos cual reeco de oráculo. Recuerda los destellos ardientes del encendido granate del sello episcopal, yendo y viniendo ante sus ojos como el péndulo sugestivo de un hipnotizador venido de Argentina. Recuerda, incluso, hasta el olor a agua de colonia de “Álvarez Gómez” que su Ilustrísima debía haberse echado con generosidad de matrona opulenta. Y es que también a él, cuando le pelaba Germán, el barbero del pueblo, le bañaba la nuca con esa misma marca. Aunque, en tales circunstancias, lo hiciera rebajada con agua de “la fuente del caño” para darla de sí y diluir el gasto.

            Pero el suceso fue como si algo sumamente enorme entrara en su cabeza y la ocupara en todos sus meandros, entresijos y orillas. Una avenida avasalladora de aguas enfangadas que le tiraran de bruces igual que a un mamarracho, y le enlodaran entero como a un pingo de feria y carromato, después de una tormenta. Una mancha espesa de aceite renegrido de fritanga empapando cada rincón de su opaco y atorado cerebro.

            A partir de entonces, notó que el mundo fluía a su alrededor mientras él, ajeno a todo eso, no era capaz sino de atender a su densa y procelosa rumia. Se sintió metido dentro de una maldita fábrica en la que toda su maquinaria, puesta de acuerdo para enloquecerlo, rugiera frenética en acorde al unísono. Una barrera infranqueable separó su adentro de su afuera. Y la mordaza imprecisa de la extenuación cercó sus sueños y hundió en hormigón sus actos más reflejos. Y sus dos mundos, cachados de repente, quedaron hebillados el uno al otro por la nuca y la espalda, como dos siameses, sin posibilidad alguna de mirarse de frente.

            Sin embargo, afirma, en los retazos de su lucidez (que también tiene a ratos), que cree y puede asegurar que él no habló, en ningún caso, ni torpe ni incoherente ante su Ilustrísimo padre. Que lo hizo, pese a todo, con sosiego y con moderación, aunque de forma autómata y sin ánima viva. Que pronunció palabras de aceptación serena. Y ello, aunque sintiera en su boca una lengua de trapo, indócil, como la de un beodo atestado de absenta y harto de recitar injurias y blasfemias a diestra y a siniestra. Podría asegurar, incluso, que respondió a sus preguntas con la humildad irreflexiva de un  lacayo fanático, y que aceptó, sumiso, cuanto se le imponía como algo, a la sazón, contumaz y, ya, irremediable. Pero no fue en modo alguno merma ni cobardía (de eso está seguro). Tal vez fuera cansancio. Cansancio sumiso y no elocuente; cansancio inexpresivo. Hartazgo, que se dice. Porque en todo aquello olfateó él un poso de mentira; de esa mentira que, envuelta en lienzo blanco, siempre había visto manejar tan hábilmente al cuerpo de jerarcas. No, a él no lo relegaban por viejo, sino por incómodo. Al fin, llegaba la sentencia y la pena a un hacer díscolo y muy poco ortodoxo. Por eso, a la vez, en su interior se desató, silenciosa y pareja, una acometida indócil y rebelde, cual brazo venenoso de Gorgona asesina. Y cree, además, haber sentido incluso una furia infinita mezclada, al mismo tiempo, con una abismal ola de desconsuelo y una hiriente sensación de flagrante injusticia. Sintió, el pobre hijo, deseos de sollozar como un muchacho impúber. Porque, a sus años, es de ley comprender que el recurso baldío de los llantos vuelve a ser más espontáneo y afable que ese otro exhorto a la liberación por la vía del rezo. Sintió también deseos de escupir hacia arriba, para que la respuesta a su ira cayera de inmediato en su cara como un justiciero y sagaz diluvio penitente. Necesitaba equilibrar desazones y delitos,  injusticia y pecado. Tal vez tuviera una pérdida momentánea del juicio, un desvanecimiento súbito que, lejos de concederle la exteriorización de un fúlgido arrebato, le sumió en una calma espesa y sin potencia. ¿Qué sentido tenía la protesta? ¿Oponerse agriamente? ¿Esgrimir en liza razones y conciencia? ¿Argumentar, manifestando la ofensiva sorpresa de tan hábil jugada? ¿Invitar a su Ilustrísima a que analizara minuciosamente el siniestro al que le sometía? ¿Pordiosear? ¿O, mejor aún, encauzarlo por el derrotero más espectacular del atropello ingrato al gran afecto humano que se había generado a lo largo del tiempo en su feligresía? ¿Hablar del Cristo pobre, rebelde y amoroso?

            No se sabe por qué, pero él se sintió sin fuerzas para aquella batalla ya, en suma, perdida. Cuando uno tiene de su parte toda la razón sin sombras ni fisuras (por raro que parezca), es muy difícil argumentar en la propia defensa. Es algo tan asfixiante como respirar en un mundo ocupado por oxígeno puro. Y es que, cuando la verdad es agredida frontalmente por el cinismo o por el despropósito, su efecto es tan asolador, que nos desautoriza y amordaza, radical y tajante, imponiéndonos con facilidad el triunfo demoledor de la fiera injusticia. Esto es algo que los estrategas del verbo manejan con cinismo y soltura. La mordaza de la perplejidad, lo llamo yo para entenderme. Por eso, ante aquel atropello, don Manuel decidió que nada podía hacerse. Sé que a muchos ha de sorprender la poca resistencia de mi representado tras una vida firme. Tal vez, él también haya sido el primer sorprendido. Pero el paso del tiempo es algo que va domando a todos; y es uno mismo quien antes se sorprende del grado de vileza que es capaz de encajar en aras de la paz y de la tolerancia, cuando merman las fuerzas y no se tiene al frente el curso apabullante de una vida sin límites.


























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