Habla
ahora el Maestro del Juego interior, y reflexiona. El es el autor de esa
comedia bufa que siempre es la vida. Dejemos que se exprese y cuente
entresijos.
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Han
transcurrido ya algunos meses desde aquel encuentro soberano, que dejó a don
Manuel tocado como a un púgil que escuchara el “y diez” con la mejilla ensangrentada y de bruces en tierra. Su
recuerdo es aún como una negra pústula, como una afección de sarna que se debe
ocultar y no rascarse nunca, y con la que el clérigo ha de aprender a convivir
sin que se note mucho, cual tatuaje indigno. Estos trasiegos son siempre el
polvo que levantan los cascos desatentos y airados de los potrancos jóvenes que
montan los fieros adalides de las renovaciones. Todo oculto inter nos. Pues, además, sabido es que
el mundo entero se desquiciaría y bramaría, crespo y huracanado, si se
destaparan los dolores secretos que arrastran bajo las vestimentas los apuestos
humanos, a veces, tan jándalos y tan emperifollados, para disimular. El que más
y el que menos, guarda su frustración, su asco o su tristeza en la mazmorra
interior de su espeso silencio. Es como un murmullo inaudible de albañal o
sentina, pero acorazado tras un pacto sellado de anuencia y sonrisa. Tal vez,
no sea más que el ineludible roce de los engranajes sobre los que se desplaza y
funciona la vida farragosa de los seres humanos. Sabido es, también, que
siempre resulta áspero soportarlo. Pues, además, persiste, insistente, a todas
las edades. Pero la verdad es que se agrava y agudiza con el imperioso avance
de los años, los lustros, las décadas; la vida impenitente.
En definitiva, a los
seres humanos les ocurre igual que a cualquier vulgar máquina: el tiempo, más
tarde o más temprano, les lepra con su herrumbre y los lleva al infamante
desguace del desecho.
Así pues, sin previo
aviso, a él también se le ha impuesto, mediante una edulcorada labia
invitatoria, la sobrecarga de su edad sobre sus lacras. Ha sido algo así como
un sello que selecciona el género; como un hierro que marca, condiciona y
advierte de los componentes, los aditivos y la fecha de caducidad del añejo
producto. Y, claro está, él lo ha degustado con la amarga sensación de la
inoportunidad, ésa que acompaña habitualmente a una catástrofe, o nos impone, a
destiempo siempre, cruel, un accidente.
De modo elegante y muy
cuidado (eso sí), se le ha dado a entender que ya no sirve. Que la Iglesia de
Dios es una institución terrena y laboriosa y, como tal, ha de actuar con
parámetros y modos acordes a la tierra; esto es: con balances contables y
cifras resultantes; estadísticas, estudio de inversiones, cálculos financieros,
y cuenta de final de ejercicio. ¡Vaya una novedad!
Y todo esto le fue
revelado a él en aquel día aciago. Cual un trece de mayo de aparición
siniestra. Fue en verdad, para nuestro mosén, una auténtica jornada de malignos
milagros; igual que si Luzbel poseyera aún sus alas y aspergeara azufre, y
tuviera acceso al laboratorio infausto del orco justiciero. Como si una
hermandad proterva de hechiceros conspirara a espaldas de él y de su ingenuo
mundo. Fue, además, el día que aprendió que la edad es algo que todo ser
soporta como un lastre extranjero; como un gravamen impuesto en propia carne
por la infracción de otro. Y es que,
para sí (como es muy comprensible), él nunca ha tenido edad más que en
los días de sus aniversarios, cuando la Emilia le hace floretas y pestiños
pringados en melaza, y le pone una fuente repleta de natillas, con sus galletas
náufragas y nimbos de merengue. Nunca ha
tenido edad. Y por eso ahora lo proclama
a voz en grito desde el
púlpito interior de su intolerancia, dirigiéndose a la feligresía
ficticia que se ampara aterrada bajo el
esqueleto de un cenobio inventado e inmensamente frío. Don Manuel ha sido
siempre éste. Éste. Pues que, él, siempre ha contemplado los años como simples
guarismos que servían sólo de modo referente: 9, 17, 35, 50. Eso era todo. Todo
y nada a la vez. Eso era todo.
Pues bien, aun hoy, sigue sin saber
qué fue lo que ocurrió. Cómo y por qué le alcanzó aquel narcótico suceso
incomprensible. No sabe ni cuánto tiempo estuvo allí. Ni puede, a ciencia
cierta, precisar lo que le dijo, en aquel día ígneo y de turbia vorágine, su
pastor venerable. Y piensa que debe ser que tanta confusión responda a que, a estas alturas del retuerto
camino, se le atoran y candan los rebeldes sentidos. Y piensa que su memoria,
amiga, sabia y misericordiosa, le alivia del gravamen y el peso insoportable de
las cosas terribles. Y que lo hace con guiños, vanos y fallos misteriosos,
trocando así la realidad en algo parecido a un cuento rapsodiado por eruditos
épicos. El caso es que, de aquel día, ni de los elaborados y elegantes
argumentos que se le presentaron, no logra él extraer y ordenar a las claras
razones, motivos o evidencias. Pero es que, además, ni siquiera sabe en qué
momento salió de aquel Palacio maldito y de su muerte. Recuerda (eso sí) que
caminó perdido por las calles de una ciudad que conoce a ciegas y al dedillo y
que, entonces, se le antojó inhóspita, desalmada y ajena como una lonja al alba
en un día de invierno. Se sintió ebrio de un vino de fuego y lasa amargura. Le
pesaban los pies y le agobiaban los hombros como si alguien le hubiera apaleado
o cargado de culpas y miserias sin calcular sus límites. Sabe que se apartó de
aquel lugar con la zozobra y la imperiosa diligencia de quien huyera de un
pecado punible, un crimen sanguinario, o del humo asfixiante de un pavoroso
incendio. Pero, incluso, duda sobre si
hizo lo correcto en el momento clave de su despedida, o si pidió que se le
precisara qué debía hacer en los días siguientes.
Y es que, resumiendo:
apenas el señor Obispo le hiciera saber su decisión, los oídos se le taponaron,
y el resto de los sentidos se le tornaron huéspedes, torpes y perezosos. No, no
es que en realidad él no le oyera de allí en adelante. No es tampoco que no le
siguiera viendo con total nitidez. Es más, recuerda él el movimiento fino de
sus labios pronunciando vocablos seductores como quien degustara delicias
reposteras o formulara requiebros amorosos. Recuerda sus dedos blancos trazando
en el aire diademas de razones; volutas intangibles de un gesto evanescente.
Recuerda su muy vibrante voz verbalizando con aplomo solemne sus claros
argumentos cual reeco de oráculo. Recuerda los destellos ardientes del
encendido granate del sello episcopal, yendo y viniendo ante sus ojos como el
péndulo sugestivo de un hipnotizador venido de Argentina. Recuerda, incluso,
hasta el olor a agua de colonia de “Álvarez Gómez” que su Ilustrísima debía
haberse echado con generosidad de matrona opulenta. Y es que también a él,
cuando le pelaba Germán, el barbero del pueblo, le bañaba la nuca con esa misma
marca. Aunque, en tales circunstancias, lo hiciera rebajada con agua de “la
fuente del caño” para darla de sí y diluir el gasto.
Pero el suceso fue
como si algo sumamente enorme entrara en su cabeza y la ocupara en todos sus
meandros, entresijos y orillas. Una avenida avasalladora de aguas enfangadas
que le tiraran de bruces igual que a un mamarracho, y le enlodaran entero como
a un pingo de feria y carromato, después de una tormenta. Una mancha espesa de
aceite renegrido de fritanga empapando cada rincón de su opaco y atorado
cerebro.
A partir de entonces,
notó que el mundo fluía a su alrededor mientras él, ajeno a todo eso, no era
capaz sino de atender a su densa y procelosa rumia. Se sintió metido dentro de
una maldita fábrica en la que toda su maquinaria, puesta de acuerdo para
enloquecerlo, rugiera frenética en acorde al unísono. Una barrera infranqueable
separó su adentro de su afuera. Y la mordaza imprecisa de la extenuación cercó
sus sueños y hundió en hormigón sus actos más reflejos. Y sus dos mundos,
cachados de repente, quedaron hebillados el uno al otro por la nuca y la
espalda, como dos siameses, sin posibilidad alguna de mirarse de frente.
Sin embargo, afirma,
en los retazos de su lucidez (que también tiene a ratos), que cree y puede
asegurar que él no habló, en ningún caso, ni torpe ni incoherente ante su
Ilustrísimo padre. Que lo hizo, pese a todo, con sosiego y con moderación,
aunque de forma autómata y sin ánima viva. Que pronunció palabras de aceptación
serena. Y ello, aunque sintiera en su boca una lengua de trapo, indócil, como
la de un beodo atestado de absenta y harto de recitar injurias y blasfemias a
diestra y a siniestra. Podría asegurar, incluso, que respondió a sus preguntas
con la humildad irreflexiva de un lacayo
fanático, y que aceptó, sumiso, cuanto se le imponía como algo, a la sazón,
contumaz y, ya, irremediable. Pero no fue en modo alguno merma ni cobardía (de
eso está seguro). Tal vez fuera cansancio. Cansancio sumiso y no elocuente;
cansancio inexpresivo. Hartazgo, que se dice. Porque en todo aquello olfateó él
un poso de mentira; de esa mentira que, envuelta en lienzo blanco, siempre
había visto manejar tan hábilmente al cuerpo de jerarcas. No, a él no lo
relegaban por viejo, sino por incómodo. Al fin, llegaba la sentencia y la pena
a un hacer díscolo y muy poco ortodoxo. Por eso, a la vez, en su interior se
desató, silenciosa y pareja, una acometida indócil y rebelde, cual brazo
venenoso de Gorgona asesina. Y cree, además, haber sentido incluso una furia
infinita mezclada, al mismo tiempo, con una abismal ola de desconsuelo y una
hiriente sensación de flagrante injusticia. Sintió, el pobre hijo, deseos de
sollozar como un muchacho impúber. Porque, a sus años, es de ley comprender que
el recurso baldío de los llantos vuelve a ser más espontáneo y afable que ese
otro exhorto a la liberación por la vía del rezo. Sintió también deseos de
escupir hacia arriba, para que la respuesta a su ira cayera de inmediato en su
cara como un justiciero y sagaz diluvio penitente. Necesitaba equilibrar
desazones y delitos, injusticia y
pecado. Tal vez tuviera una pérdida momentánea del juicio, un desvanecimiento
súbito que, lejos de concederle la exteriorización de un fúlgido arrebato, le
sumió en una calma espesa y sin potencia. ¿Qué sentido tenía la protesta?
¿Oponerse agriamente? ¿Esgrimir en liza razones y conciencia? ¿Argumentar,
manifestando la ofensiva sorpresa de tan hábil jugada? ¿Invitar a su
Ilustrísima a que analizara minuciosamente el siniestro al que le sometía?
¿Pordiosear? ¿O, mejor aún, encauzarlo por el derrotero más espectacular del
atropello ingrato al gran afecto humano que se había generado a lo largo del
tiempo en su feligresía? ¿Hablar del Cristo pobre, rebelde y amoroso?
No se sabe por qué,
pero él se sintió sin fuerzas para aquella batalla ya, en suma, perdida. Cuando
uno tiene de su parte toda la razón sin sombras ni fisuras (por raro que
parezca), es muy difícil argumentar en la propia defensa. Es algo tan
asfixiante como respirar en un mundo ocupado por oxígeno puro. Y es que, cuando
la verdad es agredida frontalmente por el cinismo o por el despropósito, su
efecto es tan asolador, que nos desautoriza y amordaza, radical y tajante,
imponiéndonos con facilidad el triunfo demoledor de la fiera injusticia. Esto
es algo que los estrategas del verbo manejan con cinismo y soltura. La mordaza
de la perplejidad, lo llamo yo para entenderme. Por eso, ante aquel atropello,
don Manuel decidió que nada podía hacerse. Sé que a muchos ha de sorprender la
poca resistencia de mi representado tras una vida firme. Tal vez, él también
haya sido el primer sorprendido. Pero el paso del tiempo es algo que va domando
a todos; y es uno mismo quien antes se sorprende del grado de vileza que es
capaz de encajar en aras de la paz y de la tolerancia, cuando merman las
fuerzas y no se tiene al frente el curso apabullante de una vida sin límites.
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