sábado, 1 de marzo de 2014

La lengua de las piedras



LA LENGUA DE LAS PIEDRAS


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Fue mi primer trabajo profesional. Y el tener contacto con las obras del arquitecto Amenofis, hijo de Hapu, fue todo un privilegio que agradecí fervorosamente a los sagrados néteres. Pero poder tratar directamente, por el tiempo que durara el trabajo, con los artesanos y obreros fue algo que, sin embargo, y desde el primer momento, me causó una honda impresión, gozosa e inquietante al mismo tiempo. Se me sometía así a una prueba doble para la que, como ya he dicho, no dejaría de estar estrechamente vigilado, aunque yo no percibiera por quién, ni en qué forma concreta se me estaba observando. Se evaluaría mi arte y el modo en que mi dignidad supiera comportarse. Entonces entendí, no exento de terror, cómo la discreción y el hermético silencio eran valores imprescindibles para servir a las órdenes de todo faraón.
            Egipto era un país cruzado de múltiples secretos; una momia preservada por infinitas vendas de privacidad y silencio. Todo lo verdaderamente trascendente estaba en Kemit fajado de intriga y de mutismo. Y cuando éste se quebraba, todo se perturbaba, y la locura imperaba en los más altos estamentos, y ningún medio era indigno o criminal si la indiscreción había procurado un peligro que había que abortar. Cualquiera recelaba de cualquiera. El terror rebosaba las copas en todos los banquetes. El faraón era un preso custodiado por los sacerdotes. Ellos temían al ejército. Los generales estaban a merced de los caprichos del faraón y de sus familiares y validos. El pueblo iba hacia aquí o hacia allá, y sólo imploraba un poco de comida y una hila de paz. Aquél era un círculo macabro en el que eran muy importantes todos los personajes, incluso aquellos que pertenecían a la pura comparsa. El visir, el tesorero, el director de escribas, el tutor de graneros, pero también el portacetro, el guardasellos, el primer escanciador, el gran trepanador, el custodiador de las sandalias, el guardián de las vacas reales, los portadores de la litera dorada. Cualquiera podía ser temible y a la vez ínfimo y, por ello, fácilmente vulnerable, pero inmensamente peligroso. 
            Pues bien, aquella nueva actividad provocó en mí que algo que estaba adormecido en mi interior se despertara a la luz de modo estrepitoso. Aquel mundo sencillo y a la vez cargado de primaria energía prendió en mi interior como abraza la llama a una candela que alguien hubiera estado preservando para un preciso instante con un aceite limpio y un pabilo no usado desde tiempos remotos. Aquello, pese a todo, para mí era respirar aire fresco.
            Llegué a la cantera de Hat‑Nub tras haber efectuado una ruta terrestre hasta la ciudad de Tentyris y después realizar un tramo por el río, pasando por Panópolis y Antaeópolis, y divisando desde lejos los restos de la que fuera gran ciudad de Akhenatón, y que la arena había ido sepultando con el sigilo maligno de una sombra y la tenacidad con la que pule el viento los riscos y canchales. Era mi primer viaje en solitario. Y, junto a la carga de emoción y aventura que ello me suponía, llevaba yo el peso que me representaba el alejamiento de la mujer que cegaba mi razón con la obsesión más envolvente que pueda imaginarse. En mi interior se suscitaba una lucha encarnizada. Los dos uros salvajes de mi juventud se enfrentaban entre sí con inclemencia y con furia enconada. De un lado, mi enloquecido deseo sexual para con quien todo momento de placer, por espléndido que hubiera sido, no lograba dejarme más que insatisfacción y hambre codicioso. De otro, mi amor por aprehender, por descubrir, por absorber cuanto la ciencia,
el misterio o la armonía ponían ante mis ojos sedientos y avaros de sapiencia.
            Mi misión allí era la de elegir, junto al jefe de los canteros, la piedra sobre la que se esculpiría el texto del Decreto de Horus Horemheb. Uedje me recibió desde el principio con el enigmático afecto de alguien que ya me conociera. Su rostro renegrido y enjuto en demasía guardaba en sí el rotundo misterio de lo pétreo y eterno; de lo inmortal y basáltico. Y yo supe leer en su cetrina tez un mensaje inequívoco de afecto y calidez que transcendía a las palabras, los gestos y hasta a las razones. Por vez primera, desde que perdiera el cobijo de Meritatón, sentí ante mí el asilo alentador de alguien veraz y sin fisuras. Desde el primer día me invitó a albergarme en su casa. Vivía solo, y su vivienda era la más sencilla de todo el poblado de los trabajadores. Estaba a las afueras de éste, y eso la envolvía en un ámbito de quietud y de olvido; de amable soledad. Su autoridad era firme e incuestionable, seguramente macerada por el tiempo y multitud de actuaciones y gestos de excelsa dignidad. Cada día, su mesa era abastecida por alguna mujer de la cantera, y alguien barría en su ausencia aquel suelo de tierra apisonada de la única estancia del recinto. Todos se disputaban y tenían a gala ser aprovisionadores del anciano maestro. Y su puerta siempre permanecía abierta, pues que tampoco nada se guardaba en aquella vivienda que el ladrón o el bandido pudieran envidiar.
            Uedje era la mano derecha del arquitecto Amenofis; algunos decían que él era en realidad el verdadero artífice y el inspirador de las grandiosas obras que luego firmaba el famoso arquitecto. Había nacido en la cantera de Hat‑Nub. Toda su vida había transcurrido allí, y jamás había deseado abandonar aquel lugar ni conocer otras tierras. Amenofis no acometía obra alguna sin poner como condición previa que todas las piedras empleadas en la construcción procedieran de aquella cantera, y fuera Uedje quien hubiera supervisado su entraña, su elección y su corte. Con el paso del tiempo, aquel hombre, había llegado a desempeñar el importante cargo de cantero mayor por evidentes méritos. Los trabajadores del venero granítico aseguraban que las vetas de las que se cortaban los grandes bloques le hablaban al oído, y que le confiaban en secreto cómo, cuándo y por dónde iban a troncharse los obeliscos y sillares que pretendían arrancar del corazón macizo. Él nunca hacía caso de las habladurías; sonreía y callaba. Pero era verdad que, con cierta frecuencia, aproximaba su oído al filón en el que se estaba trabajando, y tras permanecer un rato a la escucha (rato en el que todos los trabajadores se quedaban en profundo silencio cual si aguardaran el fogonazo de un prodigio seguro), él dictaba sus órdenes sobre cómo seguir hendiendo cuñas en la entraña o cómo ir humedeciéndolas para que, de la forma prevista, el bloque reventara. Incluso, a veces, también solía pronosticar con un tino preciso: “Pasado mañana tronchará. Esa piedra esconde una onerosa tara. Dejarla descansar durante siete días o se os quebrará de forma traicionera”. Cuando hablaba acerca de aquellos peñascales daba la sensación de que lo hiciera sobre seres vivientes. Y todos sus auspicios venían a cumplirse casi en el plazo exacto que él les asignaba.
            Durante los meses que permanecí en su casa descubrí y gocé de las recónditas sensaciones que ocasiona la total escasez. Saboreé la inmensa libertad que ofrece el no poseer nada, y que sea el mismo día quien surte al propio día. Y es que el lugar donde moraba Uedje carecía de todo por propia voluntad. Una estera de papiro trenzado y una piedra tallada para reposar la cabeza durante el tiempo que dedicaba al sueño, y algunos utensilios de arcilla para el aseo y la comida, eran todo el bagaje de muebles y de enseres. Un enorme cántaro, que siempre guardaba en su entraña un halo de frescor seroso y rezumante, te recibía en total soledad apenas trasponías el hueco de la puerta. Aquel panzudo y viejo recipiente era la invitación que resumía en sí la hospitalidad de su dueño. “Esta es la única herencia que me dejó mi padre”, me confesó un día lleno de gratitud. Luego, en el interior, todo era espacio libre y sin estorbos. Olía a soledad y orden, a quietud y armonía, a amistad confiada.
            En un principio, aquel ambiente me desencajó. La vida allí, sin duda, debía ser totalmente imposible. No resultó así. La primera noche cenamos los restos que habían quedado de la anterior comida. Pescado seco, dátiles y seremt muy espesa, que él templó sobre unas ascuas que estaban casi extintas en un rincón renegrido de la desierta estancia. Luego alguien, seguramente a su solicitud, trajo una estera de palma para que sirviera de lecho para el huésped. Pero no vimos quién. La persona hizo un chasquido con los dedos para avisarnos de su presencia y la dejó en la puerta. Seguramente para no molestarnos. Así le respetaban todos los del poblado. Aquella noche no hablamos casi nada. Comimos en silencio y, luego, él salió a la puerta de su casa, me dio la estera, y se acurrucó para permanecer un largo rato mirando hacia lo alto, a esa vía de leche que cuajan las estrellas en las noches espléndidas cuando se recuerda el máximo calor del día ya pasado. Yo me tendí sobre mi lecho y esperé a que volviera a entrar. No sé en qué momento me quedé adormecido. El gran cansancio de los días de viaje y la tensión de tantas novedades debieron distender mi cuerpo y entregarlo en los brazos amables de los sueños benignos.

Se detuvo Manuel en su lectura y dejó que viajara su imaginación. Le atraía aquel mundo narrado en el que la carencia de todo bien material presentaba una vida de atrayente hermosura. Siempre le había seducido a él aquella renuncia a los bienes materiales que hacía que la existencia resultara esencial y veraz. Despojarse de todo, irse aliviando de peso poco a poco; enfrentarse al final ligero de equipaje. Esa era la verdadera sabiduría tras desgastar la vida. Hacía varios años que ya no le asustaba el trance de la muerte. Había visto ya a tanta gente morir, que el torvo ritual ya no le impresionaba. Y no es que creyera él en bellos paraísos, ni en lujosas estancias envueltas en blondas y alamares gloriosos. Había acompañado a muchos en el último trance, y había consolado a otros, incluso en aquellos sucesos en los que no existe palabra alguna que arrimara consuelos, salvo aquéllas que se conchababan con absurdas mentiras y vastos despropósitos. Había visto a madres enterrar a sus hijos y a niños indefensos quedarse sin sus madres. Y ante tales desgarros, había sido él incapaz de proferir inventos. Únicamente había llorado junto a ellos, y con ellos se había hundido en un pozo de desconsuelo inmenso, sin atreverse a clamar pregunta alguna, en la plena seguridad de que nadie contestaría nunca. Y durante mucho tiempo las palabras del libro de Qohelet, el más heterodoxo que albergaba la Biblia, habían retumbado en su boca, atronando en su mente y llenando su corazón de  rudo realismo.  


La luz del día no había entrado aún por la estrecha ventana, cuando Uedje me remeció. Atado en un cierto extravío, sé que me inquieté, sorprendido y perplejo. Sus ojos me tranquilizaron apenas los miré. “Es hora ya. Al tajo hay que ir antes de que los ruidos de la gente hagan callar el canto sublime de las piedras”. Aquel comentario me emocionó. Desde aquel mismo instante debo reconocer que me di cuenta de que todo el tiempo que yo permaneciera al lado de Uedje sería una lección inolvidable y única.
            No me equivoqué. Jamás nadie ha sido capaz de darme tanto saber, de enseñarme tanta veracidad, de transmitirme tanto néctar y esencia de la vida. Aquel hombre me enseñó la primera lección que debe conocer un hombre: a escuchar con respeto su íntimo silencio y el de cuanto le acompaña y conforma su entorno sea éste piedra, hierba, hombre o animal. No. Quizás las piedras no le hablaban. Pero él sí sabía escuchar el rotundo silencio de la vida.
            Permanecí siete meses persiguiendo su sombra. Ese fue el tiempo que Ptah tuvo a bien demorar la entrega que la médula del suelo debía hacernos de su parte de entraña más querida y hermosa. Pero en este espacio pasé de la euforia al ahogo, de la fe al reniego. Durante los diez primeros días que fui a la cantera no se me encomendó trabajo alguno. Y ante mi primera demanda de ocupación, Uedje me sugirió que no tuviera prisa, que aprendiera a observar; que fuera yo mismo quien determinara qué deseaba hacer y de qué modo quería acometer mi obra inaugural. Debo declarar que aquella sugerencia me desconcertó y me causó repudio y extravío. Cuando se está  acostumbrado a que alguien nos trace las rutas y tareas, la total libertad, lejos de parecer un amable regalo, se establece como un hiriente cepo que confunde y angustia, y crea incertidumbre.
            Durante algunos días me creí estafado. ¿Aquel anciano digno se burlaba de mí? Deambulé. Me sentí inútil. Avergonzado entre todos aquellos hombres que, sucios de sudor y raídos de polvo e intemperie, arrancaban con sus manos el pan de cada día de un modo tan oneroso y en extremo inhumano, y, sin embargo, parecían en paz con aquella rudeza deleznable que la suerte les había repartido a porfía. Mis manos, sin embargo, tan hábiles para el trazo y los signos, de pronto, resultaban ineptas y ridículas entre tanta demanda de laboral violencia. Tampoco mis saberes servían para mucho en aquel agujero inmenso y descarnado, que era cual una boca gris y hambrienta sin mesura, que parecía abrirse para darle una seca dentellada al infinito cielo. Recuerdo haber desesperado. Sé también que fui el objeto de burlas y censuras por parte de los picapedreros, que, al principio, sufrí, mitigándolas a base de paciencia.
            Un día, cuando ya mi desazón rayaba en la locura, y a mí seguía sin ocurrírseme nada que hacer, Uedje me buscó entre aquel hervidero de sudores y ahíncos. Allí el murmullo conversaba con los golpes de más de un millar de cinceles de cobre, que alegremente iban hiriendo a las piedras en una danza de amor y de martirio. Embellecerlas y tallarlas perfectas y precisas requería herirlas y esquilmarlas de la escoria sobrante. Una vez más la belleza reclamaba su precio, y allí se satisfacía de manera intachable. Entre aquel hervidero de polvo, rústica hermosura y fiera humanidad, me encontró y me ofreció agua fresca de su odre de vejiga de antílope. Bebí mientras me ahogaba la perplejidad. “¿Aún no encuentras qué hacer entre nosotros?” me preguntó. “Seguramente es porque no te has planteado que lo que debe hacer quien llega por primera vez a un sitio es ocuparse de la labor más ruin, pues que no sabe nada de aquel oficio en el que el más torpe es maestro a su lado. Limpia herramientas, aguza cortadores, abastece de agua; mánchate y sirve, y aprende a ser humilde. Sólo desde esa disposición la cantera confiará en ti. Y si te haces digno, la entraña de la tierra te mostrará el secreto. Aquí no se regala nada. Nunca la vida ofrece nada de modo gratuito. Apréndelo y actúa”.
              “Los defectos, las deficiencias, la falta de habilidad o las debilidades deben callarse por pudor y decencia. De nada sirve exhibir, proclamar o hacer coro y elocuente espectáculo de la nula destreza de quienes nos rodean o de la impericia que nos detiene a nosotros mismos. Aprovechemos nuestra calidad. Sólo aquello que vale sirve para crecer y hacernos más expertos”. Es esto algo que también aprendí de Uedje desde aquel mismo día. Todos los trabajadores de la inmensa cantera eran dignos y valiosos para él. Muy pronto descubrí que cada uno estaba sabiamente situado en el puesto que le era oportuno, y que la anuencia y la suma de sus mutuos esfuerzos era la clave de aquella armonía que yo había percibido de un modo intuitivo desde el primer momento. Entonces me di cuenta que es ésa y no otra la fuerza que logra desde el albor del tiempo levantar obeliscos, pirámides ciclópeas, y suspender techos de losas colosales en las salas hipóstilas de los templos de Kemit. Porque ésa, y sólo ésa, es la auténtica furia de la unidad humana.
            Trabajé, pues, en las labores más elementales. Asistí a los obreros, cuidé y agucé herramientas y dejé que el sol y el viento abrasador me broncearan desde la mañana a la noche, descuidándome de mí y olvidando mi altiva vanidad de muchacho ilustrado. Dejé, sin precaución, que el polvo pegajoso de aquel enorme antro se pegara a mi piel hasta casi desdibujar los rasgos de mi cara y mis limpias facciones. Me vi deteriorado, ignoto, envejecido; sucio. Pero, a la vez, algo interiormente me iba liberando sin yo saber qué era exactamente. Sentía que todo lo aprendido hasta entonces cobraba sin embargo una nueva y desconocida dimensión al lado de aquel oficio aparentemente zafio y miserable. Lejos de competir en mi interior lo culto y lo profano, lo elegante y lo bronco, lo sencillo y lo magno, era como si todo fraguara en una unidad que hiciera solidificar mi, hasta entonces, desconcertado interior de oropeles, vidrios y tornasoles.
            De nuevo Uedje recobró su habitual mutismo. Eran pocas las palabras que intercambiábamos a lo largo de toda una jornada. Pasaban los días y apenas si hablábamos. Sin embargo, entre nosotros no había tirantez alguna. El silencio era manso y equilibrador como un mar sumido en la infinita calma. De pronto, a mi alrededor, comencé a percibir los colores del viento. Percibí que la luz también era sonora, que el sendero de regreso a casa tenía aromas, y matices de colores las tierras que hollábamos, y que la densa espuma de nuestra cerveza dibujaba encajes vivos y cambiantes en torno a la boca circular del cuenco en el que la tomábamos. Aquellas percepciones procedían, sin duda, de la elocuencia que exhalaba el latente silencio y sus vibrantes entornos. El viejo Uedje me estaba enseñando, sin sangre ni doctrina, cuán importante era la economía del verbo que yo había utilizado hasta entonces de forma desbocada. Aprendí, sin que él me dictara ni lección ni tareas, cómo, habitualmente, manchamos y desgastamos el lenguaje, y cuánto eso nos atora y ofusca los sentidos. Para alguien que estaba enamorándose de la palabra escrita, de la voz reverberante y pétrea de los siglos, aquel era un regalo singular y magnífico; una alhaja única.
            Para mí, cobró también el tiempo una nueva y extraña dimensión. La jornada de trabajo no era ya una suma de horas agobiantes, como me había resultado casi siempre en la escuela del Templo, o esperando las caricias de Merit. Por el contrario, el día era una unidad sin fisuras ni espacios. Descansaba cuando estaba agotado, comía cuando mi vientre me lo reclamaba. Cargaba piedras, recogía utensilios, ayudaba al arrastre, miraba al cielo, me secaba el sudor, y seguía adelante. A veces me unía a algún grupo de hombres y escuchaba sus cantos, y me fundía con ellos en sus tareas sin violencia ni esfuerzo. Contemplaba maravillado el mágico resbalar de los trineos que llevaban los formidables bloques hasta las barcazas, y me sumaba, aun desde la distancia, a la voz  monótona y aunada de las cordadas de hombres que los acarreaban. En otros momentos me tumbaba a ver pasar las nubes, o a calcular ficticiamente la inconmensurable dimensión de los cielos. Allí eran infinitamente más grandiosos que en cualquier otro sitio. Había veces que aspaba los brazos hacia lo alto y abría la boca, cual si quisiera tragarme un placer irreal que estuviera disuelto en el espacio inmenso. Me sentía feliz. Todo respondía a algo no reglado y sincero en esencia. Por vez primera me entusiasmaba ser útil, arrancar una mirada de afecto o de agradecimiento, o, sencillamente, de aceptación y de compañerismo. Me era suficiente un gesto incipiente de complicidad percibido entre aquellas sinuosidades profundas y antiquísimas, que resultaban  ser siempre los rostros acortezados de los trabajadores. Incluso de aquellos que tendrían mis años, y a quienes el fuego del sol, terco desde su nacimiento, había logrado borrar de sus semblantes el dato de su edad. Yo había descubierto que allí ululaba la vida con la furia salvaje del primitivo instinto que lo genera todo.
            También mis sentimientos para con Merit sufrieron un cambio muy profundo. En medio de aquel erial en el que todo se reducía a pura médula y esencia, lo voluptuoso perdía gran parte de su brillo y su atractivo de ciega desmesura. Allí nada residía ni se asentaba en la necesidad imperativa de poseer, retener o atesorar. Aquella naturaleza recia, pero a la vez serena, y aquella vida austera y laboriosa, tan pegada a la tierra, limpiaban al ser de anhelos codiciosos y del deseo torvo de ser dueño de algo. Era la ley de la intemperie. Se tenía lo  que la vida nos daba cada día. Incluso la rudeza de la jornada dependía del capricho del sol y de las nubes, escasas y huidizas. Nada se perseguía o buscaba con absurda obsesión, pues que en realidad nada estaba, en verdad, en nuestras pobres manos. Cuando algo se nos donaba, lo recibíamos como un regalo espléndido coronándolo con el festejo sincero del agradecimiento. Pero, en modo alguno, aquella dádiva de la vida, la humanidad o la naturaleza nos hacía sentirnos como acreedores a obsequio alguno subsiguiente.

No podía dejar de pensar en Daniel. Aquel muchacho extraviado necesitaba descubrir aquellos matices que la vida ofrecía en su escueta pureza lejos de la contaminación de la amañada ética. ¿Pero cómo llegar a trasmitírselos? ¿Cómo ayudar a destruir las caducas mentiras? Las mentiras camufladas tras máscaras antiguas de verdad sostenida.


Un día, cuando mi espíritu ya se había acomodado a aquella nueva forma de existencia y mis costumbres y afanes se habían distanciado muy claramente de los de mi vida anterior, Uedje volvió a hablarme. Tras la última comida del día, él salió a la puerta de su vivienda como solía hacer casi todas las noches. La jornada había sido dura. Desde la aparición de Jepri‑Ra por la suave línea de las dunas lejanas, hasta que Atón se hundió en el encendido horizonte de poniente, el calor había resultado terco e insoportable. Y, aún al oscurecer, cuando ya el ojo sombrío de la noche comenzaba a llenarse por la voluntad espléndida de Thot, un aliento candente seguía brotando del horno de la tierra, no dejando olvidar la tórrida jornada que habíamos vivido.
            Recuerdo que Uedje me llamó a su lado, ya desde el exterior, y me invitó a sentarme junto a él. “Muy pronto partirás”, me dijo. Su voz sonó nítida y firme. Fue como el corte limpio de un cuchillo que no dejara posibilidad a un nuevo tajo. Y como si un golpe seco me hubiera despertado de un sueño milenario, sentí que se me abrían desmesuradamente los ojos de mi interior, como si nunca antes hubiera visto frente a mí la materialización de una realidad detestable y aviesa. No contesté ni le hice preguntas. Sabía que no era necesario hacerlas. Cuando él tomaba la palabra, uno podía estar plenamente seguro de que diría cuanto correspondiera, y nadie podría forzarlo a decir ni una letra más o menos de lo que debiera ser dicho por su certera boca. Después siguió hablándome: “En los próximos días la roca se abrirá para ti, y te entregará aquello que viniste buscando. Al fin, has persuadido a la cantera de tu sinceridad, y ella va a aceptarte entre los suyos”. En aquel momento recordé la misión que me había llevado hasta allí. El encargo que me trasmitiera directamente la boca del primer arquitecto real había sido claro. “Viajarás cuanto antes a las canteras de Hat‑Nub y te pondrás dócilmente a las órdenes de Uedje. Jamás te arrepentirás de haberlo conocido. Abre el alma, y él te enseñará a abrir el corazón y los sentidos. Si así lo haces, tallarás una hermosa estela; la estela que el Horus te confía y demanda. Pero a la vez, en tu interior habrás tallado una grandiosa inscripción que guiará tu vida. Coge tus cosas y que la estrella Sothis presida el comienzo de esta nueva andadura. Los dioses te han otorgado su gratuita fortuna. Y créeme si te digo que te estoy encomendando al verdadero padre de las  arcaicas rocas”.
            Sí, aquellas palabras de Amenofis, impenetrables en su día, ahora resultaban nítidas y precisas tras aquella experiencia.
            “Pero yo no deseo irme”, le dije, cuando mi boca fue capaz de vencer la sorpresa. De nuevo, Uedje me habló. Lo hizo sin mirarme, perdiendo su vista en lo alto y dirigiendo sus palabras hacia la inmensa bóveda que parecía reverberar, negra y azul, allá, suspendida a lo lejos. “Mira, como lo hago yo, hacia el grandioso cielo, y deja que tus ojos liberen a tu espíritu, y éste pueda tenderse y navegar sobre El Nilo Celeste. Y aprende a encontrar en él respuesta y sosiego ante cuantas preguntas o encrucijadas te presente la vida. A él debemos ir a sumergirnos. Jamás huyas de nada. La huída es siempre una ficción inútil; jamás se huye de nosotros mismos”.
            Aquella noche no regresé a la estera. Tampoco sé en qué momento él se fue de mi lado y buscó su reposo. Ante mí, viajó toda mi vida; la pasada y el etéreo enigma de la venidera. Mi desarraigo y todas mis quimeras se dieron cita ante la nebulosa ventana de mi mente. Y recordé, de un modo muy preciso, aquella noche que Meritatón me llevara furtivamente a la tumba del rey, para mostrarme aquella obra que hicieran las manos y el corazón de quien fuera mi padre, y que jamás he olvidado. “Quizás no hayas entendido mi forma de cariño, tan áspero y aséptico, a veces. La vida, con el paso del tiempo, te lo desvelará. Nadie puede con ternuras y obsequios interponerse a un plan que han trazado los néteres”. Aquellas palabras de Meritatón volvieron a sonar dentro de la oquedad de mi pecho, cual si estuvieran siendo entonces mismo pronunciadas. Mi ruta debía continuar y dejar que los dioses roturaran mi senda.






















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