sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO OCHO

OCHO




Visto de nuevo el traje que viste el pensamiento y me entrego a aquel juego al que mi interior decida provocarme.



Vamos, Manuel, que ya no eres un crío, Coge el breviario y reza “las completas” y a ver si eres capaz de hilvanar pronto el sueño y entrar en el sosiego, Mañana no es más que un día igual que lo son otros muchos que ya tienes vividos, Aquí todo el mundo es ya viejo, y sobre todos ha pasado la losa cruenta de una guerra, No hay, pues, por qué andar con emociones bobas, Los viejos están ya enseñados a encajar las mudanzas y los fallecimientos, Además, el Ceferino va a venir de alborada, Para esta ocasión, mejor usar el taxi, Qué le vamos a hacer, un gasto extraordinario, Sí, le advertí que no me hiciera ruidos, pero como es tan tolondro, vete tú a saber que bochinche me lía, Le insistí en que parara el coche al lado de la ermita, y que esperará allí a que yo apareciera, Desde allí sólo los del humilladero podrían barruntarlo, Claro, Así que, descanso unas horitas y luego me levanto, me aliño, y me voy yendo sin que nadie me vea, El baúl que me lo lleve el Serafín mañana, A ver, repasa: el breviario y las cosas de aseo en la bolsa de mano, La sotana está limpia, así que para servirme lo menos durante quince días, Seis mudas, en la bolsa, para los cambios que sean inmediatos, hasta que vea yo cómo se arregla eso del lavado de ropa, Luego, el reloj, la petaca, el crucifijo y el rosario, a la mano, ¡Ah! y el cortauñas, que sin él no eres nadie, Venga, y ahora a ver si te echas una cabezadita y recompones ánimos, Y de mañana no andes preocupándote, Vaya; si bien mirado, ya iba siendo hora de que cambiaras estos aires montunos por otros más urbanos, Pues lo que digo yo, Los pueblos ya se sabe, Bien, de momento, pero luego dan en embrutecer a uno hasta hacerlo un jumento, Y tú, la verdad sea dicha, no has sido nunca de demasiadas luces, Bueno, pero estarás conmigo que si hubiera tenido otros destinos u otras ocupaciones..., Porque listo, lo que se dice listo, no, Pero torpe tampoco, Y de seminarista tenía un vicio con lo de la lectura..., Sí, pero eso también se te fue apagando, Eso sí que es verdad, Los pueblos se lo comen a uno igual que la carcoma, Tesonero, eso sí, Tesonero lo fuiste desde que eras muchacho y lo has conservado, La teología la sacaste a base de ahínco y de  paciencia santa, Ya, pero en la filosofía tuvieron contigo tolerancia, Sí claro ¿Pero el latín? ¿Qué me dices del latín? Y eso que el latín no era ninguna pera en dulce, No, no, El latín te gustaba y sabías lucirte, sobre todo con Cesar y Virgilio, Pero vamos a ver; abreviando y viniendo hasta hoy, Escucha, Si a lo mejor te pinta bien vivir cercano al obispado, Saber, nunca se sabe, Y Dios es quien provee en estas situaciones, ¿Dios?, ¡Ya verás tú!, Dios, en estas menudencias no pierde ni un segundo de tiempo, ni emplea su sesera en estos cambalaches, Pero bueno, ya oíste al obispo decir que quería tenerte mismamente a su vera, Pero eso tampoco voy yo a creérmelo como si fuera bobo, Su Ilustrísima me ha suavizado el trago con la mano derecha, Eso sí, Pero me ha atizado la purga de ricino con la mano contraria, Pues bien claro está que, a mí, lo que me quieren es, ya, para el desguace y punto indefinido, Y que eso ha de hacerse allí donde la chatarra no moleste a la vista ni interrumpa el trasiego: vamos, dentro del basurero, ¡Caray! Manuel, qué burro eres para contigo mismo y que exagerado, Ni burro ni mandangas, Estos han aprendido que el reino de Dios hay que defenderlo con armas de la tierra y lo demás son sólo pejigueras y organizar estéticas, Pero si yo no digo nada, Tendrá que ser así, y a amolarse aquel a quien le toque.”


A ver, que sigo yo sobre la noche aciaga.

No logró trasponerse más que a mínimos ratos. En cuanto se iba quedando así como en letargo, un latigazo interior lo traía nuevamente a la vela. Y eso aun a pesar de que la Emilia le había arreado un buen vaso de leche, tan caliente, que abrasaba los labios, en el que había echado un cucharón de miel y un chorreón de coñac de garrafa. 

            Oyó tocar las horas, los cuartos y las medias. Tuvo tiempo a rezar el oficio completo y recitar dos veces todas las letanías, en latín y en vernáculo. Sintió pasearse a los gatos, y cómo las tablas y cañizos de la vieja vivienda parroquial se iban estremeciendo al compás del discurrir pausado de las malditas horas. También a aquel viejo armazón le pesaban los años. La Emilia aquella noche ya no dio ni un resuello ni un quejido ni un ruido; todo estaba perdido y era una bobada andarse con plañires. Tras los esténtores de los días pasados, la había alcanzado una calma hipnótica y relaxa. Ella no se acostó, y estuvo la noche completa sentada en una silla baja en medio del portal. Estuvo la mujer velando la bolsa y el baúl del cura como si se tratara del cadáver de un próximo en noche de sepelio. Primeramente, anduvo recordando su vida como si fuera ella misma la de cuerpo presente. Luego, rezó un rosario, como se hacía en todo velatorio para matar el tiempo. Pues parecía que el rezo, además de acalugar los nervios, adelantaba el alba. 

            Él, por su parte, adoptó en la cama todas las posiciones que su cuerpo, inquieto y caprichoso, le fue solicitando, pero ninguna pareció que le llamara y propiciara el sueño. Cuando acabó los rezos, se entretuvo en bisbisear distintos salmos, preces y oraciones que concitó su mente. Musitó párrafos enteros del Libro de los reyes que, de seminarista, había memorizado igual que el padrenuestro.

            Todo aquello venía a ser como si, desde una a otra estancia de la casa, de una oscuridad a otra, de uno a otro piso, entre ellos, se estuvieran tendiendo hilos inmateriales que les permitieran tejer una red de fortalecimiento. Hilos secretos que uncieran y amarraran con afecto y dolor invertebrados dos siniestros futuros que estaban a punto de iniciarse. 

            “Así debe de ser el trance de morirse”, pensó la Emilia, cuando el relente le mordió en la espalda y le hizo que se ajustara un poco más la toquilla y apretara sobre sí los brazos y encogiera un poco más las piernas. “Así debe de ser la cosa de entregarse al más allá y al hoyo. Porque, me digo yo: ¿qué más confinamiento que éste de quedarse una sin causa y sin oficio de por vida y pa siempre, y sin alguien por quien andar trasteando de arriba para abajo a jornada completa?” 

            Y entonces, a la Emilia, le sobrevino y la cubrió algo así como una densa sombra cuajada de puntos luminosos como reverberantes. Porque a ella, aquel saber que le llegaba ahora tan misteriosamente y como inspirado, no le fue una luz refulgente, sino un negro nubarrón pleno de alfilerazos, que la inundó de duda y dejó boquiabierta.


Pero que hable ahora la honorable doméstica.

“¡Coño! ¡Pues claro!”, exclamó para adentro, pero de modo audible. Estaba ella helada. Aterida en la silla. Con más frío en las corvas que en una noche de fuertes destemplanzas. Ya no lloraba. “¡A qué ton! iba yo a llorar a semejante altura, si todo estaba ya bien hecho y rematado, Me quedé allí en el portal porque me dio la gana, Y a él ni se le ocurrió abrir la boca para amonestarme cuando me vio sentada debajo de la lámpara y de brazos cruzados, dispuesta a pasar allí la noche o lo que se terciara, El señor cura me miró y me hizo solamente una seña con la cabeza gacha, igual que hace un carnero metido en el mutismo que le es de natura, mientras empezaba a subir los primeros peldaños, Cuidado que está viejo el pobre hombre éste”, pensé, “Con Dios, Emilia”, me dijo, “Con Dios, don Manuel”, le dije yo también a él, igual que le decía todas las noches cuando nos despedíamos, Sentí cómo subía arrastrando los pies zancada tras zancada, Pues, aunque él no era más joven que una servidora, no había comparanza, Dónde iba a parar; estaba muy cachado, Los hombres ya se sabe, tienen menos aguante, como no han parido y además fuman tanto, beben y andan a esas cosas a que andan los hombres con sus partes más íntimas, Y éste, digo yo, que en algo se andaría aunque anduviera menos por eso de ser cura, Y ya no sé por qué, me vino a la cabeza el recuerdo de la última vez que había fregado yo aquellas escaleras, con el barreño de agua, el jabón de Lagarto, el cepillo de púas y la lejía pura, que hasta los dedos se me quedaban blancos y finos igual que a los difuntos, Sentí como si todo en mi vida hubiera sido inútil, Así: así debía ser morirse y entregarse, Y es que, después de todo, aquél había sido el único hombre a quien yo había conocido y tratado a mis anchas, También casi mi única familia, Y un día, ya ves tú, se terminaba todo, Y yo allí, contemplando el llegar del acontecimiento y sin poder pararlo, No, no era un dolor aquello que sentía, Tampoco era un fracaso, Más bien, era un erial baldío que se extendía inmenso delante de mi vista, Eso era mi vida, El otro se me había ido sin cumplir siete meses, Y éste, aun siéndome cosa muy diferente, (no andemos con cotejos) se me marchaba después de más treinta años de afecto y compañía, A mí, de la inclusa, me habían echado al cumplir los catorce, Y la pobre de mi tía Genara, que fue quien me acogió y me trajo a este pueblo,  cuando yo era muchacha y no tenía ni techo ni picardía alguna para andar por el mundo, también se me murió sin tenerme a su vera ni tres años siquiera, Pero no era aquella retahíla de infortunios lo que me desolaba, Cada cual tenía para contar su propio vía crucis, y el mío no eran ni más ni menos que lo es cualquier otro, Anda que no había habido desatinos y salvajadas con eso de la guerra que yo aún recordaba...” 

            El cura dejó bien colocada a la Emilia con la señora Presen, que era una viuda sin hijos ni familiar alguno que pudiera saberse, pero sobrada de posibles y tierras. 

            ‑Anda mujer, no refunfuñes más, que con la tía Presenta vas a estar lo mismo que una reina, si es que es eso lo que tanto te angustia. 

            ‑Pues clarito que sí. Y yo que me lo creo, ¡No te amuela, el farsante! Pues menudo par de vejestorios que nos hemos juntado; dos cacatúas para serle más clara. Y, además, con el carácter que tiene esa tía borracha. Aunque, a decir verdad, en eso una va muy bien adoctrinada, porque tampoco es peor que el que se gasta quien me ha mandado hasta el presente día. 

            ‑No, si tú, protestona, injuriante y malvada, serás hasta la muerte. 

            ‑¡Jesús! don Manuel, no miente usted ni siquiera de broma a la jodía bicha. Y no ande usted moviendo más la cosa que me tienta las lágrimas y no sé si respondo.  

            La señora Presenta tenía capital, un olivar y un huerto que había dado en renta. Era murmuradora y le daba al orujo para matar recuerdos. La guerra había pasado sobre ella igual que un carromato, dejándole el alma herida para siempre y el hígado bilioso, tras la muerte del marido y el hijo, a quienes “pasearon” la misma madrugada un grupo falangista. No era mala mujer si se la conocía, pero había que contar con arrestos para poder llevarla, pues odiaba a cuanto se movía, a excepción de aquel cura. 


Hablaré con Emilia, para que vayáis viendo.

Con la señora Presenta te había colocado el señor cura párroco, Sí, pero yo ya había descubierto el hondón de la vida, y ya no estaba para muchos traslados ni para comenzar a enjaretar afectos, Eso de los quereres lleva su tiempo y su dura porfía, y, entrados ya en edades, eso nos da pereza, No, no es que yo tuviera nada contra aquella mujer, ¡me libre el cielo santo! Pero yo ya no estaba para empezar novelas, Por eso me estuve allí encuclillada, en señal de protesta ¿La noche entera? Sí, la noche entera ¿Qué pasa? Quería que el tiempo no avanzara, Ya ves tú, como si eso me fuera a ser posible, La noche entera ¡Qué valor! Ni valor ni carajos, De allí en adelante no tenía ya ningún camino que andar, ni ganas de andarlo; ni de hablar o discutir siquiera, Por mucho que el cura me hubiera inventado un futuro, a mí me pasaba como a él: ya no tenía ninguno al que agarrarme, Lo demás: memeces y bobadas, Por eso pasé la noche allí, sentada, velándole el baúl y la bolsa, para que se jodiera y se sintiera una miaja culpable, Él a mí me hacía lo mismo que a él le hacía aquel maldito obispo, Estuve pensando y repensando en mi vida y mis obras, y todo me pareció un baldío y un apacentar ventiscas fastidiosas, Y no me daba pena, ni congoja, ni lástima, Ni de él ni de mí, Sólo baldío, Baldío; ya lo he dicho ¿Sabe usted lo que es eso? Ya de mañana, cuando sentí que don Manuel se había levantado, me puse en pie derecho lo mismo que una estaca, Estaba arrecida igual que un pasmarote, Cuando bajó, me fui a la cocina y encendí el petróleo, Le templé el café y esperé a que entrara. Llegó tambaleándose, como hace un borracho. No nos hablamos nada, Me dio los buenos días y, sin más novedades, le respondí lo propio, ¿Qué íbamos a hablar en semejante trance? Él le dio dos sorbos al café y se fue al portalón y recogió la bolsa, No sé qué aleluyas empezó a advertirme del demás equipaje, Le corté la palabra y le dije que no se preocupara que yo me estaría allí hasta que viniera el Serafín, más tarde, a recogerlo todo, Y que luego, después de afechar bien la portala, le llevaría la llave a la iglesia al otro cura nuevo, El bien me vio que yo tampoco quería ni palabras ni adioses, “Bueno: con Dios, Emilia”, me dijo, “Con Dios”, le dije yo también a él, Y vi cómo se iba calle arriba procurando no hacer ruido para que no lo sintieran ni siquiera los perros y no se alborotaran, Llevaba, eso sí, la sotana bien limpia y planchado a conciencia, lo mismo que los jaspes, y los zapatos igual que dos espejos, “Con Dios, Emilia”, “Con Dios, don Manuel”, Yo también había aprendido a ser adusta y seca en los momentos duros, Luego me metí a la cocina, Cogí el tazón  en el que había dejado el café negro sin apenas catarlo, Con las manos noté el calor que aún conservaba el cuenco y me quedé mirando aquel espejo negro: aquella era mi vida”.


Sigamos dando datos.

Al lado de la ermita estaba ya al aguardo el señor Ceferino, con el taxi parado lo mismo que un furtivo que fuera a recoger a un contrabandista. El cura, apenas se había desprendido de las últimas casas del pueblo, se había liado un “cuarterón” con papel de “bambú”, y había dado unas chupadas hondas como si le faltara el aire necesario para obrar el respiro. La enorme colilla, manchada de saliva, la llevaba pegada y escorada en el labio de abajo. El Cefe le cogió la maleta y dio los buenos días. Enseguida puso el vehículo en marcha. Y sin echar la vista atrás, él sintió, casi sonoramente, cómo el pueblo se le iba alejando sin tregua y sin remedio. Aquello era lo mismo que morirse, y a él la muerte (pensó,  despreciativo) le importaba un carajo. En semejantes trances, un taco no era falta, y ni mucho menos pecado.

















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