sábado, 1 de marzo de 2014

El viaje luminoso



EL VIAJE LUMINOSO


***

Ya he manifestado que en aquel momento no comprendí la razón de aquel nuevo viaje que se me imponía. Si se había optado por mi incursión en el mundo del sacerdocio ¿por qué no se me dejaba en el templo de Karnak? ¿Por qué no se  me designaba bajo el amparo del saber de aquellos hombres que habían sido mis maestros, y ante los que yo tenía tantos enigmas que exponer y tantas dudas que aclarar todavía? Todo parecía una tremenda incongruencia.
            Inicié, pues, aquel viaje como quien se tira con los ojos vendados al cauce tortuoso de un río. Personalmente, el supremo visir me había encomendado una tarea ardua y peligrosa de escriba predilecto. Se trataba de recorrer la ruta, a través de la zona habitada por los hicsos, que conducía por  Palestina hasta el sur de la Siria; lo que ya se denominaba nuestro imperio de Asia. Según él, era preciso hacer anotación minuciosa, tanto de las riquezas de sus minas como de todo cuanto concernía a nuestras posiciones, fortificaciones y fronteras en aquellos confines. Tampoco debía descuidar todo lo concerniente a las actitudes y costumbres de sus moradores. Pues a pesar de cuanto había hecho en su día el gran Tutmés III, conquistando toda Palestina y Siria, hasta los límites del Eúfrates,  nada parecía estar definitivamente consolidado tras las sublevaciones que habían tenido lugar en los días de Eye. Y lo haría yo sin que nadie supiera de mis intenciones, y guardaría cuanto pudiera en mi memoria, y sólo anotaría aquello que corriera peligro de no ser recordado. Así pues, mi misión era de alto secreto y de considerable riesgo e importancia. Al fin estaba clara la misión que se quería de mí. Pero entonces ¿por qué aquel deseo de mi progreso en las ciencias teológicas?
            Debería unirme a una caravana de nómadas y ser uno más entre ellos. Únicamente el jefe de la recua conocería mi auténtica misión, una misión de la que aún yo no debía estar al cabo de su alcance real. En el último momento se me informó de mi plano de ruta. Mi viaje arrancaría en Busiris, pero yo me debía trasladar previamente a Bubastis, pues, al parecer, un sacerdote del templo de Bastet, la diosa con cabeza de gata, debía prepararme adecuadamente para aquella misión. Al mismo tiempo se me volvió a insistir en que, en modo alguno debía descuidar nada que fuera alimentando mi formación religiosa, si bien me había quedado claro que mi acceso a dicho estamento era algo decretado por las autoridades y que, por ello y pese a todo, nada iba a interponerse en sus deseos.
            Llegué al lugar un día de ventisca. El sol estaba completamente cegado por el polvo y el tórrido aire del desierto hería con sus mil alfileres sobre aquellas partes de la piel que no se guarecieran. Llegué tan cubierto por  arena y suciedad, que mi aspecto era el de un miserable pordiosero que vagara a su suerte. Llevaba un salvoconducto que  amparaba  mi tránsito y me servía de credencial ante las autoridades de templos o monarcas. Solicité ver a Radamante, pero se me exigió que antes me diera un baño y cambiara mis ropas y mi aspecto. La impudicia que yo presentaba no merecía el trato de un hombre de la diosa. Luego se me citó a una hora próxima a la última comida, cuando la luz de Atón comenzaba a extinguirse. Adquirí ropas nuevas y bajé hasta el río para adecentarme. Ya al atardecer fui recibido por los soldados ante el primer pílono, y mi acreditación fue revisada con minuciosidad. Hasta tal punto lo fue que, por un momento, temí no ser creído, y encarcelado, reo, por impostura. Luego fue el mismo Radamante quien vino hasta mi encuentro y me condujo a una sala privada, en la que, al poco rato, fui obsequiado con una exquisita comida y una variedad inusual de vinos. Yo ya sabía que, tanto aquí como en la ciudad de Sais, dedicada al dios Neith, el que es hombre y mujer al mismo tiempo, el jugo de las uvas era alterado en secreto con ciertas maceraciones y fermentos, que lo convertían en un líquido mágico capaz que trastornar, más de lo habitual, los sueños y el recuerdo. A la vez, todo aquello tenía un aspecto ceremonial y medido. La disposición de la mesa y nuestras posiciones, la ubicación de los alimentos. Hasta la combinación cuidada de sus colores y de las formas que, unos junto a otros, describían era algo repleto de intencionalidad y oculta coherencia.
             En un primer momento nuestro acercamiento intelectual fue muy cauteloso. No en vano se trataba de un sacerdote dedicado al culto de la felina diosa, y sus movimientos, tanto físicos como intelectuales, fueron una reproducción fiel de los que acostumbran a usar esos desconfiados e imprevisibles animales que mi país adora y que a mí siempre me han inspirado desdén y hasta repudio.
            Sé que se me embriagó intencionadamente. En un principio resistí cuanto me fue posible en aras, no de oponerme a algo que sabía que era insoslayable, sino intentando comprender cuanto fuera posible de aquella  meditada encerrona que así se me tendía. Pero mi contención estoica cedió, al fin, seducido por el cálido ambiente, la sutil y bien trazada conversación, y los impalpables halagos de músicas y aromas con que se me estaba agasajando de manera tan mórbida. Mediante aquella mezcla arcana, el “vino de la verdad” sabía persuadir a su consumidor para que de su boca fluyeran, sin recato ni trabas, cuantos secretos o conocimientos se albergaban en su corazón.
            A la mañana siguiente me ardía el estómago y una pesadumbre insoportable llenaba mi cabeza. Me resultaba difícil razonar y hasta mis piernas parecían negarse a sostener mi cuerpo débil y como apaleado. Cuando me desperté, Radamante estaba ante mi lecho. Una enorme taza de mayólica había recogido mi vómito, y, en un rincón, un brasero de cobre esparcía lentamente un humo denso y oloroso que envolvía la luz y la cegaba. Sé que miré con profundo rencor al sacerdote. Su cráneo pulcramente rapado detenía mi vista, y sus brazos remangados y blancos parecían ofrecer hacia mí una incierta ternura. En un movimiento impulsivo quise levantarme de allí y huir. Pero mi cuerpo totalmente desnudo, vencido, cedió antes de poder incorporarse. “Ten un poco de calma. En unas pocas horas te sentirás mejor. Ahora has de ingerir este brebaje para que expulses cuanto arde en tu estómago”.
            Bebí, dócilmente, un líquido amargo que de inmedia-to me retorció en un vómito agraz y doloroso. El cansancio me hacía sudar en medio del más absoluto de los desasosiegos.             Durante toda la mañana seguí bebiendo aquella pócima que se me ofrecía, sintiendo que, cada vez que mi cuerpo expulsaba su hiel, algo se iba apaciguando en mi interior mitigándome el fuego. Al atardecer ya pude incorporarme. Cuando llegó la noche tomé una cocción templada de verduras y ya no la arrojé. Aquella noche dormí como si nunca antes lo hubiera hecho, aunque hilvané sueños densos que fui incapaz de recordar después. Al día siguiente Radamante me explicó: “Hemos limpiado tu cuerpo y tu intelecto. La sabia diosa te ha convertido ahora en alguien que le pertenece. Cuanto has declarado entre tus vómitos jamás lo sabrá nadie; mi corazón y mi boca son como una mastaba sellada para siempre. Caminarás entre los hombres con el sigilo de los gatos, ostentarás su arrogante indiferencia, pero poseerás a la vez la fría y cruel agilidad de los leopardos o de las negras panteras. Todo ello lo necesitarás para realizar la misión que Horus Horemheb te ha encomendado. Reposa en nuestra compañía durante seis jornadas estudiando las rutas y caminos que has de recorrer en nuestros sabios papiros, y luego reúnete con la recua que constituirá tu nueva familia durante los tiempos que han de aproximarse.
            Vi ya en muy pocas ocasiones a aquel que había sido mi purificador. No sé lo que mi lengua libre de prejuicios pudiera haberle delatado. Durante algunos días me preocupó que mi inconsciente declaración hubiera revelado que yo no era la persona idónea en la que confiaran, pero muy pronto volví a aquella actitud mía en la que nada me importaba salvo ser el que era y creer en aquello que podía ir creyendo. Por eso, los días que siguieron estuvieron presididos por una deliciosa serenidad; no me inquietaba mi futuro, tampoco lo hacía el viaje; mi espíritu se tendía, dócil y confiado ante mi devenir. De algún extraño modo, mi cuerpo había experimentado un evidente alivio. Era como si el peso, tanto de mi alma como de mi cuerpo, hubiera sido disminuido muy notablemente. Tenía la sensación de que nada me anclaba a la pesadumbre ni al mundo donde habitaban mis congéneres. Incluso mi interés por las cosas materiales había cambiado de objetivos. Nada me preocupaban el comer, el beber o el descansar. Mi mente no se fatigaba, y mi cuerpo parecía siempre como recién levantado de un reposo reparador y amable. Pero es que, además, los mecanismos utilizados por mi razón hasta entonces también habían adquirido una levedad y fluidez que les convertía en algo versátil y proclive a nuevas visiones y razonamientos, enriquecedores puntos de vista y sorprendentes formas de concluir. Y tanto era así que, a veces, era como si dentro de mí existieran dos seres en perenne pugna pero en continua armonía; capaz el uno de estar sorprendiendo continuamente al otro. Y como resumen y conclusión de todo ello, yo sentía que mi escepticismo sobre dioses, mundos futuros o dones teológicos se sentía reforzado aún más por el evidente poder de lo científico. No, no era la diosa quien había obrado en mi interior. Sólo las sabias pócimas de los hombres dedicados al estudio y al exhaustivo conocimiento de las hierbas eran quienes habían alterado de forma tan sustancial mi ser y mi comportamiento. Desde entonces me sentí seducido aún más por el universo de los fluidos y los caldos que obran y que sanan, que alteran y que matan, que enloquecen o rinden y amordazan según su esencia o su naturaleza. Siempre me habían trasmitido a mí una inquietud seductora las tarántulas, los alacranes o los reptiles llamados venenosos. El poder de su saliva había atraído, desde el mismo umbral de mi niñez, mi intriga y mi curiosidad. Ahora se le sumaba la discreta apariencia de hierbas, hongos y helechos, la temible tortuosidad de las raíces, y la amenazante serosidad de bilis y de jugos.
                  La noche anterior a mi partida fui visitado en  mi aposento por Radamante. Aproveché la ocasión para hacerle partícipe del cambio que notaba que mi ser había experimen-tado, y para disculparme del rencor y de la adversidad que pudieran haberle mostrado mis ojos en un primer momento de desaprobación y  reproche. Él me escuchó muy atentamente. Luego me dijo: “Has sido elegido por nuestro señor para ser un miembro destacado de su corte. Te esperan grandes acontecimientos y profundas vivencias que harán que tu mente se prepare para aquello que se espera de ti” Fue entonces cuando mi corazón volvió a patear dentro de mi pecho y un terror infinito ardió de nuevo en  mi garganta como un vino insustancial de fuego. Yo no podía haber sido elegido para nada; mi espíritu no creía en aquellos fundamentos que parecían sustentar el orden en Kemit. No creía en el mesianismo de los hombres, ni en el planeamiento de sus obras únicas y transcendentes. No, yo no creía en el confuso elenco de los dioses, ni en sus ritos, ni en el hechizo de sus viejos misterios. Y mucho menos en el poder infalible de nuestros faraones emanado de su teogonía. Tampoco creía en la vida tras la vida, ni en la eternidad de mastabas o sarcófagos. No creía en el saber inequívoco de los sacerdotes, ni en la autoridad que emanaba de su ampulosidad y su boato. Más bien, sostenía que todo aquel precario y endeble equilibrio lo sustentaba una gran red trenzada de intrigas y mentiras, de luchas de poder, de falsedades conocidas por ellos que con relativa frecuencia les llevaba hasta la sangre y el asesinato. Falsedades compartidas, pero nunca formuladas en voz alta, por el temor de que lo dicho con sonoridad fuera llevado por el viento y esparcido hasta los oídos inocentes del pueblo crédulo, obediente y hundido en la miseria. No, yo no podía ser pieza de aquella repugnante máquina cuya maldad acababa de descubrir en mi contacto con la curia sacerdotal y la corte real, y con mi encuentro cara a cara con la muerte, y ante cuya contemplación me sentía perdido y asustado, herido e indignado. Yo sólo creía en la docilidad del hombre ante el devenir del gran universo desconocido,  insondable y eterno que a todos nos llevaba en su infinito viaje. 
            No sé cómo fui capaz de formular todo aquello que me ahogaba. Tal vez fuera aquello la hez o el poso de mi último vómito. No puedo recordar  ni mis aciagas palabras, ni mis balbuceos, ni el razonar lógico de mis pensamientos, si es que pudiera haberlo. A lo mejor únicamente fue el nítido espejo de mi cara quien transmitió a Radamante toda mi desdicha,  mi iniquidad y mi fiera repulsa. Me cegaba un odio airado e infinito contra todo aquello. Lo que sí recuerdo es que él tomó de nuevo la palabra y comenzó a hablar de sí como si me ignorara. Y lo hizo como si realmente yo no estuviera en su presencia, como si hablara de forma descarnada únicamente para consigo mismo. Aquella manera de hablar me resultó un tanto familiar. Tampoco él parecía creer en aquello a lo que se debía. También su mente estaba poblada de preguntas y dudas, de clamores sin respuesta, y de falsedades propias y ajenas arrastradas sin sosiego durante toda una vida. También él se sentía un hilo más en aquella urdimbre deleznable que servía para tejer el lienzo cegador de todo un pueblo robado y explotado al servicio del poder y de la insaciable vanidad real. Despreciaba especialmente su etapa vivida en el templo de Hathor, Dama de las turquesas, en Serabit, cuando había servido fielmente al oráculo de la embriaguez y el cinismo. Pues, escondido bajo tierra,  en el foso de las interpretaciones, él había prestado dócilmente su voz  y su reputada elocuencia para que los incautos creyeran ciegamente que era la diosa con orejas de vaca quien directamente hablaba y ordenaba a sus conciencias, y no los sacerdotes, manipulando sus bienes y su voluntad en pos de aquellos fines que les eran rentables. Pero al final de aquella confidencia, recuerdo que Radamante me dijo: “No debes inquietarte. Nuestro grupo no está integrado por hombres dóciles y afines sino por mentes inquietas y sinceras. “La Suprema Verdad” no quiere súbditos sino espíritus libres; hombres que no sean capaces de, jamás, defraudarse a ellos mismos. Nuestro círculo no tiene faz ni estamentos ni guías. Cada cual aporta lo que sabe. Y la Verdad va tomando cuerpo por sí misma y anida en el que sigue. Tal vez un día alguien quiera usarte en su provecho; el vicio aflora por doquiera. Entonces tú mismo habrás de obrar según lo creas. Quien no es fiel a sí deja de ser uno de los nuestros, pero no porque lo desdeñemos, sino porque él mismo se escora y se proscribe. Y es que, ocurra lo que ocurra, la Verdad seguirá por siempre adelante, contigo o sin ti. Jamás lo dudes. Nuestra comunidad es veraz porque no existe en un aspecto físico. El día que tome cuerpo sucumbirá. Lo auténtico sólo vive en el alma y esta es única, intangible, y no entiende de grupos o de acuerdos”.  
            No ocultaré que aquella inesperada confidencia, de quien había sido mi purificador, dejó suspendido mi ánimo en la más inquietante de las perplejidades. ¿Nuestro Círculo? ¿La Suprema Verdad? ¿Qué era todo aquello? ¿Qué se pretendía en realidad de mí? ¿Quiénes eran aquellos personajes que, de forma tan oportuna, habían aparecido a mi lado en los momentos más singulares de mi vida, y me habían transmitido todo su espíritu y un modo de ser tan peculiar? Él, no me respondió directamente a aquellas preguntas que mi incertidumbre le estaba formulando con tanta intensidad. Sin embargo, ante mí se abría un panorama nuevo y sobrecogedor; un desierto infinito cargado de misterios, repleto de ocultas maravillas. La vida era simple y monótona como lo era la arena, ínfima y manejable como cada pequeño grano, hermosa y enigmática como su gran conjunto, brutal y acogedora como lo era su entraña maternal e infinita.
            El viaje hasta Busiris fue rápido. Lo efectué sobre un carro asiático de guerra, que envió el mismo visir para que me llevara. Era un vehículo rápido que acababa de incorporarse a nuestro ejército, y que, tirado por dos caballos y revestido de cuero, parecía un arma destinada a potenciar muy sustancialmente nuestro vigor militar y nuestros éxitos. El hecho que el mismo visir me hubiera enviado a su auriga particular en aquel selecto medio de transporte, sumó más incertidumbre a mi extravío. ¿A qué obedecía aquel trato exclusivo que se me dispensaba?
            La caravana partió de Djedú, desde el pie mismo del templo que llamamos “La vivienda de Osiris”. Fue un día del mes de Tibi. Nuestra etapa inicial sería hasta la emblemática Tanis. Desde el primer momento noté que el trato del guía de la expedición para conmigo era muy preferente. Aunque también era muy claro que se esforzaba para que no pareciera tal a los ojos de otros. Él mismo me informó, al atardecer de la segunda jornada, que, si bien nuestro destino final sería la ciudad de Biblos, situada en la zona costera que se denomina Levante, debíamos dirigirnos antes a los uadis de Kharit y de Maghara, llegando hasta la mina de Serabit en la península llamada Sinaí, donde se había vuelto a extraer abundante cantidad de turquesas. Aquella información me sorprendió, porque se trataba de una ruta totalmente opuesta a la que pretendíamos. Pero, tras un primer momento de contrariedad en el que mi espíritu se encontró de nuevo tan desencajado, decidí que poco me importaba en realidad cuál fuera el trayecto. Únicamente deseaba huir, y cuanto más aventurado fuera nuestro viaje más lo deseaba.
            Muy pronto noté que Semuré era también un hombre excepcional. Al perfecto dominio del desierto y todos sus misterios unía un conocimiento especial de las rutas celestes y de su astronomía. Tenía un espíritu vigoroso y un talante conversador y afable. Poseía una cultura de raíz popular pero sustentada sobre un refinamiento innato, que le hacía tosco y exquisito a un mismo tiempo, selecto y esencial; primario y superior sin presentar fisuras. No tardó en confiarme todos sus secretos con respecto a mí. Se le había encomendado que me lo dijera tan pronto nos hubiéramos adentrado  en las tierras próximas al lago Amargo, y así lo hizo. Se le había ordenado, sin embargo, que si mi aceptación no era la que convenía, me diera muerte sin vacilación. Y estoy plenamente seguro que así lo hubiera hecho sin temblor ni reservas. A aquellas alturas mi vida pendía de un hilo muy delgado. Nada se escatimaría en mi preparación, pero a la vez nada me mantendría con vida si la aceptación de mi destino no era la que se esperaba. Mis conocimientos resultaban ya un serio peligro para mis valedores.
            Al parecer, a él se le había encomendado conseguir que mi aprendizaje escalara otro peldaño más. Debía avezarme en el rigor extremo del desierto y enseñarme el lenguaje infinito de la  tierra y los cielos. Bajo la aparente misión, no por ello despreciable, en la que yo debía ir memorizando con suma precisión y anotando todos aquellos aspectos importantes para nuestro rey, subyacía un decidido interés por hacer de mí un hombre más maduro y más curtido, a la vez que más sabio y más conocedor de los pueblos que nos circundaban. Y esta misión se la había dictado a Semuré directamente el Horus Horemheb. He de reconocer que aquella confidencia enturbió aún más mi razón. ¿Horemheb se preocupaba una vez más personalmente de mí...?
            Si nada debe olvidar o despreciar un hombre de su vida, menos aún aquello que es su médula, su tiempo de solidificación. Los años vividos como nómada son y serán los que hicieron de mí aquel que definitivamente soy ahora. Con los límites infinitos del cielo y de la arena, viviendo en la estrecha compañía de aquella recua, experimenté cuanto un hombre puede sentir en su interior. Viví momentos terribles en los que creí que el final de mis días me había llegado ya a través de las inicuas manos de los salteadores, y momentos en los que la exaltación de mi espíritu llegó a su punto más álgido de emoción y belleza. El resplandor mortecino del atardecer, las ventiscas hirientes, el frío infinito de las noches, el hambre, la sed, el graznido insoportable de la recua, el amable hechizo de las noches al fuego, escuchando las cítaras que iban remarcando la narración de historias, el té aromatizado. El período que pasé en las tierras agrestes y desérticas de la meseta de Tih fue una continua prueba para mi resistencia. El misterio infinito de sencillez que ocultan en su entraña las arenas, el desvalimiento más absoluto a merced del sol y de los vientos, la permanente desolación y el extravío, curtió mi ser en su piel de intemperie y reforzó mi espíritu hasta extremos que jamás pudiera haberme imaginado. La fatiga diaria en el afán efímero por alcanzar la noche o el verdor impagable de un oasis. El aburrido y costoso izar y recoger diario de las tiendas, el graznar desabrido de nuestros camellos y su denso olor a sebo y piel, o el inmenso silencio de los cielos, desplegando cada noche sobre mi pequeñez el mapa infinito sobre el que dicen que se arquea Nut. Amé con sed de transeúnte a las muchachas más incitadoras que pueda imaginarse. En los pueblos y aldeas, la acogida a los extranjeros era siempre motivo de loca algarabía por parte de aquellas que estaban destinadas tan sólo para satisfacer el hambre de hembra a los viajeros. Me ejercité en el juego cruel y apasionante que supone amar intensamente y olvidar el deleite en un único e instantáneo acto veleidoso y efímero. Aprendí el arte hábil e intrincado del trueque y el comercio, y a saber distinguir las sutilezas que anidan en el alma costrosa de los mercaderes, así como a utilizar las palabras y los envites eficaces de aquellos que discuten de precios, y exhiben y ofertan con ingenio sus productos en plazas y mercados. Conocí a gentes muy distintas, que vestían de colores fuertes y muy abigarrados, y lucían collares y aderezos de metal o de cuentas que tintineaban con sonerías amables. Aprendí a determinar razas, procedencias y étnias por sólo la apariencia o el tono de la piel. Contemplé la magia trasparente de hermosos cristales, caolines de increíble finura, piedras preciosas de todas las tinturas, pieles bien peinadas, maderas que exhalaban perfumes orientales, ámbares y orfebrerías diversas, dignas de recamar el cuerpo de reyes, visires y bellas concubinas. Asistí a ritos funerarios tenebrosos. Escuche ensimismado relatos descritos por las bocas y el gesto de hábiles cronistas, tal vez referidos a tierras solamente existentes en sus cebadas fantasías y ensueños. Vi miradas ardientes que hablaban de luces nunca vistas, de milagros grandiosos y alardes y prodigios. Soporté crónicas de odiosas guerras sanguinarias, de terrores sin tregua, y de viles matanzas sin sentido. Atendí a alguno de aquellos que se dice que son iluminados y que borbotan su fe sin mácula en la vida e, incluso, tras de ella. Estreché manos mudadas por el rigor inclemente del tiempo y el trabajo en haces de sarmientos, en muñones de leño, en nudo de raíces. Fui testigo de amaneceres en los que el color se esparció por el celaje como un velo de seda transparente, sutilmente arrugado e ingrávido; tal vez escondiendo siempre tras de sí la cauta timidez de una muchacha virgen. Temí al trueno y temblé ante el relámpago, como lo hace una hoja tierna bajo el desprecio impío de los vendavales. Contemplé caras en las que las arrugas eran un pergamino hollado y masacrado por la vida cruenta, con pliegues tan profundos que parecían cicatrices negras de gangrena. Y bebí agua, cual jugo de turquesas, empapándome de lluvia y de desvalimiento cuando los cielos, extraordinariamente, nos regaron con su caudal desbordado de suspiros y lágrimas.
            No fue para mí sencilla aquella convivencia. Acostumbrado a mi  forzada y celosa intimidad, vivir ahora de forma permanente en presencia de otros, sintiéndome continuamente observado en todo cuanto hacía, me resultó una prueba muy dura a superar. Ser testigo arraigado de cuanto le ocurría al grupo, y soportar el conocimiento de lo que cada cual pensaba, temía o esperaba, era algo que ponía permanentemente a prueba mi paciencia. Incluso, la convivencia física me resulto una prueba onerosa. El dormir en un único espacio, el comer siempre en su compañía, el estar a merced de la laboriosidad o de la pereza de los otros, de su celo en las guardias o de su desaprensión en las tareas de exploración, me enervó en no pocos momentos y me hizo vivir situaciones, para mí, insospechadas y extremas. Yo estaba acostumbrado a mi sola tutela; a depender de mí únicamente. Mientras, como pago y contrapartida, yo fui notando cómo mi espíritu y mi carácter se iban haciendo más recios y tolerantes, a la vez que mi entendimiento se tornaba más amplio y permisivo. En suma; aprendí a ver a los hombres por dentro. Entonces comprendí que la intransigencia no era garantía de equidad o rigor sino prueba evidente de debilidad y de falta absoluta de seguridad en lo que se vive, se trata o se postula.    
            Ejercité de modo prodigioso aquella facultad insospechada que era mi memoria. Yo fui el primer sorprendido ante los resultados que de inmediato me brindó el aleccionamiento que sobre el particular me dictó Semuré. Si yo creía que mi forma de recordar  ideogramas y signos era ya envidiable, mi perplejidad se hizo sorprendente con la destreza que pronto hube adquirido. Su mundo se basaba en aquellas habilidades que favorecían la supervivencia, y la memoria, así como la observación, era una de ellas. Tal vez eso fue lo primero en lo que me instruyó. Lo hacía a diario y como un mero juego, pero sin concederme una tregua o resuello. Tal exigencia me hizo estar continuamente alerta y guardar con precisión cuanto mis ojos veían o el resto de mis sentidos podían percibir. Durante el día era la tierra quien reclamaba toda mi atención. Las huellas en la arena, los restos de animales tronchados y resecos por el sol y el nudo desabrigo, la inclinación de las escasas plantas, el trazado sinuoso de los uadis, la forma en que la erosión había asentado sus tercos arañazos en las moles calcáreas, las líneas tan femeninamente dóciles de las dunas, el color preciso de las franjas de tierra; los fangos ya resecos, el polvo de las sendas o los posibles  restos de ignotos pulimentos, los olores diversos. También me apliqué al ejercicio de observación sobre los animales. En especial de aquellos que guardaban humores o jugos letales o urticantes, y que, al igual que yo, parecían siempre preferir la compañía de la soledad y el desarraigo. Tenía un sentido especial para intuir la presencia de los reptiles. A pesar de mi impiedad, Renenutet, la diosa con forma de serpiente, debía estar conmigo. Pero también comencé a observar con suma minuciosidad el carácter y el comportamiento de mis semejantes. Aquel mundo pequeño guardaba en sí cuantos matices, parámetros, cumbres y precipicios comporta el mapa agreste y fértil de la manada humana. Mi nuevo maestro tenía una habilidad excepcional para sugerirme y generar en mí hábitos y métodos de indagación. Y hasta lograba hacerme tener la sensación de que era yo mismo quien los propiciaba. Sutiles métodos que eran capaces de arrancar de mi interior aquello que yo mismo desconocía  que pudiera anidar en mi entresijo. Saboreé, pues, el néctar incomparable de la sorpresa que canta y nos convida en el festejo de los hallazgos íntimos.
            En Serabit se nos esperaba. El sacerdote máximo que regía el culto en el tempo de Hathor había recibido una paloma mensajera lanzada al vuelo por Radamante, y se nos tenía dispuesto un digno alojamiento para todos. Permanecimos allí durante el tiempo que va desde lo primeros días del mes de Famenot  hasta los últimos del de Epifi, evitando así la severidad de los   días más crudos y ventosos. Tomé abundantes notas sobre cuanto concernía a la extracción de las turquesas, al estado de los yacimientos, al rigor del trabajo, y a cuantos negocios poco claros se generaban en torno a la explotación de aquellos veneros imperiales. Al parecer, el comportamiento de quienes administraban las canteras no era tan honrado como se debería, y algunos sacerdotes del templo eran claros partícipes en la malversación y el trato fraudulento. Los pergaminos que debían recoger la producción estaban burdamente alterados. Y el producto que se enviaba a través de Abú Zanimah y, tras cruzar el mar, por el uadi de Araba con destino a la ciudad de Bir Arayida, y desde ésta hasta NeninesúOnooooooooooooooo, rara vez no era esquilmado por incontrolados grupos de salteadores, a los que alguien informaba con detalle del tránsito. El nomo número veinte se había convertido en los últimos tiempos en una zona especialmente incontrolable. El brazo del gran río al que llamamos Bahr-Yussuf que va hasta el lago Meruer se presta a tales actividades turbias y delictivas.
            Viajamos también no pocas veces al tajo de Maghara. El estado en el que se encontraba la mina de la que se extraía el cobre era realmente brutal. Los esclavos vivían perennemente cubiertos por el polvo rojizo del barranco, lo que les aportaba una apariencia terrible y espectral. Se les daba una única dosis de comida, y la cerveza les era entregada con mezquindad y usura, por unos capataces crueles y despóticos. Sobre el lugar parecía sobrevolar un halo de negra maldición, pues los desprendimientos de tierra y los accidentes eran tan numerosos que el ánimo de todos estaba imbuido por la torva sensación de encontrarse ya muertos. Caminaban, pues, los hombres, y hacían sus pesadas tareas, no con el rudo y vigoroso movimiento propio de aquel trabajo, sino con la fantasmagórica cadencia y liviandad de quienes pertenecieran ya al cortejo de Anubis. Allí la vida ya no era vida. Y la maldad, tal vez decretada desde la lejanía por nuestro faraón y sus adeptos, era aún más injuriante y procaz. Noté, pues, como día a día iba creciendo mi desprecio contra algo impreciso y acéfalo que condenaba a los hombres a ser bestias de carga, malditas y humilladas. No; no había vida alguna tras la muerte, y la vida de aquí tampoco era digna de ser vivida para muchos de mis pobres congéneres.
            Creo que todo aquello que iba horadando mi espíritu tenía un espejo sincero en mi cara. Acostumbrado como estaba a mi soledad, ningún habito o habilidad poseía yo para ocultar cuanto me sucedía, y mi maestro era un expeditivo intérprete de los seres humanos. Por eso, cuando estuvo casi a punto de terminar nuestra misión allí, me anunció un último viaje por entre aquel entorno.









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