EL VIAJE LUMINOSO
***
Ya he
manifestado que en aquel momento no comprendí la razón de aquel nuevo viaje que
se me imponía. Si se había optado por mi incursión en el mundo del sacerdocio
¿por qué no se me dejaba en el templo de Karnak? ¿Por qué no se me designaba bajo el amparo del saber de
aquellos hombres que habían sido mis maestros, y ante los que yo tenía tantos
enigmas que exponer y tantas dudas que aclarar todavía? Todo parecía una
tremenda incongruencia.
Inicié, pues, aquel viaje como quien
se tira con los ojos vendados al cauce tortuoso de un río. Personalmente, el
supremo visir me había encomendado una tarea ardua y peligrosa de escriba
predilecto. Se trataba de recorrer la ruta, a través de la zona habitada por
los hicsos, que conducía por Palestina
hasta el sur de la Siria; lo que ya se denominaba nuestro imperio de Asia.
Según él, era preciso hacer anotación minuciosa, tanto de las riquezas de sus
minas como de todo cuanto concernía a nuestras posiciones, fortificaciones y
fronteras en aquellos confines. Tampoco debía descuidar todo lo concerniente a
las actitudes y costumbres de sus moradores. Pues a pesar de cuanto había hecho
en su día el gran Tutmés III, conquistando toda Palestina y Siria, hasta los
límites del Eúfrates, nada parecía estar
definitivamente consolidado tras las sublevaciones que habían tenido lugar en
los días de Eye. Y lo haría yo sin que nadie supiera de mis intenciones, y
guardaría cuanto pudiera en mi memoria, y sólo anotaría aquello que corriera
peligro de no ser recordado. Así pues, mi misión era de alto secreto y de
considerable riesgo e importancia. Al fin estaba clara la misión que se quería
de mí. Pero entonces ¿por qué aquel deseo de mi progreso en las ciencias
teológicas?
Debería unirme a una caravana de
nómadas y ser uno más entre ellos. Únicamente el jefe de la recua conocería mi
auténtica misión, una misión de la que aún yo no debía estar al cabo de su
alcance real. En el último momento se me informó de mi plano de ruta. Mi viaje
arrancaría en Busiris, pero yo me debía trasladar previamente a Bubastis, pues,
al parecer, un sacerdote del templo de Bastet, la diosa con cabeza de gata,
debía prepararme adecuadamente para aquella misión. Al mismo tiempo se me
volvió a insistir en que, en modo alguno debía descuidar nada que fuera
alimentando mi formación religiosa, si bien me había quedado claro que mi
acceso a dicho estamento era algo decretado por las autoridades y que, por ello
y pese a todo, nada iba a interponerse en sus deseos.
Llegué al lugar un día de ventisca.
El sol estaba completamente cegado por el polvo y el tórrido aire del desierto
hería con sus mil alfileres sobre aquellas partes de la piel que no se
guarecieran. Llegué tan cubierto por
arena y suciedad, que mi aspecto era el de un miserable pordiosero que
vagara a su suerte. Llevaba un salvoconducto que amparaba
mi tránsito y me servía de credencial ante las autoridades de templos o
monarcas. Solicité ver a Radamante, pero se me exigió que antes me diera un
baño y cambiara mis ropas y mi aspecto. La impudicia que yo presentaba no
merecía el trato de un hombre de la diosa. Luego se me citó a una hora próxima
a la última comida, cuando la luz de Atón comenzaba a extinguirse. Adquirí
ropas nuevas y bajé hasta el río para adecentarme. Ya al atardecer fui recibido
por los soldados ante el primer pílono, y mi acreditación fue revisada con
minuciosidad. Hasta tal punto lo fue que, por un momento, temí no ser creído, y
encarcelado, reo, por impostura. Luego fue el mismo Radamante quien vino hasta
mi encuentro y me condujo a una sala privada, en la que, al poco rato, fui
obsequiado con una exquisita comida y una variedad inusual de vinos. Yo ya sabía
que, tanto aquí como en la ciudad de Sais, dedicada al dios Neith, el que es
hombre y mujer al mismo tiempo, el jugo de las uvas era alterado en secreto con
ciertas maceraciones y fermentos, que lo convertían en un líquido mágico capaz
que trastornar, más de lo habitual, los sueños y el recuerdo. A la vez, todo
aquello tenía un aspecto ceremonial y medido. La disposición de la mesa y
nuestras posiciones, la ubicación de los alimentos. Hasta la combinación
cuidada de sus colores y de las formas que, unos junto a otros, describían era
algo repleto de intencionalidad y oculta coherencia.
En un primer momento nuestro acercamiento
intelectual fue muy cauteloso. No en vano se trataba de un sacerdote dedicado
al culto de la felina diosa, y sus movimientos, tanto físicos como
intelectuales, fueron una reproducción fiel de los que acostumbran a usar esos
desconfiados e imprevisibles animales que mi país adora y que a mí siempre me
han inspirado desdén y hasta repudio.
Sé que se me embriagó
intencionadamente. En un principio resistí cuanto me fue posible en aras, no de
oponerme a algo que sabía que era insoslayable, sino intentando comprender
cuanto fuera posible de aquella meditada
encerrona que así se me tendía. Pero mi contención estoica cedió, al fin,
seducido por el cálido ambiente, la sutil y bien trazada conversación, y los
impalpables halagos de músicas y aromas con que se me estaba agasajando de
manera tan mórbida. Mediante aquella mezcla arcana, el “vino de la verdad”
sabía persuadir a su consumidor para que de su boca fluyeran, sin recato ni
trabas, cuantos secretos o conocimientos se albergaban en su corazón.
A la mañana siguiente me ardía el
estómago y una pesadumbre insoportable llenaba mi cabeza. Me resultaba difícil
razonar y hasta mis piernas parecían negarse a sostener mi cuerpo débil y como
apaleado. Cuando me desperté, Radamante estaba ante mi lecho. Una enorme taza
de mayólica había recogido mi vómito, y, en un rincón, un brasero de cobre
esparcía lentamente un humo denso y oloroso que envolvía la luz y la cegaba. Sé
que miré con profundo rencor al sacerdote. Su cráneo pulcramente rapado detenía
mi vista, y sus brazos remangados y blancos parecían ofrecer hacia mí una
incierta ternura. En un movimiento impulsivo quise levantarme de allí y huir. Pero
mi cuerpo totalmente desnudo, vencido, cedió antes de poder incorporarse. “Ten
un poco de calma. En unas pocas horas te sentirás mejor. Ahora has de ingerir
este brebaje para que expulses cuanto arde en tu estómago”.
Bebí,
dócilmente, un líquido amargo que de inmedia-to me retorció en un vómito agraz
y doloroso. El cansancio me hacía sudar en medio del más absoluto de los
desasosiegos. Durante toda la
mañana seguí bebiendo aquella pócima que se me ofrecía, sintiendo que, cada vez
que mi cuerpo expulsaba su hiel, algo se iba apaciguando en mi interior
mitigándome el fuego. Al atardecer ya pude incorporarme. Cuando llegó la noche
tomé una cocción templada de verduras y ya no la arrojé. Aquella noche dormí
como si nunca antes lo hubiera hecho, aunque hilvané sueños densos que fui
incapaz de recordar después. Al día siguiente Radamante me explicó: “Hemos
limpiado tu cuerpo y tu intelecto. La sabia diosa te ha convertido ahora en
alguien que le pertenece. Cuanto has declarado entre tus vómitos jamás lo sabrá
nadie; mi corazón y mi boca son como una mastaba sellada para siempre.
Caminarás entre los hombres con el sigilo de los gatos, ostentarás su arrogante
indiferencia, pero poseerás a la vez la fría y cruel agilidad de los leopardos
o de las negras panteras. Todo ello lo necesitarás para realizar la misión que
Horus Horemheb te ha encomendado. Reposa en nuestra compañía durante seis
jornadas estudiando las rutas y caminos que has de recorrer en nuestros sabios
papiros, y luego reúnete con la recua que constituirá tu nueva familia durante
los tiempos que han de aproximarse.
Vi ya en muy pocas ocasiones a aquel
que había sido mi purificador. No sé lo que mi lengua libre de prejuicios
pudiera haberle delatado. Durante algunos días me preocupó que mi inconsciente
declaración hubiera revelado que yo no era la persona idónea en la que
confiaran, pero muy pronto volví a aquella actitud mía en la que nada me
importaba salvo ser el que era y creer en aquello que podía ir creyendo. Por
eso, los días que siguieron estuvieron presididos por una deliciosa serenidad;
no me inquietaba mi futuro, tampoco lo hacía el viaje; mi espíritu se tendía,
dócil y confiado ante mi devenir. De algún extraño modo, mi cuerpo había
experimentado un evidente alivio. Era como si el peso, tanto de mi alma como de
mi cuerpo, hubiera sido disminuido muy notablemente. Tenía la sensación de que
nada me anclaba a la pesadumbre ni al mundo donde habitaban mis congéneres.
Incluso mi interés por las cosas materiales había cambiado de objetivos. Nada me
preocupaban el comer, el beber o el descansar. Mi mente no se fatigaba, y mi
cuerpo parecía siempre como recién levantado de un reposo reparador y amable.
Pero es que, además, los mecanismos utilizados por mi razón hasta entonces
también habían adquirido una levedad y fluidez que les convertía en algo
versátil y proclive a nuevas visiones y razonamientos, enriquecedores puntos de
vista y sorprendentes formas de concluir. Y tanto era así que, a veces, era
como si dentro de mí existieran dos seres en perenne pugna pero en continua
armonía; capaz el uno de estar sorprendiendo continuamente al otro. Y como
resumen y conclusión de todo ello, yo sentía que mi escepticismo sobre dioses,
mundos futuros o dones teológicos se sentía reforzado aún más por el evidente poder
de lo científico. No, no era la diosa quien había obrado en mi interior. Sólo
las sabias pócimas de los hombres dedicados al estudio y al exhaustivo
conocimiento de las hierbas eran quienes habían alterado de forma tan
sustancial mi ser y mi comportamiento. Desde entonces me sentí seducido aún más
por el universo de los fluidos y los caldos que obran y que sanan, que alteran
y que matan, que enloquecen o rinden y amordazan según su esencia o su
naturaleza. Siempre me habían trasmitido a mí una inquietud seductora las
tarántulas, los alacranes o los reptiles llamados venenosos. El poder de su
saliva había atraído, desde el mismo umbral de mi niñez, mi intriga y mi
curiosidad. Ahora se le sumaba la discreta apariencia de hierbas, hongos y
helechos, la temible tortuosidad de las raíces, y la amenazante serosidad de
bilis y de jugos.
La noche anterior a mi partida fui visitado en mi aposento por Radamante. Aproveché la
ocasión para hacerle partícipe del cambio que notaba que mi ser había experimen-tado,
y para disculparme del rencor y de la adversidad que pudieran haberle mostrado
mis ojos en un primer momento de desaprobación y reproche. Él me escuchó muy atentamente.
Luego me dijo: “Has sido elegido por nuestro señor para ser un miembro
destacado de su corte. Te esperan grandes acontecimientos y profundas vivencias
que harán que tu mente se prepare para aquello que se espera de ti” Fue
entonces cuando mi corazón volvió a patear dentro de mi pecho y un terror
infinito ardió de nuevo en mi garganta como
un vino insustancial de fuego. Yo no podía haber sido elegido para nada; mi
espíritu no creía en aquellos fundamentos que parecían sustentar el orden en
Kemit. No creía en el mesianismo de los hombres, ni en el planeamiento de sus
obras únicas y transcendentes. No, yo no creía en el confuso elenco de los
dioses, ni en sus ritos, ni en el hechizo de sus viejos misterios. Y mucho
menos en el poder infalible de nuestros faraones emanado de su teogonía.
Tampoco creía en la vida tras la vida, ni en la eternidad de mastabas o
sarcófagos. No creía en el saber inequívoco de los sacerdotes, ni en la
autoridad que emanaba de su ampulosidad y su boato. Más bien, sostenía que todo
aquel precario y endeble equilibrio lo sustentaba una gran red trenzada de
intrigas y mentiras, de luchas de poder, de falsedades conocidas por ellos que
con relativa frecuencia les llevaba hasta la sangre y el asesinato. Falsedades
compartidas, pero nunca formuladas en voz alta, por el temor de que lo dicho
con sonoridad fuera llevado por el viento y esparcido hasta los oídos inocentes
del pueblo crédulo, obediente y hundido en la miseria. No, yo no podía ser
pieza de aquella repugnante máquina cuya maldad acababa de descubrir en mi
contacto con la curia sacerdotal y la corte real, y con mi encuentro cara a
cara con la muerte, y ante cuya contemplación me sentía perdido y asustado,
herido e indignado. Yo sólo creía en la docilidad del hombre ante el devenir
del gran universo desconocido,
insondable y eterno que a todos nos llevaba en su infinito viaje.
No sé cómo fui capaz de formular
todo aquello que me ahogaba. Tal vez fuera aquello la hez o el poso de mi
último vómito. No puedo recordar ni mis
aciagas palabras, ni mis balbuceos, ni el razonar lógico de mis pensamientos,
si es que pudiera haberlo. A lo mejor únicamente fue el nítido espejo de mi
cara quien transmitió a Radamante toda mi desdicha, mi iniquidad y mi fiera repulsa. Me cegaba un
odio airado e infinito contra todo aquello. Lo que sí recuerdo es que él tomó
de nuevo la palabra y comenzó a hablar de sí como si me ignorara. Y lo hizo
como si realmente yo no estuviera en su presencia, como si hablara de forma
descarnada únicamente para consigo mismo. Aquella manera de hablar me resultó
un tanto familiar. Tampoco él parecía creer en aquello a lo que se debía.
También su mente estaba poblada de preguntas y dudas, de clamores sin
respuesta, y de falsedades propias y ajenas arrastradas sin sosiego durante
toda una vida. También él se sentía un hilo más en aquella urdimbre deleznable
que servía para tejer el lienzo cegador de todo un pueblo robado y explotado al
servicio del poder y de la insaciable vanidad real. Despreciaba especialmente
su etapa vivida en el templo de Hathor, Dama de las turquesas, en Serabit,
cuando había servido fielmente al oráculo de la embriaguez y el cinismo. Pues,
escondido bajo tierra, en el foso de las
interpretaciones, él había prestado dócilmente su voz y su reputada elocuencia para que los
incautos creyeran ciegamente que era la diosa con orejas de vaca quien
directamente hablaba y ordenaba a sus conciencias, y no los sacerdotes,
manipulando sus bienes y su voluntad en pos de aquellos fines que les eran
rentables. Pero al final de aquella confidencia, recuerdo que Radamante me
dijo: “No debes inquietarte. Nuestro grupo no está integrado por hombres
dóciles y afines sino por mentes inquietas y sinceras. “La Suprema Verdad” no
quiere súbditos sino espíritus libres; hombres que no sean capaces de, jamás,
defraudarse a ellos mismos. Nuestro círculo no tiene faz ni estamentos ni
guías. Cada cual aporta lo que sabe. Y la Verdad va tomando cuerpo por sí misma
y anida en el que sigue. Tal vez un día alguien quiera usarte en su provecho;
el vicio aflora por doquiera. Entonces tú mismo habrás de obrar según lo creas.
Quien no es fiel a sí deja de ser uno de los nuestros, pero no porque lo
desdeñemos, sino porque él mismo se escora y se proscribe. Y es que, ocurra lo
que ocurra, la Verdad seguirá por siempre adelante, contigo o sin ti. Jamás lo
dudes. Nuestra comunidad es veraz porque no existe en un aspecto físico. El día
que tome cuerpo sucumbirá. Lo auténtico sólo vive en el alma y esta es única,
intangible, y no entiende de grupos o de acuerdos”.
No ocultaré que aquella inesperada
confidencia, de quien había sido mi purificador, dejó suspendido mi ánimo en la
más inquietante de las perplejidades. ¿Nuestro Círculo? ¿La Suprema Verdad?
¿Qué era todo aquello? ¿Qué se pretendía en realidad de mí? ¿Quiénes eran
aquellos personajes que, de forma tan oportuna, habían aparecido a mi lado en
los momentos más singulares de mi vida, y me habían transmitido todo su
espíritu y un modo de ser tan peculiar? Él, no me respondió directamente a
aquellas preguntas que mi incertidumbre le estaba formulando con tanta
intensidad. Sin embargo, ante mí se abría un panorama nuevo y sobrecogedor; un
desierto infinito cargado de misterios, repleto de ocultas maravillas. La vida
era simple y monótona como lo era la arena, ínfima y manejable como cada
pequeño grano, hermosa y enigmática como su gran conjunto, brutal y acogedora
como lo era su entraña maternal e infinita.
El viaje hasta Busiris fue rápido.
Lo efectué sobre un carro asiático de guerra, que envió el mismo visir para que
me llevara. Era un vehículo rápido que acababa de incorporarse a nuestro
ejército, y que, tirado por dos caballos y revestido de cuero, parecía un arma
destinada a potenciar muy sustancialmente nuestro vigor militar y nuestros
éxitos. El hecho que el mismo visir me hubiera enviado a su auriga particular
en aquel selecto medio de transporte, sumó más incertidumbre a mi extravío. ¿A
qué obedecía aquel trato exclusivo que se me dispensaba?
La caravana partió de Djedú, desde
el pie mismo del templo que llamamos “La vivienda de Osiris”. Fue un día del
mes de Tibi. Nuestra etapa inicial sería hasta la emblemática Tanis. Desde el
primer momento noté que el trato del guía de la expedición para conmigo era muy
preferente. Aunque también era muy claro que se esforzaba para que no pareciera
tal a los ojos de otros. Él mismo me informó, al atardecer de la segunda
jornada, que, si bien nuestro destino final sería la ciudad de Biblos, situada
en la zona costera que se denomina Levante, debíamos dirigirnos antes a los
uadis de Kharit y de Maghara, llegando hasta la mina de Serabit en la península
llamada Sinaí, donde se había vuelto a extraer abundante cantidad de turquesas.
Aquella información me sorprendió, porque se trataba de una ruta totalmente
opuesta a la que pretendíamos. Pero, tras un primer momento de contrariedad en
el que mi espíritu se encontró de nuevo tan desencajado, decidí que poco me
importaba en realidad cuál fuera el trayecto. Únicamente deseaba huir, y cuanto
más aventurado fuera nuestro viaje más lo deseaba.
Muy pronto noté que Semuré era
también un hombre excepcional. Al perfecto dominio del desierto y todos sus
misterios unía un conocimiento especial de las rutas celestes y de su
astronomía. Tenía un espíritu vigoroso y un talante conversador y afable.
Poseía una cultura de raíz popular pero sustentada sobre un refinamiento
innato, que le hacía tosco y exquisito a un mismo tiempo, selecto y esencial;
primario y superior sin presentar fisuras. No tardó en confiarme todos sus
secretos con respecto a mí. Se le había encomendado que me lo dijera tan pronto
nos hubiéramos adentrado en las tierras
próximas al lago Amargo, y así lo hizo. Se le había ordenado, sin embargo, que
si mi aceptación no era la que convenía, me diera muerte sin vacilación. Y
estoy plenamente seguro que así lo hubiera hecho sin temblor ni reservas. A
aquellas alturas mi vida pendía de un hilo muy delgado. Nada se escatimaría en
mi preparación, pero a la vez nada me mantendría con vida si la aceptación de
mi destino no era la que se esperaba. Mis conocimientos resultaban ya un serio
peligro para mis valedores.
Al parecer, a él se le había
encomendado conseguir que mi aprendizaje escalara otro peldaño más. Debía
avezarme en el rigor extremo del desierto y enseñarme el lenguaje infinito de
la tierra y los cielos. Bajo la aparente
misión, no por ello despreciable, en la que yo debía ir memorizando con suma
precisión y anotando todos aquellos aspectos importantes para nuestro rey,
subyacía un decidido interés por hacer de mí un hombre más maduro y más
curtido, a la vez que más sabio y más conocedor de los pueblos que nos
circundaban. Y esta misión se la había dictado a Semuré directamente el Horus
Horemheb. He de reconocer que aquella confidencia enturbió aún más mi razón.
¿Horemheb se preocupaba una vez más personalmente de mí...?
Si nada debe olvidar o despreciar un
hombre de su vida, menos aún aquello que es su médula, su tiempo de
solidificación. Los años vividos como nómada son y serán los que hicieron de mí
aquel que definitivamente soy ahora. Con los límites infinitos del cielo y de
la arena, viviendo en la estrecha compañía de aquella recua, experimenté cuanto
un hombre puede sentir en su interior. Viví momentos terribles en los que creí
que el final de mis días me había llegado ya a través de las inicuas manos de
los salteadores, y momentos en los que la exaltación de mi espíritu llegó a su
punto más álgido de emoción y belleza. El resplandor mortecino del atardecer,
las ventiscas hirientes, el frío infinito de las noches, el hambre, la sed, el
graznido insoportable de la recua, el amable hechizo de las noches al fuego,
escuchando las cítaras que iban remarcando la narración de historias, el té
aromatizado. El período que pasé en las tierras agrestes y desérticas de la
meseta de Tih fue una continua prueba para mi resistencia. El misterio infinito
de sencillez que ocultan en su entraña las arenas, el desvalimiento más
absoluto a merced del sol y de los vientos, la permanente desolación y el
extravío, curtió mi ser en su piel de intemperie y reforzó mi espíritu hasta
extremos que jamás pudiera haberme imaginado. La fatiga diaria en el afán
efímero por alcanzar la noche o el verdor impagable de un oasis. El aburrido y
costoso izar y recoger diario de las tiendas, el graznar desabrido de nuestros
camellos y su denso olor a sebo y piel, o el inmenso silencio de los cielos,
desplegando cada noche sobre mi pequeñez el mapa infinito sobre el que dicen
que se arquea Nut. Amé con sed de transeúnte a las muchachas más incitadoras
que pueda imaginarse. En los pueblos y aldeas, la acogida a los extranjeros era
siempre motivo de loca algarabía por parte de aquellas que estaban destinadas
tan sólo para satisfacer el hambre de hembra a los viajeros. Me ejercité en el
juego cruel y apasionante que supone amar intensamente y olvidar el deleite en
un único e instantáneo acto veleidoso y efímero. Aprendí el arte hábil e
intrincado del trueque y el comercio, y a saber distinguir las sutilezas que
anidan en el alma costrosa de los mercaderes, así como a utilizar las palabras
y los envites eficaces de aquellos que discuten de precios, y exhiben y ofertan
con ingenio sus productos en plazas y mercados. Conocí a gentes muy distintas,
que vestían de colores fuertes y muy abigarrados, y lucían collares y aderezos
de metal o de cuentas que tintineaban con sonerías amables. Aprendí a
determinar razas, procedencias y étnias por sólo la apariencia o el tono de la
piel. Contemplé la magia trasparente de hermosos cristales, caolines de
increíble finura, piedras preciosas de todas las tinturas, pieles bien
peinadas, maderas que exhalaban perfumes orientales, ámbares y orfebrerías
diversas, dignas de recamar el cuerpo de reyes, visires y bellas concubinas.
Asistí a ritos funerarios tenebrosos. Escuche ensimismado relatos descritos por
las bocas y el gesto de hábiles cronistas, tal vez referidos a tierras
solamente existentes en sus cebadas fantasías y ensueños. Vi miradas ardientes
que hablaban de luces nunca vistas, de milagros grandiosos y alardes y
prodigios. Soporté crónicas de odiosas guerras sanguinarias, de terrores sin
tregua, y de viles matanzas sin sentido. Atendí a alguno de aquellos que se
dice que son iluminados y que borbotan su fe sin mácula en la vida e, incluso,
tras de ella. Estreché manos mudadas por el rigor inclemente del tiempo y el
trabajo en haces de sarmientos, en muñones de leño, en nudo de raíces. Fui
testigo de amaneceres en los que el color se esparció por el celaje como un
velo de seda transparente, sutilmente arrugado e ingrávido; tal vez escondiendo
siempre tras de sí la cauta timidez de una muchacha virgen. Temí al trueno y
temblé ante el relámpago, como lo hace una hoja tierna bajo el desprecio impío
de los vendavales. Contemplé caras en las que las arrugas eran un pergamino
hollado y masacrado por la vida cruenta, con pliegues tan profundos que parecían
cicatrices negras de gangrena. Y bebí agua, cual jugo de turquesas, empapándome
de lluvia y de desvalimiento cuando los cielos, extraordinariamente, nos
regaron con su caudal desbordado de suspiros y lágrimas.
No fue para mí sencilla aquella
convivencia. Acostumbrado a mi forzada y
celosa intimidad, vivir ahora de forma permanente en presencia de otros,
sintiéndome continuamente observado en todo cuanto hacía, me resultó una prueba
muy dura a superar. Ser testigo arraigado de cuanto le ocurría al grupo, y
soportar el conocimiento de lo que cada cual pensaba, temía o esperaba, era
algo que ponía permanentemente a prueba mi paciencia. Incluso, la convivencia
física me resulto una prueba onerosa. El dormir en un único espacio, el comer
siempre en su compañía, el estar a merced de la laboriosidad o de la pereza de
los otros, de su celo en las guardias o de su desaprensión en las tareas de
exploración, me enervó en no pocos momentos y me hizo vivir situaciones, para
mí, insospechadas y extremas. Yo estaba acostumbrado a mi sola tutela; a
depender de mí únicamente. Mientras, como pago y contrapartida, yo fui notando
cómo mi espíritu y mi carácter se iban haciendo más recios y tolerantes, a la
vez que mi entendimiento se tornaba más amplio y permisivo. En suma; aprendí a
ver a los hombres por dentro. Entonces comprendí que la intransigencia no era
garantía de equidad o rigor sino prueba evidente de debilidad y de falta
absoluta de seguridad en lo que se vive, se trata o se postula.
Ejercité de modo prodigioso aquella
facultad insospechada que era mi memoria. Yo fui el primer sorprendido ante los
resultados que de inmediato me brindó el aleccionamiento que sobre el
particular me dictó Semuré. Si yo creía que mi forma de recordar ideogramas y signos era ya envidiable, mi
perplejidad se hizo sorprendente con la destreza que pronto hube adquirido. Su
mundo se basaba en aquellas habilidades que favorecían la supervivencia, y la
memoria, así como la observación, era una de ellas. Tal vez eso fue lo primero
en lo que me instruyó. Lo hacía a diario y como un mero juego, pero sin
concederme una tregua o resuello. Tal exigencia me hizo estar continuamente
alerta y guardar con precisión cuanto mis ojos veían o el resto de mis sentidos
podían percibir. Durante el día era la tierra quien reclamaba toda mi atención.
Las huellas en la arena, los restos de animales tronchados y resecos por el sol
y el nudo desabrigo, la inclinación de las escasas plantas, el trazado sinuoso
de los uadis, la forma en que la erosión había asentado sus tercos arañazos en
las moles calcáreas, las líneas tan femeninamente dóciles de las dunas, el
color preciso de las franjas de tierra; los fangos ya resecos, el polvo de las
sendas o los posibles restos de ignotos
pulimentos, los olores diversos. También me apliqué al ejercicio de observación
sobre los animales. En especial de aquellos que guardaban humores o jugos
letales o urticantes, y que, al igual que yo, parecían siempre preferir la
compañía de la soledad y el desarraigo. Tenía un sentido especial para intuir
la presencia de los reptiles. A pesar de mi impiedad, Renenutet, la diosa con
forma de serpiente, debía estar conmigo. Pero también comencé a observar con
suma minuciosidad el carácter y el comportamiento de mis semejantes. Aquel
mundo pequeño guardaba en sí cuantos matices, parámetros, cumbres y precipicios
comporta el mapa agreste y fértil de la manada humana. Mi nuevo maestro tenía
una habilidad excepcional para sugerirme y generar en mí hábitos y métodos de
indagación. Y hasta lograba hacerme tener la sensación de que era yo mismo
quien los propiciaba. Sutiles métodos que eran capaces de arrancar de mi
interior aquello que yo mismo desconocía
que pudiera anidar en mi entresijo. Saboreé, pues, el néctar
incomparable de la sorpresa que canta y nos convida en el festejo de los
hallazgos íntimos.
En Serabit se nos esperaba. El
sacerdote máximo que regía el culto en el tempo de Hathor había recibido una
paloma mensajera lanzada al vuelo por Radamante, y se nos tenía dispuesto un
digno alojamiento para todos. Permanecimos allí durante el tiempo que va desde
lo primeros días del mes de Famenot
hasta los últimos del de Epifi, evitando así la severidad de los días más crudos y ventosos. Tomé abundantes
notas sobre cuanto concernía a la extracción de las turquesas, al estado de los
yacimientos, al rigor del trabajo, y a cuantos negocios poco claros se
generaban en torno a la explotación de aquellos veneros imperiales. Al parecer,
el comportamiento de quienes administraban las canteras no era tan honrado como
se debería, y algunos sacerdotes del templo eran claros partícipes en la
malversación y el trato fraudulento. Los pergaminos que debían recoger la
producción estaban burdamente alterados. Y el producto que se enviaba a través
de Abú Zanimah y, tras cruzar el mar, por el uadi de Araba con destino a la
ciudad de Bir Arayida, y desde ésta hasta Neninesú, rara vez no era esquilmado por
incontrolados grupos de salteadores, a los que alguien informaba con detalle
del tránsito. El nomo número veinte
se había convertido en los últimos tiempos en una zona especialmente
incontrolable. El brazo del gran río al que llamamos Bahr-Yussuf que va hasta
el lago Meruer se presta a tales actividades turbias y delictivas.
Viajamos también no pocas veces al
tajo de Maghara. El estado en el que se encontraba la mina de la que se extraía
el cobre era realmente brutal. Los esclavos vivían perennemente cubiertos por
el polvo rojizo del barranco, lo que les aportaba una apariencia terrible y
espectral. Se les daba una única dosis de comida, y la cerveza les era
entregada con mezquindad y usura, por unos capataces crueles y despóticos.
Sobre el lugar parecía sobrevolar un halo de negra maldición, pues los
desprendimientos de tierra y los accidentes eran tan numerosos que el ánimo de
todos estaba imbuido por la torva sensación de encontrarse ya muertos.
Caminaban, pues, los hombres, y hacían sus pesadas tareas, no con el rudo y
vigoroso movimiento propio de aquel trabajo, sino con la fantasmagórica
cadencia y liviandad de quienes pertenecieran ya al cortejo de Anubis. Allí la
vida ya no era vida. Y la maldad, tal vez decretada desde la lejanía por
nuestro faraón y sus adeptos, era aún más injuriante y procaz. Noté, pues, como
día a día iba creciendo mi desprecio contra algo impreciso y acéfalo que
condenaba a los hombres a ser bestias de carga, malditas y humilladas. No; no
había vida alguna tras la muerte, y la vida de aquí tampoco era digna de ser
vivida para muchos de mis pobres congéneres.
Creo que todo aquello que iba
horadando mi espíritu tenía un espejo sincero en mi cara. Acostumbrado como
estaba a mi soledad, ningún habito o habilidad poseía yo para ocultar cuanto me
sucedía, y mi maestro era un expeditivo intérprete de los seres humanos. Por
eso, cuando estuvo casi a punto de terminar nuestra misión allí, me anunció un
último viaje por entre aquel entorno.
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