sábado, 1 de marzo de 2014

El negro mensajero



EL NEGRO MENSAJERO


***

Tras aquel acontecimiento hubo entre nosotros una tregua; un tiempo de distancia decretado de un modo tácito y sereno. Merit sabía como nadie aplicar las medidas al tiempo; su sigilo y paciencia eran la base de su acierto político. Entre sus capacidades estaba la de darle a todo un espacio propicio, sin que el ímpetu o la precipitación obraran nunca como perturbadores de la oportunidad. No era virtuosa paciencia sino tacto medido; riguroso equilibrio, efecto programado.
             Entre los cambios que acarreó la nueva situación política, uno de ellos fue que Merit debía residir en adelante en la urbe de Tebas. Así se habilitó una segunda vivienda para el gran tesorero en la Ciudad de las cien puertas. En ella moraría, en principio, solamente su esposa, para ejercer una activa función de mediadora entre el clero amoniano y el nuevo faraón. Ese era el único cometido que en adelante se le encomendaba a la astuta señora. De inmediato se me comunicó que yo iría a residir a Tebas. La mejor Casa de la Vida se encontraba en el grandioso recinto de Karnak, y a ella asistiría yo para mi formación de orden superior.
            El traslado nos tuvo a todos muy atareados. Fue, sin embargo, un tiempo en el que el extravío de mis sentimientos tuvo que soportar una continua prueba de templanza. A la vez que mi mente luchaba denodadamente por ajustar mis actos a razón, algo dentro de mí hervía tratando de conciliar la espera y la impaciencia, el amor y el reproche, lo deseado con lo conveniente. Se trataba de un estado sumamente impreciso, que por más que quería acotar y subyugar a mi juicio y a mi voluntad, siempre me sobrepasaba en su cualidad de ardoroso delirio. Quizás, tal fase de extravío fue quien me aconsejó que debía indagar en mi interior, a la vez que consultar al Oráculo. El buey Hapis, como encarnación del alma de Osiris, podría ayudarme. También estaba el estanque sagrado en el templo de Siwa, con sus cocodrilos recubiertos de joyas, cuyos movimientos en el agua, aseguraban muchos, que definían con suma precisión los sucesos futuros. Pero aquella situación de mudanza me proponía que buscara un auspicio más cercano que no me impusiera ni distancia ni tiempo.
            Partir de Mennof‑Ra y distanciarme físicamente de los días de mi infancia pasados entre Menfis y El Fayum no era algo que me fuera a resultar sencillo. Allí quedaban mis recuerdos; los únicos a los que me podía asir como toda raíz y referencia de mis años de niño. Allí quedaban mis amigos del Kap; aquellos pocos con los que había trabado afecto y amistad, en busca siempre de apoyo y de cobijo. Allí mis primeros maestros. Y sobre todo, allí quedaba la hermosura sangrante y descarnada de las tierras próximas de Saqqara y de Guiza. La imponente figura de la Esfinge, a la que todo el pueblo conoce por el nombre de Harmakhis. Esa pétrea imagen del grandioso viviente, el real “Horus del horizonte”, seguiría allí,  impasible, como guardián mudo de la gran necrópolis, cuando yo me ausentara. Ya no podría ver con la misma frecuencia su faz, esculpida con los rasgos del rostro del faraón Quefrén, por la que el viento del desierto pasaba su mano de tórrida caricia. Ni tampoco podría encarar su mirada enigmática, clavada eternamente en aquel punto de oriente por el que nace el sol cada mañana. Sería imposible ya sentir más el latido oculto y palpitante, que muchos aseguran que mora en su ciclópea envergadura leonada, bajo la que reposa, para la eternidad sin límites, la triple forma de la divinidad solar: Khepre por el prometedor amanecer, Ra en el esplendor sin fin del mediodía y Atón en el ocaso eterno.
            Por eso, una de las últimas tardes pasadas en Menfis, solicité el oportuno permiso de mis tutores y me dirigí en soledad hacia la puerta de la gran necrópolis de Guiza. Deseaba poder pasar al menos una noche recostado entre las dos gigantescas zarpas de la fiera sedente. Necesitaba percibir en mi interior la voz misteriosa de la Divinidad que, según el faraón Tutmés, le había hablado a él como un padre habla en el oído de quien fuera su hijo. En la escuela del Kap había estudiado la vida de nuestro Horus Tutmés y la de su hermanastra Horus Hatshepsut, así como todas aquellas luchas internas que acompañaron a la consecución del poder en los lejanos tiempos. Lo había estudiado minuciosamente, pues que gran parte de aquellas intrigas se habían fraguado en el harén en el que yo había residido, y por tanto se consideraban cual la historia local del noble sitio.
            Pues bien, turbado por mi situación y ebrio de ingenuidad, pensé que no podía yo alejarme de aquellas tierras sin que el omnisciente Oráculo, que también se afirmaba que residía en la entraña de la hermosa esfinge, se me manifestase. Ante él, los sacerdotes, regalados con presentes y obsequios, danzaban hasta caer en trance, interpretando aquellas intimidades confiadas a ellos por quienes les consultaban. Necesitaba despejar un poco la niebla densa de mi proceder y otear un poco más en el páramo incierto que parecía ir configurando mi destino y mi ruta. Era algo que sentía como una deuda antigua  que  alguien hubiera contraído  conmigo  y debiera saldarme. Y una reciente furia de insospechada valentía me había dispuesto a reclamar que me fuera satisfecho lo que creía, por derecho, que me correspondía.   Sabía que el campo de los muertos es siempre una senara justa, y a su justicia era a quien yo apelaba. Apelaba desde esa fuerza y desafío que da la juventud cuando se estrena y comienza a confrontar la realidad del mundo con el papiro limpio de su fe y sus blancos principios aún inmaculados.
            Llegué al lugar cuando las enormes pirámides comenzaban a ser engullidas por el color ardiente de la tarde. Un vapor amarillo y lechoso tendía su cortina dorada y soñolienta sobre los tres montes de piedra incandescente. Sus cúspides brillaban como ojos de enormes luciérnagas que quisieran retener el glauco resplandor de una luz solar ya casi extinta y entregada. Sin duda alguna, por esa reverberante calzada, las almas de los faraones y las de todos los componentes de sus dóciles séquitos podían ascender desde allí hasta el cielo absoluto al encuentro con Ra.
            El Templo Bajo, situado en el valle, estaba colmado de ofrendas frescas y selectas que los sacerdotes retiraban de su terraza, urgidos ya por la proximidad inminente del crepúsculo. Los músicos del templo, emulando a Ihi, entregaban al oscurecer sus postreros sones y clamores henchidos de piadosos acordes. Los rapados cráneos de los sacerdotes iban y venían acarreando todos aquellos frutos que garantizarían la subsistencia de los difuntos en su arduo peregrinar por el reino tenebroso de Sokar. Únicamente el báculo sagrado marcaba, con su golpear de ritmo seco, insistente y reglado, la diligencia con la que debían realizarse aquellas domésticas tareas. Ellos, vestidos con sus ropajes níveos, se afanaban, en cerrado silencio, en lo que sería su último trabajo antes de la cuarta de sus abluciones. Ya se sabía que sus cuerpos debían estar limpios y purificados permanentemente, y que el polvo y la transpiración podía mancillarlos.
            No se me permitió acceder a la Esfinge. El crepúsculo sellaba las muestras de veneración hacía el gran coloso, y perturbar el rito era una falta nefasta y perniciosa. Aquel día la danza ritual ya había terminado, y la cercanía de los días llamados epagómenos impedía que este ritual se celebrara en las jornadas próximas. Si embargo no se me impedía continuar adelante, cruzar el gran recinto y llegar hasta el lugar más alto. Es más, cuando manifesté que pertenecía a la casa del tesorero Maya todas las puertas estuvieron abiertas a mi paso y todos los ofrecimientos hechos a mi favor. Tras mi reverencia ante la excelsa Esfinge, a quien prometí una ofrenda a mi regreso, ascendí por la calzada cubierta que unía aquel templo con el otro que denominamos “Tabernáculo alto” o del este, situado en el mismo pie de la meseta, junto a la pirámide de nuestro dios Quefrén. No entré en su vestíbulo ni en su hermosa sala de pilares. El templo aparecía desierto, como si jamás en él hubieran pisado las plantas irreverentes de los hombres. Todo estaba solitario y fríamente limpio. Allí, cerca de la árida planicie, el silencio era estremecedor. A mi derecha, la gran pirámide de Cheops se erguía monumental e infausta, presidiendo el inmenso campo sembrado de pequeñas pirámides y cuidadas mastabas, que se guarecían a su alrededor, como hacen los polluelos en torno de su madre. Continué mi ascenso sin que ya hubiera ruta que me lo señalase. Ascendí pegado a la muralla que cerca la pirámide. Otro muro invisible parecía separar el mundo de los vivos de aquel ámbito asfixiado de hálito y de vida. Ni un sonido, ni un pájaro, ni una sola brizna de hierba sobre el suelo rojizo quemado por la tarde. Miré hacia atrás. Hasta la mancha oscura de vegetación de papiros y palmeras, que se veía allí abajo, se mostraba hurtada de brillos y colores, figurando ser únicamente una nube opaca y enlutada, guarecida a lo lejos. La pirámide de Horus‑Mykerinos y su modesto templo funerario se encontraban ya sumidos en las primeras sombras.
            Seguí caminando hacia poniente. La inmensa planicie se tendía ante mí como la puerta enorme del desierto infinito, sellado de preguntas y saturado de intrincados enigmas. El cielo era también un espacio vacío y sobrecogedor, pues que su azul aparecía esparcido y disuelto, y su celaje se me semejaba a esos arañazos de brumas que se alojan en el vientre de los vasos de vidrio. Miré nuevamente hacia atrás para darme un resuello. Las tres moles de piedra construidas por nuestros antepasados, junto a aquellas otras más pequeñas que las acompañan, ponían colosal dimensión, y contribuían a magnificar al universo mismo. Lo hacían desde su aplomo y sobriedad de construcciones únicas. Los nítidos filos de sus aristas huían hacia la eternidad como tajos hirientes, cual si sangrara, con sus cortes, el cuerpo sereno de la tarde derrotada y exánime. Toda la grandeza de los dioses y los tiempos quedaba allí sintetizada a merced de la sorpresa humana. Nunca había sentido de ese modo la colosal vastedad de mis atávicos. Y sólo el terror y el entusiasmo podían mezclarse y confundirse en un escalofrío que ahogaba la garganta y hacía sentir ínfimo y miserable a quien la contemplase, pero a la vez grandioso, y hasta capaz de perseguir y asir el rastro sutil de la belleza.
            Sí, ése era el gran templo de la humanidad. Por eso, ningún otro, como aquel lugar, clama ante el misterio lóbrego de la vida y la muerte. Ningún otro lugar tiene en sí escrito de ese modo el texto que recoge y proclama la quimera y el sueño desbordado de los hombres. Y tras aquel espacio de grandezas sin límites estaba el gran desierto. El desierto magnífico, ese impenetrable territorio sencillo y fascinante en el que nada puede ocultarse y, sin embargo, todo en él es misterioso e incógnito, como siempre es incógnito lo infinito y sencillo. 

Desde el confín de los tiempos los hombres habían anhelado conocer su futuro e interpretar los proyectos y designios de Dios o el devenir. La inmensa intemperie que configuraba la esencia de la tramoya humana así lo demandaba. Por eso, se buscaba apasionadamente el dictamen de profetas o augures con necesidad imperiosa, y se acogían sus inapelables vaticinios con vehemente gratitud y candor. No importaba el precio que hubiera que pagar, con tal de atrapar la salud o la dicha en el tiempo presente, suscitar la aquiescencia de la divinidad para certificar las obras actuales por injustas y malvadas que estas fueran, o apalabrar la ocupación de un lugar preferente en la vida futura. Por eso se había inventado el magro e indigno mercadeo de las indulgencias, la exención y el perdón. Y aquello, que era en su raíz íntimo y privado se había integrado en la subasta, la compra-venta, y la especulación. Tal vez por todo eso, nunca había entendido Manuel lo de las “indulgencias” o lo de las “bulas de la santa cruzada”. Aquellos títulos de propiedad que, a modo de pagarés, se adquirían para canjear después por bienestar o gozo en la siguiente vida. O el despropósito de aquellas otras tasas o cánones que se satisfacían para, por ejemplo, exonerarse del precepto de no consumir carne los viernes comprendidos durante la cuaresma. Nunca había aceptado de buen grado que la iglesia vendiera privilegios a cambio de dinero, fuera aplicado al fin que fuera. Cualquier modalidad de aquellas indignas transacciones le parecía a él una rotunda e inmoral simonía.    


Subí hasta el lugar más alto. Desde allí, el árido campo de los muertos respiraba ante mí, sostenido en el pálpito secreto de la nueva penumbra. Se anunciaba el avance abrumador y sigiloso de la noche envolvente. La barca henu, que ocupa Sokar, divinidad de la necrópolis menfita, parecía ir ya navegando por un ingrávido río de luz agonizante y plúmbea. Y hasta daba la sensación de que esparciera, a uno y otro lado, con sus enormes remos, esa negrura traslúcida, presagio de la mancha cegadora de la muerte, que hiela el pensamiento y calcina la sangre. Seguí mi camino hasta adentrarme un poco más entre las tierras polvorientas y rojas, allí donde el mundo, sin duda, se termina y el desierto se hace océano de olas suaves y doradas que no muestran final, e invitan a entregarse para siempre a su abrazo. Allí, en medio de la soledad más completa, clavé mi bastón en el polvo, y a él sujeté uno de los extremos del trapo que llevaba, como todo equipaje, sujeto a mi cintura. Las otras tres esquinas las enterré en la arena. Sólo la noche que se me aproximaba y el canto de la arena serían mi hito y mi testigo. Únicamente el dios Shu; el viento que naciera de la boca de Atum, podía ser mi cómplice en medio de tan hambrienta y brutal intemperie. No había llevado ni siquiera una lámpara, ni un bocado, ni un odre de agua para mi sed, y mucho menos cobija o ropa para protegerme. Me quité las sandalias y noté el tacto fino y templado que guardaba la arena. Quería mostrarme miserable y desnudo, y clamar con el silencio terrible de mi soledad la gran pregunta que me asfixiaba desde hacia algún tiempo. “¿¡De quién soy yo!? ¿¡A quién le pertenezco!? ¿¡Qué se espera de mí!?
            Albergado en mi elemental hospedaje, mirando a las tres moles gigantescas, hundí mis talones y mis posaderas en la arena y me dispuse a esperar cuanto fuera preciso. Abarqué con mis brazos mis enhiestas rodillas y apoyé en ellas mi barbilla convencido de que mi terquedad derribaría el tenaz mutismo del misterio. Las almas de los tres faraones deberían estremecerse y por fin contestarme. El tiempo que hubiera que esperar, para mí, no tenía importancia. Esperaría, aunque ello me   costara la vida.
            Las horas crueles de la noche fueron pasando ante mi mente, una a una, arrastrando fatigosamente el peso de todos sus instantes. La luna ascendió elegante y magnífica y se dispuso a transitar su senda sin mirarme siquiera. Llegó el frío y con él su insulto desabrido. Como si la arena hubiera repudiado la templanza del día, pronto hizo suyo el hierro del relente. No concilié el sueño ni un momento. Pronto el viento arreció con violencia y la arena me acometió con su furioso punzón por todos los resquicios, obligándome, a ratos, a ovillarme y guarecerme en mí mismo cual si yo fuera una ínfima larva. Con los ojos cerrados y la boca apretada, y cubierto por entero de polvo, permanecí estoicamente desafiando a una fuerza gigante, con cuya comparación se evidenciaba mi pueril osadía y mi sumo ridículo. Apenas si me era posible respirar. Tenaz como una roca, estaba dispuesto a permanecer allí hasta que la voz opaca del desierto me hablara, o hasta que mis fuerzas abandonaran por extenuación mi cuerpo consumido. Qué importaba que el sol o el viento implacable terminaran secando mis despojos inútiles. ¿Acaso merecía la pena ser vivida una vida en medio del desarraigo y la duda que ocupaban la mía?
            Cuando el viento calmó de repente, miré a lo alto. En la bóveda celeste reinstaurada, las estrellas viajaban errabundas. Lo hacían por aquellos caminos que me eran de sobra conocidos. Siempre me paralizaba la contemplación de aquellas rutas dóciles y grandiosas, que a la vez se nos manifestaban de un modo casi imperceptible en medio de una solemnidad calculada y precisa. Una vez más pensé que en Egipto todo era astronomía. En aquella soberbia atalaya, el contraste entre lo mínimo y lo descomunal potenciaba aún más mi admiración y mi perplejidad sedientas. En mi interior, una sima profunda y famélica de respuestas, clamaba por un alimento que se había convertido en necesario para mi subsistencia.
            Pensé en los míos. En la razón oscura por la que el artífice del trono de la luz, que la gran Meritatón me confesara que había sido mi padre, me había repudiado cuando aún era un recién nacido. Jamás osé preguntar a mi tutora nada más allá de lo que ella tuvo a bien transmitirme a su antojo. Ahora el arrepentimiento ante tanta prudencia me estaba corroyendo. Evoqué tantos y tantos días de soledad sin una madre que me fuera cercana. Recordé la angustia y confusión ante las primeras preguntas de mi vida, y cómo, poco a poco, fui certificando que, en realidad, a nadie le pertenecía, y que era como un perro que no tuviera amo. Temblé. Lloré. Me hundí cuanto pude en la arena. Quería sepultarme.
            Vi cómo el primer rayo de sol mordía en la parte más alta de la pirámide de nuestro dios Quefrén. Y sentí en mi boca reseca, abrigada aún por el trapo retorcido de lino que me había permitido respirar en los peores momentos del azote del viento, el sabor acre de la arena millones de veces abrasada y vuelta a enfriar. Y, al despegarse mis párpados heridos por la primera luz,  noté cómo una capa de polvo fino cegaba y espesaba mis pestañas, convirtiendo a mi mirada en turbia, irreal y, a la vez, fatigosa. Sin embargo, nada había sucedido aún. Ninguna voz había susurrado su verdad a mi oído. Ni ningún aire había retirado tampoco la niebla que invadía mi mente anquilosada.
            Odié ver de nuevo el mundo impasible; salir de la hura protectora que sustenta la noche; amanecer otra vez sin que nada ni nadie hubiera atendido mi demanda y aquella súplica tan desesperanzada. Pero mi decisión era firme y mi mente estaba dispuesta a llevar hasta el fin, y a cualquier precio, mi tenaz rebeldía. Miré hacia el oriente. La gran Esfinge estaba sumergida allí abajo, mostrándome únicamente la altivez de su nuca y la majestuosidad laxa de su pulido e indiferente lomo. Miraba hacia el lado naciente. Su actitud era de absoluto desdén; de insolente desprecio. También me pareció que las tres pirámides, desde sus estructuras regulares y simples, de alguna forma muda e inquietante, me mostraban su dorso y su repudio.
            Las horas del día transcurrieron con su dogal de fuego. En un acceso de ira infinita grité cuanto mi herida garganta le permitió a mi aullido. Grité al infinito esperando al menos la respuesta vacía de un eco miserable. Pero no hubo respuesta. Es más, de pronto, me di cuenta de que a mi alrededor todo era abandono. Un mutismo de ciudad calcinada, de ciénaga acechante, de tumba saqueada, de destierro infinito. No se trataba, pues, de una falta accidental de sonidos, sino de una negación consciente y decretada de respuestas. El misterio decidía no hablarme. El universo entero se unía frente a mí en una confabulación decretada en mi contra. El orbe me retaba a un macabro combate con fracaso seguro.
            No puedo narrar mucho más de cómo fueron las horas que siguieron. Tras el paso de la narrada noche, los muy diligentes affrits encendieron con avidez la fragua candente del desierto. El dios Set desplegó sobre mí toda su tortuosa maldad. Y el fuego abrasador de las arenas comenzó a secar mi cuerpo y a hacer bullir en mi mente mis borrosas ideas. Noté, aterrado, cómo todos mis miembros se iban, a la vez, paralizando, rígidos y encorchados. Mi estómago era un hoyo en el que mi hambre escarbaba con saña despiadada. Mi ka se iba de mi interior. Primero, envolviendo mi carne en una grasienta y repugnante baba de pereza, luego, desecándola con una espesa capa de natrón llagante y abrasivo. Deseé que los sacerdotes no hicieran ese día sus preces para la aniquilación de Apofis, y que el monstruo se tragara al sol, y que el caos lo invadiera todo hasta la destrucción total de todo el orbe.
            Del completo silencio pasé a escuchar los lamentos infernales de un viento embravecido que sin embargo no hacía danzar remolino alguno ante mis ojos. Era un huracán seco e interior que me zarandeaba vísceras, jugos y atascados sentidos. El suelo bajo mis rodillas parecía vibrar y conmoverse. El enervante trueno del rugido interior dejaba paso alternativamente a la aterradora lasitud del pleno desvarío. El mundo ante mis ojos adquirió entonces la flexible apariencia del dúctil reflejo que percibimos de él sobre las aguas. Todo era luz hiriente en mi cráneo. Todo era caótico, irreal y quebrado. Me ardían los ojos hundidos en sus cuencas. Y la garganta me asfixiaba con las manos enormes del secarral  verdugo. Un violento espasmo me vació el estómago en la bocanada de un vómito sanguinolento y ácido que me hizo dar con el rostro en el suelo. Sentí el ardor de la arena entre mis labios y la acre repugnancia de la pútrida arcada. ¿Osiris me esperaba? Juro que no sentía miedo. Más aún, en medio de aquel terrible estado, mi boca sucia seguía repitiendo, violenta y obsesiva, mis preguntas: “¿¡De quién soy yo!? ¿¡A quién le pertenezco!? ¿¡Qué se espera de mí!? Decidme de una vez.”

Manuel se recostó en la silla. Estaba agotado. Una nueva avalancha atropellaba su razón y su alma. Dejó las manos uncidas sobre el libro y miró hacia el frente. Un crucifijo colgaba en la pared blanca y desangelada y parecía mirarlo sereno y enigmático. ¿Qué le estaba pasando? ¿No sería el momento de abandonarlo todo? Miró de nuevo al Cristo, y al mismo tiempo sintió que algo en su interior lo instaba y conmovía. “Adelante. Atrévete. Jamás el miedo condujo a la verdad. Ésa es tu esencia y debes perseguirla, aunque para ello tengas que someterte a todos los peligros. La batalla es interior y privada, y a ti sólo compete. La autentica verdad no se preserva, ni se oculta, ni ha de protegerse frente al riesgo. La verdad aguanta temporales y albures, avatares y pruebas, dudas y controversias, acosos y peligros. El cura sonrió, se secó una vez más la frente, y se dispuso a volver a sí mismo. ¡Caray; vaya encerrona!
            El engaño maligno consistente en la apropiación de las conciencias ajenas. Los poderes religiosos siempre habían basado su anhelo irrefrenable por dominar la  voluntad  de  los hombres mediante la coacción de sus conciencias moldeables y frágiles. El mecanismo era tan cruel y diabólico como artero y sencillo. Se inventaba el pecado, se diseñaba una culpa y un inmenso castigo consecuente, repleto de amenazas y terrores atroces. Al mismo tiempo se abría un resquicio a la reparación, siempre a su través. Se forzaba así a una confesión exculpatoria, que habría que realizar ante quien se había investido a sí mismo de todo privilegio de universal perdón. El penitente, ahíto de culpa y de terror, abría su espíritu al benévolo dispensador de gracias, quien, espléndido y magnífico, le otorgaba el anhelado perdón a cambio de algún bien o, simplemente, a cambio del nada despreciable hecho de haberse apropiado de sus secretos, deseos, y ambiciones más hondas y privadas; esto es: de su esencia. Habido ello, se dirigían almas, se influía en bandos y contiendas, se  gestionaban reinos, se desviaban causas u obtenían prebendas. En fin, se manipulaba, robaba y dominaba, siempre en nombre y en loor de algún dios recurrente, que era quien lo certificaba como justo, necesario e inmensamente bueno. Ésa, y no otra, había sido la auténtica razón de existir de los oráculos, que aseguraban la adivinación, tras depositar en ellos los secretos más íntimos y un regalo, a poder ser de la mejor sustancia que pudiera ofrecerse. Después, esta agotada fórmula había cambiado su ropaje y su parafernalia, pero seguía siendo, en esencia, lo mismo. Cinismo, intromisión y afán enloquecido de dominio.  
            No había posibilidad alguna de adivinar el futuro, ni de que nadie externo a nosotros respondiera a las preguntas que hunden sus raíces en el cosmos y el tiempo. Sólo la conversación interior con la Esencia regurgita en nosotros la única verdad y la paz verdadera. Enfrentarse a sí mismo, quedarse agazapado a la escucha del alma, y esperar que nuestra precaria mente ofrezca un atisbo de luz para seguir andando. Lo demás, un fraude, una mentira, una estafa: un robo orquestado con ruidos de kermés o fastos religiosos.

Subieron a buscarme los sacerdotes del templo de la esfinge. Subieron al atardecer del tercer día. Ellos recogieron un cuerpo febril, desvanecido, y en un estado abiertamente agónico. En unas parihuelas me cargaron y me hicieron descender ladera abajo. Y en una sala del recinto santo tendieron aquel despojo mío inconsciente y maltrecho. Con vendas de agua fresca y vino corrompido sujetaron mi frente e hicieron descender el ardor de mi pecho y de mi hinchado abdomen. Las convulsiones les aconsejaron atarme al camastro para que no me hiriera. De nada de eso soy consciente. Sin embargo, creo haber habitado entonces una irreal lucidez ajena a todo tropiezo y lastre corporal. Vi en el suelo enlosado de la estancia un pequeño kheperer. Era brillante y negro igual que el azabache. Empujaba su carga con una especie de precipitación terca pero, a la vez, muy torpe, penosa y vacilante. Para él, la unión entre las lajas era un accidente duro de franquear. Lo miré con los ojos perdidos en su esfuerzo, mientras mi cabeza y mi brazo caían de la cama, y una hila de baba fluía de mi boca, muerta y desfigurada, dejando un charco amarillo en el suelo. Recordé al instante que en la escuela del Kap, mis maestros de reflexión me habían hecho caer en la cuenta de que en el nombre de este animal se hallan las mismas consonantes que en el verbo “venir a la existencia”. Aquel fútil escarabajo, llevando su pelota de estiércol para poner en ella sus propios huevos y asegurar su entrada en esta vida. Era, pues, el símbolo viviente de “el que ha venido a la existencia por sí mismo”. ¿Acaso no parecía que yo también hubiera venido a la vida por mí mismo?
            En el albor de los tiempos, un gran escarabajo había hecho rodar al astro sol por todo el horizonte, haciéndole cruzar el cielo de uno a otro extremo. Mi gran amigo Huni, con quien a través de sus relatos y conocimiento del país había viajado mi mente tantas veces, me había contado que en el templo de Karnak, Amenofis III había erigido, muy cerca del gran estanque santo, un espléndido altar con un escarabeo sagrado sin igual. El dios Khepre era así entronizado como demiurgo divino. También sabía ya que, cuando a los difuntos se les extraía el corazón, en su lugar se depositaba un animal de éstos en cuyo envés se escriben máximas morales de singular belleza y enorme trascendencia. Aquel animal estaba presente al principio y al fin de las vidas humanas. También la soledad presidía la entrada y la salida de la existencia terrena de los hombres.
            Entre las brumas de mi destemplanza, observé durante largo tiempo cómo el insecto trabajosamente arrastraba su carga sin descanso y sin desfallecer. Aquel esfuerzo parecía tan arduo y al final tan estéril. Sólo desde la cerrazón o la demencia podía emplearse un ciclo vital entero de tan absurdo modo. No puedo decir que llegara a reflexionar sobre ello. Fue algo mucho más elemental e instantáneo, ajeno a la consciencia y al pensamiento lógico. Algo que se recuerda como el quebrado estremecer de un rayo que abre en dos el negror de una nube.
            No sé en qué momento de mi desvarío, mi mente quedó de nuevo suspendida en la luz. Ante mí, algo eminente se manifestaba con la clara contundencia de las cosas que no precisan evidencia ni prueba. Era una de esas cuestiones que uno sabe desde siempre y que, sin embargo, por un juego diabólico e incoherente de la propia razón, se revelan como un ente espurio o extranjero, cuando algo o alguien nos lo dice. Tal vez cada uno de nosotros, igual que el coleóptero, debiera llevar también de ese modo tremendo y casi absurdo su mezquina existencia.
            En medio de aquel duermevela, creo haber visto de nuevo la silueta apuntada de las tres grandes cúspides. En el centro de mi espejismo vesánico se alzaban como símbolo del esfuerzo, la trascendencia y la sabiduría. Bloques y bloques traídos desde las canteras de Tura y de Siene. Traídos bajo el ardiente sol y apilados según dictan las pautas de un empeño ímprobo e inhumano, que a cualquiera pudiera parecer aberrante y sin quicio. Y sin embargo, en su simplicidad de formas límpidas y escuetas, en su compilación de esfuerzos aunados estaba inserto todo su potencial de norma y de precepto, de símbolo y de emblema. Y tras de ellas: nada. Y sobre ellas: nada. Y bajo ellas, tampoco nada. Porque nada más era preciso. Era pues inútil clamar al horizonte una respuesta; el enigma carecía de gesto o de palabras. Tampoco, de ningún piramidion, su electro refulgente heriría mi mente o abriría mi razón con su metálica voz o su consejo sapiente y luminoso.
            Creo que desde aquel mismo instante asumí que el mutismo de los néteres era pétreo y eternamente hermético. Que el pronunciamiento que se le atribuía a los oráculos era perpetuamente falso. Y que más me valía abandonar mi estoica actitud de venal eremita y regresar al curso vulgar, confuso y oscuro, de mi vida. Debía esforzarme valiéndome sólo de mis escasos y mediocres recursos. Armas quebradizas e improvisadas de hombre extraviado en su intemperie. Así debía tratar de vencer en aquella batalla esencial que había de librar contra mí mismo. Con herramientas de cobre se elevaban las inmensas pirámides. Desde el tesón y la vulgaridad humana debía conquistarse la lucidez del ser.

En los días siguientes no vio a Daniel. Tampoco hizo el cura esfuerzo alguno por encontrarlo de nuevo, ni el chico transitó por la portería en horas de la tarde. No sabía cómo encarar al muchacho con el que, ya no tenía duda alguna, le unía un misterioso hilo invisible de avidez e infortunio. En ambos había mordido, de modo muy distinto, eso sí, pero con semejante ardor el estigma de la desolación y la duda infinita; el deseo hambriento e imperioso de encontrarse a sí mismo. 
            La confesión de Daniel le había mostrado a un muchacho sumido en esa terrible encrucijada de la vida, en la que se impone establecer creencias, definir los principios, y acometer la ruta. Aquel momento que, pese a su edad, también le acometía a él ahora, tal vez por no haberlo afrontado a su debido tiempo. Porque al hombre jamás debería valerle la fe de sus mayores o los parámetros de conducta heredados en el amnésico ambiente de la comodidad que acompaña al legado. Dos náufragos procedentes de distintos desastres, pero, al fin y al cabo, dos solitarios presos de la intemperie que exige siempre roturar un camino que no ha sido transitado por nadie. A él lo habían conducido un montón de garabatos escritos por no sabía quién, a Daniel los efluvios de una pasión gestados en las brasas más ígneas de una hoguera amorosa. Dos pretextos cualesquiera, con los que la verdad se abría paso entre la bruma espesa de la vida.   
           
El traslado de la casa de Maya a la ciudad de Uaset se comenzó en un día del mes de Mechir. Era un día destemplado y de hosca apariencia. Cuando partimos, el cielo estaba envuelto en gruesas nubes de un color ceniciento, y ni un solo pájaro parecía surcar el firmamento. Once enormes khentis se pusieron boga, cargados con las ricas pertenencias de la esposa del tesorero regio. Entre todos aquellos selectos objetos, también viajaba yo como una más de sus caras riquezas.

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