sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO DIEZ

DIEZ




Nuevamente mostremos una foto que ilustre el panorama. Una foto aún en blanco y negro como correspondiera a un tiempo triste y traumático, ramplón y constreñido; de escasas miras e infinitos temores. El tiempo aciago que concierne y enjuga una larga posguerra congelada en el tiempo. Una posguerra eterna, tras la civil contienda ganada por una horda imbuida de un devastador y glorioso nacional catolicismo represivo y fascista, que al fin se viene abajo. 
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Sus primeros días en el Archivo Episcopal fueron desconcertantes, como los de un ratón metido por acoso de gato en agujero ajeno. Don Senén siguió embebido en su estado perenne y catatónico, sin dar señal alguna de que tuviera un nuevo compañero de viaje o que el visitante le importara ni tan siquiera un bledo. Cuando el dandi secretario del señor obispo acompañó a don Manuel para presentárselo, él levantó su vista de cristal transparente y círculos concéntricos, detuvo su respiración un segundo tan sólo, y le tendió sin atención la mano. Don Manuel agarró una mano huesuda, escurridiza, flácida y relajada, de ésas que al saludar te parecen un trapo impregnado de babas pegajosas. Por un instante ‑sólo por un instante‑, en sus ojillos mínimos, tras los cristales abismados y gruesos de sus redondas gafas, asomó, allá, al fondo, un punto de incipiente rencor o de desconfianza, asidas cual un cerco de posos en un vaso reseco. Tenía ojos pequeños de estornino asustado. No habló. Asintió con un mecer difuso de cabeza. Era la suya una cabeza albina y muy rapada con dos orejas grandes, finas y casi transparentes, como de pergamino o papel encerado. Y de inmediato se sumergió un poco más en su silla y regresó a su atenta lectura impenitente. Certificaba así que aquella ceremonia, por él, estaba ya acabada; pues, en verdad, le era innecesaria. Tenía sobre su pupitre un libro de arqueadas cubiertas. Era de un verde manchado por el sudor del tiempo, con hojas roídas e incompletas, en las que, como patas de arañas inquietantes, un sinfín de letras garabateaba una lista apiñada de fechas y de nombres mordiendo los renglones. Cuando el Secretario se fue, don Senén hizo una seña neutra con su mano de tabla. Un movimiento agónico, como el que hace un muñeco mecánico, cuando la cuerda o el resorte que lo han animado dan sus últimos pálpitos inciertos e imposibles. Con ella, y en un único gesto, despidió al uno e indicó al otro que podía sentarse, si es que quería hacerlo, pero sin insistencia.  

            Don Manuel se sentó al otro lado de la mesa y esperó, en la creencia de que lo atendería en cuanto terminara aquel trabajo que parecía requerir una atención sin fisuras ni incuria. Esperó y esperó. Allí no se movía el tiempo. Podría asegurarse que para aquel lugar no se había inventado ni la televisión, ni había llegado el hombre hasta la luna, ni fallecido Franco, ni alcanzado el reeco de la barbarie etarra, ni tan siquiera sonado el corolario vibrante del concilio Vaticano II. Esperó don Manuel con una calma y una condescendencia más allá de lo que era prudente. Después lo hizo con puro aburrimiento, tratando de calmar su impaciencia con un paseo de sus ojos, a quienes obligó a palpar el vacío de estantes, armarios y anaqueles en todo el panorama que tenía delante. Luego aguantó con sentido de ofensa y de desprecio magno. Más tarde con una ira encarnada, casi audible y casi masticable. Un reloj con cadenas y péndulo, que respiraba con un tictac de sonidos opacos les miraba, burlón e impertérrito, desde su esfera de ámbar sobre la que punteaba, insistente, su ritmo y sus minutos. Él se encargó, cual malévolo chisme, de marcar el tiempo y azuzar aún más la impotencia, la humillación y la congoja del recién adherido. Pero el visitante lo supo soportar a fuerza de estoicismo. Lo soportó, eso sí, pasando por cuantos estados de ánimo puedan ser concebidos en un mártir de Cristo. De nuevo la ofensa inicua se cebaba en él. Ahora lo hacía en forma de desdeño y mal recibimiento. Cuando hubo transcurrido un largo tiempo, y ya ni por mortificación ni por accésit era justificable aquella situación, don Manuel se dispuso a hablar. Tragó saliva, eligió las palabras, afinó el tono, y dijo a media voz para no importunar: “Don Senén, si quiere usted le ayudo en lo que se le ofrezca.” La voz le salió limpia pero apenas con fuerza. Como si a pesar de todo lo pasado, él no quisiera en modo alguno agredir con ella al anciano prelado. Durante un rato el silencio reverberó como un golpe de gong dado en una gran campana en un templo budista que estuviera arropado por el manto de un bosque. A pesar de la temperatura más propia de bodega, las cosas parecían sudar sobre sí mismas. Iba a tomar de nuevo la palabra, e incluso cogió aire para ello y pronunció las sílabas primeras de una nueva oración, cuando don Senén habló contra todo pronóstico. Su voz pareció como la de un  severo y tonante oráculo. Delfos o Cumas reverberaron dentro de su boca de pájaro rapaz y agorero: “Haga usted lo que le venga en gana. Aquí no hay nada que nos urja ni que nos atosigue. Este destino es un engañabobos. Usted y yo pintamos aquí lo mismo que esos libros o esos cachivaches ¿O acaso no se ha dado usted cuenta que esto es igual que una chatarrería? Aquí meten y apilan lo que ya no les sirve o les estorba. Este lugar es como una sepultura. Aquí se pervive a fuerza de no pensar en ello. Quien no se pudre aquí es que es objeto de un hecho milagroso; un despojo incorrupto como en el que nos dicen que se ha convertido el buen Juan XXIII”.

¡Caray! que sobresalto. Ya ves, al final, todo el mundo se expresa cuando quiere. Unos lo hacen hacia dentro, otros en lenguas extranjeras; algunos lo hacen con las manos, otros con gritos; unos pocos susurran. Algunos lo hacen con un beso, otros con una espada o con un exabrupto.


Temblé desde la tonsura a mis plantas. De pronto, y como por un ensalmo revelador y, torvamente, siniestro, vino a mi mente el recuerdo de aquel libro magnífico que me había acompañado durante tanto tiempo allá en el Seminario. “Los ensueños del Nilo.” Me lo había dado una madrugada el tío Anselmo; el hermano pequeño de mi madre. Me despertó, y con precipitación me dio el libro y me puso la mano en la frente. Y entre la imprecisión del sueño, creo haberlo visto temblándole los labios, y los ojos brillándole. Me lo metió en la cama, junto al pecho, y nos tapó con la manta a ambos. Como si quisiera que el libro y yo nos hiciéramos amigos entrañables, pero ocultos a los ojos de todos. A él no lo vi más. Los del pueblo decían que era rojo y que se había exilado a La Argentina. Pero mi madre guardaba silencio y nunca más volvió a hablar de él ni a recibir noticias que hablaran de su estado. El tío Anselmo tenía cinco libros que siempre estaba leyendo y releyendo. Los guardaba en la cuadra, escondidos debajo de una tina de barro. Los otros cuatro yo no sé donde fueron; si se los llevó él o le mandó a mi madre que los quemara para, así, no comprometernos. El tío Anselmo era un soñador y un hombre de ideales. Al día siguiente vinieron a buscarlo los tricornios, pero no lo encontraron. Escupieron al suelo y llamaron a mi madre embustera y zorrona, y a mí ralea de gentes asquerosas. Yo me alegré de que no lo pillaran. Enseguida me di cuenta de que lo echaba de menos, porque me contaba historias y me hablaba de cosas fabulosas y de lugares lejanos y magníficos. Entonces supe que aquella sensación se llamaba cariño. Yo lo escuchaba como abobado, por la noche, a la lumbre, al terminar la cena, hasta que mi madre le decía: “Anselmo, párate ya, no me pongas mochales al muchacho.” Pero él se reía, me guiñaba un ojo, y no la hacía caso. Hasta que ella insistía: “Calla, caray. Y tú, andando a la cama, que tienes la misma sangre revuelta de tu tío.”  

            Aquel libro fue lo único personal que me acompañó al ir al seminario. Aquel libro fue testigo de aquel tiempo, cuando la vida me parecía tan ruin e insoportable y sólo su lectura me daba fuerzas para amanecer a la fecha siguiente. Siempre causa sorpresa constatar cómo cada cual dispone de sus propios y sencillos recursos para la subsistencia. Cosas insignificantes que hacemos parte nuestra. A ellas nos agarramos una y otra vez como a tablón de náufrago. Inmediatamente se me vino también a la cabeza cómo había sido el rudo desenlace de aquella inocente aventura de mis primeros años en aquel internado. A pesar de mi edad y de la gran cantidad de tiempo transcurrido desde entonces, no pude por menos de sentir de nuevo una enorme congoja. A menudo, todo placer tiene en sí su precio o su pecado, y, éste, su penitencia. Al menos es así como vivimos el menguado goce aquéllos que hemos sido educados bajo la espada destructora que supone el sentido de culpa y el temor al Señor. Nada gozoso puede ser apacible, bueno o gratuito. Ésa es la maligna máxima.  

            En aquella ocasión mi dicha me fue cobrada con la crueldad implacable de un inspector policial sanguinario e impío. Jamás lo he olvidado. ¿Sería aquella la furia del Dios incontinente que presenta la Biblia en sus primeros libros? Seguramente no, sólo la ira y la frustración de un ser humano raído e impotente, comido de miserias y harto de impiedad.


Bueno; vamos a ver. Paremos un momento y tratemos de aclarar esto un poco para que no haya equívocos. Yo creo que ya es hora de irme presentando. Y es que yo, soy yo, y también él, y... -¡Joder!- Aunque a lo mejor es preferible que vayáis comprendiendo según avanza esto. Bueno, en cualquier caso, aquí intervengo yo; debo quitarle hierro a este feroz aldabón de su maldita vida. Escuchar muy atentos.

No me puedo creer que nuevamente desees recordarlo, Sabes que detesto echar la vista atrás, y, sobre todo, sobre este suceso, pero..., Eso no te proporciona más que apego al dolor y a la estéril nostalgia, Y, sin embargo, ahora quieres de nuevo traerlo a la memoria..., No, no es que quiera, es que lo necesito ¿Necesitarlo? ¿Por qué? Ya ves, de nuevo los días se me han hecho aciagos e intragables, y me es necesario volver a la imaginación para poder vivirlos, A tu edad y con lo que has vivido ¿Crees que debes recurrir a esas pamplinas viejas y trasnochadas? Cuando eras un muchacho, valga. Pero ahora... ¿Es que acaso tú me vas a venir también con esa disyuntiva mendaz de muchachos u hombres, de ayeres o de hoys, de experiencias o de inmadureces? Por la mente del hombre el tiempo no transcurre; sólo avanza por su cuerpo la edad, Avanza como avanza un espectro, como un parásito que nos va carcomiendo sin hacer ningún ruido, Vivir es igual de difícil a todas las edades ¿Lo has olvidado ya? No, no. Por eso, y ante ello, cuando un recurso vale: nos vale, y basta y sobra, Recursos, recursos. ¿Y te atreves a decírmelo así? Sí ¿qué sucede? Pues ya lo ves, que no soporto este desarraigo que me ha sobrevenido como llega un sopapo, Acepté una vida de párroco en soledad, perdido en el confín del mundo, pero no una vida sin motivos ni afectos, Pero ésta es la verdad: que nos quedamos solos pese a todo y a todos; que, llegado un momento, no valemos ya para el ímpetu que el mundo demanda en su carrera, Que el tiempo nos va arrinconando con porfía y sigilo de avieso; que todo nos ha ido defraudando, que nada ni nadie a nuestro alrededor resiste un análisis feraz y exhaustivo, Pues claro: ésa es la verdad y yo no la enmascaro, ni la temo, ni quiero soslayarla. Pero junto a esa verdad aplastante y terrible está la posibilidad del ensueño y del pretexto burdo, y de seguir evocando una trenza dorada de recuerdos amables y quimeras de almíbares, Necesito dudar de lo espantoso y dormirme pensando en que nada de eso será indefinido, Porque lo verdadero o lo falso es sólo como una luz de feria que nos tiñe el cerebro entre giros y música de barraca y festejo ¿Entonces vas a suplir la realidad por los embustes de tu imaginación? ¡Todo el mundo está solo! ¿Acaso no lo sabes? ¿Para qué te han servido tus horas de meditación y tus hartones de confesionario, sino para constatar esa hiriente verdad que entreteje el espacio y pringa por entero la condición humana? Sí, ya lo sé, Pues no me lo parece, Verás: todo el mundo está solo, herido y aterrado, pero cada cual tiene un modo de disfrazar su miedo como puede o lo dejan, Te explico: algunos se creen diferentes y alimentan un ego de santos o ilustrísimos, Luego, como su mentira es tan lerda, lo alternan con ejercicios de sumisa y humilde aceptación de su vulgaridad, No, no es que se transmuten dócilmente cual tocados por milagro celeste, sólo se están administrando una dosis en vena, un plazo o una tregua para seguir fortalecidos y firmes en su banal engaño, Otros proclaman su felicidad ante los cuatro vientos, pero en silencio retuercen su desdicha igual que un trapo sucio, Cada persona cree o se argumenta que a él alguien lo equivocó, o ‑mejor dicho‑ que el mundo entero es quien no sabe valorarlo y hacerle justicia y otorgarle el respeto oportuno, Hay algunos que se hunden en la miseria de su propia guarida o de su altísima atalaya -que es igual, para el caso-, y se encierran y se protegen, y quieren blindarse para que no se les haga ni daño ni desgaste, ¿Y lo consiguen?, Claro, Sí; lo consiguen, Pero eso no es vivir, es vegetar, despreciar la existencia de la forma más vil y despilfarradora. Yo creo que eso es como escupir a la cara arrogante de la orgullosa vida; el escupitajo siempre nos regresa de nuevo, El pedante se envuelve en sus propias lisonjas, El cobarde se reduce y retira a su incapacidad, El cínico se exhibe y se proclama, El idiota se tapa los oídos y se hace el bravucón, y arrasa y atropella, y siempre habla muy alto, quizás para enfundar su miedo o su miseria, o su falta de voz, Vale, vale; está bien ¿Pero, ahora,  tú qué te propones apabullándome con esa avalancha de hiriente lucidez? ¿Tal vez imaginar la vida que hubiera podido yo vivir si siempre te hubiera tenido a ti a mi lado con esa valentía sarracena de compañero ígneo? ¡Ah, vaya! ¿Ahora me reconoces méritos especiales? No, ahora es cuando te escucho y te soporto y he aprendido a conversar contigo, que no es asunto fácil, Hemos necesitado tiempo, compañero. Sí, hemos necesitado tiempo..., Hemos necesitado tiempo, igual que necesitan, para amar, los amantes, Igual que necesita el odio para ser verdadero, No hay nada como tener un descarnado y feroz opositor dentro de uno mismo, Claro, pero sólo si tienes la plena seguridad de que éste es tu amigo más leal, Yo siempre he vivido encasquillado en ti, Ya, pero sólo desde hace poco tiempo nos atrevemos a hablamos de frente y  cara a cara, Es que para esto es preciso haber envejecido, Haber envejecido y aprender a querernos, Bueno, ha sido un camino difícil éste que nos ha enseñado a pelear desnudos, Eso es verdad, A la mayoría de los seres humanos la edad los va anquilosando y terminan por quedarse íntimamente mudos, El lenguaje, que se va desgastando con la erosión del tiempo, La ilusión que va perdiendo brillo y quedándose opaca ¿Tú crees? Estoy plenamente seguro, Un buen envite, si viene de uno mismo, siempre hace milagros en lo del crecimiento, Tienes mucha razón; el piropo y la autocomplacencia nos debilitan tanto...”, ¡A la mierda el piropo! ¡Que viva la autocrítica! ¡Joder! Pareces bolchevique, Qué importa si lo fuera, No, no; si yo no digo nada, Ya ves, a veces, nos ponemos magníficos.



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