Nuevamente mostremos una foto
que ilustre el panorama. Una foto aún en blanco y negro como correspondiera a
un tiempo triste y traumático, ramplón y constreñido; de escasas miras e
infinitos temores. El tiempo aciago que concierne y enjuga una larga posguerra
congelada en el tiempo. Una posguerra eterna, tras la civil contienda ganada
por una horda imbuida de un devastador y glorioso nacional catolicismo
represivo y fascista, que al fin se viene abajo.
________________________________________________________________________________________________
________________________________________________________________________________________________
Sus primeros
días en el Archivo Episcopal fueron desconcertantes, como los de un ratón
metido por acoso de gato en agujero ajeno. Don Senén siguió embebido en su
estado perenne y catatónico, sin dar señal alguna de que tuviera un nuevo
compañero de viaje o que el visitante le importara ni tan siquiera un bledo.
Cuando el dandi secretario del señor obispo acompañó a don Manuel para presentárselo,
él levantó su vista de cristal transparente y círculos concéntricos, detuvo su
respiración un segundo tan sólo, y le tendió sin atención la mano. Don Manuel
agarró una mano huesuda, escurridiza, flácida y relajada, de ésas que al
saludar te parecen un trapo impregnado de babas pegajosas. Por un instante ‑sólo
por un instante‑, en sus ojillos mínimos, tras los cristales abismados y
gruesos de sus redondas gafas, asomó, allá, al fondo, un punto de incipiente
rencor o de desconfianza, asidas cual un cerco de posos en un vaso reseco.
Tenía ojos pequeños de estornino asustado. No habló. Asintió con un mecer
difuso de cabeza. Era la suya una cabeza albina y muy rapada con dos orejas
grandes, finas y casi transparentes, como de pergamino o papel encerado. Y de
inmediato se sumergió un poco más en su silla y regresó a su atenta lectura
impenitente. Certificaba así que aquella ceremonia, por él, estaba ya acabada;
pues, en verdad, le era innecesaria. Tenía sobre su pupitre un libro de
arqueadas cubiertas. Era de un verde manchado por el sudor del tiempo, con
hojas roídas e incompletas, en las que, como patas de arañas inquietantes, un
sinfín de letras garabateaba una lista apiñada de fechas y de nombres mordiendo
los renglones. Cuando el Secretario se fue, don Senén hizo una seña neutra con
su mano de tabla. Un movimiento agónico, como el que hace un muñeco mecánico,
cuando la cuerda o el resorte que lo han animado dan sus últimos pálpitos
inciertos e imposibles. Con ella, y en un único gesto, despidió al uno e indicó
al otro que podía sentarse, si es que quería hacerlo, pero sin insistencia.
Don Manuel se sentó al otro lado de
la mesa y esperó, en la creencia de que lo atendería en cuanto terminara aquel
trabajo que parecía requerir una atención sin fisuras ni incuria. Esperó y
esperó. Allí no se movía el tiempo. Podría asegurarse que para aquel lugar no
se había inventado ni la televisión, ni había llegado el hombre hasta la luna,
ni fallecido Franco, ni alcanzado el reeco de la barbarie etarra, ni tan
siquiera sonado el corolario vibrante del concilio Vaticano II. Esperó don
Manuel con una calma y una condescendencia más allá de lo que era prudente.
Después lo hizo con puro aburrimiento, tratando de calmar su impaciencia con un
paseo de sus ojos, a quienes obligó a palpar el vacío de estantes, armarios y
anaqueles en todo el panorama que tenía delante. Luego aguantó con sentido de
ofensa y de desprecio magno. Más tarde con una ira encarnada, casi audible y
casi masticable. Un reloj con cadenas y péndulo, que respiraba con un tictac de
sonidos opacos les miraba, burlón e impertérrito, desde su esfera de ámbar
sobre la que punteaba, insistente, su ritmo y sus minutos. Él se encargó, cual
malévolo chisme, de marcar el tiempo y azuzar aún más la impotencia, la humillación
y la congoja del recién adherido. Pero el visitante lo supo soportar a fuerza
de estoicismo. Lo soportó, eso sí, pasando por cuantos estados de ánimo puedan
ser concebidos en un mártir de Cristo. De nuevo la ofensa inicua se cebaba en
él. Ahora lo hacía en forma de desdeño y mal recibimiento. Cuando hubo
transcurrido un largo tiempo, y ya ni por mortificación ni por accésit era
justificable aquella situación, don Manuel se dispuso a hablar. Tragó saliva,
eligió las palabras, afinó el tono, y dijo a media voz para no importunar: “Don
Senén, si quiere usted le ayudo en lo que se le ofrezca.” La voz le salió
limpia pero apenas con fuerza. Como si a pesar de todo lo pasado, él no
quisiera en modo alguno agredir con ella al anciano prelado. Durante un rato el
silencio reverberó como un golpe de gong dado en una gran campana en un templo
budista que estuviera arropado por el manto de un bosque. A pesar de la
temperatura más propia de bodega, las cosas parecían sudar sobre sí mismas. Iba
a tomar de nuevo la palabra, e incluso cogió aire para ello y pronunció las
sílabas primeras de una nueva oración, cuando don Senén habló contra todo
pronóstico. Su voz pareció como la de un
severo y tonante oráculo. Delfos o Cumas reverberaron dentro de su boca
de pájaro rapaz y agorero: “Haga usted lo que le venga en gana. Aquí no hay
nada que nos urja ni que nos atosigue. Este destino es un engañabobos. Usted y
yo pintamos aquí lo mismo que esos libros o esos cachivaches ¿O acaso no se ha
dado usted cuenta que esto es igual que una chatarrería? Aquí meten y apilan lo
que ya no les sirve o les estorba. Este lugar es como una sepultura. Aquí se
pervive a fuerza de no pensar en ello. Quien no se pudre aquí es que es objeto
de un hecho milagroso; un despojo incorrupto como en el que nos dicen que se ha
convertido el buen Juan XXIII”.
¡Caray! que sobresalto. Ya ves, al final, todo el
mundo se expresa cuando quiere. Unos lo hacen hacia dentro, otros en lenguas
extranjeras; algunos lo hacen con las manos, otros con gritos; unos pocos susurran.
Algunos lo hacen con un beso, otros con una espada o con un exabrupto.
Temblé desde
la tonsura a mis plantas. De pronto, y como por un ensalmo revelador y,
torvamente, siniestro, vino a mi mente el recuerdo de aquel libro magnífico que
me había acompañado durante tanto tiempo allá en el Seminario. “Los ensueños
del Nilo.” Me lo había dado una madrugada el tío Anselmo; el hermano pequeño de
mi madre. Me despertó, y con precipitación me dio el libro y me puso la mano en
la frente. Y entre la imprecisión del sueño, creo haberlo visto temblándole los
labios, y los ojos brillándole. Me lo metió en la cama, junto al pecho, y nos
tapó con la manta a ambos. Como si quisiera que el libro y yo nos hiciéramos
amigos entrañables, pero ocultos a los ojos de todos. A él no lo vi más. Los
del pueblo decían que era rojo y que se había exilado a La Argentina. Pero mi
madre guardaba silencio y nunca más volvió a hablar de él ni a recibir noticias
que hablaran de su estado. El tío Anselmo tenía cinco libros que siempre estaba
leyendo y releyendo. Los guardaba en la cuadra, escondidos debajo de una tina
de barro. Los otros cuatro yo no sé donde fueron; si se los llevó él o le mandó
a mi madre que los quemara para, así, no comprometernos. El tío Anselmo era un
soñador y un hombre de ideales. Al día siguiente vinieron a buscarlo los
tricornios, pero no lo encontraron. Escupieron al suelo y llamaron a mi madre
embustera y zorrona, y a mí ralea de gentes asquerosas. Yo me alegré de que no
lo pillaran. Enseguida me di cuenta de que lo echaba de menos, porque me
contaba historias y me hablaba de cosas fabulosas y de lugares lejanos y
magníficos. Entonces supe que aquella sensación se llamaba cariño. Yo lo
escuchaba como abobado, por la noche, a la lumbre, al terminar la cena, hasta
que mi madre le decía: “Anselmo, párate ya, no me pongas mochales al muchacho.”
Pero él se reía, me guiñaba un ojo, y no la hacía caso. Hasta que ella
insistía: “Calla, caray. Y tú, andando a la cama, que tienes la misma sangre
revuelta de tu tío.”
Aquel libro fue lo único personal
que me acompañó al ir al seminario. Aquel libro fue testigo de aquel tiempo,
cuando la vida me parecía tan ruin e insoportable y sólo su lectura me daba
fuerzas para amanecer a la fecha siguiente. Siempre causa sorpresa constatar
cómo cada cual dispone de sus propios y sencillos recursos para la
subsistencia. Cosas insignificantes que hacemos parte nuestra. A ellas nos
agarramos una y otra vez como a tablón de náufrago. Inmediatamente se me vino
también a la cabeza cómo había sido el rudo desenlace de aquella inocente
aventura de mis primeros años en aquel internado. A pesar de mi edad y de la
gran cantidad de tiempo transcurrido desde entonces, no pude por menos de
sentir de nuevo una enorme congoja. A menudo, todo placer tiene en sí su precio
o su pecado, y, éste, su penitencia. Al menos es así como vivimos el menguado
goce aquéllos que hemos sido educados bajo la espada destructora que supone el
sentido de culpa y el temor al Señor. Nada gozoso puede ser apacible, bueno o
gratuito. Ésa es la maligna máxima.
En aquella ocasión mi dicha me fue
cobrada con la crueldad implacable de un inspector policial sanguinario e
impío. Jamás lo he olvidado. ¿Sería aquella la furia del Dios incontinente que
presenta la Biblia en sus primeros libros? Seguramente no, sólo la ira y la
frustración de un ser humano raído e impotente, comido de miserias y harto de
impiedad.
Bueno;
vamos a ver. Paremos un momento y tratemos de aclarar esto un poco para que no
haya equívocos. Yo creo que ya es hora de irme presentando. Y es que yo, soy
yo, y también él, y... -¡Joder!- Aunque a lo mejor es preferible que vayáis
comprendiendo según avanza esto. Bueno, en cualquier caso, aquí intervengo yo;
debo quitarle hierro a este feroz aldabón de su maldita vida. Escuchar muy
atentos.
“No me puedo creer que nuevamente desees recordarlo, Sabes que
detesto echar la vista atrás, y, sobre todo, sobre este suceso, pero..., Eso no
te proporciona más que apego al dolor y a la estéril nostalgia, Y, sin embargo,
ahora quieres de nuevo traerlo a la memoria..., No, no es que quiera, es que lo
necesito ¿Necesitarlo? ¿Por qué? Ya ves, de nuevo los días se me han hecho
aciagos e intragables, y me es necesario volver a la imaginación para poder
vivirlos, A tu edad y con lo que has vivido ¿Crees que debes recurrir a esas
pamplinas viejas y trasnochadas? Cuando eras un muchacho, valga. Pero ahora...
¿Es que acaso tú me vas a venir también con esa disyuntiva mendaz de muchachos
u hombres, de ayeres o de hoys, de experiencias o de inmadureces? Por la mente
del hombre el tiempo no transcurre; sólo avanza por su cuerpo la edad, Avanza
como avanza un espectro, como un parásito que nos va carcomiendo sin hacer
ningún ruido, Vivir es igual de difícil a todas las edades ¿Lo has olvidado ya?
No, no. Por eso, y ante ello, cuando un recurso vale: nos vale, y basta y
sobra, Recursos, recursos. ¿Y te atreves a decírmelo así? Sí ¿qué sucede? Pues
ya lo ves, que no soporto este desarraigo que me ha sobrevenido como llega un
sopapo, Acepté una vida de párroco en soledad, perdido en el confín del mundo,
pero no una vida sin motivos ni afectos, Pero ésta es la verdad: que nos
quedamos solos pese a todo y a todos; que, llegado un momento, no valemos ya
para el ímpetu que el mundo demanda en su carrera, Que el tiempo nos va
arrinconando con porfía y sigilo de avieso; que todo nos ha ido defraudando,
que nada ni nadie a nuestro alrededor resiste un análisis feraz y exhaustivo,
Pues claro: ésa es la verdad y yo no la enmascaro, ni la temo, ni quiero soslayarla.
Pero junto a esa verdad aplastante y terrible está la posibilidad del ensueño y
del pretexto burdo, y de seguir evocando una trenza dorada de recuerdos amables
y quimeras de almíbares, Necesito dudar de lo espantoso y dormirme pensando en
que nada de eso será indefinido, Porque lo verdadero o lo falso es sólo como
una luz de feria que nos tiñe el cerebro entre giros y música de barraca y
festejo ¿Entonces vas a suplir la realidad por los embustes de tu imaginación?
¡Todo el mundo está solo! ¿Acaso no lo sabes? ¿Para qué te han servido tus
horas de meditación y tus hartones de confesionario, sino para constatar esa
hiriente verdad que entreteje el espacio y pringa por entero la condición
humana? Sí, ya lo sé, Pues no me lo parece, Verás: todo el mundo está solo,
herido y aterrado, pero cada cual tiene un modo de disfrazar su miedo como
puede o lo dejan, Te explico: algunos se creen diferentes y alimentan un ego de
santos o ilustrísimos, Luego, como su mentira es tan lerda, lo alternan con
ejercicios de sumisa y humilde aceptación de su vulgaridad, No, no es que se
transmuten dócilmente cual tocados por milagro celeste, sólo se están
administrando una dosis en vena, un plazo o una tregua para seguir fortalecidos
y firmes en su banal engaño, Otros proclaman su felicidad ante los cuatro
vientos, pero en silencio retuercen su desdicha igual que un trapo sucio, Cada
persona cree o se argumenta que a él alguien lo equivocó, o ‑mejor dicho‑ que
el mundo entero es quien no sabe valorarlo y hacerle justicia y otorgarle el
respeto oportuno, Hay algunos que se hunden en la miseria de su propia guarida
o de su altísima atalaya -que es igual, para el caso-, y se encierran y se
protegen, y quieren blindarse para que no se les haga ni daño ni desgaste, ¿Y
lo consiguen?, Claro, Sí; lo consiguen, Pero eso no es vivir, es vegetar,
despreciar la existencia de la forma más vil y despilfarradora. Yo creo que eso
es como escupir a la cara arrogante de la orgullosa vida; el escupitajo siempre
nos regresa de nuevo, El pedante se envuelve en sus propias lisonjas, El
cobarde se reduce y retira a su incapacidad, El cínico se exhibe y se proclama,
El idiota se tapa los oídos y se hace el bravucón, y arrasa y atropella, y
siempre habla muy alto, quizás para enfundar su miedo o su miseria, o su falta
de voz, Vale, vale; está bien ¿Pero, ahora,
tú qué te propones apabullándome con esa avalancha de hiriente lucidez?
¿Tal vez imaginar la vida que hubiera podido yo vivir si siempre te hubiera
tenido a ti a mi lado con esa valentía sarracena de compañero ígneo? ¡Ah, vaya!
¿Ahora me reconoces méritos especiales? No, ahora es cuando te escucho y te
soporto y he aprendido a conversar contigo, que no es asunto fácil, Hemos
necesitado tiempo, compañero. Sí, hemos necesitado tiempo..., Hemos necesitado
tiempo, igual que necesitan, para amar, los amantes, Igual que necesita el odio
para ser verdadero, No hay nada como tener un descarnado y feroz opositor
dentro de uno mismo, Claro, pero sólo si tienes la plena seguridad de que éste
es tu amigo más leal, Yo siempre he vivido encasquillado en ti, Ya, pero sólo
desde hace poco tiempo nos atrevemos a hablamos de frente y cara a cara, Es que para esto es preciso
haber envejecido, Haber envejecido y aprender a querernos, Bueno, ha sido un
camino difícil éste que nos ha enseñado a pelear desnudos, Eso es verdad, A la
mayoría de los seres humanos la edad los va anquilosando y terminan por
quedarse íntimamente mudos, El lenguaje, que se va desgastando con la erosión
del tiempo, La ilusión que va perdiendo brillo y quedándose opaca ¿Tú crees?
Estoy plenamente seguro, Un buen envite, si viene de uno mismo, siempre hace
milagros en lo del crecimiento, Tienes mucha razón; el piropo y la
autocomplacencia nos debilitan tanto...”, ¡A la mierda el piropo! ¡Que viva la
autocrítica! ¡Joder! Pareces bolchevique, Qué importa si lo fuera, No, no; si
yo no digo nada, Ya ves, a veces, nos ponemos magníficos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario