sábado, 1 de marzo de 2014

LA NUEVA VIDA DE MANUEL (Antiguo cura párroco de El Canchal)





LA NUEVA VIDA DE MANUEL
 (Antiguo cura párroco de El Canchal)


Había entrado en su celda con paso cauteloso. Absurdamente, hizo un repaso visual de todo su entorno, por si alguien estuviera espiándolo. Dejó el libro sobre los pies de su cama y lo miró con afabilidad, como se mira a un ser indefenso y desnudo hallado en abandono. Sacó del armario una vieja toalla blanca, limpia, olorosa, pero muy desgastada; la última que le lavara Emilia. Olía a jabón de “Lagarto”. Lo colocó en su centro y lo envolvió en ella como a una reliquia santa que hubiera que proteger u ocultar de la vista del mundo; como a un recién nacido a quien se persiguiera. Después despejó la mesa. Quitó de ella todo cuanto la ocupaba. El tablero quedó desnudo como una ara remota y desolada, pero repleta de esa inmensa dignidad que da la soledad cuando es consciente y aceptada. Luego se lavó las manos como para oficiar, limpió concienzudamente sus gafas, se puso sobre la sotana su chaqueta negra de lana, por si tenía frío, trasladó hasta allí el envuelto, y se sentó ante él.  

            Pero ¿a qué venía tanta ceremonia? ¿Era importante el ceremonial? ¿Y por qué comenzaba a dudarlo después de tantos años entregado a los ritos? Toda su vida había estado envuelta en ceremonias. La ceremonia cubría de boato a los actos, incluso a los insulsos. Medir los pasos, elegir los gestos, trabar bien las frases, seleccionar la música, vestir el atuendo acorde con la liturgia o la celebración. Teatro, farándula, circo, interpretación, tragedia, drama, fábula, medido protocolo; comedia insuperable. Representación teatral de gran calado. La Iglesia era maestra en las artes escénicas, y prodigaba esa ampulosidad entre sus alevines. Nada enraíza entre los hombres si no apela al rito y la escenografía. Disfraz, atrezo, presbiterio, sitial, ambón, coro, declamación, monagos. Y las genuflexiones; muchas genuflexiones. Y los brazos en alto, en cruz, cruzados sobre el pecho. Y las manos que signan a la grey, que presignan la frente, la boca y sobre el pecho, que toman y que dejan, que ponen sus palmas hacia arriba o mirando abajo (según sea preciso), que vuelan o saludan: que actúan e interpretan; que animan al fervor y a la plegaria. Y, cuando empieza la representación, el público absorto en cuerpo y alma para asistir a ese ritual que aúna, atora y embobece a base de sabido, repetido y tedioso. Incienso, asperge, bendiciones; edulcorantes múltiples. Capas pluviales, casullas, manípulos, sobrepellices y cíngulos, amitos, báculos, tiaras, palios y lígnum crucis, vinajeras y esquilas. Hilos de seda, oro, vidrio tallado, pedrerías múltiples. Idas y vueltas. Frases en alto y bisbiseos, según requiera el párrafo. Arranques elocuentes y frenazos intimistas, proclama y redundancia. Y si la cosa se precia suficiente: velas en abundancia, flores a espuertas, corales trinadoras de tiernas voces blancas. Armonio, órgano atronador, guitarras y flautillas, panderetas, triángulos, maracas y utillaje menudo. Magnificencia, facundia, grandeza regia, exposición desmesurada de riquezas: brocados, ricas telas, joyas y orfebrería. Emblemas que un día fueron míseros (peces, panes, espigas, gajos de uvas reventonas) robados de sus ámbitos y elevados a la suntuosidad regia de los dominadores. Almidón y prestancia. Burla y oprobio sin recato o decencia. Y todo ello en memorando del pobre carpintero, del cristo de los pobres, del rescatador de los desheredados. Nada más parecido a la pomposa desmesura de una opera de Wagner o de Verdi, que la inaceptable facundia y teatralidad de una ceremonia religiosa de altas pretensiones. Y el público de bulto, la masa amontonada, el personal de patio creyéndose inmerso en tales pompas regias, orondo de entusiasmo y ahíto de placeres recónditos y obscenos, sin saber que ellos sólo son el coro y el relleno necesario para que el espectáculo pueda representarse y sus actores y beneficiados puedan seguir siendo los divos de la grandiosa farsa.   

            Colocó don Manuel las manos sobre el modesto bulto y procedió a liberarlo con dulzura materna. Ante él estaba el libro impreso doblemente. Contrastaban los caracteres de imprenta, centrados en columna pétrea capital, y los mil garabatos temblorosos e inciertos, que pululaban por los márgenes como terca procesión de hormigas laboriosas. Y como quien comienza una simple ceremonia íntima y trascendente empezó su lectura:









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