LA VOZ DEL UNIVERSO
***
Partimos
únicamente él y yo. Los demás nos esperarían en Serabit, e irían preparando a
la recua para que a nuestro regreso, y sin más dilación, iniciáramos el
trayecto que nos conduciría hasta las tierras más al norte, de donde las
últimas noticias nos informaban de una nueva y violenta agitación. No existía
razón aparente que justificara la realización de aquella ruta en solitario
hasta la cumbre de uno de los montes más descarnados y amenazadores que haya
podido ver en mi existencia. Si ya toda la península mostraba su extrema
aridez, la masa montañosa que se alzaba ante nosotros parecía concitar en sí
cuanta dureza y reciedumbre pueda concebirse. Y si alguien ha defendido alguna
vez que las montañas poseen vida y pálpito, esa montaña nos exhibe la suya con una ostentación
colosal y magnifica como ninguna otra; como un dios imperativo y fiero.
Ya al salir, se me advirtió que
aquella ascensión supondría una autentica prueba para mí. Y yo lo acepté como
un orgulloso desafío ante mí mismo.
Apenas nos hubimos puesto a caminar advertí la
escasez de provisiones que nos acompañaban. Pero, como en realidad yo
desconocía la distancia a recorrer, no le di importancia, basado en la
convicción de que él era quien dominaba la ruta lo suficiente para calcular el
aprovisionamiento oportuno para ella. No eran, pues, demasiado pesados nuestros
equipajes. Un par de trozos de grueso tejido hecho de lana, un odre de gamuza
repleto de agua dulce, algunos frutos y pescados secos, y dos trozos medianos
de pedernal y un manojo de yesca para encender el fuego.
La ascensión se convirtió en cruel
casi desde su inicio. El seco laberinto por el que mi guía caminaba seguro ante
mí, pronto me pareció costoso y demoledor como un rudo combate. Apenas se elevó
el sol, los angostos desfiladeros por los que subíamos, se transformaron en
hornos tórridos por los que el calor alentaba como lenguas de fuego carnosas e
invisibles. El terreno era seco y pedregoso. Confié en que la fatiga, que a mí
ya me asfixiaba, pronto detuviera a Radamante, y, ambos, pudiéramos tomarnos un
respiro. Pero eso no sucedió así, pues que mi guía entró en una especie de muda
abstracción, sin que su paso aminorara un ápice, ni su vista fuera capaz de
tenderse hacia atrás y sentir piedad de mi zozobra. No hablamos durante todo el
día. El mutismo pesaba como el sol.
Únicamente nos detuvimos una vez para atar mi sandalia, pues la extrema rudeza
del terreno dejó uno de mis pies casi desnudo. Fue entonces cuando Radamante me
dijo: “Jamás olvidarás esta jornada. Abre los ojos y guarda en tu interior
cuanto suceda. Éste no es un lugar cualquiera; aquí los hombres se convierten
en hombres para siempre o se olvidan de serlo definitivamente. Soporta el
cansancio y practica el ayuno, y podrás oír la voz del universo nítida y clara
como se oye el canto de una odalisca cuando trina a tu oído. Después ya no
serás el mismo que antes fuiste. Créeme”.
Escuché aquello con la inquietud que
ya había sentido en otras veces, y me dispuse a abstraerme de cuanto era mi
entorno, pues que sabía que, una vez más, estaba siendo invitado a que mi ser
creciera inmensamente.
Cuando reanudamos la brutal
ascensión, las plantas de mis pies estaban doloridas y llagadas de tal modo,
que cada paso más me parecía que iba a ser el último. Pero tras cada huella,
otra, de un esfuerzo milagroso y autónomo, parecía seguirla y secundarla, entre
el silencio ardiente del gran monte. Entré en mí. La extrema fatiga me sumergió
en mi interior y comencé a oír mi propia respiración como un todo que ocupaba
mi cráneo con su suspiro rítmico. Mi estómago se había constreñido como un odre
reseco y no sentía hambre sino enjutez extrema. Y el peso de mi cuerpo adquirió
una gravedad ajena e irreal semejante a la que aportara un vino grueso y
especiado. Un momento después, mi vista se tiño del color ocre rojizo que
tintaba la tierra, y una ceguera dorada y polvorienta puso su enorme mano delante
de mi frente. No sé si estuve muerto o deseé con tanta intensidad el amparo de
Isis, la amante recolectora de los trozos de Osiris. Tal vez fue ella quien, en
su benevolencia, unció y recompuso de nuevo mi cuerpo desmembrado. Cuando cayó
sobre nosotros el atardecer, Radamante se detuvo y descalzó sus plantas sucias
y ensangrentadas. “Este es el lugar para el sosiego. En verdad, ésta es la
tierra donde habita el Aliento” Entonces, yo, apenas pude hacer otra cosa que
derrumbarme y pedirle al polvo que, en sí, me hospedara. Raído en mis ropas,
lacerado en mis piernas, exhausto en mis fuerzas, no fui capaz más que de beber
un sorbo que el cuenco de la mano de mi compañero acercó hasta mis labios que
temblaban de fiebre y total impotencia. Luego entré en un sueño confuso e
inquietante, cuyo recuerdo jamás he olvidado:”Una zarza ardiente estaba ante mi
rostro. Su flujo era eterno; y ni el viento ni la lluvia podían alterar o
mitigar su fuego. Ardía para mí, y su resplandor era áurico y luminoso como
dicen que lo es Atón sobre su trono. A su lado no existía el frío o la
intemperie, ni el ígneo calor de los desiertos, ni el odio de los hombres, ni
el salvaje ensañamiento de las fieras”. Hubiera rogado quedarme allí para la
eternidad, sin ni siquiera cuidarme de pan o de cobijo, pero el sueño se esfumó
igual que se extravía la noche con las luces ambarinas del alba. A la jornada
siguiente subimos a la cumbre. Desde allí podía contemplarse el mundo en toda
su grandeza. A lo lejos, el mar Rojo dejaba escapar de sus entrañas un vaho de
niebla blanquecina, semejante al que brota del tajo de las bestias cuando se
sacrifican. Un vapor que velaba la realidad y hacía del paisaje una sucesión
imprecisa de sinuosas franjas que se desvanecían. Sin duda aquel era un lugar
sagrado desde el nacer del día de los tiempos. Quien ponía allí sus plantas
jamás sería el mismo que había sido hasta aquella jornada. Aquella brutal
grandiosidad marcaba el espíritu con su
hierro indeleble. Nada más llegar, se me anunció que nos separaríamos. A una
cierta distancia, cada uno subsistiría durante nueve días.
Permanecimos allí durante nueve
noches. Me alimenté de saltamontes que exprimía entre mis manos temblorosas y
ávidas para darles la muerte, y de algunas escuálidas raíces que logré arrancar
escarbando en el suelo como hacen las bestias. Sopló con tanta fuerza el viento
que era imposible guarecerse de él, y sólo pude aceptar su indómito abrazo en
la seguridad de que, entre su rudo celo, moriría tronchado. Llovió con fuerza
impía. Gotas muy gruesas, cual injuriantes salivazos espesos y calientes. Ardió
el sol, y me asfixió el clamor polvoriento de la tierra abrasada. Con febril
obsesión administré la provisión de agua, y busqué la sombra y el cobijo
cambiante de los riscos. El tiempo perdió para mí su entidad y su pulso, y se
convirtió en un árido páramo perpetuo y absoluto. El antes y el después se
hicieron un todo, o, quizás, una nada. Creo que vi mi ayer y mi mañana fundidos
y abrazados. Sólo yo me tenía a mí mismo, y sólo mi mente podía acompañarme en
aquel remoto viaje hacia un interior profundo y descarnado. Tras un inicial
extravió temeroso, y un esfuerzo tremendo por conducir mi mente, tuve que
abandonarme al incontrolable capricho de mis pensamientos. Primero fue algo
opaco y alocado. Luego, mi mente, ya dominada, entró en otra dimensión, y mis
razonamientos fueron recalando en su propia latencia, cediéndose su espacio,
buscando su cordura; fluyendo con el sosiego suave con que brotan las fuentes o
veneros a su propio capricho. Sentado, mirando al infinito, dejé que mi
conciencia buscara su concierto. Cuando Radamante vino a buscarme, le recibí
con la incredulidad de quien recibe a un forastero que nunca hubiera visto,
pero con el sosiego y la calidez de quien cree firmemente que el afecto y la
hospitalidad son las únicas asas que sustentan la vida.
Descendimos despacio. La extrema
delgadez y la consiguiente escasez de fuerzas, hacían que mis piernas pareciera
que iban a tronchárseme. Cuando llegamos a un lugar en el que brotaba el hilo
de una fuente, bebimos agua hasta saciarnos, y apresamos un lagarto que asamos
apresuradamente sobre abundantes ascuas. Fue entonces cuando me atreví a
preguntar a mi guía ¿quién era él? Y Radamante me prometió que muy pronto yo
sabría toda la verdad, pues el día de la luz estaba ya muy próximo. Sin embargo
yo ya podía asegurar que algo había sido
instaurado en mi alma; tal vez un decálogo máximo de preceptos y leyes que ya
me serían por siempre irrenunciables.
La
noticia del escándalo corrió como la pólvora. Los curas viejos, con don Senén
al frente, traían y llevaban la cuestión como infectas comadres, a las que se
sumaba el coro gallináceo de las tres religiosas que cuidaban la casa, y los no
menos chismosos compañeros del chico, que, de pronto, no eran más que chinches
timoratos repletos de ortodoxia y moral revenida. El archivero parecía haber
roto su sepulcral silencio, atizado por una verborrea malévola y airada.
“Habráse visto, semejante profanación de la santa abstinencia”. La expulsión de
Daniel sería inminente, aunque la proximidad a la terminación del curso hacía
aconsejable soportar quince días para rematar los exámenes.
Daniel
había sido aislado de entre sus condiscípu-los y confinado en un camastro,
instalado en una galería desangelada y sobria como hospital robado. Allí vivía
el reo, cual un perro apaleado, mascando
en soledad el agrio sabor de su ignominia. Por eso se asustó cuando vio avanzar
la luz de la linterna que iba arrancando aprensiones y sombras de entre los
lienzos desconchados de las viejas paredes mudas por el desuso. Aunque
enseguida adivinó, por la torpe cadencia de quién eran los pasos de aquel
amable espectro.
El
cura había subido a aquella planta inhóspita sin que lo viera nadie, y, sobre
todo, porque le dio la gana. No estaba él para cumplir prohibidos ni implorar
aquiescencias. Además, no en vano se había convertido él en un experto en
cuestiones ocultas y en alto espionaje. Y bajo la sotana le trajo un envuelto
con unos trozos de la leche frita que les habían servido a ellos en la cena,
como remate y postre.
El
muchacho se salió de la cama. Y ya, a oscura ambos, se sentaron al borde del
camastro metálico y crujiente cual catre de campaña. Don Manuel en sotana y el
otro en calzoncillos y con los pies descalzos sobre el rudo cemento. El viejo
se acordó de la noche en la que a él lo sacaron a rastras como a un fardo
maldito por leer a escondidas. Cuanto tiempo pasado...y, sin embargo, todo
seguía lo mismo. “Cambiar un poco para que nada cambie”, interpretó con
campechana libertad una afirmación que hacía poco alguien le había enseñado.
“Cómete esto, y no les hagas caso”,
le dijo, confidente, el anciano, como si en realidad los dos fueran compañeros
de celda, y el mundo circundante guardianes de presidio.
Aquella
noche, la luna era llena. Por eso el resplandor iluminaba aquella enorme lonja
sin necesidad de luces delatoras.
Después
Manuel habló para sí mismo, pero lo hizo en un susurro confidente y audible.
“Nadie
tiene derecho a enturbiarnos la vida. Jamás es un delito que un ser venga a
este mundo. No existen padres que lo sean por error o vergüenza. Y nunca la
promesa de una vida que emerge debiera generar dolor, llanto o tristeza. Qué
importan tus estudios ¡al carajo las letras! Qué importa que se quiebre lo que
otro esperaba. Sólo tu hijo es lo más importante, y no debes permitir que se
geste en un vientre sobre el que pese ni un gramo de culpa, de desamor o pena.
Tu lucha es tu lucha y a ningún otro debiera importarle. Y líbrate de esos
carroñeros que hozan y empecatan cuanto no les concierne y es superior a
ellos.
Después
se hizo un silencio en el que escuchó que el muchacho lloraba. Pero supo que
aquellas lágrimas eran serenas y benéficas. Por eso dejó que fluyeran sin
trabas. Luego se levantó, lo dio una palmada sobre el hombro y se dispuso a
marcharse.
-Don
Manuel, gracias. -oyó que le decía desde media distancia con una voz entrañable
y segura.
-Hijo,
no se merecen.
Un
momento después la luz de la linterna y la sombra del cura se fueron alejando
lo mismo que hace el agua cuando encuentra en su curso un ancho sumidero.
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