sábado, 1 de marzo de 2014

La palabra elocuente



LA PALABRA ELOCUENTE


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Tras la despedida de Merit comenzó para mí una nueva etapa. Ahora, mi residencia en Mennof‑Ra, me había desprovisto de amigos, hábitos y espacios conocidos. Una vez más me veía obligado al desarraigo, y mi espíritu tenía que roturar una nueva existencia. La relación con el visir Paramessu me supuso una bocanada de aire renovado. Pues, a pesar de ser un hombre maduro, su experiencia en el mando de las tropas, me resultó fascinante desde el primer momento, y aportó a mi vida un matiz de disciplina, combatividad y valiosa valoración de la estrategia. Me impresionaba, sobre todo, como él solía comparar cualquier situación humana, individual o social, con algún símil de táctica en combate. Solía asegurar que todo ser, racional o animal, era siempre un beligerante, y que la vida de cada cual, por ínfimo o pusilánime que éste fuera, se desarrollaba perennemente en un campo cruento de batalla, aunque no pareciera.
            El faraón, que había comenzado su reinado con un decidido deseo de rehabilitación ortodoxa en las costumbres, y un marcado celo embellecedor en las construcciones civiles y los templos, se sentía desgastado por los múltiples conflictos que le suponía la restauración de la deteriorada unidad interior. El clero de Amón, atendido y calmado durante el tiempo que Merit había servido de conexión con la corte, comenzó de nuevo a instigar y a reclamar dones y privilegios, en pugna y contraposición con las escuelas teológicas de On y Khmun, la de los ocho dioses, con las que competía vivazmente y sin sosiego. En modo alguno, los sacerdotes de Tebas, iban a olvidar que, el hoy faraón, se había servido de ellos a través del oráculo de Amón, para, manipulándolo, ser confirmado en el trono, tras apoderarse por la fuerza de él. Todas estas reivindicaciones y problemas hacían que el imperio asiático estuviera totalmente olvidado y en franca decadencia. Paramessu bramaba ante tal situación, y pedía al faraón libertad para ocuparse de ello ferozmente. Pero el faraón entendía que su labor de visir era prioritaria y que ésta debía ser asumida con mano y mentalidad resueltamente bélica.
            Los primeros días volví a vivir en la casa menfita de Maya, si bien en la zona reservada a los huéspedes que venían de paso. No ocultaré que, aunque su trato en toda ocasión había sido muy cordial, algo me había impedido siempre mostrarme franco y confiado ante él. Desde que nos conociéramos había estado claro para mí que yo pertenecía a su esposa cual un bien privativo, y que la relación familiar que entre ella y yo tuviéramos no tendría nunca una equidistancia ni una reciprocidad semejante con la del tesorero. Tal vez, por eso, yo jamás me había acercado a él más allá de lo que correspondía a alguien educado que, además, le agradecía con sinceridad su acogimiento y cuanto hacía por mí ante la corte y en su propia vivienda. Quizá, por eso, me sorprendí tanto cuando él me llamó a su presencia para hablarme.
            El gran tesorero del reino era un ser afable y muy sereno, muy lúcido en sus apreciaciones y elocuente en su verbo. Su vida entera había estado basada en el difícil arte de establecer acuerdos y negocios, y hacerlos lucrativos. Y no había duda de que manejaba ese arte con envidiable maña y exquisita pericia. Tenía esa apariencia de astuta dignidad de quienes llevan largo tiempo moviéndose entre aquellos que rigen los destinos de sus semejantes y jamás han dado un tropezón en falso. Sabía leer en el ambiente, manejar el susurro, modular los sonidos y afianzar las frases con rotunda firmeza cuando era necesario. Y todo ello en ejercicio mesurado y ligero más propio del que pide que del que está imponiendo o forzando. Su mirada era como un rayo fulgente, pero su juicio disponía de la habilidad de esperar el momento oportuno para hacer audibles sus sentencias. Había algo en él aprendido con seguridad de su esposa. Algo sutil e intangible que, sin embargo, les seguía unciendo más allá de la vida. Daba la sensación de no temerle a nada, ni siquiera a la muerte. Tal vez, por eso me había extrañado el modo en el que él se había comportado ante el hecho luctuoso que había sucedido.
            Acudí a su presencia con la serenidad de quien sabe no poseer más que lo que su cuerpo y su espíritu sustentan. El alto grado de escepticismo que me había inundado tras mis recientes experiencias y meditaciones me convertía en un ser osado y arrogante, protegido únicamente por su propia miseria. Un ser plenamente convencido de que nada podría ya quitársele porque en nada creía ni tenía. Maya me recibió en su jardín privado. Bebía vino del oasis de Bahariya y enseguida me sirvió en una copa de transparencia azul. En el cristal el vino se hacía de un cárdeno violáceo. Ante nosotros un enorme plato de cristal ofrecía su círculo repleto de higos abiertos, y de uvas agraces bañadas en melaza. No dedicó su tiempo a inútiles preámbulos. El tesorero era directo y decidido; todos sus actos debían tener un resultado eficaz e inmediato. Enseguida comenzó a hablarme de lo que deseaba. Los días de nuestra relación estaban próximos a finalizar. El gran Visir había reclamado mi presencia urgentemente, y ya nada podía retenerme en su casa. Él jamás había tenido hijos, y tampoco había creído jamás que nadie pudiera suplantarlos, por eso nunca me había considerado cual un tal. La fantasía que nos había aproximado se desvanecía ahora como se difumina un espejismo en un tórrido día de desierto cuando el agua fresca nos calma la locura. Sin embargo, él sabía exactamente lo que yo había significado en la vida de su difunta esposa, y quería hacérmelo saber y agradecérmelo. Escuché, pues, de sus labios la más elocuente declaración de ternura y afecto que jamás nadie me haya formulado en voz alta. Puedo decir que, ante mí, el gran cajero de Kemit se convirtió en un ser cercano y entrañable que, sin recato, fue destejiendo aquella tela cegadora que había sido urdida por las manos torpes de mi confusión, mi inexperiencia, y mis ansias venales de muchacho. Hilo a hilo, fue quedando dignificada cada oleada de mi alma, cada embate de mi instinto, cada, aparentemente, torva acción de mi moral. Aquel relato restañaba mis grietas y difuminaba mi oneroso pecado, si es que había existido. A la magnífica lección de verdad y de espontaneidad que había recibido yo de la cantora, se sumaba ahora este regalo de libertad, respeto y comprensión que me brindaba un hombre ante cuyas manos estaba todo el poder económico del reino. Y ante la gran desolación con la que el paso de la muerte había dejado arrasado y carbonizado a mi espíritu, la vida me ofrecía, una vez más, el ardoroso abrazo de la vida. Tal vez así mi círculo interior quedara cerrado para siempre. Vivir era vivir, sentir, amar, gozar, perseguir el saber, bañarse en la aventura, arrojarse en el reto; quemarse en el ardor de sueños y  quimeras. Morir, tan sólo eso: morir, diluirse, pasar, volver al humus. ¿Y los dioses? ¿Qué valor tenía la manipulación roma y falaz que los humanos hacíamos de sus juicios y sus estimaciones? ¿Quiénes eran en realidad los dioses? Tal vez simples fantoches sacados de nuestra fantasía; meros juguetes de madera o de arcilla fabricados para empapar el jugo venenoso y letal que suponía el miedo. Sin embargo hubo una última afirmación que volvió a dejar suspendida una nueva duda entre mis cejas. Lo referiré exactamente como él me lo dijo: “Oneh, no nos juzgues con precipitación, pues que solamente el juicio de los hombres puede ser cabal al final de sus días. Todos nosotros no somos en ti más que servidores de aquel que nos coordina sin gesto ni palabras”.  

Lo trataron lo mismo  que a un convicto para el que no existe redención que lo ampare. Aquella era una vergonzosa contrariedad que ponía en entredicho el plan de supuesta apertura iniciado en la Iglesia, y en concreto en los seminarios y con los seminaristas. Los más reaccionarios,  que habían recibido como una imposición aquellos vientos de modernidad, inmediatamente se sintieron confirmados en sus sospechas y avalados en sus desconfianzas. Don Senén, si bien hablaba poco, en cuanto se suscitaba el tema en su presencia, no perdía la ocasión de cabecear, en señal inequívoca de auto-confirmación de sus tesis más retrogradas y maniqueas. 












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