sábado, 1 de marzo de 2014

El trono de la luz



EL TRONO DE LA LUZ


***

El regreso fue precipitado. En pocos días la Ciudad del Horizonte volvió a cobijar a toda la corte real bajo la falsa apariencia de que nada había sucedido. El ambiente en sus calles revestía el cinismo de esos temores larvados y seguros de los que nadie quiere hablar pero ante los que todo el mundo está continuamente alerta y adopta precauciones. Tras la tensión acumulada en torno a aquel viaje obligado, el faraón entró en un primer estado de voluble alegría. Era como la inconsciente y velada reclamación que exige de su entorno un adolescente a quien se le ha sustraído un tiempo que debiera haber sido dedicado a sus juegos de caza o a sus simulacros liberadores de luchas o bravatas entre otros muchachos. Las palabras animosas de Eye lo habían llenado de crédula tranquilidad, pero a la vez de una altanería frívola e irascible. También Ankhesenamón, para cierta sorpresa de todos, había modificado su talante tras la impuesta y odiosa ceremonia. Podría decirse que aquel infame acto, en el que se la había hecho participar activamente en contra de su padre y todo en lo que él había creído y postulado, la hubiera calado y herido más hondamente de lo previsible. De pronto, la reina parecía haber endurecido. De su apariencia de docilidad sumisa había pasado, de una manera súbita, a parecer manejar con prodigiosa pericia todos los registros de una personalidad calculadora y cauta. Y, aunque su apariencia, a simple vista, seguía siendo la de alguien envuelto en una actitud ingrávida y casi tangiblemente frágil, algo turbio latía entre sus ojos acuosamente verdes. Era seguro que Eye, junto a su propia hermana, la intrigante reina madre Tiyi, tenían mucho que ver en aquel comportamiento que los esposos reales exhibían ahora.

            Cuando llegó la noche, pidió Tutankhamón que le prepararan la bañera real. Y cuando estuvo lista, se entregó con lúdica lascivia a la caricia amable de las aguas mezcladas con leche endulzada y perfumada con sándalo y con miel. Notó enseguida el muchacho cómo la templanza melada del vapor lo iba integrando en una irrealidad amable y suntuosa a la que hacía tiempo que no se abandonaba. Aquella tina era un vientre materno amparador y cálido. Cerró los ojos y recordó los días de su infancia en aquella ciudad que debería abandonar muy pronto. Recordó vivamente cuando Ankhesenamón era sólo una de sus hermanas, y la reina Nefertiti acompañaba al faraón en sus tareas reales, como si el viviente Horus tuviera dos figuras. Aquel tiempo feliz en el que su madre quedaba en un segundo plano, aceptado dócilmente por ella, que le permitía prodigar su afecto a sus cuatro retoños, mientras les contaba historias y leyendas de aquella su Mitanni natal que no había olvidado. Recordó aquellos días en los que el inflamado delirio reformador de su padre todavía era magnífico y creíble. Y, ebrio de añoranzas y confuso en cordiales emociones, fue entregando su cuerpo y su imaginación a una dicha dulce e impalpable, hasta casi desvanecerse por completo en el líquido tibio. Mientras, un clamor desolado, aprovechando el sosiego muscular, venía a interrogarlo insistentemente apoyándose, en apariencia, en la más ingenua de las contradicciones. ¿Por qué su reinado no podía, aunque fuera en otra ciudad, devolverle todo aquello que ahora reclamaba, con brío, su nostalgia? Extraña era la vida...  

            Las noches desde hacia algún tiempo habían sido para él amargas e inquietantes. El insomnio lo atenazaba. Un horizonte cargado de los presagios más nublos lo había hecho mantenerse en vela durante las horas que reclamaba el sueño. E incluso, algunas veces, cuando lograba conciliarlo, tras la desazón y el cansancio del día, monstruos y catástrofes infinitas venían a habitar con profusión sus sienes. Sin embargo, ahora, tras el viaje de regreso a Amarna, el enorme leviatán  de su ansiedad debería estar definitivamente derrotado, y el presagiado maleficio aniquilado por siempre. Al menos eso era lo que le presagiaba Eye. Y es que, tan desproporcionada había sido su zozobra e inquietud, y tan obsesivo su temor, que llevaba rechazando inconsciente-mente, y desde hacía semanas, tanto a su reina como a su concubina Leeva, con quien tanto gozaba mediante aquellos juegos y retoces aprendidos por ella en sus tierras caldeas, allá por Babilonia. Y era tanto su desánimo que, por primera vez, los placeres recién descubiertos del sexo, que tanto le habían sorprendido y entusiasmado  apenas experimentados habían pasado a parecerle insulsos y carentes de vértigo y de hechizo. Pero ahora, de nuevo, todo lo lascivo, lo amable y lo mórbido parecía que volviera a recobrar para él el atractivo y la pujanza que habían tenido en un principio. Y lo hacía incluso con una fuerza y firmeza renovadas, apoyadas en una seguridad personal briosa y emergente. ¿Sería aquélla de nuevo una noche hermosamente lúbrica?

Cuan dura había sido aquella cruel batalla con el leviatán de la concupiscencia. Horas enteras leyendo el libro del venerable Job. Sintiendo en su mente de niño todo el terror de un Dios airado que le pedía la renuncia a algo que su cuerpo de adolescente clamaba desde lo más profundo. Una intemperancia que había que ahogar sin más explicaciones. Porque el sexo era algo pútrido y miserable que corrompía y empecataba el alma precipitándola sin remedio al calderón de grasa hirviendo que regentaba el diablo. Y aquel diabólico esfuerzo para no sentir lo que sentía; lo que pujaba en él como una fuerza irreprimible. Y el maligno mordiéndole la mente, ardiendo en su entrepierna, cegándole los ojos. “No consentir pensamientos, deseos o actos impuros”. Y la fiera que brama más y más cuanto más se intenta someterla. Y llega un momento en el que, ante tanta tensión, en la razón se produce un cortocircuito. Y nada tiene ya lógica, ni sentido, ni coherencia, porque el extravío lo ha chamuscado todo. Y entonces la razón se queda en la penumbra. Y el ser se convierte en un dócil pingajo que hay que dirigir, que hay que reorientar, que hay que instruir desde el exterior. Ahora sí que se le ha convertido; tal vez a la miseria, tal vez a la obediencia. La mortificación. Santificarse. Entrar en el aprisco, ser parte del rebaño. “Ser un hijo de Dios”. “Bendito sea el Grande”.


Senmut fue conducido por el mismo visir hasta los aposentos regios. El terror nublaba sus ojos y le horadaba una sima interior que parecía que iba a vaciarlo por entero de su alma y sus vísceras. La belleza de las antesalas de palacio por las que era conducido quemaba sus mejillas y herían de esplendor su frente y sus pupilas como dicen que hiere la luz ante ese caer de plumas blancas al que llamaban nieve, y que él jamás había visto. Acostumbrado él a convivir con objetos hermosos, jamás había visto él un despliegue tan ostentoso de suntuosidad. Ni siquiera podía haber imaginado que pudiera existir tanta belleza junta. Sus pies no sabían caminar por allí, y, por tanto, lo hacían como por sobre guijarros o brasas inflamadas. Nadie le había explicado nada. Un grupo de medjais había irrumpido en su taller y obligado al artesano a que se adecentara de inmediato, pues debía comparecer sin pérdida de tiempo ante el gran faraón. Él no acertó más que a lavarse las manos y la cara en señal de purificación y a ponerse un mandilillo de fibra de palmera. Su cuerpo bronceado poseía una innata elegancia natural que aún le perduraba. Tal imprevisto y aquella rapidez no podían presagiar nada propicio o positivo.  

            Senmut era un artesano humilde. Tenía su taller en el poblado obrero, entre la zona meridional y el uadi que llamaban real. Y aunque era conocido por todos los habitantes de la ciudad de Atón, y no pocos admiraban su depurado arte, él jamás hacía alarde de sus trabajos ni participaba a nadie las alabanzas o reconocimientos que se le regalaban. Su arte era su solaz y refugio y no una pitanza destinada a saciar su vanidad. Además, a esta altura de su vida, había aprendido que la humildad era un salvoconducto para poder pervivir entre tantas envidias y falsas amistades. Rivalidades y dobleces que se habían generado entre los múltiples artistas y artesanos que habían acudido, como rabiosos tábanos, a la nueva ciudad. Venidos todos precipitadamente al reclamo de las fastuosas obras públicas proyectadas por Akhenatón.  

            Tras otras servidumbres y trabajos anteriores, había aprendido, hacia los veinte años, los rudimentos del oficio de su padre, allá en Heliópolis, en la ciudad de On, en la que todos sus antepasados habían trabajado, de una u otra forma, en el templo de Atón o en la necrópolis de los toros Mnevis. Pero apenas estrenó su juventud, había viajado a Uaset y participado en la construcción del santuario de Luxor y en la ampliación que Amenofis III había mandado hacer en el tabernáculo sagrado de Karnak. Su espíritu inquieto le había llevado más tarde a las tierras de Kush para la construcción de Soleb; el templo dedicado a Amón, que conmemorara el jubileo del rey entre aquel pueblo de gentes renegridas, gacelas, jirafas y elefantes enormes. Cuando su vida ya comenzaba a declinar, su fidelidad a Akhenatón, y su fe ciega en las creencias que éste  impulsaba, lo habían hecho establecerse en Amarna, en los primeros años en los que esta ciudad fuera fundada, y el gerente real solicitara gran número de artesanos para embellecerla.  

            La nueva ciudad de Akhetatón lo había seducido y fascinado desde el mismo momento en que sus ojos se posaron en ella. Allí tomaban forma y volumen, respiro y luz, todas aquellas creencias por las que él estaba dispuesto hasta a entregar su vida. Y en ella deseaba terminar sus días. Le unía a este lugar, no ya sólo la extraña e insólita hermosura de su enclave, sino también un profundo fervor a Atón y una fe activa y ciega en el arriesgado y controvertido proyecto del ya desaparecido señor de las Dos Tierras en quien él seguía creyendo y esperando.  

            Entre su clientela contaba con todos los más preeminentes hombres de la aristocracia. El influyente general Horemheb le honraba con frecuentes solicitudes y costosos encargos. Su vida actual se resumía en su trabajo y el amor que profesaba a su mujer, quien, a pesar de ser algo más joven que él y encontrarse ya en la última orilla de la fertilidad, no le había regalado con la dicha y la bondad de darle un hijo.  

            Muy atrás habían quedado aquellos años de su primera juventud, en los días venturosos del faraón Amenofis III, cuando su innata rebeldía había aconsejado a su padre ponerlo a trabajar, para ver si el rigor del trabajo lo domaba, a las órdenes de los mineros reales. Y cuando Beki, el director de los graneros, le había seleccionado y retirado de debajo del ardiente sol de las canteras de oro de Redesiya, cercanas a Edfú. Cuando Beki lo había traído para su servicio personal a Tebas, intuyendo que en aquel muchacho altivo y fieramente franco se escondía un matiz de curiosa excelencia.  

            En la casa del jefe de graneros, siendo sirviente, había escuchado por primera vez aquellas inflamadas conversaciones, que en interminables y secretas veladas, a las que a él sólo se permitía asistir como único escanciador, su esclarecido señor mantenía con hombres eruditos. Reuniones en las que hablaban de moral y de principios que, según ellos aseguraban, les conducirían hasta una vida superior y eterna distinta a todo lo antes postulado. Pero era al gusto refinado y exótico de la gran reina Tiyi, para quien también había servido después, aunque durante un cortísimo intervalo de tiempo, a quien debía su actual inclinación hacia un arte diferente y selecto, también emanado de aquella nueva teología. Su padre le había enseñado el oficio, Beki y Tiyi habían poblado su gusto y su imaginación de forma novedosa. La fe y el espíritu, quizás, le habían llegado desde las estrellas como un don de promisiones nobles.  

             Por esas razones había venido después a Amarna, cansado ya y desencantado de aquella dura y arriesgada expedición que le llevara antes, ávido de aventuras y exultante y ambicioso de mundo, incluso, hasta las tierras situadas más allá del tercer despeñadero del río.  

            Senmut era ya un hombre anciano, y solamente la consideración de sus amigos y el amor desmedido por su arte mantenían los sutiles hilos que uncían su apego tenue a la vida. Y es que la desolación por el asesinato de Akhenatón, y el consecuente desmoronamiento de su teología, lo habían postrado en un profundo desconsuelo. Sus ojos habían contemplado ya cuanto un hombre puede desear y aborrecer: sequías y abundancias, reyes crueles y generales déspotas, dioses tiranos y deidades amables. Y, junto a todo ello, la perenne miseria que siempre acompañaba a los más vulnerables. Esquirla a esquirla, había ido, con proverbial docilidad y paciencia afanosa, robando sus misterios al arte del dibujo. La madera en sus manos cobraba vida propia. Sus incrustaciones y taraceados con piedras, nácares, alabastros, maderas teñidas, así como un dominio prodigioso de la pintura de caracteres minúsculos, y los esmaltes, le habían convertido en un artesano de tacto exquisito y noble ejecución. A todo ello, por extraño que pudiera parecer, habían contribuido todos los dispares oficios a los que había entregado sus manos y su espíritu. Jamás olvidaría él, como un milagro inspirador, aquellas minas de Redesiya, en las que los ínfimos puntos de oro hacían su enigmática aparición entre la despreciable ganga como diminutas estrellas de luz cauterizante. Tampoco la talla y el ajuste de las piedras bajo el ardiente sol en los templos de Tebas y Sudán, viendo cómo, bloque a bloque, se iban izando los sorprendentes pílonos y las robustas columnas con remate de loto. Ni las copas de cristales trasparentes de vívidos colores en las que él había servido el vino en la casa de  Beki y en la mansión real de la arcana Tiyi. Y mucho menos las palabras hermosas y sonoras, cargadas de mensajes exóticos y abstrusos, escuchadas en las veladas en las que se juntaban el joven  Maya, quien luego sería tesorero, el jefe de graneros Beki, Eye, el visir, y la intrigante e inteligente Tiyi, alma e inspiración de aquella enigmática logia. Todo había forjado en él un mundo y un bagaje que tenía concreción en su arte y en su modo actual de pensar y comprender la vida. También dominaba la hedj, el oro y la pasta de vidrio, así como la cerámica bajo multitud de técnicas y formas de cocción, incluso de origen oriental. Era muy prodigioso comprobar cómo sus manos, dedicadas en otros días a aquellos rudos menesteres, poseían ahora, a la sazón, destreza y tacto para labores tan precisas y tareas tan nobles. Sin embargo, su falta absoluta de codicia y de ambición lo hacía pasar casi inadvertido.
            Cuando entró en la cámara real sus piernas le temblaban y una nube de dicha y de temor lo envolvía haciendo de aquel instante de su vida un momento totalmente irreal. Tal vez aquello era algo solamente soñado.  

Quizás aquella situación era algo tan temido y deseado por cualquier egipcio, que la materialización de semejante sueño era inevitable que produjera, en quien tenía la dicha o el terror de experimentarla, un sumo desvarío.  

            En cuanto entró en la estancia regia se postró de hinojos en señal inequívoca de plena sumisión. Aquel muchacho faraón era el hijo y sucesor de Akhenatón, su santo referente. En su mejilla sintió el liso tacto de la fina caliza que enlosaba la estancia, y enseguida reconoció que el noble pavimento sobre el que se encontraba procedía de las canteras de Tura. No alzó la mirada. Pero supo que aquellos eran los pies del faraón. Las sandalias de oro que los protegían se balanceaban colgadas de unos pies jóvenes, largos y, sin duda alguna, ágiles e impacientes; perfectamente tallados en su morena escualidez. Las uñas estaban pulcramente cortadas y pintadas con un barniz de mínio. Más arriba, un ancho filete de plata ribeteaba el borde de un calasiris que ocultaba, aunque las dejara adivinar, por la docilidad de sus pliegues y su transparencia, unas piernas torneadas y rectas. Aquel muchacho no podía haber visto más de quince crecidas del gran río.  

            -¡Alza la vista! -le dijo el rey con la voz segura e imperiosa de aquél que siempre tiene garantizada la total obediencia.
            -¡Señor! -se apresuró a musitar Eye, nervioso y sorprendido por la decisión que Tutankhamón había tomado ante aquel hombre miserable de ínfima calaña. En su ánimo estaba impedir que el joven faraón no volviera a incidir en aquel trato directo que su padre había prodigado a la chusma, y que eran un exponente más de su disparatado modo de entender la relación del Horus con su pueblo.  

            Senmut permaneció humillado como si sus oídos no hubieran escuchado. ¿Mirar al faraón? No permitiera Atón que sus irreverentes ojos cometieran tal pecado inaudito.  

            -Está bien -asintió Tutankhamón, notando el azoramiento del andrajoso anciano. Pero de inmediato, y con voz locuaz, le pregunto: “¿Eres tú el artífice de esa caja de madera que guarda mis sandalias?”  

            Senmut miró hacia el lugar donde la punta del pie del faraón parecía indicar.
            -Sí, mi señor; yo la hice a solicitud del general Horemheb -contestó Senmut con una resolución que un instante después comenzó a sopesar. Y es que de pronto recordó que Horemheb había sido el apoyo incondicional del herético Akhenatón, junto con Eye, el marido de la nodriza real, y Meriré, el gran sacerdote de Atón. Y tal vez pronunciar ese nombre no satisficiera a su majestad en los días presentes. Pues de todos era sabido su reciente acto de repudio a todo lo antes imperante.  

            -Quiero que dejes cualquier trabajo que tengas encargado y empieces de inmediato a hacer un mueble para mí. ¿Trabajas el oro y la hedj?  

            -Sí, mi señor, y la pasta de vidrio y las piedras que denominamos preciosas y semipreciosas.
            -Está bien. Mañana mismo iré a tu taller y te diré cómo quiero el trabajo. Ahora retírate. Y sábete que es un placer que mis sandalias reposen, cuando yo no las calzo, en un lugar tan hermoso como es esa arqueta que tú has fabricado y Horemheb me ha obsequiado para reconquistar su crédito.

Leyó don Manuel aquellas páginas con suspendido aliento. Le atraía a él aquel personaje que se iba acercando con paso cauteloso. “Senmut”, pronunció en voz alta. Y enseguida percibió una especie de armonía más allá del sonido que su voz otorgó a los vocablos. “Senmut”, repitió para ratificarse. “Senmut”, dijo de nuevo dejando que se desvaneciera la sílaba final.  

            Sintió entonces la necesidad de leer con más sosiego. Toda la loca avidez de los meses precedentes, cuando leía de un modo convulso y delirante,     repleto de avaricia, ahora parecía recalar en un remanso apacible y armónico. Leería un párrafo cada día y dejaría que su vivífica humedad le fuera impregnando. Tal vez vivir, a su edad, se resumía en eso. Fue entonces cuando decidió dejar de leer a algunas “horas” su breviario.  

               Veinte eran los seminaristas que a diario pasaban por delante de su portería. Seis sacerdotes y un rector componían el cuadro responsable. Las visitas no solían ser muchas. Sin embargo, era un grupo humano suficiente para ser observado. Siempre le había atraído a él eso de estudiar a los demás. Pero una verdadera y fructífera tarea de cronista debía realizarse sin levantar sospechas. Para ello era necesario tener un buen puesto de oteo y pasar totalmente inadvertido para todos. A él, el momento presente, le había entregado ambas cosas. Y así, como un bufón de corte, al que todo el mundo considera solamente motivo de chanza y de simplismo, de broma y disparate, comenzó él a ver con ojos nuevos y escrutadores al mundo y a sus gentes. En definitiva, a aquel nuevo universo que se tendía ingenuo y confiado ante su vista de viejo baladí, considerado ya como pura morralla. Dejar de rezar sus preces y observar la vida. ¿A dónde le conduciría aquel estrambote? Le gustó el desafío. Al fin, se sentía un rebelde, un conspirador.  


Largas fueron para Senmut las horas de aquel día. Su mujer esperaba su regreso sin dar un respiro a su  inquietud y su aflicción. Nectánico, el muchacho nubio que trabajaba como aprendiz en el taller de su marido, le había traído la turbadora noticia reflejada en su rostro. Y, a fe, que todo el terror que un adolescente puede reunir en su mirada virgen, estaba presente en los ojos profundos del muchacho. Por eso, cuando al fin Gemeni vio venir a los medjais y en medio de ellos a su esposo, un ahogado sollozo se le escapó, a la vez que una lágrima gruesa y sin control caía lábilmente por su mejilla abajo. Sin embargo, pronto descubrió la sonrisa atenuada de su esposo, y su expresión quedó contenida y desconcertada al mismo tiempo. ¿Qué había sucedido?  

            Después de que la guardia se marchó y los vecinos, que se habían arremolinado en la casa, les dejaron completamente solos, el artesano le contó a su mujer todo lo sucedido. Lo hizo con gran serenidad, sin omitir ni sonidos, ni aromas, ni imágenes, ni ninguna de aquellas sutiles sensaciones vividas por su alma en la fastuosa mansión. No en vano él era un artista capaz de percibir cuanto de sensible tenía el paso de la vida. Estar en la presencia de “El Señor de Ambas Tierras”, aunque éste fuera un joven de escasa edad, era algo que marcaba para siempre a un nacido en Egipto. Le habló de los elogios a su arqueta, le refirió su orden y su petición, y le confió lo que el general Horemheb le había dicho después. Cómo el rey del Alto y Bajo Egipto siempre pagaba de igual modo a quien hacía para él un trabajo que le satisficiera. “Si tu trabajo es de su agrado, él siempre concede todo aquello que se tenga a bien solicitarle”.  

            -¿Pero lo que tú quieras pedirle? -le preguntó intrigada y marcadamente codiciosa Gemeni.
            -Sí; lo que yo quiera. Eso ha dicho.
            -¿Pero, sin trabas ni reparos?
            -Eso es lo que he entendido, mujer.
            -¿Estás seguro?
            -Pues, sí.
            Ambos estaban ahora sentados frente a frente. La lumbre lamía con sus lenguas inquietas y afiladas el vientre negro de la enorme marmita en la que barbotaba la cocción de rábanos destinada a la comida última del día. Aquellas llamas bañaban de luz anaranjada la oscura cocina de la casa. Hubo un silencio largo entre ellos dos en el que sólo se siguió oyendo el ávido suspiro de la hoguera. La mujer miró a su esposo largamente como si estuviera haciendo recuento de todas las arrugas de su cara de anciano. Después, él vio cómo las lágrimas surtían por el rostro de ella con abundancia serena y transparente. No se inquietó. También sabía él leer el intrincado lenguaje de los llantos, y éstos eran dichosos y apacibles. Con certeza, eran lágrimas venturosas, de las que guardan un arcano misterio en su naciente.  

            Cuando el tiempo de la serenidad se hubo cumplido, Gemeni se vino hacia él. Primero se arrodilló a sus plantas. Luego dejó caer sus nalgas hasta el suelo a la vez que apoyaba contra él su costado. Ya sentada,  recogió su vestido bajo ella, y con sus brazos rodeó amorosa las piernas de su hombre. Tenían aún vigor aquellas viejas piernas. Pocas posturas de aquella mujer eran para Senmut más plenas y dichosas. Después de un día de trabajo, él ansiaba que ella adoptara aquella amorosa postura en la que ella, algunas veces, llegaba incluso a adormecerse. Pero era algo que él nunca le pedía, algo que tampoco él nunca había alabado en voz alta. Aquel gesto, aquella manera de enlazarse era seguramente la cumbre de todo su amor; la síntesis de toda una vida de sublime armonía. Por eso, habérselo pedido a ella alguna vez hubiera sido igual que poner en voz alta una blasfemia, deshacer un ensalmo o estropear sin remedio una pieza de arte.  

            Gemeni recostó su cabeza y aproximó sus labios a las rodillas de él como si, hoy también, quisiera dormirse sobre ellas. Sintió él la templanza temblorosa de su boca callada. El hombre bendijo en silencio aquella plenitud que le enviaba la gran Hathor, divinidad sembradora de amor entre los hombres. Luego la mujer, en un susurro casi imperceptible musitó, como si sus palabras no fueran dirigidas a nadie en concreto ni se refirieran a nada definido:
             “Ya sé qué vamos a pedirle al faraón”.  

            A Senmut se le paralizó el pensamiento, y algo le trajo de nuevo hasta la realidad. ¿Qué era lo que aquella sagaz mujer estaba maquinando? ¿Cómo podía ser para su esposa tan diáfano lo que para él era tan problemático?
            -¿Qué es ello? -se apresuró a preguntar turbado.
            -Ya te lo confiaré a su debido tiempo -le dijo ella, a la vez que dibujaba en su acomodo un mohín divertido de muchachita tierna-. Mientras tanto, ten confianza en Gemeni Herimentet, que siempre te ha amado con devoción y acato, y desea servirte con su amor y sus manos hasta el fin de sus días.  

            Era verdad. Gemeni Herimentet, cuyo nombre significaba “la he hallado en el Oeste”, siempre había sido fiel a su marido. A él le había entregado su núbil juventud. Y a pesar de la ancianidad de éste, siempre se había afanado en hacerle los días felices y obsequiosos, tanto con sus habilidades como mujer de casa como con sus palabras y juicios sabios y mesurados, así como con los encantos ocultos de su cuerpo de hembra grácil y seductora. No se concebía en ella el desacato y la infidelidad ante su hombre. Y aunque Hathor, la diosa de la fertilidad, no había escuchado sus súplicas ni aceptado sus múltiples ofrendas, su horizonte no era otro que el de atender a su esposo hasta su aliento póstumo. Senmut conocía el corazón inmenso de aquella sudanesa amorosa y espléndida y en ella confiaba plenamente.  

            Vio el artesano amanecer. La claridad fue avanzando desde áabet con paso ingrávido de chacal precavido. Luego, el dios Sol Khepre tiñó el celaje con una luz morada y oro cálidamente tenue. Un instante después el gran disco solar se izó, arrogante y eterno, en todo su esplendor, haciendo ostentación de esa lentitud que acompaña siempre a la gran majestad. En verdad, Atón era un dios absoluto. Y aquella era la promesa firme de un hermoso día del mes de epifi. Gemeni sirvió higos y miel a su marido y un trozo de pan horneado de cebada molida. Era lo que solía comer él en esa primera comida que se llama de “lavado de boca”. Luego se salió de la cámara y, guarecida en la sombra, esperó en silencio para atender, solícita, cuanto él pudiera demandarle. Senmut comió sin proferir palabra. Después se aseó, vistió su ropa limpia y se dispuso a ir como cada día a aquel taller en el que trabajaba junto con su cuñado.  

            Antes de que saliera, Gemeni Herimentet se puso ante él y le dijo mientras le tomaba la mano y se la llevaba hasta su propio pecho: “Quiero que le pidas al faraón estudios y misión para darle a tu hijo”. Él la miró como se mira a un loco. “Mujer, nosotros no tenemos un hijo.” “Quiero que le pidas al faraón una mujer fértil para poder preñarla. Yo la acogeré en nuestra casa como si se tratara de una entrañable hermana. Y tú serás el hombre feliz que yo deseo. Porque sé que el tiempo que está aún por venir hará que, en tu estirpe, plante raíz la fe que has adquirido. Y ya nunca se perderá la senda luminosa”. Y se lo dijo ella con gran aplomo y  serenidad, convencida plenamente de lo que estaba proponiendo a aquel hombre con el que ella había roto un jarro hacía ya mucho tiempo sin que jamás se hubiera arrepentido de ello. Senmut miró de nuevo a aquella mujer “hallada en el Oeste”. Una vez más, su enorme esplendidez le dejaba sin habla. Aquella mujer no pedía riquezas ni regalos para sí y su casa, solamente ansiaba su felicidad; la felicidad que se asentaba en su trascendencia; en la dignificación de su estirpe. Dejar un hijo para Atón; centro y culmen de su fe.  

            Cuando salió el hombre a la calle, el nuevo sol le arrancó un cristalito de brillo que a duras penas él se esforzaba en mantener entre sus viejos párpados. Ya desde fuera, miró nuevamente hacia atrás. Gemeni miró sus ojos vítreos. Se había quedado ella guarecida en la penumbra interior que enmarcaba la puerta, tras la estera de juncos trenzados; su recato así se lo imponía. Vio él su rostro velado y la suave sonrisa de plena satisfacción con la que ella lo despedía ahora. “Mujer, se hará tu voluntad. Pero has de saber que si yo creyera que la eternidad está en las manos de nuestro faraón, nadie me impediría que sólo le pidiera tu inmortalidad. Nada hay más admirable y digno de preservar que tu amor y tu generosidad para que pudieran contemplarla los siglos venideros. ¡Que Horus me permita tenerte ante mí, y si no, que se cierren mis ojos, y mi boca se calle, y el resto de mis sentidos se sequen para siempre entre las arenas candentes del desierto!”

Nada era, para él, más grandioso que la esplendidez. La entrega de los hombres hacia los otros hombres. Quizás ésa era la primera y última razón que imperaba en su vida. Porque al margen de todo planteamiento o consideración teológica, todo Dios se fundía y se evidenciaba en los desheredados, en los que sufrían; en aquéllos ante los que la existencia se mostraba más adversa y proterva. Porque era ante ellos ante quienes cualquier tipo de fe o de creencia se tambaleaba. Muchos guías y adalides habían sublimado el dolor y la adversidad. Muchos desamparados habían creído en sus palabras y les habían seguido como imperativo para poder soportar su desventura. No pocas veces había clamado él ante los infortunios, y el silencio siempre había sido la única respuesta recibida. Por eso había llegado a la conclusión profunda de que sólo el hombre puede enjugar y mitigar el dolor de los hombres. Por eso él creía que es en tales momentos de esplendidez cuando el ser humano se hace auténtico reflejo de la Esencia. Había quienes tenían levantado un muro de insolidaridad para con sus congéneres. Había quienes regalaban sólo lo que les sobraba; quienes todo lo suplían con bienes o cartera, pero no permitían que se les importunase. Pero también había quienes se entregaban. Sobre estos últimos -creía firmemente él- que era sobre quienes se sustentaba Dios, el mundo, y la existencia.  

            Dejó de leer, cerró el libro y pensó en aquel personaje: Gemeni Herimentet. Recordó entonces las palabras de Rut a Noemí:”A donde tú vayas, iré; donde habites, habitaré; tú casa será mi casa, y tú Dios será mi Dios”.
























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