EL TRONO DE LA LUZ
***
El regreso
fue precipitado. En pocos días la Ciudad del Horizonte volvió a cobijar a toda
la corte real bajo la falsa apariencia de que nada había sucedido. El ambiente
en sus calles revestía el cinismo de esos temores larvados y seguros de los que
nadie quiere hablar pero ante los que todo el mundo está continuamente alerta y
adopta precauciones. Tras la tensión acumulada en torno a aquel viaje obligado,
el faraón entró en un primer estado de voluble alegría. Era como la
inconsciente y velada reclamación que exige de su entorno un adolescente a
quien se le ha sustraído un tiempo que debiera haber sido dedicado a sus juegos
de caza o a sus simulacros liberadores de luchas o bravatas entre otros
muchachos. Las palabras animosas de Eye lo habían llenado de crédula
tranquilidad, pero a la vez de una altanería frívola e irascible. También
Ankhesenamón, para cierta sorpresa de todos, había modificado su talante tras
la impuesta y odiosa ceremonia. Podría decirse que aquel infame acto, en el que
se la había hecho participar activamente en contra de su padre y todo en lo que
él había creído y postulado, la hubiera calado y herido más hondamente de lo
previsible. De pronto, la reina parecía haber endurecido. De su apariencia de
docilidad sumisa había pasado, de una manera súbita, a parecer manejar con
prodigiosa pericia todos los registros de una personalidad calculadora y cauta.
Y, aunque su apariencia, a simple vista, seguía siendo la de alguien envuelto
en una actitud ingrávida y casi tangiblemente frágil, algo turbio latía entre
sus ojos acuosamente verdes. Era seguro que Eye, junto a su propia hermana, la
intrigante reina madre Tiyi, tenían mucho que ver en aquel comportamiento que
los esposos reales exhibían ahora.
Cuando llegó la noche, pidió
Tutankhamón que le prepararan la bañera real. Y cuando estuvo lista, se entregó
con lúdica lascivia a la caricia amable de las aguas mezcladas con leche
endulzada y perfumada con sándalo y con miel. Notó enseguida el muchacho cómo
la templanza melada del vapor lo iba integrando en una irrealidad amable y
suntuosa a la que hacía tiempo que no se abandonaba. Aquella tina era un
vientre materno amparador y cálido. Cerró los ojos y recordó los días de su
infancia en aquella ciudad que debería abandonar muy pronto. Recordó vivamente
cuando Ankhesenamón era sólo una de sus hermanas, y la reina Nefertiti
acompañaba al faraón en sus tareas reales, como si el viviente Horus tuviera
dos figuras. Aquel tiempo feliz en el que su madre quedaba en un segundo plano,
aceptado dócilmente por ella, que le permitía prodigar su afecto a sus cuatro
retoños, mientras les contaba historias y leyendas de aquella su Mitanni natal
que no había olvidado. Recordó aquellos días en los que el inflamado delirio
reformador de su padre todavía era magnífico y creíble. Y, ebrio de añoranzas y
confuso en cordiales emociones, fue entregando su cuerpo y su imaginación a una
dicha dulce e impalpable, hasta casi desvanecerse por completo en el líquido
tibio. Mientras, un clamor desolado, aprovechando el sosiego muscular, venía a
interrogarlo insistentemente apoyándose, en apariencia, en la más ingenua de
las contradicciones. ¿Por qué su reinado no podía, aunque fuera en otra ciudad,
devolverle todo aquello que ahora reclamaba, con brío, su nostalgia? Extraña
era la vida...
Las noches desde hacia algún tiempo
habían sido para él amargas e inquietantes. El insomnio lo atenazaba. Un
horizonte cargado de los presagios más nublos lo había hecho mantenerse en vela
durante las horas que reclamaba el sueño. E incluso, algunas veces, cuando
lograba conciliarlo, tras la desazón y el cansancio del día, monstruos y
catástrofes infinitas venían a habitar con profusión sus sienes. Sin embargo,
ahora, tras el viaje de regreso a Amarna, el enorme leviatán de su ansiedad debería estar definitivamente
derrotado, y el presagiado maleficio aniquilado por siempre. Al menos eso era
lo que le presagiaba Eye. Y es que, tan desproporcionada había sido su zozobra
e inquietud, y tan obsesivo su temor, que llevaba rechazando inconsciente-mente,
y desde hacía semanas, tanto a su reina como a su concubina Leeva, con quien
tanto gozaba mediante aquellos juegos y retoces aprendidos por ella en sus
tierras caldeas, allá por Babilonia. Y era tanto su desánimo que, por primera
vez, los placeres recién descubiertos del sexo, que tanto le habían sorprendido
y entusiasmado apenas experimentados
habían pasado a parecerle insulsos y carentes de vértigo y de hechizo. Pero
ahora, de nuevo, todo lo lascivo, lo amable y lo mórbido parecía que volviera a
recobrar para él el atractivo y la pujanza que habían tenido en un principio. Y
lo hacía incluso con una fuerza y firmeza renovadas, apoyadas en una seguridad
personal briosa y emergente. ¿Sería aquélla de nuevo una noche hermosamente
lúbrica?
Cuan dura había sido aquella cruel batalla con el leviatán de la
concupiscencia. Horas enteras leyendo el libro del venerable Job. Sintiendo en
su mente de niño todo el terror de un Dios airado que le pedía la renuncia a
algo que su cuerpo de adolescente clamaba desde lo más profundo. Una
intemperancia que había que ahogar sin más explicaciones. Porque el sexo era
algo pútrido y miserable que corrompía y empecataba el alma precipitándola sin
remedio al calderón de grasa hirviendo que regentaba el diablo. Y aquel
diabólico esfuerzo para no sentir lo que sentía; lo que pujaba en él como una
fuerza irreprimible. Y el maligno mordiéndole la mente, ardiendo en su
entrepierna, cegándole los ojos. “No consentir pensamientos, deseos o actos
impuros”. Y la fiera que brama más y más cuanto más se intenta someterla. Y
llega un momento en el que, ante tanta tensión, en la razón se produce un
cortocircuito. Y nada tiene ya lógica, ni sentido, ni coherencia, porque el
extravío lo ha chamuscado todo. Y entonces la razón se queda en la penumbra. Y
el ser se convierte en un dócil pingajo que hay que dirigir, que hay que
reorientar, que hay que instruir desde el exterior. Ahora sí que se le ha
convertido; tal vez a la miseria, tal vez a la obediencia. La mortificación.
Santificarse. Entrar en el aprisco, ser parte del rebaño. “Ser un hijo de
Dios”. “Bendito sea el Grande”.
Senmut fue conducido por el mismo visir hasta los
aposentos regios. El terror nublaba sus ojos y le horadaba una sima interior
que parecía que iba a vaciarlo por entero de su alma y sus vísceras. La belleza
de las antesalas de palacio por las que era conducido quemaba sus mejillas y
herían de esplendor su frente y sus pupilas como dicen que hiere la luz ante
ese caer de plumas blancas al que llamaban nieve, y que él jamás había visto.
Acostumbrado él a convivir con objetos hermosos, jamás había visto él un
despliegue tan ostentoso de suntuosidad. Ni siquiera podía haber imaginado que
pudiera existir tanta belleza junta. Sus pies no sabían caminar por allí, y,
por tanto, lo hacían como por sobre guijarros o brasas inflamadas. Nadie le
había explicado nada. Un grupo de medjais
había irrumpido en su taller y obligado al artesano a que se adecentara de
inmediato, pues debía comparecer sin pérdida de tiempo ante el gran faraón. Él
no acertó más que a lavarse las manos y la cara en señal de purificación y a
ponerse un mandilillo de fibra de palmera. Su cuerpo bronceado poseía una
innata elegancia natural que aún le perduraba. Tal imprevisto y aquella rapidez
no podían presagiar nada propicio o positivo.
Senmut era un artesano humilde.
Tenía su taller en el poblado obrero, entre la zona meridional y el uadi que llamaban real. Y aunque era
conocido por todos los habitantes de la ciudad de Atón, y no pocos admiraban su
depurado arte, él jamás hacía alarde de sus trabajos ni participaba a nadie las
alabanzas o reconocimientos que se le regalaban. Su arte era su solaz y refugio
y no una pitanza destinada a saciar su vanidad. Además, a esta altura de su
vida, había aprendido que la humildad era un salvoconducto para poder pervivir
entre tantas envidias y falsas amistades. Rivalidades y dobleces que se habían
generado entre los múltiples artistas y artesanos que habían acudido, como
rabiosos tábanos, a la nueva ciudad. Venidos todos precipitadamente al reclamo
de las fastuosas obras públicas proyectadas por Akhenatón.
Tras otras servidumbres y trabajos
anteriores, había aprendido, hacia los veinte años, los rudimentos del oficio
de su padre, allá en Heliópolis, en la ciudad de On, en la que todos sus
antepasados habían trabajado, de una u otra forma, en el templo de Atón o en la
necrópolis de los toros Mnevis. Pero apenas estrenó su juventud, había viajado
a Uaset y participado en la construcción del santuario de Luxor y en la
ampliación que Amenofis III había mandado hacer en el tabernáculo sagrado de
Karnak. Su espíritu inquieto le había llevado más tarde a las tierras de Kush
para la construcción de Soleb; el templo dedicado a Amón, que conmemorara el
jubileo del rey entre aquel pueblo de gentes renegridas, gacelas, jirafas y
elefantes enormes. Cuando su vida ya comenzaba a declinar, su fidelidad a
Akhenatón, y su fe ciega en las creencias que éste impulsaba, lo habían hecho establecerse en
Amarna, en los primeros años en los que esta ciudad fuera fundada, y el gerente
real solicitara gran número de artesanos para embellecerla.
La nueva ciudad de Akhetatón lo
había seducido y fascinado desde el mismo momento en que sus ojos se posaron en
ella. Allí tomaban forma y volumen, respiro y luz, todas aquellas creencias por
las que él estaba dispuesto hasta a entregar su vida. Y en ella deseaba terminar
sus días. Le unía a este lugar, no ya sólo la extraña e insólita hermosura de
su enclave, sino también un profundo fervor a Atón y una fe activa y ciega en
el arriesgado y controvertido proyecto del ya desaparecido señor de las Dos
Tierras en quien él seguía creyendo y esperando.
Entre su clientela contaba con todos
los más preeminentes hombres de la aristocracia. El influyente general Horemheb
le honraba con frecuentes solicitudes y costosos encargos. Su vida actual se
resumía en su trabajo y el amor que profesaba a su mujer, quien, a pesar de ser
algo más joven que él y encontrarse ya en la última orilla de la fertilidad, no
le había regalado con la dicha y la bondad de darle un hijo.
Muy atrás habían quedado aquellos
años de su primera juventud, en los días venturosos del faraón Amenofis III,
cuando su innata rebeldía había aconsejado a su padre ponerlo a trabajar, para
ver si el rigor del trabajo lo domaba, a las órdenes de los mineros reales. Y
cuando Beki, el director de los graneros, le había seleccionado y retirado de
debajo del ardiente sol de las canteras de oro de Redesiya, cercanas a Edfú.
Cuando Beki lo había traído para su servicio personal a Tebas, intuyendo que en
aquel muchacho altivo y fieramente franco se escondía un matiz de curiosa excelencia.
En la casa del jefe de graneros,
siendo sirviente, había escuchado por primera vez aquellas inflamadas
conversaciones, que en interminables y secretas veladas, a las que a él sólo se
permitía asistir como único escanciador, su esclarecido señor mantenía con
hombres eruditos. Reuniones en las que hablaban de moral y de principios que,
según ellos aseguraban, les conducirían hasta una vida superior y eterna
distinta a todo lo antes postulado. Pero era al gusto refinado y exótico de la
gran reina Tiyi, para quien también había servido después, aunque durante un
cortísimo intervalo de tiempo, a quien debía su actual inclinación hacia un
arte diferente y selecto, también emanado de aquella nueva teología. Su padre
le había enseñado el oficio, Beki y Tiyi habían poblado su gusto y su
imaginación de forma novedosa. La fe y el espíritu, quizás, le habían llegado
desde las estrellas como un don de promisiones nobles.
Por esas razones había venido después a
Amarna, cansado ya y desencantado de aquella dura y arriesgada expedición que
le llevara antes, ávido de aventuras y exultante y ambicioso de mundo, incluso,
hasta las tierras situadas más allá del tercer despeñadero del río.
Senmut era ya un hombre anciano, y
solamente la consideración de sus amigos y el amor desmedido por su arte
mantenían los sutiles hilos que uncían su apego tenue a la vida. Y es que la
desolación por el asesinato de Akhenatón, y el consecuente desmoronamiento de
su teología, lo habían postrado en un profundo desconsuelo. Sus ojos habían
contemplado ya cuanto un hombre puede desear y aborrecer: sequías y
abundancias, reyes crueles y generales déspotas, dioses tiranos y deidades
amables. Y, junto a todo ello, la perenne miseria que siempre acompañaba a los
más vulnerables. Esquirla a esquirla, había ido, con proverbial docilidad y
paciencia afanosa, robando sus misterios al arte del dibujo. La madera en sus
manos cobraba vida propia. Sus incrustaciones y taraceados con piedras,
nácares, alabastros, maderas teñidas, así como un dominio prodigioso de la
pintura de caracteres minúsculos, y los esmaltes, le habían convertido en un
artesano de tacto exquisito y noble ejecución. A todo ello, por extraño que
pudiera parecer, habían contribuido todos los dispares oficios a los que había
entregado sus manos y su espíritu. Jamás olvidaría él, como un milagro
inspirador, aquellas minas de Redesiya, en las que los ínfimos puntos de oro
hacían su enigmática aparición entre la despreciable ganga como diminutas
estrellas de luz cauterizante. Tampoco la talla y el ajuste de las piedras bajo
el ardiente sol en los templos de Tebas y Sudán, viendo cómo, bloque a bloque,
se iban izando los sorprendentes pílonos y las robustas columnas con remate de
loto. Ni las copas de cristales trasparentes de vívidos colores en las que él
había servido el vino en la casa de Beki
y en la mansión real de la arcana Tiyi. Y mucho menos las palabras hermosas y
sonoras, cargadas de mensajes exóticos y abstrusos, escuchadas en las veladas
en las que se juntaban el joven Maya,
quien luego sería tesorero, el jefe de graneros Beki, Eye, el visir, y la
intrigante e inteligente Tiyi, alma e inspiración de aquella enigmática logia.
Todo había forjado en él un mundo y un bagaje que tenía concreción en su arte y
en su modo actual de pensar y comprender la vida. También dominaba la hedj, el oro y la pasta de vidrio, así
como la cerámica bajo multitud de técnicas y formas de cocción, incluso de
origen oriental. Era muy prodigioso comprobar cómo sus manos, dedicadas en
otros días a aquellos rudos menesteres, poseían ahora, a la sazón, destreza y
tacto para labores tan precisas y tareas tan nobles. Sin embargo, su falta
absoluta de codicia y de ambición lo hacía pasar casi inadvertido.
Cuando entró en la cámara real sus
piernas le temblaban y una nube de dicha y de temor lo envolvía haciendo de
aquel instante de su vida un momento totalmente irreal. Tal vez aquello era
algo solamente soñado.
Quizás aquella situación era algo tan temido y deseado
por cualquier egipcio, que la materialización de semejante sueño era inevitable
que produjera, en quien tenía la dicha o el terror de experimentarla, un sumo
desvarío.
En cuanto entró en la estancia regia
se postró de hinojos en señal inequívoca de plena sumisión. Aquel muchacho
faraón era el hijo y sucesor de Akhenatón, su santo referente. En su mejilla
sintió el liso tacto de la fina caliza que enlosaba la estancia, y enseguida
reconoció que el noble pavimento sobre el que se encontraba procedía de las
canteras de Tura. No alzó la mirada. Pero supo que aquellos eran los pies del
faraón. Las sandalias de oro que los protegían se balanceaban colgadas de unos
pies jóvenes, largos y, sin duda alguna, ágiles e impacientes; perfectamente
tallados en su morena escualidez. Las uñas estaban pulcramente cortadas y
pintadas con un barniz de mínio. Más arriba, un ancho filete de plata ribeteaba
el borde de un calasiris que
ocultaba, aunque las dejara adivinar, por la docilidad de sus pliegues y su
transparencia, unas piernas torneadas y rectas. Aquel muchacho no podía haber
visto más de quince crecidas del gran río.
-¡Alza la vista! -le dijo el rey con
la voz segura e imperiosa de aquél que siempre tiene garantizada la total
obediencia.
-¡Señor!
-se apresuró a musitar Eye, nervioso y sorprendido por la decisión que Tutankhamón había
tomado ante aquel hombre miserable de ínfima calaña. En su ánimo estaba impedir
que el joven faraón no volviera a incidir en aquel trato directo que su padre
había prodigado a la chusma, y que eran un exponente más de su disparatado modo
de entender la relación del Horus con su pueblo.
Senmut
permaneció humillado como si sus oídos no hubieran escuchado. ¿Mirar al faraón?
No permitiera Atón que sus irreverentes ojos cometieran tal pecado inaudito.
-Está
bien -asintió Tutankhamón, notando el azoramiento del andrajoso anciano. Pero
de inmediato, y con voz locuaz, le pregunto: “¿Eres tú el artífice de esa caja
de madera que guarda mis sandalias?”
Senmut
miró hacia el lugar donde la punta del pie del faraón parecía indicar.
-Sí,
mi señor; yo la hice a solicitud del general Horemheb -contestó Senmut con una
resolución que un instante después comenzó a sopesar. Y es que de pronto
recordó que Horemheb había sido el apoyo incondicional del herético Akhenatón,
junto con Eye, el marido de la nodriza real, y Meriré, el gran sacerdote de
Atón. Y tal vez pronunciar ese nombre no satisficiera a su majestad en los días
presentes. Pues de todos era sabido su reciente acto de repudio a todo lo antes
imperante.
-Quiero
que dejes cualquier trabajo que tengas encargado y empieces de inmediato a
hacer un mueble para mí. ¿Trabajas el oro y la hedj?
-Sí,
mi señor, y la pasta de vidrio y las piedras que denominamos preciosas y
semipreciosas.
-Está
bien. Mañana mismo iré a tu taller y te diré cómo quiero el trabajo. Ahora
retírate. Y sábete que es un placer que mis sandalias reposen, cuando yo no las
calzo, en un lugar tan hermoso como es esa arqueta que tú has fabricado y
Horemheb me ha obsequiado para reconquistar su crédito.
Leyó don Manuel aquellas páginas con suspendido aliento. Le atraía a
él aquel personaje que se iba acercando con paso cauteloso. “Senmut”, pronunció
en voz alta. Y enseguida percibió una especie de armonía más allá del sonido
que su voz otorgó a los vocablos. “Senmut”, repitió para ratificarse. “Senmut”,
dijo de nuevo dejando que se desvaneciera la sílaba final.
Sintió entonces la necesidad de leer
con más sosiego. Toda la loca avidez de los meses precedentes, cuando leía de
un modo convulso y delirante, repleto
de avaricia, ahora parecía recalar en un remanso apacible y armónico. Leería un
párrafo cada día y dejaría que su vivífica humedad le fuera impregnando. Tal
vez vivir, a su edad, se resumía en eso. Fue entonces cuando decidió dejar de
leer a algunas “horas” su breviario.
Veinte
eran los seminaristas que a diario pasaban por delante de su portería. Seis
sacerdotes y un rector componían el cuadro responsable. Las visitas no solían
ser muchas. Sin embargo, era un grupo humano suficiente para ser observado.
Siempre le había atraído a él eso de estudiar a los demás. Pero una verdadera y
fructífera tarea de cronista debía realizarse sin levantar sospechas. Para ello
era necesario tener un buen puesto de oteo y pasar totalmente inadvertido para
todos. A él, el momento presente, le había entregado ambas cosas. Y así, como
un bufón de corte, al que todo el mundo considera solamente motivo de chanza y
de simplismo, de broma y disparate, comenzó él a ver con ojos nuevos y
escrutadores al mundo y a sus gentes. En definitiva, a aquel nuevo universo que
se tendía ingenuo y confiado ante su vista de viejo baladí, considerado ya como
pura morralla. Dejar de rezar sus preces y observar la vida. ¿A dónde le
conduciría aquel estrambote? Le gustó el desafío. Al fin, se sentía un rebelde,
un conspirador.
Largas fueron para
Senmut las horas de aquel día. Su mujer esperaba su regreso sin dar un respiro
a su inquietud y su aflicción.
Nectánico, el muchacho nubio que trabajaba como aprendiz en el taller de su
marido, le había traído la turbadora noticia reflejada en su rostro. Y, a fe,
que todo el terror que un adolescente puede reunir en su mirada virgen, estaba
presente en los ojos profundos del muchacho. Por eso, cuando al fin Gemeni vio
venir a los medjais y en medio de
ellos a su esposo, un ahogado sollozo se le escapó, a la vez que una lágrima
gruesa y sin control caía lábilmente por su mejilla abajo. Sin embargo, pronto
descubrió la sonrisa atenuada de su esposo, y su expresión quedó contenida y
desconcertada al mismo tiempo. ¿Qué había sucedido?
Después de que la guardia se marchó y los
vecinos, que se habían arremolinado en la casa, les dejaron completamente
solos, el artesano le contó a su mujer todo lo sucedido. Lo hizo con gran
serenidad, sin omitir ni sonidos, ni aromas, ni imágenes, ni ninguna de
aquellas sutiles sensaciones vividas por su alma en la fastuosa mansión. No en
vano él era un artista capaz de percibir cuanto de sensible tenía el paso de la
vida. Estar en la presencia de “El Señor de Ambas Tierras”, aunque éste fuera
un joven de escasa edad, era algo que marcaba para siempre a un nacido en
Egipto. Le habló de los elogios a su arqueta, le refirió su orden y su
petición, y le confió lo que el general Horemheb le había dicho después. Cómo
el rey del Alto y Bajo Egipto siempre pagaba de igual modo a quien hacía para
él un trabajo que le satisficiera. “Si tu trabajo es de su agrado, él siempre
concede todo aquello que se tenga a bien solicitarle”.
-¿Pero
lo que tú quieras pedirle? -le preguntó intrigada y marcadamente codiciosa
Gemeni.
-Sí;
lo que yo quiera. Eso ha dicho.
-¿Pero,
sin trabas ni reparos?
-Eso
es lo que he entendido, mujer.
-¿Estás
seguro?
-Pues,
sí.
Ambos
estaban ahora sentados frente a frente. La lumbre lamía con sus lenguas
inquietas y afiladas el vientre negro de la enorme marmita en la que barbotaba
la cocción de rábanos destinada a la comida última del día. Aquellas llamas
bañaban de luz anaranjada la oscura cocina de la casa. Hubo un silencio largo
entre ellos dos en el que sólo se siguió oyendo el ávido suspiro de la hoguera.
La mujer miró a su esposo largamente como si estuviera haciendo recuento de
todas las arrugas de su cara de anciano. Después, él vio cómo las lágrimas
surtían por el rostro de ella con abundancia serena y transparente. No se
inquietó. También sabía él leer el intrincado lenguaje de los llantos, y éstos
eran dichosos y apacibles. Con certeza, eran lágrimas venturosas, de las que
guardan un arcano misterio en su naciente.
Cuando
el tiempo de la serenidad se hubo cumplido, Gemeni se vino hacia él. Primero se
arrodilló a sus plantas. Luego dejó caer sus nalgas hasta el suelo a la vez que
apoyaba contra él su costado. Ya sentada,
recogió su vestido bajo ella, y con sus brazos rodeó amorosa las piernas
de su hombre. Tenían aún vigor aquellas viejas piernas. Pocas posturas de
aquella mujer eran para Senmut más plenas y dichosas. Después de un día de
trabajo, él ansiaba que ella adoptara aquella amorosa postura en la que ella,
algunas veces, llegaba incluso a adormecerse. Pero era algo que él nunca le
pedía, algo que tampoco él nunca había alabado en voz alta. Aquel gesto,
aquella manera de enlazarse era seguramente la cumbre de todo su amor; la
síntesis de toda una vida de sublime armonía. Por eso, habérselo pedido a ella
alguna vez hubiera sido igual que poner en voz alta una blasfemia, deshacer un
ensalmo o estropear sin remedio una pieza de arte.
Gemeni
recostó su cabeza y aproximó sus labios a las rodillas de él como si, hoy
también, quisiera dormirse sobre ellas. Sintió él la templanza temblorosa de su
boca callada. El hombre bendijo en silencio aquella plenitud que le enviaba la
gran Hathor, divinidad sembradora de amor entre los hombres. Luego la mujer, en
un susurro casi imperceptible musitó, como si sus palabras no fueran dirigidas
a nadie en concreto ni se refirieran a nada definido:
“Ya sé qué vamos a pedirle al faraón”.
A
Senmut se le
paralizó el pensamiento, y algo le trajo de nuevo hasta la realidad. ¿Qué era
lo que aquella sagaz mujer estaba maquinando? ¿Cómo podía ser para su esposa
tan diáfano lo que para él era tan problemático?
-¿Qué
es ello? -se apresuró a preguntar turbado.
-Ya
te lo confiaré a su debido tiempo -le dijo ella, a la vez que dibujaba en su
acomodo un mohín divertido de muchachita tierna-. Mientras tanto, ten confianza
en Gemeni Herimentet, que siempre te ha amado con devoción y acato, y desea
servirte con su amor y sus manos hasta el fin de sus días.
Era verdad. Gemeni Herimentet, cuyo nombre
significaba “la he hallado en el Oeste”, siempre había sido fiel a su marido. A
él le había entregado su núbil juventud. Y a pesar de la ancianidad de éste,
siempre se había afanado en hacerle los días felices y obsequiosos, tanto con
sus habilidades como mujer de casa como con sus palabras y juicios sabios y
mesurados, así como con los encantos ocultos de su cuerpo de hembra grácil y
seductora. No se concebía en ella el desacato y la infidelidad ante su hombre.
Y aunque Hathor, la diosa de la fertilidad, no había escuchado sus súplicas ni
aceptado sus múltiples ofrendas, su horizonte no era otro que el de atender a
su esposo hasta su aliento póstumo. Senmut conocía el corazón inmenso de
aquella sudanesa amorosa y espléndida y en ella confiaba plenamente.
Vio el artesano amanecer. La claridad fue avanzando
desde áabet con paso ingrávido de chacal precavido. Luego, el dios Sol Khepre
tiñó el celaje con una luz morada y oro cálidamente tenue. Un instante después
el gran disco solar se izó, arrogante y eterno, en todo su esplendor, haciendo
ostentación de esa lentitud que acompaña siempre a la gran majestad. En verdad,
Atón era un dios absoluto. Y aquella era la promesa firme de un hermoso día del
mes de epifi. Gemeni sirvió higos y miel a su marido y un trozo de pan horneado
de cebada molida. Era lo que solía comer él en esa primera comida que se llama
de “lavado de boca”. Luego se salió de la cámara y, guarecida en la sombra,
esperó en silencio para atender, solícita, cuanto él pudiera demandarle. Senmut
comió sin proferir palabra. Después se aseó, vistió su ropa limpia y se dispuso
a ir como cada día a aquel taller en el que trabajaba junto con su cuñado.
Antes
de que saliera, Gemeni Herimentet se puso ante él y le dijo mientras le tomaba
la mano y se la llevaba hasta su propio pecho: “Quiero que le pidas al faraón
estudios y misión para darle a tu hijo”. Él la miró como se mira a un loco.
“Mujer, nosotros no tenemos un hijo.” “Quiero que le pidas al faraón una mujer
fértil para poder preñarla. Yo la acogeré en nuestra casa como si se tratara de
una entrañable hermana. Y tú serás el hombre feliz que yo deseo. Porque sé que
el tiempo que está aún por venir hará que, en tu estirpe, plante raíz la fe que
has adquirido. Y ya nunca se perderá la senda luminosa”. Y se lo dijo ella con
gran aplomo y serenidad, convencida
plenamente de lo que estaba proponiendo a aquel hombre con el que ella había
roto un jarro hacía ya mucho tiempo sin que jamás se hubiera arrepentido de
ello. Senmut miró de nuevo a aquella mujer “hallada en el Oeste”. Una vez más,
su enorme esplendidez le dejaba sin habla. Aquella mujer no pedía riquezas ni
regalos para sí y su casa, solamente ansiaba su felicidad; la felicidad que se
asentaba en su trascendencia; en la dignificación de su estirpe. Dejar un hijo
para Atón; centro y culmen de su fe.
Cuando
salió el hombre a la calle, el nuevo sol le arrancó un cristalito de brillo que
a duras penas él se esforzaba en mantener entre sus viejos párpados. Ya desde
fuera, miró nuevamente hacia atrás. Gemeni miró sus ojos vítreos. Se había
quedado ella guarecida en la penumbra interior que enmarcaba la puerta, tras la
estera de juncos trenzados; su recato así se lo imponía. Vio él su rostro
velado y la suave sonrisa de plena satisfacción con la que ella lo despedía
ahora. “Mujer, se hará tu voluntad. Pero has de saber que si yo creyera que la
eternidad está en las manos de nuestro faraón, nadie me impediría que sólo le
pidiera tu inmortalidad. Nada hay más admirable y digno de preservar que tu
amor y tu generosidad para que pudieran contemplarla los siglos venideros. ¡Que
Horus me permita tenerte ante mí, y si no, que se cierren mis ojos, y mi boca
se calle, y el resto de mis sentidos se sequen para siempre entre las arenas
candentes del desierto!”
Nada era, para él, más grandioso que la esplendidez. La entrega de los
hombres hacia los otros hombres. Quizás ésa era la primera y última razón que
imperaba en su vida. Porque al margen de todo planteamiento o consideración
teológica, todo Dios se fundía y se evidenciaba en los desheredados, en los que
sufrían; en aquéllos ante los que la existencia se mostraba más adversa y
proterva. Porque era ante ellos ante quienes cualquier tipo de fe o de creencia
se tambaleaba. Muchos guías y adalides habían sublimado el dolor y la
adversidad. Muchos desamparados habían creído en sus palabras y les habían
seguido como imperativo para poder soportar su desventura. No pocas veces había
clamado él ante los infortunios, y el silencio siempre había sido la única
respuesta recibida. Por eso había llegado a la conclusión profunda de que sólo
el hombre puede enjugar y mitigar el dolor de los hombres. Por eso él creía que
es en tales momentos de esplendidez cuando el ser humano se hace auténtico
reflejo de la Esencia. Había quienes tenían levantado un muro de insolidaridad
para con sus congéneres. Había quienes regalaban sólo lo que les sobraba;
quienes todo lo suplían con bienes o cartera, pero no permitían que se les
importunase. Pero también había quienes se entregaban. Sobre estos últimos
-creía firmemente él- que era sobre quienes se sustentaba Dios, el mundo, y la
existencia.
Dejó de leer, cerró el libro y pensó
en aquel personaje: Gemeni Herimentet. Recordó entonces las palabras de Rut a
Noemí:”A donde tú vayas, iré; donde habites, habitaré; tú casa será mi casa, y
tú Dios será mi Dios”.
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