UNO
El que está
tras de todo y se cierne en la sombra detrás de las cortinas del espacio y el
tiempo, el que engarza los sueños y concibe los lazos y anuda los abismos, el
que no tiene nombre, ni figura, ni esencia, y sólo tiene voz privada de
sonidos, y veraz e intransferible anhelo de contar lo que debe, os describe
cómo es el primer escenario en el que danzan los títeres que pueblan esta
sencilla obra.
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El edificio es un sobrio caserón de insigne dignidad
vetusta pero exento totalmente de gracia. Es como un objeto inmensamente caro,
cuyo excesivo precio hace innecesaria su utilidad e, incluso, eclipsa su posible
belleza. En su planta más alta, un gran pasillo lo atraviesa de forma tajante y
longitudinal cual una espeta. Es un pasillo recto, pulcro e hirientemente
luminoso cuando el tiempo es diáfano. En esas jornadas, una fila de doce
rígidas ventanas lo desnuda con su bocanada casi permanente de luz
inquebrantable. Frente a ellas hay doce puertas correspondientes a otras tantas
habitaciones, aposentos o celdas (según les ponga nombre el transcurrir del
tiempo). Todas las puertas están repasadas con pintura al aceite, de un color
pardo de añejo franciscano, que las uniforma bajo un aspecto de clara
austeridad insípida. Los pomos, rigurosamente alineados, han perdido su brillo
de otro tiempo y muestran una opacidad nublada, como de gris estaño. El suelo,
sin embargo, cual pisado por ángeles, está extremadamente cuidado, y eso, aun a
pesar de su vejez claramente solemne. Son baldosas blancas y negras que se
alternan en la forma habitual de los escaques del juego de ajedrez. Todo este
enlosado se encuentra preservado por el matiz lustroso de la cera levemente amarilla,
insistida en su aplicación con un ahínco tenaz, seguramente, de terca
penitencia. A la entrada de este corredor inquietante, un letrero de un blanco
amarfilado por el andar del tiempo, más que anunciar, advierte con la rigidez
intachable de unas letras vulgares pero bien rotuladas: “Dormitorio de padres”.
La tabla, a pesar de su concisión de
aviso gélido y claramente afectado, ejerce una impositiva autoridad canónica.
Pues, tan pronto se pasa bajo ella, todo el mundo, sin excepción alguna, se
sume en un reverente mutismo más propio de las criptas o el mundo tenebroso de
ultratumba. Es, sin lugar a duda, el preludio de una intimidad que en modo
alguno debiera ser violada ni siquiera por una urgencia médica. Al otro lado de
esta misma puerta se descuelga una gran escalera trazada en cuatro tramos. Es
amplia pero oscura. Tanto, que, más que al mundo de los vivos, parece conducir
a una sima sin fondo; a un antro sin retorno. Como si pretendiera dejar bien
claro que más abajo está el otro ámbito; el mundo miserable en el
que una grey de bulto y de trasiego se debate, estéril e infecunda. Como si
quisiera dejar bien claro que, a diferencia de este espacio albo, embargado de
luz, preservado y redento, en el que habitan ésos que perseveran en la virtud y
la iluminación, existe ese otro distrito en el que bregan los pueriles novicios
y las gentes vulgares. Sesenta y ocho peldaños de madera crujiente y
angustiosa, repartidos en cuatro trechos de diecisiete pasos cada uno,
conforman la citada escalera. Están unidos entre sí por cuatro descansillos en
forma de abanico, que se apoyan en las cuatro esquinas del gran prisma maestro.
Estos sostienen, del otro lado, una balaustrada de austera forja bruna,
abrazada por una barandilla con forma serpenteante. Es de madera y está ahumada
por el pertinaz trasiego de las manos que viajan a su amparo. En el tránsito de
esta “escala santa”, el respeto al silencio tiene ya diferentes parámetros. Tal
vez porque el quejido perenne de las tablas y la ostentosa inseguridad que ellas
proclaman, invitan, de modo irremisible, al murmullo nervioso. Y hasta es
posible que eso mismo haga que, cualquier ascenso o descenso a través de tan
ilustre osamenta ensamblada, esté acompañado de una cierta animación que, sin
embargo, nunca deja, por ello, de tener su tasa y su medida de cuño cenobítico.
Hay que decir también que existen dos pisos intermedios dedicados al vivir
habitual de colegiales, dormitorios y clases, que más adelante (si la ocasión
lo pide) ya serán entreabiertos y expuestos al curioso. De momento
descubriremos que en la parte más baja del egregio edificio se aloja la
capilla, con su destartalada y mohosa sacristía, el recibidor arcano y
soñoliento, vestido de damascos granates en tapicerías de muebles y cortinas
que no saben de orígenes ni edad, y el despacho imponente del rector, con mesa
grave y prieta de auténtico nogal, su puerta y sus ventanas caladas de
vidrieras en transparencias moradas y turquesa, y una alfombra colosal traída
del Oriente, regalo no se sabe ya de qué remota zona misional desheredada pero fiel
y proclive al agradecimiento. Por otra puerta, de madera rojiza y veteada, se
accede a unos vericuetos que conducen, de forma tortuosa, al refectorio, a la
cocina, al lavadero y a la enorme despensa. Y, desde allí, se pasa, a su vez, y
a través de una minúscula arcada bordeada de piedra cincelada, cual si el
cantero hubiera tejido una puntilla, a las dependencias selladas de las monjas.
Son ellas quienes se dedican a la asistencia y al servicio doméstico de la comunidad
de rango superior, ya que de los bachilleres y de los aspirantes a nóveles teólogos
se cuidan dos mujeronas contratadas de fámulas: la Bernarda y la Petra, y un
gañán sin edad ni modales, y un tanto sin sustancia, llamado Saturnino.
Pero,
antes de todo este cuerpo brutal y arquitectónico, asentado en un terreno
declarado de nadie, y como trecho o magna antesala de obligatorio tránsito y de
expiatoria purificación, está el gran portal. Y, en él, el cajón acristalado
que alberga, a modo de garita o de puesto de guardia, a quien se cuida de
ejercer funciones de portero.
Sin duda alguna, la
insignia y el emblema de todo el edificio es este gran zaguán, por donde a
diario transitan varias veces quienes conviven en él o cursan dentro estudios.
Él es la vereda y el ¡alto! obligatorios, cual perenne fielato, para quienes se
acercan a la casa en acto de normal o visita festiva. Se trata de un rectángulo
grande; excesivo en sus tres dimensiones. Un espacio severo y arrogante como un
buen arcediano. Únicamente un formidable escudo episcopal, trabajado en
desafiante granito berroqueño, se aferra, sirviéndose de sus circunvoluciones a
modo de garras o acantos torturados, al cuerpo superior de la gran puerta que
da entrada al interior del sólido edificio. Lo demás es desmesura, dureza y
polar aridez. Tal vez, otros opinarán que es desnudez medida y calculada,
puesto que este lugar fue levantado para forjar espíritus sobrios y almas
continentes, y, en suma, hombres frugales en actos de jactancia y arranques de
soberbia. Y quizás, ya por eso, su misma entrada debía ser un sello que
tatuara, desde los mismos previos y las vísperas mismas, a aquéllos quienes
aceptaran tal vida de aspereza y renuncia a la que se entregaban en miras y
pretensión de rematar de santos.
Sin embargo, este
edificio, levantado para ser Colegio Diocesano y Seminario, siempre toleró con
resignación y de buen grado la humillación que supone su factura groseramente
grande, ramplona y sin alardes, frente a la esbeltez y grácil arrogancia del
cercano Palacio Episcopal, que preside la placita, justamente, de frente, cual
una damisela adornada de sedas y orlada de brocados. De la despiadada
comparación entre ambos inmuebles se puede deducir, sin temer al error, la muy
diferente dignidad de sus distintos rangos. El uno, en torpe y afanado accésit
penitente, el otro, en plenitud de obvia alegoría y santidad gloriosa de sobra
asegurada.
La tercera
construcción, que completa y cierra la glorieta, es la llamada Casa Sacerdotal.
Una edificación de posterior hechura, adosada a un costado del cuerpo principal
del Centro Diocesano, y que se une a éste mediante un camuflado cordón
umbilical de pasadizos. Ésta sí que es, claramente, una fea excrescencia; un
vástago brutal e indeseado, que sin embargo hubo que consentir para
recogimiento y sede del clero llegado a senectud. Es una edificación hecha sin
mucho presupuesto; casi como unas dependencias alzadas para aunar utensilios
inútiles o simples aperos dañados de labranza. Y todo, porque las implacables
novedades de los tiempos han dejado a los curas ancianos sin las hermanas
solteras de rigor o las incondicionales amas que siempre merecieron, o vaya
usted a saber por qué razones...
Todo el sagrado anillo
es, pues, un ámbito dedicado, de uno u otro modo (como muy bien puede
comprobarse) a la piedad sin merma ni resquicio alguno de prudencia. Puesto que
la imprudencia se hace una virtud en tocando a rebato en los asuntos sacros.
Una acrópolis santa, una ciudadela preservada y hermética; un sitio abrazado a
sí mismo por las cinchas severas de la fe y sus sahumerios y sus fragancias
celestes y gloriosas. La materialización de un intento tenaz, desesperado e
ímprobo de salvar lo acosado, o, al menos, de blindar lo existente, como si se
tratase de una zona o especie en merma alarmante o trance irreversible de
extinción sin permuta.
No
vamos a decir abiertamente que la ciudad da su espalda conscientemente a este
emporio sagrado. Diremos, simplemente, que es como si lo ignorase; como si lo
considerase sólo como un atrezo elegante y vetusto. Algo así como lo que se
hace con un pariente estrambótico al que no se recurre salvo en caso de
imperiosa exigencia, o cuando hay que testimoniar la justa y cabal dimensión de
la rancia familia mediante un retrato, para que surque el tiempo, o exhibir a
sus sujetos más llamativos, zafios o extravagantes, cual zoológico humano que avale variedades. Pero
no debe entenderse este contexto como apagado o muerto. Pues, sin embargo,
dentro de la existente dimensión eclesial, este lugar se encuentra tercamente
motivado y despierto. Prelados, deanes, cancilleres, canónigos, y secretarios.
Presbíteros, arciprestes y párrocos. Coadjutores, delegados, ecónomos,
religiosas, maestros. Y, además, seminaristas, sacristanes, cooperantes,
postulantes y fámulos. Beatas, cofrades, penitentes, exhibidores a jornada
completa de escapularios, medallones y hábitos. Adictos a vía crucis,
novenarios y tardes penitentes o vigilias nocturnas. Obsesos con las postrimerías,
purgatorios y limbos. Afiliados a los primeros viernes, a los primeros sábados,
a novenas, a triduos y a oficios de difuntos. Reverendas señoras y simples
catequistas, mendigos y lisiados. Escolanía de vocecitas blancas, cofrades y
rudos penitentes. Damas del coro y orondas señoronas del humilde ropero y el
pan de san Antonio. Gentes de caridad. Hieráticos maniquíes de opus
venerabilis. Todos yendo y viniendo. Tramando y proyectando. Sintiendo y
asintiendo. Y, también, disintiendo o murmurando, si cuadra o si se tercia.
Entretejiendo a la vez (como no podía ser de otra manera) habilidades, virtudes
y torpezas personales entre la urdimbre de una tela que se confecciona, en su
última instancia, a la mayor loa y gloria del Creador Altísimo y Supremo
Hacedor del Universo.
Cerca de aquí, pero
situada a una distancia medida y prudencial, que la convierte en un bien no ya
exclusivo, sino con certificación de patrimonio apetecible y codiciado por
todos, aunque inequívocamente tutelado por la fiel jerarquía, está la santa
Catedral. Es rica aunque no muy grandiosa. Tal vez tenga la justa medida para
ser la nave capitana de una ciudad, no capital de provincia o de reino, pero
que en otros tiempos estaba llamada a ser de un mayor fuste que éste con el que
el devenir histórico la honra en estos días. Queda demostrado, así pues, que
los planes del Cielo y su ejecución no siempre coincidieron con los de nuestra
tierra y sus laicos secuaces. Y que las roturaciones pontificias trazaron sus
guías y fronteras, de una vez y por todas, sin docilidad ni acomodo posterior a
acuerdos, concesiones o lerdos intereses de caudillos civiles.
Pues bien, alrededor
del núcleo ya descrito está el resto de la grey. Pueblo de Dios (urbano y
rural); rebaño o comunidad custodiada y nutrida por abnegados curas párrocos;
algunos como este don Manuel que nos ocupará. Aunque, a decir verdad, también
ellos sean ejemplares más bien raros, a punto de extinguirse, sin que en su
caso haya institución o grupo ecologista laico que clame o airee pancartas con
eslóganes que aboguen por su retén o su prórroga. Y es que, además de resultar
sujetos poco prácticos para el hoy circulante, son, a la vez, entes de escasa
relevancia y muy dudoso lustre estético o artístico. Y, esos dos, son aspectos
muy a tener en cuenta dentro del frívolo trasiego de las veleidades y
concupiscencias que tanto priman, seducen y arrebatan en los días que corren.
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