sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO UNO



UNO



El que está tras de todo y se cierne en la sombra detrás de las cortinas del espacio y el tiempo, el que engarza los sueños y concibe los lazos y anuda los abismos, el que no tiene nombre, ni figura, ni esencia, y sólo tiene voz privada de sonidos, y veraz e intransferible anhelo de contar lo que debe, os describe cómo es el primer escenario en el que danzan los títeres que pueblan esta sencilla obra.
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El edificio es un sobrio caserón de insigne dignidad vetusta pero exento totalmente de gracia. Es como un objeto inmensamente caro, cuyo excesivo precio hace innecesaria su utilidad e, incluso, eclipsa su posible belleza. En su planta más alta, un gran pasillo lo atraviesa de forma tajante y longitudinal cual una espeta. Es un pasillo recto, pulcro e hirientemente luminoso cuando el tiempo es diáfano. En esas jornadas, una fila de doce rígidas ventanas lo desnuda con su bocanada casi permanente de luz inquebrantable. Frente a ellas hay doce puertas correspondientes a otras tantas habitaciones, aposentos o celdas (según les ponga nombre el transcurrir del tiempo). Todas las puertas están repasadas con pintura al aceite, de un color pardo de añejo franciscano, que las uniforma bajo un aspecto de clara austeridad insípida. Los pomos, rigurosamente alineados, han perdido su brillo de otro tiempo y muestran una opacidad nublada, como de gris estaño. El suelo, sin embargo, cual pisado por ángeles, está extremadamente cuidado, y eso, aun a pesar de su vejez claramente solemne. Son baldosas blancas y negras que se alternan en la forma habitual de los escaques del juego de ajedrez. Todo este enlosado se encuentra preservado por el matiz lustroso de la cera levemente amarilla, insistida en su aplicación con un ahínco tenaz, seguramente, de terca penitencia. A la entrada de este corredor inquietante, un letrero de un blanco amarfilado por el andar del tiempo, más que anunciar, advierte con la rigidez intachable de unas letras vulgares pero bien rotuladas: Dormitorio de padres.

            La tabla, a pesar de su concisión de aviso gélido y claramente afectado, ejerce una impositiva autoridad canónica. Pues, tan pronto se pasa bajo ella, todo el mundo, sin excepción alguna, se sume en un reverente mutismo más propio de las criptas o el mundo tenebroso de ultratumba. Es, sin lugar a duda, el preludio de una intimidad que en modo alguno debiera ser violada ni siquiera por una urgencia médica. Al otro lado de esta misma puerta se descuelga una gran escalera trazada en cuatro tramos. Es amplia pero oscura. Tanto, que, más que al mundo de los vivos, parece conducir a una sima sin fondo; a un antro sin retorno. Como si pretendiera dejar bien claro que más abajo está el otro ámbito; el mundo  miserable  en  el que una grey de bulto y de trasiego se debate, estéril e infecunda. Como si quisiera dejar bien claro que, a diferencia de este espacio albo, embargado de luz, preservado y redento, en el que habitan ésos que perseveran en la virtud y la iluminación, existe ese otro distrito en el que bregan los pueriles novicios y las gentes vulgares. Sesenta y ocho peldaños de madera crujiente y angustiosa, repartidos en cuatro trechos de diecisiete pasos cada uno, conforman la citada escalera. Están unidos entre sí por cuatro descansillos en forma de abanico, que se apoyan en las cuatro esquinas del gran prisma maestro. Estos sostienen, del otro lado, una balaustrada de austera forja bruna, abrazada por una barandilla con forma serpenteante. Es de madera y está ahumada por el pertinaz trasiego de las manos que viajan a su amparo. En el tránsito de esta “escala santa”, el respeto al silencio tiene ya diferentes parámetros. Tal vez porque el quejido perenne de las tablas y la ostentosa inseguridad que ellas proclaman, invitan, de modo irremisible, al murmullo nervioso. Y hasta es posible que eso mismo haga que, cualquier ascenso o descenso a través de tan ilustre osamenta ensamblada, esté acompañado de una cierta animación que, sin embargo, nunca deja, por ello, de tener su tasa y su medida de cuño cenobítico. Hay que decir también que existen dos pisos intermedios dedicados al vivir habitual de colegiales, dormitorios y clases, que más adelante (si la ocasión lo pide) ya serán entreabiertos y expuestos al curioso. De momento descubriremos que en la parte más baja del egregio edificio se aloja la capilla, con su destartalada y mohosa sacristía, el recibidor arcano y soñoliento, vestido de damascos granates en tapicerías de muebles y cortinas que no saben de orígenes ni edad, y el despacho imponente del rector, con mesa grave y prieta de auténtico nogal, su puerta y sus ventanas caladas de vidrieras en transparencias moradas y turquesa, y una alfombra colosal traída del Oriente, regalo no se sabe ya de qué remota zona misional desheredada pero fiel y proclive al agradecimiento. Por otra puerta, de madera rojiza y veteada, se accede a unos vericuetos que conducen, de forma tortuosa, al refectorio, a la cocina, al lavadero y a la enorme despensa. Y, desde allí, se pasa, a su vez, y a través de una minúscula arcada bordeada de piedra cincelada, cual si el cantero hubiera tejido una puntilla, a las dependencias selladas de las monjas. Son ellas quienes se dedican a la asistencia y al servicio doméstico de la comunidad de rango superior, ya que de los bachilleres y de los aspirantes a nóveles teólogos se cuidan dos mujeronas contratadas de fámulas: la Bernarda y la Petra, y un gañán sin edad ni modales, y un tanto sin sustancia, llamado Saturnino.

Pero, antes de todo este cuerpo brutal y arquitectónico, asentado en un terreno declarado de nadie, y como trecho o magna antesala de obligatorio tránsito y de expiatoria purificación, está el gran portal. Y, en él, el cajón acristalado que alberga, a modo de garita o de puesto de guardia, a quien se cuida de ejercer funciones de portero.

            Sin duda alguna, la insignia y el emblema de todo el edificio es este gran zaguán, por donde a diario transitan varias veces quienes conviven en él o cursan dentro estudios. Él es la vereda y el ¡alto! obligatorios, cual perenne fielato, para quienes se acercan a la casa en acto de normal o visita festiva. Se trata de un rectángulo grande; excesivo en sus tres dimensiones. Un espacio severo y arrogante como un buen arcediano. Únicamente un formidable escudo episcopal, trabajado en desafiante granito berroqueño, se aferra, sirviéndose de sus circunvoluciones a modo de garras o acantos torturados, al cuerpo superior de la gran puerta que da entrada al interior del sólido edificio. Lo demás es desmesura, dureza y polar aridez. Tal vez, otros opinarán que es desnudez medida y calculada, puesto que este lugar fue levantado para forjar espíritus sobrios y almas continentes, y, en suma, hombres frugales en actos de jactancia y arranques de soberbia. Y quizás, ya por eso, su misma entrada debía ser un sello que tatuara, desde los mismos previos y las vísperas mismas, a aquéllos quienes aceptaran tal vida de aspereza y renuncia a la que se entregaban en miras y pretensión de rematar de santos.

            Sin embargo, este edificio, levantado para ser Colegio Diocesano y Seminario, siempre toleró con resignación y de buen grado la humillación que supone su factura groseramente grande, ramplona y sin alardes, frente a la esbeltez y grácil arrogancia del cercano Palacio Episcopal, que preside la placita, justamente, de frente, cual una damisela adornada de sedas y orlada de brocados. De la despiadada comparación entre ambos inmuebles se puede deducir, sin temer al error, la muy diferente dignidad de sus distintos rangos. El uno, en torpe y afanado accésit penitente, el otro, en plenitud de obvia alegoría y santidad gloriosa de sobra asegurada.

            La tercera construcción, que completa y cierra la glorieta, es la llamada Casa Sacerdotal. Una edificación de posterior hechura, adosada a un costado del cuerpo principal del Centro Diocesano, y que se une a éste mediante un camuflado cordón umbilical de pasadizos. Ésta sí que es, claramente, una fea excrescencia; un vástago brutal e indeseado, que sin embargo hubo que consentir para recogimiento y sede del clero llegado a senectud. Es una edificación hecha sin mucho presupuesto; casi como unas dependencias alzadas para aunar utensilios inútiles o simples aperos dañados de labranza. Y todo, porque las implacables novedades de los tiempos han dejado a los curas ancianos sin las hermanas solteras de rigor o las incondicionales amas que siempre merecieron, o vaya usted a saber por qué razones...

            Todo el sagrado anillo es, pues, un ámbito dedicado, de uno u otro modo (como muy bien puede comprobarse) a la piedad sin merma ni resquicio alguno de prudencia. Puesto que la imprudencia se hace una virtud en tocando a rebato en los asuntos sacros. Una acrópolis santa, una ciudadela preservada y hermética; un sitio abrazado a sí mismo por las cinchas severas de la fe y sus sahumerios y sus fragancias celestes y gloriosas. La materialización de un intento tenaz, desesperado e ímprobo de salvar lo acosado, o, al menos, de blindar lo existente, como si se tratase de una zona o especie en merma alarmante o trance irreversible de extinción sin permuta.

No vamos a decir abiertamente que la ciudad da su espalda conscientemente a este emporio sagrado. Diremos, simplemente, que es como si lo ignorase; como si lo considerase sólo como un atrezo elegante y vetusto. Algo así como lo que se hace con un pariente estrambótico al que no se recurre salvo en caso de imperiosa exigencia, o cuando hay que testimoniar la justa y cabal dimensión de la rancia familia mediante un retrato, para que surque el tiempo, o exhibir a sus sujetos más llamativos, zafios o extravagantes, cual  zoológico humano que avale variedades. Pero no debe entenderse este contexto como apagado o muerto. Pues, sin embargo, dentro de la existente dimensión eclesial, este lugar se encuentra tercamente motivado y despierto. Prelados, deanes, cancilleres, canónigos, y secretarios. Presbíteros, arciprestes y párrocos. Coadjutores, delegados, ecónomos, religiosas, maestros. Y, además, seminaristas, sacristanes, cooperantes, postulantes y fámulos. Beatas, cofrades, penitentes, exhibidores a jornada completa de escapularios, medallones y hábitos. Adictos a vía crucis, novenarios y tardes penitentes o vigilias nocturnas. Obsesos con las postrimerías, purgatorios y limbos. Afiliados a los primeros viernes, a los primeros sábados, a novenas, a triduos y a oficios de difuntos. Reverendas señoras y simples catequistas, mendigos y lisiados. Escolanía de vocecitas blancas, cofrades y rudos penitentes. Damas del coro y orondas señoronas del humilde ropero y el pan de san Antonio. Gentes de caridad. Hieráticos maniquíes de opus venerabilis. Todos yendo y viniendo. Tramando y proyectando. Sintiendo y asintiendo. Y, también, disintiendo o murmurando, si cuadra o si se tercia. Entretejiendo a la vez (como no podía ser de otra manera) habilidades, virtudes y torpezas personales entre la urdimbre de una tela que se confecciona, en su última instancia, a la mayor loa y gloria del Creador Altísimo y Supremo Hacedor del Universo.

            Cerca de aquí, pero situada a una distancia medida y prudencial, que la convierte en un bien no ya exclusivo, sino con certificación de patrimonio apetecible y codiciado por todos, aunque inequívocamente tutelado por la fiel jerarquía, está la santa Catedral. Es rica aunque no muy grandiosa. Tal vez tenga la justa medida para ser la nave capitana de una ciudad, no capital de provincia o de reino, pero que en otros tiempos estaba llamada a ser de un mayor fuste que éste con el que el devenir histórico la honra en estos días. Queda demostrado, así pues, que los planes del Cielo y su ejecución no siempre coincidieron con los de nuestra tierra y sus laicos secuaces. Y que las roturaciones pontificias trazaron sus guías y fronteras, de una vez y por todas, sin docilidad ni acomodo posterior a acuerdos, concesiones o lerdos intereses de caudillos civiles.

            Pues bien, alrededor del núcleo ya descrito está el resto de la grey. Pueblo de Dios (urbano y rural); rebaño o comunidad custodiada y nutrida por abnegados curas párrocos; algunos como este don Manuel que nos ocupará. Aunque, a decir verdad, también ellos sean ejemplares más bien raros, a punto de extinguirse, sin que en su caso haya institución o grupo ecologista laico que clame o airee pancartas con eslóganes que aboguen por su retén o su prórroga. Y es que, además de resultar sujetos poco prácticos para el hoy circulante, son, a la vez, entes de escasa relevancia y muy dudoso lustre estético o artístico. Y, esos dos, son aspectos muy a tener en cuenta dentro del frívolo trasiego de las veleidades y concupiscencias que tanto priman, seducen y arrebatan en los días que corren.















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