EL ADIOS DESGARRADO
***
Al caer la
noche vinieron los sirvientes de Horemheb, y fue Senmut quien los recibió y
quien, tras obsequiarlos con un cuenco de excelente cerveza templada, les
entregó a la criatura envuelta y atada convenientemente para iniciar el viaje.
Las mujeres mitigaban unidas la aguda pero, a la vez, confusa desazón de una
madre desconcertada. Una madre que se debatía entre un sentimiento de apego
primario y animal hacia su cría y la expectativa y el respiro de una libertad
de nuevo recobrada tras un confuso sueño. No obstante, sus recién cumplidos
diecisiete años eran una oportuna venda que convertía el trance en algo más
inconsciente y llevadero que meditado y rudo.
La despedida de la criatura fue
escueta. En sus labios, el anciano padre apenas si notó la suavidad y el calor
oloroso de aquella carne apacible que dormía ajena al traslado. No temblaron
sus brazos entregando a unos desconocidos a aquel hijo que tanto había deseado
y que era el fruto de un amor inconcreto que transcendía a toda realidad y cordura
usual. Y cuando, allá, al final de la calle, vio que los enviados salían del
poblado de los artesanos por la puerta situada en la plaza del Sur, el jefe de
la casa abatió la estera trenzada de papiro que cegaba la entrada y ordenó que
se apagaran todas las lámparas de aceite, y que cada cual se fuera a su reposo
respetando el silencio que demandaba la hora del descanso. Los días próximos
traerían una carga extraordinaria de afanes, y había que acopiar fortaleza.
La noche era grasienta y calurosa. Cursaba
el mediado del mes de Atir y la luna era nítida y enorme, como un inmenso
pandero untado de manteca nueva y lustrado a porfía. Seguramente Anubis hacía
girar el disco de la luna llena en el misterio del Nacimiento Divino para
simbolizar el rejuvenecimiento perpetuo de aquel rey, viejo y niño a un mismo
tiempo.
El mismo día que expiraba la orden
de desalojo y abandono de la ciudad de Akhetatón, partieron todos los de la
casa de Senmut desde el puerto de Amarna. Lo hicieron en un khed que el viejo
artesano había contratado a precio razonable para su travesía. Apurar hasta el
último momento era la única y desesperada condición que Gemeni Herimentet había
puesto a su insobornable marido, a quien ahora odiaba con todo el inflamado
amor que su alma generosa podía compilar. Definitivamente, ella también debía
marcharse, pues que el riesgo permaneciendo allí era enormemente alto. Se
preveía que, pese a la rotunda prohibición, los salteadores y bandidos,
animados por el clero de Amón, pronto merodearían por la ciudad abandonada, y
la escasa guardia dejada de retén no tenía la misión de defender a nadie sino
de que el lugar fuera cuanto antes entregado a su suerte.
Senmut permanecería en el pequeño
recinto del acuartelamiento que se había improvisado uniendo algunas de las
casas que primeramente se habían quedado vacías en el poblado de los artesanos,
y que estaban ubicadas en una de sus extremidades. Eran unas viviendas que,
situadas a media distancia entre la ciudad meridional y el uadi real, constituirían desde ahora el único reducto habitado. En
él vivirían, durante un escueto periodo, quienes estaban encargados de hacer
cumplir la orden. Una vez más, el general Horemheb había sido generoso con
aquel artesano perturbado. Él, personalmente, le había asignado una minúscula
vivienda, y le había hecho incluir entre aquel sucinto número de milicianos con
salvoconducto. Y eso, aun a pesar de que ni sus fuerzas ni su edad eran las
adecuadas para afrontar semejante locura. Luego, tal vez, el inmenso desierto
sería su nueva y definitiva vivienda, pues que él era el único habitante que
contaría con el privilegio de no tener que abandonar nunca, si es que lo
deseaba, pues que su excepcional credencial así lo amparaba. Atón protegería
aquella fidelidad que le llevaba a ser leal con su conciencia y a exponer sin
reserva su vida por su dios.
Muy
pronto, la hermosa ciudad del “Horizonte” fue un inmenso erial. La parte
septentrional, cercana a la cantera de Tiyi, fue la primera en permitir la
desfiguración de su fisonomía. El puesto de aduana, el palacio real, la sala de
tributos, el gran templo y los archivos fueron dejando que el viento hiciera
romas sus aristas de adobe, que envejecieron como si, de repente, los días
cursaran con el rigor de años. Luego el desmoronamiento fue igual que una negra
podredumbre imparable y letal. Todos los altares y santuarios, que en su
construcción se habían abierto al cielo, inspirados por un hambre de fe
impetuosa y diáfana, muy pronto estuvieron cubiertos de malezas y arena.
Hierbas cenicientas y sucias que crecían ahogadas por el peso aparentemente
ingrávido del polvo. Lo primero en hundirse fue el pasillo cubierto por el que
el faraón deambulaba desde el palacio regio al barrio oficial, y que siempre
había sido una novedad arquitectónica y un motivo de identidad y orgullo para
el nuevo régimen. El hermoso “balcón de las apariciones”, lugar en el que el
agradecimiento de las gentes había vitoreado al dios viviente en sus momentos
gloriosos de generosidad, era ahora un vacío ventanal tronchado; absurdo en su
mutismo. A los dos años, la sala hipóstila cedió, y su estruendo fue como el
trueno sonoro y polvoriento que sellara una agonía eterna cincelada en la
arcilla. Era extraña, sin embargo, la rapidez con la que todo aquel conjunto se
deterioraba. Ninguno de los hombres que se encontraban en la guarnición podía
explicarse aquel derrumbe precoz y acelerado. Hubo quien incluso pensó que el
mismo dios, airado, había abatido aquella construcción hecha para desafiar al
tiempo en su presencia. Algunos soldados desertaron mordidos de pavor. Otros
opinaban que la “muerte negra” había hincado su colmillo en adobes y piedras, y
que los edificios se derruían cuando ocultos bubones, henchidos de infecta
podredumbre y repletos de amarillenta pus, reventaban haciendo salir su
inmundicia en forma de imparable desmoronamiento. De una u otra forma, el
terror fue invadiéndolo todo y haciéndose señor de aquella soledad.
Al quinto año fueron retirados oficialmente los exiguos restos de
la guarnición que aún quedaban. Entonces las hordas de rapantes y depredadores
comenzaron a ser más abundantes. De ese modo, y por las noches, para no ser
vistos por el airado y luminoso dios, eran arrancados cuantos materiales podían
servir para otras construcciones, sin reparar en el innoble destino de
elementos que habían sido hasta entonces emblemas de alta dignidad. Eso
confería a las noches de aquel lugar un aspecto terrible de laboreo tétrico.
Pandas de enfundados ladrones, sirviéndose de teas encendidas, perpetuaban sus
actos de pillaje. Los golpes y las voces penosas del colectivo esfuerzo ponían
un acento intimidante a la desolación.
En sólo un año más, como si se
tratara de una ciudad que el furtivo río sumergiera y se tragara, el “Horizonte
de Atón”; se borró de la tierra. Contemplada desde lo alto, aquella planicie
situada muy por encima del nivel de las aguas y rodeada por un hemiciclo
de imponentes escarpas era como un magno
sarcófago. Un sepulcro violado y esquilmado con codicia, en cuyo fondo
únicamente restaran las manchas y señales de un cadáver robado indignamente y
echado a repugnante suerte: una mastaba ahogada entre la arena.
Porque,
tal vez, vivir debiera ser siempre eso; desgajarse de todo y permanecer en la
propia ciudad. En esa ciudad interior que sólo cada cual conoce y puede
transitar. Y sin embargo, durante tantos años había él vivido en un lugar extraño. Un lugar al que otros le
habían empujado, seguramente en la confianza de que lo hacían por su bien y su
dicha. Un enclave extranjero en el que las normas le habían sido dictadas. Una
vida entera vivida en una zona hostil e inapropiada. No, no culpaba a nadie.
Sería absurdo, inútil, y hasta injusto, hacer a su madre o a don Melitón
responsables de su extravío, y de aquel dócil acomodo en el que él había permanecido
como un reo legítimo. Sería grotesco culpar al seminario en el que se había
gestado toda su formación, en el que se había elaborado la aceptación de sus
votos. Cada cual era el único responsable y actor de su existencia. Pero ahora
había llegado el tiempo de la autenticidad. Se había ganado a pulso cada uno de
los minutos que en el presente le eran regalados y que él, rigurosamente,
dedicaba a buscarse a sí mismo, sin reparar en normas o principios espurios.
Por eso, quizás, le atraía todo cuanto le denotaba rebeldía, trasgresión o pura
incontinencia. De pronto, aquellas lecturas devoradas en los meses pasados,
habían abierto la espita de su espíritu, y su cuerpo achacoso y decrépito había
sido sorprendido y ocupado por un furor sedicioso e indócil que amenazaba con
incendiarlo todo. Pero todo resultaría un grotesco sarcasmo si no viniera
atemperado por una madura forma de acometer las cosas. Las transformaciones,
las conversiones auténticas no traían consigo revuelo ni festejos, ni toques de
campanas, sino mesura y silencio, observación y cautela; profundidad y calma.
Era importante meditar y observar, y creer y aceptar sólo aquello que el propio
corazón dictara. Descubrir y ser fiel a la “Amarna” interior; al “Horizonte de
Dios” que cada cual tuviera. Y para eso había que atrincherarse solo, aunque la
ciudad en la que se había creído firmemente se derrumbara ostentosamente a los
propios ojos, y sólo imperase el polvo, el estruendo, el caos y hasta el
pillaje.
Y eso fue lo
que contemplaron los ojos asustados de Gemeni Herimentet cuando, después de
doce crecidas más, un día del mes de paofi regresó al lado de su esposo y
estableció nuevamente su morada entre las ruinas de la ciudad deshecha. La
antigua prohibición de regreso o asentamiento en el lugar había sido derogada
ya por inerte y absurda. Y Gemeni Herimentet no se dio ni un respiro para poder
pensarlo. Su vida no había tenido sentido alguno lejos de su marido. Ninguna
razón de seguridad podía interponerse entre el amor. El hijo de Senmut había
sido acogido, casi de inmediato por la gran Meritatón, la hermanastra del rey,
la que había sido “Esposa Divina” en tiempos de Akhenatón, y conducido al harén
de El Fayum. Por medio de un emisario del general Horemheb, sabía ella que su
progreso era adecuado y que el muchacho gozaba de envidiable salud. Nectánico
había tomado como esposa a Riojtaf y tres eran los hijos que su furor había ya
sembrado en el vientre agradecido y capaz de la muchacha, que ahora parecía una
mujer distinta. Ningún recuerdo guardaba la siria de su primer alumbramiento,
pues que tal parecía como si jamás hubiera sucedido o hubiera nacido exánime
aquella criatura. Tutmés y Jirá envejecían juntos en concordia y afecto,
considerando a los hijos de Nectánico
como a sus propios nietos. Ellos habían animado a Gemeni a volver al
lado de su hombre, pues sabían que su fervor hacia él, lejos de haber decaído,
cada día era más grande y encomiable. Gemeni había sabido de su pervivencia a
través de un soldado de la guarnición que había regresado a la ciudad del
delta, al que ella, aun en su precariedad de medios, había colmado de dulces y
regalos por la hermosa noticia.
Levantó la vista
de la página e intuyó que era demasiado tarde. El silencio en la casa a
aquellas horas era total, máxime en aquel piso último que parecía estar
separado del mundo. Llovía en la calle. Era una lluvia mansa, casi armónica. Le
gustó a él sentirse abrigado por aquella complicidad de la noche, la lluvia y
el silencio. ¡Qué lejos estaba ya de El Canchal, de Emilia y de su feligresía!
Durante un instante les recordó, y esbozó una sonrisa cargada de gratitud y
afecto. Siguió leyendo.
Y esa
inconmensurable desolación del paisaje fue la que rodeó al amor desmesurado de
aquellos dos ancianos hasta que, después de algunos años, una pequeña mastaba, construida por ellos mismos, y
adentrada en la sequedad del desierto, acogiera sus restos sin natrón ni
mortajas, el día que ambos decidieron que había llegado ya su hora, y un áspid
les acompañó hasta aquel entrañable reposo. Allí permanecerían abrazados y
juntos hasta que Anubis les recibiera para el viaje definitivo hacia su
resurrección
Las tres de la
mañana sonaron en un reloj lejano. Luego le siguieron, dóciles, otros dos en
distintos enclaves perdidos de la muerta ciudad. Un imperativo interior le
aconsejaba irse ya a dormir. Su afán le demandaba seguir un trecho más en la
lectura. Miró al libro y vio que un poco más abajo había un espacio que
separaba el texto manuscrito. “Solamente hasta ahí”, se dijo, y continuó la
lectura.
“¡Dios mío! ¿Cómo ha podido envejecerte
tanto el abandono y la soledad?”.
Y la mujer, arrodillada a sus
plantas, abrazaba las piernas del anciano y acariciaba sus pies, y los bañaba
en lágrimas queriéndolos librar del polvo y la oscura y sarmentosa sequedad que
se los cuarteaba como una costra con la apariencia pétrea de los hijos de
Sobek.
-El gran Atón sabe, mujer, que te
estaba esperando -le dijo el anciano cuando llegó ella hasta él.
-Viejo cruel y testarudo -le dijo
Gemeni, mientras envolvía su reproche en una sonrisa dulce y contenida que
sintetizaba y resarcía todo el dolor acumulado en los duros años de separación,
y le besaba las manos con codicia.
-Tú sabes que debía ser así.
-Yo
qué voy a saber. La amargura nunca debe saberse, ni hay razón para alimentarla.
No hay ningún motivo para desperdiciar una brizna de dicha. Además, hombre
embustero, aún recuerdo lo que tú me dijiste.
-Senmut la miró sorprendido.
-Sí, tú me dijiste: “¡Que Horus me
permita tenerte ante mí, y si no, que se cierren mis ojos, y mi boca se calle,
y el resto de mis sentidos se sequen para siempre entre las arenas candentes
del desierto!” Por eso he venido, para que no te mueras sin cumplir tus
palabras.
Senmut se sonrió y la estrechó con todo el amor acopiado
en los años de inmensa soledad. Y así
siguieron discutiendo amablemente, pues que en aquella grandiosa devastación
nada mejor tenían para hacer dos viejos que de nuevo estaban juntos y se amaban
con tanta intensidad. Bien claro estaba que amar, siempre, no es otra cosa que
envejecer unido a quien se afirma que se está amando.
-Mujer
¿cómo me has dicho que se llama el hijo?
-Oneh;
se llama Oneh.
El confuso engranaje del amor. ¿Qué podía él opinar de esto? Él, a quien
habían obligado a no sentirlo, al menos en aquella forma plena que alcanza a
las parejas. Claro que había otras maneras sublimes de amar. ¿Pero por qué
podía haber algún estado en el que era preferible no sentir tal amor? ¿Es que
amar a Dios era una opción excluyente? Tantas veces había tenido él que
aconsejar en esas cuestiones que casi
se había creído que
podía imaginar lo que serían.
Pero no. Existía una cuestión horrible y aberrante que invalidaba todo juicio o
imaginación: jamás había él besado una boca. Nunca había sentido la calidez de
un cuerpo en cercanía íntima. ¿En nombre de qué Dios, principio o sublimación
podía exigirse o imponerse tal cosa? Envidió a Senmut.
Alzó la mano y oprimió el interruptor.
Subió el embozo de la sábana hasta su barbilla. Y en la oscuridad, notó que sus
ojos se le humedecían. “Vamos, Manolo, que ya no eres un niño”, se dijo a sí
mismo y fue quedándose dormido poco a poco. El frío de la frustración y el
desconsuelo era mucho peor que el que se agazapaba al otro lado, detrás de los
cristales.
Aquella
noche no rezó la última oración de la jornada.
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