EL ARO INQUEBRANTABLE
***
Alzó la
vista la muchacha y vio el minúsculo punto, allá, en el horizonte. Achicó sus
ojos para asegurarse y puso su mano sobre la frente a modo de visera. En la
lejanía, la ardiente arena exhalaba un hálito capaz de desdibujar el celaje y
diluir la luz. Los camellos dormitaban aburridos y ociosos, y dentro de las
tiendas daba la sensación de que no animara ni el más leve vestigio de
actividad humana. Eran las horas de máximo calor, y solamente un leve viento
grueso y abrasador zarandeaba a su antojo los extremos de las tiendas que
habían quedado sin atar y sin gobierno. Únicamente un insensato, o un asesino
que huyera de la justicia o quisiera sucumbir, podría aventurarse a pie por
aquel mar inmenso de arena incandescente.
La muchacha esperó un momento para
asegurarse. Y cuando la tambaleante movilidad de aquel punto lejano, le
confirmó que se trataba de una figura humana, no vaciló ni un solo momento en
lo que debía hacer. Así lo ordenaba la ley no escrita del desierto. Tomó un
odre de piel de antílope con agua fresca y salió presurosa al encuentro de
aquel pobre suicida, dejando tras de sí el rotundo silencio que, a aquellas
horas plúmbeas, amordazaba a quienes eran su gente.
Primero le humedeció los encostrados
labios, y luego, como pudo, lo apuntaló para que aquel anciano, al límite
extremo de sus fuerzas, pudiera soportar el tramo que los separaba del oasis de
Siwat, en el que la caravana llevaba dos jornadas reponiendo sus fuerzas y
procurándole un descansar a sus bestias. Cuando lograron llegar, un gran
revuelo les esperaba ya al borde mismo del denso palmeral. Tal vez había sido
el rumor de los animales que poseían un encomiable olfato para anunciar
intrusos, o tal vez la voz de alarma o el ojo despierto del guía, o simplemente
alguno de los chiquillos que jamás reposaban en aquellas horas de máximo sopor.
Lo cierto es que toda la comunidad se puso alrededor de aquel pobre viajero a
quien el sol estaba a punto de empujar por la ruta sin retorno de Osiris.
Como grupo extranjero, ninguno
conocía la lengua del lugar, pero mucho menos aquella extraña jerga sin sentido
que musitaba el agotado hombre. Pero como en el desierto los gestos eran un
inmediato modo de establecer posturas, atajar las distancias, y ofrecer las
ayudas, a ellos se acogieron para trasmitirle la calma que debía aportarle su
más sincera y leal disposición. Cuando las dunas y el sol eran los únicos
referentes de la vida y la muerte, la hospitalidad se imponía como una ley
suprema que sólo los malvados osaban quebrantar.
Ellos procedían de las tierras de
Tassili N´Ajer, en la lejana Icosium, y se dirigían hasta el país del Indo a
través de la península del Sinaí, por una ruta larga y plagada de riesgos y dureza.
Movían y mercaban especias, telas, sal y productos diversos desde uno a otro
extremo del gran mundo. Y aquel lugar era para ellos solamente un punto de
descanso en su viaje sin fin, ya que su vida de comerciantes les hacía estar en
un perenne tránsito. Eran eternos nómadas; errabundos que consideraban que su
casa era el vasto mundo, y su familia toda la humanidad.
Él venía buscando una ciudad
perdida, de la que apenas quería ni revelar su nombre, pues que el anonimato
era la única forma de guarecer su inviolabilidad. Quería encontrar la remota
ciudad del faraón hereje. Y tras un viaje lleno de quebrantos y tremendas
penurias había decidido lanzarse a su búsqueda sin la ayuda de quienes
solamente pretendían, sin escrúpulo alguno, descubrir su identidad, airear sus
propósitos o esquilmar su dinero.
Los beduinos acomodaron al anciano
sobre una piel de cabra en el extremo preferente del cobijo. Luego las mujeres enfriaron su
frente con emplastos de cáñamo mojado en vino ácido, hasta que su razón dejó de
divagar, su lengua se detuvo y sus ojos se cerraron mansamente, a la vez que su
cuello perdía su tensión, y todo él entraba en un sueño confiado y pacífico.
Luego ordenaron a la chiquillería que se marchara al charco para garantizar que
el silencio se imponía en torno a la jaima.
Por la noche, alrededor del fuego,
todos hablaron con mesura y no hubo canciones ni música para no perturbar el
sueño de aquel ilustre huésped. El jefe de la recua desplegó su sapiencia y fue
dictando normas para establecer cómo tratar al visitante durante el tiempo que
éste tuviera a bien acompañarlos. Los más pequeños abrieron sus oídos, pues que
sabían bien cuando el patriarca estaba impartiendo una de sus lecciones. Los
otros siete hombres acataron cuanto se profería. Y las diecisiete mujeres
afianzaron su silencio y extremaron el cumplimiento de todas sus funciones, en
muestra clara de fiel asentimiento. Cuando acontecía un suceso especial, el
clan reafirmaba sus vínculos, y cada uno de sus miembros se apresuraba a ocupar
su lugar, en la seguridad de que sólo el estricto cumplimiento de la función
encomendada a cada uno daría consistencia a su grupo social perennemente en
riesgo. Siempre había sido así y así debía ser.
El día siguiente el viajero
permaneció aún bajo los efectos del enfebrecimiento. Sólo al caer la tarde, la
más anciana de las mujeres, a quien se había entregado su cuidado y tutela,
anunció que el extranjero comenzaba a mostrar algo de mejoría, pues que se
había despertado y su estómago admitía alguna de sus pócimas. Por eso, en la
velada nocturna se dictaron las órdenes precisas para, al amanecer, levantar el
campamento y proseguir la ruta, que ya habían demorado una jornada. Con ramas
tiernas de palmera se confeccionó un baldaquín para que el enfermo pudiera
viajar sobre una camella sin que el sol abrasara su frente escarnecida.
La leche de camella y la sopa de
dátiles obraron su efecto salutífero, y el hombre pudo subir por propio pie a
la cabalgadura, si bien enseguida pareció que se desvanecía. Así se puso toda
la caravana en marcha antes de que el sol rayara el lechoso horizonte de un día
que nuevamente prometía todos sus máximos furores.
La dirección tomada debía llevarlos
hasta el oasis de Bahariya, lugar de hermosos y abundantes reptiles, en el que
no pocos curanderos buscaban jugos y humores capaces de matar o sanar según se
mezclaran o fueran empleados. Y desde allí, atravesando el más sagrado río que
el hombre conocía, se encaminarían, a través del desierto oriental, hasta las
riberas del hermoso mar Rojo y la agreste península del Sinaí.
Tras las primeras jornadas, el
huésped fue recopilando fuerzas y tomando confianza en su entorno. Primeramente
permaneció callado, utilizando para ser comprendido una radical economía de
gestos. No hacía demandas, en la seguridad de que se encontraba entre gentes de
ley de quienes recibía más de lo merecido, y a quienes nada podía impetrar,
pues que sólo su inmensa gratitud debía iluminar su gesto. Ellos se sentían
felices, pues que la manifestación de su hospitalidad era un acicate para el
grupo entero. Los niños estaban avivados por la enorme intriga que suponía
aquel anciano que para ellos era un ser enigmático dotado de una extraña y
exótica elegancia. Para las mujeres, aunque se trataba de un viajero maduro,
era también un sutil incitador de su feminidad. Para los hombres, un misterioso
pozo de segura ciencia y sabiduría. Aquel hombre venido de no se sabía dónde no dejaba indiferente a nadie. Y mucho menos a Infiel, la
niña de ojos inmensamente grises que lo hubiera rescatado de la muerte
segura.
Y ella fue la primera en establecer
un modo ciertamente aceptable de comunicación con aquel visitante. Lo hizo por
un método simple que consistía en un lenguaje de gestos y de signos apoyados por sonidos escuetos,
miradas y dibujos sencillos trazados en la arena. Fue como si en unas pocas
jornadas, entre ambos, hubieran sido capaces de inventar un lenguaje primario y
esencial. Por eso, ella se convirtió en la intérprete que servía de nexo entre
el clan y aquel hombre venido de la nada. Pues que cuando se le preguntó por su
origen, hábil y amablemente prefirió ocultarlo. Y cuando se le indagó en su
nombre, él invitó, como pudo, a que se le llamara simplemente “tú”. También él
quería ser el hombre al que se le llamara simplemente “tú”.
La vida era eso, pensó él. Un viaje
permanente sobre las desnudas arenas en compañía de nómadas con quienes la
comunicación siempre era costosa y el grado de entendimiento muy limitado, a
pesar de lo que pudiera hacernos creer la engreída ilusión. La vida era eso, un
trayecto en nuda soledad y entero anonimato, pese a lo que pudiera parecer. Al
fin del tiempo, la arena lograba engullir y borrar todos los recuerdos,
reduciendo a los hombres más señeros a meros personajes ensoñados carentes de
toda realidad. Ver elevarse al sol en cada amanecer y contemplar la blanca luna
al declinar el día. Y, entre ambos sucesos, todo el pálpito humano diluyéndose.
Su anhelo, su codicia, su pasión, su amargura. Y también su bondad y sus dudas,
su risa y su quebranto. Y al final, todo se resumía en eso: caminar hacia un
horizonte que siempre se alejaba no teniendo más que el amparo del sol o de la
luna, de la luz o la sombra, de la lluvia o el viento o el calor o los hielos.
Y sobre todo, y sobre todas las generaciones,
la inmensa bóveda misteriosa y eterna como un clamor infinito,
callado y elocuente.
Los días que siguieron los vivió el
visitante con la calma que impone toda convalecencia. Pero poco a poco, el
cuidado de la mujer más anciana fue siendo más innecesario, y enseguida quiso
él aportar su ayuda allí donde estimó que podía ser mejor aprovechada. Con
exquisito tacto fue entregando cuantos conocimientos pudo a las tareas
cotidianas del grupo, lo que agradó a aquellos hombres bien dispuestos a
aprender cuanto podía enseñárseles cualquiera. La vida peregrina abría los
sentidos y disponía a la aceptación de nuevos hábitos según dictaban culturas
diferentes. Enseguida ellos se dieron cuenta de que aquél no era un hombre vulgar,
sino alguien selecto. Por eso, todos le dispensaron un trato especial de
atención y respeto, a la vez que se interesaron por cuanto pudiera provenir de
él.
El tiempo que siguió fue para el
huésped sereno y venturoso. El silencio rodeaba su vida, y eso le permitía una
mayor introspección y una atención de sí más profunda y reflexiva. Comió de lo
que había y aportó cuanto pudo. Durmió bajo las estrellas, y soportó los
vientos y el sol del gran desierto. Descansó en los oasis y sufrió el viaje
traqueteante sobre los lomos lacerantes de los viejos camellos. Y muy pronto se
sintió entre aquellas gentes como en medio de una entrañable familia afable y
respetuosa como nunca lo hubiera imaginado.
Por eso, cuando el guía le anunció
la proximidad de la ciudad perdida, el acogido sintió que una vez más se habría
de dividir su corazón, y que siempre las separaciones eran inoportunas.
Ellos fueron respetuosos al
despedirse de él. Como avezados nómadas estaban bien acostumbrados a saludos y
a separaciones. Sabían aislar los afectos generados de la imperiosa necesidad
de las partidas. También la vida era eso, pensó él, un continuo llegar y
despedirse. El apego era un lastre que había que aprender a superar.
Todo el tiempo que resta lo
ha vivido él sabiendo que cada día podría ser el último. Esa intemperie lo ha
dotado de una provisionalidad que lo
asemeja al resto de las criaturas; animales o plantas o resto de
materia. Nada depende, pues, de sí; todo está en las manos desconocidas del
destino. De ningún modo se puede labrar solaz alguno que asegure el futuro,
porque ante el misterio colosal de la existencia todo es presente fugitivo. Y,
por ende, el antes y el después no tienen ni siquiera forma de concebirse. Todo
es desnudez total y eterna evanescencia. Únicamente obrar de aquel modo que en
cada instante armonice y encalme el espíritu. Únicamente buscar sosiego y paz
entre las dudas, y penetrar más y más en el misterio que cada cual lleva
tatuado en su alma. Únicamente proclamar a voz en grito, o, quizás, en silencio
sonoro, y elocuente como ninguno otro, la única palabra posible “fio”. Porque
cada existencia viaja, de forma irrefutable, eternamente hacia “La Verdad”. Y
ante tal fuerza arrolladora sólo cabe el tener confianza, y respetar la esencia
suprema del gran Cosmos. Y mientras tanto hay que inventar la vida.
¿Aleluya!
Alabad a Dios en su santuario,
alabadlo
en el firmamento de su majestad,
Alabadlo
por sus obras y hazañas,
alabadlo
conforme a la muchedumbre de su grandeza.
Alabadlo
al son de los tambores,
alabadlo
con arpas y cítaras.
Alabadlo
con tímpanos y danzas,
alabadlo
con trompetas y flautas,
Alabadlo
con címbalos sonoros,
alabadlo
con platillos vibrantes.
Todo ser
que aliente alabe al Creador.
¡Aleluya!
(Salmo 150
del libro de los salmos)
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