sábado, 1 de marzo de 2014

CAPÍTULO DOS

DOS

Ahora, os narraré los hechos primordiales; el agua del origen; la luz que alumbra el temblor de la génesis. Ya veis; cosas para abrir boca.
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Por todo lo ya dicho (y por algo más que ya se irá explicando, si es que viniera a cuento), la consigna fue cursada con la irrevocabilidad de una real sentencia, sin que pudiera caber apelación o réplica al respecto. Era éste el primer rebrinco organizativo de un obispo neófito; joven aún en edad para tal cargo, e inexperto en las funciones del alto pastoreo. Aunque, eso sí, avalado por un trabajo previo, como secretario de diócesis, que le había hecho cosechar múltiples parabienes, llegando estos, incluso, a ser conocidos hasta en la misma Roma. Vamos; un joven lebrel de esencias conservadas (para ir entendiéndonos). Y es que era preciso demostrar fortaleza de ánimo, y aires recios y contundentes en la brava  e imperiosa  tarea de la seudo reforma. Y es que sabido es que, rebajando simplemente la edad del dirigente, se puede dar una pátina de modernidad a lo que va a perpetuar lo que ha sido siempre.

            Seguramente también, ahora, el asesor de su ilustrísima había sido un diestro con arrestos; un consejero amargo, pío y altamente entregado. Alguien a quien el rezo riguroso de “las horas” y la firme y obligada abstinencia en lo carnal y lo vacuo habían agudizado el ojo y afilado el olfato para saber, a ciencia cierta y sin deslices, a quién podía en la diócesis imponérsele el tajo amputador de la muda benéfica y a quién era mejor no andarle con meneos. Trasiegos, todos ellos, que venía a imponer un dichoso Concilio pertinaz, promovido por un añoso papa metido en circunloquios y sayos de once varas. Un obispo de Roma del que muchos pensaban que mejor hubiera sido que Dios se lo hubiera llevado más prontito a su divina gloria para que reposara.

            Pero, fuera así o fuera como fuese, fue a don Manuel a quien le llegó, en primicia, la citación para que se presentara, ipso facto, ante el señor obispo.

            Lo primero que sintió el cura fue cómo le retembló la papada, y eso que no la tenía de excesivo grosor, sino blanda y relaja por mor de los ayunos y el rigor de templanzas. Pero, tras bailarle las letras del “saluda” ante los anteojos, de tal modo que no era el hombre capaz de alinearlas para su comprensión, se le candó el garguero y todo el complejo órgano que asiste en el respiro. Y aún, a mayores, se le colapsaron otras zonas limítrofes de ésas que dan vida y conforman a la mueca y al gesto de a diario. Luego, la flojera le trepó por las piernas arriba, y un sudor frío le ciñó la cintura como un cilicio de carámbano puro. Y, tras ello, no tuvo más remedio que irse a sentar con impuesta premura a la íntima penumbra que amparaba el retrete, estrecho y húmedo lo mismo que una cueva.

            La casa parroquial era digna pero antigua y poco bien trazada; tal vez, a posta hecha para no pecar de ostentación o pompa suntuosa. Cuando hubo obrado el clérigo, y se incorporó, envuelto todavía en una nube incierta y un mecer de mareo, no tuvo más remedio que, a trancas y barrancas, irse hasta la salita agarrando a los muros como un mero borracho. Allí, al cobijo de lo bien conocido, se entregó al derrumbe en su sillón de mimbre. Aquél trono misérrimo provisto de un cojín envolantado de cretona de flores. Allí quedó, detrás de la mesa camilla bajo la que anidaba, siete meses al año, el brasero de cisco, y que a él le servía de reclinatorio sedente para el rezo diario, de seo y legación parroquial para extender papeles, y hasta de púlpito elocuente las noches de visitas. Y, a más solucionar, de reposadero para dar la cabezada a la hora sacrosanta que llamamos de siesta.

            También la Emilia, dotada por “Lo Alto” de un ojo de rapaz y un olfato canino, se percató de cómo al señor cura le mudaba el color, y de cómo se le ponía el semblante pálido y transparente lo mismo que el cerote que usan los zapateros para lustrar el cáñamo.

            La carta la había traído el cartero de Llanos, que era el que traía todas, pues en el pueblo ya no había un servicio postal como Dios manda desde hacía tres años, cuando la gente había dado en irse sin retorno, mordidos todos por una especie de fiebre por darse a la ciudad y abandonar los pueblos. Veintitrés eran, a la postre, los vecinos perennes que seguían incólumes. Después, en los veranos, venía alguien más, aunque nunca pasaran, en total y con críos, de las cuatro docenas. Por eso, las cartas eran siempre escasas y especiales. Y ya era sabido: cuando llegaba alguna, no podía traer escrita ninguna cosa buena. ¿Quién iba a escribir cosas de enjundia y gracia a algún miembro de aquella pedanía añeja y deslucida, olvidada del mundo? Allí nadie estaba ya en edad de merecer, ni disponía de luces o de ciencias para entretejer un trueque sostenido de mensajes lustrosos o líricas epístolas. Así pues, siendo como eran todos ellos conscientes de ese extremo, cuando asomaba la boina del señor Aniceto, el cartero de Llanos, y tocaba el ringring del timbre de su bici, pues, el que más y el que menos, se metía en su casa a esperar que escampara la lluvia fratricida. Y es que era, tal cual, como si les viniera una plaga de bicha urticante o un azote de langosta asesina. Entonces se echaban a rezar, sin respirar siquiera, para no azuzar la maldad de Satán. Y allí, agazapados tras el portón, esperaban a ver a quién le tocaba aquella vez la china; vamos: la impía cuchillada. Aunque, eso sí, en cuanto se sabía quién era el electo del capricho del diablo, todos los demás pusieran a su servicio su mejor actitud y un sincero deseo de compartir la pena, aunque ello incluyera repartirse los llantos, los lamentos y ayes. En fin, que el pueblo entero había hecho un repudio  formal de la correspondencia. Y es que todos sabían, con esa seguridad cabal con la que, rápidamente, certifica e inspira la senil experiencia, que a partir de cierta edad, en lo fundamental, nada bueno podía recibirse. Por eso habían renunciado ellos, tal vez tácitamente, a ser acreedores de cualquier regalo o nueva atractiva, con tal de no ser importunados con algún contratiempo, desazón o desdicha.

            Era así, la de El Canchal, una comunidad hermética, obtusa, y abstinente de jolgorios y fiestas. Unida,  en el agotamiento y el descrédito, a la áspera vida, pero no por ello pesimista ni lúgubre. Allí no se creía en suertes deslumbrantes, ni en quimeras, ni en maravillas que estaban por venir y eran portadoras de fortunas y gracias. Para aquel párroco los milagros siempre habían sido materia de anatema o de “cuento para embaucar a chinos”. Pero tampoco vivían especialmente obsesionados por lo oscuro y fatal de la existencia. Cierto era que todos los ojos de aquella vecindad miraban siempre hacia el rural pasado, pero ello era por tedio y por pereza más que por negarse a lo del porvenir. Y eso, aunque la media de edad rondaba los setenta y, el que más o el que menos, se supiera en esos terrenos flácidos en los que apostar por la subsistencia comienza a ser un riesgo bizarro y temerario. 

            Gran parte de ese talante frugal, sin fiestas ni dibujos, de un realismo apacible, descreído y burlón, se lo debían a don Manuel, su cura desde hacía casi cuarenta años. Él les había enseñado a creer y a descreer, y todo al mismo tiempo. Y eso dosificado en una pitanza peculiar y abundante que les había ido, poco a poco, fraguando en una especie de fe socarrona y rebelde; fuerte como el acero cuando era preciso, y volátil y etérea, cual pavesa mecida por el viento cambiante, cuando era  conveniente.  Por eso,  aquel pueblo era como un auténtico reinado de taifa, autónomo y reacio, aun a pesar de que el credo de don Manuel y sus maneras nunca hubieran sido pilladas en renuncio aunque sí recelado por la ortodoxia avizora  que alentaba la curia diocesana. 

            Cuando el cura fue capaz de acalugar y dominarse un poco, pidió a Emilia que le sirviera un dedito de orujo. Lo hizo con voz leve, transida de penumbra propia de beaterio. Y, luego, con el regusto ardiente bañándole el garguero entonó en voz baja, aunque no era la hora de las vísperas, el rezo del “magníficat” que era, sin duda alguna, y sin saber bien por qué, el himno que a él más le apasionaba y transportaba al limbo en que moran y se solazan  los que llamamos justos. Si bien, claro le estaba, que era San Lucas su apóstol más simpático, y la visita de la Santísima Virgen a su prima Isabel uno de sus pasajes de mayor acogida. Lo hizo para tomar firmeza en lo concerniente a la disciplina y al acatamiento que le imponía el voto, ya que su instinto le anunciaba que iba a necesitar el sosiego alentador del lazo que le amarraba a lo de la obediencia. 

            Después de darse un rato, volvió a resobar la carta. Lo hizo sobre el hule con el mapa de España que  vestía la camilla. La Emilia se quedó firme, en la penumbra, junto al vano que amparaba la puerta, con la botella rizada de anís de “La Asturiana” apoyada en el halda, y los brazos remangados envueltos al mandil, pues que andaba enjuagando la loza y venía pingando. Y allí, como un soldado metido en su garita, esperó impertérrita a ver qué sucedía.

            El cura se tomó el tiempo que le fue menester. A aquella hora, la luz impía del nacer de la tarde acuchillaba con su fulgor la barnizada jamba. Don Manuel simuló que no la estaba viendo. Y, cuando termino las preces y le dieron las ganas, leyó de nuevo la misiva sin pronunciar palabra. Lo hizo cuidando incluso que no se le escapara ningún respiro que pudiera alimentar más la confusa inquietud que, a todas luces, ya estaba ensombreciendo a su astuta ama. Ensombreciéndola y amolándola mucho más que aquel perenne hábito de orden franciscana, que ella traía puesto desde tiempos remotos, por mor de alguna ofrenda tan rara y tan antigua que ya no se acordaba.

            “Anda de ahí, mujer, y vete a hacer lo tuyo”, a lo que ella obedeció repleta en mala leche y rezongando abruptos, pero que no oyó nadie.

Por la tarde, de tarde, vinieron a visitarlo la Benita, la Crescencia y la tía Consola, con el pretexto de encargarle dos misas y dos triduos de ánimas. Pero él no soltó prenda ni hizo referencia a la civil epístola. Las anotó en el libro y cobró el estipendio. El señor Nicanor vino con su mujer después de haber cenado y se quedó al brasero pasmado como un santo que hubiera entrado en trance beatífico. El cura aguantó el mutismo con estoica firmeza, cual si se hubiera decretado un rato de silencio en memoria de alguien recién matado. Allí permaneció ¿a ver quién se achicaba? Así es que tampoco aquel hombre se atrevió a preguntarle por el correo infecto. Ni siquiera lo hizo cuando las dos mujeres se fueron a ver no sé qué labores o abalorios a la alcoba de arriba y los dejaron solos. Acto que ambas pactaron de repente con un guiñar de ojos, y que el cura cazó al vuelo como seña de mus emitida entre expertos. Y así terminó el día: las visitas vencidas batieron retirada, el cura se tomó el tazón con su leche, y la Emilia se tiro en su catre, sin ser capaz de conciliar el sueño, aun a pesar de que se enredó en evocar a los muertos para infundirse miedo y así entregarse al limbo de los justos. 

            Por la mañana, don Manuel fue a decir la misa de diario, y notó que la asistencia había sido plena, sin ausencias ni bajas, y eso aunque era el centro del invierno. Ellas vinieron embozadas en toquillas de lana. Ellos estuvieron con las gorras caladas aún dentro de la nave, cosa que él nunca creía oportuno. Muchos carraspearon y mostraron sus toses catarrientas y casi catacúmbicas. Pero vinieron todos como si se tratara de un convite de balde.

            Él comenzó el oficio dispuesto a contenerse, pero el ambiente denso se le coló en el pecho como un humo asfixiante. Por eso paró el rezo, empujó a un lado al Ramoncín, que era un mozo torpón que estaba de monago, y que ya, aunque no era el momento, lo andaba agobiándo con lo de las vinajas, y se encaró con ellos.

            “¡Ay, zorros! ¡Perillanes! ¡Malditos grajos negros! Habéis venido todos en bandada a ver si os canto algo. La lenguarona ésa os ha ido, rápida, con la infame camándula. Sabido es que la boca de la mujer no es para andar candada sino dispuesta al chisme y las habladurías, y la de ésta menos que la de nadie. Pues, bueno, os lo voy a decir. Sí, me ha llamado el obispo para que vaya a verlo de mañana en dos días. No sé lo que querrá. Pero, sea lo que fuere, no hay más remedio que acudir al reclamo del padre superior. Cuando llama la autoridad es igual que si tocan campanas a rebato; no hay excusa que valga o achaque que te exima. Y, ahora, estaros sosegados y cada uno a lo suyo, que no hay más tela que cortar ni agujero que andar zurciendo o remendando.”

            Y, acto seguido, les remató con aquello que él solía decir igual que un chascarrillo, y que, cada vez que cuadraba, repetía también cualquiera de aquel pueblo: “Y que Dios quiera que sea lo que Dios quiera. Amén, y para siempre”.

            Y sin dejar respiro, les endilgó un sermón sobre el destino y la santa obediencia, sobre los designios de Dios y la docilidad al Espíritu Santo, que a la mayoría le sonó a oído, a por a y p por p, lo menos cuatrocientas veces. Después llegó a los kiries, consagró y dio de comulgar y llegó a toda prisa al “podéis ir en paz”. Les dio la bendición y, recogiendo bártulos, se fue del presbiterio como urgido del vientre.

            Cuando salió de la sacristía, sopló las velas e hizo la genuflexión cumplida delante del Santísimo.

         La iglesia estaba ya vacía. Desde la bóveda caía una luz dorada y cenital propia de amanecer. “Hoy, os he cogido a todos a traición, por mezucones“, le dijo a la Emilia, que humillada en un reclinatorio fingía que rezaba inmersa en un cruce de luces y de sombras doradas y violáceas, mientras que lo esperaba para volver a casa. Ella no respondió, pues sabía que tenía razón, y para qué andar con embustes ni grescas. Bastante infortunio se presentía ya, para andar azuzando. Luego ella se adelantó un poco y, tras meter su mano en la pileta, le tendió sus dos dedos ya mojados. Él recogió a tientas aquel agua bendita. Luego, ambos, hicieron otra genuflexión y salieron callados. El pueblo revivía entre las luces limpias de aquella madrugada. 

         A las siete de la mañana del día señalado se subió don Manuel a “La Serrana”. El Serafín, que era el conductor, le saludó con gesto militar impostado. Pues desde que en su juventud había ido a la mili, y le tocara en Ifni, saludaba así a todos aquéllos a los que consideraba jefes, autoridades o gentes de saberes.

           Aún era casi noche, y el pueblo parecía dormido en su guarida. Pero el cura barruntaba que más de uno estaba errabundo cual miliciano en monte. Y es que, como no era mucho lo que tenía que hacerse en esa época del año, y como eran todos fieles al hábito de madrugar, seguro que no pocos se habrían tomado como distracción fiscalizar su marcha. Unos estarían apostados detrás de la ventana, otros desde la penumbra de algún que otro zaguán, portón o quicio oscuro. Por eso, antes de que el Serafín le cerrara la puerta, se dio la media vuelta y los bendijo a todos con un trazo sacramental pero de una amplitud cercana al gesto pontificio. Pareció que lo hacía al vacío, pero él sabía bien que no era así. Lo hizo con una mezcla de afecto y de reproche, cual si certificara: “A mí no me la dais. Sois unos fiscos y unos cucharones.” Y de inmediato notó que los quería con un cariño blando cercano al maternal. Y eso, aun a pesar de que el día entero se lo pasara él refunfuñando y llamándolos cafres, acémilas o cosas semejantes.

                Luego, apenas se sentó entre el resto del pasaje, que iba dormitando, empezó a sentir el seco desamparo de las marchas hirientes. Fue viendo amanecer mientras el coche reptaba cerro arriba, acoplándose a las curvas como una dama obesa se ciñe al hombre con el que está bailando un vals bien apretado. Cada tramo que le iba izando de aquel hoyo en el que se encontraba ubicado el pueblo de El Canchal, era como si le arrebataran un trozo de sotana, y el pudor lo fuera desnudando con saña y sin recato. Aquel lugar era mucho más que su casa; aquellas gentes su única familia. Había llegado a tal situación de confraternidad que, ausentarse del pueblo, aún para hacer compras o acompañar a alguien a una consulta médica, a un velatorio o a algún despacho de pleitos (únicas razones que últimamente lo llevaban hasta la mentada ciudad), le suponía un desarreglo en el estómago y un esfuerzo añadido, que sólo era capaz de superar desde la mortificación y el sumo sacrificio. Aquél era su sitio; en ningún otro se le había extraviado nada para ir a buscarlo. Allí había llegado apenas cantar misa, y aquél era su mundo.








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