EL FLUIDO INFINITO
***
En los siguientes días, el viejo cura dejó de
atender la confesión de las religiosas y la misa que, a diario decía para
ellas. Buscó un sustituto, y obtuvo un permiso, pretextando que sufría unos
ciertos mareos, por lo que prefería oficiar para él solo, y a una hora que no
estorbara a nadie. Así fue como Manuel se recluyó en sí mismo un poco más.
Necesitaba la liberación de no ser observado, de no ser ministro para nadie.
Necesitaba exonerarse de la opresión de la feligresía.
Cuando el
último de los grandes bloques de piedra estuvo acomodado sobre los enormes
maderos enlazados, los esporteadores esparcieron el polvo de limo seco de
cientos de capazos a lo largo de toda la rampa descendente que llegaba hasta el
río. La labor les llevó desde el amanecer hasta cumplida ya la hora que
llamamos de Ra. Después con sus odres de piel de gacela cruzados a la espalda
fueron humedeciendo con profusión el barro, y con sus pies desnudos lo amasaron
durante largo rato hasta conseguir un légamo muy resbaladizo. Lo hicieron
asidos unos a los otros y al son de un hermoso canto, infantil y monótono, que
llenaba el espacio de una suave armonía, capaz de disipar todo atisbo de rudeza
y fatiga. Más tarde, al soltar los anclajes, la gran plataforma cubierta y
amarrada, semejante a un enorme cetáceo adormecido, comenzó a descender tramo a
tramo, según se iban retirando de su paso las trabas y las calzas de madera que
impedían una bajada brusca por la enorme pendiente. El lecho de toda la traza
de descenso brillaba en el atardecer como si hubiera sido barnizado de un oro
líquido, primitivo, terroso y refulgente, en el que los pies de los obreros
luchaban para no resbalarse. Con elegante majestuosidad fue deslizándose la
valiosa carga, guiada y reconducida cada vez que se les escoraba. Un enorme
esfuerzo tensaba las gargantas. Al final, la onerosa mercancía llegó hasta el
río y se sumergió en él con un estruendo tal que a mí me pareció que nunca más
emergería. Un instante después toda la masa flotaba sobre el Nilo dispuesta a
comenzar su dilatado viaje. Entre las piedras cortadas a medida, iba, en un
lugar seguro, a salvo de golpes y de riesgos, y cubierta por un manto especial
de pieles para que nadie la leyera aún, la estela tallada con El Decreto de
Horus Horemheb, que sería colocada en el X
pílono del más importante santuario del mundo, dedicado al inefable Amón.
Es éste el pílono que mira hacia el templo de Mut, la esposa del gran dios.
Desde ese mismo lugar arranca el dromos sagrado. Y desde allí, a lo lejos, se
puede ver ya el templo de Ipet-Resit, o Harén Meridional de Amón, donde
descansa la embarcación del dios durante la fiesta suntuosa de Opet.
También dejó don Manuel de confesar durante la misa
de los seminaristas, y pidió que lo sustituyeran en la portería, lo que hizo
sonar la voz de alarma e instar al obispo a que se interesara por la salud del
clérigo. Por eso lo llamó.
El invierno iba ya vencido y el palacio episcopal comenzaba a recobrar
una apariencia más liviana y afable. No obstante, a él, le pareció el mismo
panteón extemporal de siempre. La misma luz de azufre, las mismas telas con su
olor revenido, la misma rigidez remilgada y caduca; la misma hipocresía y
teatralidad de siempre.
Por
todo eso le mintió. Mintió y se fue tan campante. A él le iban a coger de nuevo
en un renuncio como a un imberbe párvulo. Lo que a él le pasara era asunto
suyo, inconfesable e íntimo, y a nadie dejaría, a estas alturas, que metiera la
cuchara en su humilde plato.
Así es que, aguantó el tipo y dio
largas cambiadas como hacen los taurinos para escurrir el bulto. Y, cuando se
despidió, dejó al incauto obispo seguro de que aquello no eran más que rarezas
de un viejo hastiado y en crisis de ochentón. Nada a tener en cuenta.
Por
eso don Manuel, cuando pasó la puerta y se encontró en la calle, a modo de
remate, musitó entre dientes: “Jódete, mamarracho, que te he engañado como a un
tonto de baba”.
Aquella
noche leyó más tranquilo que nunca, pues que se encontró aliviado de toda
responsabilidad y eso lo confortaba y hacía sentir libre.
Pero todo lo
que rodeó al proceso de grabación del texto del cardinal decreto fue algo que
tampoco olvidaré, y que creo que debo referir para el tiempo futuro.
Tras la noche en que Uedje me habló
para anunciarme que la piedra oportuna para mi trabajo estaba a punto de
surgir, los acontecimientos que viví estuvieron cargados de una fuerza
especial. Aquella noche mi maestro condujo a mis ojos hasta ese Nilo celestial;
esa ruta de estrellas que a todos nos parece un camino trazado por un rocío
transparente de leche que refulge. En él y en su belleza insondable cargada de
misterio, mis ojos recalaron y mi mente experimentó por vez primera algo que
puedo expresar difícilmente con mis propias palabras. Sin duda alguna, allí
residían los misterios de la vida y la muerte, de los orígenes y del devenir, y
todas sus abismales incógnitas. Y pensé que sólo mirando hacia allí, y
descubriendo su oculto y lejanísimo enigma, el hombre podría acercarse e intuir
la realidad de dioses y de orígenes, de miedos y de anhelos, de vacío y futuro.
No sé si me dormí aquella noche.
Sólo recuerdo que al amanecer Uedje me acercó un cuenco de arcilla torneada con
agua que había estado la noche entera recibiendo el relente. Aquel frescor
cristalino y profundo lavó mi cara y me trajo nuevamente a la vida. Cuando,
tras comer un trozo de torta amasada con cebada molida y pasas maceradas, nos
dirigimos nuevamente a la cantera, mi cuerpo creía flotar sobre mis piernas, y
mis pies parecían no transitar el suelo ni marcarlo. Sin embargo, no estuve
cansado durante la jornada. Como un día más, me dediqué a diferentes cosas, en
la seguridad de que los pronósticos del jefe de canteros se cumplirían con
meridiano acierto, pero a su justo tiempo.
Una semana tardó en tocar sobre mi
hombro la mano de aquel flaco muchacho de quien se servía Uedje para llevar, a
uno u otro extremo de la mina, sus reclamos y avisos. “Dice el maestro que
vengas enseguida”. Dejé aquello que me estaba ocupando y me puse a correr. El
muchacho me seguía dando saltos y tropiezos por entre la maraña de hombres,
bloques, herramientas y polvo suspendido que el trajín levantaba. Todo bajo un
sol que espesaba y acortezaba el aire y detenía el tiempo de un modo fúlgido y de
entresueño. Muchos trabajadores se quedaban mirándonos, y algunos se intrigaron
al ver aquella precipitación y aquellos aspavientos, puesto que no comprendían
cuál era el asunto que así nos reclamaba.
Cuando llegué, vi a Uedje metido en
el fondo de un pozo rectangular, de enormes escalones desiguales, y de bastante
hondura. “Baja hasta aquí”, me dijo sin mirarme siquiera; cual si hubiera
adivinado mi presencia por el sonido que el jadeo ansioso de mi aliento debía
arrojar hasta la honda fosa. Descendí por las largas e inseguras escalas hechas
a base de varales torcidos, que iban comunicando los diferentes tramos, y que
se estremecían, quejumbrosas, apoyadas únicamente en los bordes desiguales del
rígido cubículo. Aunque el angosto espacio estaba abierto al cielo, el frescor
del lugar me recordaba el de los pozos húmedos o el de los vientres lóbregos de
las tumbas recubiertas de piedra. Agazapado al suelo, el maestro, pasaba
lentamente, una y otra vez, su mano oscura y sarmentosa por la cara áspera de
la descarnadura. De pronto, me acordé de Merit. Aquel hombre también sabía
acariciar, y yo jamás lo hubiera sospechado. Cogió mi mano e hizo que la yema
de mis dedos percibiera el tacto vidriado de la piedra. Creo haberme
estremecido entonces. Tras el grano rezumante y casi hiriente de la roca recién
desencajada se percibía una oculta suavidad casi de piel humana. En un golpe
instintivo, traté de retirar mi mano como se retira, de manera espontánea, del
cuerpo frío de un reptil o del contacto con un pálpito extraño. Pero la firme
sujeción de él me lo impidió, haciéndome volver a la caricia. Un instante
después, estaba descubriendo que también la entraña del granito escondía algo
impreciso y viviente, semejante a un hálito remoto, a un respiro profundamente
humano.
Desde aquel momento la inquietud me
ocupó. Efectivamente, aquélla era la piedra más idónea. De inmediato, se
comenzó el proceso de corte. Uedje quiso que yo fuera quien dirigiera aquella
delicada labor que consistía en separar una enorme laja de la gran masa madre.
“Ahora ya sabes cuál es tu lugar entre nosotros”. Me enseñó a elegir los
cinceles de cobre, los mazos, y todas las cuñas de madera que debían usarse en
el minucioso proceso. Era una labor basada en el tacto. Las yemas de los dedos
tomaban todo el protagonismo. El filo de los útiles de cobre, la piel de la
madera en las alzaprimas, el grosor o el rebaje de las calzas, el encallamiento
en los mangos de las clavas; todo era minuciosamente acariciado y revisado para
su selección. Aquel momento era un acto religioso. También probaba Uedje sobre
sus labios la hoja de los cortafríos, e incluso pasaba cautelosamente su lengua
sobre ellos. “En la boca está la mayor sensibilidad. Los dioses nos la pusieron
ahí porque la boca es la puerta del hombre y de su vida. Todo lo que se quiere
conocer profundamente y se desea amar se prueba con los labios”, me aseguró. Y
yo callé y pensé en lo que me decía, mientras recordaba con añoranza la boca
húmeda y rosada de la cantora Merit.
Los labios. También estaba él de acuerdo. Labios
para hablar, para probar, para apretar, para sentir; para callar también. Labios para comer, para
soplar, para silbar, para chupar, para cantar; para reír también. Labios para
gritar, para pedir, para implorar, para fruncir, para chascar, para morder,
para quejar. Labios para besar. La historia de una vida podía leerse en el mapa
que rodeaba unos labios ancianos. Sus arrugas, su rictus, su color, su humedad,
la forma de acariciar las cansadas palabras, la manera de mecer los silencios clamados.
Allí abajo,
en la médula grandiosa de la roca, aprendí cómo había que ir desbrozando el
contorno, y, luego, horadando los surcos en los que más tarde se alojarían las
precisas botanas. Pensé que en cualquier momento la piedra pudiera cerrarse sobre
mí y dejarme atrapado en medio de su entraña. Era una sensación de miedo que me
dejaba desvalido y entregado a la sima, como un navío se entrega a la vorágine
cuando el mar se huracana y encrespa. También, con su consejo, seleccioné a los
hombres que harían el trabajo codo a codo conmigo. Se necesitaba a aquéllos que
fueran capaces de hacerlo con precisión y tacto, sin violencia ni prisa. “A la
roca hay que convencerla, mimarla y seducirla. Sólo así puede permitirte que
una parte de ella sea desgajada a tu antojo. Ella es muy temerosa. Únicamente
si sabe que su destino está en manos de alguien digno y capaz, se nos
entregará. De lo contrario, preferirá inmolarse”. Efectivamente, aquel hombre
trataba a la materia como a un ser humano.
Escogí a los hombres mirándoles a
los ojos, buscando en su mirada aquel matiz o brillo que podía ser resumen de
una vida, de un modo de ser, de una
actitud de amar. Miré también sus manos y contemplé sus dedos. Había tanto
escrito allí... “Todo lo que un hombre hace lo conocen sus manos. Por eso es
importante observar las manos de la gente, para saber si debes o no debes
fiarte de sus dueños”, me aseguró Uedje . Y yo volví a quedarme nuevamente
pensativo y turbado, pero a la vez dichoso de estar ante tanta sabiduría
sencilla y sin ambages. ¿Quién había enseñado todo aquello a Uedje? De cualquier modo, di gracias a los
dioses.
Día a día, fui viendo cómo, de la
gran mole, se iba acotando aquel pedazo que más tarde daría albergue a mis
trazos y signos. Lo vi nacer, gestarse previamente como si fuera un niño, tomar
su propio cuerpo y, al final, desprenderse autónomo y con brío, como alguien
que irrumpiera en la vida dispuesto a proclamar su esencia y su carácter. “Esta
noche será”, me anunció el maestro. Solicité de él permiso para quedarme en la
cantera. “Debes hacerlo”, me respondió. Pasé la noche en vela. Tendido en una
estera mirando al gran cielo. Allá, al amanecer, un chasquido me anunció el
momento del parto. Aquella hermosa laja nacía igual que nace un ser viviente y
se entrega a la vida: clamando asustada
ante el hecho de su desprendimiento. Desde entonces cambió mi relación con la
tierra y las rocas, pero también con los seres humanos y hasta conmigo mismo.
Sin embargo el proceso había sido
tan simple y tan sencillo. Cuando las estacas estuvieron clavadas en su
entorno, fueron mojadas para que se hincharan. Aún hoy debo reconocer que
siempre me parece un hecho prodigioso y casi incomprensible ése que hace que la
madera, sabiamente apuntada e hinchada por el agua, sea capaz de tronchar el
duro pedernal. Así pues, aquella mañana, cuando el resto de los trabajadores
fueron hasta el venero, el portento ya había sucedido entre el recato y el
sigilo silencioso de la noche y mi emocionada presencia. Izamos la gran laja
mediante una polea instalada al efecto en un trípode enorme. Vi ascender la
plancha, aún un tanto desigual en su grosor y sin escuadras ni perfiles
pulidos, pero ya exhibiendo toda la autoridad que presentan desde su origen las
piezas que van a ser hermosas. “Ahí está. Ahora todo dependerá de ti”, me dijo
Uedje en una frase honda pronunciada al vacío, que proclamaba una sincera
felicitación, pero que me emplazaba a la vez en un reto.
A partir de aquel día fui instalado
en una choza distinta a la suya. Según mi prócer, era preciso que hiciera
frente al trance en medio del más nudo y áspero abandono. En aquel menester él
no podía ni quería influir: “Lo mío son las piedras. El universo de los trazos
es cosa del escriba”. En la nueva y reducida estancia que se me asignó
únicamente estuvimos la enorme piedra, una estera, mis pliegos de papiro, mis
selectos útiles de escriba y yo. El maestro pidió a un muchacho de la aldea que
me llevara cada día un único cuenco de alimentos y un cántaro de agua renovada.
Fueron días terribles en soledad total, en los que creo haber estado al borde
de la muerte. El texto que debía trazar estaba grabado en mi memoria signo a
signo, y sin embargo... El Decreto de Horus Horemheb había sido aprendido por
mi corazón sin que dudara ni en su mensaje ni en su detalle más insignificante.
Pero el hecho de enfrentarme por primera vez a un proceso auténtico de creación
me sobrecogía el ánimo y me paralizaba la mano con la tenaza férrea de las
dudas y la debilidad. Viví en la agonía, extraviado como si deambulara de nuevo
por las recordadas marismas de El Fayum preguntándome una vez más quién era yo
y a dónde debían dirigirse mis pasos vacilantes. Trataba de iniciar el primer
signo y mi pulso temblaba como si aquella hoja de papiro fuera la piel de Merit
y mis dedos se aproximaran a ella con la burda impericia de la primera vez.
Recuerdo haber llorado de impotencia arrastrando mi frente por los muros de
adobe entre la oscuridad que trae el desconcierto. Recuerdo haber estado al
borde del grito desabrido que proclama como insoslayable la llegada de una
muerte onerosa, y todo ello por el auto‑desprecio o por el asedio hambriento de
la propia locura. Estuve a punto de huir hacia el desierto, de dejarme
desfallecer de inanición, de salir de mi morada y anunciar, hundido y
humillado, que no era capaz de acometer aquella gran empresa. Maldije una y mil
veces la oculta vanidad que, soterradamente, había llevado a mi espíritu a
querer destacarse por encima de los que me rodeaban, a pretender creer que era
un escriba elegido, un hombre preeminente capaz de labrar para la eternidad la
verdad de los tiempos y los dioses sobre muros y libros, que servirían de guía
a mis congéneres y a la ingente humanidad que estaba por venir.
Así se había sentido él los días previos a su
ordenación. Inmerso en la gran duda, dispuesto a la locura y a punto de la
huída. Pero, quizás, había optado por el recurso de la cobardía. La cobardía,
esa mala compañera que amaña y tonifica, que aplaca y que seduce, que aporta
argumentos y camufla simas y precipicios. Que siempre está aliada con la
tolerancia que patrocina el miedo, la concordia que dicta el agasajo, o la paz
que genera el beneficio propio. “Tarde o temprano el miedo consentido se nos echa a la cara y nos escupe su indigna
tolerancia”, se dijo él, y siguió en su lectura.
Tanta fue
aquella angustia que permanecí varios días postrado sin llegar siquiera a
distinguir la luz de las tinieblas. Tampoco mi cuerpo era capaz de separarse de
aquel suelo sobre el que reptaba como ínfimo gusano buscando una salida.
Un día, cuando todo mi ser parecía
haberse arrastrado ya por el mundo subterráneo de los muertos y mi ánimo estaba
a punto de sucumbir vacío de cualquier brizna de esperanza, vino hasta mi
guarida el viejo Uedje. Entró en la estancia que constituía mi cubil y se quedó
parado ante mí, como si realmente se encontrara ante un ser de otro mundo,
abyecto y despreciable, cómplice de los torvos ujedus. Yo, a mi vez, desde mi postración, miré hacia él tratando
de esbozar una súplica ridícula, cargada de una
autocompasión, a todas luces repudiable e infecta. Iba a balbucir. Pero
su clara voz me segó con violencia de tajo, impidiéndome el vergonzoso trance
de alzar la rogativa. Y con un movimiento de rudeza que me pareció impropio a
su talante, arrancó de un solo tirón la estera que cubría la única ventana de
la sala, y desencajó de una patada el cañizo trenzado que cegaba la puerta.
“Huele mal y no hay luz. ¿Acaso te has negado a oír el rumor de la gente y el
vuelo de las aves; el discurrir del río por las noches, y el silbido del viento
mientras construye y destruye con sus manos de arena las efímeras dunas? Huele
mal y no miras al sol ni contemplas el pasar de las nubes, el mutar de la luna
o el punteo de refulgente hedj que
alienta en las estrellas. Si no abres tu vida a los sentidos ¿cómo quieres
enseñarle tu entraña a los hombres?”
Sin decirme nada más, el viejo se
marchó. Por un instante mi desolación se hizo más profunda y mi ira me tensó en
un rictus de cólera y de rabia. Me puse de rodillas cara al suelo, intentando,
tal vez, que Sakhmet me fundiera en su cólera. Sobre la tierra negra, mi sombra
dibujaba mi silueta más negra todavía. Pero abrí las palmas de mis manos y las
pasé una y otra vez con paroxismo sobre la sucia serenidad de aquel suelo ajeno
a mi locura e indolente a mi desesperanza, que así me ignoraba con su altivez
de humilde. Tenía el deseo de destrozar mi tacto y herir mis dedos e
inutilizarlos para que nunca más pudieran comunicarme algo. Mientras, en mi
arrebato, las lágrimas caían entre los dos haces de surcos que mis uñas
crispadas hendían con fiereza en el humus, a uno y otro lado de mi grotesca
sombra. Cuando el cansancio secó mis ojos turbios de estupidez, me incorporé.
Entre mis uñas, la tierra negra me confería un aspecto de ferocidad selvática y
grotesca. Sentí entonces mi cuerpo como si alguien hubiera descargado sobre mí
con saña infinita su fusta o su cayado. Mis huesos doloridos dificultaban mi
paso y hacían torpes y groseros todos mis movimientos. Tal parecía como si
aquel cuerpo al que llamaba mío me hubiera sido totalmente impostado. Tomé el
cántaro y, alzándolo cuanto me fue posible, lo vacié sobre mi ofuscada cabeza.
El raudal del agua me golpeó, burlón e impasible, produciéndome una brusca,
destemplada y final convulsión. Rompí el cántaro sobre mi tozuda cabeza, y los
trozos cayeron a uno y otro lado, a mis pies, como si dibujaran una carcajada
infinita en la boca del orbe. Un instante después todo era silencio en mi
entorno. Un charco de agua mansa iba siendo embebido poco a poco en torno a mis
plantas y mi cuerpo empapado tiritaba de sorpresa y de frío, mientras un
diminuto hilo rojo surcaba mi mejilla y llegaba a mis labios. Miré en pos de
mí. Todo seguía igual. Pero al fin yo me había despertado de nuevo a la
cordura.
Tras el canto de su primera misa, todo se mitigó.
Hasta pareció que una paz serena y verdadera tapizaba su vida de cura
ilusionado. Las dudas se disiparon con el capricho con que se ausenta la
niebla, y dio la sensación de que jamás hubieran existido. Don Melitón y su
madre se fueron confortados. El cura satisfecho, su madre tan sólo silenciosa.
Pero en el fondo, a él le había sucedido lo que dicen que les sucede a los
matones o a los delincuentes; lo difícil es hasta que uno mismo es capaz de
aplicarse el oportuno epíteto. Después, calzado ya ese traje, por estrecho o
inadecuado que éste sea al sujeto, el cuerpo lo va haciendo suyo, y llega un
momento que hombre y atavío son un único ente. Así había sido para aquel nuevo
cura, párroco de El Canchal.
Me acerqué
al hueco que servía a modo de ventana. Del otro lado respiraba la vida. Las
orillas del Nilo resplandecían ajenas, y eran intensamente verdes. Verde como
siempre había sido para mi pueblo el color de la resurrección. En aquel momento
sentí que mi cuerpo se reconciliaba sereno con mi espíritu. De pronto había
comprendido, desde ese proceso elemental a través del que nos llegan las más
grandes verdades, que era en el encuentro con la humildad donde residía la
calma y la mejor disposición para acometer lo bello y lo grandioso. Aquella
estrecha abertura en el muro de adobe, dorado por la paja, y miserable,
comunicaba el “adentro” con el “afuera”, y era todo un símbolo y una
premonición. Entonces me acordé de mi adorada Merit. Su imagen se alojó en mi
mente con tanto realismo que casi puedo asegurar que percibí el sutil aroma de
su cuerpo floreciendo de nuevo. Luego su voz resonó, nítida, llegando a mis
oídos en un soplo: “Únicamente debes aprender a sentir. Y sentir es abrir y dejar
libres y diáfanos todos tus sentidos como si fueran ventanas por las que pueda
entrar la luz, el viento, los aromas, los sonidos; la vida. Sólo quien aprende
a sentir será capaz después de provocar sensaciones hermosas en los otros”. Era
verdad: vivir era sentir; sentir; únicamente eso. Nada más estaba en nuestras
manos.
Tracé el real decreto de Horus
Horemheb en pocos días. Lo hice con un dibujo firme plagado de imaginación y
táctil complacencia. Cuando estuvo ultimado, se lo mostré a Uedje. Leyó las hojas
de papiro demorándose con fruición en cada signo. Luego, su juicio fue escueto:
“La gran cantera madre se sentirá orgullosa: su hija será bella, y en ella
aprenderán los hombres acerca de la paz y la concordia humana”. Un instante
después, poniendo su mano en mi hombro, me dijo, mientras nos dirigíamos hacia
el exterior de la austera vivienda: “Ven conmigo, te mostraré al único cantero
que es capaz de copiar con precisión eso que tú has grabado con belleza y
sapiencia”. Cada vez que evoco aquel recuerdo creo sentir de nuevo el peso y el
calor de su mano presionando con suavidad mi hombro. Es ésta una misteriosa
sensación con la que la insondable naturaleza me ha premiado, dejándome, cual
un estigma cordial e irrepetible, el recuerdo físico de un hombre que fue mi
guía y mi lumbrera.
El
resto de mis días en la mina de Hat‑Nub fueron un deleite de pasión y armonía.
La gran piedra fue sacada de mi casa, cargada nuevamente sobre un trineo y
conducida a un lugar próximo al río. Era un lugar amable en el que el dios
Hapi, el de cuerpo de hombre y pechos de mujer, que regula las inundaciones de
Egipto, se había complacido en sus desbordamientos, dotándolo de una fertilidad
brillante y suntuosa. Allí, bajo un cobertizo trenzado de cañas, juncos y hojas
de palmera, se estableció mi nueva morada y la de Naú. Y él fue labrando, con
precisión y minuciosidad, cada uno de los emblemas que yo había creado. Y puedo
asegurar que el ojo udjat nos
contemplaba, pues que casi físicamente podía percibir su complacencia. De otro
modo, jamás hubiera sido posible tanta sintonía entre nosotros dos.
La juventud de mi compañero me causó
extrañeza. ¿Uedje elegía a un muchacho de apenas veinte años para hacer aquella
magna obra más propia de un cantero probado y veterano? Pero enseguida entendí
la razón por la que el viejo conocedor de piedras lo había hecho así. Pocas
veces he vuelvo a conocer a alguien en quien se combinaran tan excelentemente
sensibilidad, talento y espontánea armonía. Naú era un muchacho nacido en Buto,
la ciudad del delta occidental. Él me enseñó cómo la diosa Uto, la hermosa
cobra subida a una umbela de papiro, que reinaba en su ciudad natal, era la
firme protección septentrional de Kemit frente a aquellos enemigos que pudieran
acosarnos viniendo del Gran Verde. Sus
antepasados habían sido edomitas. Habían venido pues, hacía muchos años, desde
Idumea, aquella región de Asia, que estaba situada al sur de la vieja Judea. Y
era seguramente de sus labios de los que había escuchado aquellos magníficos
relatos, que su memoria había fijado con exótico hechizo, y su talento y su
prodigiosa imaginación habían decorado y avivado hasta convertirlos en
historias cargadas de incitante belleza. No sé si afirmaré que era más
emocionante verle trabajar con su cincel de esquisto o escucharlo mientras
narraba sus mágicas leyendas. Sí diré que, en las noches, cuando en medio de
nuestro silencio él tomaba la palabra, su voz se perdía entre los hilos bien
trenzados de crónicas y gentes, de lugares y hechos, de expresiones y acentos
que hacían viajar mi imaginación y desear que su voz no se callara nunca, y
nunca amaneciera.
Corría el mes de Payni y los días
comenzaban a ser cada vez más grandes y agradables. Estábamos en aquel lugar
solos durante toda la jornada, si bien las barcas no dejaban de pasar frente a
nosotros, trayendo y llevando cuantos útiles y mercancías pueda imaginar uno
que existen sobre el mundo. También las garzas rosadas y las cigüeñas negras
venían a visitarnos a diario y andaban entre nosotros buscando su sustento sin temor
ni recelo. Y su paso elegante y armonioso llenaba de suave majestad el tiempo
de su estancia. La talla de la enorme piedra iba como debía. Cada jornada, yo
hacía que algunos de aquellos signos, que había diseñado previamente en el
papiro, pasaran al granito y se fijaran en su faz, como si siempre hubieran
estado dibujados directamente en él. Un bastidor del mismo tamaño que la losa,
cruzado por hilos verticales y horizontales de lino, guiaba mi trabajo de
copia. Cada grafismo iba siendo acomodado en su exacta cuadrícula. Luego, Naú,
afilaba su cincel de esquisto y sacaba su maceta de la tina con agua en la que
había dormido durante toda la noche para que se hinchara su mango y no holgara.
Después tensaba la cuerda del arco de su berbiquí y comenzaba una especie de
cauto y sostenido picoteo, concienzudo y paciente. A partir de aquel momento el
tiempo ya no tenía curso para nosotros dos. Muy poco a poco, las pequeñas
esquirlas se iban desprendiendo de la losa. Primeramente era el polvillo que
emanaba de aquel insistente punzar, quien borraba totalmente el negro trazo que
yo había marcado con un celoso esmero. Aquel momento me producía siempre un
compás de pura desazón y de amarga derrota. El caos y el desorden parecían
imperar sobre la piedra, cual si todo el trabajo estuviera a punto de perderse
por siempre. Después se horadaban los surcos, se vaciaban espacios, surgían los
contornos sinuosos. Realmente todo parecía haberse extraviado definitivamente.
Un instante después comenzaban a tomar cuerpo las figuras labradas. Iban
brotando con semejante magia a la que obra la paciente espera sobre la
superficie de un río, previamente revuelto. Allí estaban nuevamente mis trazos.
Era como el retorno a la calma, cuando el agua se va lentamente haciendo
cristalina, y los objetos que duermen en su fondo muestran de nuevo su nítida
apariencia. Allí estaban tal y como yo los había creado. Incluso más hermosos,
pues que la bronquedad de su nuevo soporte les aportaba un punto de incitante
contraste.
Naú, para trabajar, se tendía casi
desnudo sobre la bronca piedra como se tumba un hombre sobre mujer amada, sin
permitir que su peso la aprisione o la hiera. Dirigía sus manos con las
herramientas hacia el punto elegido, y ya todos sus sentidos se fijaban allí
como si el mundo que le circundara se hubiera esfumado o no existiera nada.
Sudaba, se quitaba el polvo de la boca o los ojos, humedecía sus labios con su
lengua dándoles una pátina de inspiración brillante. A veces, respiraba inmerso
en un instante de duda o reflexión. Y volvía a dar rienda suelta a su paciencia
y a su ahínco, totalmente embebido con pasión en su lenta tarea. Un solo golpe
erróneo, una ínfima equivocación condenaría todo lo ya logrado y tiraría la
losa para siempre al desecho.
Cada nueva figura le suponía un
reto. La contemplación del vasto conjunto, tanto lo ya logrado como lo aún por
hacer, una honda y recóndita dicha. Su mundo parecía comenzar y terminar en
aquel universo de figuras y trazos. No sabía leer, y me pedía a mí que le
leyera una y otra vez lo que su cincel ya había escrito o iba a escribir en los
próximos días. Y a pesar de que estaba rigurosamente prohibido hacer tal cosa,
pues el decreto era totalmente confidencial hasta que estuviera formalmente
promulgado, yo se lo leí cuanto me lo pidió, pues que consideré que nadie era
tan dueño de aquel mensaje como quien, con tanto celo, lo estaba hiriendo en la
resistente piel de la rotunda piedra. Naú necesitaba saber lo que escribía. Era
así como él penetraba en mis bellos dibujos. Así como era capaz de transportar
a la roca la misma peculiaridad que yo había depositado en ellos. Creo que
entre nosotros se estableció un grado de afecto y compenetración difícil de
igualar.
Cuando el sol estaba ya a punto de
huir por el occidente, terminaba nuestra jornada de trabajo. Era entonces
cuando íbamos a bañarnos al río, entre los juncos y los cañaverales. Entre la
media luz, nuestros cuerpos dorados y brillantes gozaban del alborozo de un
agua que premiaba con la distensión todo un esfuerzo febril y apasionado,
suspendido y absorto. Nadábamos hasta que quedábamos totalmente exhaustos.
Solíamos cruzar de una a otra orilla compitiendo. Y cuando alcanzábamos la
arena, nos tumbábamos húmedos y agotados mirando a un cielo en el que iba
apareciendo, punto a punto, el ingente mapa de luz que puebla el firmamento.
Era entonces cuando yo solía contarle aquellas cosas elementales que conocía
sobre la astronomía.
Tras realizar la última comida,
arreglábamos nuestras cobijas, y avivábamos la hoguera que durante todo el día
había permanecido callada y casi extinta. Y cuando la oscuridad nos arropaba y
el rumor del río era nítido y suave, Naú tomaba la palabra y yo me sumía en el
más absoluto silencio ansioso de escucharle. Me disponía así a vivir una
hermosa aventura en la que, tal vez, en mi cuerpo entraba otro ser. Y es que
aquellos relatos conseguían inundar mi alma de grandeza infinita, y poblar de
maravillas mi ávida inventiva.
La nueva vida en la parroquia de El Canchal era
agradable. Pocos vecinos, sencillos y cordiales. Y la jerarquía lejos y
olvidada de ellos. Un reino de taifa a salvo de dogmas, normas y vigilancia.
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