sábado, 1 de marzo de 2014

El fluido infinito



EL FLUIDO INFINITO


***

En los siguientes días, el viejo cura dejó de atender la confesión de las religiosas y la misa que, a diario decía para ellas. Buscó un sustituto, y obtuvo un permiso, pretextando que sufría unos ciertos mareos, por lo que prefería oficiar para él solo, y a una hora que no estorbara a nadie. Así fue como Manuel se recluyó en sí mismo un poco más. Necesitaba la liberación de no ser observado, de no ser ministro para nadie. Necesitaba exonerarse de la opresión de la feligresía.     


Cuando el último de los grandes bloques de piedra estuvo acomodado sobre los enormes maderos enlazados, los esporteadores esparcieron el polvo de limo seco de cientos de capazos a lo largo de toda la rampa descendente que llegaba hasta el río. La labor les llevó desde el amanecer hasta cumplida ya la hora que llamamos de Ra. Después con sus odres de piel de gacela cruzados a la espalda fueron humedeciendo con profusión el barro, y con sus pies desnudos lo amasaron durante largo rato hasta conseguir un légamo muy resbaladizo. Lo hicieron asidos unos a los otros y al son de un hermoso canto, infantil y monótono, que llenaba el espacio de una suave armonía, capaz de disipar todo atisbo de rudeza y fatiga. Más tarde, al soltar los anclajes, la gran plataforma cubierta y amarrada, semejante a un enorme cetáceo adormecido, comenzó a descender tramo a tramo, según se iban retirando de su paso las trabas y las calzas de madera que impedían una bajada brusca por la enorme pendiente. El lecho de toda la traza de descenso brillaba en el atardecer como si hubiera sido barnizado de un oro líquido, primitivo, terroso y refulgente, en el que los pies de los obreros luchaban para no resbalarse. Con elegante majestuosidad fue deslizándose la valiosa carga, guiada y reconducida cada vez que se les escoraba. Un enorme esfuerzo tensaba las gargantas. Al final, la onerosa mercancía llegó hasta el río y se sumergió en él con un estruendo tal que a mí me pareció que nunca más emergería. Un instante después toda la masa flotaba sobre el Nilo dispuesta a comenzar su dilatado viaje. Entre las piedras cortadas a medida, iba, en un lugar seguro, a salvo de golpes y de riesgos, y cubierta por un manto especial de pieles para que nadie la leyera aún, la estela tallada con El Decreto de Horus Horemheb, que sería colocada en el X pílono del más importante santuario del mundo, dedicado al inefable Amón.
            Es éste el pílono que mira hacia el templo de Mut, la esposa del gran dios. Desde ese mismo lugar arranca el dromos sagrado. Y desde allí, a lo lejos, se puede ver ya el templo de Ipet-Resit, o Harén Meridional de Amón, donde descansa la embarcación del dios durante la fiesta suntuosa de Opet.

También dejó don Manuel de confesar durante la misa de los seminaristas, y pidió que lo sustituyeran en la portería, lo que hizo sonar la voz de alarma e instar al obispo a que se interesara por la salud del clérigo. Por eso lo llamó.
            El invierno iba ya vencido y el palacio episcopal comenzaba a recobrar una apariencia más liviana y afable. No obstante, a él, le pareció el mismo panteón extemporal de siempre. La misma luz de azufre, las mismas telas con su olor revenido, la misma rigidez remilgada y caduca; la misma hipocresía y teatralidad de siempre.

            Por todo eso le mintió. Mintió y se fue tan campante. A él le iban a coger de nuevo en un renuncio como a un imberbe párvulo. Lo que a él le pasara era asunto suyo, inconfesable e íntimo, y a nadie dejaría, a estas alturas, que metiera la cuchara en su humilde plato.
            Así es que, aguantó el tipo y dio largas cambiadas como hacen los taurinos para escurrir el bulto. Y, cuando se despidió, dejó al incauto obispo seguro de que aquello no eran más que rarezas de un viejo hastiado y en crisis de ochentón. Nada a tener en cuenta.   
            Por eso don Manuel, cuando pasó la puerta y se encontró en la calle, a modo de remate, musitó entre dientes: “Jódete, mamarracho, que te he engañado como a un tonto de baba”.  
            Aquella noche leyó más tranquilo que nunca, pues que se encontró aliviado de toda responsabilidad y eso lo confortaba y hacía sentir libre.


Pero todo lo que rodeó al proceso de grabación del texto del cardinal decreto fue algo que tampoco olvidaré, y que creo que debo referir para el tiempo futuro.
            Tras la noche en que Uedje me habló para anunciarme que la piedra oportuna para mi trabajo estaba a punto de surgir, los acontecimientos que viví estuvieron cargados de una fuerza especial. Aquella noche mi maestro condujo a mis ojos hasta ese Nilo celestial; esa ruta de estrellas que a todos nos parece un camino trazado por un rocío transparente de leche que refulge. En él y en su belleza insondable cargada de misterio, mis ojos recalaron y mi mente experimentó por vez primera algo que puedo expresar difícilmente con mis propias palabras. Sin duda alguna, allí residían los misterios de la vida y la muerte, de los orígenes y del devenir, y todas sus abismales incógnitas. Y pensé que sólo mirando hacia allí, y descubriendo su oculto y lejanísimo enigma, el hombre podría acercarse e intuir la realidad de dioses y de orígenes, de miedos y de anhelos, de vacío y futuro.
            No sé si me dormí aquella noche. Sólo recuerdo que al amanecer Uedje me acercó un cuenco de arcilla torneada con agua que había estado la noche entera recibiendo el relente. Aquel frescor cristalino y profundo lavó mi cara y me trajo nuevamente a la vida. Cuando, tras comer un trozo de torta amasada con cebada molida y pasas maceradas, nos dirigimos nuevamente a la cantera, mi cuerpo creía flotar sobre mis piernas, y mis pies parecían no transitar el suelo ni marcarlo. Sin embargo, no estuve cansado durante la jornada. Como un día más, me dediqué a diferentes cosas, en la seguridad de que los pronósticos del jefe de canteros se cumplirían con meridiano acierto, pero a su justo tiempo.
            Una semana tardó en tocar sobre mi hombro la mano de aquel flaco muchacho de quien se servía Uedje para llevar, a uno u otro extremo de la mina, sus reclamos y avisos. “Dice el maestro que vengas enseguida”. Dejé aquello que me estaba ocupando y me puse a correr. El muchacho me seguía dando saltos y tropiezos por entre la maraña de hombres, bloques, herramientas y polvo suspendido que el trajín levantaba. Todo bajo un sol que espesaba y acortezaba el aire y detenía el tiempo de un modo fúlgido y de entresueño. Muchos trabajadores se quedaban mirándonos, y algunos se intrigaron al ver aquella precipitación y aquellos aspavientos, puesto que no comprendían cuál era el asunto que así nos reclamaba.
            Cuando llegué, vi a Uedje metido en el fondo de un pozo rectangular, de enormes escalones desiguales, y de bastante hondura. “Baja hasta aquí”, me dijo sin mirarme siquiera; cual si hubiera adivinado mi presencia por el sonido que el jadeo ansioso de mi aliento debía arrojar hasta la honda fosa. Descendí por las largas e inseguras escalas hechas a base de varales torcidos, que iban comunicando los diferentes tramos, y que se estremecían, quejumbrosas, apoyadas únicamente en los bordes desiguales del rígido cubículo. Aunque el angosto espacio estaba abierto al cielo, el frescor del lugar me recordaba el de los pozos húmedos o el de los vientres lóbregos de las tumbas recubiertas de piedra. Agazapado al suelo, el maestro, pasaba lentamente, una y otra vez, su mano oscura y sarmentosa por la cara áspera de la descarnadura. De pronto, me acordé de Merit. Aquel hombre también sabía acariciar, y yo jamás lo hubiera sospechado. Cogió mi mano e hizo que la yema de mis dedos percibiera el tacto vidriado de la piedra. Creo haberme estremecido entonces. Tras el grano rezumante y casi hiriente de la roca recién desencajada se percibía una oculta suavidad casi de piel humana. En un golpe instintivo, traté de retirar mi mano como se retira, de manera espontánea, del cuerpo frío de un reptil o del contacto con un pálpito extraño. Pero la firme sujeción de él me lo impidió, haciéndome volver a la caricia. Un instante después, estaba descubriendo que también la entraña del granito escondía algo impreciso y viviente, semejante a un hálito remoto, a un respiro profundamente humano.
            Desde aquel momento la inquietud me ocupó. Efectivamente, aquélla era la piedra más idónea. De inmediato, se comenzó el proceso de corte. Uedje quiso que yo fuera quien dirigiera aquella delicada labor que consistía en separar una enorme laja de la gran masa madre. “Ahora ya sabes cuál es tu lugar entre nosotros”. Me enseñó a elegir los cinceles de cobre, los mazos, y todas las cuñas de madera que debían usarse en el minucioso proceso. Era una labor basada en el tacto. Las yemas de los dedos tomaban todo el protagonismo. El filo de los útiles de cobre, la piel de la madera en las alzaprimas, el grosor o el rebaje de las calzas, el encallamiento en los mangos de las clavas; todo era minuciosamente acariciado y revisado para su selección. Aquel momento era un acto religioso. También probaba Uedje sobre sus labios la hoja de los cortafríos, e incluso pasaba cautelosamente su lengua sobre ellos. “En la boca está la mayor sensibilidad. Los dioses nos la pusieron ahí porque la boca es la puerta del hombre y de su vida. Todo lo que se quiere conocer profundamente y se desea amar se prueba con los labios”, me aseguró. Y yo callé y pensé en lo que me decía, mientras recordaba con añoranza la boca húmeda y rosada de la cantora Merit.

Los labios. También estaba él de acuerdo. Labios para hablar, para probar, para apretar, para sentir;  para callar también. Labios para comer, para soplar, para silbar, para chupar, para cantar; para reír también. Labios para gritar, para pedir, para implorar, para fruncir, para chascar, para morder, para quejar. Labios para besar. La historia de una vida podía leerse en el mapa que rodeaba unos labios ancianos. Sus arrugas, su rictus, su color, su humedad, la forma de acariciar las cansadas palabras, la manera de mecer los silencios clamados.


Allí abajo, en la médula grandiosa de la roca, aprendí cómo había que ir desbrozando el contorno, y, luego, horadando los surcos en los que más tarde se alojarían las precisas botanas. Pensé que en cualquier momento la piedra pudiera cerrarse sobre mí y dejarme atrapado en medio de su entraña. Era una sensación de miedo que me dejaba desvalido y entregado a la sima, como un navío se entrega a la vorágine cuando el mar se huracana y encrespa. También, con su consejo, seleccioné a los hombres que harían el trabajo codo a codo conmigo. Se necesitaba a aquéllos que fueran capaces de hacerlo con precisión y tacto, sin violencia ni prisa. “A la roca hay que convencerla, mimarla y seducirla. Sólo así puede permitirte que una parte de ella sea desgajada a tu antojo. Ella es muy temerosa. Únicamente si sabe que su destino está en manos de alguien digno y capaz, se nos entregará. De lo contrario, preferirá inmolarse”. Efectivamente, aquel hombre trataba a la materia como a un ser humano.
            Escogí a los hombres mirándoles a los ojos, buscando en su mirada aquel matiz o brillo que podía ser resumen de una vida, de un  modo de ser, de una actitud de amar. Miré también sus manos y contemplé sus dedos. Había tanto escrito allí... “Todo lo que un hombre hace lo conocen sus manos. Por eso es importante observar las manos de la gente, para saber si debes o no debes fiarte de sus dueños”, me aseguró Uedje . Y yo volví a quedarme nuevamente pensativo y turbado, pero a la vez dichoso de estar ante tanta sabiduría sencilla y sin ambages. ¿Quién había enseñado todo aquello a  Uedje? De cualquier modo, di gracias a los dioses. 
            Día a día, fui viendo cómo, de la gran mole, se iba acotando aquel pedazo que más tarde daría albergue a mis trazos y signos. Lo vi nacer, gestarse previamente como si fuera un niño, tomar su propio cuerpo y, al final, desprenderse autónomo y con brío, como alguien que irrumpiera en la vida dispuesto a proclamar su esencia y su carácter. “Esta noche será”, me anunció el maestro. Solicité de él permiso para quedarme en la cantera. “Debes hacerlo”, me respondió. Pasé la noche en vela. Tendido en una estera mirando al gran cielo. Allá, al amanecer, un chasquido me anunció el momento del parto. Aquella hermosa laja nacía igual que nace un ser viviente y se entrega  a la vida: clamando asustada ante el hecho de su desprendimiento. Desde entonces cambió mi relación con la tierra y las rocas, pero también con los seres humanos y hasta conmigo mismo.
            Sin embargo el proceso había sido tan simple y tan sencillo. Cuando las estacas estuvieron clavadas en su entorno, fueron mojadas para que se hincharan. Aún hoy debo reconocer que siempre me parece un hecho prodigioso y casi incomprensible ése que hace que la madera, sabiamente apuntada e hinchada por el agua, sea capaz de tronchar el duro pedernal. Así pues, aquella mañana, cuando el resto de los trabajadores fueron hasta el venero, el portento ya había sucedido entre el recato y el sigilo silencioso de la noche y mi emocionada presencia. Izamos la gran laja mediante una polea instalada al efecto en un trípode enorme. Vi ascender la plancha, aún un tanto desigual en su grosor y sin escuadras ni perfiles pulidos, pero ya exhibiendo toda la autoridad que presentan desde su origen las piezas que van a ser hermosas. “Ahí está. Ahora todo dependerá de ti”, me dijo Uedje en una frase honda pronunciada al vacío, que proclamaba una sincera felicitación, pero que me emplazaba a la vez en un reto.
            A partir de aquel día fui instalado en una choza distinta a la suya. Según mi prócer, era preciso que hiciera frente al trance en medio del más nudo y áspero abandono. En aquel menester él no podía ni quería influir: “Lo mío son las piedras. El universo de los trazos es cosa del escriba”. En la nueva y reducida estancia que se me asignó únicamente estuvimos la enorme piedra, una estera, mis pliegos de papiro, mis selectos útiles de escriba y yo. El maestro pidió a un muchacho de la aldea que me llevara cada día un único cuenco de alimentos y un cántaro de agua renovada. Fueron días terribles en soledad total, en los que creo haber estado al borde de la muerte. El texto que debía trazar estaba grabado en mi memoria signo a signo, y sin embargo... El Decreto de Horus Horemheb había sido aprendido por mi corazón sin que dudara ni en su mensaje ni en su detalle más insignificante. Pero el hecho de enfrentarme por primera vez a un proceso auténtico de creación me sobrecogía el ánimo y me paralizaba la mano con la tenaza férrea de las dudas y la debilidad. Viví en la agonía, extraviado como si deambulara de nuevo por las recordadas marismas de El Fayum preguntándome una vez más quién era yo y a dónde debían dirigirse mis pasos vacilantes. Trataba de iniciar el primer signo y mi pulso temblaba como si aquella hoja de papiro fuera la piel de Merit y mis dedos se aproximaran a ella con la burda impericia de la primera vez. Recuerdo haber llorado de impotencia arrastrando mi frente por los muros de adobe entre la oscuridad que trae el desconcierto. Recuerdo haber estado al borde del grito desabrido que proclama como insoslayable la llegada de una muerte onerosa, y todo ello por el auto‑desprecio o por el asedio hambriento de la propia locura. Estuve a punto de huir hacia el desierto, de dejarme desfallecer de inanición, de salir de mi morada y anunciar, hundido y humillado, que no era capaz de acometer aquella gran empresa. Maldije una y mil veces la oculta vanidad que, soterradamente, había llevado a mi espíritu a querer destacarse por encima de los que me rodeaban, a pretender creer que era un escriba elegido, un hombre preeminente capaz de labrar para la eternidad la verdad de los tiempos y los dioses sobre muros y libros, que servirían de guía a mis congéneres y a la ingente humanidad que estaba por venir.

Así se había sentido él los días previos a su ordenación. Inmerso en la gran duda, dispuesto a la locura y a punto de la huída. Pero, quizás, había optado por el recurso de la cobardía. La cobardía, esa mala compañera que amaña y tonifica, que aplaca y que seduce, que aporta argumentos y camufla simas y precipicios. Que siempre está aliada con la tolerancia que patrocina el miedo, la concordia que dicta el agasajo, o la paz que genera el beneficio propio. “Tarde o temprano el miedo consentido se nos echa a la cara y nos escupe su indigna tolerancia”, se dijo él, y siguió en su lectura.   


Tanta fue aquella angustia que permanecí varios días postrado sin llegar siquiera a distinguir la luz de las tinieblas. Tampoco mi cuerpo era capaz de separarse de aquel suelo sobre el que reptaba como ínfimo gusano buscando una salida.
            Un día, cuando todo mi ser parecía haberse arrastrado ya por el mundo subterráneo de los muertos y mi ánimo estaba a punto de sucumbir vacío de cualquier brizna de esperanza, vino hasta mi guarida el viejo Uedje. Entró en la estancia que constituía mi cubil y se quedó parado ante mí, como si realmente se encontrara ante un ser de otro mundo, abyecto y despreciable, cómplice de los torvos ujedus. Yo, a mi vez, desde mi postración, miré hacia él tratando de esbozar una súplica ridícula, cargada de una  autocompasión, a todas luces repudiable e infecta. Iba a balbucir. Pero su clara voz me segó con violencia de tajo, impidiéndome el vergonzoso trance de alzar la rogativa. Y con un movimiento de rudeza que me pareció impropio a su talante, arrancó de un solo tirón la estera que cubría la única ventana de la sala, y desencajó de una patada el cañizo trenzado que cegaba la puerta. “Huele mal y no hay luz. ¿Acaso te has negado a oír el rumor de la gente y el vuelo de las aves; el discurrir del río por las noches, y el silbido del viento mientras construye y destruye con sus manos de arena las efímeras dunas? Huele mal y no miras al sol ni contemplas el pasar de las nubes, el mutar de la luna o el punteo de refulgente hedj que alienta en las estrellas. Si no abres tu vida a los sentidos ¿cómo quieres enseñarle tu entraña a los hombres?”
            Sin decirme nada más, el viejo se marchó. Por un instante mi desolación se hizo más profunda y mi ira me tensó en un rictus de cólera y de rabia. Me puse de rodillas cara al suelo, intentando, tal vez, que Sakhmet me fundiera en su cólera. Sobre la tierra negra, mi sombra dibujaba mi silueta más negra todavía. Pero abrí las palmas de mis manos y las pasé una y otra vez con paroxismo sobre la sucia serenidad de aquel suelo ajeno a mi locura e indolente a mi desesperanza, que así me ignoraba con su altivez de humilde. Tenía el deseo de destrozar mi tacto y herir mis dedos e inutilizarlos para que nunca más pudieran comunicarme algo. Mientras, en mi arrebato, las lágrimas caían entre los dos haces de surcos que mis uñas crispadas hendían con fiereza en el humus, a uno y otro lado de mi grotesca sombra. Cuando el cansancio secó mis ojos turbios de estupidez, me incorporé. Entre mis uñas, la tierra negra me confería un aspecto de ferocidad selvática y grotesca. Sentí entonces mi cuerpo como si alguien hubiera descargado sobre mí con saña infinita su fusta o su cayado. Mis huesos doloridos dificultaban mi paso y hacían torpes y groseros todos mis movimientos. Tal parecía como si aquel cuerpo al que llamaba mío me hubiera sido totalmente impostado. Tomé el cántaro y, alzándolo cuanto me fue posible, lo vacié sobre mi ofuscada cabeza. El raudal del agua me golpeó, burlón e impasible, produciéndome una brusca, destemplada y final convulsión. Rompí el cántaro sobre mi tozuda cabeza, y los trozos cayeron a uno y otro lado, a mis pies, como si dibujaran una carcajada infinita en la boca del orbe. Un instante después todo era silencio en mi entorno. Un charco de agua mansa iba siendo embebido poco a poco en torno a mis plantas y mi cuerpo empapado tiritaba de sorpresa y de frío, mientras un diminuto hilo rojo surcaba mi mejilla y llegaba a mis labios. Miré en pos de mí. Todo seguía igual. Pero al fin yo me había despertado de nuevo a la cordura.

Tras el canto de su primera misa, todo se mitigó. Hasta pareció que una paz serena y verdadera tapizaba su vida de cura ilusionado. Las dudas se disiparon con el capricho con que se ausenta la niebla, y dio la sensación de que jamás hubieran existido. Don Melitón y su madre se fueron confortados. El cura satisfecho, su madre tan sólo silenciosa. Pero en el fondo, a él le había sucedido lo que dicen que les sucede a los matones o a los delincuentes; lo difícil es hasta que uno mismo es capaz de aplicarse el oportuno epíteto. Después, calzado ya ese traje, por estrecho o inadecuado que éste sea al sujeto, el cuerpo lo va haciendo suyo, y llega un momento que hombre y atavío son un único ente. Así había sido para aquel nuevo cura, párroco de El Canchal. 


Me acerqué al hueco que servía a modo de ventana. Del otro lado respiraba la vida. Las orillas del Nilo resplandecían ajenas, y eran intensamente verdes. Verde como siempre había sido para mi pueblo el color de la resurrección. En aquel momento sentí que mi cuerpo se reconciliaba sereno con mi espíritu. De pronto había comprendido, desde ese proceso elemental a través del que nos llegan las más grandes verdades, que era en el encuentro con la humildad donde residía la calma y la mejor disposición para acometer lo bello y lo grandioso. Aquella estrecha abertura en el muro de adobe, dorado por la paja, y miserable, comunicaba el “adentro” con el “afuera”, y era todo un símbolo y una premonición. Entonces me acordé de mi adorada Merit. Su imagen se alojó en mi mente con tanto realismo que casi puedo asegurar que percibí el sutil aroma de su cuerpo floreciendo de nuevo. Luego su voz resonó, nítida, llegando a mis oídos en un soplo: “Únicamente debes aprender a sentir. Y sentir es abrir y dejar libres y diáfanos todos tus sentidos como si fueran ventanas por las que pueda entrar la luz, el viento, los aromas, los sonidos; la vida. Sólo quien aprende a sentir será capaz después de provocar sensaciones hermosas en los otros”. Era verdad: vivir era sentir; sentir; únicamente eso. Nada más estaba en nuestras manos.
            Tracé el real decreto de Horus Horemheb en pocos días. Lo hice con un dibujo firme plagado de imaginación y táctil complacencia. Cuando estuvo ultimado, se lo mostré a Uedje. Leyó las hojas de papiro demorándose con fruición en cada signo. Luego, su juicio fue escueto: “La gran cantera madre se sentirá orgullosa: su hija será bella, y en ella aprenderán los hombres acerca de la paz y la concordia humana”. Un instante después, poniendo su mano en mi hombro, me dijo, mientras nos dirigíamos hacia el exterior de la austera vivienda: “Ven conmigo, te mostraré al único cantero que es capaz de copiar con precisión eso que tú has grabado con belleza y sapiencia”. Cada vez que evoco aquel recuerdo creo sentir de nuevo el peso y el calor de su mano presionando con suavidad mi hombro. Es ésta una misteriosa sensación con la que la insondable naturaleza me ha premiado, dejándome, cual un estigma cordial e irrepetible, el recuerdo físico de un hombre que fue mi guía y mi lumbrera.
            El resto de mis días en la mina de Hat‑Nub fueron un deleite de pasión y armonía. La gran piedra fue sacada de mi casa, cargada nuevamente sobre un trineo y conducida a un lugar próximo al río. Era un lugar amable en el que el dios Hapi, el de cuerpo de hombre y pechos de mujer, que regula las inundaciones de Egipto, se había complacido en sus desbordamientos, dotándolo de una fertilidad brillante y suntuosa. Allí, bajo un cobertizo trenzado de cañas, juncos y hojas de palmera, se estableció mi nueva morada y la de Naú. Y él fue labrando, con precisión y minuciosidad, cada uno de los emblemas que yo había creado. Y puedo asegurar que el ojo udjat nos contemplaba, pues que casi físicamente podía percibir su complacencia. De otro modo, jamás hubiera sido posible tanta sintonía entre nosotros dos.
            La juventud de mi compañero me causó extrañeza. ¿Uedje elegía a un muchacho de apenas veinte años para hacer aquella magna obra más propia de un cantero probado y veterano? Pero enseguida entendí la razón por la que el viejo conocedor de piedras lo había hecho así. Pocas veces he vuelvo a conocer a alguien en quien se combinaran tan excelentemente sensibilidad, talento y espontánea armonía. Naú era un muchacho nacido en Buto, la ciudad del delta occidental. Él me enseñó cómo la diosa Uto, la hermosa cobra subida a una umbela de papiro, que reinaba en su ciudad natal, era la firme protección septentrional de Kemit frente a aquellos enemigos que pudieran acosarnos viniendo del Gran Verde. Sus antepasados habían sido edomitas. Habían venido pues, hacía muchos años, desde Idumea, aquella región de Asia, que estaba situada al sur de la vieja Judea. Y era seguramente de sus labios de los que había escuchado aquellos magníficos relatos, que su memoria había fijado con exótico hechizo, y su talento y su prodigiosa imaginación habían decorado y avivado hasta convertirlos en historias cargadas de incitante belleza. No sé si afirmaré que era más emocionante verle trabajar con su cincel de esquisto o escucharlo mientras narraba sus mágicas leyendas. Sí diré que, en las noches, cuando en medio de nuestro silencio él tomaba la palabra, su voz se perdía entre los hilos bien trenzados de crónicas y gentes, de lugares y hechos, de expresiones y acentos que hacían viajar mi imaginación y desear que su voz no se callara nunca, y nunca amaneciera.
            Corría el mes de Payni y los días comenzaban a ser cada vez más grandes y agradables. Estábamos en aquel lugar solos durante toda la jornada, si bien las barcas no dejaban de pasar frente a nosotros, trayendo y llevando cuantos útiles y mercancías pueda imaginar uno que existen sobre el mundo. También las garzas rosadas y las cigüeñas negras venían a visitarnos a diario y andaban entre nosotros buscando su sustento sin temor ni recelo. Y su paso elegante y armonioso llenaba de suave majestad el tiempo de su estancia. La talla de la enorme piedra iba como debía. Cada jornada, yo hacía que algunos de aquellos signos, que había diseñado previamente en el papiro, pasaran al granito y se fijaran en su faz, como si siempre hubieran estado dibujados directamente en él. Un bastidor del mismo tamaño que la losa, cruzado por hilos verticales y horizontales de lino, guiaba mi trabajo de copia. Cada grafismo iba siendo acomodado en su exacta cuadrícula. Luego, Naú, afilaba su cincel de esquisto y sacaba su maceta de la tina con agua en la que había dormido durante toda la noche para que se hinchara su mango y no holgara. Después tensaba la cuerda del arco de su berbiquí y comenzaba una especie de cauto y sostenido picoteo, concienzudo y paciente. A partir de aquel momento el tiempo ya no tenía curso para nosotros dos. Muy poco a poco, las pequeñas esquirlas se iban desprendiendo de la losa. Primeramente era el polvillo que emanaba de aquel insistente punzar, quien borraba totalmente el negro trazo que yo había marcado con un celoso esmero. Aquel momento me producía siempre un compás de pura desazón y de amarga derrota. El caos y el desorden parecían imperar sobre la piedra, cual si todo el trabajo estuviera a punto de perderse por siempre. Después se horadaban los surcos, se vaciaban espacios, surgían los contornos sinuosos. Realmente todo parecía haberse extraviado definitivamente. Un instante después comenzaban a tomar cuerpo las figuras labradas. Iban brotando con semejante magia a la que obra la paciente espera sobre la superficie de un río, previamente revuelto. Allí estaban nuevamente mis trazos. Era como el retorno a la calma, cuando el agua se va lentamente haciendo cristalina, y los objetos que duermen en su fondo muestran de nuevo su nítida apariencia. Allí estaban tal y como yo los había creado. Incluso más hermosos, pues que la bronquedad de su nuevo soporte les aportaba un punto de incitante contraste.
            Naú, para trabajar, se tendía casi desnudo sobre la bronca piedra como se tumba un hombre sobre mujer amada, sin permitir que su peso la aprisione o la hiera. Dirigía sus manos con las herramientas hacia el punto elegido, y ya todos sus sentidos se fijaban allí como si el mundo que le circundara se hubiera esfumado o no existiera nada. Sudaba, se quitaba el polvo de la boca o los ojos, humedecía sus labios con su lengua dándoles una pátina de inspiración brillante. A veces, respiraba inmerso en un instante de duda o reflexión. Y volvía a dar rienda suelta a su paciencia y a su ahínco, totalmente embebido con pasión en su lenta tarea. Un solo golpe erróneo, una ínfima equivocación condenaría todo lo ya logrado y tiraría la losa para siempre al desecho. 
            Cada nueva figura le suponía un reto. La contemplación del vasto conjunto, tanto lo ya logrado como lo aún por hacer, una honda y recóndita dicha. Su mundo parecía comenzar y terminar en aquel universo de figuras y trazos. No sabía leer, y me pedía a mí que le leyera una y otra vez lo que su cincel ya había escrito o iba a escribir en los próximos días. Y a pesar de que estaba rigurosamente prohibido hacer tal cosa, pues el decreto era totalmente confidencial hasta que estuviera formalmente promulgado, yo se lo leí cuanto me lo pidió, pues que consideré que nadie era tan dueño de aquel mensaje como quien, con tanto celo, lo estaba hiriendo en la resistente piel de la rotunda piedra. Naú necesitaba saber lo que escribía. Era así como él penetraba en mis bellos dibujos. Así como era capaz de transportar a la roca la misma peculiaridad que yo había depositado en ellos. Creo que entre nosotros se estableció un grado de afecto y compenetración difícil de igualar.
            Cuando el sol estaba ya a punto de huir por el occidente, terminaba nuestra jornada de trabajo. Era entonces cuando íbamos a bañarnos al río, entre los juncos y los cañaverales. Entre la media luz, nuestros cuerpos dorados y brillantes gozaban del alborozo de un agua que premiaba con la distensión todo un esfuerzo febril y apasionado, suspendido y absorto. Nadábamos hasta que quedábamos totalmente exhaustos. Solíamos cruzar de una a otra orilla compitiendo. Y cuando alcanzábamos la arena, nos tumbábamos húmedos y agotados mirando a un cielo en el que iba apareciendo, punto a punto, el ingente mapa de luz que puebla el firmamento. Era entonces cuando yo solía contarle aquellas cosas elementales que conocía sobre la astronomía.
            Tras realizar la última comida, arreglábamos nuestras cobijas, y avivábamos la hoguera que durante todo el día había permanecido callada y casi extinta. Y cuando la oscuridad nos arropaba y el rumor del río era nítido y suave, Naú tomaba la palabra y yo me sumía en el más absoluto silencio ansioso de escucharle. Me disponía así a vivir una hermosa aventura en la que, tal vez, en mi cuerpo entraba otro ser. Y es que aquellos relatos conseguían inundar mi alma de grandeza infinita, y poblar de maravillas mi ávida inventiva.

La nueva vida en la parroquia de El Canchal era agradable. Pocos vecinos, sencillos y cordiales. Y la jerarquía lejos y olvidada de ellos. Un reino de taifa a salvo de dogmas, normas y vigilancia.





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