LA REFULGENTE JOYA DE AMÓN
***
“Jamás puede el
hombre pensar o concebir recinto más grandioso que aquél que configura y da
gloria a nuestra Uaset, gran capital espiritual de todo Egipto, centro del
culto al Gran Incognoscible, rey de los dioses; el inefable gran señor Amón”.
Así cantan los libros la excelencia
de Tebas y sus alrededores. Así lo han proclamado los escribas en sus
anotaciones durante el tiempo que no tiene memoria. Y es en esta singular
ciudad en la que puedo decir que se ha forjado la flor de mi existencia. Pues
desde que llegué a ella, supe que era ése el lugar elegido por mi vida para que
se fraguara mi ser. Y es que desde el primer momento entró en mi mirada el
color luminoso de sus campos. Y, ya dentro de ella, se reconcilió su imagen con
el verde oliváceo de mis ojos, como si al fin se reencontrara aquello que jamás
debía haber permanecido aparte.
Y aunque nunca he olvidado los días
entrañables de Menfis y El Fayum, pues es la luz y la sombra de mis primeros
años quienes siempre me acompañan en mis hondos recuerdos, he de reconocer que
desde el primer día que, por segunda vez, puse mis plantas sobre el suelo de
Tebas, he amado con pasión a esta ciudad prodigiosa, y a sus campos tapizados
de lodo negro, de verdor transparente o de oro brillante, según la época del
año en que la refiramos. He amado su horizonte erguido de palmeras o
amurallado, allá, en la orilla occidental del río, por todas esas moles
calcáreas que afirmamos, cual rígidos bastiones y broncos farallones, que son
el límite inviolable del reino del silencio. El límite de la mansión prohibida
de Osiris; la antesala del desierto de Amenti, en donde Atón se entrega cada
tarde al oscuro misterio de la muerte. Conocí aquel lugar de la mano de la noble
dama Meritatón, y juré que jamás referiría de viva voz lo que allí me fue
mostrado o intuido, pues que aquello es un secreto que pertenece al mundo del
misterio, sobre el que Shut tiende su manto, y que aún no ha sido revelado.
Pero gritado esto a todos los vientos y soles e intemperies, he de decir y
proclamar que es aquí donde he certificado que convive, sin inmutarse apenas,
el mayor grado de inmundicia, podredumbre moral e indigno cinismo que pueda
concebirse, y que es en el nombre de Amón en el que se sustenta, engorda y
perpetúa la falacia. Pero debo seguir.
Lo había sopesado bien. Seguir con aquella lectura
lo estaba conduciendo a un camino sin posible retorno. Los cimientos de aquel
mundo suyo de creencias se habían removido, y, o mucho se equivocaba, o aquello
sólo era el preludio de un desmoronamiento seguro y anunciado. Y, sin embargo,
no podía parar; no debía parar. Por vez primera, sentía el vértigo inherente a
una aventura ígnea y apasionante; a una revolución que arrasaba con lo seguro y
lo estable en aras de algo simplemente intuido o soñado y repleto de riesgos y
precaria esperanza. Pero el viaje turbador había comenzado y el tren que lo
llevaba no iba a detenerse. Por fin viajaba solo sin conocer destino.
A pesar de
cuanto me había acontecido en aquellos días previos, llegué a Uaset con la
serenidad metida en las entrañas. El viaje remontando el gran río no fue esta
vez como lo había sido en aquellos días en que el cuerpo de Horus Tutankhamón
estaba siendo preparado para su trayecto a través de Duat; el mundo subterráneo
del fuego y los horrores. Ahora no debía navegar entre los cañaverales y
ciénagas, ni ocultarme a los ojos de nadie por un acto rigurosamente prohibido
o peligroso. Ahora se trataba de todo lo contrario. Y así como el primer día de
navegación el cielo se mostró extraño y constreñido, en las jornadas que
siguieron todo fue entrando en un ambiente diáfano y festivo que parecía querer
aportar su oropel y su música a aquel traslado ritual, solemne y suntuoso. Los
once khentis y las nueve falúas, que transportaban el ajuar riquísimo de
la casa de Maya, navegaron como si se tratara de una augusta formación
procesional; de un cortejo sagrado. Y todo, a nuestro majestuoso paso, parecía
ser ostentación y ruido de festejos. Y es que, en aquellos días, la exhibición
del lujo y de las riquezas, de quienes las poseían, parecía obsesionar a todos.
Y los repletos navíos que contenían los enseres de las diferentes casas nobles,
y que se trasladaban a uno u otro enclave para asumir nuevas tareas o cargos,
eran curioseados desde las orillas por los incautos pobres. Resultaba, que sus
dueños no dudaban en hacer pública exhibición de su insultante opulencia. En
verdad, era una ocasión incomparable para que fueran vistos, o al menos
intuidos, sus tesoros sin que los menesterosos que los admiraban y envidiaban
pusieran sus sucias plantas en sus casas o inundaran las estancias selectas con
el insoportable olor de su inmundicia. Eran, pues, días en los que se incitaba
a la admiración a través de la envidia, y se reafirmaba el poder detentado de
esa cruel e injuriosa manera. Se pretendía explicar a las gentes, con este
brutal método, que los tiempos de la dificultad y la pobreza ya habían
terminado. Que el nuevo faraón era un Horus verdadero. Y que así como los ricos
poseían riquezas, muy pronto las mercedes también se extenderían a todos los
estratos, incluso al de los parias. También aquella consigna había sido
inspirada por mi ama, y el faraón la había publicado de inmediato como un
decreto o ley. Pues bien: uno de aquellos objetos a mostrar era yo mismo, que
entonces adquirí conciencia de mi valor como pieza de lujo. A ello
contribuyeron también, de forma decisiva y de inmediato, las gráciles doncellas
adquiridas por Merit para su nueva casa, cuya complicidad y loca picardía no
las dejaba saber aún quien era realmente su rígida señora. Tal vez por eso, se
permitían cuchichear y apostar en jolgorios sobre quién me engatusaría y
llevaría, primera, a su revuelto lecho.
Repulsiva le había parecido a él siempre la
presuntuosa ostentación de la alta curia. Jamás había sido él capaz de
conciliar la humilde condición del crucificado y su palabra, con aquella
arrogancia que capitaneaba la iglesia romana, varada en su insultante riqueza
dieciochesca, a quien las diferentes diócesis seguían como émulos pretenciosos
y bien aleccionados. Y aunque la jerarquía justificara aquel boato en un
denodado deseo de regalar al Altísimo con cuanto existiera sobre la faz del
orbe, pues que a Él era a quien pertenecía todo, Manuel no podía más que
considerarlo despilfarro, burla cruel a los desheredados, y perpetuación cínica
y perniciosa de la avaricia y la soberbia humana, aureolada por la pátina
perversa de la espiritualidad más degradante.
¿Y
cómo era posible aquello después del pasaje evangélico que narraba el incidente
de Jesús con los cambistas y los mercaderes? ¿Y su vida entre los más pobres y
los menos ilustres? Sin duda, la nequicia en el seno de la iglesia era de tal
magnitud que no existía explicación alguna. Y sin embargo nada se alteraba.
Ninguna voz clamaba contra la burda farsa. Los teólogos seguían hilvanando
conceptos y frases ampulosas, dorando reflexiones, nacarando principios,
esmaltando atributos. Entender sus elucubraciones era un asunto que exigía una
mente de orden superior, y un alto conocimiento de la esencia de Dios. Nada
sencillo, y, por supuesto, sólo al alcance de aquellos paladines escogidos para
guiar al pueblo. En verdad, Dios, en todas sus advocaciones, había sido
secuestrado por sus múltiples, delictivas y mafiosas iglesias.
Fue
en ese momento en el que el viejo cura se atrevió a decir en voz alta: “Todos
los dioses son verdad, del mismo modo que todas las iglesias resultan ser
rotundamente falsas. Todas”. Lo dijo susurrándoselo a sí mismo, como quien
llega a una sencilla conclusión, que sin embargo supone un revolucionario y
sorprendente hallazgo. Lo dijo para sí, pero con el tono confidente y lleno de
elocuencia con el que alguien confía un secreto preciado a un amigo entrañable.
Lo dijo al tiempo que se sujetaba el corazón y achicaba los ojos, pues que
sabía que a partir de aquel momento, para él, ya nada seguiría siendo igual que
lo era antes.
En un
instante, apareció ante su enfebrecida mente el bufo batallón de los idiotas;
todos aquellos simples que habían dado su vida por sus semejantes, unidos al
dolor y a la miseria humana. Pensó en Francisco de Asís. En tantos y tantos
hombres y mujeres conocidos o anónimos que habían amado sin límite, y a quienes
la iglesia había ignorado, despreciado o, en caso irremediable, utilizado para
su lucimiento. Un lucimiento tras el que se ocultaba tanto cinismo, burla y
radical sarcasmo.
Cuando
apagó la luz, permaneció mucho tiempo sin conciliar el sueño. Oía el picoteo
del despertador marcando el avanzar inexorable del tiempo. La vida no se
detenía; tiempo medido para encontrar la razón a la vida.
No obstante, supe gozar de aquel itinerario. Y durante
los días que duró el mismo, disfruté del grandioso espectáculo que
configuraban, tanto las aguas de seda y el cielo transparente, como las charcos
y marjales fangosos y enigmáticos, que iban apareciendo en una y otra orilla, y
en los que un universo de ánades, reptiles, aves y batracios tenían su morada
en total libertad. Me atraía aquel mundo, sobre todo cuando la noche era ya
cerrada y las bestias dormían, y se expandía libremente el rumor multifónico de
los bosques de papiros, de cañas o de juncias. Observé con embeleso las
bandadas rosáceas de garzas, siempre tan confiadas y tan esplendorosas, en su
vuelo preciso y ordenado, que surcaban el celaje en los amaneceres, y se iban
perdiendo en un horizonte, para mí, infinito y cargado de promesa y misterio. O
cuando se detenían a reponer sus fuerzas, y, en las márgenes, durante las
primeras horas del amanecer, iban
caminando sobre el agua buscando su alimento, con aquel paso reverente y
pausado, cual si temieran hacer daño al lecho dormido del gran río. Saludé a
los enormes hipopótamos y a los bueyes de agua, robustos y lustrosos, sobre
cuyos lomos mojados busca su brillar el cristal luminoso de la luz y se posan
los pájaros pequeños para arrancarles los ácaros incómodos que viven en su
manto de arrugas y de barro. Me sorprendí cada vez que la orilla, serena y
apacible en la distancia, se convertía en móvil y voraz. Era al descomponerse
aquel engañoso tapiz de lomos pétreos y escamados que, de improviso, tornaba a
fragmentarse y a flotar avivado. Eran los hijos de Sobek, que como enormes
leños rotos de vejez se lanzaban a la corriente produciendo un chapoteo
aterrador, a veces. Conviví con los remeros nubios, y admiré el color de su
piel y su recóndito saber sobre el aliento y el soplar secreto de los vientos.
Y una vez más, me sentí deslumbrado por esa habilidad natural que les permite
caminar sobre cubierta y dirigir los mástiles y arriar o desplegar las velas,
haciendo ostentación de una elegancia en sus figuras que jamás he logrado saber
dónde reside. Observé en las limpias noches de Mechir las estrellas que
salpican con sus dedos de luz el cuerpo desnudo de la diosa Nut. Imaginé, como
cuenta la fe a los que creen, su frente apoyada en el oeste y las puntas de sus
pies en el este y sus brazos cobijando el norte y el sur al mismo tiempo. Y
creí asistir al parto, entre sus piernas, del sol cada mañana y a la deglución
del astro en cada anochecer.
Gocé apasionadamente de aquel
trayecto río arriba. Nada había entonces que impidiera mi agrado y mi
esperanza. Mi decisión estaba ya tomada y deseaba ardientemente ir cuanto antes
al encuentro de mi propia existencia. Todas las furias convulsas de mi juventud
parecían haber entrado en un remanso de cordura sin límites. Como si el
espíritu de la diosa Maat hubiera recalado en mis entrañas, y desterrando al de
Isfet que tanta discordia, angustia, inquietud y desencanto había puesto hasta
entonces en mí.
Me agradaba ser objeto preferido de
las miradas
rijosas de las
jóvenes, y disimular mi atención, y cubrir de un manto de ingenuidad y de
descuido lo que en mí ya no era actitud de inocencia. Me gustaba saborear, por
vez primera, aquel poder que me confería la admiración que otros me profesaban,
y el regusto que suponía mi ignorancia y velado desprecio hacia aquellos a
quien yo atraía. A nadie pasaba inadvertida mi situación e intuida relación con
Merit. Y muchos me envidiaban u odiaban, pero todos tenían en mí su referente.
Me envidiaban los muchachos y me deseaban las jóvenes. Tal vez lo hacían sin
que, ni unos y las otras, se detuvieran a calibrar o hacer justas sus derivas,
cálculos y razones. Y yo adoptaba la arrogancia y la altivez de los caballos
caros, que siempre han sido cuidados con esmero e intuyen su valía de una forma
caprichosa y primaria.
Por todo ello, supe, desde el primer
día de estancia en la nueva vivienda, que yo era un caro valuarte en la casa de
Merit. Algo así como una hermosa estatua que un anónimo artesano había ido
tallando, esquirla a esquirla, con la lentitud que requieren las piezas
suntuosas o únicas, hasta conseguir lo que la poderosa y exigente señora le
había demandado. Entendí entonces porqué, desde el primer día de mi adopción,
se me asignó un maestro gimnasta que había exigido a mi cuerpo y a mi mente un
perenne concierto y disciplina. Entendí porqué se me había transmitido el rigor
de las formas en la mesa, el conocimiento de los vinos selectos, el uso de
perfumes, el gusto por tejidos y ropas, e, incluso, la asistencia diaria y
rigurosa a la Casa de Vida. Todo aquello no eran sino los pasos medidos y
ordenados de un proceso de creación artística. Y es que el encanto de quien era
mi dueña, más allá de su madura belleza, residía en su enigmática y fría
personalidad. Jamás he conocido a nadie que pulsara con mayor dominio las
cuerdas del placer y del deseo, o que mejor trazara las rutas para alcanzar
aquello que anhelara su gusto. Jamás he conocido a nadie que se impusiera con
tanta autoridad, y que a la vez consiguiera tan sumisa aceptación de quienes la
servían. Nunca existirá quien, como ella, tuviera tan voluptuosa potestad sobre
sus apetencias y sentidos, y a la vez tan férvido y ardoroso apasionamiento.
Tenía la habilidad de convertir a su contrario en cómplice; a su enemigo en
parte imprescindible en su proyecto. Pero es que, además, siempre me preguntaré
cómo era capaz aquella mujer de fuego y hielo, cuya voz poseía en sí cuantos
trinos y sonidos existen en el mundo sublime de las armonías, soportar el
mutismo, en los momentos tensos frente a los demás, sin sentir sobre sí el peso
aplastante y tenso del silencio. Ella era la gran maestra del silencio y la
espera, la calma y el sosiego, el descanso y la paz. El tiempo le pertenecía, y
ella había aprendido a regirlo y dominarlo con un saber mágico y enigmático que
jamás pude descubrir, y que admiré sobre todas las cosas. Para explicar tal
virtud algunos recordaban que, no en vano, ella había sido la cantora
predilecta de los sacerdotes del gran recinto de Ipet-Iset, y que el sumo
sacerdote Intebet, experto en misterios y milagros, cuyas mañas había aprendido
en las tierras profundas de El Sudán, la había aleccionado en sus arcanos a cambio
de favores realmente innombrables. Otros decían que, tal vez, la clave de todas
sus virtudes estaba en el ejercicio tenaz de la paciencia; en saber esperar
estoicamente; en elegir con precisión aquello que quería, y en perseguirlo sin
desfallecimiento ni desánimo hasta haberlo consumado. Y que, por tanto, aquella
virtud la había adquirido por lícitos caminos al servicio de la divinidad, en
los muchos años que había permanecido sometida a su acato y a su disciplina, al
amparo de la remota frescura de las salas reservadas a aquel amparo santo.
Yo por mi parte debo y quiero
aclarar, una vez más, que, a pesar de todo su poder conocido y oculto, nunca
fui obligado a satisfacer ni su capricho ni su concupiscencia contra mi
voluntad. Merit no obligaba jamás a nadie. Su probidad residía en la habilidad
de encadenar, pero siempre a demanda y súplica del propio encadenado.
Lo habían denominado despreciativamente la carne. Y
bajo aquel concepto ominoso se guarecía toda la repugnancia imaginable a cuanto
pudiera servir de tentación a los sentidos. Por ende, cualquier manifestación
de placer resultaba ser siempre sucia y pecaminosa. El mundo era, pues, un
recinto en el que el mal campaba a sus anchas, y la caída de las almas en el
abismo era una cuestión casi irremediable. La prohibición y el miedo lo
sombreaban todo, y sólo el sacrificio y el fervor obsesivo abrían las escalas y
armonías celestes. La amenaza con las cuatro postrimerías era una negra
sentencia que se cernía sobre toda persona. Muerte, juicio, infierno y gloria.
Así
había transitado Manuel por la aterradora zona de su pubertad, temiendo y
aborreciendo cuanto le hablaba de un mundo sensual o hedonista. En suplantación
de lo bello, lo epicúreo o lo sencillamente primario e instintivo, estaba aquel
otro ambiente almibarado de estampas de mártires, santos y beatos, o aquellas
otras postales con las puestas de sol y los párrafos melifluos y muy
edificantes.
Había,
pues, ignorado su cuerpo, y logrado doblegar sus gozos emergentes, tras una
batalla cruel y despiadada que le había exigido el uso de cilicios y rudas
disciplinas. Había practicado las duchas de agua helada y las carreras a horas
intempestivas hasta caer exhausto y hacer que su cuerpo venal de adolescente no
reclamara más que la simple caridad de un poco de descanso. El accésit hacia la
santidad le había llevado a aborrecer el mundo y desear la muerte como
liberadora gracia, convirtiendo una noble y normal rebeldía en una docilidad de
protomártir núbil; de potro sumiso y obediente.
Todo
lo había olvidado Manuel durante estos años. Sin embargo, como una erupción
imprevista y violenta, rugía ahora su entraña con una vehemencia y un ardor que
lo sobrepasaba. No, no era rencor lo que alimentaba aquel fuego vesánico, sino
furor reprimido y exigente, que pugnaba por ocupar su espacio; un espacio
baldío durante tanto tiempo.
En
un alarde de imaginación, se contempló cincuenta años antes y se tuvo cariño.
Aquel cariño que entonces le habían impedido que se tuviera a sí mismo.
Tal
vez por todo aquello, le confortaba leer ahora aquellas páginas cargadas de
sensualidad y exaltación del gozo, la exuberancia y la belleza humana. Frente a
todo aquello, estaba una religión de terror y de traumas, de imágenes
ensangrentadas y de amenazas crueles y malvadas. Los que querían dominar esta
vida, se la cambiaban a sus reclutados creyentes por otra en la que ya les
correspondería el gozo y el disfrute, siempre que ahora fueran dóciles y
obedientes. ¿Podía haber maldad mayor que la de ensombrecer la vida tangible y
exultante en aras de un futuro que nadie conocía ni podía concebirse? Todo se
venía abajo estrepitosamente.
Entré en su
lecho una tarde tibia y soleada de Farmuti, cuando las golondrinas comienzan a
colgar sus nidos y las cosechas empiezan su germinación con timidez en sus
tetones verdes, y todo en la naturaleza es un pronóstico de vida y de
esplendor, que hace creer y proclamar que sólo hay promisión y bondad y futuro
melado.
A los pocos días de habernos
instalado, llegó Merit para residir definitivamente en la ciudad de Tebas. Más
de un centenar de días había visto yo nacer el sol en nuestra nueva casa sin
que ella me hubiera apremiado ni vuelto a formular su pregunta, y ni siquiera a
lanzar alguna velada insinuación. Nuevamente me acometió la impaciencia. Fueron
cien días de cierta tortura para mí, pues mi alma se consumía en las brasas de
una mezquina furia que me incitaba ciegamente a poseerla. Y es que, desde los
días ya remotos en los que ella, como una amorosa madre, visitaba asiduamente
mi cuarto en cada amanecer, mi imaginación había acumulado sin tasa ni cordura
cuanto los sentidos lujuriosos pueden sugerir y los viles pensamientos lascivos
tejer en sus telares. Merit había conseguido, a través de su lento y cauteloso
urdir de insinuaciones, alejamientos y provocaciones, que todo mi ser no
viviera sino mirando su propio y único horizonte. Ninguna esclava me atraía,
aún a pesar de que alguna de ellas se me ofreciera abiertamente y con terca
insistencia. Tal era su tesón, que hasta llegué a pensar que era Merit quien
las enviaba a mí con algún subterráneo propósito.
No sé si acertaré a describir
nuestra primera tarde de gozo y fruición. Había deseado durante tanto tiempo
tocar su carne, que mi aproximación a ella fue, en un principio, como un burdo
desvarío de ansiedad, exaltación y torpeza aberrante e inhábil. Pero una vez
más, ella apaciguó mi inapropiado ímpetu y anuló la vehemencia sin orden que
regía mis actos de muchacho vesánico. Recuerdo que detuvo mis manos, y con la
suya cegó un beso obstinado que mi boca quería morder atropelladamente entre
sus labios húmedos. Era un beso sediento tras días y días de desierto. Un beso
mil veces inventado y soñado mil veces. Era mi primer beso. El beso de los
besos. El que, de haberlos, anula todos los precedentes y marca la ruta a los
futuros. Era ese beso que está destinado a no saciar la sed, pero del que nunca
podremos olvidarnos. Por eso, en un principio, no entendí aquel seco desprecio
que me paralizaba. Luego me ordenó que yo no hiciera nada. De nuevo sentí el
hierro de aquella humillación que tanto me angustiaba. Una vez más me era
recordada mi condición de estatua tallada en selecta calcita o en basalto
purísimo, pero destinada tan sólo a lo que mi dueña quisiera hacer conmigo. Más
que nunca odié entonces mi condición de juguete o capricho de aquella noble
dama.
“Únicamente debes aprender a sentir.
Y sentir es abrir y dejar libres y diáfanos todos tus sentidos como si fueran
ventanas por las que debiera entrar la luz, el viento, los aromas, los sonidos;
la vida en su conjunto. Nada se te demanda. Sólo quien aprende a sentir será
capaz después de provocar en otros sensaciones hermosas. Sólo quien es egoísta
en su aprendizaje puede ser espléndido y sutil en sus ulteriores entregas.
Ahora cierra los ojos y disfruta”, me ordenó. Y usando un pañuelo de lino real
colmado de perfume me vendó para que no la viera. Sus ávidos labios comenzaron
a recorrer mi cuello, mientras el sabor de su boca y el reguero tenue de
humedad, que iba dejando su lengua por mi nuca, mi pecho o mis hombros, me
hacía estremecer de dicha por entero. Sólo su boca y el presentimiento de su
cuerpo cercano, cuya fragancia y formas conocía a fuerza de soñarlo hasta la
obsesión, eran suficientes para que mi corazón golpeara en la oquedad de mi
pecho hasta retumbar en mi cráneo incontroladamente, y hacerme sentir en él la
pulsión a borbotones de mi sangre ardorosa. Porque en medio de aquella ceguera
impuesta, resultó que yo siempre esperaba el contacto de sus hábiles manos o su
boca en el lugar equívoco. Y es que, además, aquellas manos eran capaces de
tocarme con su amago y su ausencia de un modo infinitamente más intenso y real
que el que pudieran haberlo hecho a través del tacto efectivo de tan expertos
dedos. Comprendí entonces que me excitaba más lo que no me hacía que aquello
que llegaba a materializarse.
Recuerdo haber comenzado, después de
un largo trecho de estremecimientos, a respirar muy trabajosamente y a sentir
un total desvanecimiento en mis brazos y piernas, que me obligó a recostarme,
abandonado, sobre la mullida litera. Sé que los almohadones me recibieron con
el cobijo amable de sus plumas, y que quise hundirme en su perfume transido en
una mezcla de placer y sopor de colmada impotencia, pues aquello que se me ofrecía
daba a mi realidad una dimensión nueva y, a la vez, de ineptitud completa. Y
sólo un instante después, en medio de un rictus incontrolable de deleite, mi
cuerpo, abandonado al más dulce desfallecimiento, se vaciaba de sí en un hilo
intermitente de espasmos sostenidos, colmado de ventura inefable. Y todo
sucedía al mismo tiempo que mi atrevimiento llevaba a mi mano a arrancarme la
venda, y la culpa y la vergüenza teñían de grana mi rostro, y me impedían mirar
claramente a los ojos de quien había sido la autora de mi dicha. “Mírame y
escucha”. Me reclamó ella, mientras acariciaba, lúbrica, mi jugo de la vida; mi
semen perlado entre sus manos. “Nada hay que le produzca más placer a una mujer
que saber que ha propiciado exaltación a quien ella ha permitido que se tienda
en su lecho”.
Sintió Manuel su cuerpo tenso y cómo su respiración
casi se hacía audible. Aún le golpeaban en su frente las palabras leídas la
noche antes en el libro, que ahora, de una forma imprecisa y misteriosa, venían
a fundirse con lo que Daniel le estaba confesando. No, no es que el muchacho le
refiriera momentos escabrosos o íntimos. Es que en su imaginación todo se hacía
uno, como si ambas cosas, sentimientos y texto, estuvieran destinadas a uncirse
fuertemente. Era como si dos sucesos distantes en el lugar y tiempo
confeccionaran una única realidad universal y eterna. ¿Qué sentido tenía
aquella confabulación?
Escuchó el viejo cura cuanto el chico relataba
en una mezcla de amor incontinente y culpable vergüenza, desde una voz tan fervorosa
y trémula que llamaba a las lágrimas.
¿Por
qué venía a él? Durante la anterior confesión había sido incapaz de aportarle
consejo o valoración alguna. ¿Qué esperaba el muchacho de aquel anciano cura
carente de cualquier experiencia al respecto?
De
nuevo se limitó a darle la absolución sin imponerle penitencia alguna.
En
esta ocasión Daniel la recibió mirándole a los ojos. Y en los del muchacho vio
Manuel, con tristeza infinita, que se guarecía el destello esmaltado del
traidor que se siente culpable e impotente sin poder remediar su sórdido
delito.
Tal
vez por eso, el cura le insistió: “Vete, hijo, en paz, y que el Señor te guíe”.
Y remarcó: “Escúchame: Te exijo que te vayas en paz”. Y él mismo se sorprendió
de aquella cariñosa vehemencia.
Mi ingreso y
asistencia con regularidad a la Casa de Vida y mi relación, como discípulo, con
los más altos estamentos de la corte del gran Horus, se produjeron de modo
inmediato y casi simultáneo. Horemheb, que
siempre me había dedicado su celo y atención en la distancia, seguía,
sin duda, obrando en mi favor. Y ahora, desde su puesto de dios viviente y
máximo señor, su mano cumplía sobre mí con mucha mayor efectividad. Aunque todo
lo suyo a mi respecto continuara sumido en una discreción y una furtividad que
yo no comprendía. Con el tiempo supe que se trataba de una deuda de gratitud
con el que había sido mi padre. Algo que él tuvo siempre muy presente pues que
algo fundamental y trascendente reposara entre aquello. Pero a la vez, le era
necesario que nadie supiera de su favor hacia mí, cual si algo inconfesable
sobrevolara nuestra relación, o nadie debiera saber a ciencia cierta quién era
yo, cuál mi procedencia y cuál se esperaba que fuera mi destino.
Mis primeros temores sobre la
reacción que pudiera tener Maya cuando se enterara de mi lasciva proximidad a
su mujer, quedaron también muy pronto
disipados. Sin embargo aquello me supuso una nueva sorpresa. Según se me hizo
entender, aquella separación estaba bien pactada entre ellos dos. El añoso
tesorero real contaba con el amor incondicional de su mujer. Y bien sabía él
que mi presencia en nada empañaría un cariño antiguo y bien consolidado. Sus
mutuos intereses eran otros de orden muy superior. Y entre ellos ya no estaban
ni los celos gratuitos ni de la embriaguez tumultuosa del placer o del sexo. El
placer que ella pudiera obtener a través de mí y de mi joven cuerpo, en nada le
ofendía ni le restaba apegos o ternuras. Así pues, toda la batalla que iba yo a
librar lo sería en el restringido y exclusivo ámbito de mi interior y en el
silencio de mi intimidad. Y ello, porque una total ocupación alcanzaba todo el
territorio enfangado de mi ser. El proceso de mi encuentro había comenzado.
Como si el gran río se hubiera desbordado en mis entrañas, y sus negras y
fértiles aguas inundaran, hasta anegarlos, todos mis confines, así viví yo mi
pasión por aquella mujer que siempre me fue un astro inalcanzable.
Más que nunca le entristecía y le avergonzaba a él
su inexperiencia en el ámbito de lo amoroso. Durante años había, osadamente,
aconsejado, a diestro y a siniestro, sobre cómo comportarse dentro del
matrimonio. Había reorientado parejas, asesorado en pleitos de carácter muy
íntimo, y pontificado sobre el amor carnal, diciendo con una seguridad
aplastante y dogmática qué se debía hacer y qué no se debía. De repente, un
enorme rubor lo conducía a una sensación de congoja infinita. Junto a la
usurpación de sentir, se le había administrado una dosis de autoritaria y necia
ortodoxia. Todo resultaba ser un lerdo despropósito y un temerario
atrevimiento. Un curandero dando las pautas para curar un cáncer. La autoridad
“ex cathedra” era un vicio demasiado extendido entre los de su casta.
Tebas, a
quien nosotros llamamos Uaset, es un lugar en el que el dios Amón, a través de
sus avaros clérigos, acólitos, sacristanes y cómplices, ha derramado todos sus
favores con copioso esplendor. Por eso, no fue gratuito tampoco, para este
faraón, que el sacrosanto Oráculo fuera
amañado y hablara en su favor. No obstante, se consiguió así que un miliciano
cualquiera, aunque con graduación, tras desposarse con Mutnodjmet, hija de Eye
y hermana de la gran Nefertiti, fuera reentronizado y confirmado en su solio
con las dignidades y honores requeridos.
Como
ciudad protegida, y capital de nuestra gran nación (nación que alcanza en los
presentes días desde el río Eúfrates hasta la Alta Nubia), su nutrida población
y sus riquezas la hacen digna morada del “Horus vivo” y de su corte, y del
cuerpo de escribas, magistrados y plenipotenciarios de su déspota
administración. El recinto de los templos rotura por completo la orilla
oriental del río. Y su grandeza y suntuosidad hacen palidecer a quienes se
acercan por sus alrededores, aunque sean mercaderes venidos del desierto de
Punt o viajeros de más allá de la noble Idumea; comerciantes procedentes del
Oriente, o marinos mercantes nacidos en Armeni, Naharina o las lejanas
Cicladas.
Desde su fundación, que se pierde en
los tiempos más remotos, todos nuestros faraones han querido dejar en ella
muestra patente de sí mismos y su respeto y amor por el dios del aliento y la
fecundidad, que siempre les ha servido tan diligentemente a sus causas y fines.
Pero es durante la gran fiesta de Opet, cuando el recinto sagrado bulle y se
desborda en sí mismo. Y tal emoción prende en los corazones esperanzados de los
hombres humildes y creyentes, porque una vez más nuestro rey ha revalidado su
vigor, su equilibrio y su clarividencia, y eso hace creer al pueblo llano que
el futuro de Kemit está nuevamente seguro.
En este lugar he vivido años que
jamás podría olvidar, pues sobre ellos se sustenta el pilar de mi ser.
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