sábado, 1 de marzo de 2014

La refulgente joya de Amón


LA  REFULGENTE JOYA DE AMÓN


***

“Jamás puede el hombre pensar o concebir recinto más grandioso que aquél que configura y da gloria a nuestra Uaset, gran capital espiritual de todo Egipto, centro del culto al Gran Incognoscible, rey de los dioses; el inefable gran señor Amón”.

            Así cantan los libros la excelencia de Tebas y sus alrededores. Así lo han proclamado los escribas en sus anotaciones durante el tiempo que no tiene memoria. Y es en esta singular ciudad en la que puedo decir que se ha forjado la flor de mi existencia. Pues desde que llegué a ella, supe que era ése el lugar elegido por mi vida para que se fraguara mi ser. Y es que desde el primer momento entró en mi mirada el color luminoso de sus campos. Y, ya dentro de ella, se reconcilió su imagen con el verde oliváceo de mis ojos, como si al fin se reencontrara aquello que jamás debía haber permanecido aparte.
            Y aunque nunca he olvidado los días entrañables de Menfis y El Fayum, pues es la luz y la sombra de mis primeros años quienes siempre me acompañan en mis hondos recuerdos, he de reconocer que desde el primer día que, por segunda vez, puse mis plantas sobre el suelo de Tebas, he amado con pasión a esta ciudad prodigiosa, y a sus campos tapizados de lodo negro, de verdor transparente o de oro brillante, según la época del año en que la refiramos. He amado su horizonte erguido de palmeras o amurallado, allá, en la orilla occidental del río, por todas esas moles calcáreas que afirmamos, cual rígidos bastiones y broncos farallones, que son el límite inviolable del reino del silencio. El límite de la mansión prohibida de Osiris; la antesala del desierto de Amenti, en donde Atón se entrega cada tarde al oscuro misterio de la muerte. Conocí aquel lugar de la mano de la noble dama Meritatón, y juré que jamás referiría de viva voz lo que allí me fue mostrado o intuido, pues que aquello es un secreto que pertenece al mundo del misterio, sobre el que Shut tiende su manto, y que aún no ha sido revelado. Pero gritado esto a todos los vientos y soles e intemperies, he de decir y proclamar que es aquí donde he certificado que convive, sin inmutarse apenas, el mayor grado de inmundicia, podredumbre moral e indigno cinismo que pueda concebirse, y que es en el nombre de Amón en el que se sustenta, engorda y perpetúa la falacia. Pero debo seguir.

Lo había sopesado bien. Seguir con aquella lectura lo estaba conduciendo a un camino sin posible retorno. Los cimientos de aquel mundo suyo de creencias se habían removido, y, o mucho se equivocaba, o aquello sólo era el preludio de un desmoronamiento seguro y anunciado. Y, sin embargo, no podía parar; no debía parar. Por vez primera, sentía el vértigo inherente a una aventura ígnea y apasionante; a una revolución que arrasaba con lo seguro y lo estable en aras de algo simplemente intuido o soñado y repleto de riesgos y precaria esperanza. Pero el viaje turbador había comenzado y el tren que lo llevaba no iba a detenerse. Por fin viajaba solo sin conocer destino. 


A pesar de cuanto me había acontecido en aquellos días previos, llegué a Uaset con la serenidad metida en las entrañas. El viaje remontando el gran río no fue esta vez como lo había sido en aquellos días en que el cuerpo de Horus Tutankhamón estaba siendo preparado para su trayecto a través de Duat; el mundo subterráneo del fuego y los horrores. Ahora no debía navegar entre los cañaverales y ciénagas, ni ocultarme a los ojos de nadie por un acto rigurosamente prohibido o peligroso. Ahora se trataba de todo lo contrario. Y así como el primer día de navegación el cielo se mostró extraño y constreñido, en las jornadas que siguieron todo fue entrando en un ambiente diáfano y festivo que parecía querer aportar su oropel y su música a aquel traslado ritual, solemne y suntuoso. Los once khentis y las nueve falúas, que transportaban el ajuar riquísimo de la casa de Maya, navegaron como si se tratara de una augusta formación procesional; de un cortejo sagrado. Y todo, a nuestro majestuoso paso, parecía ser ostentación y ruido de festejos. Y es que, en aquellos días, la exhibición del lujo y de las riquezas, de quienes las poseían, parecía obsesionar a todos. Y los repletos navíos que contenían los enseres de las diferentes casas nobles, y que se trasladaban a uno u otro enclave para asumir nuevas tareas o cargos, eran curioseados desde las orillas por los incautos pobres. Resultaba, que sus dueños no dudaban en hacer pública exhibición de su insultante opulencia. En verdad, era una ocasión incomparable para que fueran vistos, o al menos intuidos, sus tesoros sin que los menesterosos que los admiraban y envidiaban pusieran sus sucias plantas en sus casas o inundaran las estancias selectas con el insoportable olor de su inmundicia. Eran, pues, días en los que se incitaba a la admiración a través de la envidia, y se reafirmaba el poder detentado de esa cruel e injuriosa manera. Se pretendía explicar a las gentes, con este brutal método, que los tiempos de la dificultad y la pobreza ya habían terminado. Que el nuevo faraón era un Horus verdadero. Y que así como los ricos poseían riquezas, muy pronto las mercedes también se extenderían a todos los estratos, incluso al de los parias. También aquella consigna había sido inspirada por mi ama, y el faraón la había publicado de inmediato como un decreto o ley. Pues bien: uno de aquellos objetos a mostrar era yo mismo, que entonces adquirí conciencia de mi valor como pieza de lujo. A ello contribuyeron también, de forma decisiva y de inmediato, las gráciles doncellas adquiridas por Merit para su nueva casa, cuya complicidad y loca picardía no las dejaba saber aún quien era realmente su rígida señora. Tal vez por eso, se permitían cuchichear y apostar en jolgorios sobre quién me engatusaría y llevaría, primera, a su revuelto lecho.

Repulsiva le había parecido a él siempre la presuntuosa ostentación de la alta curia. Jamás había sido él capaz de conciliar la humilde condición del crucificado y su palabra, con aquella arrogancia que capitaneaba la iglesia romana, varada en su insultante riqueza dieciochesca, a quien las diferentes diócesis seguían como émulos pretenciosos y bien aleccionados. Y aunque la jerarquía justificara aquel boato en un denodado deseo de regalar al Altísimo con cuanto existiera sobre la faz del orbe, pues que a Él era a quien pertenecía todo, Manuel no podía más que considerarlo despilfarro, burla cruel a los desheredados, y perpetuación cínica y perniciosa de la avaricia y la soberbia humana, aureolada por la pátina perversa de la espiritualidad más degradante.  
            ¿Y cómo era posible aquello después del pasaje evangélico que narraba el incidente de Jesús con los cambistas y los mercaderes? ¿Y su vida entre los más pobres y los menos ilustres? Sin duda, la nequicia en el seno de la iglesia era de tal magnitud que no existía explicación alguna. Y sin embargo nada se alteraba. Ninguna voz clamaba contra la burda farsa. Los teólogos seguían hilvanando conceptos y frases ampulosas, dorando reflexiones, nacarando principios, esmaltando atributos. Entender sus elucubraciones era un asunto que exigía una mente de orden superior, y un alto conocimiento de la esencia de Dios. Nada sencillo, y, por supuesto, sólo al alcance de aquellos paladines escogidos para guiar al pueblo. En verdad, Dios, en todas sus advocaciones, había sido secuestrado por sus múltiples, delictivas y mafiosas iglesias.
            Fue en ese momento en el que el viejo cura se atrevió a decir en voz alta: “Todos los dioses son verdad, del mismo modo que todas las iglesias resultan ser rotundamente falsas. Todas”. Lo dijo susurrándoselo a sí mismo, como quien llega a una sencilla conclusión, que sin embargo supone un revolucionario y sorprendente hallazgo. Lo dijo para sí, pero con el tono confidente y lleno de elocuencia con el que alguien confía un secreto preciado a un amigo entrañable. Lo dijo al tiempo que se sujetaba el corazón y achicaba los ojos, pues que sabía que a partir de aquel momento, para él, ya nada seguiría siendo igual que lo era antes.
            En un instante, apareció ante su enfebrecida mente el bufo batallón de los idiotas; todos aquellos simples que habían dado su vida por sus semejantes, unidos al dolor y a la miseria humana. Pensó en Francisco de Asís. En tantos y tantos hombres y mujeres conocidos o anónimos que habían amado sin límite, y a quienes la iglesia había ignorado, despreciado o, en caso irremediable, utilizado para su lucimiento. Un lucimiento tras el que se ocultaba tanto cinismo, burla y radical sarcasmo. 
            Cuando apagó la luz, permaneció mucho tiempo sin conciliar el sueño. Oía el picoteo del despertador marcando el avanzar inexorable del tiempo. La vida no se detenía; tiempo medido para encontrar la razón a la vida. 


No obstante, supe gozar de aquel itinerario. Y durante los días que duró el mismo, disfruté del grandioso espectáculo que configuraban, tanto las aguas de seda y el cielo transparente, como las charcos y marjales fangosos y enigmáticos, que iban apareciendo en una y otra orilla, y en los que un universo de ánades, reptiles, aves y batracios tenían su morada en total libertad. Me atraía aquel mundo, sobre todo cuando la noche era ya cerrada y las bestias dormían, y se expandía libremente el rumor multifónico de los bosques de papiros, de cañas o de juncias. Observé con embeleso las bandadas rosáceas de garzas, siempre tan confiadas y tan esplendorosas, en su vuelo preciso y ordenado, que surcaban el celaje en los amaneceres, y se iban perdiendo en un horizonte, para mí, infinito y cargado de promesa y misterio. O cuando se detenían a reponer sus fuerzas, y, en las márgenes, durante las primeras horas del amanecer,  iban caminando sobre el agua buscando su alimento, con aquel paso reverente y pausado, cual si temieran hacer daño al lecho dormido del gran río. Saludé a los enormes hipopótamos y a los bueyes de agua, robustos y lustrosos, sobre cuyos lomos mojados busca su brillar el cristal luminoso de la luz y se posan los pájaros pequeños para arrancarles los ácaros incómodos que viven en su manto de arrugas y de barro. Me sorprendí cada vez que la orilla, serena y apacible en la distancia, se convertía en móvil y voraz. Era al descomponerse aquel engañoso tapiz de lomos pétreos y escamados que, de improviso, tornaba a fragmentarse y a flotar avivado. Eran los hijos de Sobek, que como enormes leños rotos de vejez se lanzaban a la corriente produciendo un chapoteo aterrador, a veces. Conviví con los remeros nubios, y admiré el color de su piel y su recóndito saber sobre el aliento y el soplar secreto de los vientos. Y una vez más, me sentí deslumbrado por esa habilidad natural que les permite caminar sobre cubierta y dirigir los mástiles y arriar o desplegar las velas, haciendo ostentación de una elegancia en sus figuras que jamás he logrado saber dónde reside. Observé en las limpias noches de Mechir las estrellas que salpican con sus dedos de luz el cuerpo desnudo de la diosa Nut. Imaginé, como cuenta la fe a los que creen, su frente apoyada en el oeste y las puntas de sus pies en el este y sus brazos cobijando el norte y el sur al mismo tiempo. Y creí asistir al parto, entre sus piernas, del sol cada mañana y a la deglución del astro en cada anochecer.
            Gocé apasionadamente de aquel trayecto río arriba. Nada había entonces que impidiera mi agrado y mi esperanza. Mi decisión estaba ya tomada y deseaba ardientemente ir cuanto antes al encuentro de mi propia existencia. Todas las furias convulsas de mi juventud parecían haber entrado en un remanso de cordura sin límites. Como si el espíritu de la diosa Maat hubiera recalado en mis entrañas, y desterrando al de Isfet que tanta discordia, angustia, inquietud y desencanto había puesto hasta entonces en mí.
            Me agradaba ser objeto preferido de las miradas
rijosas de las jóvenes, y disimular mi atención, y cubrir de un manto de ingenuidad y de descuido lo que en mí ya no era actitud de inocencia. Me gustaba saborear, por vez primera, aquel poder que me confería la admiración que otros me profesaban, y el regusto que suponía mi ignorancia y velado desprecio hacia aquellos a quien yo atraía. A nadie pasaba inadvertida mi situación e intuida relación con Merit. Y muchos me envidiaban u odiaban, pero todos tenían en mí su referente. Me envidiaban los muchachos y me deseaban las jóvenes. Tal vez lo hacían sin que, ni unos y las otras, se detuvieran a calibrar o hacer justas sus derivas, cálculos y razones. Y yo adoptaba la arrogancia y la altivez de los caballos caros, que siempre han sido cuidados con esmero e intuyen su valía de una forma caprichosa y primaria.

            Por todo ello, supe, desde el primer día de estancia en la nueva vivienda, que yo era un caro valuarte en la casa de Merit. Algo así como una hermosa estatua que un anónimo artesano había ido tallando, esquirla a esquirla, con la lentitud que requieren las piezas suntuosas o únicas, hasta conseguir lo que la poderosa y exigente señora le había demandado. Entendí entonces porqué, desde el primer día de mi adopción, se me asignó un maestro gimnasta que había exigido a mi cuerpo y a mi mente un perenne concierto y disciplina. Entendí porqué se me había transmitido el rigor de las formas en la mesa, el conocimiento de los vinos selectos, el uso de perfumes, el gusto por tejidos y ropas, e, incluso, la asistencia diaria y rigurosa a la Casa de Vida. Todo aquello no eran sino los pasos medidos y ordenados de un proceso de creación artística. Y es que el encanto de quien era mi dueña, más allá de su madura belleza, residía en su enigmática y fría personalidad. Jamás he conocido a nadie que pulsara con mayor dominio las cuerdas del placer y del deseo, o que mejor trazara las rutas para alcanzar aquello que anhelara su gusto. Jamás he conocido a nadie que se impusiera con tanta autoridad, y que a la vez consiguiera tan sumisa aceptación de quienes la servían. Nunca existirá quien, como ella, tuviera tan voluptuosa potestad sobre sus apetencias y sentidos, y a la vez tan férvido y ardoroso apasionamiento. Tenía la habilidad de convertir a su contrario en cómplice; a su enemigo en parte imprescindible en su proyecto. Pero es que, además, siempre me preguntaré cómo era capaz aquella mujer de fuego y hielo, cuya voz poseía en sí cuantos trinos y sonidos existen en el mundo sublime de las armonías, soportar el mutismo, en los momentos tensos frente a los demás, sin sentir sobre sí el peso aplastante y tenso del silencio. Ella era la gran maestra del silencio y la espera, la calma y el sosiego, el descanso y la paz. El tiempo le pertenecía, y ella había aprendido a regirlo y dominarlo con un saber mágico y enigmático que jamás pude descubrir, y que admiré sobre todas las cosas. Para explicar tal virtud algunos recordaban que, no en vano, ella había sido la cantora predilecta de los sacerdotes del gran recinto de Ipet-Iset, y que el sumo sacerdote Intebet, experto en misterios y milagros, cuyas mañas había aprendido en las tierras profundas de El Sudán, la había aleccionado en sus arcanos a cambio de favores realmente innombrables. Otros decían que, tal vez, la clave de todas sus virtudes estaba en el ejercicio tenaz de la paciencia; en saber esperar estoicamente; en elegir con precisión aquello que quería, y en perseguirlo sin desfallecimiento ni desánimo hasta haberlo consumado. Y que, por tanto, aquella virtud la había adquirido por lícitos caminos al servicio de la divinidad, en los muchos años que había permanecido sometida a su acato y a su disciplina, al amparo de la remota frescura de las salas reservadas a aquel amparo santo.
            Yo por mi parte debo y quiero aclarar, una vez más, que, a pesar de todo su poder conocido y oculto, nunca fui obligado a satisfacer ni su capricho ni su concupiscencia contra mi voluntad. Merit no obligaba jamás a nadie. Su probidad residía en la habilidad de encadenar, pero siempre a demanda y súplica del propio encadenado. 

Lo habían denominado despreciativamente la carne. Y bajo aquel concepto ominoso se guarecía toda la repugnancia imaginable a cuanto pudiera servir de tentación a los sentidos. Por ende, cualquier manifestación de placer resultaba ser siempre sucia y pecaminosa. El mundo era, pues, un recinto en el que el mal campaba a sus anchas, y la caída de las almas en el abismo era una cuestión casi irremediable. La prohibición y el miedo lo sombreaban todo, y sólo el sacrificio y el fervor obsesivo abrían las escalas y armonías celestes. La amenaza con las cuatro postrimerías era una negra sentencia que se cernía sobre toda persona. Muerte, juicio, infierno y gloria.
            Así había transitado Manuel por la aterradora zona de su pubertad, temiendo y aborreciendo cuanto le hablaba de un mundo sensual o hedonista. En suplantación de lo bello, lo epicúreo o lo sencillamente primario e instintivo, estaba aquel otro ambiente almibarado de estampas de mártires, santos y beatos, o aquellas otras postales con las puestas de sol y los párrafos melifluos y muy edificantes.   
            Había, pues, ignorado su cuerpo, y logrado doblegar sus gozos emergentes, tras una batalla cruel y despiadada que le había exigido el uso de cilicios y rudas disciplinas. Había practicado las duchas de agua helada y las carreras a horas intempestivas hasta caer exhausto y hacer que su cuerpo venal de adolescente no reclamara más que la simple caridad de un poco de descanso. El accésit hacia la santidad le había llevado a aborrecer el mundo y desear la muerte como liberadora gracia, convirtiendo una noble y normal rebeldía en una docilidad de protomártir núbil; de potro sumiso y obediente.     
            Todo lo había olvidado Manuel durante estos años. Sin embargo, como una erupción imprevista y violenta, rugía ahora su entraña con una vehemencia y un ardor que lo sobrepasaba. No, no era rencor lo que alimentaba aquel fuego vesánico, sino furor reprimido y exigente, que pugnaba por ocupar su espacio; un espacio baldío durante tanto tiempo.  
            En un alarde de imaginación, se contempló cincuenta años antes y se tuvo cariño. Aquel cariño que entonces le habían impedido que se tuviera a sí mismo.
            Tal vez por todo aquello, le confortaba leer ahora aquellas páginas cargadas de sensualidad y exaltación del gozo, la exuberancia y la belleza humana. Frente a todo aquello, estaba una religión de terror y de traumas, de imágenes ensangrentadas y de amenazas crueles y malvadas. Los que querían dominar esta vida, se la cambiaban a sus reclutados creyentes por otra en la que ya les correspondería el gozo y el disfrute, siempre que ahora fueran dóciles y obedientes. ¿Podía haber maldad mayor que la de ensombrecer la vida tangible y exultante en aras de un futuro que nadie conocía ni podía concebirse? Todo se venía abajo estrepitosamente.


Entré en su lecho una tarde tibia y soleada de Farmuti, cuando las golondrinas comienzan a colgar sus nidos y las cosechas empiezan su germinación con timidez en sus tetones verdes, y todo en la naturaleza es un pronóstico de vida y de esplendor, que hace creer y proclamar que sólo hay promisión y bondad y futuro melado.
            A los pocos días de habernos instalado, llegó Merit para residir definitivamente en la ciudad de Tebas. Más de un centenar de días había visto yo nacer el sol en nuestra nueva casa sin que ella me hubiera apremiado ni vuelto a formular su pregunta, y ni siquiera a lanzar alguna velada insinuación. Nuevamente me acometió la impaciencia. Fueron cien días de cierta tortura para mí, pues mi alma se consumía en las brasas de una mezquina furia que me incitaba ciegamente a poseerla. Y es que, desde los días ya remotos en los que ella, como una amorosa madre, visitaba asiduamente mi cuarto en cada amanecer, mi imaginación había acumulado sin tasa ni cordura cuanto los sentidos lujuriosos pueden sugerir y los viles pensamientos lascivos tejer en sus telares. Merit había conseguido, a través de su lento y cauteloso urdir de insinuaciones, alejamientos y provocaciones, que todo mi ser no viviera sino mirando su propio y único horizonte. Ninguna esclava me atraía, aún a pesar de que alguna de ellas se me ofreciera abiertamente y con terca insistencia. Tal era su tesón, que hasta llegué a pensar que era Merit quien las enviaba a mí con algún subterráneo propósito.
            No sé si acertaré a describir nuestra primera tarde de gozo y fruición. Había deseado durante tanto tiempo tocar su carne, que mi aproximación a ella fue, en un principio, como un burdo desvarío de ansiedad, exaltación y torpeza aberrante e inhábil. Pero una vez más, ella apaciguó mi inapropiado ímpetu y anuló la vehemencia sin orden que regía mis actos de muchacho vesánico. Recuerdo que detuvo mis manos, y con la suya cegó un beso obstinado que mi boca quería morder atropelladamente entre sus labios húmedos. Era un beso sediento tras días y días de desierto. Un beso mil veces inventado y soñado mil veces. Era mi primer beso. El beso de los besos. El que, de haberlos, anula todos los precedentes y marca la ruta a los futuros. Era ese beso que está destinado a no saciar la sed, pero del que nunca podremos olvidarnos. Por eso, en un principio, no entendí aquel seco desprecio que me paralizaba. Luego me ordenó que yo no hiciera nada. De nuevo sentí el hierro de aquella humillación que tanto me angustiaba. Una vez más me era recordada mi condición de estatua tallada en selecta calcita o en basalto purísimo, pero destinada tan sólo a lo que mi dueña quisiera hacer conmigo. Más que nunca odié entonces mi condición de juguete o capricho de aquella noble dama.
            “Únicamente debes aprender a sentir. Y sentir es abrir y dejar libres y diáfanos todos tus sentidos como si fueran ventanas por las que debiera entrar la luz, el viento, los aromas, los sonidos; la vida en su conjunto. Nada se te demanda. Sólo quien aprende a sentir será capaz después de provocar en otros sensaciones hermosas. Sólo quien es egoísta en su aprendizaje puede ser espléndido y sutil en sus ulteriores entregas. Ahora cierra los ojos y disfruta”, me ordenó. Y usando un pañuelo de lino real colmado de perfume me vendó para que no la viera. Sus ávidos labios comenzaron a recorrer mi cuello, mientras el sabor de su boca y el reguero tenue de humedad, que iba dejando su lengua por mi nuca, mi pecho o mis hombros, me hacía estremecer de dicha por entero. Sólo su boca y el presentimiento de su cuerpo cercano, cuya fragancia y formas conocía a fuerza de soñarlo hasta la obsesión, eran suficientes para que mi corazón golpeara en la oquedad de mi pecho hasta retumbar en mi cráneo incontroladamente, y hacerme sentir en él la pulsión a borbotones de mi sangre ardorosa. Porque en medio de aquella ceguera impuesta, resultó que yo siempre esperaba el contacto de sus hábiles manos o su boca en el lugar equívoco. Y es que, además, aquellas manos eran capaces de tocarme con su amago y su ausencia de un modo infinitamente más intenso y real que el que pudieran haberlo hecho a través del tacto efectivo de tan expertos dedos. Comprendí entonces que me excitaba más lo que no me hacía que aquello que llegaba a materializarse. 
            Recuerdo haber comenzado, después de un largo trecho de estremecimientos, a respirar muy trabajosamente y a sentir un total desvanecimiento en mis brazos y piernas, que me obligó a recostarme, abandonado, sobre la mullida litera. Sé que los almohadones me recibieron con el cobijo amable de sus plumas, y que quise hundirme en su perfume transido en una mezcla de placer y sopor de colmada impotencia, pues aquello que se me ofrecía daba a mi realidad una dimensión nueva y, a la vez, de ineptitud completa. Y sólo un instante después, en medio de un rictus incontrolable de deleite, mi cuerpo, abandonado al más dulce desfallecimiento, se vaciaba de sí en un hilo intermitente de espasmos sostenidos, colmado de ventura inefable. Y todo sucedía al mismo tiempo que mi atrevimiento llevaba a mi mano a arrancarme la venda, y la culpa y la vergüenza teñían de grana mi rostro, y me impedían mirar claramente a los ojos de quien había sido la autora de mi dicha. “Mírame y escucha”. Me reclamó ella, mientras acariciaba, lúbrica, mi jugo de la vida; mi semen perlado entre sus manos. “Nada hay que le produzca más placer a una mujer que saber que ha propiciado exaltación a quien ella ha permitido que se tienda en su lecho”.

Sintió Manuel su cuerpo tenso y cómo su respiración casi se hacía audible. Aún le golpeaban en su frente las palabras leídas la noche antes en el libro, que ahora, de una forma imprecisa y misteriosa, venían a fundirse con lo que Daniel le estaba confesando. No, no es que el muchacho le refiriera momentos escabrosos o íntimos. Es que en su imaginación todo se hacía uno, como si ambas cosas, sentimientos y texto, estuvieran destinadas a uncirse fuertemente. Era como si dos sucesos distantes en el lugar y tiempo confeccionaran una única realidad universal y eterna. ¿Qué sentido tenía aquella confabulación?
            Escuchó el viejo cura cuanto el chico relataba en una mezcla de amor incontinente y culpable vergüenza, desde una voz tan fervorosa y trémula que llamaba a las lágrimas.  
            ¿Por qué venía a él? Durante la anterior confesión había sido incapaz de aportarle consejo o valoración alguna. ¿Qué esperaba el muchacho de aquel anciano cura carente de cualquier experiencia al respecto?
            De nuevo se limitó a darle la absolución sin imponerle penitencia alguna.
            En esta ocasión Daniel la recibió mirándole a los ojos. Y en los del muchacho vio Manuel, con tristeza infinita, que se guarecía el destello esmaltado del traidor que se siente culpable e impotente sin poder remediar su sórdido delito.

            Tal vez por eso, el cura le insistió: “Vete, hijo, en paz, y que el Señor te guíe”. Y remarcó: “Escúchame: Te exijo que te vayas en paz”. Y él mismo se sorprendió de aquella cariñosa vehemencia.   


Mi ingreso y asistencia con regularidad a la Casa de Vida y mi relación, como discípulo, con los más altos estamentos de la corte del gran Horus, se produjeron de modo inmediato y casi simultáneo. Horemheb, que  siempre me había dedicado su celo y atención en la distancia, seguía, sin duda, obrando en mi favor. Y ahora, desde su puesto de dios viviente y máximo señor, su mano cumplía sobre mí con mucha mayor efectividad. Aunque todo lo suyo a mi respecto continuara sumido en una discreción y una furtividad que yo no comprendía. Con el tiempo supe que se trataba de una deuda de gratitud con el que había sido mi padre. Algo que él tuvo siempre muy presente pues que algo fundamental y trascendente reposara entre aquello. Pero a la vez, le era necesario que nadie supiera de su favor hacia mí, cual si algo inconfesable sobrevolara nuestra relación, o nadie debiera saber a ciencia cierta quién era yo, cuál mi procedencia y cuál se esperaba que fuera mi destino.
              Mis primeros temores sobre la reacción que pudiera tener Maya cuando se enterara de mi lasciva proximidad a su  mujer, quedaron también muy pronto disipados. Sin embargo aquello me supuso una nueva sorpresa. Según se me hizo entender, aquella separación estaba bien pactada entre ellos dos. El añoso tesorero real contaba con el amor incondicional de su mujer. Y bien sabía él que mi presencia en nada empañaría un cariño antiguo y bien consolidado. Sus mutuos intereses eran otros de orden muy superior. Y entre ellos ya no estaban ni los celos gratuitos ni de la embriaguez tumultuosa del placer o del sexo. El placer que ella pudiera obtener a través de mí y de mi joven cuerpo, en nada le ofendía ni le restaba apegos o ternuras. Así pues, toda la batalla que iba yo a librar lo sería en el restringido y exclusivo ámbito de mi interior y en el silencio de mi intimidad. Y ello, porque una total ocupación alcanzaba todo el territorio enfangado de mi ser. El proceso de mi encuentro había comenzado. Como si el gran río se hubiera desbordado en mis entrañas, y sus negras y fértiles aguas inundaran, hasta anegarlos, todos mis confines, así viví yo mi pasión por aquella mujer que siempre me fue un astro inalcanzable.

Más que nunca le entristecía y le avergonzaba a él su inexperiencia en el ámbito de lo amoroso. Durante años había, osadamente, aconsejado, a diestro y a siniestro, sobre cómo comportarse dentro del matrimonio. Había reorientado parejas, asesorado en pleitos de carácter muy íntimo, y pontificado sobre el amor carnal, diciendo con una seguridad aplastante y dogmática qué se debía hacer y qué no se debía. De repente, un enorme rubor lo conducía a una sensación de congoja infinita. Junto a la usurpación de sentir, se le había administrado una dosis de autoritaria y necia ortodoxia. Todo resultaba ser un lerdo despropósito y un temerario atrevimiento. Un curandero dando las pautas para curar un cáncer. La autoridad “ex cathedra” era un vicio demasiado extendido entre los de su casta.

             
Tebas, a quien nosotros llamamos Uaset, es un lugar en el que el dios Amón, a través de sus avaros clérigos, acólitos, sacristanes y cómplices, ha derramado todos sus favores con copioso esplendor. Por eso, no fue gratuito tampoco, para este faraón, que el sacrosanto Oráculo  fuera amañado y hablara en su favor. No obstante, se consiguió así que un miliciano cualquiera, aunque con graduación, tras desposarse con Mutnodjmet, hija de Eye y hermana de la gran Nefertiti, fuera reentronizado y confirmado en su solio con las dignidades y honores requeridos.
            Como ciudad protegida, y capital de nuestra gran nación (nación que alcanza en los presentes días desde el río Eúfrates hasta la Alta Nubia), su nutrida población y sus riquezas la hacen digna morada del “Horus vivo” y de su corte, y del cuerpo de escribas, magistrados y plenipotenciarios de su déspota administración. El recinto de los templos rotura por completo la orilla oriental del río. Y su grandeza y suntuosidad hacen palidecer a quienes se acercan por sus alrededores, aunque sean mercaderes venidos del desierto de Punt o viajeros de más allá de la noble Idumea; comerciantes procedentes del Oriente, o marinos mercantes nacidos en Armeni, Naharina o las lejanas Cicladas.
            Desde su fundación, que se pierde en los tiempos más remotos, todos nuestros faraones han querido dejar en ella muestra patente de sí mismos y su respeto y amor por el dios del aliento y la fecundidad, que siempre les ha servido tan diligentemente a sus causas y fines. Pero es durante la gran fiesta de Opet, cuando el recinto sagrado bulle y se desborda en sí mismo. Y tal emoción prende en los corazones esperanzados de los hombres humildes y creyentes, porque una vez más nuestro rey ha revalidado su vigor, su equilibrio y su clarividencia, y eso hace creer al pueblo llano que el futuro de Kemit está nuevamente seguro.
            En este lugar he vivido años que jamás podría olvidar, pues sobre ellos se sustenta el pilar de mi ser.


No hay comentarios:

Publicar un comentario