LAS DORADAS TROMPETAS DE KEMIT
***
Volví a las Dos
Tierras cuando se me ordenó. Regresé cuando Horus Horemheb sentía que su fin
estaba ya muy próximo y debía dictar su testamento. Cuando volví, todo había
cambiado en relación conmigo. Mi vida contaba más de cuarenta crecidas y mi
semblante era sereno y mi cuerpo maduro. De inmediato fui conducido a presencia
del gran faraón que ya vivía permanentemente postrado en su litera. Y, por
primera vez, éste me miró a los ojos y me habló como se habla a un hijo en el
que se tienen puestas todas las complacencias.
Por fin, me fue desvelado con
absoluta precisión todo el nebuloso acontecer de mi pasado y aquello que debía
ser mi invariable futuro. Se me refirió con toda exactitud quién había sido mi
padre, su procedencia y mi estirpe, y cómo se me había concebido y para qué. Se
me reveló mi nacimiento en Amarna, ciudad santa de Atón, hundida ahora en el
desierto por réproba y hereje. Comprendí el trato y el afecto encubierto de
Meritatón, y las razones que habían hecho que mi formación siempre hubiera sido
atendida por hombres preeminentes, que hasta entonces, ingenuamente, me había
parecido que el destino había puesto ante mí de un modo oportunamente
misterioso. No había sido, pues, gratuita mi entrega bajo las órdenes y los
conocimientos de Bakenkhons y Ahmose en el recinto sagrado de Karnak, para que
ellos me instruyeran en el noble oficio del escriba, no escatimando cuanto
rigor fuera necesario. No había sido casual que el arquitecto Amenofis, el hijo
de Hapu, y su cantero, el noble Uedje, que la divinidad haya coronado, se
hubieran ocupado de forjar mi temple y mi carácter en la mina de Hat-Nub. No
había sido producto del azar el que Moshem me permitiera ser partícipe de los
ritos de embalsamamiento de la notable Merit. Ni había sido fortuito que
Radamante me purificara, ni que Semuré me admitiera en su caravana y luego me
condujera por la dura meseta hasta El Sinaí, en unos días que nunca olvidaré,
ni tampoco que Resaí custodiara mis años de aproximación a los secretos de “La
Orden luminosa de Atón”. No había sido, en fin, una casualidad que Merit
estuviera aquel día en las orillas del lago Meruer. Ni las atenciones y la
aceptación de Maya para que su esposa me iniciara en los tórridos parajes del
sexo y el amor. Nada, nada había sido producto del azar. Mi vida había sido,
poco a poco, nutrida y aislada como se hace con un animal destinado a un
oficio, como se hace con un cormorán adiestrado a la pesca, como con un eunuco
dispuesto para regentar un harén. Aquello había sido, en definitiva, una manera
subrepticia de sacrificio humano.
Ahora el soberano veía próximo su
final y quería que su remoto compromiso con Akhenatón quedara sellado por el
juramento de quienes le sobreviviríamos. El viejo general Paramessu sería su
sucesor en el trono de Egipto, pues ya llevaba largo tiempo ejerciendo una
íntima corregencia al lado del supremo. Y su hijo Seti, para quien se pensaba
la dignidad real en el futuro, no estaba aún maduro para regir Kemit. De esa
forma, dos faraones estaban ya nombrados en la sombra. Durante sus reinados
debía darse el golpe definitivo al estamento sacro.
No tardando mucho, yo sería nombrado
uno de los grandes sacerdotes en el templo de Amón, en Uaset. Todo estaba
dispuesto; las voluntades subyugadas, y los apoyos instalados en el sitio
oportuno. Era un plan fraguado minuciosamente desde lejos; desde los tiempos
remotos de Meritatón.
Sin
tanta relevancia, también su vida había sido sacrificada en aras de un
propósito ajeno. Tal vez la mayor parte
de los seres humanos podría decir que sus vidas no habían sido
completamente suyas. Con malévola frecuencia se interfería en la voluntad
ajena, y luego estaba la dependencia familiar, el afecto; todos aquellos lazos
que nos encadenaban y no nos permitían obrar con libertad. También los padres y
los hijos, los afectos y el orden eran una mordaza para no poca gente.
Mi
nombramiento contó, como era de esperar, con no pocos reticentes y abiertos
adversarios, pero el poder real y aquellos oportunos infiltrados en el servicio
del dios, hicieron que mi solio fuera consolidado, sino por la razón, por el
imperativo tenaz de la amenaza. Sé que hubo que comprar voluntades y acallar
maledicencias e injuriosos murmullos que alertaban de que, una vez más, algo
especialmente turbio se estaba fraguando en las altas instancias. Pero la bolsa
estuvo presta y el cuchillo o el tóxico dispuestos. Y aun a pesar de que muchos
expandían sus dudas sobre mi formación, muy pronto hubieron de retractarse de
su juicio infundado, pues inmediatamente yo fui capaz de dar muestra cumplida y
elocuente de mi modo de discernir y de mi bagaje de exóticos conocimientos. Y
es que mi formación, habida en las lejanas tierras, dotaba de un punto de nueva
controversia a la anclada forma de creer y razonar del resto de la sagrada
casta en mi país.
Muy pronto murió el sumo sacerdote,
y yo fui elevado a esa dignidad máxima y absoluta.
Su muerte fue inesperada.
Durante algún tiempo, mi ingenuidad y
tal vez, incluso, mi deseo me hicieron creer que ésta se había producido por causas
naturales. Con el pasar del tiempo supe fehacientemente que había sido
envenenado para que yo ocupara el lugar que se me había asignado por los
imperativos de intereses supremos.
Debieron haber calculado mal mis
virtudes y mi disposición hacia sus fines, aquellos que escribieron, sobre el
papiro de sus pretensiones, mi docilidad. Nada me unía a ningún dios. Es más,
el periodo de ateismo en el que había estado inmerso tras la muerte de Merit,
si algo había dejado grabado en mí interior, había sido un estado de libertad
espiritual que no me vinculaba, ni por la fe ni por el miedo, a nada
sobrenatural. Sin embargo, cada uno de los minutos vividos en aquel exilio al
que se me había forzado había sido aprovechado, sin ningún desperdicio, en el
ahondamiento en mí mismo y en la rigurosidad para con mi propia conciencia.
Así pues, desde el primer momento,
tomé mi cargo con cuanta energía y rigidez me parecieron oportunas. La
situación social de la casta de los sacerdotes era, ante mi juicio,
ofensivamente privilegiada con relación al pueblo, a quien se suponía debía
servir como su mediación ante los dioses y procuradores del Maat. La práctica
diaria de los oficios divinos estaba relajada, y todos habían sabido encontrar
subalternos en quien depositar aquellos trabajos y ceremonias que les
correspondían. En unos cuantos años, en los que se había vuelto a restablecer
el culto a Amón, los clérigos de sus templos, no sólo habían recuperado sus
riquezas sin mesura, sino que habían descuidado sus cargos y abandonado su
crecimiento espiritual y el servicio al que debían darse, abundando en orgías,
tratos de lenocinio, y placeres carnales y avarientos.
En mi fuero interior se asentó un
principio que resultó la guía y la razón de mi vida y mis actos. Mis creencias
no eran ni firmes ni fanáticas. Las dudas presidían mi pensamiento, tanto
durante el día como cuando llegaba la mitigante noche. Pero había algo
inalienable: Aquel era mi cargo; el cargo para el que el misterioso destino me
había designado desde las ocultas razones insondables, y yo iba a ser fiel a
cuanto él entrañaba, pesara a quien pesara y exigiera de mí aquello que
exigiera. Tal vez la duda me persiguiera eternamente; tal vez la duda fuera
inherente al ser humano, y tan consustancial a él como su sombra o su aliento.
Por eso no cabía más que la defensa a ultranza del honor y de la dignidad para
complementar la inseguridad y el extravío humano. Ahora yo era el Sumo
Sacerdote de Amón, y lo iba a ser, no como algunos querían que lo fuera y por
el tiempo que ellos me determinaran; lo iba a ser como yo entendía que debía
serlo y durante el tiempo que mi vida me lo permitiera. ¿Qué importaba que yo
creyera o no creyera en todo aquello? Aquella creencia sustentaba la existencia
de miles y miles de seres humildes a quienes yo no podía privarles ni siquiera
de aquella fastuosa falacia, puesto que yo no poseía nada cierto que pudiera
ocupar su lugar con mayor solidez y más veracidad. Pero si yo me había
convertido en el ministro supremo de una inmensa mentira, ejercería mi función
con la mayor dignidad y honradez con que fuera capaz. Que la farsa fuera una
ignominia no era culpa mía; que su ejecución fuera indigna, mediocre o
denigrante sí era mi pecado. Un único detalle hacía que mis planteamientos no
coincidieran con los de quienes habían sido mis valedores. Bajo ningún concepto
yo contribuiría a que la gran mentira diera ni un paso más en su crecer
repugnante; en modo alguno yo serviría como aliento del despreciable fraude
universal: yo no sería dios.
Emprendí sin demasiado alboroto todo
un plan de revisión interior de los servidores del templo. El sosiego y la
cautela eran virtudes que ampliamente había practicado en mi disimulado exilio.
El asunto se me aceptó con la tolerancia con que se le acepta a un neófito un capricho
inconsciente, pensando en que es sólo el exponente externo de una sangre llena
de arrogancia y de ímpetu feraz. Pero muy pronto, los más hábiles, percibieron
que aquello era mucho más que un afán de notoriedad y
un ansia desmedida de singularizarme. Entonces, éstos, se apresuraron a ponerse
a mi lado. Aquellos otros que habían sido situados en cargos escogidos y que
larvadamente y con paciencia estoica habían ido trazando y ansiando la vuelta
de Atón pensaron que todo obedecía a un juego de estrategia para alcanzar el
fin que ellos suponían que también sería el mío. Cuando sus nervios comenzaron
a horadar sus crédulas firmezas y su seguridad, ellos mismos empezaron a hacer
sonar las trompetas estridentes de la alarma ante la corte de aquel faraón oriundo
de Tanis, el Gran Ramsés I, que, a la sazón, ya había sido nombrado Señor de
las dos Tierras. Pero entonces ya era demasiado tarde.
La muerte de Horus Horemheb había
llegado en el momento en que se preveía, y el relevo en la más alta dignidad se
había efectuado sin ningún trauma o sobresalto, como estaba previsto. El país
estaba harto de incertidumbres y cansado de hambres, pues los pueblos de
Levante seguían sembrando inseguridad en el entorno próximo. El viejo Paramessu
subió al trono con el nombre de Ramsés I (El dios Ra le ha hecho renacer). Y
las ceremonias y el periplo de sus viajes por todo el territorio le llevó tanto
tiempo, que le impidió ocuparse de otros asuntos en los que, por otra parte,
creía firmemente tener bien asidas las bridas. Yo, por mi parte, sabía que no
contaba con demasiado tiempo para afianzar mi plan. Para cuando el nuevo Horus
quiso atender mi infidelidad ya era imposible darle una solución sin levantar
sospechas. Por otra parte, Ramsés I entendió que no podía prescindir de mi
apoyo y lo que mi autoridad le suponía entonces. Él era un anciano cansado, y
creo que decidió que su sucesor fuera quien se enfrentara a mí, si es que debía
hacerse. De nuevo se tambaleaba el plan para abolir a mi través el ancestral
politeísmo. Sólo en el conjunto de nuestro santuario de Karnak estaban
integradas más de doscientas mil personas. Y nuestros bienes materiales juntos
eran más importantes que los que componían el tesoro real.
Conseguí el fortalecimiento de mi
autoridad en un tiempo mínimo gracias a la objetividad al elegir a mis más
estrechos colaboradores. Valoré en ellos su elemental piedad, su inteligencia y
su falta absoluta de ambición personal. A cambio, les hablé con claridad, me
puse en sus manos y le ofrecí toda la grandeza que suponía compartir un
proyecto de integridad, exigencia y santidad más allá de creencias y pleitesías
espirituales concretas. A algunos les escandalicé, y les hice tambalearse en
sus férreos principios. Aquél fue mi verdadero riesgo, y allí hubiera podido haber
muerto todo mi temerario plan. No fue así. Curé sus almas con el mismo cauterio
de soledad, silencio y reencuentro con el que había extirpado la mía. Elevé a
puestos claves a personas que durante tiempo habían sufrido el hierro del
menosprecio y se habían curtido en la negación de sí mismos y en el sacrificio
personal. No negaré que aquella profunda alteración del orden anterior supuso
un rechazo de muchos, que corrieron a delatarme ante el faraón y sus ministros,
airados por las perdidas de sus riquezas y prebendas, y, también (debo decirlo
en honor a la estricta verdad), aterrorizados por tan radical osadía. Pero la
firmeza de mis actos, y la cauta estrategia de mis pasos fue colocando en mi
entorno una urdimbre imposible de rasgar. Todo el magnifico entramado se
sustentaba en el hecho principal que suponía mi falta absoluta de apego a aquel
cargo y a aquella impuesta situación. Era, pues, consciente de que en cualquier
momento un vino hábilmente especiado o un cuchillo de sílex apostado en la
sombra podían cortar el lienzo de mi vida para siempre, pero aquello no me
intimidaba. En algo, como una vida, que debía inexorablemente terminar, poco
importaba un puñado de años. Tan sublime indolencia me hacía, sin embargo, no
temer a nada ni a nadie. Mi vida era un desafío provocador y continuo. Mi
valentía, una sorpresa permanente ante mis propios ojos. No oculto que, a pesar
de todo, extremé el cuidado de mi seguridad. Pero contaba con fieles
correligionarios de los que hubieran dado su vida sin reservas por preservar la
mía. Y debo decir que más cuidaban ellos de mí que yo mismo; quizás, también
porque mi vida iba inexorablemente trabada con las suyas.
Comencé a exigir una
administración exhaustiva y el
cumplimiento riguroso en lo concerniente a todos aquellos que se ocupaban de
las ofrendas, los graneros, los almacenes de salmueras, el pastoreo de nuestros
rebaños, el cuidado de las granjas, la habilidad de la caza, la atención de las
huertas y los campos de labor, y de todas las artesanías y los talleres de
tejidos que nos pertenecían, así como las casas de Vida y de Muerte emplazadas
en el perímetro sagrado. Dirigí la reorganización de los estudios en la escuela
de Vida, e hice modificaciones en el
proceso de selección de sus alumnos. Garanticé, desde el primer día, salarios
puntuales y dignos para todos, y me ocupé personalmente de que los alimentos
fueran repartidos de tal modo que el abastecimiento de las familias de todos
cuantos dependían del templo quedará sistemáticamente garantizado. Establecí juicios
justos para los trasgresores e impuse penas ejemplares para los delincuentes. Y
logré que el reparto de miel, trigo y cerveza fuera algo vulgar, cotidiano y
espléndido. Abrí los patios del templo para que el pueblo pudiera efectuar sus
actos de culto, e hice que todos sintieran a la divinidad más cercana y más
suya. Garanticé un servicio de embalsamadores y un sepulcro digno para todos
los que estaban adscritos al servicio directo de los tabernáculos, y potencié
cuanto pude el de todos aquellos que lo necesitaban, siempre dando preferencia
a los más indigentes. Pronto fui popular y querido por la mayoría, y mi
autoridad se reforzó con el poder que me otorgaron todos mis seguidores. El
indómito Seti, el hijo de Ramsés, bramaba contra mí y azuzaba a su padre para
poner cerco a la autoridad que se iba generando en mi entorno. Pero el faraón
no tenía las fuerzas suficientes para oponerse a mi plan y combatir con
garantías a mi clero y a cuantos
apoyaban tácitamente mis principios y actos.
Tomé esposa. Mandé traer a Ineferti
desde las tierras de Hetta Heri, al sur del bajo delta. La había conocido en un
mercado, y sus ojos me hablaron inmediatamente de su verdad y de su abnegación.
Envié a un emisario con el papiro de mis pretensiones, y ella inició inmediatamente
el camino a mi encuentro, pues que, por extraños acordes del destino, me estaba
aguardando. Y nunca le oculté el riesgo que asumía viniendo a vivir junto a mí.
La amé desde mucho antes de tenerla
conmigo. Y si no he hablado antes de ella es porque siempre la concebí como
alguien de quien su inmensa dignidad me impedía pensarla y pronunciar su nombre
antes de poder sumergirme en el mar de su amor. Por todo eso, derramé sobre
ella, con delirante profusión todos los conocimientos que atesoraba en las sublimes
artes amatorias, en las que me había instruido tan sabiamente la inolvidable
Merit. Hubo un tiempo en que creí enloquecer a su lado. Únicamente me separaban
del celo y la lascivia los imperativos que me exigía la santa purificación para
los rituales. El placer incesante me embriagaba, y, como hacen los jóvenes
venales e insaciables, ni siquiera nos concedíamos el tiempo necesario para la
nutrición, el sueño, el reposo o la higiene. Parecía como si el largo periodo
de abstinencia mantenido por mí durante tantos años, quisiera saciarse con
codiciosa y egoísta avaricia. Su desnudez, únicamente violada por el pectoral
que me diera Meritatón, me maravillaba de tal modo, que mis ojos se anegaban en
lágrimas, y mi placer se fundía con mi pena en un nudo amargo y dulce a un
mismo tiempo, cuyos dos sabores potenciaban mucho más al opuesto. En aquel
tiempo hubiera huido con ella para fundirnos en un acto de amor que nos hubiera
propiciado la extenuación y hasta la misma muerte. Pues, a pesar de mi madura
edad, deseaba poseerla una y otra vez sin dilaciones. Y cada envite, por
colmado que fuera, me dejaba un grandioso vacío de impotente deseo. Bien era
cierto que yo era un buen conocedor de aquellas sensaciones, que ahora me
certificaban que el amor verdadero nunca era saciado. Por eso hubiera buscado
un áspid para que nos matara en un sello de felicidad propiciado por el veneno
férvido. Podía acariciarla, y sentir permanentemente la sorpresa de que su piel
se me había acabado dejando entristecido y burlado a mi tacto. La preñé nueve
veces y me dio cuatro hijos. Y ni un solo día desde que la tuve a mi lado la he
aborrecido o no he deseado unir su cuerpo al mío y entrar una vez más en su
cálida entraña. Si bien, pasado un largo tiempo, ambos hemos entrado en el amable
lecho de la complicidad y el cariño serenos. He admirado su modo de envejecer,
y la manera en que su cuerpo ha sustituido las tersuras de la lozanía por la
elocuente dignidad de una carne más cálida, mesurada y rotunda. He mamado sus
pechos y la he sentido dormir apoyando
su cabeza en mi vientre. He gozado viéndola reposar en total abandono agarrada
a mi mano, y he sentido el musitar de su respiración marcando el ritmo de mi
vida y su vida. He gustado su boca y cerrado sus ojos con la mía. Y he
enloquecido en silencio cuando he notado que otros la miraban, oían sus
palabras, valoraban sus juicios, recibían su afecto, entraban en su vista, o
tocaban sus ropas. He sentido celos de nuestros propios hijos. He gozado
viéndola uncida en su maternidad ejemplar con cada uno de nuestros cuatro
hijos. Y, en fin, la he amado como jamás hubiera imaginado que pudiera amar
nadie. Meritatón, Merit y la indolente soledad
han
sido mis maestras.
¡Que el
Universo sepa
recompensar su sapiencia y su entrega que, al final, en mí han sido tan
fructíferas y prácticas!
El
viejo sonrió. Le gustaba a él aquella narración de plenitud humana. La vida, el
amor, la conciencia. El tiempo transcurriendo y permitiendo que el hombre fuera
hombre. Entonces se acordó del redactor de aquel curioso libro, y tal vez su
sonrisa fue su modo de agradecerle aquel regalo único. De pronto todo en su
derredor había tomado forma de colosal disparate.
Luego,
una vez más, se contempló a sí mismo, y se encontró perdido. Y por extraño que
pueda parecer, no le dio importancia. Tenía algo apresado que le infundía
calma.
Al
fin, el día último del curso en el seminario había llegado y, a él eso le permitía continuar
leyendo en su habitación, sin tener que preocuparse por la portería. Desde su ventana
veía aquella placita que hoy parecía algo más animada con idas y venidas de
fardos, estudiantes y algunos familiares.
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