sábado, 1 de marzo de 2014

Las doradas trompetas de Kemit



LAS DORADAS TROMPETAS DE KEMIT


***

Volví a las Dos Tierras cuando se me ordenó. Regresé cuando Horus Horemheb sentía que su fin estaba ya muy próximo y debía dictar su testamento. Cuando volví, todo había cambiado en relación conmigo. Mi vida contaba más de cuarenta crecidas y mi semblante era sereno y mi cuerpo maduro. De inmediato fui conducido a presencia del gran faraón que ya vivía permanentemente postrado en su litera. Y, por primera vez, éste me miró a los ojos y me habló como se habla a un hijo en el que se tienen puestas todas las complacencias.
            Por fin, me fue desvelado con absoluta precisión todo el nebuloso acontecer de mi pasado y aquello que debía ser mi invariable futuro. Se me refirió con toda exactitud quién había sido mi padre, su procedencia y mi estirpe, y cómo se me había concebido y para qué. Se me reveló mi nacimiento en Amarna, ciudad santa de Atón, hundida ahora en el desierto por réproba y hereje. Comprendí el trato y el afecto encubierto de Meritatón, y las razones que habían hecho que mi formación siempre hubiera sido atendida por hombres preeminentes, que hasta entonces, ingenuamente, me había parecido que el destino había puesto ante mí de un modo oportunamente misterioso. No había sido, pues, gratuita mi entrega bajo las órdenes y los conocimientos de Bakenkhons y Ahmose en el recinto sagrado de Karnak, para que ellos me instruyeran en el noble oficio del escriba, no escatimando cuanto rigor fuera necesario. No había sido casual que el arquitecto Amenofis, el hijo de Hapu, y su cantero, el noble Uedje, que la divinidad haya coronado, se hubieran ocupado de forjar mi temple y mi carácter en la mina de Hat-Nub. No había sido producto del azar el que Moshem me permitiera ser partícipe de los ritos de embalsamamiento de la notable Merit. Ni había sido fortuito que Radamante me purificara, ni que Semuré me admitiera en su caravana y luego me condujera por la dura meseta hasta El Sinaí, en unos días que nunca olvidaré, ni tampoco que Resaí custodiara mis años de aproximación a los secretos de “La Orden luminosa de Atón”. No había sido, en fin, una casualidad que Merit estuviera aquel día en las orillas del lago Meruer. Ni las atenciones y la aceptación de Maya para que su esposa me iniciara en los tórridos parajes del sexo y el amor. Nada, nada había sido producto del azar. Mi vida había sido, poco a poco, nutrida y aislada como se hace con un animal destinado a un oficio, como se hace con un cormorán adiestrado a la pesca, como con un eunuco dispuesto para regentar un harén. Aquello había sido, en definitiva, una manera subrepticia de sacrificio humano.        
            Ahora el soberano veía próximo su final y quería que su remoto compromiso con Akhenatón quedara sellado por el juramento de quienes le sobreviviríamos. El viejo general Paramessu sería su sucesor en el trono de Egipto, pues ya llevaba largo tiempo ejerciendo una íntima corregencia al lado del supremo. Y su hijo Seti, para quien se pensaba la dignidad real en el futuro, no estaba aún maduro para regir Kemit. De esa forma, dos faraones estaban ya nombrados en la sombra. Durante sus reinados debía darse el golpe definitivo al estamento sacro.
            No tardando mucho, yo sería nombrado uno de los grandes sacerdotes en el templo de Amón, en Uaset. Todo estaba dispuesto; las voluntades subyugadas, y los apoyos instalados en el sitio oportuno. Era un plan fraguado minuciosamente desde lejos; desde los tiempos remotos de Meritatón.


Sin tanta relevancia, también su vida había sido sacrificada en aras de un propósito ajeno. Tal vez la mayor parte  de los seres humanos podría decir que sus vidas no habían sido completamente suyas. Con malévola frecuencia se interfería en la voluntad ajena, y luego estaba la dependencia familiar, el afecto; todos aquellos lazos que nos encadenaban y no nos permitían obrar con libertad. También los padres y los hijos, los afectos y el orden eran una mordaza para no poca gente.


Mi nombramiento contó, como era de esperar, con no pocos reticentes y abiertos adversarios, pero el poder real y aquellos oportunos infiltrados en el servicio del dios, hicieron que mi solio fuera consolidado, sino por la razón, por el imperativo tenaz de la amenaza. Sé que hubo que comprar voluntades y acallar maledicencias e injuriosos murmullos que alertaban de que, una vez más, algo especialmente turbio se estaba fraguando en las altas instancias. Pero la bolsa estuvo presta y el cuchillo o el tóxico dispuestos. Y aun a pesar de que muchos expandían sus dudas sobre mi formación, muy pronto hubieron de retractarse de su juicio infundado, pues inmediatamente yo fui capaz de dar muestra cumplida y elocuente de mi modo de discernir y de mi bagaje de exóticos conocimientos. Y es que mi formación, habida en las lejanas tierras, dotaba de un punto de nueva controversia a la anclada forma de creer y razonar del resto de la sagrada casta en mi país.
            Muy pronto murió el sumo sacerdote, y yo fui elevado a esa dignidad máxima y absoluta.
            Su muerte fue inesperada. Durante  algún tiempo, mi ingenuidad y tal vez, incluso, mi deseo me hicieron creer que ésta se había producido por causas naturales. Con el pasar del tiempo supe fehacientemente que había sido envenenado para que yo ocupara el lugar que se me había asignado por los imperativos de intereses supremos.
            Debieron haber calculado mal mis virtudes y mi disposición hacia sus fines, aquellos que escribieron, sobre el papiro de sus pretensiones, mi docilidad. Nada me unía a ningún dios. Es más, el periodo de ateismo en el que había estado inmerso tras la muerte de Merit, si algo había dejado grabado en mí interior, había sido un estado de libertad espiritual que no me vinculaba, ni por la fe ni por el miedo, a nada sobrenatural. Sin embargo, cada uno de los minutos vividos en aquel exilio al que se me había forzado había sido aprovechado, sin ningún desperdicio, en el ahondamiento en mí mismo y en la rigurosidad para con mi propia conciencia.
            Así pues, desde el primer momento, tomé mi cargo con cuanta energía y rigidez me parecieron oportunas. La situación social de la casta de los sacerdotes era, ante mi juicio, ofensivamente privilegiada con relación al pueblo, a quien se suponía debía servir como su mediación ante los dioses y procuradores del Maat. La práctica diaria de los oficios divinos estaba relajada, y todos habían sabido encontrar subalternos en quien depositar aquellos trabajos y ceremonias que les correspondían. En unos cuantos años, en los que se había vuelto a restablecer el culto a Amón, los clérigos de sus templos, no sólo habían recuperado sus riquezas sin mesura, sino que habían descuidado sus cargos y abandonado su crecimiento espiritual y el servicio al que debían darse, abundando en orgías, tratos de lenocinio, y placeres carnales y avarientos.
            En mi fuero interior se asentó un principio que resultó la guía y la razón de mi vida y mis actos. Mis creencias no eran ni firmes ni fanáticas. Las dudas presidían mi pensamiento, tanto durante el día como cuando llegaba la mitigante noche. Pero había algo inalienable: Aquel era mi cargo; el cargo para el que el misterioso destino me había designado desde las ocultas razones insondables, y yo iba a ser fiel a cuanto él entrañaba, pesara a quien pesara y exigiera de mí aquello que exigiera. Tal vez la duda me persiguiera eternamente; tal vez la duda fuera inherente al ser humano, y tan consustancial a él como su sombra o su aliento. Por eso no cabía más que la defensa a ultranza del honor y de la dignidad para complementar la inseguridad y el extravío humano. Ahora yo era el Sumo Sacerdote de Amón, y lo iba a ser, no como algunos querían que lo fuera y por el tiempo que ellos me determinaran; lo iba a ser como yo entendía que debía serlo y durante el tiempo que mi vida me lo permitiera. ¿Qué importaba que yo creyera o no creyera en todo aquello? Aquella creencia sustentaba la existencia de miles y miles de seres humildes a quienes yo no podía privarles ni siquiera de aquella fastuosa falacia, puesto que yo no poseía nada cierto que pudiera ocupar su lugar con mayor solidez y más veracidad. Pero si yo me había convertido en el ministro supremo de una inmensa mentira, ejercería mi función con la mayor dignidad y honradez con que fuera capaz. Que la farsa fuera una ignominia no era culpa mía; que su ejecución fuera indigna, mediocre o denigrante sí era mi pecado. Un único detalle hacía que mis planteamientos no coincidieran con los de quienes habían sido mis valedores. Bajo ningún concepto yo contribuiría a que la gran mentira diera ni un paso más en su crecer repugnante; en modo alguno yo serviría como aliento del despreciable fraude universal: yo no sería dios.
            Emprendí sin demasiado alboroto todo un plan de revisión interior de los servidores del templo. El sosiego y la cautela eran virtudes que ampliamente había practicado en mi disimulado exilio. El asunto se me aceptó con la tolerancia con que se le acepta a un neófito un capricho inconsciente, pensando en que es sólo el exponente externo de una sangre llena de arrogancia y de ímpetu feraz. Pero muy pronto, los más hábiles, percibieron que aquello era mucho más que    un afán de notoriedad y un ansia desmedida de singularizarme. Entonces, éstos, se apresuraron a ponerse a mi lado. Aquellos otros que habían sido situados en cargos escogidos y que larvadamente y con paciencia estoica habían ido trazando y ansiando la vuelta de Atón pensaron que todo obedecía a un juego de estrategia para alcanzar el fin que ellos suponían que también sería el mío. Cuando sus nervios comenzaron a horadar sus crédulas firmezas y su seguridad, ellos mismos empezaron a hacer sonar las trompetas estridentes de la alarma ante la corte de aquel faraón oriundo de Tanis, el Gran Ramsés I, que, a la sazón, ya había sido nombrado Señor de las dos Tierras. Pero entonces ya era demasiado tarde.
            La muerte de Horus Horemheb había llegado en el momento en que se preveía, y el relevo en la más alta dignidad se había efectuado sin ningún trauma o sobresalto, como estaba previsto. El país estaba harto de incertidumbres y cansado de hambres, pues los pueblos de Levante seguían sembrando inseguridad en el entorno próximo. El viejo Paramessu subió al trono con el nombre de Ramsés I (El dios Ra le ha hecho renacer). Y las ceremonias y el periplo de sus viajes por todo el territorio le llevó tanto tiempo, que le impidió ocuparse de otros asuntos en los que, por otra parte, creía firmemente tener bien asidas las bridas. Yo, por mi parte, sabía que no contaba con demasiado tiempo para afianzar mi plan. Para cuando el nuevo Horus quiso atender mi infidelidad ya era imposible darle una solución sin levantar sospechas. Por otra parte, Ramsés I entendió que no podía prescindir de mi apoyo y lo que mi autoridad le suponía entonces. Él era un anciano cansado, y creo que decidió que su sucesor fuera quien se enfrentara a mí, si es que debía hacerse. De nuevo se tambaleaba el plan para abolir a mi través el ancestral politeísmo. Sólo en el conjunto de nuestro santuario de Karnak estaban integradas más de doscientas mil personas. Y nuestros bienes materiales juntos eran más importantes que los que componían el tesoro real.
            Conseguí el fortalecimiento de mi autoridad en un tiempo mínimo gracias a la objetividad al elegir a mis más estrechos colaboradores. Valoré en ellos su elemental piedad, su inteligencia y su falta absoluta de ambición personal. A cambio, les hablé con claridad, me puse en sus manos y le ofrecí toda la grandeza que suponía compartir un proyecto de integridad, exigencia y santidad más allá de creencias y pleitesías espirituales concretas. A algunos les escandalicé, y les hice tambalearse en sus férreos principios. Aquél fue mi verdadero riesgo, y allí hubiera podido haber muerto todo mi temerario plan. No fue así. Curé sus almas con el mismo cauterio de soledad, silencio y reencuentro con el que había extirpado la mía. Elevé a puestos claves a personas que durante tiempo habían sufrido el hierro del menosprecio y se habían curtido en la negación de sí mismos y en el sacrificio personal. No negaré que aquella profunda alteración del orden anterior supuso un rechazo de muchos, que corrieron a delatarme ante el faraón y sus ministros, airados por las perdidas de sus riquezas y prebendas, y, también (debo decirlo en honor a la estricta verdad), aterrorizados por tan radical osadía. Pero la firmeza de mis actos, y la cauta estrategia de mis pasos fue colocando en mi entorno una urdimbre imposible de rasgar. Todo el magnifico entramado se sustentaba en el hecho principal que suponía mi falta absoluta de apego a aquel cargo y a aquella impuesta situación. Era, pues, consciente de que en cualquier momento un vino hábilmente especiado o un cuchillo de sílex apostado en la sombra podían cortar el lienzo de mi vida para siempre, pero aquello no me intimidaba. En algo, como una vida, que debía inexorablemente terminar, poco importaba un puñado de años. Tan sublime indolencia me hacía, sin embargo, no temer a nada ni a nadie. Mi vida era un desafío provocador y continuo. Mi valentía, una sorpresa permanente ante mis propios ojos. No oculto que, a pesar de todo, extremé el cuidado de mi seguridad. Pero contaba con fieles correligionarios de los que hubieran dado su vida sin reservas por preservar la mía. Y debo decir que más cuidaban ellos de mí que yo mismo; quizás, también porque mi vida iba inexorablemente trabada con las suyas.
            Comencé a exigir una administración  exhaustiva y el cumplimiento riguroso en lo concerniente a todos aquellos que se ocupaban de las ofrendas, los graneros, los almacenes de salmueras, el pastoreo de nuestros rebaños, el cuidado de las granjas, la habilidad de la caza, la atención de las huertas y los campos de labor, y de todas las artesanías y los talleres de tejidos que nos pertenecían, así como las casas de Vida y de Muerte emplazadas en el perímetro sagrado. Dirigí la reorganización de los estudios en la escuela de Vida, e hice  modificaciones en el proceso de selección de sus alumnos. Garanticé, desde el primer día, salarios puntuales y dignos para todos, y me ocupé personalmente de que los alimentos fueran repartidos de tal modo que el abastecimiento de las familias de todos cuantos dependían del templo quedará sistemáticamente garantizado. Establecí juicios justos para los trasgresores e impuse penas ejemplares para los delincuentes. Y logré que el reparto de miel, trigo y cerveza fuera algo vulgar, cotidiano y espléndido. Abrí los patios del templo para que el pueblo pudiera efectuar sus actos de culto, e hice que todos sintieran a la divinidad más cercana y más suya. Garanticé un servicio de embalsamadores y un sepulcro digno para todos los que estaban adscritos al servicio directo de los tabernáculos, y potencié cuanto pude el de todos aquellos que lo necesitaban, siempre dando preferencia a los más indigentes. Pronto fui popular y querido por la mayoría, y mi autoridad se reforzó con el poder que me otorgaron todos mis seguidores. El indómito Seti, el hijo de Ramsés, bramaba contra mí y azuzaba a su padre para poner cerco a la autoridad que se iba generando en mi entorno. Pero el faraón no tenía las fuerzas suficientes para oponerse a mi plan y combatir con garantías a  mi clero y a cuantos apoyaban tácitamente mis principios y actos.
            Tomé esposa. Mandé traer a Ineferti desde las tierras de Hetta Heri, al sur del bajo delta. La había conocido en un mercado, y sus ojos me hablaron inmediatamente de su verdad y de su abnegación. Envié a un emisario con el papiro de mis pretensiones, y ella inició inmediatamente el camino a mi encuentro, pues que, por extraños acordes del destino, me estaba aguardando. Y nunca le oculté el riesgo que asumía viniendo a vivir junto a mí.
            La amé desde mucho antes de tenerla conmigo. Y si no he hablado antes de ella es porque siempre la concebí como alguien de quien su inmensa dignidad me impedía pensarla y pronunciar su nombre antes de poder sumergirme en el mar de su amor. Por todo eso, derramé sobre ella, con delirante profusión todos los conocimientos que atesoraba en las sublimes artes amatorias, en las que me había instruido tan sabiamente la inolvidable Merit. Hubo un tiempo en que creí enloquecer a su lado. Únicamente me separaban del celo y la lascivia los imperativos que me exigía la santa purificación para los rituales. El placer incesante me embriagaba, y, como hacen los jóvenes venales e insaciables, ni siquiera nos concedíamos el tiempo necesario para la nutrición, el sueño, el reposo o la higiene. Parecía como si el largo periodo de abstinencia mantenido por mí durante tantos años, quisiera saciarse con codiciosa y egoísta avaricia. Su desnudez, únicamente violada por el pectoral que me diera Meritatón, me maravillaba de tal modo, que mis ojos se anegaban en lágrimas, y mi placer se fundía con mi pena en un nudo amargo y dulce a un mismo tiempo, cuyos dos sabores potenciaban mucho más al opuesto. En aquel tiempo hubiera huido con ella para fundirnos en un acto de amor que nos hubiera propiciado la extenuación y hasta la misma muerte. Pues, a pesar de mi madura edad, deseaba poseerla una y otra vez sin dilaciones. Y cada envite, por colmado que fuera, me dejaba un grandioso vacío de impotente deseo. Bien era cierto que yo era un buen conocedor de aquellas sensaciones, que ahora me certificaban que el amor verdadero nunca era saciado. Por eso hubiera buscado un áspid para que nos matara en un sello de felicidad propiciado por el veneno férvido. Podía acariciarla, y sentir permanentemente la sorpresa de que su piel se me había acabado dejando entristecido y burlado a mi tacto. La preñé nueve veces y me dio cuatro hijos. Y ni un solo día desde que la tuve a mi lado la he aborrecido o no he deseado unir su cuerpo al mío y entrar una vez más en su cálida entraña. Si bien, pasado un largo tiempo, ambos hemos entrado en el amable lecho de la complicidad y el cariño serenos. He admirado su modo de envejecer, y la manera en que su cuerpo ha sustituido las tersuras de la lozanía por la elocuente dignidad de una carne más cálida, mesurada y rotunda. He mamado sus pechos y la he sentido dormir  apoyando su cabeza en mi vientre. He gozado viéndola reposar en total abandono agarrada a mi mano, y he sentido el musitar de su respiración marcando el ritmo de mi vida y su vida. He gustado su boca y cerrado sus ojos con la mía. Y he enloquecido en silencio cuando he notado que otros la miraban, oían sus palabras, valoraban sus juicios, recibían su afecto, entraban en su vista, o tocaban sus ropas. He sentido celos de nuestros propios hijos. He gozado viéndola uncida en su maternidad ejemplar con cada uno de nuestros cuatro hijos. Y, en fin, la he amado como jamás hubiera imaginado que pudiera amar nadie. Meritatón, Merit y   la   indolente   soledad   han   sido   mis  maestras.  ¡Que el
Universo sepa recompensar su sapiencia y su entrega que, al final, en mí han sido tan fructíferas y prácticas! 

 

El viejo sonrió. Le gustaba a él aquella narración de plenitud humana. La vida, el amor, la conciencia. El tiempo transcurriendo y permitiendo que el hombre fuera hombre. Entonces se acordó del redactor de aquel curioso libro, y tal vez su sonrisa fue su modo de agradecerle aquel regalo único. De pronto todo en su derredor había tomado forma de colosal disparate.
            Luego, una vez más, se contempló a sí mismo, y se encontró perdido. Y por extraño que pueda parecer, no le dio importancia. Tenía algo apresado que le infundía calma.
            Al fin, el día último del curso en el seminario había  llegado y, a él eso le permitía continuar leyendo en su habitación, sin tener que preocuparse por la portería. Desde su ventana veía aquella placita que hoy parecía algo más animada con idas y venidas de fardos, estudiantes y algunos familiares.
















No hay comentarios:

Publicar un comentario