sábado, 1 de marzo de 2014

PORTADA

 

 
UN VIAJE A DAMASCO





AUTOR

FRANCISCO JAVIER YAÑEZ SANCHEZ






A mi amiga María Luisa Galindo.



Todo cuanto nos gusta, nos sorprende
o nos conmueve, lo hace porque ya
estaba inserto en nosotros, y esas
sensaciones no son más que la feliz
materialización del reencuentro con
aquello que ya conocíamos sin tan
siquiera presentirlo.



Cubierta: Luciano Hernández Ramos

Depósito Legal: S.1687 - 2008

Registro General  de la Propiedad Intelectual
SA-210-13 Número de Asiento Registral 00/2014/252
12/11/2013
(Prohibida su reproducción o venta)

SIPNOSIS






Se trata de la historia de un anciano cura rural de la posguerra española y el Egipto de los tiempos de los últimos faraones de la dinastía XVIII y los primeros de la dinastía XIX.

INTRODUCCIÓN





El camino a Damasco.
Saulo era natural de Tarso de Cilicia. Con un salvoconducto del Sumo Sacerdote se dirigía a la ciudad de Damasco para apresar a cuantos seguidores de Cristo pudiera encontrar y llevarlos presos a Jerusalén. Cerca de su destino, una luz cegadora lo derribó de su caballo, le quemó los ojos, y una voz misteriosa le preguntó:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”


Otro camino a Damasco.
Manuel era natural de un sitio sin especificar. Tras una vida repleta de normalidad, comenzó a sentir que se dirigía a su fin. No llevaba salvoconducto alguno, y jamás se le habría ocurrido denunciar a nadie por creer diferente a él, y mucho menos prenderlo y entregarlo a autoridad alguna. Un día, sin embargo, un tenue fogonazo le despejó los ojos, lo detuvo en su marcha, y una voz misteriosa le preguntó: 
“Manuel, Manuel, ¿por qué crees en mí?”

(No se sabe de quién era esta voz. Tal vez podía ser de Jehová, o de Buda, o de Xto., o de Mahoma, o incluso podría haber sido de Marx, o de Adam Smith, o de cualquier pensador, visionario o filósofo de cuantos predican postulados, leyes o principios que creen y defienden como únicos e irrefutables). 







UN PUNTO DE PARTIDA


Nadie conoce a Dios; nadie sabe nada de Él. Ni siquiera es posible imaginarlo en su sencillez o su complejidad.

Todo cuanto existe no puede ser sino dimanación suya.


Solamente a través de la introspección se puede rastrear su esencia.

Por tanto, cualquier aproximación a Él es íntima, personal y no puede exportarse.

Cuando llegué a estas conclusiones sentí que cambiaba mi forma de concebir la vida, y ya nada fue igual.

CAPÍTULO UNO



UNO



El que está tras de todo y se cierne en la sombra detrás de las cortinas del espacio y el tiempo, el que engarza los sueños y concibe los lazos y anuda los abismos, el que no tiene nombre, ni figura, ni esencia, y sólo tiene voz privada de sonidos, y veraz e intransferible anhelo de contar lo que debe, os describe cómo es el primer escenario en el que danzan los títeres que pueblan esta sencilla obra.
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El edificio es un sobrio caserón de insigne dignidad vetusta pero exento totalmente de gracia. Es como un objeto inmensamente caro, cuyo excesivo precio hace innecesaria su utilidad e, incluso, eclipsa su posible belleza. En su planta más alta, un gran pasillo lo atraviesa de forma tajante y longitudinal cual una espeta. Es un pasillo recto, pulcro e hirientemente luminoso cuando el tiempo es diáfano. En esas jornadas, una fila de doce rígidas ventanas lo desnuda con su bocanada casi permanente de luz inquebrantable. Frente a ellas hay doce puertas correspondientes a otras tantas habitaciones, aposentos o celdas (según les ponga nombre el transcurrir del tiempo). Todas las puertas están repasadas con pintura al aceite, de un color pardo de añejo franciscano, que las uniforma bajo un aspecto de clara austeridad insípida. Los pomos, rigurosamente alineados, han perdido su brillo de otro tiempo y muestran una opacidad nublada, como de gris estaño. El suelo, sin embargo, cual pisado por ángeles, está extremadamente cuidado, y eso, aun a pesar de su vejez claramente solemne. Son baldosas blancas y negras que se alternan en la forma habitual de los escaques del juego de ajedrez. Todo este enlosado se encuentra preservado por el matiz lustroso de la cera levemente amarilla, insistida en su aplicación con un ahínco tenaz, seguramente, de terca penitencia. A la entrada de este corredor inquietante, un letrero de un blanco amarfilado por el andar del tiempo, más que anunciar, advierte con la rigidez intachable de unas letras vulgares pero bien rotuladas: Dormitorio de padres.

            La tabla, a pesar de su concisión de aviso gélido y claramente afectado, ejerce una impositiva autoridad canónica. Pues, tan pronto se pasa bajo ella, todo el mundo, sin excepción alguna, se sume en un reverente mutismo más propio de las criptas o el mundo tenebroso de ultratumba. Es, sin lugar a duda, el preludio de una intimidad que en modo alguno debiera ser violada ni siquiera por una urgencia médica. Al otro lado de esta misma puerta se descuelga una gran escalera trazada en cuatro tramos. Es amplia pero oscura. Tanto, que, más que al mundo de los vivos, parece conducir a una sima sin fondo; a un antro sin retorno. Como si pretendiera dejar bien claro que más abajo está el otro ámbito; el mundo  miserable  en  el que una grey de bulto y de trasiego se debate, estéril e infecunda. Como si quisiera dejar bien claro que, a diferencia de este espacio albo, embargado de luz, preservado y redento, en el que habitan ésos que perseveran en la virtud y la iluminación, existe ese otro distrito en el que bregan los pueriles novicios y las gentes vulgares. Sesenta y ocho peldaños de madera crujiente y angustiosa, repartidos en cuatro trechos de diecisiete pasos cada uno, conforman la citada escalera. Están unidos entre sí por cuatro descansillos en forma de abanico, que se apoyan en las cuatro esquinas del gran prisma maestro. Estos sostienen, del otro lado, una balaustrada de austera forja bruna, abrazada por una barandilla con forma serpenteante. Es de madera y está ahumada por el pertinaz trasiego de las manos que viajan a su amparo. En el tránsito de esta “escala santa”, el respeto al silencio tiene ya diferentes parámetros. Tal vez porque el quejido perenne de las tablas y la ostentosa inseguridad que ellas proclaman, invitan, de modo irremisible, al murmullo nervioso. Y hasta es posible que eso mismo haga que, cualquier ascenso o descenso a través de tan ilustre osamenta ensamblada, esté acompañado de una cierta animación que, sin embargo, nunca deja, por ello, de tener su tasa y su medida de cuño cenobítico. Hay que decir también que existen dos pisos intermedios dedicados al vivir habitual de colegiales, dormitorios y clases, que más adelante (si la ocasión lo pide) ya serán entreabiertos y expuestos al curioso. De momento descubriremos que en la parte más baja del egregio edificio se aloja la capilla, con su destartalada y mohosa sacristía, el recibidor arcano y soñoliento, vestido de damascos granates en tapicerías de muebles y cortinas que no saben de orígenes ni edad, y el despacho imponente del rector, con mesa grave y prieta de auténtico nogal, su puerta y sus ventanas caladas de vidrieras en transparencias moradas y turquesa, y una alfombra colosal traída del Oriente, regalo no se sabe ya de qué remota zona misional desheredada pero fiel y proclive al agradecimiento. Por otra puerta, de madera rojiza y veteada, se accede a unos vericuetos que conducen, de forma tortuosa, al refectorio, a la cocina, al lavadero y a la enorme despensa. Y, desde allí, se pasa, a su vez, y a través de una minúscula arcada bordeada de piedra cincelada, cual si el cantero hubiera tejido una puntilla, a las dependencias selladas de las monjas. Son ellas quienes se dedican a la asistencia y al servicio doméstico de la comunidad de rango superior, ya que de los bachilleres y de los aspirantes a nóveles teólogos se cuidan dos mujeronas contratadas de fámulas: la Bernarda y la Petra, y un gañán sin edad ni modales, y un tanto sin sustancia, llamado Saturnino.

Pero, antes de todo este cuerpo brutal y arquitectónico, asentado en un terreno declarado de nadie, y como trecho o magna antesala de obligatorio tránsito y de expiatoria purificación, está el gran portal. Y, en él, el cajón acristalado que alberga, a modo de garita o de puesto de guardia, a quien se cuida de ejercer funciones de portero.

            Sin duda alguna, la insignia y el emblema de todo el edificio es este gran zaguán, por donde a diario transitan varias veces quienes conviven en él o cursan dentro estudios. Él es la vereda y el ¡alto! obligatorios, cual perenne fielato, para quienes se acercan a la casa en acto de normal o visita festiva. Se trata de un rectángulo grande; excesivo en sus tres dimensiones. Un espacio severo y arrogante como un buen arcediano. Únicamente un formidable escudo episcopal, trabajado en desafiante granito berroqueño, se aferra, sirviéndose de sus circunvoluciones a modo de garras o acantos torturados, al cuerpo superior de la gran puerta que da entrada al interior del sólido edificio. Lo demás es desmesura, dureza y polar aridez. Tal vez, otros opinarán que es desnudez medida y calculada, puesto que este lugar fue levantado para forjar espíritus sobrios y almas continentes, y, en suma, hombres frugales en actos de jactancia y arranques de soberbia. Y quizás, ya por eso, su misma entrada debía ser un sello que tatuara, desde los mismos previos y las vísperas mismas, a aquéllos quienes aceptaran tal vida de aspereza y renuncia a la que se entregaban en miras y pretensión de rematar de santos.

            Sin embargo, este edificio, levantado para ser Colegio Diocesano y Seminario, siempre toleró con resignación y de buen grado la humillación que supone su factura groseramente grande, ramplona y sin alardes, frente a la esbeltez y grácil arrogancia del cercano Palacio Episcopal, que preside la placita, justamente, de frente, cual una damisela adornada de sedas y orlada de brocados. De la despiadada comparación entre ambos inmuebles se puede deducir, sin temer al error, la muy diferente dignidad de sus distintos rangos. El uno, en torpe y afanado accésit penitente, el otro, en plenitud de obvia alegoría y santidad gloriosa de sobra asegurada.

            La tercera construcción, que completa y cierra la glorieta, es la llamada Casa Sacerdotal. Una edificación de posterior hechura, adosada a un costado del cuerpo principal del Centro Diocesano, y que se une a éste mediante un camuflado cordón umbilical de pasadizos. Ésta sí que es, claramente, una fea excrescencia; un vástago brutal e indeseado, que sin embargo hubo que consentir para recogimiento y sede del clero llegado a senectud. Es una edificación hecha sin mucho presupuesto; casi como unas dependencias alzadas para aunar utensilios inútiles o simples aperos dañados de labranza. Y todo, porque las implacables novedades de los tiempos han dejado a los curas ancianos sin las hermanas solteras de rigor o las incondicionales amas que siempre merecieron, o vaya usted a saber por qué razones...

            Todo el sagrado anillo es, pues, un ámbito dedicado, de uno u otro modo (como muy bien puede comprobarse) a la piedad sin merma ni resquicio alguno de prudencia. Puesto que la imprudencia se hace una virtud en tocando a rebato en los asuntos sacros. Una acrópolis santa, una ciudadela preservada y hermética; un sitio abrazado a sí mismo por las cinchas severas de la fe y sus sahumerios y sus fragancias celestes y gloriosas. La materialización de un intento tenaz, desesperado e ímprobo de salvar lo acosado, o, al menos, de blindar lo existente, como si se tratase de una zona o especie en merma alarmante o trance irreversible de extinción sin permuta.

No vamos a decir abiertamente que la ciudad da su espalda conscientemente a este emporio sagrado. Diremos, simplemente, que es como si lo ignorase; como si lo considerase sólo como un atrezo elegante y vetusto. Algo así como lo que se hace con un pariente estrambótico al que no se recurre salvo en caso de imperiosa exigencia, o cuando hay que testimoniar la justa y cabal dimensión de la rancia familia mediante un retrato, para que surque el tiempo, o exhibir a sus sujetos más llamativos, zafios o extravagantes, cual  zoológico humano que avale variedades. Pero no debe entenderse este contexto como apagado o muerto. Pues, sin embargo, dentro de la existente dimensión eclesial, este lugar se encuentra tercamente motivado y despierto. Prelados, deanes, cancilleres, canónigos, y secretarios. Presbíteros, arciprestes y párrocos. Coadjutores, delegados, ecónomos, religiosas, maestros. Y, además, seminaristas, sacristanes, cooperantes, postulantes y fámulos. Beatas, cofrades, penitentes, exhibidores a jornada completa de escapularios, medallones y hábitos. Adictos a vía crucis, novenarios y tardes penitentes o vigilias nocturnas. Obsesos con las postrimerías, purgatorios y limbos. Afiliados a los primeros viernes, a los primeros sábados, a novenas, a triduos y a oficios de difuntos. Reverendas señoras y simples catequistas, mendigos y lisiados. Escolanía de vocecitas blancas, cofrades y rudos penitentes. Damas del coro y orondas señoronas del humilde ropero y el pan de san Antonio. Gentes de caridad. Hieráticos maniquíes de opus venerabilis. Todos yendo y viniendo. Tramando y proyectando. Sintiendo y asintiendo. Y, también, disintiendo o murmurando, si cuadra o si se tercia. Entretejiendo a la vez (como no podía ser de otra manera) habilidades, virtudes y torpezas personales entre la urdimbre de una tela que se confecciona, en su última instancia, a la mayor loa y gloria del Creador Altísimo y Supremo Hacedor del Universo.

            Cerca de aquí, pero situada a una distancia medida y prudencial, que la convierte en un bien no ya exclusivo, sino con certificación de patrimonio apetecible y codiciado por todos, aunque inequívocamente tutelado por la fiel jerarquía, está la santa Catedral. Es rica aunque no muy grandiosa. Tal vez tenga la justa medida para ser la nave capitana de una ciudad, no capital de provincia o de reino, pero que en otros tiempos estaba llamada a ser de un mayor fuste que éste con el que el devenir histórico la honra en estos días. Queda demostrado, así pues, que los planes del Cielo y su ejecución no siempre coincidieron con los de nuestra tierra y sus laicos secuaces. Y que las roturaciones pontificias trazaron sus guías y fronteras, de una vez y por todas, sin docilidad ni acomodo posterior a acuerdos, concesiones o lerdos intereses de caudillos civiles.

            Pues bien, alrededor del núcleo ya descrito está el resto de la grey. Pueblo de Dios (urbano y rural); rebaño o comunidad custodiada y nutrida por abnegados curas párrocos; algunos como este don Manuel que nos ocupará. Aunque, a decir verdad, también ellos sean ejemplares más bien raros, a punto de extinguirse, sin que en su caso haya institución o grupo ecologista laico que clame o airee pancartas con eslóganes que aboguen por su retén o su prórroga. Y es que, además de resultar sujetos poco prácticos para el hoy circulante, son, a la vez, entes de escasa relevancia y muy dudoso lustre estético o artístico. Y, esos dos, son aspectos muy a tener en cuenta dentro del frívolo trasiego de las veleidades y concupiscencias que tanto priman, seducen y arrebatan en los días que corren.















CAPÍTULO DOS

DOS

Ahora, os narraré los hechos primordiales; el agua del origen; la luz que alumbra el temblor de la génesis. Ya veis; cosas para abrir boca.
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Por todo lo ya dicho (y por algo más que ya se irá explicando, si es que viniera a cuento), la consigna fue cursada con la irrevocabilidad de una real sentencia, sin que pudiera caber apelación o réplica al respecto. Era éste el primer rebrinco organizativo de un obispo neófito; joven aún en edad para tal cargo, e inexperto en las funciones del alto pastoreo. Aunque, eso sí, avalado por un trabajo previo, como secretario de diócesis, que le había hecho cosechar múltiples parabienes, llegando estos, incluso, a ser conocidos hasta en la misma Roma. Vamos; un joven lebrel de esencias conservadas (para ir entendiéndonos). Y es que era preciso demostrar fortaleza de ánimo, y aires recios y contundentes en la brava  e imperiosa  tarea de la seudo reforma. Y es que sabido es que, rebajando simplemente la edad del dirigente, se puede dar una pátina de modernidad a lo que va a perpetuar lo que ha sido siempre.

            Seguramente también, ahora, el asesor de su ilustrísima había sido un diestro con arrestos; un consejero amargo, pío y altamente entregado. Alguien a quien el rezo riguroso de “las horas” y la firme y obligada abstinencia en lo carnal y lo vacuo habían agudizado el ojo y afilado el olfato para saber, a ciencia cierta y sin deslices, a quién podía en la diócesis imponérsele el tajo amputador de la muda benéfica y a quién era mejor no andarle con meneos. Trasiegos, todos ellos, que venía a imponer un dichoso Concilio pertinaz, promovido por un añoso papa metido en circunloquios y sayos de once varas. Un obispo de Roma del que muchos pensaban que mejor hubiera sido que Dios se lo hubiera llevado más prontito a su divina gloria para que reposara.

            Pero, fuera así o fuera como fuese, fue a don Manuel a quien le llegó, en primicia, la citación para que se presentara, ipso facto, ante el señor obispo.

            Lo primero que sintió el cura fue cómo le retembló la papada, y eso que no la tenía de excesivo grosor, sino blanda y relaja por mor de los ayunos y el rigor de templanzas. Pero, tras bailarle las letras del “saluda” ante los anteojos, de tal modo que no era el hombre capaz de alinearlas para su comprensión, se le candó el garguero y todo el complejo órgano que asiste en el respiro. Y aún, a mayores, se le colapsaron otras zonas limítrofes de ésas que dan vida y conforman a la mueca y al gesto de a diario. Luego, la flojera le trepó por las piernas arriba, y un sudor frío le ciñó la cintura como un cilicio de carámbano puro. Y, tras ello, no tuvo más remedio que irse a sentar con impuesta premura a la íntima penumbra que amparaba el retrete, estrecho y húmedo lo mismo que una cueva.

            La casa parroquial era digna pero antigua y poco bien trazada; tal vez, a posta hecha para no pecar de ostentación o pompa suntuosa. Cuando hubo obrado el clérigo, y se incorporó, envuelto todavía en una nube incierta y un mecer de mareo, no tuvo más remedio que, a trancas y barrancas, irse hasta la salita agarrando a los muros como un mero borracho. Allí, al cobijo de lo bien conocido, se entregó al derrumbe en su sillón de mimbre. Aquél trono misérrimo provisto de un cojín envolantado de cretona de flores. Allí quedó, detrás de la mesa camilla bajo la que anidaba, siete meses al año, el brasero de cisco, y que a él le servía de reclinatorio sedente para el rezo diario, de seo y legación parroquial para extender papeles, y hasta de púlpito elocuente las noches de visitas. Y, a más solucionar, de reposadero para dar la cabezada a la hora sacrosanta que llamamos de siesta.

            También la Emilia, dotada por “Lo Alto” de un ojo de rapaz y un olfato canino, se percató de cómo al señor cura le mudaba el color, y de cómo se le ponía el semblante pálido y transparente lo mismo que el cerote que usan los zapateros para lustrar el cáñamo.

            La carta la había traído el cartero de Llanos, que era el que traía todas, pues en el pueblo ya no había un servicio postal como Dios manda desde hacía tres años, cuando la gente había dado en irse sin retorno, mordidos todos por una especie de fiebre por darse a la ciudad y abandonar los pueblos. Veintitrés eran, a la postre, los vecinos perennes que seguían incólumes. Después, en los veranos, venía alguien más, aunque nunca pasaran, en total y con críos, de las cuatro docenas. Por eso, las cartas eran siempre escasas y especiales. Y ya era sabido: cuando llegaba alguna, no podía traer escrita ninguna cosa buena. ¿Quién iba a escribir cosas de enjundia y gracia a algún miembro de aquella pedanía añeja y deslucida, olvidada del mundo? Allí nadie estaba ya en edad de merecer, ni disponía de luces o de ciencias para entretejer un trueque sostenido de mensajes lustrosos o líricas epístolas. Así pues, siendo como eran todos ellos conscientes de ese extremo, cuando asomaba la boina del señor Aniceto, el cartero de Llanos, y tocaba el ringring del timbre de su bici, pues, el que más y el que menos, se metía en su casa a esperar que escampara la lluvia fratricida. Y es que era, tal cual, como si les viniera una plaga de bicha urticante o un azote de langosta asesina. Entonces se echaban a rezar, sin respirar siquiera, para no azuzar la maldad de Satán. Y allí, agazapados tras el portón, esperaban a ver a quién le tocaba aquella vez la china; vamos: la impía cuchillada. Aunque, eso sí, en cuanto se sabía quién era el electo del capricho del diablo, todos los demás pusieran a su servicio su mejor actitud y un sincero deseo de compartir la pena, aunque ello incluyera repartirse los llantos, los lamentos y ayes. En fin, que el pueblo entero había hecho un repudio  formal de la correspondencia. Y es que todos sabían, con esa seguridad cabal con la que, rápidamente, certifica e inspira la senil experiencia, que a partir de cierta edad, en lo fundamental, nada bueno podía recibirse. Por eso habían renunciado ellos, tal vez tácitamente, a ser acreedores de cualquier regalo o nueva atractiva, con tal de no ser importunados con algún contratiempo, desazón o desdicha.

            Era así, la de El Canchal, una comunidad hermética, obtusa, y abstinente de jolgorios y fiestas. Unida,  en el agotamiento y el descrédito, a la áspera vida, pero no por ello pesimista ni lúgubre. Allí no se creía en suertes deslumbrantes, ni en quimeras, ni en maravillas que estaban por venir y eran portadoras de fortunas y gracias. Para aquel párroco los milagros siempre habían sido materia de anatema o de “cuento para embaucar a chinos”. Pero tampoco vivían especialmente obsesionados por lo oscuro y fatal de la existencia. Cierto era que todos los ojos de aquella vecindad miraban siempre hacia el rural pasado, pero ello era por tedio y por pereza más que por negarse a lo del porvenir. Y eso, aunque la media de edad rondaba los setenta y, el que más o el que menos, se supiera en esos terrenos flácidos en los que apostar por la subsistencia comienza a ser un riesgo bizarro y temerario. 

            Gran parte de ese talante frugal, sin fiestas ni dibujos, de un realismo apacible, descreído y burlón, se lo debían a don Manuel, su cura desde hacía casi cuarenta años. Él les había enseñado a creer y a descreer, y todo al mismo tiempo. Y eso dosificado en una pitanza peculiar y abundante que les había ido, poco a poco, fraguando en una especie de fe socarrona y rebelde; fuerte como el acero cuando era preciso, y volátil y etérea, cual pavesa mecida por el viento cambiante, cuando era  conveniente.  Por eso,  aquel pueblo era como un auténtico reinado de taifa, autónomo y reacio, aun a pesar de que el credo de don Manuel y sus maneras nunca hubieran sido pilladas en renuncio aunque sí recelado por la ortodoxia avizora  que alentaba la curia diocesana. 

            Cuando el cura fue capaz de acalugar y dominarse un poco, pidió a Emilia que le sirviera un dedito de orujo. Lo hizo con voz leve, transida de penumbra propia de beaterio. Y, luego, con el regusto ardiente bañándole el garguero entonó en voz baja, aunque no era la hora de las vísperas, el rezo del “magníficat” que era, sin duda alguna, y sin saber bien por qué, el himno que a él más le apasionaba y transportaba al limbo en que moran y se solazan  los que llamamos justos. Si bien, claro le estaba, que era San Lucas su apóstol más simpático, y la visita de la Santísima Virgen a su prima Isabel uno de sus pasajes de mayor acogida. Lo hizo para tomar firmeza en lo concerniente a la disciplina y al acatamiento que le imponía el voto, ya que su instinto le anunciaba que iba a necesitar el sosiego alentador del lazo que le amarraba a lo de la obediencia. 

            Después de darse un rato, volvió a resobar la carta. Lo hizo sobre el hule con el mapa de España que  vestía la camilla. La Emilia se quedó firme, en la penumbra, junto al vano que amparaba la puerta, con la botella rizada de anís de “La Asturiana” apoyada en el halda, y los brazos remangados envueltos al mandil, pues que andaba enjuagando la loza y venía pingando. Y allí, como un soldado metido en su garita, esperó impertérrita a ver qué sucedía.

            El cura se tomó el tiempo que le fue menester. A aquella hora, la luz impía del nacer de la tarde acuchillaba con su fulgor la barnizada jamba. Don Manuel simuló que no la estaba viendo. Y, cuando termino las preces y le dieron las ganas, leyó de nuevo la misiva sin pronunciar palabra. Lo hizo cuidando incluso que no se le escapara ningún respiro que pudiera alimentar más la confusa inquietud que, a todas luces, ya estaba ensombreciendo a su astuta ama. Ensombreciéndola y amolándola mucho más que aquel perenne hábito de orden franciscana, que ella traía puesto desde tiempos remotos, por mor de alguna ofrenda tan rara y tan antigua que ya no se acordaba.

            “Anda de ahí, mujer, y vete a hacer lo tuyo”, a lo que ella obedeció repleta en mala leche y rezongando abruptos, pero que no oyó nadie.

Por la tarde, de tarde, vinieron a visitarlo la Benita, la Crescencia y la tía Consola, con el pretexto de encargarle dos misas y dos triduos de ánimas. Pero él no soltó prenda ni hizo referencia a la civil epístola. Las anotó en el libro y cobró el estipendio. El señor Nicanor vino con su mujer después de haber cenado y se quedó al brasero pasmado como un santo que hubiera entrado en trance beatífico. El cura aguantó el mutismo con estoica firmeza, cual si se hubiera decretado un rato de silencio en memoria de alguien recién matado. Allí permaneció ¿a ver quién se achicaba? Así es que tampoco aquel hombre se atrevió a preguntarle por el correo infecto. Ni siquiera lo hizo cuando las dos mujeres se fueron a ver no sé qué labores o abalorios a la alcoba de arriba y los dejaron solos. Acto que ambas pactaron de repente con un guiñar de ojos, y que el cura cazó al vuelo como seña de mus emitida entre expertos. Y así terminó el día: las visitas vencidas batieron retirada, el cura se tomó el tazón con su leche, y la Emilia se tiro en su catre, sin ser capaz de conciliar el sueño, aun a pesar de que se enredó en evocar a los muertos para infundirse miedo y así entregarse al limbo de los justos. 

            Por la mañana, don Manuel fue a decir la misa de diario, y notó que la asistencia había sido plena, sin ausencias ni bajas, y eso aunque era el centro del invierno. Ellas vinieron embozadas en toquillas de lana. Ellos estuvieron con las gorras caladas aún dentro de la nave, cosa que él nunca creía oportuno. Muchos carraspearon y mostraron sus toses catarrientas y casi catacúmbicas. Pero vinieron todos como si se tratara de un convite de balde.

            Él comenzó el oficio dispuesto a contenerse, pero el ambiente denso se le coló en el pecho como un humo asfixiante. Por eso paró el rezo, empujó a un lado al Ramoncín, que era un mozo torpón que estaba de monago, y que ya, aunque no era el momento, lo andaba agobiándo con lo de las vinajas, y se encaró con ellos.

            “¡Ay, zorros! ¡Perillanes! ¡Malditos grajos negros! Habéis venido todos en bandada a ver si os canto algo. La lenguarona ésa os ha ido, rápida, con la infame camándula. Sabido es que la boca de la mujer no es para andar candada sino dispuesta al chisme y las habladurías, y la de ésta menos que la de nadie. Pues, bueno, os lo voy a decir. Sí, me ha llamado el obispo para que vaya a verlo de mañana en dos días. No sé lo que querrá. Pero, sea lo que fuere, no hay más remedio que acudir al reclamo del padre superior. Cuando llama la autoridad es igual que si tocan campanas a rebato; no hay excusa que valga o achaque que te exima. Y, ahora, estaros sosegados y cada uno a lo suyo, que no hay más tela que cortar ni agujero que andar zurciendo o remendando.”

            Y, acto seguido, les remató con aquello que él solía decir igual que un chascarrillo, y que, cada vez que cuadraba, repetía también cualquiera de aquel pueblo: “Y que Dios quiera que sea lo que Dios quiera. Amén, y para siempre”.

            Y sin dejar respiro, les endilgó un sermón sobre el destino y la santa obediencia, sobre los designios de Dios y la docilidad al Espíritu Santo, que a la mayoría le sonó a oído, a por a y p por p, lo menos cuatrocientas veces. Después llegó a los kiries, consagró y dio de comulgar y llegó a toda prisa al “podéis ir en paz”. Les dio la bendición y, recogiendo bártulos, se fue del presbiterio como urgido del vientre.

            Cuando salió de la sacristía, sopló las velas e hizo la genuflexión cumplida delante del Santísimo.

         La iglesia estaba ya vacía. Desde la bóveda caía una luz dorada y cenital propia de amanecer. “Hoy, os he cogido a todos a traición, por mezucones“, le dijo a la Emilia, que humillada en un reclinatorio fingía que rezaba inmersa en un cruce de luces y de sombras doradas y violáceas, mientras que lo esperaba para volver a casa. Ella no respondió, pues sabía que tenía razón, y para qué andar con embustes ni grescas. Bastante infortunio se presentía ya, para andar azuzando. Luego ella se adelantó un poco y, tras meter su mano en la pileta, le tendió sus dos dedos ya mojados. Él recogió a tientas aquel agua bendita. Luego, ambos, hicieron otra genuflexión y salieron callados. El pueblo revivía entre las luces limpias de aquella madrugada. 

         A las siete de la mañana del día señalado se subió don Manuel a “La Serrana”. El Serafín, que era el conductor, le saludó con gesto militar impostado. Pues desde que en su juventud había ido a la mili, y le tocara en Ifni, saludaba así a todos aquéllos a los que consideraba jefes, autoridades o gentes de saberes.

           Aún era casi noche, y el pueblo parecía dormido en su guarida. Pero el cura barruntaba que más de uno estaba errabundo cual miliciano en monte. Y es que, como no era mucho lo que tenía que hacerse en esa época del año, y como eran todos fieles al hábito de madrugar, seguro que no pocos se habrían tomado como distracción fiscalizar su marcha. Unos estarían apostados detrás de la ventana, otros desde la penumbra de algún que otro zaguán, portón o quicio oscuro. Por eso, antes de que el Serafín le cerrara la puerta, se dio la media vuelta y los bendijo a todos con un trazo sacramental pero de una amplitud cercana al gesto pontificio. Pareció que lo hacía al vacío, pero él sabía bien que no era así. Lo hizo con una mezcla de afecto y de reproche, cual si certificara: “A mí no me la dais. Sois unos fiscos y unos cucharones.” Y de inmediato notó que los quería con un cariño blando cercano al maternal. Y eso, aun a pesar de que el día entero se lo pasara él refunfuñando y llamándolos cafres, acémilas o cosas semejantes.

                Luego, apenas se sentó entre el resto del pasaje, que iba dormitando, empezó a sentir el seco desamparo de las marchas hirientes. Fue viendo amanecer mientras el coche reptaba cerro arriba, acoplándose a las curvas como una dama obesa se ciñe al hombre con el que está bailando un vals bien apretado. Cada tramo que le iba izando de aquel hoyo en el que se encontraba ubicado el pueblo de El Canchal, era como si le arrebataran un trozo de sotana, y el pudor lo fuera desnudando con saña y sin recato. Aquel lugar era mucho más que su casa; aquellas gentes su única familia. Había llegado a tal situación de confraternidad que, ausentarse del pueblo, aún para hacer compras o acompañar a alguien a una consulta médica, a un velatorio o a algún despacho de pleitos (únicas razones que últimamente lo llevaban hasta la mentada ciudad), le suponía un desarreglo en el estómago y un esfuerzo añadido, que sólo era capaz de superar desde la mortificación y el sumo sacrificio. Aquél era su sitio; en ningún otro se le había extraviado nada para ir a buscarlo. Allí había llegado apenas cantar misa, y aquél era su mundo.